1
CISMA
Unos relámpagos hicieron arder el cielo de blanco, lanzando destellos sobre el cristal negro por todas partes a su alrededor. Buruu y Kaiah se alzaban por encima de ella, sus pensamientos una furiosa tormenta en su mente. Y en su cabeza, en su estómago, solo dolor.
LEXA…
¿De qué está hablando?
DÍSELO …
¿Decirme qué? ¿Quiénes son ellos?
LEXA, ESTÁS EMBARAZADA.
—Lexa.
La chica abrió los ojos, el dulce aroma de cedro ardiendo llenaba sus pulmones. Tardó un momento en recordar dónde estaba. Quién era. Qué los había llevado a esto. Estaba arrodillada ante el fuego en una casa sencilla en el corazón de un pueblo en los árboles. Un frío que les helaba hasta el tuétano había bajado reptando de las montañas, hambriento como los fantasmas; atravesó el bastión Kagé trayendo la gélida promesa de un invierno por venir. Lexa podía olerlo en el aire, esperando al borde de la escena. Nubes de tormenta y escarcha blanca y lluvia negra, negra. Había otras seis personas sentadas en torno al hogar.
Los ensangrentados retales de una rebelión descabezada.
¿Soldados sin un capitán?
¿U ovejas sin un pastor?
Octavia miraba fijamente a Lexa por encima de las llamas, con los ojos gris acero inyectados en sangre y cercados de sombras. Un largo flequillo tapaba la cicatriz que discurría desde su frente hasta la barbilla, la piel pálida y macilenta. Estaba sentada sobre el cojín de Daichi a la cabeza del círculo; como hija suya, todo el mundo daba por hecho que Octavia estaría al mando ahora que el líder de la rebelión se había ido.
No, ido no, pensó Lexa. Se lo habían llevado.
Otros Kagés se sentaban al lado de Octavia: Maro, el único otro miembro que quedaba del consejo original, pelo largo recogido en trenzas de guerrero, un parche de cuero sobre el ojo que le faltaba. A su lado estaba sentado el Mirlo, el capitán de la nave voladora que los había evacuado de las ardientes ruinas de Kigen. El ceño del hombre quedaba casi oculto bajo un enorme sombrero de paja, su barba era tan espesa como un seto. Luego estaba Raven, por supuesto, pequeña y aguda como una aguja. Cruzados a la espalda, llevaba un wakizashi y una katana de sierra con el emblema de una noble familia Tigre. El pequeño Tomo, el cachorrillo blanco y negro que había rescatado de los aposentos de Gaia, estaba sentado en su regazo, mordisqueando una cuerda llena de nudos.
Un relámpago cruzó el encolerizado horizonte.
El pulso del bosque latía con fuerza dentro de la cabeza de Lexa, el Kenning más sonoro y brillante que nunca. Intentó amortiguarlo, filtrarlo a través de un muro de sí misma. Podía sentir a cada ser vivo en torno a ella: búhos que se lanzaban en picado y ratones que huían y cada vida entre medias, y ardiendo por encima de todas ellas, las mentes de cada hombre y mujer y niño del pueblo entre los árboles. Se le fue la mano hacia la tripa, hacia las dos chispas de calor increíblemente enredado que podía sentir en su interior.
Dentro de mí.
No había espacio en su cabeza para un pensamiento con esa forma. No había mundo en el que pudiera tener algún sentido. Gustus le dio la mano; la enorme manaza de su amigo engulló la suya por completo. Lexa le apretó los dedos agradecida. Después de meses creyendo que había muerto en la cárcel de Kigen, verle de nuevo le había hecho sentir como si regresara a casa. Se habían sentado juntos en la nave del Mirlo durante la retirada de Kigen, el hombretón le contó lo que había ocurrido durante esos meses, su pierna herida, cómo había encontrado a Echo y Murphy, esos chicos de los barrios bajos. Lexa le habló de la granja de relámpagos de los gaijins, de los dragones marinos, las Islas Navaja. Y al final del todo, bajó la cabeza y le contó lo que crecía en su interior, avivando el Kenning hasta límites insospechados.
Le había dicho quién era el padre. Él ni siquiera parpadeó.
