3
MUDANDO LA PIEL
Con cada bocanada de aire que conseguía arrastrar por entre los dientes, el dolor se avivaba como los rayos del sol sobre unos cristales rotos. Daichi tosió, un puñado de esputos mojados le dejaron un sabor negro sobre la lengua. Estaba medio colapsado en una silla de hierro dentro de una celda sin ventanas, las esposas se le incrustaban en las muñecas y el hedor a chi inundaba su nariz rota. El sordo repiqueteo de innumerables motores vibraba a través del suelo.
¿Cuánto tiempo llevaba ahí? ¿Días? ¿Semanas? Su estómago tan vacío que ya ni gruñía. La cabeza aún le zumbaba después de la última paliza.
Pero no se había desmoronado. No había suplicado. Aún no, en cualquier caso.
Solo era una cuestión de tiempo, lo sabía. Con las suficientes gotas de lluvia, incluso las montañas se convertían en arena. Pero el pulmón negro también le estaba minando, en la larga y silenciosa oscuridad que transcurría entre una paliza y la siguiente. Incluso cuando los terremotos sacudían las paredes que le rodeaban, pintando su piel con polvo. Incluso cuando los Hombres del Loto no le estaban machacando para acercarle a su muerte, el enemigo que llevaba dentro del cuerpo estaba reuniendo sus fuerzas de todas formas. Se preguntó quién sería el vencedor en esa carrera.
Él tenía un favorito, eso estaba claro.
La puerta de la celda se abrió, un doloroso rayo de luz cortó a través de la piedra amarilla. El ruido de unas pesadas botas de hierro resonó por el suelo, el rítmico latido de talón y dedos mezclado con la canción de las pieles de relojería. ¿Cuántos habían venido a zurrarle esta vez? ¿Cuatro? ¿Cinco? ¿Acaso importaba?
Sintió unos dedos suaves que le tomaban el pulso, le levantaban los párpados. Captó un atisbo de brazos largos y plateados, ojos sanguinolentos en una cara sin rasgos. Una cintura de avispa. Piel satinada. Ruidos, como una orquesta de insectos.
—¿Cómo está?
La voz de un hombre, profunda y arisca. Daichi entreabrió los ojos para echar un vistazo a través de la neblina movediza, vio una cara que reconocía de años pasados. Las facciones de un niño en latón bruñido, cables de hierro que salían retorciéndose de unos congelados labios abiertos. La voz de la Ciudad de Kigen, el Segundo Brote en persona.
El señor de las moscas había venido al festín por fin.
—Está débil, Shateigashira. —Una voz femenina, débil y sibilante—. Mal nutrido, deshidratado y conmocionado. Supongo que tiene bastante dolor.
—Podemos hacerlo mejor que «bastante», ¿verdad?
—No le encontramos ningún sentido a esto, Shateigashira.
Una voz suave, como la de un hombre que murmura en sueños.
Daichi miró de reojo al que había hablado, captó la imagen de un hombrecillo vestido con ropa oscura. Sobre la boca, un respirador negro con una perpetua sonrisa, escupía siseantes volutas de humo dulce, pero para sorpresa de Daichi, el resto de la cara del hombre quedaba al descubierto. Tenía los ojos tan inyectados en sangre, que el blanco era simplemente rojo. La habitación dio la impresión de oscurecerse cuando Daichi le miró.
—Yo decidiré lo que tiene o no sentido aquí, Inquisidor —llegó la respuesta de Kensai—. Todavía soy Segundo Brote de este cabildo.
—La chica nos ha traído a este hombre como un regalo. ¿No es eso prueba suficiente de su lealtad?
—Parece que no.
—Está destinada a hacer grandes cosas, Shateigashira. La hija de Jake llegará a ser más importante de lo que su padre soñó jamás. La Cámara del Humo no miente.
—Entonces no tienen nada que temer. —Kensai se volvió hacia la puerta—. Háganla pasar.
