4
ESCARIFICACIÓN
Octavia había creído de verdad que le amaba.
Nadie la hubiese culpado. Después de todo, solo tenía dieciséis años. Su padre había hecho todo lo que estaba en su mano para protegerla del hedonismo de la corte del Shōgun; los hijos de los nobles habían comprendido que la hija del Capitán Daichi era intocable. Y aunque su belleza era casi incomparable, todos respetaban las espadas del comandante de los Samuráis de Hierro lo suficiente como para admirarla desde una distancia mínima de seguridad. La sobreprotección de su padre la dejaba frustrada y, a medida que se fue haciendo mayor, hambrienta. Escuchaba a las doncellas reírse como bobas de sus citas, veía a chicos guapísimos observarla desde lejos. Y en su frustración, empezó a odiarlos. ¿De verdad creían que su padre cumpliría su amenaza de decorar su capa con las partes pudendas del primero que la tocara?
No eran guerreros. Desde luego que no eran hombres. No eran más que chiquillos. Cobardes, todos ellos.
Excepto uno.
Él se permitía el lujo de mirarla fijamente, incluso cuando los demás apartaban la vista. La sonreía, dejando que sus ojos recorrieran todo su cuerpo. La hacía estremecerse. Y cuando sentía sus ojos explorar su cuerpo, fieros y hambrientos como lobos en invierno, se encontró deseando que en vez de sus ojos fueran sus manos.
Wells. El Señor de los Tigres. Shōgun del Imperio de Shima.
Tenía catorce años, apenas llevaba un año en el trono, pero ya era alto y fuerte, con músculos bien marcados y piel de bronce. Cuando les hablaba a sus cortesanos y ministros, reinaba el silencio más absoluto. Cuando los miraba a los ojos, inclinaban la cabeza y desviaban la mirada.
Catorce años, pero más hombre que cualquiera en aquella corte de niños temblorosos.
Sonreía cuando la veía. Y aunque Octavia podía sentir las nubes de tormenta que rondaban por encima de la cabeza de su padre, ella le devolvía la sonrisa, agitaba el abanico respirador delante de la cara para aliviar el calor que le provocaba en la piel. Daichi no aprobaba las descaradas atenciones de Wells, pero Wells era Shōgun y Daichi su sirviente. ¿Quién era él para negarle nada a su señor?
Octavia había oído los rumores, por supuesto. Comentarios sobre las crueldades del Shōgun. Incluso Gaia, la hermana de Wells, le hablaba en privado, avisándola de que los avances de su hermano no debían ser alentados. Y aunque Gaia era una de sus íntimas amigas, Octavia no era capaz de creerla. Era demasiado fácil encontrar a su mente deambulando junto con sus manos, sola en la cama por la noche, imaginándose sentada a su derecha. Primera Dama del Imperio. Días vividos en los salones del poder y noches vividas en sudorosas y apasionadas colisiones entre sábanas de seda. Y así, cuando Wells mandó misiva de que deseaba verla, lo único que sintió fue la emoción. No el miedo nacido de unos ojos abiertos y perspicaces. Su padre había sido enviado a la Provincia de la Carretera Dorada para castigar a un magistrado desobediente. Su cuidadora fue enviada a la cama pronto con unas pocas gotas de adormidera negra en el té. Y en las habitaciones de Wells, se encontró con él, su honorable Señor, seda rojo sangre abrazó su cuerpo tembloroso, una sonrisa nerviosa escondida tras el revoloteo inseguro de un abanico. Al principio, se sentaron y hablaron; o, más bien, él habló y ella escuchó. Wells le había hablado de sus sueños, de ver a su Imperio extenderse hasta las naciones más lejanas. Y ella se había imaginado sentada sobre un trono de oro, una Reina del mundo civilizado. Y cuando la besó, ella le había devuelto el beso, jugando primero, saboreando después, derritiéndose por el calor que sentía en su interior.
Esto era la felicidad, pensó. Esto era el amor.
Pero él no paraba.
