LINK
Nadie parecía muy contento al día siguiente.
Cuando Zelda y yo salimos de la tienda con las primeras luces del amanecer, algunos se nos quedaron mirando. No vi a ningún zora, y tampoco a ningún sheikah. Supuse que todo iría mejor así. A saber la clase de tonterías que unos pocos llegarían a hacer si se encontraban.
Sentía las miradas como ladrillos a mi espalda, pero no oía ni una sola voz. Zelda cogió mi mano y la apretó con fuerza. Se había pasado gran parte de la noche dando vueltas y no había querido comer casi nada cuando le ofrecí el desayuno. Estaba preocupada, y la entendía. Yo también lo estaba.
Se detuvo frente a la entrada de la tienda donde Karud se reunía con sus constructores al mando. Vi como tomaba aire y luego me miró a los ojos.
—No te hará nada —le aseguré antes de que ella pudiera hablar—. No le dejaré. Tienes mi palabra.
—Lo que me preocupa es que te haga daño a ti, Link. No a mí. Te tiene rencor por haberte interpuesto anoche. Estoy segura.
Forcé una sonrisa aunque, a juzgar por su expresión, no resultó muy convincente. Y eso que estaba mejorando en lo de fingir sonrisas que resultaran creíbles a ojos de cualquiera.
—No se atreverá a hacerme nada —repuse—. Sabe con quién está metiéndose.
Ella jugueteó con sus manos durante unos momentos antes de asentir. Ambos entramos en la tienda. Allí se encontraban Karud, Karad y Karid, que también estaban al mando. Iban justo después del propio Karud en la escala de autoridad, o eso me había dicho Zelda. Esperaba no haberla entendido mal.
Había dos goron también. Ellos eran fuertes. Debían haberse ofrecido a vigilar por si algo ocurría. Mavan se encontraba sentado, dándonos la espalda. Se dio la vuelta al oírnos llegar, y su rostro perdió algo de color. Bien. Que nos temiera.
Zelda saludó a todo el mundo, incluso a Mavan. Luego tomó asiento frente a él, al otro lado de la mesa. Yo permanecí de pie, sin quedarme quieto en un mismo sitio. Habíamos acordado que Zelda hablaría y yo la apoyaría como mejor sabía.
—Da todo el miedo que puedas —fueron sus palabras la noche anterior, mientras planeábamos aquella reunión. Seguía sin estar seguro de lo mucho que podía dar miedo, pero no me preocupaba demasiado.
Zelda les ordenó a todos que se marcharan, incluso a los goron, que dudaron un momento pero acabaron saliendo. Se fueron todos menos Mavan. Él no dijo nada, ni siquiera cuando estuvimos los tres solos por fin.
—Bueno —suspiró Zelda—, ¿han hablado contigo ya?
Él no habló ni hizo un solo gesto a modo de respuesta. Me acerqué más a él con disimulo.
—Te ha hecho una pregunta —le dije—. No te haría daño responder.
Mavan se irguió de golpe. Aún iba armado, aunque sentí cierta satisfacción al verlo temblar ligeramente de miedo. Al instante me obligué a enterrar aquella misma satisfacción. No estaba bien.
—No —respondió él por fin—. No me han dicho nada.
—Estupendo —dijo ella—. Entonces seré yo quien tenga el privilegio de escuchar lo que tengas que decir antes que nadie.
—No sé qué quieres que te cuente.
—Yo tampoco lo sé —murmuró Zelda, reclinándose en su silla—. ¿Y si me contaras por qué demonios decidiste amenazar a tus compañeros con un cuchillo?
—Ningún sheikah es compañero mío.
—Me temo que ahí te equivocas. Mientras ambos pueblos estéis colaborando aquí, sois compañeros. No acepto discusión. Así son las cosas. Pero no nos desviemos del tema. ¿Por qué lo hiciste?
Pasé los dedos por la superficie de la mesa que Karud tenía en la tienda y me detuve detrás de la silla de Zelda. Ella se relajó ligeramente y decidí no moverme de allí en un rato, solo para ayudarla a sentirse mejor.
—Insultó a mi pueblo.
—Muchos me han insultado a mí. Gente de todos los rincones de Hyrule. Gente a la que odio y a la que quiero, todos por igual. Pero nunca, jamás, se me ha pasado por la cabeza amenazar a alguno de ellos con un cuchillo.
—Tú no lo entiendes. Eres tan joven que ni siquiera lo has vivido con tus propios ojos. Hay mucho más que no sabes.
—¿Ah, sí? ¿Como qué? —Cogió mi mano, que se encontraba sobre el respaldo de su silla.
—Los sheikah son unos asesinos traidores. Por su culpa tenemos que reconstruir ahora, y por su culpa el mundo está así. Por sus malditos inventos. Mirad a dónde nos han llevado.
Zelda rio, aunque fue una risa llena de tristeza.
—No tienes ni idea —dijo—. Los sheikah crearon esa tecnología hace diez mil años, sí, pero eran un pueblo mucho más avanzado. Los sheikah de ahora y de hace un siglo apenas alcanzaban a comprender las funciones básicas de los artefactos.
—Pero los sheikah los hicieron funcionar —replicó él—. Consiguieron que esas máquinas se pusieran en marcha.
—Ellos no lo hicieron por placer —dijo Zelda—. Fue por orden del rey. Del rey de Hyrule, que seguía una interpretación de una profecía que, curiosamente, también era de origen hyliano. Los sheikah no son tan culpables como crees.
Mavan frunció el ceño. No sabía si estaba confundido o enfadado. Si yo fuera él, estaría profundamente avergonzado.
—¿Qué quieres que haga entonces? ¿Que culpe a los hylianos?
—No —contestó Zelda—. No quiero que culpes a nadie. Pero, si de verdad lo quieres, culpa al Cataclismo. Al monstruo que lo destruyó todo y lo dejó como ves ahora. Ese monstruo es verdaderamente culpable. Por desgracia, pocos se dan cuenta.
Me pareció que Mavan quería decir algo más, pero acabó no haciéndolo. Cerró la boca y bajó la cabeza. Zelda se inclinó sobre la mesa, y yo seguí avanzando por la tienda.
—No voy a echarte de aquí —le dijo con suavidad—. He hablado con Karud y él piensa lo mismo. Pero debo advertirte que...
—Ninguna mocosa hyliana va a amenazarme o advertirme nada —siseó. Ella se mantuvo muy quieta y su expresión no cambió ni un ápice—. ¿Por qué no hablas con ese sheikah también? Él empezó. Él hizo que yo...
—Lo sé —interrumpió ella—. Hablaré con él en cuanto acabe contigo. Pero, en realidad, lo suyo no es tan grave. Él no te amenazó con un cuchillo. No llevaba armas encima.
Vi como Mavan buscaba algo en su cinturón, con el rostro lleno de ira, pero me adelanté a él y rodeé la empuñadura del cuchillo con una mano. Él se quedó muy quieto de pronto, como si acabaran a abofetearlo.
—Es una mala idea —le dije en voz baja, inclinándome sobre el respaldo de su silla para que pudiera oírme bien—. Si yo fuera tú, no lo haría. Así que piénsatelo bien.
Aparté los dedos despacio, y él no volvió a acercarse al cuchillo. Seguía sin fiarme del todo, así que cuando miró a Zelda de nuevo le arrebaté el arma del cinturón. Mavan no intentó recuperarla.