Simplemente la estrujó en uno de esos temibles abrazos de Gustus, le besó la frente y le dijo que todo iría bien. Ahora estaba sentado a su lado, con el pelo recogido en pequeñas filas de trenzas paralelas. Tenía el hombro derecho envuelto en vendas, el tatuaje del Shōgun borrado de su piel. Lexa recordaba a Daichi haciéndole lo mismo a ella, ahí, en esa misma habitación. La idea del anciano encadenado en algún cabildo le llenó el corazón de llamas, su mente ardía con imágenes de la chica que los había traicionado a todos. La que vendió al líder de los Kagés. La que regresó al Gremio del que una vez había huido. Una chica que había dicho que la quería.
Lexa suspiró, se frotó los ojos con la mano.
Dios, Clarke, ¿cómo pudiste?
Podía sentir a Kaiah volando en círculo, muy alto por encima de sus cabezas. La tigresa del trueno se deleitaba en la atronadora tormenta. Buruu estaba hecho un ovillo en el rellano, al otro lado de la puerta, observándola con los ojos muy abiertos. Su ansiedad se reflejaba en el movimiento de su cola, la inclinación de la cabeza. Temía por ella.
¿ESTÁS BIEN, HERMANA?
Temía por los gemelos que llevaba en el interior.
Dios mío.
Lexa intentó tragar, tenía la boca tan seca como el polvo.
Gemelos…
—Lexa —repitió Octavia—. ¿Estás bien?
La chica pestañeó. Sacudió la cabeza.
—Lo siento. Solo estoy cansada.
—Todos estamos cansados. Duerme cuando estés muerta.
—Estoy bien. —Se enderezó un poco y se quitó el pelo de la cara—. Continúa.
—Entonces —dijo Octavia—, debemos planificar nuestros siguientes pasos. Con la boda de Roan desbaratada, la alianza entre los clanes del Tigre y del Dragón se ha venido abajo. El Daimyo Isamu del clan del Zorro se negó incluso a asistir a la boda de Roan, así que podemos suponer que los Kitsunes no le tienen ningún aprecio a los Tigres tampoco. Esto nos da una oportunidad. Una oportunidad de purgar al Gremio de la faz de Shima de una vez por todas.
—Tenemos problemas más grandes —dijo Lexa—. Este Arrasador del que hablaste se pondrá en marcha pronto, con Roan a la cabeza del ataque. Aunque no tenga a Gaia para emparentarle con la línea Kazumitsu, el temor a esta máquina aún puede hacer que los demás líderes de los clanes le juren lealtad. Roan ya tiene a los ejércitos Fénix a sus órdenes y a su Daimyo encarcelado. Si los demás clanes se unen a él y se dirigen hacia el norte, hacia las Iishi, no tenemos nada con lo que enfrentarnos a ellos.
—Y el Gremio sabe exactamente dónde estamos —intervino Raven con voz queda—. La traidora se lo habrá dicho.
El cachorrillo se bajó del regazo de la chica y empezó a olisquear el rincón.
Lexa asintió, tragándose una bocanada de amarga rabia.
—Debemos suponer que Clarke les contó todo. Este bosque ya no nos esconderá. Creo que deberíamos conseguir permiso del Daimyo del clan Zorro para trasladarnos a la ciudad de Yama. Allí tienen una fortaleza, al menos. Una flota. Un ejército.
—Ya nos pediste que confiáramos en extraños una vez —dijo Octavia—. Y mira a dónde nos ha llevado.
—… ¿Estás insinuando que la captura de Daichi es culpa mía?
—Lo que digo es que mi padre está en manos del Gremio porque confiamos en los extraños que trajiste hasta nuestra puerta. De ahora en adelante, los Kagés actuaremos solos.
—No podemos ganar esto solos, Octavia.
—¿No? ¿Ni siquiera con la poderosa Señora de las Tormentas a nuestro lado?
—Octavia, sé que estás enfadada con…
—Mi padre está cautivo porque confiamos en tu amada Clarke. Y tu examante Roan viene hacia aquí a la cabeza de un ejército para aniquilarnos. Perdona si no tengo mucha fe en tu opinión, Señora de las Tormentas.
—Octavia, yo también quería a Daichi…
—No hagas eso —espetó Octavia—. No hables de él como si ya no estuviera entre nosotros.
El cachorro de Raven empezó a bailar en círculos y a ladrarle al techo, agitando la colita como un remolino.
—¡Tomo! —masculló Raven entre dientes—. ¡Cállate!
Lexa y Octavia se miraron fijamente durante lo que pareció una eternidad; el chisporroteo del fuego, el único sonido entre ellas. La mirada de Octavia era casi de odio, rota por fin cuando se giró hacia Gustus.
