"Distancias: ¡No me voy a rendir tan fácilmente!"
.
.
.
.
A veces presenciar la cercanía de quien en algún momento pensabas que sería tu pareja y terminaba por herirte, lo ideal correspondía a superarla. En el caso de Izuku Midoriya, ni superarla era una posibilidad, pues Katsuki estaba pegado a él como lapa.
Izuku había pasado el día entero con Katsuki, (quien le remarcó que en el casino él le comentó que se podían ver el día siguiente), saliendo de su revisión. Shouto tuvo que marcharse porque su padre le pidió que regresara al hotel por unos mandados que Keigo necesitaba (Izuku recordó que Enji nunca podía rehusarse a los deseos de Keigo).
Katsuki aprovechó su aturdimiento, para sugerirle que visitaran zonas turísticas de Macao. Izuku no tuvo más remedio que aceptar.
Fueron al templo A-Ma, maravillándose con la entrada que se conformaba de unos leones de piedra. Izuku se tentó en tomar una fotografía, pero la calidad de la misma saldría deficiente. Cabizbajo por aquello, suspiró. Katsuki percibió su cambio y sacando su iPhone, sugirió que él tomaría las fotografías que Izuku quisiera.
Izuku sonrió. Katsuki estaba siendo amable. No había por qué negarse, pese a la extrañeza que le suscitaba verle esas actitudes tan lejanas de lo que conocía de éste.
De ahí, agarraron el autobús y fueron a la Plaza Senado,(protegida por la UNESCO), vieron el edificio del Senado, recorrieron las calles, los puestos, pasando por la enorme cantidad de muchedumbre fascinándose con la herencia Portuguesa de la zona.
Recorrieron las ruinas de San Pablo, donde subieron las escaleras, esquivando las grandes masas que acaparaban prácticamente todo el espacio disponible, debido a que se tomaban fotografías. Izuku se sentía un tanto atolondrado por el volumen de gente, mas la presencia de Katsuki lo tranquilizaba, pues éste parecía inmune a la muchedumbre. Aunque, claro, atisbaba el fastidio creciendo en su semblante a medida que avanzaban.
Supuso que Katsuki hacía un esfuerzo por verse impasible a su lado. Izuku pensaba que Katsuki no tenía que tomarse esa molestia. Sin embargo, una vez llegando a la cima, Katsuki sacó su celular y propuso tomarle una fotografía. Izuku le dijo que si él saldría, a lo que Katsuki se negó.
—¿Por qué no, Kacchan?
—Porque prefiero que salgas tú —Contestó Katsuki—. Sólo acomódate bien y sonríe. No tienes que hacer más, nerd.
—Pero, es tu teléfono.
—Hago lo que quiero con mi teléfono, idiota.
—¡Quiero que salgas tú! No es justo que tome el crédito de tu almacenamiento de información, además creo que se tiene que estar comprando espacio para almacenar más memoria, y desconozco qué tanta información tienes en tu celular. No es que sea mi problema, pero no quiero abusar de tu amabilidad.
—¿Crees que lo hago porque soy amable? —Interrumpió enfadado.
—Ehm, ah… —Izuku tartamudeó. —¡Lo siento! No quise molestarte.
—¡No estoy molesto, cabrón! Para de buscarle explicaciones a las cosas. Si te quiero tomar una fotografía, lo haré.
—E-está bien…
¿Qué estaba buscando exactamente? Izuku no tenía idea. Estaba confundido con la exigencia que quería esclarecer en cuestión de la actitud del rubio, quien claramente no le diría todo lo que él quisiera saber, pero de alguna manera no le disgustaba no tener respuestas.
Katsuki le tomó una fotografía frente a las ruinas, omitiendo su petición.
Pasaron por el derredor de las ruinas.
Vieron el follaje del jardín verdoso, sus matices amarillentos y purpúreos. Izuku sonreía con la delicadeza que comunicaba la naturaleza, pues le recordaban a sus días en Okutama: sus montañas recubiertas por el despampanante follaje de los árboles en pleno apogeo del verano, el azul celeste del lago Okutama, el musgo de las piedras y rocas encontradas en el monte Mitake, tras adentrarse por los cedros sagrados y perderse en el infinito ocaso de la naturaleza.
Claro, Macao constaba de otro tipo de geografía y por tanto, de clima. No obstante, los recuerdos de su infancia impregnaban su mente en esos instantes en que se sentía tan vulnerable, pero le agradaba ver otro paisaje. Cambiar de aire, vaya.
Katsuki no dejó de verlo en todo el momento que estuvieron fuera. Izuku evitaba prestarle atención a toda costa, pero fue en vano. La penetrante mirada del rubio lo sonsacaba y comenzaba a ser demasiado para él, era como ver sus sentimientos a través de un espejo.
Tal vez eso era lo que Katsuki odiaba de él: su persistencia. O más bien, esa necesidad imperiosa de ser visto por él.
Sin embargo, las palabras de Katsuki llegaron a calarle hondo y los papeles terminaron por revertirse de manera irónica.