—Amenazarme a mí también no mejorará las cosas —dijo Zelda. Jugueteé con el cuchillo. Era pequeño y ligero. Probablemente sería muy difícil matar a alguien solo con eso, pero si se era rápido y se hundía en los lugares correctos, podía causar verdadero daño—. Voy a preguntártelo solo una vez, y espero que me respondas. De lo contrario, te marcharás de aquí inmediatamente. ¿Entendido?
Mavan asintió en silencio. Zelda se irguió un poco más.
—¿Quieres quedarte o quieres irte?
Mavan vaciló un momento. Lo miré con los ojos entornados, a la espera de un nuevo movimiento sospechoso, pero no distinguí nada fuera de lo normal.
—Quiero quedarme —susurró al final.
—En ese caso, harás lo que yo te diga exactamente como yo te diga —dijo ella, y su tono de voz me produjo escalofríos. No había alzado la voz ni un ápice, pero algo había cambiado. La forma en que mantenía su postura y el filo helado de su voz. Debía ser eso—. No volverás a amenazar a nadie con ningún arma mientras estés aquí. Sea quien sea. No volverás a acercarte a un sheikah con malas intenciones. No quiero que los mires siquiera. No toleraré incidentes de esta clase en mi campamento. Si me llega el más mínimo rumor o la sola sospecha de que has infringido alguna de estas normas, te echaré de aquí y, créeme, tu rey se enterará de esto. No estará contento, pero aun así dejaré la justicia en sus manos. ¿He sido clara?
Miró a Zelda boquiabierto, y a mí se me habría quedado la misma cara de no ser porque constantemente me recordaba que debía parecer amenazante para dar miedo. Mavan titubeó y ella no pareció contenta.
—¿Me he expresado con suficiente claridad o es necesario que lo repita?
Él seguía sin responder, así que me incliné sobre su silla de nuevo.
—Irá mejor si respondes. Todos saldremos ganando.
Mavan pareció recuperar la voz entonces.
—Sí. Sí, ha quedado claro.
Zelda se reclinó en la silla y forzó una sonrisa.
—Estupendo. Me alegra ver que nos entendemos. —Me hizo señas para que me acercara a ella—. Link se quedará con tu cuchillo por un tiempo. Si lo quieres de vuelta, tendrás que demostrar que sabes cuándo utilizarlo y cuándo no.
—Como queráis —murmuró él—. ¿Puedo... marcharme?
Jugueteé de nuevo con el cuchillo. No había pensado custodiarlo yo, pero lo haría si no quedaba más remedio. No tardaría mucho en devolvérselo, a pesar de todo. No lo necesitaba para nada, y estaba seguro de que Mavan ya había aprendido la lección.
—Oh, por supuesto. Ni siquiera tienes que pedírmelo —repuso Zelda.
Mavan se puso en pie de un salto y salió de la tienda a paso rápido. Fui a decirle algo a Zelda, pero ella habló antes de que tuviera ocasión. Su voz cortó el aire como el acero recién afilado, de forma alta y clara. Supe al instante que no estaba dirigiéndose a mí.
—Traed al siguiente —dijo.
Los goron no tardaron en aparecer con el sheikah joven que había causado problemas la noche anterior. Tenía el pelo largo y plateado, y los ojos de color rojo oscuro me parecieron escalofriantes, como los ojos de casi todos los otros sheikah.
—Lo siento —dijo nada más sentarse—. Lo siento mucho, princesa.
—No soy ninguna princesa —repuso ella—. ¿Cómo te llamas?
—Atyp —respondió—. Yo...
—Lo sientes, lo sé. Pero debo advertirte. Lo de anoche no puede repetirse. No consentiré que haya burlas de esa clase aquí. No me parece justo para ninguno de los dos lados.
—Lo entiendo —sollozó—. De veras lo entiendo.
Oh, nunca habría imaginado que vería a un sheikah llorar frente a mis ojos. Llorar a moco tendido, sin reservas.
—Me alegra oírlo. —La voz de Zelda se endureció otra vez—. No quiero que tu pueblo vuelva a dirigirse a los zora si vuestras intenciones son causar malestar, ¿ha quedado claro? De lo contrario, te enviaré de vuelta a Kakariko. Impa estará al tanto de esto, y no quiero ni imaginar su desaprobación. No será comprensiva ni bondadosa contigo, te lo aseguro.
El sheikah palideció y casi parecía un fantasma.
—Por supuesto. Ha quedado claro.
Se sorbió la nariz. Le habría dado algo para limpiarse, pero no vi nada útil cerca. Estuvo a punto de arrodillarse a los pies de Zelda cuando ella le permitió salir, suplicando su perdón, pero ella le ordenó firmemente que se marchara. Yo mismo me aseguré de que se hubiera ido bien lejos. Luego les dije a Karud y a los demás que esperaran y volví con Zelda.
Ella se desinfló de golpe y pareció convertirse en sí misma otra vez.
—Lo has hecho bien —le aseguré al ver su expresión llena de angustia—. Zelda, sea lo que sea, es una tontería. Lo has hecho de maravilla.
—Ya lo sé —repuso ella—. Y eso es lo que más miedo me da de todo esto.
Estudié su rostro con el ceño fruncido. Ella me devolvió la mirada, aunque no dejaba entrever nada. Titubeé, sin saber qué decir.
—¿De qué estás hablando? —pregunté, aunque aquella era, muy probablemente, la pregunte más estúpida que podría haber hecho.
—Los hemos aterrorizado —susurró Zelda—. Tú y yo. Y, Diosas, ha sido tan fácil. Podríamos hacer esto siempre que quisiéramos y nunca nos daríamos cuenta de lo peligroso que realmente es saber inspirar temor en los demás.
Se puso en pie y anduvo por la tienda. Hacía eso cuando intentaba calmarse a sí misma. Me había dado cuenta hacía poco tiempo.
—¿Y qué tiene eso de malo? A veces está bien dar miedo. Tú no querías dar miedo hoy. Solo... solo imponer tu autoridad, ¿no?
Ella sacudió la cabeza, aunque aquello no me pareció una respuesta clara.
—No quiero liderar por medio del miedo, Link —me confesó—. He leído sobre otros gobernantes en la historia que lo han hecho, y no acabaron bien. No consiguieron lo que querían.
Me detuve un momento, pensativo.
—Entonces no lo hagas —dije, y ella se volvió para mirarme, cuestionando mis palabras—. No lideres gracias al miedo. De todas formas, eres demasiado buena para eso. No lo conseguirías ni aunque quisieras.
Zelda suspiró y se abrazó a sí misma. Parecía perdida y, Diosas, cuánto deseaba ayudarla. Deseaba decirle algo que la hiciera comprender o que simplemente alegrara su expresión. Pero una broma tonta sobre caballos no serviría de mucho, y aquel no estaba siendo un buen día para mi supuesta mente brillante. No estaba funcionando como debería. Me daba miedo hablar y decir algo que la hiciera sentir aún peor.
—Pero lo hemos hecho —dijo—. Antes. Y es peligroso, Link. Tú mismo lo viste.
Recordé la satisfacción que había sentido al ver el miedo en los ojos de aquel zora y contuve un escalofrío. En el fondo, Zelda tenía razón. Nos habíamos apoyado en el miedo para solucionar aquel problema. Y era cierto que eso siempre acababa fallando.
—Es verdad —murmuré—. Deberíamos hacer cosas así cuando sea necesario. No antes.
—No sé qué entiendes por necesario, pero espero que sea lo mismo que me estoy imaginando.
Sonreí un poco y me alegró ver que ella me devolvía el gesto. Me acerqué un poco más.
