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UN MAR DE HIERRO
El indiscutible Señor del clan Dragón estaba en un pasillo de su fortaleza a la orilla del mar, escuchando la tormenta que se iba acumulando al otro lado de la ventana. A través del cristal, Haruka podía ver los acantilados sobre los que solía situarse de niño, cuando observaba las tormentas de invierno azotar la costa de su tierra natal. Había pasado horas y horas con los pies al borde mismo, la electricidad le ponía los pelos de punta cuando los relámpagos cruzaban el cielo y los truenos retumbaban, sabía que una ráfaga de viento avaricioso sería suficiente para hacerle caer a la Bahía de los Dragones a sus pies. Lo había hecho para dominar sus emociones. Para matar cualquier rastro de temor en su interior, de modo que pudiese llegar a convertirse en un Señor tan valiente como cualquiera que hubiera conocido el clan Dragón. A sus sesenta y dos años, el Daimyo Haruka casi envidiaba a aquel chico del borde del acantilado. Ya no era capaz de recordar lo que era tener miedo.
Casi lo echaba de menos.
El líder del clan Dragón era bajito, enjuto y nervudo, con una larga perilla y mechones de pelo gris recogidos en un moño. Iba vestido con un kimono azul zafiro y un grueso peto de hierro macizo. Nubes negras colgaban sobre la Bahía de los Dragones, el viento azotaba el mar hasta convertirlo en turbulenta espuma gris. Las aguas eran del color de la brea, pasando a un apagado rojo sangre en mar abierto. En tardes como esa, Haruka podía imaginarse que los océanos todavía estaban llenos de los espíritus de su clan, que se retorcían entre los rompientes con largas colas plateadas y rechinaban sus dientes de katana entre las olas. Pero aquellos días ya habían pasado. Los dragones habían seguido el mismo camino que los arashitoras: perseguidos de vuelta al mundo de los espíritus por los gases de chi y los estertores de muerte de la tierra que una vez llamaron hogar. Estos no eran tiempos para las bestias de leyenda. Estos eran tiempos para los hombres.
Hombres y espadas.
—¡El m-más honorable y resplendente D-d-daimyo del clan RRyu! —El joven Daisuke anunció la llegada de su Señor al Salón de los Guerreros; el eco de su voz resonaba entre los altos techos—. Hijo pr-primogénito de R-r-ryu Sakai, protector de los Si-siete Sellos de J-j-j-jimen Jiro…
Haruka se dirigió con decisión hasta su puesto en la mesa, recogió las largas faldas plisadas de su kimono a un lado y se sentó con las piernas cruzadas de un solo movimiento grácil. Su consejo de guerra permaneció arrodillado, esperando a que el heraldo terminara de tartamudear su anuncio. Pasaron tres agónicos minutos empapados en saliva, al chico se le fue poniendo la cara roja de concentración. Haruka suspiró para sus adentros, sin mover un músculo de la cara. Al hijo de su hermana no le habían tratado bien los dioses; ofrecerle un cargo entre su séquito había sido simplemente lo correcto. Pero aun así, su hermana podía haber solicitado para el chico un puesto más sensato que el de heraldo…
Daisuke terminó por fin. Con la cara morada por el esfuerzo, apoyó la frente contra el suelo. Una sensación de alivio recorrió el consejo de guerra cuando el chico se calló. Un viento gélido llegaba aullando hasta ellos desde la Bahía, cargado con el hedor a residuos de chi y peces muertos. De todos modos, Haruka disfrutaba de la canción del mar, a pesar de la pestilencia; disfrutaba del rugido y el estruendo del negro oleaje sobre el que su clan navegaba en el pasado en largos barcos de vela, un terror para los mercaderes de los Halcones, las Mantis y las Tortugas. Antes de que los veinticuatro clanes se convirtieran en cuatro zaibatsus. Antes de que su antepasado se arrodillara a los pies de un Shōgun. Haruka inclinó la cabeza en un gesto cortés hacia su consejo, con una mano sobre la katana de sierra que llevaba a la cintura.
—Mis samuráis —dijo.
Los hombres ahí reunidos apoyaron la frente sobre la mesa, murmuraron un saludo a una sola voz. Haruka se volvió hacia su primogénito, recién llegado de una expedición de reconocimiento a los límites orientales de su provincia.
—Reisusan. Informa.
—Daimyo. —Reisu inclinó la cabeza respetuosamente—. Los rumores son ciertos. El Gremio ha construido una máquina de guerra todopoderosa para el clan del Tigre. Noventa metros de altura como poco y a su lado lleva un ejército de trituradoras. La Flota Fénix está concentrada en el Cruce de las Tierras Medias y más tropas del Tigre llegan por tren todos los días. Se preparan para marchar hacia el norte. El arribista Roan busca castigar al Daimyo Isamu por la temeridad de no asistir a su boda.
Haruka se acarició la barba.
—Abre tu mente, hijo mío. ¿Por qué necesitaría el clan del Tigre máquinas trituradoras para atacar la fortaleza de Isamu? ¿Es de madera?
