9
LO QUE SERÁ
Kensai no tenía tiempo para una rebelión.
El Segundo Brote caminó por los pasillos del Cabildo de Kigen, escuchando la constante y caótica cháchara del mecábaco en su cabeza: informes de la insurrección en el Cabildo de Yama, un ataque suicida que había incinerado al Segundo Brote Aoi y al grueso de su personal de mando a bordo de su buque insignia. Pero aún peor, llegaban noticias filtradas a través de las frecuencias de mando diciendo que la rebelión no se limitaba a Yama, que probablemente todos los cabildos de Shima estuvieran infestados de insurgentes. Y desde las mismísimas frecuencias de Yama, donde una vez había habido ruido y vida y significado, llegaba solo un monótono y constante zumbido eléctrico. Este debería haber sido un momento de triunfo. Roan había reunido a sus tropas y se dirigía, en esos mismos momentos, a toda velocidad hacia la Mancha. En dos días, el Señor de los Tigres se reuniría con la flota Fénix y emprendería la marcha hacia el norte. Quince días para que el Arrasador se abalanzara sobre los Kagés; todas las noches, meses, años de su vida pasados diseñando al coloso, insistiendo para que se construyera, todo se estaba cristalizando en ese único momento. Y ahora, en la hora once, encontraban traidores en el seno del propio Gremio…
—¿Pero cómo puede ser posible?
Kensai dio un fuerte puñetazo sobre la mesa de piedra de la Cámara del Consejo, miró con cara de odio a los tres Inquisidores que estaban en el otro extremo de la habitación. Su personal de mando estaba reunido, observando el espectáculo con ojos inyectados en sangre. Las paredes estaban cubiertas de mapas de las Islas de Shima, parloteantes bancos de instrumentación. El runrún de unos grandes motores gruñía y rechinaba en las entrañas del edificio, mezclado con la creciente incertidumbre que se respiraba en los pasillos ahí afuera.
—No tengo tiempo para perderlo en silencios enigmáticos —escupió Kensai—. ¡Sugiero que uno de ustedes se despierte el tiempo suficiente como para dar una explicación!
—¿Una explicación?
El Inquisidor en jefe fue el que habló, con los ojos inyectados en sangre dirigidos hacia el techo. De los otros dos que había en la habitación, uno se miraba los dedos mientras los movía como si estuviera tejiendo con hilos invisibles. El tercero observaba el aire inmediatamente por encima del hombro de Kensai, parpadeando una vez por segundo con una precisión cronométrica. Cada vez que espiraban, una nubecilla de humo negro azulado emanaba de los sonrientes respiradores que cada uno llevaba sobre la cara.
—¡Una explicación! —Kensai se irguió en toda su altura—. Se supone que la Inquisición reconoce la impureza en todos sus aspectos. ¿No es por eso por lo que respiran humo de loto cada minuto de sus vidas? ¿Para que les proporcione claridad? ¿Cómo puede ser que no hayan visto la rebelión que se estaba gestando en el mismísimo corazón del Gremio?
El Inquisidor en jefe miró de repente al espacio vacío que había en el aire inmediatamente a su derecha. Dando un paso hacia la izquierda, el hombrecillo habló con una lentitud desesperante.
—¿Quién dice que no lo hicimos, Segundo Brote?
—Quiere decir que previeron…
—Vemos mucho. Muchas posibilidades.
—Esto es como debe ser —dijo otro—. Esto es satisfactorio.
—¿Satisfactorio? —Kensai no se lo podía creer—. ¡Han asesinado a un Segundo Brote!
—¿Está seguro? —El Inquisidor que se había estado estudiando las puntas de los dedos le sostuvo la mirada a Kensai, el primero del grupo que lo hacía—. ¿Lo vio?
—¿Qué es lo que usted ve, Shateigashira? —preguntó el primero.
—Veo a unos locos —escupió Kensai.