—Tampoco es como si fuéramos a ejecutarlos.
—No. Pero si voy a formar parte de esto, quiero ser justa, Link. Y tú deberías hacer lo mismo. ¿Vas a hacer esto en el futuro también?
Vacilé un momento. El futuro. No solía pararme a pensar en el futuro, y eso me sorprendía incluso a mí. Cuando viajaba solo, había estado pensando siempre en los siguientes pasos, en los riesgos y en las posibles consecuencias de las decisiones que tomara. Sin embargo, ahora distaba mucho de ser el caso. Pensaba en el futuro de Hyrule con la reconstrucción, pero era diferente. Ni siquiera pensaba en el futuro de Zelda. Solo, a veces, fantaseaba con una casa más grande en Hatelia. Pero había poco más aparte de eso.
No me había parado a reflexionar sobre el futuro que elegiría Zelda, y muchos menos sobre el que yo elegiría, por lo tanto.
—Yo... —Carraspeé—. No lo sé. Te seguiré adonde sea, Zelda, pero no sé qué haré. No lo he pensado.
Su sonrisa creció un poco.
—Podrías ayudarme con estas cosas —sugirió—. Se te da bien escribir cartas y, por raro que suene, hablar con gente importante. Los atraes hacia aquí. Y tienes buena fama.
—No debería tenerla —mascullé, pensando en el niño que se había perdido en el bosque unas noches atrás. Todavía me sentía incómodo con solo pensar en las miradas indiscretas que había recibido últimamente—. Y no es para tanto.
Zelda se encogió de hombros.
—Apreciaría tu ayuda, a decir verdad. No será lo mismo sin ti ayudándome a escribir cartas, revisar papeles y poner orden.
Clavé la vista en el suelo para ocultar el rubor estúpido. Percibí el peso muerto de la Espada Maestra en mi cintura. Últimamente apenas respondía. Había intentado llamarla o traerla de vuelta de todas las formas que se me ocurrieron, pero nada dio resultado. Mi único propósito cien años atrás había sido custodiar aquella espada. Conservar la posición de caballero. ¿Qué diría mi padre si pudiera verme ahora? ¿Si supiera que había renunciado a la espada para hablar con nobles remilgados y negociar?
—No estaría mal —le dije.
Ella iba a decir algo, pero Karud irrumpió entonces en la tienda, mascullando para sí mismo. Cuando vio a Zelda, se acercó a nosotros y suspiró.
—Todo está yendo horriblemente mal. Tendríamos que haberlo visto venir. Las cosas no pueden ir bien durante tanto tiempo.
La expresión de Zelda se ensombreció de golpe y se dejó caer sobre la silla con los ojos clavados en la entrada de la tienda. Allí no había nada, así que supuse que en realidad solo tenía la mirada perdida.
—No digas esas cosas —le dije a Karud, mirándolo fijamente. Esperaba que él lo entendiera. Sin embargo, parecía estar sumido en su propia frustración.
—¿Qué quieres que diga? —masculló—. Primero lo de ese mocoso. Sabía que era una mala idea tener a un niño en el campamento. Pero todos me llamaron insensible e insistieron en que lo dejara estar porque no pasaría nada. Y ahora esto. Oh, Diosas, me temo que esto ya no tiene solución.
Zelda no dijo nada, aunque pareció hundirse aún más. Karud tenía pinta de estar tan perdido como ella. Ellos lideraban. Sabían lo que había de hacerse. Y ahora, al verlos sin una solución para aquel problema, yo mismo empecé a preocuparme de verdad. Sin embargo, no me permití caer en la desesperación tanto como ellos. Alguien tenía que ser optimista. Normalmente no lo era, pero si debía serlo ahora lo aceptaría sin protestar.
—Por Hylia, no puedo creerlo —dije, y debí sonar más brusco de lo que pretendía porque Karud alzó la vista y me miró con el ceño fruncido.
—¿Qué no puedes creerte? ¿Nuestra mala suerte?
—No —respondí. Puse las palmas de las manos sobre la mesa, y eso debió llamar la atención de Zelda porque sus ojos se encontraron con los míos—. No va a ser fácil. Los dos lo sabíais. Y no puedo creer que todo el mundo vaya a rendirse tan rápido.
Karud se frotó la sien.
—No seas dramático, mocoso. Nadie ha hablado de rendirse.
—Pero lo estáis pensando, ¿a que sí? —Karud clavó la vista en sus manos y esa fue toda la respuesta que necesité—. Con el tiempo esto se volverá aún más complicado. Pero alguien tiene que liderar. Y si ninguno de los dos puede hacerlo, no sé quién lo hará. Así que pensadlo bien.
Karud seguía sin decir nada y Zelda aún me miraba fijamente, así que por unos instantes me quedé muy quieto, sin saber cómo seguir. Ella cogió mi mano de pronto.
—No voy a rendirme —dijo con voz ronca—. Pero... pero sí estaba pensando en lo difícil que va a ser esto. Creo que nunca me había dado cuenta. No de verdad.
—Entonces vamos a arreglarlo —le dije.
Ella inspiró hondo y asintió. Karud no parecía muy convencido, pero adoptó una postura más erguida. Me frustraba que otros tuvieran que pagar por los errores de quienes vinieron antes. La hostilidad entre los sheikah y los zora no era culpa de ninguno de nosotros. Y, aun así, tendríamos que lidiar con ello y resolverlo. Ese sería siempre nuestro trabajo, al parecer. Encargarnos de limpiar los estropicios de épocas pasadas.
—¿Por qué no enviamos cartas al rey zora y a Kakariko? —propuso Karud—. Prefiero que estén informados. Que sepan lo mal que nos están yendo las cosas por su culpa. Diosas, ni siquiera saben gobernar a su pueblo.
—Tú nunca has visto a Impa o al rey Sidon —siseó Zelda—. Así que, en mi opinión, no estás en una buena posición para hablar de la forma de gobernar a su pueblo. Además, los sheikah y los zora son muy diferentes. Iban a acabar chocando de todas formas.
—Olvidaba que tengo a una mujer brillante delante de mis narices —murmuró Karud—. ¿Cómo puedes vivir con sus comentarios de sabelotodo? —me preguntó.
Agradecí el breve cambio de tema y, a juzgar por su expresión, Zelda también lo hizo.
—A mí me gusta —respondí, encogiéndome de hombros—. Me gusta que sea más lista que yo.
Zelda sonrió un poco, aunque luego volvió a adoptar un gesto serio.
—No los he echado del campamento, como acordamos —dijo—. Y ellos lo han entendido todo. O eso quiero pensar.
—Aún pienso que habría sido mejor mandarlos al infierno a los dos —suspiró Karud—. Así no correríamos ningún riesgo.
—Imagina lo que harían los demás al enterarse —intervine—. Se rebelarían contra nosotros y no me apetece lidiar con eso ahora. Además, nos tendrían miedo. Y yo no quiero que me teman.
Karud se encogió de hombros y masculló algo que no logré entender, aunque no le pedí que lo repitiera.
—Si esto vuelve a ocurrir —prosiguió Zelda—, sí pienso enviarlos fuera de aquí para que no vuelvan. Y entonces Impa y el rey lo sabrán todo. Es lo que les he advertido.
Karud asintió con lentitud.
—Bien. ¿Y qué hacemos con el viaje? ¿Seguimos partiendo en tres días?
Zelda y yo compartimos una mirada, aunque ella no tardó mucho en tomar su decisión. Yo estaría de acuerdo con lo que escogiera. Confiaba en su instinto y buen juicio.
