8

EL SEÑOR DE LOS ZORROS

Los rebeldes del Gremio estaban en silencio sobre la cubierta de la Kurea. En Yama aún resonaba el eco de las explosiones que anunciaban que habían sido descubiertos. Un amasijo de latón y sangre. Salpicaduras escarlatas en sus hombreras y en sus caras, manchurrones de hollín y humo. No quedaban más que una docena. Lexa estaba de pie con Buruu; Gustus y Raven a su lado. Echo y Kaiah estaban encaramadas sobre la popa, la tripulación del Mirlo y los refugiados Kagés apiñados tan lejos de los Hombres del Gremio como podían. Murphy estaba solo, sentado en la cubierta de proa, con la vista perdida en la asolada metrópoli a sus pies. El aroma a humo susurraba en el aire, lamía la parte de atrás de la garganta de Lexa, se aferraba a las plumas de Buruu entre la promesa de una lluvia inminente.

Unos truenos retumbaban al norte.

Debería hablar con ellos.

TENDRÁS QUE HACER MÁS QUE HABLAR, HERMANA.

¿Vienes conmigo?

SIEMPRE.

Dieron unos pasos hacia ellos, despacio, Lexa sostenía las manos en alto y bien visibles. El tigre del trueno iba por delante, lo bastante cerca para seguir tocándose, con la cola enroscada hacia arriba como si estuviera acechando a una presa. Ella podía sentirlo, duro como el acero bajo una gracia felina, un rugido bullía justo por debajo de su superficie.

—Lo siento —dijo Lexa, con los ojos fijos sobre el grupo de Hombres del Gremio—. No era mi intención que esto fuera de así. Nunca quise que esto ocurriera.

Era un grupo de lo más variopinto. Tres Hombres del Loto, manchados de sangre y cenizas. Un Artífice con su único ojo rectangular y su piel a modo de caja de herramientas. Dos Vidas Falsas embutidas en satinadas membranas marrón tierra, con las patas de araña desplegadas a la espalda.

Detrás de ellos había un puñado de figuras más pequeñas, vestidas con simples trajes atmos de cuero suave y reluciente latón.

Media docena en total, algunos solo un poco más grandes que un bebé. Lexa oyó a uno de ellos hipar, un débil lloriqueo distorsionado dentro de su casco.

Dios mío, son niños…

Su rebelión se había estado fermentando dentro del Gremio durante Dios sabe cuánto. ¿Quién sabe cuáles habían sido sus planes? ¿Cómo de cerca estaban de conseguirlo? Y ahora, no quedaban más que cenizas, sus hermanos y hermanas masacrados por la desconfianza de Octavia. Pero ¿podía Lexa realmente culpar a Octavia de todo esto? Por el aliento del Hacedor, el Gremio se había llevado a su padre. Solo los dioses sabían los horrores por los que habría pasado Daichi desde entonces.

Una vez más, todo se reducía a ella. Sus acciones. Su traición.

Clarke.

Aspiró una única bocanada de aire temblorosa.

Clarke, maldita seas.

—Los Kagés retransmitieron información sobre vuestra rebelión contra mi voluntad —dijo—. Nunca quise poneros en peligro, a ninguno de vosotros. Quiero que seamos…

—¿Sabes cuántos de nosotros han muerto hoy?

El que habló era uno de los Hombres del Loto. Los brazos cruzados, la piel salpicada de sangre.

—No —admitió Lexa—, pero lo siento muchísimo. No tenía que haber muerto ni una sola persona.

—La gran Señora de las Tormentas —dijo con desdén el Hombre del Loto—. Asesina de Shōgunes. Destruidora de dinastías. ¿Esperas que creamos que los Kagés hacen algo sin tu permiso?

—Los Kagés existían desde mucho antes de que yo apareciese. Y si la disidencia puede fracturar el Gremio del Loto, podéis estar jodidamente seguros de que una facción de anarquistas, pirómanos y fanáticos pueden encontrar la forma de discutir sobre el color del cielo.

—Diez.

Las palabras provenían de una de las Vidas Falsas, sus brillantes ojos bulbosos fijos en Lexa. Llevaba un niño del Gremio acunado entre los brazos, un bebé vestido de latón y cuero que no podía tener más de un año. Su voz sonaba como una bota de hierro pisando caparazones de escarabajo.

—Perdimos a diez compañeros —repitió.

—Que Enmaō los juzgue con justicia.

—No creemos en vuestros dioses, Señora de las Tormentas.

—Entonces solo puedo deciros que lo siento.

—Como lo sentimos nosotros —masculló la Vida Falsa—. Como lo sienten sus hijos. ¿Es que los Kagés no se daban cuenta de lo que el Gremio haría cuando me nombraron en la radio?

—Tú eres Misaki… —murmuró Lexa.

—Nos dejaron a todos al descubierto ante nuestros verdugos. No solo a nosotros, ¡a nuestros hijos! ¡Animales! ¡Bastardos!

—Misakisan, lo siento…

—¡DEJA DE DECIR ESO!