—¿Qué pasa con los chicos que trajiste contigo, Gustus? Los huérfanos de los barrios bajos de Kigen. Dos luchadores más con el Kenning serán magníficos aliados, teniendo en cuenta que ahora tenemos dos tigres del trueno. Si uno de ellos pudiera aprender a montar a la hembra…
El hombretón se aclaró la garganta, miró incómodo a Lexa.
—No estoy seguro de que podamos pedirles mucho ahora mismo. Murphy tiene una conmoción cerebral, probablemente alguna fractura en el cráneo. Echo ha sufrido un duro golpe. Casi no duerme. —Hizo una mueca—. El ojo le duele una barbaridad.
—Sí, su ojo es motivo de preocupación —asintió Octavia.
—Se le curará —dijo Gustus, encogiendo los hombros—. Solo hay que darle tiempo.
—No, Gustussan. No el que le han arrancado. El que reluce.
—Oh. —Un gesto de asentimiento—. Bien.
—¿Qué dice tu gaijin de la chica, Señora de las Tormentas? —preguntó Maro—. La forma en que reaccionó la primera vez que la vio…
Lexa todavía estaba mirando a Octavia, intentando asimilar la conmoción que le habían supuesto sus palabras.
—Lexa, —repitió Maro— ¿qué dice tu gaijin?
La chica miró hacia fuera, a la silueta que esperaba en el rellano.
Piotr estaba ahí de pie, con la vista perdida en el bosque, arrebujado bajo su piel de lobo para protegerse del creciente frío. Una pipa iluminaba las profundas cicatrices de su cara, su ojo ciego, el oscuro pelo rapado y una barba puntiaguda. Humo con olor a canela y miel escapaba de entre sus pálidos labios, los relámpagos lanzaban destellos sobre la abrazadera de hierro de su rodilla. Buruu estaba azotando las piernas de Piotr con la cola, se quedaba quieto como una estatua cada vez que el gaijin se giraba para mirarle con cara de pocos amigos. En cuanto Piotr se daba la vuelta, Buruu volvía a atizarle. Piotr les había ayudado a escapar de la granja de relámpagos y ambos estaban en deuda con él; el tigre del trueno simplemente le estaba mostrando afecto de la forma más enervante que conocía.
—Cuesta mucho entenderle —dijo Lexa—. Piotr solo chapurrea shimano. Eso en el mejor de los casos. Habla de Echo como si ella estuviera… tocada por los dioses o algo. Vi a una mujer gaijin en aquella granja que tenía un ojo como el de Echo. Mismo color, mismo fulgor. La trataban como a una mujer santa.
—Deberías hablar con ella —dijo Raven—. Echo es dura como el hierro. Y tendremos que echar mano de todas las armas que tengamos para enfrentarnos a Roan y su Arrasador. Luchemos aquí o en tierra Kitsune, dos señoras de las tormentas siempre son mejor que una.
Lexa asintió cansinamente.
El pequeño Tomo volvió a ladrar, avivando el dolor de cabeza de Lexa.
PEQUEÑO LOBITO, SI SIGUES LADRANDO TE VAS A CONVERTIR EN UNA PEQUEÑA MERIENDA.
Buruu gruñó, un gruñido largo y lento. Tomo metió el rabo entre las patas y tuvo el buen juicio de callarse.
—También hay esto —dijo Lexa. Sacó una cartera de cuero ajada y la sostuvo en alto para que la vieran todos los Kagés ahí reunidos—. Es una carta. Del Artífice que fabricó la pierna del Piotr. Era prisionero de los gaijins, le enseñó a Piotr a hablar shimano. Si es que podemos llamarle a eso hablar…
—¿Una carta de un Hombre del Gremio? —Octavia entornó los ojos—. ¿A quién?
—A su amada.
—Los Hombres del Gremio no tienen…
—Es todo verdad, Octavia. Lo que nos contó Ayane. Sí que hay una rebelión dentro del Gremio. El Artífice de Piotr era uno de los miembros. Esta es una carta a su amante y a su hija; les pide que sigan luchando y que acaben con el Gremio.
Sacó el viejo papel gastado de la cartera, lo sostuvo ante la luz del fuego: «Y rezaré por vosotras, por todos los rebeldes que aún quedan, por que podáis terminar lo que hemos empezado: Muerte a las Serpientes. Acabad con el Gremio. Libertad para Shima…».