—Saldremos en tres días —anunció—. Si las cosas se complican más antes de partir, nos lo pensaremos mejor. Pero, por ahora, no veo ningún motivo para seguir retrasándolo.
—¡Gracias a Hylia y a las tres Diosas Doradas! —exclamó Karud, poniéndose en pie con tanta fuerza que estuvo a punto de derribar la silla—. Estoy deseando irme de aquí. Estos serán los tres días más largos de toda mi vida. Y eso que he vivido muchos, muchos días.
—Ya lo veo —musité, y él me dirigió una mala mirada.
—No siempre serás joven, amigo mío, por desgracia para ti. Lamento ser yo quien te comunique tan terrible noticia, pero era hora de que lo supieras.
—Pensaba que teníamos una tregua —le dije con el ceño algo fruncido. No quería ver la decepción en los ojos de Zelda.
—Oh, y la tenemos. Eso no me impide burlarme de ti un rato.
Negué con la cabeza, aunque en realidad trataba de no reírme. Debía admitir que era bueno tener a alguien para animar al resto.
Cuando Karud se fue, según él para vigilar a los criminales ocultos en su campamento, tomé asiento en la silla que había dejado libre. Zelda parecía más optimista, menos derrotada, y cuando estuve cerca se dejó caer sobre mi hombro.
—Esta noche —dijo— quiero que me lo cuentes todo sobre el castillo que vas a construirme y que fantasees todo lo que te apetezca con nuestra boda. O mi boda. O lo que sea.
—Será un honor.
Ella sonrió.
—¿Crees que de verdad lo arreglaremos?
Me miraba a los ojos, casi temerosa de mi respuesta. No titubeé un solo instante. Cogí su mano y le sostuve la mirada.
—Lo arreglaremos —asentí—. De verdad lo creo. Tú, yo y quien haga falta. Llevará tiempo, pero sé que todo irá mejor. Valdrá la pena, Zelda.
Ella asintió y pareció recuperar algo de su seguridad. Solo entonces me pregunté si lo que Zelda decía sobre mí sería cierto. Si de verdad era capaz de convencer a la gente, de dar esperanza y de poner a todo el mundo de mi parte. Había sido muy fácil animarla últimamente.
¿Qué más daba, de todas formas? Ella estaba más feliz. Y eso era lo único que importaba.
El día pasó con una creciente tensión, pero no hubo ningún incidente. Zelda no se separó de mí, aunque yo tampoco la quería muy lejos. Pese a que no hubiera sheikah ni zora por los alrededores —se habían encerrado todos en sus tiendas—, temía que alguien hiciera algún comentario. Sin embargo, ese temor se disipó un poco cuando vi las sonrisas en los rostros del resto. Incluso distinguí destellos de admiración hacia Zelda.
—¿Por qué me miran tanto? —me preguntó ella en voz baja mientras paseábamos por el campamento. Forzó una sonrisa para disimular. Yo decidí usar la misma táctica.
—Te los has ganado —le susurré—. Les has robado el corazón, Zelly. Por eso te miran tanto.
Examinó los alrededores con aire calculador, aunque luego su sonrisa se volvió sincera.
—No hables tan pronto, Link. Aunque me haya ganado algo de su afecto, puedo arruinarlo todo y cambiar su opinión en menos de un día. No deberías decir cosas así tan a la ligera.
Pasé una mano alrededor de su cintura. Me daba igual estar en público; me daba igual que susurraran y que nos miraran con desaprobación. Eso solo hacía que la acercara todavía más. Zelda era tan maravillosa que probablemente todos estaban celosos.
Me descubrí pensando que nunca me habría atrevido a hacer algo así un siglo atrás, aunque una relación tan cercana con la princesa hubiera estado permitida. El decoro había tenido demasiada importancia entonces. Ahora, sin embargo, habíamos recorrido un camino muy largo para preocuparnos por el decoro. Ella parecía cómoda mostrando afecto en público, y eso era todo lo que yo necesitaba.
Aquella noche, decidí hacerle caso y fantaseé en voz alta con el futuro junto a ella para distraerla un rato. Y, por suerte, dejó de tener aquella expresión preocupada que tan poco me gustaba. Le hablé de los arreglos que tendríamos que hacer a nuestra casa de Hatelia. Al principio solo bromeaba con lo del castillo para hacerla reír, pero acabé hablando de lo que necesitábamos de verdad.
—Habrá que reforzar el techo —le dije—. Creo que hay goteras. Y también necesitamos otra habitación y un suelo mejor. El que tenemos cruje demasiado.
—¿Para qué quieres más habitaciones? —me preguntó ella—. Solo estamos nosotros dos.
—Necesitas más espacio, Zelda. Un lugar donde trabajar sin que nadie te moleste. Eso si decides quedarte en Hatelia, claro.
Ella hizo una mueca.
—¿Vas a gastar rupias en añadir más habitaciones? ¿Sigues siendo el Link que yo conozco?
—Me gastaré todas las rupias que hagan falta —repuse—. No me gusta gastarlas por tonterías. Pero esto es importante, así que no voy a quejarme.
Ella sonrió y se acercó más al brasero. El exterior estaba en silencio ya. Normalmente algunos miembros del grupo de constructores de Karud se reunían con otros para beber y compartir anécdotas, pero aquella noche fue una excepción. Se lo agradecí desde la lejanía. Habían tomado una buena decisión y se habían evitado unos cuantos problemas. Aunque dudaba que alguien se hubiera sumado a la reunión, con toda la tensión que había en el campamento.
Miré a Zelda de nuevo. Su ceño fruncido había desaparecido por completo, pero sabía que el silencio podía llevarla a la desesperación de nuevo. Así que decidí intervenir antes de que fuera demasiado tarde.
—Si tenemos hijos —le dije—, espero que saquen tu nariz.
Zelda se quedó muy, muy quieta, y por un momento estuve casi convencido de que no respiraba. Empecé a preocuparme cuando también palideció.
—¿Los cinco? —murmuró, tocándose la nariz—. ¿Con mi nariz?
—Con tu nariz —asentí yo—. Deberían parecerse más a ti. Probablemente lo harán. Eres la más guapa de los dos, Zelly.
Ella rio y negó con la cabeza.
—No quiero que se parezcan solo a mí —dijo—. Quiero que tengan la forma de tu cara y no de la mía. —Su mano era cálida sobre mi mejilla y contuve un estremecimiento—. Y también deberían tener tus ojos.
Solté un bufido.
—No digas tonterías.
Apartó la mano y tuve que tragarme un gruñido de frustración. Sus manos eran suaves, aunque se habían vuelto algo ásperas desde que viajaba conmigo. Y, Diosas, eran las mejores manos de mundo.
—Estás muy convencido de que vamos a tener cinco hijos —dijo con un atisbo de diversión en la voz—. ¿Hay alguna razón en especial por la que quieras verme crecer hasta alcanzar tamaños impensables para luego entrar cinco veces en peligro de muerte y de desangrarme? ¿O tal vez sea solo curiosidad?
Caí en la cuenta de golpe y abrí mucho los ojos, horrorizado. Oh, Diosas, lo había olvidado. La veía todos los días, y aun así nunca me la había imaginado con el vientre maravillosamente hinchado. Brillaría sin necesidad de utilizar el poder sagrado. Me descubrí sonriendo como un idiota. Algo cálido se retorcía en mi pecho. Era molesto, pero no lo cambiaría por nada en el mundo.
