7
A LA SOMBRA DEL COLOSO
Quince días.
Roan estaba de pie en el balcón de su habitación, observaba la ciudad removerse a sus pies. La orquesta de motores y tráfico y personas era ocasionalmente interrumpida por una canción lastimera: los gorriones que habían sobrevivido al ataque de los Kagés, con las plumas cortadas ahora chamuscadas por los incendios que habían casi destripado el palacio del Shōgun. Hiciera lo que hiciera, Roan no conseguía quitarse aquel hedor de la piel. La víspera, se había frotado tan fuerte en la casa de baños que el agua quedó teñida de rojo cuando terminó. La ciudad era una concha hueca, la gente deambulaba por las calles aturdida. Roan había ordenado que se abrieran las arcas imperiales para aliviar el sufrimiento, pero las colas delante de las panaderías aún daban la vuelta a la manzana, los precios subían vertiginosamente mientras el Cabildo de Kigen bombeaba cada gota de combustible hacia el norte para abastecer al Arrasador. El mercado negro crecía a ojos vista, las bandas de yakuzas que lo dirigían se hacían más osadas día a día. Y Roan no podía dedicar ni un momento a pensar en ello.
Norte. Una marcha de quince días a la sombra de un coloso, para internarse en las profundidades de las Montañas Iishi.
Y todo acabaría. El peso de ese brazo falso que habían insertado en su cuerpo, ese halo de vergüenza que habían puesto sobre su cabeza. Quince días y todo eso acabaría.
Dios, parecía una eternidad.
¿Por qué le importaba todavía? ¿Por qué sacarle a Lexa hasta el último hálito de vida llenaba sus sueños? Él ya estaba muerto; cada mañana pintaba su cara con cenizas de ofrendas funerarias. El color de la muerte teñía la armadura que en un pasado fugaz había vestido con tanto orgullo. Había significado tanto para él entonces, pero ¿qué había significado Lexa?
Un encaprichamiento era todo lo que había sido en realidad. Una intoxicación que se había ido disipando a la luz del amanecer siguiente. Y aun así, había llevado la nación a la guerra. Clan contra clan, sangre contra sangre. Esta avalancha que había empezado siendo tan pequeña, con un beso húmedo de lágrimas después de que Wells sembrase la arena de plumas cortadas. Eran adolescentes. Por el aliento del Hacedor, eran niños.
¿Quién en el nombre de todos los dioses creían que eran, arrastrando la nación a la destrucción?
El sonido de unos nudillos blandos sobre madera dura. La respiración ligera como una pluma de su mayordomo.
—Disculpas, Daimyo. Tenéis honorables invitados.
—Estoy a punto de partir hacia los campos de pruebas y la guerra. ¿Quieres que me siente a tomar el té con algún burócrata antes de que me vaya?
—No, gran Señor. Disculpas pero…
—¿De quién se trata? —Roan se volvió hacia su acobardado sirviente—. ¿Algún gordo neochōnin llorando sobre lo mucho que ha subido el precio de los esclavos?
—Es el Señor Tora Orochi.
A Roan le dio un vuelco el corazón, se le secó la sangre en las venas. El mundo era de pronto varios tonos demasiado brillante.
Demasiado sonoro. Demasiado real.
Después de todo ese tiempo…
Su voz no fue más que un susurro por debajo de la agonizante canción de los gorriones.
—Padre…
El salón del trono estaba tan silencioso como la tumba de Wells.
Una luz barrosa se filtraba a través de las altas ventanas, largas franjas de iluminación pintada por un pincel torpe sobre la mortaja de cenizas. Una alfombra rojo sangre marcaba el camino hasta el trono del Shōgun, una brisa carbonizada rozaba sutilmente los grandes tapices. El trono en sí era inmenso: un llamativo bulto de tigres dorados y cojines de seda que proyectaba una sombra ganchuda por el suelo.
Roan nunca había reunido el valor suficiente para sentarse en él.
Dos figuras esperaban a sus pies. Una mujer, vestida con un jūnihitoe tan rojo como la sangre del corazón, bordado con flores doradas. Llevaba la cara pintada de blanco, el pelo negro azabache recogido en un moño en espiral atravesado por agujas relucientes. Levantó la vista hacia Roan cuando este entró en el salón y él le sostuvo la mirada por el más breve de los instantes, con un dolor sordo anclado en el pecho.
