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CAPITULACIÓN
La bella Kigen había perdido a su Primera Hija.
La ciudad estaba vestida de negro luto, el paseo marítimo sembrado de esqueletos de naves voladoras destripadas. Aún ardían fuegos aislados en la Zona Baja, llenando de humo el ya de por sí asfixiante aire. Sus gentes llevaban la ropa manchada de hollín y expresión de desconcierto. Los soldados caminaban por sus adoquines, con la cabeza gacha de vergüenza. Una madre deambulaba por las negras orillas del río, sus ojos tan vacíos como el chamuscado carrito de mimbre que empujaba delante de ella. Cuando la Señora de las Tormentas había aterrizado en la Plaza del Mercado y había animado a los ciudadanos de Kigen a abrir los ojos y levantar los puños, había parecido una cosa fácil de hacer.
Una cosa maravillosa y poderosa. Y de algún modo, era todo eso.
Pero también era una cosa fea. Una cosa brutal, cruel, sangrienta.
Los habitantes de Shima estaban aprendiendo lo que significaba estar de pie y no arrodillados. A la sombra de la tiranía, la libertad no se concede; solo se toma. Los rebeldes Kagés lo habían hecho, justo como habían prometido. Habían quemado la ciudad de Kigen.
Habían acabado con las esperanzas de Tora
Roan de renovar la dinastía que había gobernado Shima durante nueve generaciones. Y habían asesinado a la Señora Gaia. A su pira asistieron casi todos los hombres, mujeres y niños que quedaban en la ciudad. Su bella Señora. El último miembro de una estirpe orgullosa, el último vínculo con pasados días de gloria. Como Shōgun, su hermano Wells había sido respetado, obedecido, temido. Pero Gaia, con su sabiduría y belleza e intachable gracia… simplemente la habían amado.
Y ahora estaba muerta.
Su prometido había observado cómo ardía su cuerpo, con la armadura pintada de blanco muerte, la cara impregnada de cenizas como si él también fuera a ser consignado a la pira. No se había avergonzado a sí mismo con lágrimas. Pero el Daimyo del clan del Tigre le había hablado al gentío allí reunido cuando el fuego murió, y en sus ojos, vieron un vacío que reflejaba todo lo que habían perdido.
—Lo que nos han quitado nunca podrá ser recuperado —había dicho—. La última hija de Kazumitsu ha muerto, y con ella, todos nuestros sueños para el mañana. Pero no se presentará sola ante el gran Enmaō. La Señora de las Tormentas, los perros Kagés que quemaron esta ciudad, los que nos vistieron a todos de luto, ellos se unirán a mi prometida en la muerte. La depositaré sobre una cama hecha con las cenizas de todos ellos. Y cuando yo muera, me darán la bienvenida en los Infiernos.
Algunos habían vitoreado. Algunos habían llorado. La mayoría simplemente había mirado. Esta era la hora en que las palabras no significaban nada. Cuando todo discurso sobre revolución y justicia era borrado de un plumazo y todo lo que quedaba era la realidad de una casa destripada, unas calles manchadas de sangre, el vacío carrito de un niño. Esto eran tropas con cara de niños embarcando en naves voladoras del Gremio. Esto eran madres y esposas besando a hijos y maridos que quizás no volvieran a ver jamás.
Esto era el dolor antes del parto. La tormenta antes de la primavera.
Esto era lo que habían pedido.
Esto era lo que querían.
Esto era la guerra.
Quince días.
Roan estaba de pie, con las manos entrelazadas a la espalda, sus ojos verdes estudiaban con atención un mapa gigante de las Siete Islas en el suelo bajo sus pies. El largo pelo negro recogido en un moño, una perilla puntiaguda en una mandíbula hermosa, cenizas blancas restregadas por toda la cara. La prótesis de hierro que ocupaba el lugar de su brazo derecho escupía humo de chi al aire cargado de hollín, manchando las paredes de papel de arroz. Seis Samuráis de Hierro estaban a su lado, con las caras también embadurnadas de cenizas ceremoniales. Todos ellos medían más de dos metros, enormes en sus armaduras blancas como la muerte, con máscaras talladas como demonios onis: colmillos y cuernos y afiladas sonrisas dentadas. Sus ojos eran los ojos de hombres ya muertos.
—Quince días de marcha, Daimyo —dijo una voz que sonaba como las enfadadas alas de un insecto—. Entonces vos y el Arrasador estaréis en las Iishi.