—¿De qué te ríes? —inquirió ella con curiosidad muy mal disimulada.
Intenté recuperar la compostura como la propia Zelda me había enseñado.
—De nada —mentí yo—. Estaba pensando en ti.
—Me alegro de que pensar en mí te divierta —murmuró ella, poniendo los ojos en blanco.
Conseguí mantenerla distraída por el resto de la noche. De hecho, ninguno volvió a tocar el tema de la reconstrucción. Por una vez, me alegraba de ello. Y, a juzgar por su expresión, Zelda también lo hacía.
Más tarde, cuando solo quedaba una débil vela encendida y ya tenía los ojos cerrados, a ella se le ocurrió hablar de nuevo.
—¿Puedo hacerte una pregunta? —susurró.
—Buenas noches —gruñí.
La escuché reír, o al menos percibí un sonido parecido. Sentí sus manos en mi pelo y, Diosas, era maravilloso.
—¿Cuándo vas a pedírmelo? —susurró otra vez con voz pequeña y tímida.
Se me escapó una carcajada. No podía creer que todavía estuviera pensando en cuándo le pediría casarnos. La mujer más maravillosa del mundo ocupaba sus pensamientos con nuestra boda. Tanto suya como mía.
—Creía que había quedado claro ya.
—Tus conclusiones, una vez más, son erróneas. Agradecería que me dijeras cuándo piensas pedírmelo. Creo que tengo derecho a saberlo.
—¿Crees que tienes derecho a saberlo? ¿O eres tan impaciente que te mueres por que te lo cuente?
—Eso no es...
Se interrumpió cuando le hice cosquillas con la mano libre. Empezó a retorcerse entre mis brazos mientras reía a carcajadas.
—Link —jadeó—, van a oírnos y van a pensar que..., que... —Se le escapó algo parecido a un chillido—. Vamos a despertar a todo el mundo.
Sonreí, aunque acabé dejándola en paz. Ella se mantuvo en silencio un rato mientras intentaba recuperar el aliento, aunque luego rodó hasta quedar sobre mí. La luz de la vela se reflejaba en sus ojos y, cuando pasé la mano por la piel desnuda de sus brazos, me pareció que irradiaba algo. Sin embargo, no brillaba. Lo revisé varias veces.
—Por favor —dijo en tono suplicante. No se parecía nada a la voz imperiosa que había utilizado aquella mañana, con Mavan y el sheikah—, cuéntame algo más. Sabes que no puedo aguantar tanto tiempo.
—Pero han pasado solo... dos días, ¿verdad? —La expresión de su rostro no cambió, como si no se hubiera inmutado de que había hablado. Me obligué a no mirarla a los ojos. Sabía que entonces cedería de verdad—. Puedo decirte algo más, si quieres. Para que no te enfades conmigo.
Me rodeó el cuello con los brazos y dejó caer todo su peso sobre mí. Solté un gruñido pero la sostuve de todas formas. No pesaba tanto, en realidad; solo me alegraba de que no fuera tan escuálida y ligera como antes.
—Soy toda oídos.
Reflexioné por un rato y luego me maldije a mí mismo. No debería haberle dicho nada. Ahora tendría que inventarme detalles que no existían en el plan original.
—No lo verías venir ni aunque quisieras —le dije al final.
Su expresión se ensombreció y el agarre de sus brazos se aflojó un poco.
—¿No hay ningún otro detalle?
—¿Cuál es tu momento del día favorito?
Zelda pareció desconcertada. Si era fácil sorprenderla con una pregunta inocente, no sabía lo que le esperaba cuando fuera a pedirle que se casara conmigo. Si aceptaba, claro.
—El atardecer —respondió ella—. Me gustan los colores y la calma.
—Entonces te lo pediré por la mañana y nos casaremos un día al atardecer. ¿Qué te parece?
—¿Por qué por la mañana? —murmuró ella, confundida.
—Porque es mi momento favorito del día. Así los dos estaremos igualados.
Su expresión se suavizó, aunque no hizo más preguntas. Quise pensar que se había quedado satisfecha. Sentí algo de alivio; sabía tanto de cuándo se lo pediría como ella, en realidad. Quería esperar unas semanas más y, si ninguno de los dos se arrepentía y todo iba bien en la reconstrucción, pensaría en la mejor forma de pedírselo por fin. Pero lo cierto era que había decidido dejarme guiar por el instinto, sin planear nada.
Tres días después del incidente con los zora y los sheikah, decidimos seguir con lo acordado. No había habido más problemas aunque ambos grupos parecían estar evitándose. No había vuelto a ver a Mavan desde la mañana en que Zelda se reunió con él, así que no había tenido oportunidad de devolverle el cuchillo. Estaba casi seguro de que no había salido de su tienda por vergüenza. Sí había visto al sheikah, sin embargo.
Todo el mundo había sido informado de antemano, de modo que apenas hicieron falta preparativos de última hora. La marcha iba a un ritmo terriblemente lento porque Karud y sus constructores se paraban cada pocos pasos para ocuparse de los caminos. Los demás se habían empecinado en ayudar también, así que no había escapatoria. Después de que Zelda insistiera, decidí unirme a ellos, aunque en el fondo no necesitaban mi ayuda. Por ello, me limitaba a esperar mientras los más sensatos avanzaban con el resto del grupo.
Unos días más tarde, estaba esperando a que me asignaran alguna tarea cuando los hylianos con los que había entrenado en unas pocas ocasiones se acercaron. Contuve un gruñido de frustración y pensé en dar media vuelta e irme, pero ya era demasiado tarde. Zelda tampoco estaba cerca. Con una pizca de resignación, me giré hacia ellos. Intenté no poner mala cara.
—No has vuelto a ningún entrenamiento —dijo uno.
—Es verdad —mascullé.
—Es una verdadera pena —intervino otro—. No llegué a entender del todo ese movimiento tan extraño que hacías. ¿Cómo se llamaba...?
—No me acuerdo —mentí. Busqué una distracción en el horizonte y, por suerte, la encontré—. Tengo que hablar con alguien. Hasta pronto.
Me alejé de ellos sin esperar una respuesta. Recé por que hubieran comprendido que no quería saber nada de entrenamientos. Llevaba más de una semana sin desenvainar la espada. Solo había empuñado el cuchillo de Mavan después de quitárselo. Era extraño, pero lo último que me apetecía era acercarme a la Espada Maestra. Sentía una especie de aversión cuando la tocaba. Me gustaba pensar que estaba esperando a que ocurriera un milagro y encontrara la forma de arreglar la espada, pero en el fondo ya había perdido la esperanza. Me había rendido. Y tal vez fuera lo mejor.
Cerca de los carros divisé a Resik. Después del incidente, habían intentado implicarlo más en las tareas menos duras. Podía subirse a un carro con Karud y gritar instrucciones —aunque nadie obedeciera—, o podía participar en algunas reuniones, escuchando. El propio Resik parecía haberse olvidado del incidente, aunque yo, pese a la mala memoria, todavía estaba lejos de dejarlo atrás. No había hablado mucho con él después de lo sucedido, pero él no había vuelto a mencionarlo.
Estaba arrancando hierbajos del borde del camino. Tomé asiento a su lado y su rostro pareció iluminarse al tener compañía.
—¿Tú también te aburres? —me preguntó.
—No sabes cuánto.
—No sabía que puedes aburrirte. Mamá dice que no te aburres.
—Me aburro todo el tiempo.