Madre.
Posó la vista en la figura que ella tenía a la izquierda y todo sentimiento de alegría o tristeza desapareció de golpe, dejando solo una nada vacía a su paso. Una voz de la infancia, dura, cargada de reproche. Una mano levantada y el recuerdo de unas lágrimas vergonzantes.
Padre.
Estaba sentado en la silla. Esa maldita silla que era su hogar, su concubina, su condena. El respirador que le cubría la cara era una cosa pesada, sin ninguna gracia, hecha de goma y latón, ajustada con gruesas hebillas detrás de la cabeza; largo pelo canoso, todavía recogido en trenzas de guerrero. Pero no era un guerrero el que se sentaba en esa silla, no. La concha de uno, quizás. Uno que soñaba con el pasado, antes de que los rotorcópteros gaijins derribaran su nave del cielo, dejándole retorcido entre los restos en una llanura morchebana. Su rostro era un manojo de cicatrices. Su brazo izquierdo seco, amarrado en su sitio. Un abultado nudo de cables y fuelles estaba conectado a su pequeño trono de hierro; su delgado pecho se movía con una cadencia regular, como un mecanismo de relojería, como el brazo que colgaba a un lado de Roan, como la voz en la cabeza de Roan.
—Señor Orochisan —dijo—. Señora Shizukasan. Me honran con su presencia.
—Gran Daimyo. —Su padre habló con un torturado hilillo de voz—. Que el Dios Izanagi bendiga… vuestra casa.
Su madre se arrodilló, apoyó la frente sobre el suelo de madera.
—Gran Daimyo.
Roan dio un paso al frente, estirando una mano.
—Madre, no…
Una mirada cortante de su padre, a medio camino entre la indignación y el horror. Sus ojos obligaron a Roan a parar en seco, le cogieron por la culera del pantalón y le levantaron del suelo, el dolor del raspón en la rodilla o de los nudillos magullados o del tirón en la espalda, olvidados de golpe.
Un samurái no muestra emoción. Ni dolor. Ni temor. Nunca.
Roan se cubrió el puño e hizo una reverencia.
—Señora Shizukasan. Honra a su Daimyo. Levántese, por favor.
Él podía verlo en la cara de su madre: cómo ansiaba abrazarle y cubrir su cara de besos como había hecho cuando era un niño. Pero en lugar de eso, se levantó despacio, con los ojos fijos en el suelo, la boca firmemente cerrada. Como debía ser. Como era apropiado.
—¿A qué debo el honor de su presencia en el Palacio del Tigre? —preguntó Roan—. El viaje desde la provincia de Blackstone no ha debido de resultar fácil dado su… estado.
—No ha sido molestia, gran Daimyo. —Orochi agitó su mano buena como si espantara un insecto—. Nos ha llegado noticia de que os habéis consignado al suicidio… después de que la asesina del Shōgun sea despachada…
Roan miró a su madre entonces, pero todavía mantenía la vista fija en el suelo. ¿Podían haber venido a convencerle de que no lo hiciera? ¿A decirle que se apartara y dejara todo esto atrás?
—Yo… es decir, nosotros… —Orochi aspiró una temblorosa bocanada de aire—, …deseábamos que supierais que…
¿Podía ser?
—Vuestras acciones nos enorgullecen… Me enorgullecen.
No.
Roan se encontró hablando con una voz que no sonaba para nada como la suya.
No, por supuesto que no.
—Me honra, Señor Orochi.
—La vergüenza de vuestro fracaso… ha sido difícil… de soportar para vuestra madre y para mí. Muchas noches pasé sentado con la espada en la mano… contemplando la posibilidad de mi propio seppuku en protesta porque vos… no hubierais seguido a vuestro Señor a la muerte.
Orochi apretó la palanca de control con su mano lisiada, la silla rodó hacia delante sobre cuatro gordas ruedas de goma. Se paró lo bastante cerca como para que Roan pudiera ver el brillo en sus ojos.
—Pero yo sabía que haríais… lo que os exige el honor. Que vos y la Élite les ahorraríais a vuestras familias la deshonra… de vuestro fracaso.