—¿Muerte a las Serpientes? —Raven frunció el ceño.
Lexa encogió los hombros.
La voz de Octavia fue como un bufido.
—Mi padre está siendo torturado en algún infierno del Gremio ahora mismo por culpa de esa puta de patas de araña, Ayane. ¿Esperas que nos creamos alguna de las cosas que dijo?
—Las mentiras funcionan mejor escondidas entre verdades. Si hay un grupo en el interior del Gremio intentando destruirlo desde dentro…
—¿Quieres que luchemos al lado de los caudillos del chi? —Raven no se lo podía creer.
—Acabas de decir que vamos a necesitar todas las armas que podamos conseguir, Raven.
Gustus frunció el ceño, se masajeó el muslo herido con manos como platos.
—Si existe una facción rebelde dentro del Gremio, alguno de los que matamos en el ataque a Kigen podrían haber…
—-Lo sé. —Lexa miraba el fuego fijamente, pensaba en las naves del Gremio que había destruido sobre el macizo de las Iishi—. Son como nosotros. Ven lo malo que hay en ello. Y nosotros los hemos estado asesinando.
NO HAY ASESINATO EN LA GUERRA.
Los pensamientos de Buruu rodaron por encima de ella como nubes de tormenta.
Eso díselo a sus seres queridos.
NO PUEDES CULPARTE, HERMANA. NO LO SABÍAS.
Pero ahora sí lo sé. No podemos seguir así, Buruu. Quieran o no luchar a nuestro lado, no podemos seguir matándolos. Está mal. Eso es todo.
—¿Puedo verla? —Octavia alargó la mano. Lexa le pasó la carta, observó mientras la mujer la leía con ojos gris acero, su expresión tan fría como la nieve.
Tomo volvió a ladrar, un ladridito agudo que hizo estremecerse a Lexa. Una blasfemia asomó a sus labios y se giró hacia el perro, introduciéndose en su cerebro, preparada para gritarle que se callara.
cuchillas plateadas
Lexa parpadeó, se le dilataron las pupilas.
ojo rojo observando malo malo malo
¡HERMANA, CUIDADO!
Buruu se había puesto en pie, apartando a Piotr de un empujón, saltó sobre el tejado de la cabaña de Daichi. Dos toneladas de músculo y pico y garras convirtieron los aleros en astillas. Maro gritó alarmado, Tomo gimoteó, los allí reunidos se desperdigaron cuando parte del tejado se colapso.
—Por el aliento del Hacedor, ¿qué demonios le pasa? —gritó Octavia.
Buruu aterrizó entre maderos destrozados, sacudiendo la cabeza como un lobo al ensañarse con su presa. Y mientras los Kagés lo observaban mudos de asombro, abrió el pico y escupió sobre el entarimado: los destartalados restos de un artilugio mecánico plateado, con delicadas patas de araña, un brillante ojo rojo y una palometa para darle cuerda.
—Por las barbas de Izanagi —bufó Raven.
El consejo se reunió alrededor de la destrozada máquina, hubiera cabido en la palma de una mano. Una de las delicadas patas se movió espasmódicamente, saltaron chispas azules mientras la luz de su ojo moría poco a poco. Buruu gruñó, un ruido grave que Lexa pudo sentir muy adentro en el pecho. La noche se quedó mortalmente quieta.
—¿Qué demonios es eso? —masculló Octavia entre dientes.
Raven se agachó a ras de suelo, con los ojos fijos en la destrozada máquina. Su aterrorizado cachorrillo saltó a sus brazos, con el rabo entre las patas, los ojos fijos en Buruu. El tigre del trueno resopló una vez, agitando la cola de un lado al otro con fácil gracia felina.
BUENA VISTA, LOBITO. A LO MEJOR NO TE COMO DESPUÉS DE TODO.
—Es un dron de vigilancia del Gremio —dijo Raven—. El palacio de Kigen estaba lleno de ellos.
Gustus lo movió un poco con la bota.
—¿Qué hacen?
—Lo que ellos ven, el Gremio lo sabe.
Al hombretón se le abrieron los ojos de par en par. Levantó su maza de guerra y aporreó el artilugio hasta que estuvo un poco más plano. Raven apretó al aterrorizado Tomo contra su pecho.
—¡Por todos los dioses, está muerto, Gustus!
El gigantón encogió los hombros a modo de disculpa y le dio un porrazo más por si acaso.