Contemplé el apresurado campamento que habíamos montado junto al camino. Los viajeros que pasaban nos miraban con curiosidad, aunque ya debían saber lo que estábamos haciendo. El paso estaba libre, de todas formas. Cualquiera podía ignorarnos y seguir su camino.
Divisé a Zelda hablando con Karad y Karid mientras tomaba notas. Tendríamos que revisarlas juntos aquella noche. De hecho, había descubierto que me gustaba trabajar con ella. Podía ser aburrido, pero con ella nunca me aburría del todo. Mientras escribía y escuchaba a Karad y Karid, tenía el ceño algo fruncido y el pelo dorado le caía alrededor del rostro. Llevaba un vestido verde que le había visto pocas veces. Y, por Hylia, cuando se movió un poco y pude ver por fin lo bien que le quedaba, sentí una familiar y abrasadora sensación en el estómago.
—... está mal. ¿Link?
Me sacudió el hombro con tanta fuerza que estuve a punto de perder el equilibrio. Si hubiera sido cualquier otro niño, le habría dirigido a peor mirada posible, pero no iba a hacerle eso a Resik.
—Estoy escuchándote —murmuré. Zelda no parecía haberse dado cuenta de que la miraba. Rio con algo gracioso que había dicho Karid y contuve un suspiro. Me limité a fantasear con la forma de su vestido.
—¿Qué te pasa?
—Estoy pensando —mascullé.
—¿Pensando? ¿Por qué? ¿En qué?
—¿Sabes qué son las sandías gélidas? —Resik hizo una mueca y lo interpreté como una negación—. Estaba pensando en ellas. En lo mucho que me gustan. Crecen solo en el desierto, ¿lo sabías?
Él negó con la cabeza. Tras unos instantes en silencio, señaló a los caballos.
—¿Tu caballo tiene nombre?
—Viento.
—¿Es el blanco o el más oscuro?
—El más oscuro.
—Es bonito —murmuró Resik. Iba a darle las gracias pero él se adelantó—. Dijiste que me llevarías contigo algún día.
—¿A caballo? —Resik asintió de forma vehemente y yo suspiré—. ¿A dónde quieres que te lleve?
Sus ojos brillaron.
—Me da igual. Pero tiene que ser bonito.
—Ve a preguntárselo a tu madre —le indiqué tras pensarlo un momento.
—¿Por qué? Ella dirá que sí.
—Si no se lo dices primero, tendré que hacerlo yo. A Viento no le gustan los mentirosos.
Su rostro se transformó en una mueca de horror y corrió hasta su madre. Lo seguí con la mirada hasta que se perdió entre los carros, aunque no tardó mucho en regresar. Con solo mirarlo supe lo que su madre había respondido.
—Ha dicho que sí —jadeó—. ¿Me llevarás, Link? ¿Me llevarás? Por favor...
Lo alcé en volandas y me lo cargué al hombro. Él gritó entre risitas. Aquello llamó la atención de algunos, que se nos quedaron mirando. Zelda estaba entre ellos, aunque me observaba de forma distinta. Sus ojos estaban llenos de calidez, pero había algo más en ellos. Melancolía. Sin embargo, me mostró una sonrisa radiante, y no pude hacer otra cosa que devolvérsela.
—Hoy es tu día de suerte —le dije a Resik mientras íbamos hacia Viento—. Me aburro tanto que no me importa llevarte. Eres más que bienvenido. Si él te acepta, claro.
Un brillo preocupado apareció en sus ojos, aunque desapareció en cuanto tuvimos delante al propio Viento. Acerqué a Resik a su hocico para que lo conociera. Mantuve la mano libre sobre su crin, no obstante, por si algo ocurría.
Viento le olisqueó el pelo como había hecho mil veces conmigo. Debió gustarle, porque se desinteresó rápidamente. Viento solía hacerlo con quienes le agradaban.
—¿Sabes montar a caballo? —le pregunté a Resik mientras ensillaba a Viento.
—No. En casa no hay caballos.
Hice una mueca, pero no dije nada. Esperó pacientemente a que colocara la silla y la brida de Viento. Lo dejé sobre la silla con cuidado. Luego monté detrás de él y sujeté las riendas.
—Agárrate bien —le indiqué.
—¿Y si me caigo?
—No te caerás. Confía en mí.
Él asintió con la cabeza. Me descubrí pensando que no tenía ningún motivo para confiar en mí después de lo que le había hecho. Pero, aun así, no me guardaba rencor. Lo admiraba por ello.
Espoleé a Viento, que avanzó a un trote suave. Sabía que quería correr, pero no se lo permití. Montar al galope con Viento podía ser una experiencia aterradora. Incluso Zelda se asustaba. Resik se quedó rígido y buscó algo a lo que aferrarse. Acabó cogiendo mis muñecas, y se me escapó una carcajada.
—No estamos yendo tan rápido. No va a pasarte nada.
A él se le escapó algo parecido a un sollozo. Me incliné sobre la silla para mirarlo bien, con una pizca de preocupación.
—¿Quieres bajarte?
—¡No! —exclamó.
Sonreí y guié a Viento a través del camino. Dejamos a los demás atrás y luego salimos del sendero principal. Resik me soltó por fin y poco a poco pareció acostumbrarse al movimiento del caballo.
—¿Te gusta? —le pregunté.
—¿Podemos ir un poco más rápido?
Sonreí de nuevo y permití que Viento fuera ligeramente más deprisa. Resik rio y, después de un rato, me pidió ir todavía más rápido. Cuando empezó a quejarse del dolor de piernas, hice que Viento se detuviera junto a un arroyo y ayudé a Resik a desmontar. Se tambaleó un poco, pero sus ojos brillaban y tenía una sonrisa amplia en el rostro.
—Quiero ir otra vez —dijo, señalando a Viento, que bebía del arroyo.
—Más tarde —respondí mientras rebuscaba en las alforjas. Le lancé una manzana y él la atrapó con facilidad—. Buenos reflejos.
Su sonrisa creció, aunque hizo caso cuando le dije que se sentara a la sombra de un árbol. No podía estarse quieto, y eso me recordó lo pequeño que era en realidad.
—¿Cuántos años tiene Viento?
Dejé de comer para examinar al caballo con atención. En Kakariko no me habían dicho cuál era su edad exacta.
—No lo sé —admití—. Pero es muy joven todavía.
—Pero es enorme —dijo Resik con los ojos muy abiertos de asombro.
Me encogí de hombros.
—No es tan enorme comparado con otros caballos.
Se mantuvo en silencio durante un rato, concentrado en su manzana. Resik apenas iba por la mitad cuando terminé, así que me quité las botas y enterré los pies en la hierba. Resik me imitó y se me escapó una risotada.
—¿Puedo tener mi propio caballo?
—Pregúntaselo a tu madre —respondí mientras me acomodaba contra el tronco del árbol y cerraba los ojos.
—Ella no quiere. Lo sé.
—Tendrás que convencerla.
Aquel lugar no estaba nada mal. No creía que fuéramos a pasar mucho tiempo en aquella parte del camino, pero tal vez podría traer a Zelda. No teníamos que encerrarnos en una tienda para trabajar juntos. Podíamos hacerlo fuera, con la brisa y el olor a hierba fresca. No sonaba mal.
Resik terminó su manzana antes de lo que había esperado. Se empecinó en volver a montar a caballo, y yo no podía negarle nada. Lo llevé a través de un bosque cercano y él rio al ver como Viento esquivaba las raíces del suelo, aunque a mí no me hizo ninguna gracia. Si se hacía daño, no tendríamos a nadie en el campamento que supiera ayudarlo. Saqué a Viento del bosque y cabalgamos de vuelta al sendero. Fuimos un poco más rápido, a petición de Resik. Al acercarnos al campamento, algunos saludaron. O, más bien, saludaron a Resik. Le tenían más cariño que a mí.