Semejante declaración fue recibida con un coro de murmullos incómodos en torno a la mesa del consejo. Kensai hizo caso omiso del runrún de sus Brotes más bajos, y se dirigió con decisión hacia el trío.
—Veo a charlatanes que predicen el Lo Que Será, pero no son capaces de ver la corrupción creciendo ante sus propios ojos. Veo a unos adictos al loto envolviendo su adicción en absurdidades metafísicas, tambaleándose sin sentido en la oscuridad y esperando que alguno de sus pronósticos farfullados realmente acabe por materializarse.
El Inquisidor en jefe volvió a parpadear, sus ojos perdieron el enfoque.
—Entonces no ve nada.
—Pronto lo hará —asintió el segundo—. Pronto…
Kensai se retorcía de rabia dentro de su piel de metal, le costó un gran esfuerzo mental estarse quieto. Una vez que el Arrasador hubiera destruido a los Kagés, una vez que se retomara la guerra contra los gaijins, debía hablar con los Segundos Brotes de los demás cabildos. Seguro que ellos también consideraban que la influencia de la Inquisición se estaba volviendo destructiva, ¿no?
Seguro que ellos también se daban cuenta de que el tiempo del Primer Brote expiraba ya.
El primer Inquisidor habló otra vez, haciendo añicos las disquisiciones de Kensai.
—No podemos permitir que esta insurgencia se propague. Asumimos que usted se quedará aquí en Kigen y dará debida cuenta de la disidencia existente en su propia casa.
No era una pregunta. Era una orden.
—No —contestó Kensai—. Yo me iré al norte con el Arrasador y destruiré a los Kagés.
—Usted es Segundo Brote, Kensaisan. Su deber principal es para con su cabildo.
—Toda mi vida ha estado encaminada hacia este día. Soy yo el que debería estar en el puente de mando del Arrasador cuando asole las Iishi. Yo diseñé hasta su último…
—Tuvo ayuda, ¿no es así? Jake, antiguo Tercer Brote de este cabildo era el genio detrás de sus motores. Y la hija de Jake está sentada aquí, en esta misma cámara.
Kensai miró ceñudo por un instante a su más reciente Quinto Brote; el reluciente y único ojo de la chica estaba fijo en el suelo, no se atrevía a sostenerle la mirada.
Clarkesan.
—No pueden tener intención de mandarla a ella en mi lugar.
—¿Y por qué no? Está íntimamente familiarizada con el diseño del Arrasador. Conoce la disposición y el funcionamiento de los motores mejor que nadie, excepto quizás usted mismo.
—¡Pero si hace dos semanas formaba parte de la rebelión Kagé!
—Y desde entonces, nos ha entregado al líder de los Kagés y le hubiera ejecutado encantada por orden nuestra. De todo su cabildo, no hay nadie con menos posibilidades de ser una traidora que ella.
—Usted no sabe —musitó el segundo Inquisidor— lo que ella Será.
—Pero nosotros lo sabemos —dijo el tercero—. Nosotros lo hemos visto.
Kensai, que se alzaba imponente por encima del trío de negras vestiduras, se encontró considerando la posibilidad de cometer una herejía por primera vez en su vida. Pero levantar una mano contra un Inquisidor…
—El Arrasador es mi sueño —bufó entre dientes—. Mi diseño. Caeré muerto antes de ver a esta niña robarme mi momento de gloria después de todo lo que ha hecho.
La voz del primer Inquisidor fue apenas un susurro.
—Eso es…
—… decepcionante —terminó el tercero.
—El Primer Brote se va a enterar de este…
—… orgullo desmedido.
—Se lo contaré yo mismo —escupió Kensai—. Cuando deposite la cabeza de la Señora de las Tormentas a sus pies.
Los Inquisidores empezaron a retirarse de la habitación, era como si se volatilizaran, dejando una deshilachada estela de humo a su paso. Cuando se acercaron a la puerta, el líder se dio la vuelta, con los ojos fijos en Kensai una vez más.