Sus manos empezaron a deslizarse por todo su cuerpo, apretando, sobando, y aunque él se estaba moviendo demasiado deprisa, no dejaba de ser su Señor y ella deseaba desesperadamente complacerle. Wells arrancó las capas más externas del jūnihitoe de Octavia y ella no dijo nada. Le manoseó los pechos y ella no dijo ni una palabra. Pero por dentro, su calor derretido se convirtió en un escalofrío horrible. Esto era brutal. Feo.
Y cuando él metió a la fuerza la mano entre sus piernas, sus dedos, Dios, sus dedos…
Octavia chilló. Gritó no.
Y él se había reído.
El sonido de su risa fue como un cuchillo en el pecho de la chica, tan frío y duro como las manos de Wells. Y volvió a gritar, más alto, NO. Le dio una bofetada tan fuerte como pudo, con los dedos curvados como garras, arañándole la mejilla con las uñas. Él se apartó, con los ojos abiertos de par en par. Levantó aquellos horribles dedos para tocar los tres cortes irregulares de su cara. Octavia se había dado la vuelta, aterrorizada, esperando a que él llamara a sus guardias. ¿La arrestarían? ¿La exiliarían de la corte?
Se sabría que había ido ahí sola. Deshonraría el nombre de su padre. Dios, ¿qué diría él?
Pero no oyó ningún grito llamando a los guardias. En vez de eso, la golpeó. Un puño cerrado que la hizo rodar, un grito aterrorizado entre los labios. Y entonces estaba sentado sobre su pecho y ella no podía respirar para volver a chillar. Forcejeó con él, con las manos inmovilizadas, y cuando le empezaron a arder los pulmones vio el cuchillo en la mano de Wells, lo bastante afilado como para cortar el aire en dos.
Sin aliento para suplicar.
Sin aliento para chillar.
—¿Niegas a tu Shōgun? —escupió Wells entre dientes—. ¿Cómo osas?
Apretó el cuchillo contra su garganta y entonces llegaron las lágrimas, luz negra ardía ante sus ojos. Y aunque la avergonzaba hasta casi morir, aunque en años venideros lo negaría en su interior con toda su alma, entonces le hubiera dejado. Habría girado la cabeza y cerrado los ojos y le hubiese dejado hacer lo que quisiera si con ello hubiese conseguido que guardara aquel cuchillo.
Tenía tanto miedo. Pequeña y aterrorizada y completamente sola.
Dieciséis años.
—No temas. —Diversión en su voz—. Se me han quitado las ganas. Ya no me apetece tu virginidad.
El alivio momentáneo se evaporó cuando sintió cómo apretaba el cuchillo contra su frente. Con la fuerza suficiente como para cortar la carne. Para hacerla sangrar.
Dios, oh Dios, eso dolía…
—Pero creo que ningún otro hombre la querrá tampoco.
Y ella ni siquiera podía gritar.
Octavia estaba sentada sola, miraba fijamente la chimenea vacía donde una vez el fuego ardía. Escuchaba la lluvia salpicar, las pisadas, los murmullos, los motores de la nave voladora a ralentí entre el ondulante mar de hojas.
Éxodo.
Era mejor así, se dijo. La guerra se acercaba y ella necesitaba solo guerreros. No panaderos ni carpinteros ni costureras. No niños ni ancianos ni mujeres embarazadas. Hombres y mujeres preparados para hacer lo que hiciera falta para liberar a esta nación del Gremio, del Imperio, del loto de sangre. Que los débiles se escondan con la Señora de las Tormentas en la ciudad de Yama. Los guerreros se quedarían; Maro, Raven y los demás. Ellos recordaban a su padre. Recordaban la causa.
El loto ardería.
—Octavia.
—Raven. —No levantó la vista del hogar, carbones negros reflejados sobre el gris acero—. Cuando se hayan marchado, tenemos que hacer recuento de los que quedan. Habrá que…
—Octavia, tenemos que hablar…
Entonces sí, la mujer se dio la vuelta, vio a la chica en la entrada.