—¿Quieres volver ya con tu madre? —le pregunté.
Él negó con la cabeza.
—Todavía es pronto. Vamos por ahí. —Señaló el sendero vacío por el que aún no habían pasado los constructores de Karud.
Suspiré y guié a Viento en esa dirección. El murmullo del campamento quedó atrás poco a poco. Nos desviamos del camino y, mientras descendíamos una colina, Resik habló de nuevo.
—Creo que viene alguien por ahí.
Señaló el camino. Detuve a Viento al llegar a la base de la colina y escruté el horizonte. No fue difícil divisar las figuras a las que se refería Resik. Eran casi una decena y parecían hylianos. Llevaban carros y tiendas. Era imposible que vinieran de Hatelia porque viajaban en la dirección opuesta. Resik alzó la vista y me miró.
—¿Qué pasa? ¿Es gente mala?
Hice que Viento diera media vuelta y se pusiera en marcha de nuevo.
—Te llevaré con tu madre.
Por un momento, Resik no dijo nada. Sin embargo, alzó la vista de nuevo con los ojos muy abiertos.
—¿Es gente mala, Link?
—Seguro que no.
Aunque siempre cabía una posibilidad. Pero me dije que nada de eso podría ocurrir. El Cataclismo llevaba un año y unas pocas lunas fuera de Hyrule, y no volvería a verlo nunca. Los asesinos estaban muertos, igual que la malicia. La asesina que los había liderado debía haber muerto ya también. Era difícil sobrevivir por tanto tiempo en una celda.
Escuché la voz de la espada por primera vez en semanas. Fue un sonido débil y lejano, pero supe al instante que era ella. Repetía el mismo sonido una y otra vez. Intenté aferrarme a él para no dejarlo escapar, pero por mucho que me esforzara estaba lejos de entenderlo.
Dejé a Resik frente a la tienda de su madre. Él acarició el hocico de Viento para despedirse y permití que le diera una manzana.
—¿Puedes llevarme a caballo algún otro día? —me preguntó con ojos suplicantes.
—Siempre que quieras y si tu madre te deja.
Me abrazó con fuerza, aunque apenas me llegaba por la cintura. Le revolví el pelo con una mano.
—Avísame cuando te aburras.
Él sonrió y corrió al interior de la tienda. Estaba a punto de dar media vuelta para marcharme cuando oí una voz a mi espalda.Vi a la madre de Resik bajo el umbral.
—Antes de que te vayas —dijo. Me tendió algo cubierto en una tela. Olía excepcionalmente bien—. Es pastel de manzana. Ayer paré en la posta e hice demasiado. Sé que te gustará.
—Pero...
—Nada de peros. —Colocó el pastel entre mis manos—. Compártelo con esa chica. Tómatelo como una muestra de agradecimiento, nada más. Espero que no te haya dado problemas hoy. Estaba tan emocionado que no fui capaz de decirle que seguramente tendrías otras cosas por hacer.
—No me importa que esté conmigo —le aseguré—. No me da problemas.
—Bien —sonrió ella—. Eres un buen muchacho. Espero que te guste el pastel.
Sentí que empezaba a enrojecer, pero me obligué a hablar de nuevo.
—Gracias —conseguí decir, refiriéndome al pastel.
Mientras me dirigía al zona donde Zelda y yo habíamos acordado montar nuestra tienda aquella noche, metí con cuidado el bulto de tela en las alforjas de Viento. Dejé los caballos atados a un árbol y busqué a Zelda. Los constructores habían avanzado en el camino y vi a Karud ocupado hablando con un grupo de sheikah e hylianos. Me alegraba ver que volvían a congeniar. O al menos esa era la impresión que tenía.
Me di la vuelta para examinar las mejoras del camino y de pronto sentí algo a mi alrededor.
—¿Qué te parece? —me preguntó Zelda con una sonrisa radiante en el rostro.
Rodeé sus manos, que estaban sobre mis hombros. El camino era más grande, más amplio. No había tantas piedrecitas sueltas y estaba mejor señalizado.
—Lo están consiguiendo de verdad —murmuré, incrédulo—. Imagina que Hyrule entero esté así en el futuro.
—Lo estará —repuso ella con firmeza—. Aunque yo misma tenga que levantar cada piedra.
Supe que hablaba en serio por su tono. Y no la culpaba.
Escuché una conmoción a nuestra espalda. Ambos nos dimos la vuelta y yo ya me esperaba lo peor. Tal vez Mavan se había peleado con los sheikah de nuevo. Tal vez, en esa ocasión, acabaríamos con heridos. Sin embargo, nada de eso ocurrió, y aparté la mano del pomo de la espada la oír las carcajadas y las exclamaciones de bienvenida.
—¿Tú sabías algo de esto? —le pregunté a Zelda, confundido.
—No. ¿Y tú?
Estudié la multitud y no tardé en divisar a los recién llegados. Karud estaba hablando con ellos, y sus caras no me sonaban. Reconocí el carro que llevaban y también los dos caballos moteados.
—Antes salí a cabalgar con Viento —dije—. Vimos un grupo yendo en esta dirección. No pensé que fueran a unirse a nosotros.
Zelda sonrió y cogió mi mano.
—Deberíamos ir a conocerlos. Utiliza tu maravillosa habilidad de gustarle a todo el mundo. Cuantos más seamos, mejor.
Tiró de mí y yo la seguí sin oponer resistencia. Algunos constructores de Karud parecían conocer a los recién llegados y, al verlos más de cerca, descubrí que sus caras sí me sonaban de algo.
—Zelda, ¿esos no son...?
Me interrumpí de golpe al ver el primer rostro conocido. Era el anciano con el que había hablado en la Meseta de los Albores mientras viajaba con Zelda, el que tan familiar me había resultado. Artyb, así se llamaba. Él me estaba mirando ya y, cuando le devolví el gesto, el corazón se me detuvo por un momento. Había algo en sus ojos que me resultaba terriblemente conocido. Me recordaba a..., a...
Pero lo que me estaba imaginando era una locura. Dudaba que fuera posible.
—¿Link? —susurró Zelda, tirando de mi brazo—. ¿Te encuentras mal?
Aparté la mirada de aquel anciano y me concentré en sus ojos verdes. Parecían más oscuros que de costumbre bajo la luz del sol.
—Es como si lo conociera de algo, pero no sé de qué —murmuré—. Diosas, es como si no recordara nada otra vez.
Era terriblemente frustrante. Tanto que era incapaz de ver una respuesta clara a mis preguntas. Odiaba la sensación de no saber qué estaba ocurriendo. La había conocido muy bien cuando viajaba solo, por desgracia.
—Si se va a quedar en el campamento, podrías investigar. Hacerle preguntas. Tal vez así sepas por qué... Oh, ahí viene.
Me quedé muy quieto y seguí la mirada de Zelda. Artyb iba en nuestra dirección y, al verme, sonrió.
—No te creas que te he olvidado, muchacho —rio—. Pero tampoco pienses que he venido hasta aquí solo para verte.
Me dio unos golpecitos en el hombro, e incluso eso me resultó familiar. Era como si hubiera vuelto a casa, cien años atrás, después de haber pasado una temporada de servicio en el castillo. Mi padre me recibía de esa forma cuando me veía al otro lado del umbral, aunque cerca del final solía abrazarme. Pero la sonrisa de Artyb no era como la de mi padre.