Daichi vio cómo otro Hombre del Loto entraba en la habitación, a paso lento y seguro, con las manos entrelazadas delante del cuerpo. El traje le marcaba como miembro de la Secta de los Artífices, los ingenieros y técnicos que diseñaban las maravillas mecánicas del Gremio. Ricas filigranas decoraban el latón; un dibujo que le hizo pensar a Daichi en volutas de humo girando en el aire.
—Segundo Brote —dijo la recién llegada, haciendo una profunda reverencia.
El corazón de Daichi se detuvo por un instante, cerró los dedos en puños. Incluso desde detrás de la máscara, habría reconocido esa voz en cualquier sitio. La chica en la que había confiado. La chica que le había entregado a estos perros para que le golpearan y le quemaran.
—Clarkesan. —El pequeño hombrecillo de negro devolvió la reverencia.
—¿Clarkesan, te llaman? —gruñó Kensai—. Tu padre, Jake, te dio su nombre cuando murió. Una hija honorable lo llevaría con orgullo.
—El venerable Primer Brote ha ascendido a nuestra joven hermana a Quinto Brote después de traer a este perro Kagé ante la justicia, Shateigashira —dijo el hombrecillo—. Ha de admitir que se ha ganado su propio nombre.
Daichi se irguió de golpe, abrió los labios en una mueca de odio, tiró bruscamente de sus cadenas hasta tensarlas.
—Asquerosa traidora atea —escupió en dirección a la chica—. Que Enmaō te maldig…
La palma de la mano de un Hombre del Loto le dio de lleno en la cara y le hizo tambalearse hacia atrás con los dientes flojos. Unas manos firmes se cerraron en torno a sus brazos, fuerza mecánica que le inmovilizaba.
Clarke no miró en su dirección ni una sola vez.
—¿Me mandó llamar, Segundo Brote? —preguntó la chica—. ¿Qué desea?
—La Inquisición ha revisado la información que reuniste durante tu… estancia entre los Kagés. Se ha decidido que seguir interrogando a este… —hizo un gesto hacia Daichi—… es innecesario. Ya nos has dado la ubicación del campamento rebelde. Números y disposición. Activos y puntos fuertes.
—Solo busco expiar errores del pasado —dijo Clarke—. Si lo que sé ayuda a traer a los perros Kagés ante la justicia, considero que el tiempo que pasé… deambulando, habrá sido de provecho. El loto debe florecer.
—El loto debe florecer. —Humo pálido escapó del respirador del hombrecillo.
—Así es. —Kensai no parecía impresionado—. Con eso en mente, se ha decidido liquidar a este prisionero de inmediato.
Daichi apretó los dientes, se obligó a tragarse una oleada de temor. Tosió, una tos repentina y violenta, tragó con esfuerzo. Intentó no temblar, fijó la vista en el suelo.
¿Aquí? ¿En este agujero de mala muerte?
—Si está seguro, Segundo Brote… —La voz de Clarke se perdió en el vacío.
—¿Y por qué no iba a estarlo?
Por primera vez desde que entrara en la habitación, Clarke miró a Daichi. El mecábaco de su pecho rechinó y claqueteó, las cuentas se movían adelante y atrás por los relés con precisión milimétrica, contando segundo a segundo lo que quedaba para el asesinato de Daichi.
—Siempre me imaginé una ejecución pública —dijo Clarke—. Para demostrarles a los sin piel el precio de desafiarnos.
—Las opiniones de los sin piel no son de tu incumbencia. Solo las órdenes del Primer Brote lo son.
—Como diga, Segundo Brote.
Se hizo el silencio, teñido de respiraciones metálicas, el latido bruñido de las pieles en las que se escondían esos monstruos. Daichi tironeó de sus grilletes, consiguió solo más moratones en las muñecas y otro bofetón del Hombre del Gremio que había a su lado.
—Entonces, debe disculparme, Shateigashira, —Clarke medía sus palabras con cuidado— pero ¿por qué me ha llamado? No me importa si este rebelde vive o mu…
—Porque tú vas a ser su verdugo, Clarkesan.