—Por cierto, el Primer Brote nos ha dado un recado. Debemos llevar al líder Kagé, Daichi, con nosotros a la Primera Casa para su ejecución.
—Creí que debía ser ejecutado en público en Kigen.
El Inquisidor se encogió de hombros lentamente.
—El Primer Brote ordena y nosotros obedecemos. Al menos algunos de los que están entre estas paredes recuerdan el lugar que ocupan.
La puerta con forma de iris se cerró tras ellos con el sonido de la hoja de un verdugo. La habitación parecía más ligera después de irse los Inquisidores, tanto el brillo de los focos como la respiración en su pecho. Los presentes intercambiaron murmullos incómodos y miradas rojo sangre. Kensai acalló la cháchara de inmediato. Se plantó a la cabecera de la mesa y miró al Tercer Brote de la Secta de los Purificadores con cara de pocos amigos.
—Kyodai Yoshinobu, buscará y eliminará a cualquier insurgente que haya dentro del Cabildo de Kigen. Esta tarea será su primera prioridad y debe informarme de sus descubrimientos directamente a mí. No a la Inquisición. Ni a ningún otro. ¿Lo ha entendido bien?
El Kyodai se aclaró la garganta.
—Segundo Brote, con todos los respetos, mis recursos están bajo mínimos. Desde que se ha ofrecido recompensa por los Impuros, nos entregan a nuevos acusados con una frecuencia nunca antes vista. Tenemos que hacerle las pruebas a cada uno de ellos. A los que se encuentra culpables, hay que quemarlos en la pira. Simplemente no tenemos el personal suficiente para continuar procesando, evaluando y purificando si además tenemos que supervisar investigaciones internas sobre esta rebelión.
—Entonces, lleven a cabo las pruebas en el Altar de la Pureza —dijo Kensai.
—… ¿En público?
—¿Por qué no? —preguntó Kensai—. Celebren una quema cada fin de semana, a mediodía. Los sin piel traerán a sus acusados a las Piedras, las pruebas pueden llevarse a cabo en ese momento y en ese mismo lugar; cualquiera que dé falso testimonio puede arder en la pira en lugar de su acusado.
—Segundo Brote, las pruebas suelen realizarse en privado… Hay unos ritos que deben llevarse a cabo, unas formas que obedecer. Creo que es imprudente…
—Yo creo que es imprudente permitir a los insurgentes pasearse por este Cabildo libremente, ¿usted no?
—Por supues…
—Asigne a su Shatei de mayor confianza a las investigaciones internas. No deje piedra sin remover.
—… Como desee, Segundo Brote.
—El resto de ustedes, ocúpense de sus tareas. Todo comportamiento anormal debe considerarse sospechoso, vistos los acontecimientos de la ciudad de Yama. Cualquier Hombre del Gremio que se demuestre que esté en connivencia con estos rebeldes será víctima de la más atroz brutalidad de la que seamos capaces. ¿Queda claro?
Los allí presentes contestaron como una sola voz:
—Hai.
—Parto al encuentro del Arrasador mañana. Depende de cada uno de ustedes garantizar que este cabildo resista mientras estoy ausente. El loto debe florecer.
—El loto debe florecer.
Los Kyodais se levantaron y salieron de la habitación envueltos en una nube de humo y sospechas.
Todos excepto uno.
Una pequeña figura, sentada en el extremo opuesto de la mesa, su traje atmos aún relucía con el brillo de la piel recién planchada.
—Quinto Brote Clarke —gruñó Kensai—. ¿No tienes tareas de las que ocuparte?
Los ojos de la chica refulgían, los cables de su boquilla rasparon los unos contra los otros cuando negó con la cabeza. El ahumado dibujo que adornaba sus hombreras y guanteletes parecía moverse en el aire asfixiado de gases, una luz rojo sangre rebosaba de la cuenca de su ojo.