El bebé que tenía en brazos empezó a llorar; un llanto distorsionado y metálico que le puso a Lexa todos los pelos de punta. La Vida Falsa lo apretó contra su mejilla, ocho brazos plateados rodearon al bebé mientras lo mecía adelante y atrás, susurrando palabras que Lexa no podía oír. Los refugiados Kagés susurraron entre ellos, el viento susurraba entre las jarcias.

Dios mío, esto es surrealista.

¿QUÉ LLOREN A SUS MUERTOS?

No, yo solo… escondidos detrás de esos trajes. Esas máscaras. Nunca pensé en ellos como padres que amaban a sus hijos. Nunca me di cuenta…

—Tengo algo para ti, Misakisan —dijo Lexa.

—Tú no tienes nada que yo quiera o necesite, chica.

Lexa metió la mano en su obi, al lado de la katana de Daichi, del tantō de hoja corta que le había regalado su padre. La cartera era de cuero ajado. Lexa se la ofreció a la Vida Falsa sobre la palma de la mano.

—¿Qué es eso?

—Una carta —explicó Lexa—. Del padre de tu hija.

—… ¿Takeo?

Buruu tenía todos los pelos erizados cuando Lexa le entregó la cartera a Misaki. La Vida Falsa meció al lloriqueante bebé entre los brazos, sacó la carta con sus extremidades falsas. El papel estaba manchado de sangre y sal y lluvia. Lexa podía recordar las palabras como si las hubiera leído la víspera. Era una misiva del Hombre del Gremio que le había salvado la vida a Piotr, a la mujer a la que quiso hasta el momento de morir. Le rogaba que siguiera luchando y consiguiera que el Gremio se arrodillara. Muerte a las serpientes, lo que quiera que eso significara. Libertad para Shima.

Una declaración de amor, para esta mujer y la niña entre sus brazos.

Oyó unos sollozos ahogados, vio que a Misaki le temblaban los hombros. La mujer cayó de rodillas sobre la cubierta de la Kurea, con la carta apretada contra el pecho. Otra Vida Falsa cogió a la niña de entre sus brazos cuando Misaki se hizo un ovillo y chilló; chilló de pena y de rabia, tan llena de dolor que a Lexa se le llenaron los ojos de lágrimas. La niña empezó a chillar también, era como el eco de los sollozos de su madre, hizo llorar a algunos de los demás Niños del Loto. Un coro de llantos inundó la cubierta de la nave voladora, los caminantes de las nubes del Mirlo observaban vacilantes, con las manos simplemente apoyadas sobre la empuñadura de sus armas. Misaki empezó a arañar los bulbosos ojos incrustados en su máscara. Al fin consiguió soltarlos y se arrancó la piel artificial que le cubría la cabeza, como si se estuviera asfixiando. Ojos de párpados gruesos inyectados en sangre, piel pálida anegada en lágrimas. Un óvalo amable con labios delicados, sin pestañas, sin cejas, sin pelo.

Venas marcadas. Dientes apretados.

Las palabras «Lo siento» asomaban patéticas sobre la punta de la lengua de Lexa. Mordió fuerte, las sintió morir. ¿Habría supuesto alguna diferencia que alguien le hubiese dicho «lo siento» después de que muriera su padre? ¿Es que «lo siento» hacía algo por aliviar el dolor, la impotencia, el miedo a recorrer la vida sola?

Lo siento no eran más que palabras.

LAS PALABRAS TODAVÍA TIENEN PODER. INCLUSO AQUÍ INCLUSO AHORA.

En algunos sitios, no tienen poder ninguno.

ESO NO ES VERDAD.

El invierno se acerca. Caerán las lluvias negras. El Arrasador avanzará. Sangre como un río, dijiste, ¿lo recuerdas?

Lexa sacudió la cabeza.

El sol se está poniendo sobre el tiempo de las palabras, Buruu.

Una ráfaga de viento, el crujido de la madera. Una sombra cayó sobre los Hombres del Gremio allí reunidos cuando Kaiah y Echo aterrizaron cerca del manojo de latón y llantos y lágrimas. Los Hombres del Loto se pusieron tensos, la segunda Vida Falsa levantó sus brazos de cuchillas en señal de amenaza. Pero cuando la chica se deslizó de lomos de la tigresa del trueno, la luz de su ojo hizo que los Hombres del Gremio se apartaran a un lado. Echo se abrió paso amablemente entre el grupo para ponerse ante la mujer que sollozaba sobre la cubierta.

Kaiah le dio un empujoncito con la cabeza al hombro de Misaki.

La Mujer del Gremio levantó la vista, con las mejillas arreboladas; se quedó mirando a la tigresa del trueno muda de asombro. La arashitora le dio otro empujoncito, pasando la vista de Misaki a su hija en brazos de la otra Vida Falsa.

—Dice que ella sabe lo que es perder a su compañero. —La voz de Echo estaba teñida de pesar—. Puedo sentirlo dentro de ella. Esa pérdida… Me duele con solo mirarla. —La chica se arrodilló sobre el suelo de madera, cogió la mano de Misaki—. Pero Kaiah dice que al menos aún tienes a tu hija. Aún conservas algo de él. Y cada vez que la mires, le verás a él dentro de ella y sabrás que aún está contigo.