Kensai metió la mano en su cinturón, sacó un feo puñado de cables y tubos. Daichi solo había visto un artilugio semejante una vez en su vida, pero había sido testigo de los daños que podía producir en una armadura ōyoroi y la carne que había por debajo.
Un lanzador de hierro.
—Quiere que yo…
—Así es, Clarkesan —dijo Kensai—. Quiero que mates a este hombre.
—¿…Aquí?
—Ahora.
La chica parecía petrificada, se le congeló la respiración en los fuelles. Daichi pensó en su hija Octavia; en todo su fuego y su furia, en aquellos preciosos ojos gris acero tan parecidos a los suyos. La cicatriz de cuchillo que cortaba su cara, el ataque a manos de un loco que se había cruzado en su camino hacía tantos años. Pensar que esto era donde terminaba. Que este era el sonido del himno de su funeral. El traqueteo y el gruñido de unas máquinas que vomitaban humo…
Clarke se había quedado con los ojos fijos en el lanzador de hierro que sujetaba Kensai.
—Yo…
Daichi retrajo los labios, dejó los dientes al descubierto en una mueca despectiva cuando oyó la voz vacilante de Clarke.
—Cobarde —dijo con rabia—. ¿Cómo conseguiste armarte de valor para matar a Isao y los otros? ¿Los miraste a la cara o los apuñalaste por la espalda? Izanagi me maldiga por tonta, por creer que tendrías el valor de hacer lo correcto. Pero si incluso te falta el valor de mirar a un hombre a la cara mientras le matas.
Clarke le miró, cerró los puños.
—Usted no tiene ni idea de qué es lo correcto —escupió la chica—. Como tampoco la tenían Isao y sus perros.
—¿Y por eso has vuelto arrastrándote a los pies de tu amo? ¿Por las acciones de unos pocos? ¿Les has dado a estos monstruos la ubicación de nuestro pueblo? ¿En el que duermen nuestros niños? Nuestros niños, Clarke.
—Sus niños son unos violadores y unos asesinos, Daichi. Unos cerdos, todos ellos. —Clarke se acercó mucho a él, la cara del anciano se reflejó en el fulgor de su único ojo—. Y a los cerdos se les lleva al matadero.
Entonces Daichi le escupió. Un chorro de saliva negra, directo al latón suave y liso que pasaba por ser la cara de la chica. Con un bufido furioso, Clarke arrancó el lanzador de hierro de manos de Kensai. El artilugio dio un diminuto suspiro vacío mientras apuntaba entre los ojos de Daichi.
El anciano se quedó mirando al fondo del cañón, a la insondable oscuridad.
Asintió.
—Hazlo.
Y Clarke apretó el gatillo.
No debería estar ahí.
Ayane se coló por la escalera de entrada, despacio y en silencio.
Un coro de máquinas cantaba en la barriga del cabildo, el mecábaco de su pecho cantaba dentro de su cabeza, cada falso ritmo entrelazado con el otro. Se detuvo en el nivel de los hábitats, pegada a la pared. Deslizó las manos por sus brazos, intentó recordar el beso del viento de las Iishi sobre la piel desnuda, cómo hacía que se le pusieran todos los pelos del brazo de punta, cómo le hormigueaba la piel. Pero ahora apenas podía sentir nada, embutida una vez más en aquella satinada piel marrón tierra, que la abrazaba fuerte y no le proporcionaba ningún calor ni confort en absoluto.
No debería estar aquí.
Esos hábitats eran para los Shateis, los hermanos. Las Vidas Falsas como ella tenían sus propias dependencias, en el otro extremo del cabildo y dos pisos más abajo. Se encargaban de las guarderías, los implantes quirúrgicos, las máquinas que emulaban la vida dentro del cabildo. La carne masculina y femenina no tenían contacto; incluso cuando llegaba el momento de que una Vida Falsa trajera a un nuevo Hombre del Gremio al mundo, ella solo entraba en contacto con la semilla del Shatei y un tubo de inseminación. La mayoría de las mujeres del Gremio pasaban la vida entera sin conocer el tacto de otra persona.