—No confío en ellos —dijo Clarke.
Kensai reclinó su silla.
—¿Confiar en quién?
—En la Inquisición.
—La confianza es una cosa poco común estas noches, Jakesan. Oh, pero discúlpame… abandonaste el nombre de tu padre, ¿no? Más o menos al mismo tiempo que abandonaste este cabildo…
La chica agachó la cabeza.
—¿No me perdonará nunca?
—Si de mí dependiera, ya te hubieran hervido para convertirte en fertilizante.
—Fue un error, Tío…
—¿Tío? —se burló Kensai—. ¿Qué locura es esta?
—Usted y mi padre eran como hermanos. Cuando murió, usted me trató como a su propia hija. ¿Me critica por considerarle el tío que nunca tuve?
—Éramos como hermanos, él y yo. —Kensai se inclinó hacia delante—. Así que créeme cuando digo que si siguiera vivo, tus vergonzosos actos le hubieran conducido al suicidio.
—No le fallaré nunca más.
—Te daré muy poquitas opciones de hacerlo, te lo puedo asegurar.
—Puede confiar en mí más que en cualquier otro miembro de este cabildo.
Una risotada hueca, sin alegría ninguna.
—¿Y eso por qué?
—¿Mi padre nunca se lo contó? ¿Lo que vi durante mi ceremonia del Despertar? ¿Mi glorioso futuro, desplegado ante mis ojos en la Cámara del Humo?
—Nunca hablábamos de cosas así. Habría sido impropio.
Clarke habló como si se hubiese aprendido las palabras a fuerza de repetirlas, con la voz cargada de reverberación.
—No me llaméis Clarke. Ese no es mi nombre. Llamadme Primer Brote.
Kensai encajó las palabras como si le hubiesen dado un puñetazo en el estómago. Un puño frío que le sacó todo el aire de los pulmones y le obligó a sujetarse al borde de la mesa.
¿Clarke? ¿Cómo Primer Brote?
La chica se puso en pie, un siseo de pistones y gases de chi, suave como el silicio. Se acercó a Kensai, apoyó la mano con suavidad sobre su hombro. Su único ojo ardía con el calor de mil soles.
—Un día me sentaré en el Trono de las Máquinas, Tío. Un día gobernaré el Gremio. Puede que haya olvidado la fe que una vez tuvo en mí, pero yo aún tengo fe en usted. Haré todo lo que esté en mi mano para arrancar este cáncer del seno del Gremio. Y cuando usted y el Arrasador reduzcan las Iishi a cenizas, yo estaré ahí en espíritu, a su lado.
Clarke dio media vuelta y empezó a alejarse, sus pesadas botas repicaban al mismo ritmo que el pulso de Kensai.
—Quémelos por mí, Tío. —Un gesto afirmativo con la cabeza—. Quémelos a todos.
—Lo Que Será…
Kensai recorrió los pasillos hacia su hábitat, susurrando la frase una y otra vez, con la mente llena de pensamientos revueltos.
¿Podía ser verdad? ¿Podía estar Clarke destinada a dirigir el Gremio una vez que el Primer Brote Tojo hubiera desaparecido? El anciano había gobernado durante más tiempo del que nadie pudiera recordar, pero incluso él acabaría por seguir el camino de la carne en algún momento. ¿Era realmente Clarke el que ocuparía su lugar?
¿Clarke?
A todos los Hombres del Gremio se les mostraban visiones del futuro en la Cámara de Humo y las revivían cada noche cuando dormían. Algunos solo veían retazos y adivinanzas, algunos veían su futuro tan claro como el cristal. Para Kensai, su visión había sido sobre el Arrasador: un imponente Goliat de hierro y espadas de sierra, barriendo a ejércitos enteros a su paso. La visión siempre había estado ahí, una certidumbre contra la que podía apoyar la espalda con total seguridad, un deseo que le había llevado a sobresalir. Diseñar la bestia, convencer a los otros cabildos para que invirtieran los recursos necesarios para construir a ese colosal golpe mortal para los Kagés y los gaijins. ¿Y enterarse ahora de que Clarke estaba destinada a gobernar sobre el Gremio entero? ¿Mientras la Inquisición intentaba robarle la gloria y conseguir que esa chica ocupara su lugar en el puente de mando del Arrasador?