—No, Daimyo…
El líder del clan Dragón se puso de pie, empezó a caminar a lo largo de la mesa.
—El Gremio pretende atacar el bosque de las Iishi. El bastión Kagé. Lo que buscan es la sangre de la rebelión, no la de los Kitsunes. Le darán al clan del Zorro una oportunidad de volver al redil, me juego el cuello. Nos ofrecerán lo mismo a nosotros. Esta máquina, el Arrasador… es la bandera a la que se adherirá la nueva nación del Gremio.
—¿Les juraremos lealtad, padre?
Una pequeña arruga oscureció la frente de Haruka.
—Este Roan… Tiene al Daimyo del Fénix en sus mazmorras y a sus ejércitos entre la espada y la pared. Yo le conozco y no hay nada ni cercano a sangre noble en sus venas. Cuando iba a casarse con la Señora Gaia, al menos podía defender en cierta medida su legitimidad. Ahora, es poco más que una marioneta bailando al son del Gremio.
Haruka se volvió hacia sus samuráis, con fuego en los ojos.
—Yo digo que este clan no se arrodillará ante un mero niño. Digo que preferimos sangrar hasta teñir la tierra de rojo antes que hacerle una reverencia a una marioneta de los caudillos del chi. Digo que machacaremos a este pretendiente hasta convertirlo en polvo o moriremos en el intento. La sangre de los Dragones fluye por nuestras venas. ¿No somos Ryus?
—¡Hai! —Una docena de gritos llenó la habitación. Los consejeros de Haruka aporrearon la mesa o el hierro de su pecho con los puños. A medida que los gritos se iban apagando, un nuevo sonido llegó para llenar el espacio entre el rugido de las olas y el aullido del viento. Un sonido nacido de metal sobre metal hueco, con el filo de escarcha. Un sonido que solo se había oído una vez en la ciudad de Kawa desde el nacimiento de Haruka; el día en que su padre, el Daimyo Sakai, había pasado a su morada celestial.
La canción de unas campanas de hierro desde el Estrecho Diente de Dragón. Los samuráis se miraron confusos los unos a los otros. El heraldo Daisuke corrió hasta los ventanales, con la vista fija en las lejanas torres de vigilancia encaramadas sobre los Dientes del Dragón. Dos largos colmillos de piedra sobresalían de tierra firme, dando lugar a un estrecho paso hacia un puerto natural, la Bahía de Ryu, de la que zarpaban las antiguas flotas de saqueadores. Las torres eran reliquias, guarnecidas solo por respeto a las viejas costumbres. Las posibilidades de que Kawa fuera a ser invadida por mar hoy en día…
Daisuke apretó una mano contra el empañado cristal de mar, se puso tenso.
Las campanas seguían tañendo.
Haruka frunció el ceño.
—Daisukesan, ¿qué ves?
—Gah… —dijo el chico—. Gah…
Los miembros del consejo de guerra se miraron frunciendo el ceño, musitaron enojados. El puesto de Heraldo no era trabajo para un imbécil. Cualquiera de ellos tenía hijos que hubieran podido ocupar el…
—Gah… —repitió el chico.
—Por el aliento del Hacedor… —Haruka cruzó el Salón de los Guerreros con paso airado, plantó una mano sobre el hombro de su sobrino tartamudo y miró hacia fuera, al otro lado de la Bahía de Ryu.
—Gah… —dijo el chico.
—Dios mío —murmuró Haruka.
Barcos. Docenas de ellos. Revestidos de metal y sin velas. Se alzaban imponentes sobre las olas y avanzaban en formación de falange. El buque insignia que los encabezaba era tan grande como una fortaleza; tenía forma de cuña, grandes ruedas giratorias en los flancos hacían picadillo el agua negra. Los relámpagos se reflejaban sobre los cascos cuajados de remaches, las cubiertas estaban sembradas de chuecos rotorcópteros con forma de libélula; cada barco llevaba doce estrellas pintadas en la proa. Haruka había servido veinte años en las campañas de Morcheba, podía leer gaijin si se ponía realmente a ello. Guiñó los ojos para ver entre el salpicar de las olas y la neblina y descifró el nombre del buque insignia que iba a la vanguardia.
Ostrovska.
Haruka era guerrero de nacimiento. Un Daimyo forjado en fuego y sangre, veterano de brutales masacres y gloriosas victorias. Y mientras miraba aquellas figuras gris acero adentrarse, deslizándose como cuchillos, en la Bahía de Ryu, sintió una extraña sensación en el pecho. Algo que no se había removido en décadas, desde que era un niño y se quedaba de pie sobre aquellos acantilados, desafiando a la tormenta a llevárselo. Le costó un ratito recordar lo que era…
Miedo.
Se volvió hacia su consejo, con los ojos muy abiertos, movía los labios como se mueve la ropa colgada al viento.
—Gah… —dijo—. Gah…
El heraldo Daisuke se apartó de la ventana, pálido como las cenizas frías. El chico desenvainó su katana de sierra con manos temblorosas y habló con voz igualmente temblorosa.
—Gaijins —dijo.