Pero ella lo había conocido. Había sentido su respiración sobre su cara desnuda, los labios de ella rozando los suyos, suaves como la luz de la luna estrangulada. Cerró los ojos al recordarlo, apretó los muslos, sintió cómo se le ponía la carne de gallina, el cosquilleo de su carne.
No, pensó. Mi piel.
Asomó la cabeza por la boca de la escalera, salió cuando no vio moros en la costa. Con los plateados brazos enroscados a la espalda como una araña muerta desde hacía muchos años, se deslizó por el pasillo, leyendo las placas con los nombres en las puertas de los hábitats. Por fin la encontró: una fina tablilla de latón, recién grabada, con el nombre que ella tanto había luchado por mantener y que ahora al fin había hecho suyo.
Clarke. Quinto Brote. Secta de los Artífices.
Giró la palanca y observó el iris de acero dilatarse y abrirse hacia la suite. Los Quintos Brotes disfrutaban de aposentos solo ligeramente menos austeros que el Hombre del Gremio medio, pero el ascenso de Clarke al menos le daba un pelín más de espacio. Una pequeña mesa de trabajo. Una cama más grande. Ayane se dio la vuelta y tiró de la palanca. El iris se contrajo con un chirriante suspiro, estrangulando lentamente la luz que había por detrás. Y ahí se quedó, de pie en la oscuridad, solo iluminada por el resplandor rojo de sus ojos y el monitor de pureza sobre el conducto de ventilación, y simplemente respiró. Debía de estar loca por hacer lo que estaba haciendo. Lo arriesgaba todo al ir ahí, todo lo que había hecho, la sangre, las mentiras, el dolor. Pero ella llenaba su mente de sueños, su estómago de polillas revoltosas. El recuerdo del tiempo que pasaron juntas, de la forma que le hacía sentir…
Los monitores de pureza pasaron lentamente del rojo al verde mientras los filtros de aire silbaban, para dar por fin el visto bueno con una alegre campanada metálica. Manipuló los cierres a su espalda, por encima y por debajo de la vacía esfera plateada que llevaba adosada a la columna. Bajó la cremallera, se dobló por la cintura y se quitó la resbaladiza membrana como si pelara una fruta. Se acercó desnuda hasta la cama de Clarke y se metió en ella. Y se quedó ahí tumbada en la oscuridad, imaginándosela como había sido en las Iishi, pálida y perfecta, sus labios sobre los suyos. La electricidad danzaba sobre su piel. Deslizó las manos por su cuerpo, imaginando que eran las de Clarke, esperando el momento en que abriera la puerta y se la encontrara allí. Donde no debería estar.
¿Qué diría? ¿Entendería lo mucho que la necesitaba?
Se mordió el labio en la oscuridad.
Haré que lo entienda.
Oyó un golpe, el silbido de un pistón, el iris de entrada se dilató con la melodía de hoja contra hoja. Se sentó en la cama, envuelta en la sábana, sonrió a la silueta que se dibujaba en la puerta. Alta y delgada, cortada de susurrante tela negra.
Salía humo del respirador con forma de sonrisa que llevaba sobre los labios.
—Oh, no… —musitó Ayane.
La figura entró, seguida de otra, vestidos de la cabeza a los pies en seda negra. Sus respiradores tejían marionetas de vapor en el aire. Olió el olor a humo de chi. Sin filtrar. Penetrante. Sus ojos eran rojos, pero no relucían; simplemente estaban inyectados en sangre por el humo que habían respirado cada momento de sus vidas. Los conocía. Los hermanos que velaban por que se cumpliera la doctrina del Gremio, que supervisaban las ceremonias del Despertar por todo Shima, salvaguardando al Gremio de la corrupción en todas sus guisas.
La Inquisición.
Cerraron la puerta a su espalda, sumiendo la habitación en una oscuridad iluminada solo por el monitor de pureza, que había vuelto a cambiar del verde al rojo. El primer Inquisidor habló como si no estuviera del todo… ahí. Como si alguna parte de él flotara en una fría y lejana oscuridad, como si solo asomara una astilla por encima de esa superficie.