—¿De dónde demonios ha salido? —preguntó Lexa.
—¿Escondido como polizón en la Kurea, quizás? —Gustus miró de reojo al Mirlo.
—Por los pechos de Amaterasu, tío. —El capitán levantó una ceja—. ¿Por qué diablos tendría el Gremio drones a bordo de mi barco? Si supieran que simpatizaba con los Kagés, me hubieran encerrado en una celda de tortura en menos tiempo que el que tarda una puta de los muelles en levantarse el kimono cuando la marina llega a la ciudad.
Raven rascó las orejas del cachorrillo para tranquilizarlo.
—Una de las Vidas Falsas que maté en los aposentos de Gaia tenía una cosa como esta escondida en la esfera de su espalda. —Miró directamente a Octavia—. Quizás esta pertenecía a la Vida Falsa que tuvisteis prisionera aquí…
A Lexa se le cayó el alma a los pies.
—Ayane…
—… Nos estaba espiando —musitó Octavia—. Incluso encerrada en su celda, ¡esa puta podía verlo todo! —Tiró la destrozada máquina al fuego, alzando la voz con rabia—. ¿Quién sabe cuánto tiempo nos ha estado observando? ¿Y tú quieres que nos aliemos con esas serpientes, Lexa?
—Octavia, solo…
—¿Solo qué? ¡El Gremio del Loto ha asesinado a nuestros aliados y amigos! Masacrado a miles de gaijins. Si es verdad que hay una rebelión en su seno, son un puñado de cobardes, sentados mano sobre mano mientras este país se acerca a toda velocidad hacia su destrucción. —Octavia se giró hacia Maro—. Vete a la estación de transmisión. Radiamos esta noticia esta noche. Nombra a esa Misaki abiertamente. Veremos lo que los líderes de los clanes piensan cuando se enteren de que se está tramando una insurrección en el interior del mismísimo Gremio.
—No podéis hacer eso —dijo Lexa.
—Tú no eres quién para decirme lo que puedo hacer o no hacer, Señora de las Tormentas.
—¿Qué crees que hará el Gremio si la nombráis abiertamente? ¡La matarán, Octavia!
—Un caudillo del chi menos. Puede que su muerte espolee a sus camaradas y empiecen a actuar.
—¿Hablas en serio? ¿Desde cuándo nos dedicamos a matar a inocentes?
—¿Inocentes? —escupió Octavia—. ¿Estás de broma?
—¡Los rebeldes del Gremio pueden ser nuestros aliados! ¡Estamos del mismo jodido lado!
—¿Eso crees? ¿Y qué estaban haciendo nuestros aliados mientras el Gremio convertía los cielos en sangre y los ríos en chapapote?
—¡Lee la carta! Han estado trabajando durante años, esperando a…
—¡Esperando! —rugió Octavia—. Esperando mientras morían por millares. Pájaros cayendo como piedras desde los cielos, bosques arrasados, miles de gaijins convertidos en fertilizante. ¿Esperando a qué? ¿Una invitación? ¿Un momento perfecto que nunca llegaría?
—Está mal, Octavia. ¿Qué derecho tenemos a poner sus vidas en peligro?
—¡Ohhh!, tú eres un dechado de virtudes, ¿no? La poderosa Arashino…
—¡Venga ya, corta el jodido rollo de la Señora de las Tormentas!
Octavia y Lexa estaban ahora a escasos centímetros de distancia. Octavia tenía la mano sobre el wakizashi, pero Lexa aún no había tocado su katana. Las hojas eran hermanas, blandidas en el pasado por Daichi, que se las había entregado a su hija y a su pupila; mujeres que debía esperar que se mantuvieran unidas después de que él desapareciera. Buruu gruñó al lado de Lexa, su creciente ira era un espejo de la de su amiga. La furia de la chica también había atraído a Kaiah, la tigresa del trueno bajó como una exhalación de entre las nubes y aterrizó sobre el ya destrozado tejado de Daichi. Observó la cólera montante con los ojos entornados. Estaban encendiéndose farolillos por todo el pueblo, gente aturdida por el sueño se asomaba a las puertas para ver qué era semejante escándalo. Octavia parecía no darse ni cuenta, con los labios cubiertos de saliva mientras seguía bramando.