Luego de pasar el resto de la tarde caminando en la plaza Senado, regresaron al hotel. Izuku estaba cansado durante varias horas sin descanso. Katsuki se ofreció a acompañarlo a su habitación, pero Izuku negó tal oferta. Le pareció extraño todavía, aun cuando había tenido la cita que tanto deseó tener cuando lo perseguía de él.
No obstante, su intuición le indicó que intentara algo: tomar la mano de Katsuki. Se sintió raro consigo mismo por su insistencia en esa idea. Subieron en el elevador y aprovechó que Katsuki le picó al botón de su piso para tomar su mano.
La primera reacción del rubio fue tensarse, girar a verlo con los ojos muy abiertos. Izuku apretó los dientes, preparándose para recibir el enojo de Katsuki. Mas, lo que recibió fue un furioso sonrojo en el rostro de Katsuki.
—Ka… ¡¿Kacchan?!
—Cállate.
—¡Lo siento! ¡Te incomodé!
—¿Hah? —Murmuró el rubio; al momento, en que Izuku soltó su agarre con brusquedad —¡Oi! ¡Idiota!
Katsuki atrapó su mano en medio de regresarla al costado. Izuku tuvo un vuelco.
—¿K-Kacchan?
—No decidas mis sentimientos sin preguntarme —Advirtió.
—¿Eh?
—Ahora estamos juntos, ¿No? —Izuku se quedó mudo—. Puedes hacer lo que quieras.
«¿Lo que quiera? ¿Qué significa eso? Sólo quise ver qué pasaba si lo tocaba. Creí que se molestaría, no que diría que me diera permiso. Tampoco se lo pedí. Kacchan me malinterpretó. No le he dicho que lo he aceptado. Aún me duele lo que me hizo… dudo que lo perdone tan fácilmente. Reconozco que fui un tonto por insistirle tanto, pero no esperé que malinterpretara las cosas siendo el genio que es.»
Katsuki desvió la mirada hacia adelante. El elevador se detuvo en el piso del rubio. Izuku sentía el corazón al borde de la garganta. Pasó saliva, cerró los ojos muy fuerte y los abrió.
—¿Quieres venir a mi habitación?
Katsuki lo jaló un poco hacia la salida. Izuku se estremeció ante la mirada intensa que le dirigía Katsuki, mientras sostenía las puertas del elevador con la otra mano.
«Kacchan se está comportando muy raro. Está haciendo cosas muy extrañas. Las veces en que estuve en su habitación siempre me sacó. En aquel entonces, me había sentido tan triste por mi mala suerte y, ahora Kacchan me deja a estar a su lado. Se supone que debería de estar feliz, pero no puedo evitar pensar que Kacchan solamente lo hace para que lo acepte…»
—Te puedo acompañar a tu habitación —Ofreció Izuku.
Katsuki lo miró por una milésima de segundo y avanzó. El corazón le latía tanto que sus oídos zumbaban.
El trayecto fue exageradamente lento; a diferencia de la distancia tan corta que los separaba del elevador. Miraba con el ojo desnudado de temor la osadía de Katsuki, que sobrepasaba con creces su resistencia ante sus acercamientos.
Se exaltó cuando vio que éste le dirigió una sonrisa de lado, abriendo la puerta de la habitación. Izuku inhaló, anonadado.
Sus ojos parecían decirle algo que apenas si lograba comprender. Los destellos fugaces emergían de la sombra de sus pupilas e Izuku se creía idiotizado ante tal fuerza.
—Kacchan… —Suspiró Izuku.
—Pasa —Invitó, e Izuku lo observó con los ojos abiertos, su mente echa una maraña. Intuyó que Katsuki tenía otro tipo de intención con él, y él se había percatado de su reservada actitud —.No pasa nada si entras, nerd de mierda.
—No —Manifestó Izuku, firme. Se soltó de la mano de Katsuki; él lo miró como si lo hubiera ofendido —Tengo que descansar. Mañana regresamos.
—Duerme aquí —Sentenció Katsuki; lo que originó que Izuku sintiera escalofríos.
Apreciaba que Katsuki intentara ser más cercano a él, mas consideraba que si lo apresuraba, terminaría por ceder y su determinación hubiera sido en vano.
No se lo pensó dos veces para rechazar su ofrecimiento. Aún faltaban cosas que necesitaba enmendar en su cabeza: la cuestión de conversar con Enji sobre el asunto de su título, del cual le había afectado enormemente.
—¿Crees que estoy yendo muy rápido? —Lo encaró Katsuki, con el ceño fruncido.
—N-no, no es eso, Kacchan —Izuku negó con las manos, velozmente—. Es sólo que realmente necesito descansar… no quiero ser una molestia. Podemos dejarlo para después.
No reparó el empujón de Katsuki para conducirlo adentro. Abrió las orbes, sorprendido. Izuku se zafó de inmediato con la poca fuerza que le quedaba, contrarrestando la furia del rubio.
—¿Acaso tienes miedo de que te haga algo, Deku?
—¡¿Eh?! ¡No, Kacchan! ¡Me has malentendido!