Espadas de madera en el jardín a las puertas de su casa. El viento soplando entre los tallos de loto. Sin sitio para las lágrimas. Sin sitio para el dolor. Blandir la espada larga y la corta, y luego morir.
—No fracasaré, padre. Nuestro honor será restaurado.
—Lo sé. —Un gesto afirmativo con la cabeza—. Sois samurái… hijo mío.
—Gentil esposo, —dijo su madre—. ¿La carta?
Una mirada glacial por encima del hombro de Orochi la silenció como una bofetada.
—¿Carta? —Roan miró del uno al otro—. ¿Qué carta?
—La enviasteis en verano —musitó al final Orochi, casi sin aliento—. Pero con la noticia del asesinato de Wells… supusimos que os habríais suicidado. Por ello, no contestamos.
—Mencionasteis… —La mujer miró a su hijo, con una esperanza desesperada en los ojos—. Mencionasteis a una chica que habíais conocido… Alguien a quien deseabais cortejar…
Orochi se aclaró la garganta.
—Entendednos, preguntamos para determinar si… se hicieron algún tipo de… promesas… Promesas que vuestra familia deba honrar una vez que hayáis muerto.
Ella yacía entre sus brazos en la oscuridad pringosa de sudor, con la mejilla apoyada sobre su pecho. Podía oler su pelo, su perfume; tenía su sabor aún pegado a los labios.
—Cuando el Shōgun se haya calmado, —le había dicho—, le pediré permiso para cortejarte. Le he enviado una carta a mi padre…
¿Cortejarme? —dijo Lexa—. ¿Para qué demonios quieres hacer eso?
—Para poder estar contigo.
—Roan, estás aquí conmigo ahora mismo —dijo riéndose.
Sus besos sabían a verano…
—No —dijo Roan—. No se hicieron promesas. No deben preocuparse por ella en absoluto.
—Bien —asintió su padre—. Eso está bien.
Y se quedaron ahí de pie, el silencio le golpeaba como la negra agua salada en la Bahía de Kigen. Corroía. Erosionaba. Ola tras ola se estrellaba contra él, a cada respiración, llevándose consigo un pedacito de su ser cada vez que se retiraba a toda prisa hacia el mar. Montado a hombros de su padre cuando era demasiado pequeño para ver por encima de las plantas de loto, maravillándose ante el mundo más allá de sus tierras. Levantando la espada de su padre por primera vez, observando la luz besar la hoja. El día en que le aceptaron en la Élite Kazumitsu, la única vez que había visto lágrimas en los ojos de su padre. Todo iba desapareciendo, ola tras ola, dejando solo la mancha. La carga. El fracaso que le habían enseñado a nunca aceptar.
—Debo partir hacia los campos de pruebas —se encontró diciendo al fin—. Mis hombres me esperan.
—Por supuesto, Daimyo —asintió su padre—. No dejéis que os entretengamos.
Roan tragó saliva. Hizo una reverencia.
—Adiós, padre.
Orochi le devolvió la reverencia. Sin luz alguna en los ojos. Sin ningún temblor en la voz.
—Adiós, hijo mío. Que el Dios Izanagi os dé la fuerza… para morir bien.
Roan se volvió hacia la mujer que le había traído al mundo.
—… Adiós, madre.
Entonces ella se derrumbó. Cayó de rodillas y lloró, con la cara escondida entre las manos. Todo lo que tenía dentro empujaba a Roan hacia ella, debía envolverla entre los brazos y decirle que todo iría bien, que no era culpa suya. Todo lo que tenía dentro le gritaba que debería moverse, hablar, hacer algo. Tres palabras susurradas por su padre le retuvieron:
—Me avergüenzas, mujer…
Los sollozos se acallaron, una puerta cerrada de un portazo, se hizo el silencio otra vez. Los momentos se sucedieron en olas, cada segundo que pasaba ahí de pie hacía desaparecer otro trozo de su ser. Y cuando todo se hubiera ido, cuando todo lo que era hubiera huido, ¿qué habría?, ¿qué quedaría entonces?
Sin otra palabra, dio media vuelta y salió de la sala con paso decidido.