La mujer se secó las lágrimas de los ojos, miraba fijamente a la chica. Se volvió hacia la Vida Falsa que sostenía a su hija y la cogió otra vez en brazos. Manipuló una hebilla en el cuello de la niña, el cuello de latón se desplegó como los pétalos de una flor. Misaki retiró el casco de la cabeza del bebé, apretó su mejilla desnuda contra la piel de la chiquilla. Los ojos cerrados, respiró una bocanada larga y profunda. Un trueno retumbó en algún lugar a lo lejos, una promesa del caos por venir. Lexa recordó a su madre sentada al lado del fuego, cantando con una voz que hacía llorar a las montañas. Se acercó a Buruu, le pasó los brazos alrededor del cuello, agradecida de su calor. Podía sentirlos a todos en el Kenning, un dolor afilado como un cuchillo se avivó en la parte de atrás de su cabeza. Las imposibles marañas de pensamiento; los caminantes de las nubes y los refugiados, los rebeldes en sus conchas de latón, dos nudos de luz que descansaban en su tripa. Ninguno de ellos distintos. Ni marineros ni rebeldes ni guerreros ni víctimas. Solo personas. Todos ellos. Vivitos y coleando.

—Gracias —susurró Misaki.

—Está bien —dijo Echo—. Todo va a ir bien.

¿VES?

Buruu hizo un gesto afirmativo con la cabeza, observó cómo desaparecía la pena, cómo florecía la luz en los ojos de la mujer al besar la diminuta curva de los labios de su hija. El viento era agua fría, ensuciaba las plumas de su cabeza; los maderos bajo sus patas retumbaron cuando ronroneó

SIEMPRE HAY TIEMPO PARA LAS PALABRAS.

Lexa y Buruu despegaron de la cubierta de la Kurea y se dejaron caer a través de los cielos rojo sangre. Volaron por encima de la ciudad de Yama, Echo y Kaiah a su lado. Una fina neblina de humo flotaba sobre los edificios apelotonados; el Cabildo de Yama no era ya más que una concha vacía y humeante.

Dirígete a la fortaleza del Daimyo, Buruu. Tenemos que tener una pequeña charla con el líder del clan Kitsune. Intentar explicarle esta tormenta de mierda que hemos empezado.

LOS KITSUNES SON DE TU CLAN. ¿CONOCES A ESTE LÍDER?

No. La gente como yo no suele conocer a la realeza, como regla general.

Bajó la vista hacia su ropa deshilachada, arrastró las manos por su pelo.

Dios, parece que he dormido en una cuneta.

¿Y?

Estoy a punto de conocer a un Daimyo, hermano. Al menos me podía haber dado un baño antes.

TÚ ERES LO QUE ERES. CUANDO ESTÉS DELANTE DE ESTE SEÑOR DE LOS ZORROS, NO OLVIDES DÓNDE ESTUVISTE ANTES. HAS INTIMIDADO A SHŌGUNES. MUERTOS HAMBRIENTOS. DRAGONES MARINOS. RECUERDA ESTO, RECUÉRDALO Y SÉ VALIENTE.

¿Cuando tú estás cerca? Siempre.

Enredó las manos entre las plumas del cuello de Buruu, intentando arreglar su desorden.

Hablando de aspectos desaliñados, vamos a tener que darte un corte de pelo pronto.

¿QUÉ?

Que estas plumas están empezando a estar desgreñadas.

DEJA QUE ENTIENDA ESTO BIEN. ¿QUIERES CORTARME LA MELENA?

¿A los tigres del trueno les crece melena?

¡POR SUPUESTO! SI NO, ¿CÓMO ÍBAMOS A DIFERENCIAR A LOS MACHOS DE LAS HEMBRAS?

Esa es una pregunta capciosa, ¿no?

LA MELENA ES UNA SEÑAL DE QUE EL ARASHITORA MACHO HA ALCANZADO LA MADUREZ.

La risa de Lexa resonó en la mente de Buruu.

O sea que aún va a tardar varias décadas más en crecer, ¿no?

HMF. TE DIRÉ QUE LA MAYORÍA DE LAS HEMBRAS LA ENCUENTRAN ATRACTIVA.

El lejano rugido de Kaiah borró la sonrisa de la cara de Lexa. El ambiente entre ellos se volvió sombrío una vez más.

No todas, parece.

Buruu suspiró.

NO, NO TODAS.

¿Por qué te odia tanto, hermano?

¿DE VERDAD QUIERES SABERLO?

Hiciste algo malo, ¿no es así? Mataste a alguien. Por eso te llama traidor y asesino.

MATÉ A MÁS DE UNO

¿Por qué?

PORQUE PENSÉ QUE ERA LO CORRECTO.

Lexa deslizó los brazos alrededor del cuello de Buruu y apretó fuerte.

Entonces, estoy segura de que lo era.

NO, NO LO ERA. TUVIERON RAZÓN AL QUITARME EL NOMBRE. Y KAIAH TIENE RAZÓN AL ODIARME.

Lexa podía sentir el dolor que su amigo llevaba dentro, la sombra que parecía flotar sobre él desde que estuvieron en la granja de relámpagos. Estar cerca de Kaiah había despertado los fantasmas del pasado de Buruu, y aunque no quería presionarle para que compartiera sus penas, se sentía impotente por no poder aliviar su dolor. Así que lo abrazó más fuerte, vertió calor a su mente.