Roan miró de reojo a la figura que se alzaba imponente a su lado.
El Shateigashira Kensai estaba embutido en su pesado traje atmos de latón. En vez de una máscara inexpresiva como los demás Hombres del Gremio, la voz del Gremio del Loto en Kigen ocultaba su propia cara tras otra esculpida en latón. Las facciones correspondían a un guapísimo chico en la flor de la juventud, los protuberantes labios abiertos en un aullido permanente vomitaban tramos de cable segmentado. Unos relucientes ojos rojo sangre miraban a Roan, sin pestañear y sin alma. Tres Artífices del Gremio acompañaban a su Segundo Brote, también embutidos en latón cuajado de remaches. Sus mecábacos parloteaban y rechinaban sobre sus pechos, las cuentas se movían adelante y atrás según pautas insondables. Roan se preguntó si alguno de ellos habría ayudado a diseñar la prótesis para el brazo que ella le había arrancado del hombro. Podía sentir los dedos que le faltaban, intentó ignorar las ganas de rascarse.
Las ganas de gritar.
La habitación en la que se encontraban se conocía como «la Faz de Shima». Ocupaba el corazón del palacio del Shōgun, quince metros cuadrados, dos pisos bajo tierra. El suelo consistía en más de mil baldosas endentadas que formaban un enorme mapa de las Siete Islas. Un puñado de focos y pantallas en el techo iluminaba minúsculos ejércitos en la ciudad de Kigen, en la capital Fénix, Danro, en los campos de pruebas cerca de la Primera Casa.
Una nación al borde de la guerra.
Los ojos de Roan estaban fijos en los pequeños picos de marquetería que representaban las Montañas Iishi, el diminuto foco que indicaba el bastión Kagé.
Ahí me espera ella.
—Nor noreste —dijo—. De Primera Casa a las Iishi. Ampliar.
Los sirvientes en la cabina de control manipularon una serie de palancas y selectores. La música de unos trinquetes de hierro sonó en lo bajo y, como una ola sobre un océano de madera, las baldosas del suelo cayeron deslizándose sucesivamente al imposible mecanismo que había por debajo. Nuevas baldosas subieron deslizándose hasta ocupar su lugar, colocándose una a una hasta que el suelo estuvo completo una vez más. El mapa mostraba ahora una versión aumentada del noreste del Imperio. Cambiaron la pantalla, variaron los focos y la ruta de invasión prevista se destacó con una luz roja.
—Nos acercamos dando un rodeo —señaló Roan—. ¿Por qué no nos dirigimos directamente a las montañas?
—Las tierras muertas de Jukai deben evitarse a toda costa, Daimyo. —Kensai señaló unas zonas grises alrededor de la Primera Casa, llamadas también «la Mancha»—. El Arrasador no se vería afectado, pero algunas fisuras son demasiado anchas para que una máquina trituradora las cruce. Además, debéis concentrar a vuestras tropas.
—La flota del clan Fénix ya está reunida —dijo Roan, frunciendo el ceño—. Los Daimyos Shin y Shou me han cedido gentilmente el mando de sus fuerzas, y mis tropas Tigre se están agrupando mientras hablamos.
—¿Y el clan del Dragón? ¿Los Zorros?
—Los Ryus van de un lado al otro como las cuentas de un mecábaco. Y los Zorros están enterrados en sus agujeros. No los necesitamos. Entre el Arrasador, cien máquinas trituradoras y la flota aérea de los Fénix tenemos espadas más que suficientes para destrozar a los Kagés.
—Puede que los Dragones y los Zorros aún se arrodillen ante vos cuando vean al Arrasador.
—La destrucción de la rebelión es todo lo que importa, Kensaisan.
La voz del Segundo Brote se volvió de un frío glacial.
—Merece la pena dar un rodeo para brindarles a los Zorros y los Dragones la oportunidad de unirse a nuestras filas.
—No.
—¿No?
—No perderé el tiempo buscando su ayuda. Cada día que Lex… —Roan vaciló, inspiró una larga bocanada tranquilizadora—… Cada día que vive la asesina de Wells es otro día que vive en desgracia la Élite Kazumitsu. Los Kagés quemaron mi ciudad. Mataron a mi prometida. Deben morir. Todos y cada uno. No el año que viene. No el mes que viene. ¡Ahora! —La palabra quedó recalcada por un puño golpeando contra la madera.