—Me estás evitando, idiota —Apuntó, e Izuku paró de agitar las manos y se aquietó del nerviosismo del que era preso. Katsuki pareció acertar. Pareció…—. ¿Qué mierda es lo que te ocurre? Has estado más raro de lo normal desde la mañana.
«¡Tú me ocurres! ¡El consejo de boxeo es lo que me ocurre! ¡El título…! ¡Mis sentimientos, Kacchan!»
—No te concierne, Kacchan —Respondió Izuku.
—¿Hah? ¡Estamos juntos, De-Izuku! Si la carga es mucha para ti de soportar, para eso estoy.
—Lo aprecio, pero… no te he aceptado —Aclaró él; Katsuki dio un paso atrás, el rostro desencajado.
—¿Qué mierda estás diciendo?
—Eh… sí, Kacchan —El tonto de Izuku flaqueó, mas se tornó firme—. Agradezco que te preocupes por mi y que hayas sido sincero conmigo,(algo que nunca lo hiciste en lo que tenemos de conocernos). Admito que fue desconcertante al principio, me alegró saber que mis sentimientos llegaron a ti en algún momento.
Katsuki lo miraba, sin decir una palabra, lo que le dio valor a Izuku para seguir.
«Siempre te di una oportunidad, Kacchan. Pero, cada vez usabas esa oportunidad para lastimarme. Me sentí como un juguete, uno que no desechabas pero siempre lo menospreciabas. Dolió, Kacchan… dolió como no tienes idea. Todavía no estoy seguro, si con aceptarte, volverás a ser el mismo Kacchan que se ríe de mi y me menosprecia.
—¿Eso crees de mí?
Katsuki tenía la cabeza agachada, sus mechones cubriendo su rostro, haciendo difícil que Izuku distinguiera qué expresión tenía en su cara.
Izuku se mantuvo callado.
El cuerpo de Katsuki temblaba de pies a cabeza, contenía los puños pegados a los costados.
—Sé que fui una basura contigo —Admitió Katsuki; su voz temblorosa y firme al mismo tiempo—. Sé que te hice daño y te dije cosas que no debí decirte. Es cierto que te odié pero más que odiarte, te trataba mal porque se suponía que alguien de la clase F y que tenía por futuro ser un maldito costal de papas, era inferior a mi. Aun así, me sentía abajo de ti, que no podía sobrepasarte en nada, pese a que era más inteligente que tú. Me ganabas en todo lo demás. Es por eso que te alejé, te mantuve a una distancia que yo podía, o creía, manejar. Me fue imposible. Tu maldita persistencia, tus estúpidas palabras de no rendirte a pesar de que te rechazaba una y otra vez, tu… tu.
Katsuki se detuvo a tomar aire. Lo soltó con el cuerpo, estremecido.
—Sé que no te merezco —Retomó el rubio—. Sé que te tomará mucho en volverme a aceptar y ver que lo que siento, es lo mismo que tú. ¡Y no me hagas decirlo! —Lo apuntó con el dedo, e Izuku frunció el entrecejo, confundido. Katsuki bajó el brazo, formando un puño con el; inclinó la cabeza—, Sé que esto no soluciona nada, pero quiero que sepas que lamento todo lo que he hecho hasta el día de hoy.
Izuku lo observó, boquiabierto. No creía lo que sus oídos escuchaban. Tendría que estar bajo altos niveles de estrés para creerlo una verdad. Katsuki disculpándose era insólito. Tocó una fibra de su ser y se conmovió ante el hombre que tenía en frente: su sinceridad.
Desconocía que Katsuki podía llegar a ser honesto con sus sentimientos. Si bien, lo creía muy fiel a despotricar lo que le disgustaba a los cuatro vientos, mas le era una rareza que fuera tan lejos para expresarle su sentir.
Muy en el fondo de su ser, Izuku quería aceptarlo; besarlo ahí mismo si era posible, robarle el aliento, meter sus manos en su playera y conocer la sensación de su piel.
Sin embargo, aún tenía sus dudas. La mente Katsuki era un mensaje encriptado del que, a duras penas, comenzaba a entender.
Así que, con pasos lentos, pero cautelosos. Colocó sus dedos en la barbilla de Katsuki, haciendo que éste alzara la cabeza. Fue recibido por la culpa gestada en los ojos rojos de Katsuki. Su ceño fruncido escondiendo irónicamente la claridad de su arrepentimiento y quizás, tristeza. Aunque eso lo veía poco probable. Intuía que Katsuki demostraría la tristeza mediante otras acciones: la ira.
Cabía admitirse que era una imagen refrescante.
—No tienes que pedirme perdón, Kacchan —Dijo Izuku, demasiado tranquilo que hasta se sorprendió a sí mismo de escucharse—, Puedo ver cuánto te arrepientes de lo que has hecho.
Se sobresaltó cuando Katsuki lo agarró por el dobladillo de la playera con suma rapidez. Una gran desesperación reinaba en sus ojos.
—¡Quiero que sepas que no me voy a rendir! —Pareció más una advertencia que un anuncio—. ¡Prepárate, Deku!