Tú eres el ser con mejor corazón que he conocido jamás, Buruu. No importa lo que hiciste, no importa lo que digan, te querré siempre. ¿Me oyes? Siempre y para siempre.

El silencio fue su única respuesta, así que Lexa interrumpió el contacto y se coló en la mente de Kaiah. Sintió una breve punzada de dolor, un fogonazo familiar que se extendió por la base del cráneo. Aunque su capacidad para controlar el Kenning estaba mejorando, a veces amenazaba con sobrepasarla, junto con la razón por la que había aumentado más allá de cualquier cosa que hubiera conocido jamás. Su mano se deslizó hacia su barriga, hacia los pulsos que podía sentir ahí adentro, llenándole las entrañas de temor.

Dios, ¿qué voy a hacer?

¿SOBRE QUÉ?…

Lexa parpadeó, se dio cuenta de que sus pensamientos se estaban filtrando a la mente de Kaiah. Echo estaba ahí dentro también, un nudo de emoción y pensamiento demasiado intrincado de comprender. Lexa recordó las Islas Navaja y al chico gaijin que la traicionó, la forma en que había introducido todas aquellas imágenes en su mente. Y se le ocurrió que aunque había una barrera lingüística entre Ilyitch y ella, no existía ese tipo de golfo entre ella y Echo. Utilizando a Kaiah como puente, no había razón por la que no podía…

Echo, ¿puedes oírme?

Una pausa, revestida de incertidumbre y olor a ozono. Una voz le llegó a través de un espacio enorme, amortiguada por el rugido de vientos interminables.

¿Lexa?

Hola.

¡Puedo oírte en mi cabeza! ¿Cómo demonios estás haciendo eso?

Creo que me estás oyendo a través de Kaiah. Pero sinceramente, no estoy muy segura.

LOS QUE LLEVAS DENTRO TE HACEN MÁS FUERTE. PUEDO SENTIRLOS…

¿Los que lleva dentro?

Lexa suspiró, cerró los ojos. Si lo decía en voz alta, sería real. Si le daba voz, no habría vuelta atrás.

Estoy embarazada, Echo.

Oh.

Una pausa, el viento aullaba como un lobo.

¿Debería darte la enhorabuena o el pésame?

No estoy muy segura de eso tampoco…

Ah.

Escucha, pronto llegaremos a la fortaleza. El Daimyo Kitsune parece decidido a hacer de Roan su enemigo. Tenemos que averiguar si eso nos convierte en sus aliados. Esta guerra del Gremio no habrá ayudado, pero conseguir que esté de nuestro lado nos proporcionaría un ejército de verdad. Una flota de naves voladoras y una fortaleza. Esto es importante.

Debo avisarte de que no soy exactamente una experta en asuntos de la corte. No es como si hubiera conocido a muchos Daimyos antes.

Simplemente haz lo mismo que yo, no tendrás ningún problema.

Muy bien. Entonces, vamos.

Estaba a punto de cortar el contacto cuando oyó la voz de Echo a través del golfo.

¿Lexa?

¿Sí?

Enhorabuena.

En la cima de una colina al oeste de la ciudad, se alzaba amenazadora Kitsunejō, la impresionante fortaleza de los Zorros. Almenas de sucia piedra gris salpicadas de balistas con motores de chi escalaban hacia el cielo en rectángulos concéntricos. Una muchedumbre se había congregado a las puertas de la fortaleza; un océano de anteojos dirigidos al cielo, pañuelos sucios y respiradores mecánicos. Un rugido sordo fue aumentando de volumen a medida que Lexa y Echo descendían, el clamor de un centenar de voces, un nombre, repetido una y otra vez.

—¡Señora de las Tormentas!

Lexa levantó una mano tentativa y el clamor se intensificó, retumbando en su pecho. Los soldados pugnaban por contener a la masa, sus gritos llamando al orden caían en oídos sordos. Buruu rugió y el gentío rugió en respuesta, una aclamación ensordecedora y atronadora.

Esto es una locura, Buruu.

TE ADORAN.

Pero si ni siquiera me conocen.

CANTAN TUS CANCIONES. LES CUENTAN TUS AVENTURAS A SUS HIJOS. TE CONOCEN IGUAL QUE CONOCEN A KITSUNE NO AKIRA, QUE MATÓ AL GRAN BOUKYAKU. O A TORA TAKEHIKO, QUE CERRÓ LA PUERTA DEL INFIERNO.

Esa no soy yo. Es solo la idea que tienen de mí.

¿PERO NO LO VES, HERMANA? AHORA, ERES UNA IDEA.