—Me alegra veros de nuevo —dijo Zelda al darse cuenta de que yo no iba a responder.
—Deja esas formalidades, jovencita. No soy nadie importante.
Zelda sonrió con amabilidad.
—Me encantaría seguir hablando contigo, pero creo que Karud tiene algunas cosas que explicarme. Si me disculpáis...
Soltó mi mano y estuve a punto de rogarle que se quedara. Recobré la compostura rápidamente y volví a centrarme en Artyb. Descubrí que era incapaz de mirarlo a los ojos sin que empezara a dolerme la cabeza.
—Ya veo que has estado ocupado —murmuró, mirando el campamento.
Me obligué a hablar.
—¿Qué haces aquí?
—Lo de la Meseta de los Albores no avanzaba mucho —suspiró él—. Así que algunos decidimos probar suerte aquí. Se oyen muchas cosas buenas. Además, te dije que probablemente vendría.
Sentí algo de alivio. Al menos no corrían rumores malos sobre la reconstrucción. Había acabado teniendo razón en lo de empezar por cosas pequeñas. So hubiéramos empezado reconstruyendo la Ciudadela o el castillo, habríamos terminado como el proyecto del Templo del Tiempo.
—Está bien tener más ayuda —dije.
—He traído gente fuerte —repuso él—. Gente que no da problemas.
Gracias a las Diosas. Al menos eso era una buena señal.
—¿Sois todos hylianos?
—Hay un sheikah, pero si lo dices por los problemas, no creo que haga nada malo.
—No lo decía por eso.
Artyb asintió.
—Todavía llevas esa espada —observó, señalando la Espada Maestra—. Y, por Hylia, ese pelo...
—¿Y qué hay de tu barba? —mascullé con el ceño fruncido. Nadie me convencería de llevar el pelo más corto. Antes me dejaría crecer la barba.
—No seas dramático —rio él. Fue un sonido tan familiar que me dio miedo—. Debería ir a organizarlo todo. Estos mocosos no tienen ni idea de lo que deben hacer. Ya nos veremos.
Se marchó sin darme oportunidad a despedirnos. En realidad, no era tan anciano. Debía ser un poco mayor que el rey Rhoam hacía cien años. La barba desaliñada y las ropas raídas lo hacían parecer más mayor de lo que realmente era.
Aquella noche, los ánimos volvieron a levantarse. Los constructores de Karud conocían a Artyb de alguna forma inexplicable, y eso hizo que el resto se interesara por conocerlo también. Se sentaron alrededor de una hoguera —eso no sucedía desde el incidente con los zora y los sheikah— y compartieron historias. Intenté recordar algunos de los nombres de los recién llegados, pero me fue imposible.
Zelda no quiso quedarse demasiado, para mi sorpresa. Regresamos a la tienda cuando aún era muy temprano y le mostré el pastel de manzana que me había dado la madre de Resik. Todavía olía de maravilla, y al instante me di cuenta del hambre que tenía, pese a haber comido hacía unas pocas horas.
Zelda y yo comimos en silencio. Y, de pronto, ya no quedaba pastel. Abrí mucho los ojos y ella rio a carcajadas.
—Te lo has comido todo tú. No estés tan sorprendido.
Negué con la cabeza y entorné los ojos.
—Tú también has comido.
—No tanto como tú.
Le hice cosquillas en un costado y ella empezó a retorcerse mientras reía. Aparté las notas que habíamos dejado en el suelo, encima de una manta, y me detuve sobre ella.
—Que alguien me ayude —rio ella, aunque había dejado de hacerle cosquillas—. Hay un salvaje con malas intenciones sobre mí.
—¿Malas intenciones? —repetí con una ceja alzada.
La besé con cuidado justo después, ahogando su respuesta. Sus labios tenían un sabor dulce. Probablemente eran las manzanas del pastel. Eso solo lo hacía todavía mejor.
—¿Tenéis algo importante que hacer esta noche, ser Link? —me preguntó. Miré hacia los papeles que yacían desperdigados por el suelo y ella resopló—. Aparte de eso.
—¿Aparte de eso? No hay nada importante. —Ella sonrió y la besé de nuevo—. Soy todo tuyo.
Ella no perdió el tiempo. Dejé que me tumbara de un empujón y que intercambiara posiciones. Encajó en el hueco entre mis piernas. Me besó con urgencia y se me escapó un gruñido muy alto cuando empezó a mover la cadera de forma maravillosamente lenta. Cerré los ojos con fuerza y rodeé su cintura con las manos.
—¿Dónde demonios has aprendido eso? —mascullé.
Ella rio y se inclinó de nuevo para besarme. Un rato después, estaba convencido de que sus caricias iban a matarme si no hacía nada. Busqué los nudos de su vestido con dedos torpes, sin éxito. Maldije con la peor palabra que se me ocurrió.
—Voy a romperte ese vestido —le advertí entre dientes—. Y sería una pena, porque te queda muy bien.
Sonrió y se quedó quieta para desanudarse el vestido. Aproveché para recuperar el aliento, pero la pausa se acabó cuando vi sus hombros desnudos. La besé allí con lentitud. Sabía dónde tenía cosquillas y tuve cuidado de no rozar ninguna de esas zonas.
Estaba en eso cuando escuché pasos fuera de la lona de la tienda. Se tambaleaban ligeramente. Cuando nos llamó por nuestros nombres, descubrí que se trataba de la voz de Karel. Enterré el rostro en el hombro de Zelda con un largo suspiro.
—¿Vas tú? —me preguntó en un susurro.
—No podría fingir ni aunque quisiera.
Debió ver que hablaba en serio porque volvió a colocarse el vestido y la ayudé a anudárselo. Se arregló el pelo y me miró, como buscando el visto bueno. Contemplé sus mejillas encendidas y sus labios hinchados. Tenía la falda del vestido ligeramente arrugada, pero si Karel estaba borracho no se enteraría de nada.
Tal y como había sospechado, Karel había bebido demasiado y solo venía a ofrecernos una de esas jarras. Zelda declinó con más amabilidad de la que se merecía y lo envió de vuelta a su tienda.
Aquella noche, a pesar de todo, tuve pesadillas. Soñé que estaba en un lugar oscuro y, cuando estiré el brazo, Zelda no estaba allí. Me sentía terriblemente solo. En mis pesadillas solía haber monstruos, y esa no fue la excepción. Tenía delante a un monstruo gigantesco, parecido al Cataclismo, hecho de malicia que palpitaba y se retorcía sobre sí misma. Y no podía hacer nada porque la Espada Maestra estaba fuera de mi alcance. Caía y caía en la oscuridad.
Cuando me desperté por última vez, todo seguía estando oscuro. Había abierto los ojos justo cuando el monstruo estaba a punto de atravesarme con algo afilado, no recordaba el qué. Sentía un dolor palpitante donde el arma se habría hundido, por debajo del pecho. Me llevé la mano a esa zona y noté una cicatriz bajo los dedos. Por un horrible momento pensé que iba a abrirse. Pero solo eran imaginaciones mías.
Sentía un cosquilleo extraño en los dedos, donde la malicia me había quemado hacía más de un año. Supuse que Zelda no era la única que tenía problemas con la malicia, después de todo.
En un rincón de la tienda, la Espada Maestra estaba en silencio, y me pregunté si algún día volvería a oír la voz del espíritu.