—¡Nosotros somos los que estamos luchando y muriendo, Lexa! Nosotros somos los que estamos pagando las consecuencias mientras estos rebeldes se quedan sentados en sus agujeros pentagonales llenos de esclavos y cuentan los días. Bueno, ¡pues ahora saben lo que es sangrar! ¡Igual que hemos sangrado nosotros! ¡Igual que he sangrado yo! ¡No estamos hablando de ti! ¡Estamos hablando de todos nosotros! Todos los que en este pueblo le llamaron padre o amigo. —Los ojos de Octavia parecían el filo de un papel—. Él te quería a ti también. Llevas su espada a la cintura. Y aun así, ¿propones que nos acostemos con los perros que nos lo robaron? ¿Puedes siquiera imaginarte por lo que está pasando? Suponiendo que aún no le hayan hervido hasta convertirle en fertilizante…
—¡Maldita sea, no estamos hablando de Daichi, tampoco! ¡Estás matando a nuestros aliados! Podemos trabajar con la rebelión del Gremio. Seremos más fuertes juntos que por separado.
—No hay un «juntos», Señora de las Tormentas. Hay un nosotros y luego hay un ellos. Se merecen todo lo que les pase. Clarke, Ayane, todos. ¿Quieres que llore por esos rebeldes? Escupo sobre ellos. ¡Condeno a todos y cada uno de ellos al inframundo Yomi! Y tú nos avergüenzas a todos y a todo lo que representamos sugiriendo que demos la bienvenida a cualquiera de esos bastardos.
—Estás tan cegada por ello —musitó Lexa—. El odio que hay en ti… Todo lo que haces, todo lo que dices, viene del mismo sitio. Del mismo momento. Dios mío, Octavia. —Lexa se apartó de ella, paseó la vista por la cicatriz de la mujer—. Cuando Wells te cortó la cara, no estoy segura de que se diera cuenta de que te iba a hacer tan condenadamente fea.
Fue una eternidad, ese momento. Lexa vio los ojos de Octavia abrirse mucho, sus pupilas convertirse en cabezas de alfiler, sus nudillos ponerse blancos sobre el wakizashi. Y entonces tenía la espada en la mano, el agudo himno del acero contra el borde de la vaina, claro y nítido. Gustus bramó una advertencia, levantó la maza, el golpe de Octavia silbaba hacia la cabeza de Lexa.
Un golpe mortal.
Lexa levantó la katana, dejó escapar un grito cuando las espadas chocaron. Un estallido de chispas y la seca nota del beso del acero, al desviar el golpe. Octavia dio un paso al frente, lanzó una patada a Lexa, le dio con fuerza en pecho y la hizo caer rodando.
Gustus gritó una advertencia, sus palabras cortaron el aire como el acero en la mano de Octavia.
—¡No lo hagas, está embarazada!
Un rugido. Como un trueno a pocos metros de sus cabezas, el gran eco atronador de unos cielos estremecidos. Buruu se interpuso entre Octavia y Lexa, con las alas desplegadas y escupiendo electricidad entrecortada. Kaiah aterrizó con dos patas a cada lado de la chica, escudándola con su propio cuerpo. Los ojos de Buruu echaban chispas, volvió a bramar, el cruel pico abierto de par en par, a tan solo un soplo de arrancarle a Octavia el brazo por el codo, de sacarle las entrañas y esparcirlas por toda la plaza del pueblo ante las miradas aterrorizadas de los niños. Los Kagés se cerraron en torno a ella, blandiendo las armas, con el fulgor de los relámpagos rotos reflejado en sus ojos.
—¡PARAD! —gritó Lexa.
Sintieron ese grito. Todos ellos. No solo en el aire a su alrededor.
Todos los pájaros de la cubierta del bosque chillaron y levantaron el vuelo, todos los pelos de todos los ahí presentes se pusieron tiesos y de punta, temblando. Lo sintieron en los huesos, en algún rincón primitivo de la base del cráneo que afloraba ahora solo ante el hambre o la sed o la lujuria. La bestia que todos tenían en su interior.
Y tenía miedo.
—Parad —repitió.
Octavia resollaba, le caía escarcha de los labios entreabiertos.