Izuku, con dificultad, asintió.
Tenía la certeza de que Katsuki no lo dejaría irse si no aceptaba su determinación.
Visitó a Shouto en lugar de irse a su habitación. De algún modo, no se sentía a gusto para permitirse reflexionar sobre su conversación con Katsuki y acerca de sus propios sentimientos. Por lo que, estar en compañía de su amigo servía de guía para permanecer unos minutos en el olvido.
—Así que tuviste un día con Bakugo —Dijo Shouto, secamente.
Izuku asintió y, posteriormente suspiró.
—No es lo que esperaba —Se adelantó en decir; Shouto le dedicó una mirada interrogante—. Me refiero a que Kacchan me llevó a conocer la ciudad. Se suponía que debería de sentirme bien, feliz. Pero me sentía extraño. Incómodo. No sé. Hubiera estado tan contento si hubiera ocurrido en el pasado. En el presente, me genera dudas.
Siempre he perdonado a los que me hacen daño(incluso a Kacchan lo perdoné). Sin embargo, me ha sido imposible confiar en Kacchan.
—Eso quiere decir que te afectó lo que te hizo —Supuso su amigo.
—Sí.
Se instaló un silencio. Ninguno de ellos habló o dijo una palabra. Izuku tenía tantas cosas qué procesar en su cabeza como para traerle más problemas a alguien más y había hecho partícipe a Shouto (su amigo quien estaba enamorado de él) de un asunto que no le concernía, pues heriría sus sentimientos.
Izuku suspiró, largo y ancho.
En verdad, era un tonto. Un idiota. Justo lo que Katsuki creía de él.
—Lo siento —Habló Izuku, de repente, haciendo que Shouto alzara la vista hacia él, con ambas manos unidas—. Había venido con otro propósito, no para hacerte sentir mal por mis asuntos personales.
—No iba a decir nada, Izuku. No hay nada más que decir respecto a Bakugo.
Izuku sonrió, melancólico.
—Tienes razón —Luego, Izuku se tornó un poco apacible—. Retomando lo que dije, vine a discutir contigo de otra cosa. Quería abordar el tema de lo que sigue de haber perdido el título. Estuve pensando que podíamos ir viendo una lista de los peleadores que están dentro del rango del peso pluma. Endeavor mencionó que había que ir adquiriendo experiencia en lo que se cumplían los dos años de la prohibición de tener peleas a título mundial.
Shouto se vio sorprendido por un momento, pero después sonrió; dándole un aire aliviado.
—Sí, me parece una buena idea —Respondió Shouto—. ¿Ya tienes a alguien en mente?
Izuku sonrió, emocionado.
—¿Lo revisamos y lo consultamos con mi padre?
—Sí, gracias, Shouto.
Shouto le plasmó de esas pequeñas y sinceras sonrisas que tanto apreciaba ver, que le decía que podía hacer cualquier cosa que se propusiera.
El vuelo de regreso a Japón fue más corto de lo esperado.
En primera, porque no se atrasó la hora de salida, y en segunda, porque mantuvo los ojos cerrados la mayor parte del trayecto en el aire, debido al miedo que le propiciaron las turbulencias en el proceso de despegue y aterrizaje.
Izuku estaba inseguro de a donde pedirle al taxi que lo llevara. No tenía nada qué hacer en casa de los Bakugo, pues a su ver, ya no pertenecía ahí.
Enji le sugirió que se fuera con ellos con el chófer, pero se rehusó. Siendo sincero, apreciaba que su entrenador y su familia se preocuparan por él.
No obstante, recurrió al restaurante de su madre. Quizás la encontraría ahí, fue lo que pensó.
Cuando llegó, una explosión de serpentinas, gritos y vítores, lo recibieron, paralizándolo al instante. Izuku miró pávido, la fila de sonrisas de rostros conocidos, devolviéndole la mirada, como si con ello, le tendieran sus manos para bañarlo de energía positiva.
Su madre era la única que lloraba; eran lágrimas de alegría. Izuku las distinguió más que los rostros de los tíos, en medio del grupo de sus amigos y la incomodidad se sumió en el él.
Izuku sonrió, agradecido, ignorando haberlos visto. Su madre corrió a abrazarlo, empapando su hombro izquierdo de lágrimas; sentía las vibraciones de su cuerpo sacudirse entre sollozos. Izuku la abrazó. Uraraka corrió y pegó un salto, rodeándolo con sus brazos el lado derecho.
Se apoyó en la alegría de sus seres queridos, olvidando la zozobra de la pelea y la aparición de Katsuki; a menos a que Katsuki atendiera el festejo.
Kirishima habló de los platos que cocinó, Izuku adivinó que quería que él los probara; Uraraka le preguntó acerca de los lujos de los casinos de Macao y si vio a millonarios en el hotel; Iida la interrumpió diciendo que ése no era el tema de interés, sino el título y saber si sus lesiones se habían curado; los tíos estaban allí, pero la tía era quien más detalles quería saber de todo lo ocurrido, porque el tío se mantenía silencioso.
