6
INSURRECCIÓN
Habían pasado ocho años desde que Lexa había visto la ciudad de Yama por última vez.
Hacía ocho años, una madre, un padre y una vida entera.
Los dos tigres del trueno sobrevolaron la metrópolis, con el rumor sordo de la tormenta que se avecinaba y la Kurea a sus espaldas. La capital Kitsune era un manchurrón sobre las contaminadas orillas del río, una costra de ladrillo y tejas sucias, rodeada por arrozales medio asfixiados y largas y humeantes franjas de tierras muertas. Las nubes de tormenta se iban amontonando una a una para ahogar al sol, el humo de la refinería magullaba el cielo.
Ahí está, Buruu. El hogar de mi clan. La sede del poder Kitsune en Shima.
IMPRESIONANTE.
¿Eso crees?
… NO, REALMENTE NO.
Bueno, pues estás de un humor maravilloso hoy.
ESTABA INTENTANDO SER EDUCADO.
Casi limítate a lo que se te da mejor.
AL SARCASMO, ENTONCES.
Bajaron un trecho en picado, Echo y Kaiah a su lado.
Observaron a los diminutos soldados que se habían congregado en las murallas de la ciudad para señalar al cielo y mirarlos asombrados. Lexa se sujetó la tripa, reprimió unas ligeras náuseas mientras el mundo subía a su encuentro. La capital Zorro era una fortaleza, construida a la sombra de las Montañas Iishi encantadas. Grandes murallas rodeaban la ciudad; la parte superior sembrada de concertinas. El río Amatsu cortaba la capital por la mitad, un islote solitario descansaba en medio de la corriente, unido a ambas orillas mediante anchos puentes. El Cabildo de Yama era un pentágono de piedra amarilla situado en el centro de la isla; una docena de naves voladoras flotaba alrededor de los muelles aéreos en ambas orillas. Al sur, se alzaba el enmarañado nudo de la refinería de chi, el Barrio Industrial, envueltos en mugre y humo tóxico. En la cima de una colina al oeste de la ciudad se cernía amenazadora Kitsunejō, la imponente fortaleza de los Zorros.
Tenía ocho años cuando nos marchamos de aquí. Recuerdo estar de pie junto a la barandilla y observar a las personas hacerse más y más pequeñas a medida que nos alejábamos volando. Con mi madre y mi padre a mi lado.
ESTARÍAN ORGULLOSOS DE TI, HERMANA.
¿Cómo lo sabes?
DEJASTE ESTE LUGAR SIENDO UNA NIÑA. VUELVES CONVERTIDA EN SEÑORA DE LAS TORMENTAS. ¿CÓMO PODRÍAN NO ESTARLO?
Lexa sonrió y le pasó los brazos alrededor del cuello.
Siempre sabes lo que hay que dec…
Una atronadora explosión reventó el cielo en mil pedazos, arrastrando la mente de Lexa de vuelta a la realidad. Bajó la vista hacia la ciudad, hacia el Cabildo de Yama. La torre se levantaba sobre un espolón de roca plana en el río Amatsu conocido como Último Islote. Era el símbolo del poder del Gremio en tierras Kitsunes. Un bastión de concertinas y cristales rotos y sucia piedra amarilla.
Y estaba en llamas.
La estructura estaba ahora ladeada, salía humo a borbotones por cuatro de sus cinco puertas, cubriendo el río con una sopa de remolinos negros. Lexa podía ver figuras entre la cortina de humo: formas insectoides revestidas de metal bruñido peleaban sobre puentes y en las estrechas callejuelas del lado oeste de Yama. Los ciudadanos simplemente estaban huyendo al otro lado del Amatsu como una marea arrolladora, maridos sujetando a esposas y madres sujetando a hijos. Varias explosiones subterráneas sacudieron la columna vertebral de la ciudad, el ¡popopopopop! de los lanzadores de shurikens, el hirviente silbido de los escupidores de fuego. El olor a sangre y combustible y carne chamuscada. Oyó un grito a su espalda, vio a Gustus sobre la cubierta de proa de la Kurea. Agitaba los brazos frenéticamente y señalaba a la antena de radio de la nave. Y, mientras se le caía el alma a los pies, Lexa se dio cuenta de lo que había ocurrido. Octavia había cumplido su palabra. Debía de haber informado por las frecuencias de los Kagés sobre la rebelión en el seno del Gremio. En cuestión de minutos, se había cargado lo que había llevado años, quizás décadas, construir. Y todo por culpa del odio…
Se produjo otra devastadora explosión en el Cabildo, el edificio se escoró peligrosamente. Humo negro llenó aún más el asfixiado cielo.