Los arashitoras dieron una pasada por encima de la muchedumbre, lo suficientemente bajo como para arrancar sombreros de cabezas y pañuelos de caras. Remontaron el vuelo y pasaron por encima de las murallas exteriores, volaron hacia los soldados reunidos en la amplia escalinata del castillo. Banderas negras bordadas con el símbolo blanco del clan Kitsune flameaban al viento como serpientes descabezadas. Raijin, el Dios del Trueno, aporreaba sus tambores en la lejanía. Los arashitoras aterrizaron. Buruu replegó sus alas mecánicas a los costados. Kaiah se atusó las plumas con el pico durante un minuto entero, como pavoneándose ante él de que sus plumas no estuvieran estropeadas. Lexa se quedó donde estaba, a lomos de Buruu, observando a los soldados Kitsunes ahí reunidos. Podía sentir el nerviosismo de Kaiah, se volvió para regalarle una sonrisa tranquilizadora a Echo. La chica no se quitó los anteojos, probablemente había llegado a la conclusión de que una conversación sobre su ojo solo complicaría las cosas. Una enorme figura embutida en una armadura de gala bajó las escaleras; Buruu gruñó suavemente a medida que se acercaba. El traje era precioso: hierro negro repujado, máscara labrada para asemejar un zorro gruñendo, coronada con una borla de pelo claro que ondeaba al viento. La figura se detuvo a unos treinta pasos de las amazonas de los arashitoras, se desabrochó el casco. Lexa vio una cara ancha y curtida, con cicatrices de mil batallas. El hombre se cubrió el puño e hizo una reverencia.

—Señora de las Tormentas. Soy el general Kitsune Ginjiro, mano derecha del Daimyo.

—Ginjirosama. —Lexa le devolvió la reverencia—. Esta es mi amiga, Echo. Ha sido bendecida con el Kenning, como yo y ha jurado ayudar a liberar a estas islas del Gremio y de su veneno.

—¿Traéis violencia a la casa de mi honorable Señor?

—… No —parpadeó—. Por supuesto que no.

—Um. —Echo levantó una mano tentativa—. Yo tampoco.

—¿Le guardáis rencor al clan Kitsune?

Lexa se levantó la manga. Mostró el precioso tatuaje del zorro que recorría su brazo derecho.

—Su Daimyo no es mi Daimyo, Ginjirosama. Pero recuerdo de donde vengo.

Ginjiro asintió.

—Entonces pasad y sed bienvenidas al Palacio de las Cinco Flores, el corazón latiente de Kitsunejō. Mi noble Señor, Kitsune Isamu, promete que estaréis a salvo entre estas paredes.

Se cubrió el puño e hizo otra reverencia, más profunda esta vez.

¿CONFÍAS EN ÉL?

Lexa miró por encima del hombro a las murallas de la fortaleza, podía oír el bullicio de la gente congregada al otro lado. Bocas abiertas, aclamándola. Puños levantados.

Creo que se arriesgarían a que hubiera un motín si algo me ocurriera.

ESO SERÁ UN POBRE CONSUELO PARA ALGUNOS, HERMANA.

Hicimos un largo camino volando solo para insultar la hospitalidad del Daimyo.

OH, SÍ. RAIJIN NO LO QUIERA, NO VAYAS A INSULTAR A NADIE. ES MUCHO MÁS SENSATO ARRIESGARTE A SER BRUTALMENTE ASESINADA.

Echo estará ahí. Permaneceré dentro del Kenning. Sabrás todo lo que hago.

A Buruu se le erizaron los pelos del lomo, pero no dijo nada más. Lexa se deslizó hasta el suelo, sintió la habitual punzada de dolor al separarse de él. Era como alejarse de la luz del fuego e internarse en la oscuridad, dejando atrás todo lo caliente y bueno. Caminó hacia el general Kitsune con Echo a su lado. La chica estaba claramente incómoda, tironeaba del deshilachado puño de su manga. Lexa le apretó la mano. Los ojos de Ginjiro, abiertos como los de un niño, no se apartaban de los tigres del trueno. Lexa esperó hasta que recuperara la compostura; tras emitir una tosecilla, el general cuadró los hombros.

—Seguidme, por favor.

La pared de soldados se abrió para dejarlos pasar. Lexa sonrió a Buruu y a Kaiah, luego se metió bajo el ancho tejado del Palacio de las Cinco Flores, teñido de negro por la lluvia. Ginjiro las condujo a través de un enorme vestíbulo hasta un amplio patio. A pesar de su concha imponente, el corazón de Kitsunejō era tan bello como cualquier detalle del palacio del Shōgun. Resultaba extraño encontrar semejante opulencia en el interior de los muros de una fortaleza; como encontrar a una guapa cortesana dentro de una vieja armadura. Ginjiro condujo a Lexa a través de unas inmensas puertas forradas de hierro, por un amplio pasillo decorado con impresionantes tapices que representaban la creación de Shima. Lexa los admiró al pasar: cada uno medía más de tres metros y medio de altura y seis metros de ancho; debió costarles a una docena de artistas más de un año fabricar cada uno de ellos. El primer tapiz mostraba al Dios Izanagi y a la gran Dama Izanami, el uno al lado del otro mientras Izanagi removía los océanos de la creación con su lanza. La siguiente tela representaba a la diosa dando a luz a las ocho islas, con la cara retorcida de dolor, el cielo lleno de una luz ardiente. Lexa apartó la vista y apretó el paso. Después venía el funeral de la Diosa Izanami, muerta durante el parto. Los siguientes cuatro tapices mostraban el fallido intento del Dios Hacedor de recuperarla del inframundo. El último tapiz mostraba a Izanami sobre su montaña de huesos, rodeada por su prole de demonios. Los onis aparecían de mil formas y tamaños: monstruosidades con tentáculos y mastodontes de dientes desalineados y altos demonios musculosos con piel de un azul de medianoche. La gran Dama Izanami era más aterradora que cualquiera de ellos, toda pálida piel cadavérica y ojos insondables.