Izuku le restó importancia a quienes lo rodeaban, dirigiendo su atención en el gigantesco plato de katsudon que le preparó su madre, con motivo de su triunfo; Izuku sabía que no podía ir simplemente y arruinar el ánimo de todos, dadas las circunstancias; además, de que necesitaba encontrar el momento adecuado para hacerlo.
Izuku creyó que la reunión duraría poco, porque el ambiente se había rebajado bastante a diferencia del inicio. Pero apareció Kirishima con un pastel de crema, con fresas en la superficie. Y le fue imposible resistirse a su fuerza, su apoyo, su amor y cariño.
El cuarto de ocho metros cuadrados de Katsushika lo recibió con los brazos abiertos. Irónico fue haber regresado a ese barrio; y, aún más, el querer tener un espacio a solas. No recurrió a la señora Chiyo, pues no le quería imponer sus problemas. Rentó un cuarto en un diminuto edificio que se estaba desplomando en la calle lateral de la principal.
Las paredes descascaradas, la tela agujereada de las cortinas, el colchón con los resortes salidos, lo acogieron mejor que la casa de los Bakugo.
Para serse sincero, no quería volver a esa casa. No quería tener nada que ver con los Bakugo, al menos por el tiempo reciente. Tampoco se sentía listo para estar con su madre, o con Iida, o Shouto, o Toshinori. Ninguno lo aliviaba del sentimiento amilanado de haber sido despojado del título y, más aún, de los sentimientos de dicho rubio que no quería ni traer a colación, sino estallaría en mil pedazos.
El sentimiento de soledad que le producía la frialdad de la habitación, helaba sus venas, su cuerpo, su mente, su corazón. Se bañaba del vacío de saberse desplazado de su meta; separado de ella. Era como si le hubieran arrancado una parte importante de sí mismo y aunque tuviera la motivación de recuperarlo, en ese momento, lo veía tan lejano de su agarre.
Izuku estaba consciente de la paciencia que debía de hacerse, si realmente buscaba ser el mejor libra por libra. Pero eso no quitaba la desagradable incertidumbre que se colaba por su interior.
Esa sensación no se quitó durante los próximos días. Tanto que Izuku comenzaba a acostumbrarse al color verde pastoso de las cuatro paredes, al agua fría, a escuchar los ruidos de los cuartos vecinos, a lo insensible que se estaba volviendo ante las cosas que lo rodeaban y, a simplemente aceptar sus errores, sus desgracias, su dolor y convertirlo en su motor.
Durante ese tiempo, le dijo a su madre la verdad, y después a sus amigos. Su madre no se lo tomó bien, y estuvo toda la tarde llorando mientras cocinaba y sollozaba si alguien le hablaba de lo que fuera; estaba inconsolable. E Izuku no encontraba la fuerza para confortarla.
Sus amigos, en cambio, se entristecieron, mas a los minutos terminaron por darle palabras de aliento, Uraraka a abrazarlo e Iida a poner una firme mano en su hombro. Izuku se sintió inmensamente agradecido con los amigos que tenía y ellos le dieron el aire que escaseaba en su sangre para seguir.
Entretanto, Enji lo llamó para estructurar el plan de entrenamiento para la siguiente pelea. Izuku acordó de estar ahí.
El plan consistía en un entrenamiento parecido al de Hawks, por lo que éste mismo se ofreció a guiarlo en la corrida de las mañanas y Enji se encargaría de entrenarlo por las tardes; Toshinori estaría a su lado, pese a ya no tener la condición física para realizar las rutinas. Izuku se emocionó con la idea de reproducir el entrenamiento del que tomó nota en el avión. Izuku pensaba que no tenía mejor suerte que esa y su situación comenzó a no resultarle tan desagradable, después de todo.
Izuku resumió su rutina estudiantil, estudiando con Iida en la biblioteca en sus ratos libres para reponer su lamentable promedio. En ocasiones, Shouto lo acompañaba con la intención de auxiliarlo, si Iida tenía que acudir sus otros pendientes (atender el club de atletismo de la universidad), y aprovechaba para conversar un poco con él. A Izuku no le molestaba distraerse, mientras tomaba notas de inglés o de literatura japonesa, pues reír y hablar de sus sentimientos lo ayudaba a motivarse de su incierta situación.
—¿Qué piensas hacer con el pago de la pelea? —Preguntó Shouto—. Dijiste que querías comprar un celular y una casa. No has hecho nada todavía. Te sugiero que inviertas (como dijo mi padre) para cuando te retires, estés en buenas condiciones de hacerlo.
Izuku detuvo el curso de su escrito; lo miró seriamente.