—Octavia —susurró Lexa—, puta asquerosa…
Buruu planeaba entre las cenizas y el humo mientras Lexa intentaba comprender lo que estaba pasando. Se deslizó tras los ojos de Buruu, vio a docenas de Hombres del Gremio luchando allá abajo, figuras desparramadas en las cloacas, latón roto del que salían hilillos rojos. Tantos…
¡No puedo distinguir a unos de otros! Vuela más bajo, Buruu. Podremos ver…
NO.
… ¿Qué?
NO DESCENDERÉ.
¿Qué demonios estás diciendo? ¡Tenemos que ayudar!
DEMASIADO PELIGROSO. PARA TI Y PARA ELLOS.
¿Los rebeldes? No vas a…
LOS HOMBRES DEL GREMIO NO, LEXA. LOS QUE LLEVAS DENTRO.
La mano de Lexa se deslizó hasta su estómago, hacia las chispas de calor ahí amontonadas.
¡Ahora no se trata de ellos!
TODO LO QUE HACES TRATA DE ELLOS.
Oh, DIOS MÍO, ¿no vas a empezar a ponerte todo macho conmigo ahora, no?
¿ACASO ESTOY EQUIPADO PARA HACER OTRA COSA?
¡Aún soy la misma persona! ¡No soy una maldita incubadora que tienes que envolver entre algodones!
METERTE DE CABEZA EN UNA REFRIEGA CONTRA CIEN CAUDILLOS DEL CHI EN GUERRA…
¡Allí abajo hay gente muriendo!
MEJOR ELLOS QUE TÚ.
¡Maldita sea, esa manera de pensar es la que nos ha traído hasta aquí! Que una vida es más valiosa que otra. Hombres del Gremio más valiosos que ciudadanos. Nobles más que plebeyos. Shimanos más que gaijins.
LEXA…
¡No! ¡O bien todas las vidas son lo bastante buenas para luchar por ellas, o no lo es ninguna!
Una atronadora onda expansiva chocó contra ellos, casi tira a Lexa de lomos de Buruu. Echo gritó, señaló hacia la refinería de chi, la impresionante bola de fuego que subía hacia los cielos. El complejo se hizo añicos como si fuera de cristal, el aullido de las sirenas y los chillidos se perdieron bajo el ensordecedor bostezo de la explosión. Llamas perezosas estiraron sus manos hacia arriba y hacia los lados, manchurrones negros cruzaron el cielo rojo sangre.
—¿Qué demonios está pasando? —gritó Echo.
—¡Octavia habló de los rebeldes del Gremio por la radio! Nadie los alertó, no se lo esperaban. ¡Tenemos que ayudarles!
—¿Ayudar a quién? ¡No puedo distinguir quién es rebelde y quién no!
ROJO.
La voz de Buruu resonó con eco en el lugar donde vivían los dolores de cabeza.
Lexa guiñó los ojos para intentar ver algo allá abajo, entre la sanguinolenta neblina negra. Vislumbró a dos Hombres del Loto abriéndose paso entre el destartalado laberinto, uno perseguía al otro, sus mochilas cohete escupían estelas de llamas blanco azuladas. El que iba delante estaba marcado con pintura roja, pinceladas caóticas por las hombreras, una línea bien marcada cortaba su cara sin facciones. El Hombre del Loto que le perseguía disparó una ráfaga entrecortada de shurikens desde un lanzador manual, las estrellas de metal relucieron como luciérnagas.
—¡Los que intentan huir! —gritó Lexa—. ¡Van marcados de rojo!
—¡Tienes razón! —chilló Echo—. ¡Deben ser los rebeldes! ¡Vamos! ¡Vamos!