—Voy a repetir lo que he dicho. —Kensai se cruzó de brazos—. Si los Kitsunes y los Ryus os ofrecen lealtad cuando por fin vean al Arrasador, la aceptaréis.
—Olvida cuál es su posición, Hombre del Gremio. ¡Yo soy su Shōgun!
—Pero no sois Shōgun, Roansan. El Daimyo Haruka, del clan del Dragón no os ha jurado lealtad. El Daimyo Isamu, de los Zorros, ni siquiera asistió a vuestro banquete de bodas. Mandáis sobre los clanes del Tigre y del Fénix solo gracias a la fuerza de las armas que os provee el Gremio del Loto. Así que si el Zorro o el Dragón capitulan en algún punto, les daréis la bienvenida con los brazos abiertos. Aunque vos podáis estar decidido a cometer glorioso suicidio, algunos de nosotros tenemos una responsabilidad con el Imperio después de que esta insurgencia quede aplastada. La guerra contra los gaijins debe retomarse. Necesitamos más tierras. Más esclavos. Más inochi. Si podemos ahorrarnos meses de conflicto contra los Zorros y los Dragones, lo haremos.
—Simplemente no…
—¡Haréis lo que se os diga!
Como una sola persona, los Samuráis de Roan desenvainaron sus katanas de sierra e hicieron rugir sus motores. La luz de los farolillos centelleó sobre los dientes de acero giratorio, sobre los ojos de los samuráis pintados de blanco muerte y escondidos tras sus máscaras de demonio. El aire se llenó del chirrido de las hojas de sierra. Pistones siseantes. Motores revolucionados.
La risa hueca de Kensai.
—¿Desenvaináis espadas de sierra contra mí? ¿Contra mí, que os proporciono el chi que las alimenta? ¿Contra mí, que diseñé el coloso que dirigís hacia las Iishi? —El Shateigashira soltó una risita desde detrás de su perfecta máscara varonil—. Los Kagés incineraron vuestra flota cuando quemaron el puerto de Kigen, Daimyo. Ni siquiera podéis mover vuestras tropas sin nuestra ayuda, no digamos ya luchar cuando lleguéis a vuestro destino.
—Las vías de hierro aún funcionan. Nuestras fuerzas pueden dirigirse al norte en tren.
—¿Y quién creéis que los abastecen de combustible? —Kensai sacudió la cabeza—. Envainad las espadas, chiquillos, y recordad lo que sois.
—Somos guerreros del clan del Tigre. ¡Somos samuráis!
—Por encima y más allá de cualquier otra cosa que podáis ser —suspiró Kensai—, sois nuestros.
Roan apretó fuerte la mandíbula, los puños aún más fuerte. Pero al final, miró a sus hombres de reojo, cortó el aire con la mano. Con una lentitud angustiosa, cada samurái se quitó el guantelete, manchó de sangre el acero que blandía, luego envainó su espada. Kensai los observó, con la expresión oculta tras esa impasible cara de niño. Su voz rasposa sonó como una nube de mil moscas del loto.
—Fue un discurso conmovedor el que disteis en la pira de la Señora Gaia, Daimyo. Pero el tiempo para la pompa y el boato ha pasado. La Señora de las Tormentas es una amenaza para esta nación, aunque su importancia no debe exagerarse. En solo unas semanas, ha empujado al populacho a la rebelión y ha convertido la capital de esta nación en cenizas. Pero no creáis que los problemas del Shōgunato simplemente desaparecerán cuando ella esté muerta. Si vos no os preocupáis por el futuro de vuestro país, al menos tened el sentido común de obedecer a los que sí lo hacen. —Sus ojos ardían de un rojo sanguinolento, estrellas moribundas en un cielo de latón—. ¿Me estáis oyendo, Roansan?
Roan miraba fijamente su brazo de relojería. Los dedos con articulaciones de rótula estirados, tendones gris hierro ahora pintados de blanco hueso. El color de la muerte. La muerte que le esperaba al final de este trayecto. La muerte del honor. Del Camino.
De la chica que una vez le consideró su amor.
—… Le oigo.
—Cuanto antes os reunáis con el Arrasador, antes se pondrá en marcha —dijo Kensai—. ¿Ya partir de ese momento? Quince días.
El metal blanco hueso se enroscó hasta formar un puño. Roan asintió.
—Quince días.