Hacía mucho tiempo que Kensai había asumido que él sería el que reemplazara al Primer Brote. Él era Shateigashira del cabildo más poderoso de Kigen; era pura lógica que si Tojo caía, él se calzara sus botas. Había soñado con los cambios que haría. Les cortaría las alas a esos espiritualistas extremistas de la Inquisición, los mandaría de vuelta a las jaulas de las que los habían dejado volar hacía tantos años. La idea de que fuera Clarke la que accediera a ese puesto en su lugar, de tener que hacerle reverencias y arrastrarse ante esa traicionera chiquilla…
Pero si esos bobos de la Inquisición ni siquiera podían detectar una insurrección que se estaba cociendo en el mismísimo seno del Gremio, ¿quién podía afirmar que su visión para Clarke se haría realidad? ¿Quién se atrevería a afirmar que algo de esa visión fuera verdad?
Y si ellos no, ¿quién sabía el Lo Que Será?
Kensai escupió un juramento en voz baja, presionó burdamente los controles de su hábitat.
No tenía tiempo para una rebelión…
El habitáculo era muy amplio, adornado con austeridad. Una cama dominaba una pared, roble barnizado y sábanas de seda de color rojo sangre, su único capricho verdadero. Una enorme mesa de trabajo ocupaba un rincón alejado, cubierta de grandes montañas de papeles: percentiles de tierras muertas, previsiones de los cultivos, fluctuaciones de precios. Un dictófono automático descansaba al lado de montones de papel de arroz, esperando a su voz para saltar a la vida. Se sentó ante la mesa, presionó una tecla del dictófono para grabar. El artilugio estaba fabricado en latón pulido, reluciente y limpio. Podía ver su reflejo sobre la superficie, la máscara del hermoso joven que no volvería a ser jamás. Ahora era un hombre viejo bajo esa piel, avanzaba a toda velocidad hacia la mediana edad, el pelo ya escaso rapado casi al cero, patas de gallo y manchas de vejez le observaban fijamente cada vez que osaba mirarse al espejo con su cara de verdad.
Menos y menos estos días.
La piel es fuerte. La carne es débil.
Se acercó bien al aparato, le habló al micrófono.
—Kensai, Shateigashira del Cabildo de Kigen. Informando la séptima…
La explosión rompió su frase en mil pedazos.
El dictófono voló por los aires, lanzando a Kensai hasta el otro lado de la habitación. Se estrelló contra la pared, sintió el impacto de su cuerpo contra los ladrillos, el sabor de la sangre en la boca. Se desplomó sobre el suelo, la negrura le engulló como una ola, ahogando el dolor creciente, el olor de su propia carne chamuscada. Se le llenaron los pulmones de humo, pero apenas conseguía toser, sus dedos aporreaban el mecábaco, una torpe y tartamuda súplica de ayuda a través de las frecuencias de emergencia.
Se apagaba.
Caía.
Y todo el rato, una vocecilla en la parte de atrás de la cabeza protestaba. Esta no era la forma en que se suponía que debía ocurrir, le aseguraba. Esto no era su Lo Que Será. ¿Pero quién podía decir si algo de todo aquello era verdad? ¿Quién lo sabía realmente?
Kensai luchó mientras la oscuridad le invadía, intentó frenarla, a manotazos y arañazos.
¡No, yo no muero así!
Kensai no tenía tiempo para rebeliones.
Y entonces, Kensai ya no tenía tiempo en absoluto.