Echo se apretó contra la columna de Kaiah y ambas se lanzaron en picado hacia el humo, girando en espiral mientras descendían. Kaiah golpeó un ala contra la otra y un estruendo ultrasónico de Canción Raijin se extendió a su alrededor como un tsunami, desperdigando a los Hombres del Gremio por toda la calle a sus pies. Buruu tenía los ojos fijos en la carnicería. Ráfagas de shurikens cortaban conductos de combustible, destruían tanques de chi. Pequeñas bolas de fuego, grupúsculos enredados y torpes reyertas, Hombres del Loto que colisionaban en medio del aire y caían hacia una muerte segura bajo las casas que se desmoronaban. Ciudadanos huyendo del infierno en el que solía estar la refinería, figuras diminutas tirándose al río Amatsu, sus mugrientas «aguas» ya en llamas.
Buruu, se están muriendo. ¡Tenemos que ayudarles!
El arashitora no dijo nada, los ojos ambarinos fijos en la carnicería que tenía lugar a sus pies. Los dedos de Lexa acariciaron su vientre, el lugar en el que no se permitía pensar. Se estiró en el Kenning y sintió el calor que en él había, resistiéndose al impulso de dar media vuelta.
Hermano, necesito que estés de mi lado. De nuestro lado. Ahora, más que nunca.
Buruu suspiró desde la punta de las plumas. La mortecina luz del día relucía sobre el metal que cubría sus alas, el cristal polarizado que cubría los ojos de Lexa, los Hombres del Gremio luchando y muriendo allá abajo.
¿Y DE QUÉ OTRO LADO IBA A ESTAR?
Y como una piedra, cayeron del cielo.
No había sitio en la cabeza de Echo para la comprensión.
La violencia y la muerte no eran ningunas extrañas para la chica; durante toda su vida, ella y Murphy habían luchado por cada centímetro, cada resto de comida y cada desesperada bocanada de aire. Pero esto era diferente. Esta era una batalla de la que hablarían los libros de historia. Este era un día que la gente recordaría. ¿Dónde estabas cuando los rebeldes se levantaron en armas y prendieron fuego a la ciudad de Yama? ¿Dónde estabas cuando empezó la Guerra del Gremio?
Bueno, pues da la casualidad de que yo estaba allí. Cielos pintados de sangre, volaba a través del humo y las llamas montada a lomos de una maldita tigresa del trueno.
Había recorrido las calles de Kigen durante años metida en la mente de Daken, la intensidad del olor y la vista y el instinto del gato potenciaban sus propios sentidos. Pero la mente de Kaiah estaba llena de una sobrecarga de sentimientos salvajes, predatorios. Nada que hubiese sentido con Daken, nada tan complejo; casi la hacía sentir culpable, haber forjado un vínculo tan profundo y tan deprisa. Podía sentir el humo en los ojos de Kaiah, las furiosas corrientes térmicas bajo sus alas, el peso de la diminuta niñamono sobre su lomo. Pero al mismo tiempo, Echo seguía estando dentro de su propia cabeza, con el pelo enredado por el viento pegado a las mejillas, la excitación palpitaba contra sus costillas con la fuerza de un martillo pilón. El aire estaba lleno de esquirlas de metal, Kaiah subía y bajaba y zigzagueaba entre una lluvia de shurikens. Hombres del Gremio caían del cielo a su paso, llamas blanco azuladas y pequeñas nubecillas de sangre, borboteos, chillidos metálicos. Echo sintió un impacto sobre el hombro, luego se dio cuenta de que Kaiah tenía un rasguño, no ella. Sintió un dolor punzante en la pata de Kaiah, miró hacia abajo y encontró una centelleante estrella de metal clavada en su propio muslo. Y allí, en medio del humo y los gritos y la sangre, se dio cuenta de que no podía distinguir dónde acababa ella y dónde empezaba la tigresa del trueno. Desgarraban y mordían, arrancaban y rugían, solo aquellos marcados de rojo quedaban intactos. En algún momento, al atravesar la cortina de humo, vieron soldados, Samuráis de Hierro que avanzaban bajo la bandera negra de los Kitsunes. Echo dedujo que el Daimyo del clan Zorro debía de haber enviado a las tropas a restablecer el orden. Vio a un general a la cabeza de los soldados e hizo todo lo que pudo por pronunciar palabras en lugar de un grito informe.
—¡General! ¡Los Hombres del Gremio que llevan pintura roja… son rebeldes! ¡Están de nuestro lado!
Oyó un rugido por detrás, se volvió para ver a Lexa y a Buruu cortar a través del aire, sangre salpicada sobre plumas blancas como la nieve y piel blanca como la nieve. Lexa iba bien erguida, llevaba una katana desnuda en la mano que lanzaba destellos bajo aquella luz infernal.