—Es cierto que quise hacerlo en un inicio —Respondió Izuku—, Pero decidí invertirlo en una casa cerca de Okutama (ya que creo que no se pueden comprar casas ahí); los paisajes de allí son bellísimos y escuché que ofrecen bosqueterapia, que es una experiencia única, pese a que cuando viví ahí me tocó tener esa experiencia sin saber que era algo beneficioso para la salud. Aunque… —Se detuvo con un dejo de misterio en sus facciones—. Es un secreto. Por favor no se lo digas a nadie. Aún no es algo concreto. Le he dado demasiadas vueltas estos días, y tener cosas materiales no es lo que quiero tener. Pero ¿Una casa…? nunca he tenido una casa propia. La primera que tuve se cayó el mismo día y la otra en la que estuve fue con los tíos. Y ya sabes cómo terminó eso —Izuku sonrió triste al recordarlo—, Me gustaría poseer un algo mío y después invertirlo. Tu papá me ha ayudado mucho en eso, espero que siga apoyándome en mi trayecto.
—Lo hará —Aseguró— Y si empieza a acobardarse, lo obligaré.
Izuku soltó una risita.
—No es necesario que te tomes esa molestia, Shouto.
—Sí es necesario —Insistió Shouto, en tono contundente.
Izuku no pudo negarse.
—A este paso, sería mejor entrenar juntos de por vida —Se rió Izuku.
—No me molestaría si hiciéramos eso.
—R-retomaré mis estudios —Exclamó Izuku, apurado. El rubor acrecentado en sus mejillas.
Shouto le sonrió suavemente.
—Cuando pases tus materias, ¿Te parece si vamos a comer? —Ante la expresión dudosa de Izuku, añadió—: O, podemos ir a dar un paseo en la playa.
Izuku se rió a lo bajo, relajando sus facciones.
—Estamos en otoño, no es temporada para ir a la playa. La temperatura baja bastante.
—No le veo el problema. Te puedo abrigar con mi chamarra.
—Te vas a helar, Shouto.
—Somos boxeadores, es difícil que nos enfermemos.
Shouto lo observó profundamente e Izuku supo que no podía negarse. Además la idea de salir del ruido y multitud de la ciudad sonaba sumamente tentadora.
—¿Hay alguna playa a la que quisieras ir? La de Odaiba y Kasai están cerca.
—Me gustaría ir a Enoshima. Iida dice que la costa no es tan larga, pero que se puede correr en la arena.
—Esa nos queda cerca —Dijo Shouto, complacido—, Podemos quedarnos a dormir en un hotel o una casa de hospedaje. He visto que hay varias cosas qué hacer.
«¿Quedarnos a dormir» Pensó Izuku, alarmado. «No sé si estoy listo para eso… quizás lo estoy pensando demasiado. Shouto lo hace porque piensa en mi bienestar y quiere que esté mejor. Debería verlo como una oportunidad para despejarme y pensar más las cosas…»
—¿Te parece, Izuku?
Izuku agachó la cabeza, rehuyendo de su cálida mirada.
—Sí —Respondió tímidamente.
Justo cuando Shouto estuvo por decirle algo más, se tuvo que marchar, pues le llamó su padre, y a juzgar por la expresión de Shouto, no era algo bueno. Izuku esperaba que no se tratara de algo suyo, sino estaría aún más perdido que ahora.
Sintió el corazón descenderle al estómago.
Se aferró con pulso tembloroso a la pluma y sus apuntes. Los ruidos del borrador jalar las fibras del papel, los susurros entre compañeros, las preguntas y los favores pedidos por ser auxiliados en un tema que se complicaba, pululaban la cálida ambientación de la biblioteca.
Estuvo tan centrado en unir correctamente las oraciones en inglés de lo que se tenía que expresar o decir, que no se percató de la otra presencia que tomó posesión de la silla de a lado, hasta que éste habló.
—¿Estudiando inglés?
Izuku tuvo que recordarse que estaba en la biblioteca de la universidad para no soltar un grito. Apretó el agarre de la pluma, conteniéndose; asintió.
—Pásame tu libreta, te diré qué se tiene que hacer allí. Lo estás haciendo mal.
—No necesito tu ayuda, Kacchan —Contestó Izuku, con un suspiro.
Katsuki emitió un quedo gruñido, empuñó una mano y la dirigió cerca de su rango de visión; allí donde estaba su mano en la libreta; la otra descansaba en su barbilla.
Izuku tensó visiblemente su cuerpo.
—No te voy a hacer nada, idiota —Bufó Katsuki—. Te puedo ayudar.
Katsuki estiró sus dedos a milímetros del dorso de su mano, casi rozándolo. Izuku entornó fijamente los ojos, con el corazón en la garganta, la temperatura corporal en escalas estratosféricas.
Pudo sentir cómo su cuerpo vibraba como una cuerda floja.
—Agradezco que me quieras ayudar —Dijo Izuku, en una calma deshonesta. —Pero puedo hacerlo por mi cuenta.
Katsuki resopló, desinteresado.
—Tendrás que inventarte una mejor excusa que esa, si quieres que me vaya —De pronto, acercándose. —Te dije que no me iba a rendir, Izuku —Recordó, con un aire seductor.
Izuku podía tocar las texturas de su voz con sólo oírla, esclarecer sus sentidos como una dulce respiración acariciando sus párpados.
«¿Qué quiere lograr con todo esto? ¿Qué busca poniendo mi corazón así? ¡Deja de reaccionar por él, Izuku!»