Piel pálida y labios protuberantes, espadas de sierra cruzadas a la espalda. La niña que Octavia había transformado de simple hija de un campesino en una de las mejores espadachinas del arsenal de los Kagés. La chica que había entrenado para que se infiltrara en la corte del Shōgunato. Después de años al lado de Gaia, Raven había vuelto a casa. Más mayor. Más dura. Tan aguda que el aire parecía sangrar por donde ella pasaba. Pero llevaba un estuche para pergaminos, fabricado en madera cruda, remetido bajo un brazo, un morral colgado del hombro. Y la expresión de sus ojos casi le rompe a Octavia el corazón.
—… ¿Te vas?
La chica asintió.
—Lo siento.
—Pero ¿por qué?
—Gaia no hubiera querido esto. Deshonra su memoria.
—¿Crees que esta ruptura es cosa mía? —Octavia se puso de pie—. Lexa es la que se marcha. Yo hubiese querido que nos quedáramos juntos y lucháramos como hemos hecho siempre.
—Ahora es más que esto. —Raven señaló a su alrededor—. Daichi siempre dijo que esto no era sobre nosotros. La misión de los Kagés era abrirle los ojos a la gente, enseñarles que deben luchar. Tenemos una oportunidad de ganar, con los rebeldes del Gremio de nues…
—¿Rebeldes? Dios, llámalos por su nombre, Raven. Cobardes.
—Tú no sabes lo que es. Vivir callada. Quedarte sentada, rodeada de brutalidad e injusticia, a sabiendas de que si dices una sola palabra, como todo tu ser te grita que hagas, no pasará nada excepto que mueren dos en vez de uno. —Un suspiro—. Pero yo sí lo sé. Lo he vivido cada día durante los últimos cuatro años. Y requiere una fuerza de voluntad que ni te imaginas.
—¿En lo que se refiere a esos cerdos del Gremio? No, no me lo imagino.
—Gaia me enseñó cómo ocultarlo. «Deja que arda despacio» —decía—. «Guárdatelo todo dentro, escondido hasta el día en que de verdad importe, cuando arriesgarlo todo realmente tenga el mismo valor que la sangre que arriesgues. El día en el que podamos ganar». —Raven encogió los hombros—. El día en que podemos ganar ha llegado, Octavia. Pero no sin Lexa.
Octavia aspiró una larga y pausada bocanada de aire. Exhaló veneno.
—Maldita traidora. —Raven dio un paso atrás como si Octavia la hubiera abofeteado—. ¡Yo te traje aquí! —gritó Octavia—. ¡Te traté como a una hermana! Yo te lo enseñé todo, ¿y esto es como me lo pagas? ¿Nos abandonas ahora? ¿Ahora, Raven?
—Hay algo mal en ti, hermana. —Las lágrimas anegaron los ojos de Raven—. Algo roto. No creo que veas el mismo mundo que yo al final de todo esto. Yo veo cielos azules y campos verdes y niños bailando bajo una lluvia transparente. Y no finjo que ese sentimiento provenga de algún sitio bueno y puro. Proviene del odio, igual que el tuyo. Quiero que sufran, igual que tú. Por mi tío. Por mi pueblo. Pero también quiero algo mejor después. Y todo lo que tú quieres es respirar el humo. Ni siquiera te importa si hay un después, siempre que puedas ver todo arder.
Ahora, las lágrimas rodaban libremente por la cara de Raven, que se estiró para tocar la mano de Octavia.
—Y quisiera arreglarte, pero no sé cómo…
Octavia apartó los dedos de Raven de un manotazo, con la cara retorcida de cólera.
—No me toques.
—Ven con nosotros.
—No. No lucharé al lado del Gremio. Ni ahora. Ni nunca.
—Por favor, Octavia…
—¿Suplicas? Te deshonras, hermana.