Madre de la Oscuridad, la llamaban. Ella daría voz a la canción que acabaría con el mundo.

Última.

Un pequeño bol de arroz estaba dispuesto ante el último tapiz para apaciguar su hambre.

Lexa se acordó de Daichi en el pueblo Kagé, contando la historia de la caída de la Diosa Izanami, rodeado por un montón de niños sonrientes. La pena la atenazó tan fuerte que no podía respirar.

—¿Estás bien? —preguntó Echo.

—Sí, no te preocupes. —Lexa apretó la mano de la chica—. No es nada.

—Bueno, pues me alegro. Porque yo estoy a punto de hacerme encima lo inmencionable…

Sus pisadas repicaban por los suelos de ruiseñor según se acercaban al ala del Daimyo; los tablones de madera del suelo gorjeaban en una docena de tonos discordantes. Echo estaba tan pálida como unos huesos viejos, mientras se pasaba los dedos por entre la desgreñada melena y echaba otra mirada lastimera a su ropa andrajosa. Ginjiro se detuvo ante otro enorme par de puertas gemelas, cuajadas de gordos cerrojos de hierro. Golpeó tres veces con los nudillos, hierro contra hierro. Después de una serie de ruidos tétricos, las puertas se abrieron sobre chirriantes bisagras. El general entró y anunció con voz profunda:

—Este humilde sirviente pide permiso para presentar ante su honorable Señor a la noble Arashinoodoriko, Kitsune Lexa, y a su camarada.

Un hombre bajito con una túnica negra y un sombrero con una borla casi tan alta como él acudió a toda prisa.

—¡Dad un paso al frente y arrodillaos ante el Trono de Cinco Partes, asiento de Okimoto, Primer Daimyo del zaibatsu Kitsune, y de su amado descendiente, Kitsune Isamu, inmortal Señor de los Zorros!

Con las manos entrelazadas, Lexa y Echo entraron en la habitación. Era un enorme espacio diáfano revestido de suelos de madera oscura, iluminado por la extravagancia de anticuados farolillos de aceite de flor. Gruesos pilares de la misma madera bordeaban el pasillo de acceso, sombras danzaban bajo la titilante luz. Al fondo de la sala, alrededor del estrado, había una docena larga de damas y caballeros de la corte: magistrados con expresión adusta vestidos de negro azabache, cortesanas con los ojos perfilados con kohl, escribas con gorro y los dedos manchados de tinta. Estos, a su vez, estaban rodeados de una pequeña legión de Samuráis de Hierro que vigilaban desde detrás de sus máscaras de zorro con los fieros ojos entornados. Y en el quinto escalón, cómodamente instalado en un trono de caoba con flores talladas, se sentaba Isamu, el líder del clan Kitsune. Iba vestido con una elegante túnica ceremonial, espadas de sierra emparejadas a la cintura, al lado del bulto de nariz respingona de un lanzador de hierro ricamente decorado. Sujeto sobre la boca, un respirador dorado tallado para semejar la cara de un zorro. Y aunque estaba viejo y encorvado y arrugado, Lexa podía ver al samurái agazapado bajo su piel. Rodeado de cortesanos, Isamu parecía tan fuera de lugar como una espada mellada por la lucha entre un mar de bonitos abanicos. Su frente ceñuda estaba cubierta de cicatrices. El bigote le llegaba hasta la cintura.

—Parece que tiene unos siete mil años —susurró Echo.

—Dice la leyenda que ha vivido cien años. Una de las mayores lumbreras de mi clan.

—Dios, imagina lo que hay debajo de esa túnica. Sus lumbreras deben colgarle por las rodillas…

Lexa le dedicó a Echo una mirada horrorizada.

La frase tuvo una muerte silenciosa, aunque no muy digna.

—Señora de las Tormentas, —dijo el Daimyo Kitsune—, nos honras con tu presencia.

—Daimyo Kitsune Isamu. —Lexa hizo una profunda reverencia—. El honor es mío.

Echo todavía estaba estudiando al señor del clan Kitsune, con expresión ligeramente afligida. Lexa le dio un tironcito en la pernera del pantalón y la chica hizo una torpe reverencia.

—… Apuestísima Excelencia —dijo Echo.

La embriagadora música del koto y el shamisen flotaba por la habitación. Lexa miró discretamente a su alrededor y por fin encontró la fuente: había una máquina apoyada contra la pared que daba al sur, una colección de figuras humanoides dentro de un andamiaje con forma de media luna. Tallados con forma femenina, los autómatas estaban fabricados en latón y hojalata, con las caras pintadas de blanco, y doradas túnicas estampadas con intrincados remolinos negros. Los dedos de metal se deslizaban por encima de las cuerdas y las pieles de sus instrumentos con precisión inhumana. La música era preciosa, aunque Lexa la encontraba vacía en cierta medida. Puede que fuera por la forma en que se movían los autómatas, cuyas cabezas se bamboleaban sobre los cuellos. O puede que fuera porque le recordaban a Clarke, al pequeño arashitora que había construido para ella, las alas mecánicas que había construido para Buruu.