—Has servido bien, hermana —dijo—. Pero ahora el tiempo de servicio ha terminado.
—No —murmuró Ayane—. Por favor…
—Estás perdida, hermana —dijo el otro—. Pero nosotros te enseñaremos el Camino.
—No, aún no. —Se le llenaron los ojos de lágrimas—. Hice lo que me pidieron. Se la traje de vuelta.
—Sí, lo hiciste —suspiró el primero, mirando sus dedos estirados—. Y tienes nuestro agradecimiento.
—Pero estás envenenada —murmuró el segundo—. Hemos visto cómo se extendía el veneno. Cómo te arrastraba hacia abajo, trayéndote hasta aquí, donde ninguna hermana que ande por el Camino de la Pureza debería estar.
—La piel es fuerte —dijo el primero—. La carne es débil.
—Débil —llegó el susurro.
—¡Hice lo que me pidieron! —Ayane subió la voz, cruda y arisca, con puñados de sábana apretados contra el pecho—. ¡La volví contra ellos! ¡A ellos contra ella!
—Nos hemos estado preguntando cómo lo hiciste.
La chica pasó la vista de uno a otro, abrumada por la vergüenza al recordarlo todo, su letanía de decepciones.
—… Saboteé sus máquinas. Los lanzadores de shurikens que ella había construido para ellos. Los manipulé para que fallaran cuando los demonios atacaron el pueblo. Y cuando eso no fue suficiente, yo… me herí. Le hice pensar que ellos…
—Un gran talento para el engaño, hermana.
—Ella mató por mí. ¿Saben lo que se siente…?
—Ven. —El primero alargó la mano—. Te avergüenzas a ti misma.
—Sabías que este futuro llegaría —dijo el segundo—. En el momento en que elegiste entrar en esta habitación y buscar el camino de la carne.
—¿Qué creían que ocurriría? —Ayane empujó las lágrimas hasta los dedos de sus pies, las sintió intentando volver con más fuerza de la que podía esperar contener—. ¿En qué pensaban que me convertiría cuando me dejaran salir de esta jaula? ¿Cuando sintiera a alguien tocarme; tocarme de verdad por primera vez en mi vida? ¿Creían que volvería a gatas a este agujero con una sonrisa? ¿Qué esperaban que hiciera?
—Esto. —Un gesto hacia el cuarto que los rodeaba—. Justo esto.
—Bastardos —gimió Ayane.
—La piel es fuerte —dijo el primero.
—La carne es débil —terminó el segundo.
—Ven con nosotros. —El primero se acercó, alargó la mano—. No habrá dolor. No como el que sienten los que se quedan. Esta partida silenciosa es una bendición para ti, hermana. Un regalo.
—No…
—Ella viene. —El primero negó con la cabeza lentamente—. Sus hijos también. En unos pocos años, todo serán cenizas. No habrá sitio para los hijos de los hombres. Ni tú ni ningún otro.
—Malditos sean…
—Ven.
Dedos estirados, suaves sobre su brazo, la idea de la carne de otro contra la suya de repente completamente repulsiva.
—¡No me toque!
Se puso en pie de un salto, rápida como el rayo, desenroscó las patas a su espalda, el aire lanzaba destellos con forma de cuchillas. El cromo silbante desgarró la cara del Inquisidor, su pecho, su brazo estirado. Se irguió más alto, con los ojos más abiertos, como un hombre recién despertado de un sueño.