Katsuki se inclinó en su asiento y con postura de autosuficiencia, comenzó a apuntarle los errores y tacharlos con una pluma que le quitó del estuche donde Izuku guardaba sus útiles, para señalarle lo que debía corregir debidamente si quería sacar un buen puntaje.
Katsuki no le daba oportunidad de ordenar sus ideas, cuando ya lo estaba bombardeando con información, y ejercicios que no venían en sus notas de las clases, que hizo que Izuku lo mirara con reticencia y confusión. Si observaba la situación de fuera, era como caer en la noción de que cumplía una de sus fantasías: estudiar en la biblioteca con Katsuki durante horas y horas hasta que la bibliotecaria los sacara a rastras porque tenía que cerrar.
Estar así, era agridulce.
—¿Qué te pasa? Estás distraído —Acusó Katsuki; haciendo que Izuku soltara un gañido—, Si sigues así reprobarás el examen, idiota.
Izuku frunció el entrecejo.
—¿Por qué estás aquí, Kacchan? —Se escuchó frustrado y un tanto, incómodo.
—¿Hah? —Murmuró Katsuki—, Ya te lo dije, no me hagas decirlo.
Si su conocimiento acerca del rubio erraba en lo correcto, había puesto a Katsuki en un aprieto, del que claramente evitaría tocar, e Izuku no quería estar en posición de afrontarlo.
Si lo hacía, intuía que él no le podría dar a Katsuki lo que le pedía en ese momento.
—Además, mírame, idiota —Demandó Katsuki, irritado—, No has dejado de ver tu patética libreta.
Sabía que huir de su mirada terminaría por regresársele en algún punto de aquella incómoda y extraña conversación, quizás mutua, quizás solamente de él.
Pero de alguna manera, se sentía distante, como si fueran unos completos desconocidos. Se convencía de que tal vez, eso era lo mejor: dejar que los recuerdos que lo ataban a él cayeran en el olvido.
Sin embargo, esos pensamientos fueron eclipsados por ver el par de ojos rojos que lo miraban fieros y aguerridos. Un sentimiento parecido a la incertidumbre se asentó en su estómago y le sobrevino la urgencia de huir de ellos, de la fuerza magnética que aún tenían sobre él.
Izuku tragó saliva.
Confiar en él no era algo factible; lo hizo varias veces y por ese mismo motivo es que estaban así.
Katsuki mantuvo su mirada, sonrosado ligeramente de las mejillas, el frunce de sus cejas endurecido.
—Era hora de que me miraras, estúpido Deku —Le dijo con una nota de reproche. Después, se movió unos centímetros hacia él.
Aquella acción fue razón suficiente, para pararse de golpe, meter rápidamente sus cosas en la mochila, con la torpeza de que se le resbalara el borrador, mismo que recogió, sabiéndose observado por Katsuki, quien no dudó en aproximarse ante su evidente alejamiento.
—Oi —Le habló Katsuki, haciéndolo girar a verlo con medio cuerpo volteado. —¿Quieres ir a comer?
—¿Qué? —Izuku se detuvo en seco. Tuvo que darse la vuelta para creer lo que estaba escuchando.
¿Katsuki lo había invitado a comer? ¿También él?
A juzgar por la incomodidad surcando el gesto sumiso de Katsuki, hablaba en serio.
—No, tengo entrenamiento.
—Puede ser después, no tiene que ser ahora.
—No.
Las líneas del rostro de Katsuki se arrugaron.
—Izuku.
—No.
Katsuki apretó los labios y los puños. Izuku contempló como sus emociones tomaban curso en su semblante: pasó del enojo a la resignación en cuestión de segundos. Su cara gritaba «no me voy a rendir» e Izuku no estaba para lidiar con la tórrida turbulencia que a sus emociones le provocaba su persistencia.
Era demasiado.
—Izuku, quiero que sep-
—Ya lo sé —Lo interrumpió Izuku, contundente; Katsuki lo miró como si lo hubiera insultado—, No me lo tienes que repetir, Kacchan. Está bien.
Katsuki se irguió, reacio a aceptar sus palabras.
—¡No está bien, carajo! ¡Sé que estás así porque te quitaron el título!
Izuku se quedó helado, viéndolo unos instantes como si le hubiera caído una gigantesca pesa encima y le rompiera todos los huesos del cuerpo.
El grito ocasionó que la bibliotecaria apareciera a espaldas de Katsuki y los corriera de la biblioteca, con la advertencia de «no los dejaré ingresar si hacen ruido». Izuku asintió varias veces, avergonzado y Katsuki le dedicó un gruñido seco.
Izuku suspiró, abatido. Katsuki se había enterado. ¿Desde cuándo lo sabía? ¿Se acercó a él por ése motivo? Se le apretujó el corazón, haciéndose pedazos por milésima vez.
En cuanto la bibliotecaria se marchó y los dejó solos en el pasillo de la universidad. Algunos estudiantes los miraron de reojo, sin prestarles mucha atención.