Intentó pensar en otra cosa, sintió que se asfixiaba.

—No suelo recibir visitas sin que hayan sido invitados. —La voz del Daimyo sonaba dura desde detrás del respirador—. Pero por la poderosa Señora de las Tormentas, haré una excepción. Espero que la destrucción y el baño de sangre que trajisteis a mi ciudad no os causaran molestias al entrar…

Se recostó en el trono, tamborileó con los dedos sobre la madera oscura.

Parece enfadado, Buruu.

LOS KAGÉS ACABAN DE INICIAR UNA GUERRA EN SU CIUDAD. TÚ ERES UNA DE LAS CABECILLAS DE LA REBELIÓN KAGÉ. ¿QUÉ ESPERABAS? ¿QUE LE PUSIERA TU NOMBRE A UNA CALLE?

¿A una pequeñita, quizás?

—Gran Daimyo, —comenzó Lexa—, siento profundamente el caos que ha asolado su preciosa ciudad hoy. Sin embargo, por favor ha de creerme cuando le digo que nada de esto ha sido cosa mía. No estoy aquí como representante del consejo Kagé. Soy una simple refugiada que busca un puerto seguro.

—Una simple refugiada. —El Daimyo levantó una ceja gris—. Montada en un tigre del trueno.

Lexa se arriesgó a esbozar una pequeña sonrisa.

—Bueno, una refugiada complicada.

—Mis calles están inundadas de sangre por tu culpa y la de los tuyos, Señora de las Tormentas.

—Gran Señor, ya no soy parte de la rebelión Kagé. Fueron ellos los que iniciaron la guerra en el seno del Gremio. Yo les rogué que no lo hicieran, pero cuando quedó claro que no estaban dispuestos a escucharme, abandoné su bastión.

—¿Y entonces, ahora qué eres? ¿Una mendiga? ¿Una agitadora independiente?

Lexa cuadró los hombros.

—Soy una enemiga del Gremio del Loto. Una enemiga de su marioneta, Tora Roan. Una enemiga del gobierno que asfixia nuestro cielo y asesina a inocentes solo para conseguir sangre para alimentar…

—Dios, qué cara más dura, chica. Ahí de pie, graznando sobre asesinatos.

Lexa parpadeó.

—¿Daimyo?

—Asesinaste a nuestro Shōgun. Y aunque yo quería a Wellsnomiya tanto como quiero a las piedras de mi riñón, él era el soberano de estas islas. El vacío de poder que dejó detrás lo provocaste tú. La guerra civil que está dividiendo estas tierras en mil pedazos es culpa tuya.

Sus palabras tuvieron el efecto de una bofetada, la cara de Lexa perdió el poco color que tenía. Se quedó desconcertada por un instante, inmovilizada por los pálidos ojos que la miraban fijamente desde detrás del respirador. El Daimyo casi parecía estar divirtiéndose; Lexa hubiera jurado que podía ver una sonrisa en sus ojos acuosos.

—Asesinó a mi padre, Daimyo. —Hizo todo lo posible por reprimir su justificada ira y que no se le notara en la voz—, a mi madre, y al hijo que llevaba dentro. Así que sí, le maté. Y lo volvería a hacer.

—Los rumores dicen que acabaste con él simplemente mirándole a los ojos. —El viejo líder del clan arqueó una ceja—. El Shōgun de esta tierra, al que todos debíamos lealtad.

Echo puso el ojo en blanco, apretó los labios bien fuerte y fijó la vista en el suelo.

—Yo jamás le juré lealtad —gruñó Lexa—. Nunca en mi vida le hice una sola promesa a ese bastardo asesino de bebés.

Un murmullo se extendió entre los cortesanos, como si alguien hubiese dejado caer un guijarro en aguas remansadas. Lexa sintió que la miraban con ojos nada amistosos, oyó la voz de Buruu rondando por su mente.

RECUERDA DÓNDE HAS ESTADO. LO QUE ERES.

La chica miró a Isamu.

—La Dinastía Kazumitsu era una tiranía y su alianza con el Gremio del Loto ha arrastrado a esta nación a su destrucción. Usted también lo entiende así, Daimyo. Si no, ¿por qué habría de insultar a Tora Roan declinando asistir a su enlace?

—¿Tora Roan? —graznó el anciano con una risotada—. ¿Ese llorón y presuntuoso advenedizo? No arrastraría mi esqueleto fuera de esta silla ni para mear sobre él si estuviese en llamas, no te digo ya cruzar todo el país para asistir a su boda de pacotilla.

—Así que Roan sí es su enemigo.

—Roan es un insulto. Yo desciendo del primer Daimyo de este zaibatsu, el gran Okimoto, el caudillo que subyugó a los clanes de la Serpiente, el Halcón, la Araña y el Lobo. —Golpeó el reposabrazos con el puño—. Este es uno de los Cuatro Tronos de Shima, mío por derecho de sangre y de nacimiento. ¿Y tengo que hacer reverencias delante del hijo de un samurái?