—Te atreves…
El Inquisidor le lanzó una patada, el impacto de un trueno contra el pecho, hizo trizas su mecábaco como si fuera de papel. Cegada por las chispas y el dolor, Ayane salió volando hacia la pared, se estampó contra ella. Atacó otra vez con sus brazos de cromo, pero el hombre había desaparecido, un siseo de humo, una nubecilla de vapor negro se movió por el suelo. Se materializó delante de ella, su puño le destrozó la barbilla. El golpe la hizo girar sobre sí misma, sus plateados brazos colgaban inertes cuando cayó al suelo de rodillas, la barbilla pringada de rojo. Entonces empezó a llorar, lloraba mientras la cháchara del mecábaco iba muriendo, y sintió silencio dentro de la cabeza una vez más. El mismo silencio que había conocido en las Iishi, al parpadear bajo la moteada luz del sol a través de una cantarina cortina de hojas. Alzó la vista hacia aquellos ojos inyectados en sangre, túnica rota, piel pálida que probablemente nunca hubiera sentido la luz del sol. Y cuando sus manos se estiraron hacia ella, Ayane pudo ver la tinta sobre su brazo derecho: una forma negra enroscada donde los sin piel llevaban el tatuaje de su clan.
Una serpiente.
El Inquisidor tenía la mano dentro de su boca, empujaba más allá de sus dientes. Ayane sintió el sabor de las cenizas en la lengua, en los pulmones, llenándole los ojos. Intentó morder con su mandíbula rota, intentó hablar. Susurrar el nombre de su amado, mientras el sueño se disolvía en flores de un blanco brillante. Pero no le quedaba aire en los pulmones, ni siquiera para la más diminuta de las palabras. Solo humo. Humo negro azulado. Así que se la guardó dentro. Cerca del corazón. Y mientras la luz se iba oscureciendo y la negrura pesaba como el plomo sobre sus párpados, su pulso pronunció la palabra que sus labios no podían.
Clarke.
La luz se fue apagando.
Lo siento tanto.
Y el verdadero silencio se hizo al fin.
Clic.
Clarke parpadeó, su respiración le resultaba ensordecedora, el lanzador de hierro que tenía en la mano se negaba a rugir. Daichi soltó un suspiro entrecortado que terminó en una tos reprimida. El arma en la mano de Clarke parecía tan pesada como las montañas.
Vacía…
—Ahí lo tiene —suspiró el Inquisidor—. Supongo que ahora estará satisfecho, Segundo Brote.
Clarke seguía tensa como la cuerda de un arco cuando el Inquisidor cogió el lanzador de hierro de entre sus dedos. Podía sentir la mirada ardiente de Kensai, le sabía la boca a cenizas de loto.
Inspiró hondo para apaciguar su ira.
—Dijo que el Primer Brote quería ver a este hombre muerto.
—Sí, eso quiere —dijo Kensai—. Pero todavía no.
—Una prueba… —pensó Clarke en voz alta.
—Y una bien superada —dijo el Inquisidor—. No solo nos ha entregado a este rebelde, sino que también lo ejecutaría sin una sola protesta. Admirable, ¿no cree, Segundo Brote?
Kensai se quedó ahí mirando durante una vacía eternidad, la cara de niña refulgía con la luz rojo sangre de los farolillos. Clarke le observaba en silencio, a ese hombre que había sido el más íntimo aliado de su padre. Ese hombre al que una vez consideró como un tío. Ese hombre que, incluso después de que hubiera traicionado a los Kagés, entregado a su líder, claramente confiaba en ella tanto como en su mayor enemigo.
—Admirable, sí —concedió Kensai al fin.
—Tiene nuestro agradecimiento, Quinto Brote. —El Inquisidor hizo una pausa, tocó su mecábaco, dedos ágiles danzando una respuesta—. Se requiere su presencia en la Cámara de Engranajes.
—Iba camino de mi hábitat —objetó Clarke—. Es tarde…
—Los hermanos no le entretendrán mucho. —El Inquisidor hizo una reverencia—. El loto debe florecer.
—… El loto debe florecer —dijo Clarke, asintiendo, aturdida.
El aire estaba lleno del ritmo de la máquina, el repicar y el traqueteo de pistones y hierro engrasado, la rutina y el runrún de corazones artificiales dentro de kilómetros de hormigón y negros caparazones metálicos. Sin siquiera dedicarle otra mirada a Daichi, Clarke salió por la puerta con decisión.