—¡Rebeldes! —gritó, señalando a la Kurea—. ¡Os ofrecemos refugio! ¡Dirigíos a nuestra nave!
Echo vio a los Hombres del Gremio leales al régimen desperdigarse aterrorizados ante la llegada de Lexa. Tres Hombres del Loto que le estaban pegando una paliza a un rebelde huyeron en estampida como una bandada de gorriones cuando su sombra se cernió sobre ellos. Motas de llama blanco azulada volaron sobre la ciudad, leales al Gremio que huían a través del humo y los gases de escape hacia su torre derruida. Buruu rugió, llenó el cielo de truenos.
—¡La Señora de las Tormentas! —gritó uno de ellos—. ¡Corred mientras podáis!
Y correr es lo que hicieron. Huyeron hacia los muelles en tropel, hacia las enormes formas de los acorazados concentradas alrededor de las torres de atraque. Artífices salían corriendo de su torre derruida, seguidos de figuras con cintura de avispa y cuchillas plateadas adosadas a la espalda. Los samuráis Kitsunes cargaron por los puentes del Amatsu, acelerando los motores de sus espadas de sierra, increpándoles a rendirse mientras los leales al Gremio se apelotonaban en sus naves. Echo estaba sangrando, una herida en el muslo, otra en el antebrazo. Pero el pulso rojo, rojo, palpitaba por sus venas, y el humo y la muerte llenaban sus pulmones y supo, supo desde lo más profundo de su ser, que aunque esto pudiera no estar bien, al menos era justo, y aunque las paredes y los techos pudieran estar pintados de rojo, esto era lo más parecido a un hogar que había conocido jamás. Las hélices zumbaron en masa por los muelles aéreos, la flota del Gremio soltó amarras y puso los motores a plena potencia. La flota Kitsune empezaba a zarpar de sus propios muelles en la orilla oeste, disparando sus lanzadores de redes y haciendo rugir sus motores; naves de ambos bandos escoradas y lisiadas. Los acorazados del Gremio dejaron caer ráfagas de fuego fulminantes, obligando a Buruu y a Kaiah a apartarse de la embarcación más grande y más distinguida. Cuarenta y cinco metros de eslora, nombre pintado en los flancos con grandes kanjis bien marcados: Comedora de Loto. Era una fortaleza flotante cuajada de torretas para los lanzadores de shurikens; se elevaba pesadamente llenando de muerte los cielos a su alrededor.
—¡Esa debe ser la nave del Segundo Brote! —gritó Lexa
—¿Deberíamos dejarle escapar?
Kaiah rugió, su sed de sangre inundó a Echo y latió con fuerza en su pecho.
…DEBERÍAMOS MATAR AHORA. GOLPEAR MIENTRAS DÉBIL…
—¡No creo que podamos acercarnos! —chilló Lexa—. Va demasiado bien armada. Además, nos tenemos que reagrupar. Hablar con los rebeldes. Docenas de ellos murieron hoy por culpa de la jodida cabezonería de Octavia. Tenemos que reparar esa brecha. Tenerlos como aliados va a ser más útil que matar al Segundo Brote de un cabildo derruido.
Echo hizo un gesto afirmativo, se irguió sobre Kaiah y luchó contra el impulso de arrancar del cielo cualquier cosa en movimiento. La flota Kitsune persiguió a las naves del Gremio que huían, pero parecían más interesados en proteger la ciudad que en impedir que el Gremio se fuera. Dos naves del Gremio lisiadas estaban siendo abordadas, las tripulaciones se estaban defendiendo con dedicación suicida. El eco tartamudo de los lanzadores de shurikens rebotaba por todo el cielo.
—Deberíamos ayudar a los Kitsunes —dijo Echo—. Esas tripulaciones del Gremio no van a…
—Echo… —Lexa señaló hacia la Comedora de Loto— Mira.
Echo se coló detrás de los ojos de Kaiah sin pensar, su vista aguda como una aguja a través del resplandor y el humo. Podía ver figuras en la torreta de un lanzador de shurikens sobre la lona inflable de la Comedora de Loto: dos Hombres del Gremio forcejeaban con un tercero. Mientras observaba, el luchador solitario le dio a uno de los asaltantes una patada en el pecho y lo lanzó rodando por los aires. El Hombre del Gremio que caía puso en marcha el cohete de su mochila, consiguió subir hasta ponerse al mismo nivel que la cubierta. Le gritaba al resto de la tripulación, que parecía no haberse dado ni cuenta de lo que ocurría; señalaba al forcejeo que tenía lugar sobre sus cabezas.