AHÍ ESTÁ. SU PUNTO DÉBIL.

Lexa asintió.

El orgullo.

APROVÉCHALO.

—Hemos oído, a través de nuestros agentes, que el Gremio está molesto con su actitud desafiante —dijo Lexa.

—¿Debería estar impresionado? —El anciano agitó una mano, como para espantar a una mosca zumbona—. Todo el mundo sabe que nos han cortado los suministros después de que yo desairara a su aspirante a Shōgun.

—Así es como nos controlan. A través de la promesa de combustible. En Kigen están ofreciendo recompensas a aquellos que lleven víctimas ante las Piedras Ardientes. Gente como Echo y como yo, que tienen el Kenning. Más inocentes asesinados, solo por un accidente de nacimiento.

—Vale, así que tenemos un enemigo común, chica. ¿Y?

—El enemigo de mi enemigo es mi amigo.

—Tienes una forma muy peculiar de tratar a los amigos, chica. Incendias sus ciudades…

—Es el Gremio el que ha quemado su ciudad, Daimyo. El mismo Gremio que ha dejado sin combustible a su ejército hasta que usted cumpla con su obligación. Obedezca las leyes de Bushido. Se arrodille ante su nuevo Shōgun.

Isamu entornó tanto los ojos que parecían el filo de una hoja de papel.

—Luché contra los gaijins en Morcheba durante veinte años. Envié a mis cinco hijos a la guerra y ninguno volvió. No necesito que ningún mugroso caudillo del chi me explique lo que es el Bushido ni las obligaciones, y no me arrodillo ante nadie, chica. ¡Y menos ante un tullido títere Tigre!

—No debería, honorable Señor. —Una sombría sonrisa iluminó la cara de Lexa—. Y no tengo ninguna duda de que usted nos ayudará a darles una lección a aquellos que piensan que sí lo hará.

El Daimyo se recostó otra vez en la silla. Miró de reojo al General Ginjiro.

—El par que tiene esta chica…

—De latón macizo —asintió el general.

—Honorable Daimyo, —suspiró Lexa—, el asunto se resume de la siguiente manera: tenemos un objetivo común y un enemigo común. Yo necesito un lugar que acoja a mis amigos. Un refugio para los rebeldes del Gremio. Si realmente tiene intención de desafiar al Gremio, esta es su oportunidad de demostrarlo.

—¿Por qué debería ayudaros? —preguntó el líder del clan—. ¿Qué me ofreces a cambio?

Lexa pasó la vista por toda la sala, miró los ojos entornados por encima del aleteo de los abanicos, escuchó el siseo de serpiente que provenía de los respiradores dorados. Volvió a mirar al Daimyo, a esa vieja y marchita víbora de dientes afilados. ¿Era un hombre honorable o simplemente un viejo belicista gruñón? ¿Estaba desafiando al Gremio porque creía en su maldad o simplemente porque le apetecía meterse en una pelea?

—Tora Roan avanza hacia el norte con el Arrasador para obligarle a arrodillarse ante él —dijo Lexa al fin—. Yo defenderé a Yama de ese ejército de Tigres y de la máquina de guerra del Gremio que lo respalda.

Isamu apoyó la espalda contra el respaldo de la silla.

—Entonces, ¿me jurarás lealtad?

—Yo no juro lealtad a ningún trono —dijo Lexa—. Me comprometo con las gentes de Shima. Las madres y padres e hijos e hijas que se ahogan bajo este cielo envenenado. Que enviaron a sus hijos a morir en una guerra construida sobre un montón de mentiras. Prometo dedicar mi vida a ellos. No a usted, Daimyo. A ellos.

Echo miraba a Lexa fijamente, con la boca abierta. Echó un vistazo a su alrededor, a la corte Kitsune allí reunida, se puso de pie al lado de Lexa y le dio la mano.

—Maldita sea, tienes toda la razón.

El Daimyo miró de soslayo a su general, con una sonrisa en los ojos. Bajó la vista hacia las espadas que llevaba a la cintura, observó a los cortesanos reunidos alrededor del trono, a las dos chicas que estaban ante él. Los músicos mecánicos tocaban en el rincón; su canción sonaba de repente terriblemente fuera de lugar.

—Latón macizo —musitó.

El líder del clan se puso en pie, se cubrió el puño e hizo una reverencia.

—Acepto tus términos. Aunque sea solo porque no puedo esperar a ver la cara de Tora Roan cuando una pareja de tigres del trueno aparezca volando por su trasero y empiece a cortar a sus perros en pedacitos. —Isamu asintió—. Te ofrezco a ti y a tus amigos refugio en Kitsunejō.

Lexa suspiró; la invadió una oleada de cálido alivio.

—Mis gracias, gran Señor.

La voz de Buruu resonó dentro de su cabeza.

¿VA TODO BIEN, HERMANA?

Mejor que bien, hermano. Echo y yo vamos a salir ya.

Lexa cogió la mano de Echo y salió del salón del trono, con una lúgubre sonrisa en la cara.

Y traemos un ejército con nosotras.