Lexa salió rodando de debajo de Kaiah, envainó la katana, apoyó una mano disuasoria sobre el hombro de la tigresa del trueno. Buruu emitió un rugido tan sordo y profundo que pareció que el cielo se estuviera cayendo. Retumbó un trueno sobre sus cabezas una última vez, se levantó un viento débil. Y con un único y brillante relámpago zigzagueante, empezó a llover. Lluvia clara como el cristal de verdad, fría como el hielo y cortante, con la promesa de la nieve por caer. Como si Susanoō la hubiese estado guardando en las palmas de las manos durante semanas y semanas, y la hubiese soltado ahora en un diluvio colosal. El calor que había enardecido a los ahí reunidos se disipó; como agua que cae sobre las llamas de un fuego. Pero bien profundo entre las ascuas, el fuego aún rugía furioso.
—¿Embarazada? —La voz de Octavia apenas audible por encima del aguacero.
—… Gemelos —dijo Lexa.
—¿Quién es el padre?
—Eso no es asunto tuyo.
—¿El aspirante a Shōgun Roan, quizás?
Decenas de relámpagos arañaban los cielos, iluminando todo de un horripilante y sórdido blanco.
—Eso explica muchas cosas. —dijo Octavia.
—Hemos acabado. —Lexa se retiró bruscamente el pelo empapado de los ojos—. Me voy.
—¿Te vas? —Gustus la miraba fijamente, horrorizado—. ¿Te vas dónde?
—A Yama. —Lexa alzó la voz, volviéndose al gentío allí congregado—. Quienquiera que desee venir conmigo es bienvenido. Lucharé al lado de los rebeldes del Gremio del Loto. Hablaré con el Daimyo Kitsune para ver si acepta mi ayuda. Y cuando llegue el Arrasador, me pondré en su camino. Pero no me quedaré a un lado y seré cómplice de asesinato. Y no me quedaré en este pueblo si eso es en lo que se ha convertido esta rebelión.
—Entonces vete —escupió Octavia—. Vete y cría a tus bastardos entre tus perros del Gremio. Estarán con los suyos.
El rugido de Buruu petrificó a los ya de por sí espantados testigos. Dio un paso adelante, convirtió los tablones del suelo en astillas bajo sus espolones. Lexa alargó la mano, la cara pálida como un fantasma. El tigre del trueno se volvió para mirarla, dio un solo latigazo con la cola, un chorro de relucientes goterones salpicó entre la lluvia. La chica sacudió la cabeza, sus labios apretados dibujaban una raya tan fina como una cuchilla de afeitar. El arashitora se volvió hacia Octavia con un gruñido que la hizo estremecerse. Pero no se acercó a ella. Las caras de los habitantes del pueblo allí reunidos reflejaban estupefacción. Horror. Unos sentimientos encontrados incrustados tan profundo en su interior que los dejaba sin aliento y hechos polvo. Una niña dio un paso al frente, no era más que una chiquilla, sus lágrimas se perdían entre la lluvia atronadora.
—¡No te puedes ir! ¡Señora de las Tormentas!
—No me puedo quedar —dijo Lexa—. Así no. Los rebeldes del Gremio ven lo que hay de malo en este mundo que hemos construido y han elegido luchar para arreglar las cosas. Cómo luchan no es asunto nuestro. No tenemos ningún derecho a delatarlos, ni a poner sus vidas en peligro. No somos distintos de ellos. No somos mejores. En cuanto empecemos a pensar que lo somos, simplemente seremos otro Shōgunato, a la espera de ocurrir.
»Pero podéis venir. Cualquiera de vosotros puede. Todos vosotros. —Se volvió hacia el capitán de la nave voladora, de pie bajo su imposible sombrero de paja—. Mirlosan, ¿los llevarías en la Kurea? ¿A quienesquiera que deseen irse y venir conmigo a Yama?
—Tú me salvaste la vida. Mi tripulación y mi barco. —El capitán asintió—. Si me los pides, son tuyos.
Cuando Gustus hizo ademán de acercarse a ella, Buruu y Kaiah se volvieron hacia él con un gruñido. Las alas desplegadas, las colas estiradas a su espalda como si fueran látigos. El hombretón se paró en seco, habló en voz baja.
—Lexa, no puedes hacer esto…
—Ya está hecho, Gustus. Todo lo que queda es que elijas un bando.
La chica se encaramó sobre el lomo de Buruu, echó un vistazo a los habitantes del pueblo, a los caminantes de las nubes, ese pequeño nudo de rebelión que se estaba desenmarañando ahora más rápido de lo que cualquiera hubiera podido imaginar. Una fortaleza hecha de barro, que se desmoronaba al ritmo de la lluvia que caía.
—Todos vosotros —dijo Lexa. Un trueno retumbó sobre sus cabezas—. Elegid.