Los arashitoras se acercaron más, volando en círculo.
Observaron a media docena de Hombres del Loto saltar por encima de la barandilla y dirigirse propulsados por sus cohetes hacia la reyerta. Mientras tanto, el Hombre del Gremio que peleaba en solitario había tomado ventaja: le había arrancado un puñado de cables a la mochila de su oponente y lo había lanzado al vacío de una patada. Su traje atmos estaba manchado de hollín y humo, pero desde luego que no iba pintado de rojo.
Echo gritó por encima del rugido de los motores y el viento.
—Si no es un rebelde, ¿por qué están peleando?
Lexa encogió los hombros, gritó de vuelta:
—¿Infiltrado?
El Hombre del Gremio se encaramó a la torreta del lanzador de shurikens y apuntó el cañón hacia el globo hinchable. Disparó, las estrellas atravesaron la lona reforzada. El aire se llenó del agudo chillido del hidrógeno en escape libre mientras el compartimento empezaba a deshincharse. De pie al borde del rasgón, el Hombre del Gremio se arrancó el mecábaco del pecho bajo una cegadora lluvia de ardientes chispas rojas.
—¡Muerte a las Serpientes! —gritó.
—Oh, Dios… —murmuró Echo.
Una minúscula llamarada de luz, una burbuja de llama, candente. Una décima de segundo de no sonido, nada parecido al silencio. Y luego una explosión, un devastador fogonazo de llamas que se extendieron más deprisa que un incendio de monte bajo en un día de verano. Echo levantó la mano para protegerse de la luz, la Comedora de Loto aulló con una voz de maderos fracturados e hidrógeno ardiendo y hombres muriendo. La gran nave cayó como una piedra, dejando una enorme y aullante estela de humo por el cielo, para acabar estrellándose de bruces en un barbecho tres kilómetros al sur de los muros de Yama. La tierra se sacudió cuando la pareja se abrazó como amantes llenos de odio; los temblores duraron a gusto medio minuto más de lo que hubieran debido, tierra y tejas resbalaban de los tejados de Yama y se estrellaban sobre los adoquines de las calles. El resto de la flota del Gremio escapó tan deprisa como podían llevarlos sus motores, al sur, hacia las Montañas Tōnan y la fortaleza de la Primera Casa.
Se ha suicidado.
Echo tenía el ojo fijo en los restos de la Comedora de Loto, el humeante agujero en la tierra servía ahora de fosa común. Los pensamientos de Kaiah retumbaban en su cabeza.
… ¿QUÉ?…
Ese Hombre del Loto en el globo. Sacrificó su propia vida para matar al Segundo Brote de Yama.
…VALIENTE…
Yo no diría valiente. Diría triste.
Se volvió hacia Lexa.
—¿Cómo pudo hacer eso?
Los ojos de la Señora de las Tormentas estaban fijos en los humeantes restos, su cara pálida como la ceniza. Parecía mayor entonces. El peso del mundo ahogaba a la chica cuya piel vestía, dejándola cansada más allá de los años y el sueño. Levantó la voz por encima del aullante viento.
—Esto es la guerra, Echo —explicó—. Es sangrienta y fea y va a morir gente. Quizás tú. Quizás yo. Demonios, quizás ninguno de nosotros salga con vida.
—¿Podrías hacer eso?
—¿Hacer qué?
—¿Matarte así? Lanzarte al fuego de buena gana para obtener una pequeña victoria.
—No estoy segura de que existan victorias pequeñas en una lucha a muerte. Cuando hay cosas tan importantes en juego, cada paso que nos acerque al final merece la pena.
—¿Pero podrías morir por ello? ¿Sabiendo que nunca verás el final?
Echo miró a través de los cielos ennegrecidos a la chica montada en su tigre del trueno, la chica que había matado a un Shōgun, acabado con una dinastía, empujado a una nación a rebelarse. Vio la mano de Lexa apretada contra su tripa.
—No lo sé. —Dejó caer la mano a un lado—. Pero me parece que lo averiguaremos antes de que la canción termine de cantarse.