Katsuki metió las manos a los bolsillos del pantalón en ademán elegante y suave, que le salía sumamente estilizado. Izuku lo contemplaba silenciosamente con una quietud ensimismada.
—¿Cómo te enteraste? —Dijo Izuku en un susurro.
—El bastardo mitad y mitad —Verbalizó Katsuki, indiferente.—Fue cuando te acompañamos al hospital, en la sala de espera.
Izuku se rió por reflejo.
—Ya veo…
—No te lo mereces, Izuku.
Izuku atisbó la incomodidad de Katsuki al tratar de verse sincero; no se escuchaba genuino. Sólo el lento roce de articular su nombre.
—¿Qué pasó?
La voz de Shouto lo devolvió de golpe al mundo. Katsuki se mostró enfadado justo cuando lo vio aparecer a lado izquierdo de Izuku.
—Ah, tu también estás aquí, Bakugo —Comentó con indiferencia. —¿Ayudas a Izuku con sus materias?
—Bastardo… —Siseó Katsuki, bajo su aliento.
—No te tienes que molestar en ayudarlo. Yo lo estoy asesorando y su amigo, Iida.
Katsuki se tensó visiblemente, empuñado las manos y pegando los brazos a los costados.
—¡Cállate!
Shouto hizo un sonido denotando su desinterés. Izuku lo ojeó a Shouto, esbozando una sonrisa nerviosa.
—¿Nos vamos, Izuku? —Sugirió éste.
—Ah, ehm, sí —Contestó él; luego girándose a ver a Katsuki, quien adoptaba una expresión molesta—. Nos vemos, Kacchan.
Katsuki le respondió con un gruñido y ambos se retiraron, dejándolo solo.
A la mañana siguiente, Enji lo citó para entrenar en la montaña. Izuku se presentó a la hora acordada con la motivación pellizcándole toda la piel. Shouto estaba ahí, al igual que Keigo. Faltaba que llegara Enji. Éste le había comentado por teléfono que traería a un nuevo prospecto que recién había acudido a pedirle que lo entrenara y resultó ser una sorpresa, «un prodigio» fueron sus palabras. Izuku estaba emocionado por conocerlo; tal vez, le ayudaría a pulir su técnica, o mejor aún, afilar sus velocidad.
—Lamento hacerlos esperar, pero traje a alguien que quizás les interese para motivarse lo suficiente.
Los tres se giraron a verlo, Izuku notando una figura detrás de éste.
—Te tardaste —Se quejó Keigo. —No es usual en ti que llegues tarde. ¿Quién pudo haberte retrasado? Estoy celoso.
Enji respingó.
—Ven, preséntate —Indicó a quien estaba a espaldas de él.
La sonrisa que tenía Izuku se esfumó por completo. Quien emergió de la sombra de su entrenador lo dejó anonadado.
—Katsuki Bakugo —Manifestó con frialdad y suficiencia.— Espero que entrenemos bien juntos.
—¿K-Kacchan? ¿Qué haces aquí?
Éste le dirigió una mirada extraña, profunda y ¿Melancólica? Izuku no logró distinguir de la impresión. Shouto le tocó el hombro, reafirmando su presencia.
Katsuki le sonrió con arrogancia.
—¿Se conocen? —Apuntó Keigo, curioso.
—Los tres asistimos a la misma preparatoria —Respondió Shouto.
—Oh, qué interesante. Supongo que entre todos ustedes se llevan bien.
—Bastante bien —La voz de Shouto salió indiferente.
Le tensión se palpaba en el aire e Izuku se carcomía en ella. La sentía en cada célula de su cuerpo congelarse minuciosamente y tan rápidamente, que dudaba de si lo que veía era bueno o malo, o solamente una serie de hechos que le tocaba experimentar por su desdichada suerte.
A esas instancias era mejor que un carro lo atropellara.
—¿Qué estamos esperando? A correr —Ordenó Enji, señalando el pico de la montaña —Hawks, tu partirás primero, guía a los muchachos a la cima.
—Sí, señor —Keigo hizo pose de militar recibiendo órdenes de su jefe en turno.
—Shouto irás en segundo, Izuku en tercero y Katsuki, como eres nuevo, estarás en cuarto, justo detrás de mí, por cualquier cosa. ¿Llevan todo lo que necesitan?
Keigo afirmó con una sonrisa traviesa, Shouto asintió neutral e Izuku lo imitó y Katsuki sacudió la cabeza.
Enji les dio un cabeceo de afirmación.
—Hawks, empieza.
—Cuando baje, me tienes que dar algo a cambio.
El mayor de los Todoroki, entrecerró los ojos, viéndolo seriamente.
—Lo pensaré.
Keigo sonrió, soltando un sonido de suficiencia y partieron.
Izuku esperaba que Katsuki abandonara la idea de perseguirlo así.
.
.
.
.
NOTA: Me tardé, pero aquí está el capítulo.
Le puse algunas zonas turísticas que visitaron Izuku y Katsuki y también las que conversaron Shouto e Izuku.
Kacchan va con todo por tener a Izuku y él que no quiere nada con él.
Espero que les haya gustado el capítulo.