Raven borró la sonrisa falsa de sus labios mientras se secaba las lágrimas, se quedó mirando a Octavia durante lo que pareció una eternidad. Al final, dio media vuelta y salió de la desvencijada casa de Daichi. Octavia se puso de pie y observó cómo se marchaba, el viento helador apartaba el flequillo de su piel. Mirara donde mirara, todo le recordaba a su padre. El juego de ajedrez que había traído consigo de Kigen. El guante de cuero que colgaba de la pared, empapado en gritos y hedor a carne chamuscada; el recuerdo del día en que ella le había pedido que quemara el tatuaje de su brazo aún cristalino en su mente. Un pañuelo, cubierto de manchas negras.
Dios, ¿dónde estaba? ¿Estaría muerto ya?
Él había sido todo lo que le quedaba en esta vida.
Cayó de rodillas, intentando respirar.
Dioses, ayudadme…
Oyó el ruido de unas pisadas fuera en el rellano, demasiado pesadas para ser de Raven, demasiado torpes para uno de sus guerreros, el sonido de un hombre cojo. Se volvió esperando ver a Gustus, pero en vez de eso se encontró ante un ojo azul zafiro, otro tan blanco como el hueso pulido por el sol. Pelo oscuro y corto y una barba puntiaguda, una voluta de humo con aroma a miel y canela en los labios.
El gaijin de Lexa. El que se llamaba Piotr.
Se puso de pie, miró al ojos redondos, mientras empujaba su pena hasta la punta de los pies.
Respira.
Cruzó los brazos, le miró con ojos glaciales.
Simplemente respira.
—¿Qué quieres?
—Lexa —dijo el gaijin.
—No está aquí.
—Da —asintió él—. Sabiendo. Pero ella equivocada.
—¿Equivocada?
—Da.
—Me sorprendes, ojos redondos. Pensé que eras un perro fiel. ¿Es que no hay suficiente sitio en su regazo para ti y para los bastardos que lleva en la barriga?
A veces las palabras simplemente caían de sus labios, frías y crueles.
A veces no sabía de dónde venían.
Piotr sacudió la cabeza.
—No, de Gremio, Lexa dice verdad y esto Octavia sabiendo, yo he pienso. Pero Lexa equivocada de decir Octavia fea.
Octavia contuvo la respiración. Susurró:
—¿Qué has dicho?
Piotr hizo un gesto hacia su cara.
—Preciosa —sonrió.
Piotr dio media vuelta para mirar hacia fuera, al pueblo, al bosque de las Iishi, a las nubes de tormenta que se acumulaban por encima de sus cabezas. Daba la impresión de estar grabándose la imagen a fuego en la mente; el mar de hojas muertas y perennes, los ancianos árboles, los escarpados riscos que se alzaban imponentes hacia los atronadores cielos en lo alto. Al final, se volvió para mirarla otra vez, humo de miel y canela emanaba de su sonrisa. Caminó ruidosamente hacia ella por el suelo de madera, estiró el brazo para cogerle la mano. Y mirándola fijamente a los ojos mientras ella fruncía el ceño confusa, acercó los nudillos de Octavia a sus labios.
—Adiós, preciosa dama —dijo—. Esperando yo la veré cerca.
Con una mueca, giró sobre los talones y se alejó cojeando, los pistones de su rodilla rota siseaban, arrastraba una pesada bota por encima de los tablones sin pulir. Ella observó cómo se iba, sin decir ni una palabra. El viento danzaba entre los árboles, una ráfaga retiró el flequillo de su cara, fría y cargada de lluvia. Estiró los dedos hacia él, los mismos dedos que acababa de besar el gaijin. Habría sido una cosa sencilla entonces. Remeterse el pelo detrás de las orejas, dejar que el viento y el mundo vieran la cicatriz que él le había dejado. Habría sido una cosa sencilla, exhalar la bilis que llevaba en el interior, aceptar y respirar y ser. Una cosa sencilla.
Y la más difícil del mundo.
Sus dedos volvieron a colocar bruscamente el flequillo por encima de la cicatriz.
Y se quedó ahí sentada, sola, en la oscuridad, mirando la chimenea vacía donde una vez el fuego ardía.
