PARTE 2

PENA

«¿Serás tú mi valiente amor?».

La voz de Izanami dulce como el perfume de ciruelas.

«¿Te quedarás conmigo?».

Izanagi suspiró; cogió a su Señora entre los brazos,

la abrazó en la oscuridad.

«Yace conmigo ahora, amor».

El aliento de su amada, nieve sobre su mejilla.

«Haz que me caliente otra vez».

Ella le besó con labios negros,

y en su beso él sintió el sabor

De cenizas en su lengua.

El libro de los diez mil días

11

LA BATALLA DE KAWA

El Kapitán Aleksandar Mostovoi se retiró un mechón suelto de mugriento pelo rubio de la cara, su aliento flotaba blancuzco en el gélido frío. Miró hacia la ciudad en llamas, a las tropas que salían a raudales de la flota de asalto, envueltos en las pieles de poderosos lobos y osos y leopardos de las nieves. Las calles a su alrededor estaban bañadas de rojo.

La lluvia que caía era tan negra como el pecado.

Los traficantes de esclavos se habían defendido brevemente, lo habían pagado con una masacre, y ahora se habían retirado a su castillo de la colina a preparase para el asedio. Sus banderas estaban tiradas por tierra entre sus cadáveres, retales azules con el símbolo del Dragón, ahora empapados en sangre. Los Sangre Santa se estaban moviendo entre el humo: hombres enormes como paredes, músculos amontonados sobre tejido de cicatrización, vestidos con mandiles de piel. Aleksandar había visto una vez a un Sangre Santa matar a un Samurái de Hierro solo con las manos. Al hombre le habían abierto en canal desde la tripa hasta la caja torácica, media docena de lanzas sobresalían por su espalda como las púas de un puercoespín. Había usado sus propias entrañas sangrientas para estrangular al samurái que encabezaba la carga. Aleksandar recordaba ver a cuatro de los dementes deambular por el campo de batalla después del alto el fuego en el Paso del Barbecho. Se agachaban a recoger sangre de los negreros caídos en calaveras humanas y las levantaban para brindar en dirección a las tropas shimanas supervivientes. Entre los cuatro desquiciados, habían matado a cincuenta hombres.

La Fuerza Expedicionaria Morchebana que atacaba Kawa incluía un pelotón de doscientos.

Aleksandar se arrebujó bien en la piel de lobo que le cubría los hombros y caminó penosamente a través del fango de un palmo de profundidad que tapizaba la cabeza de playa, maldiciendo entre dientes. Todo en ese país dejado de la mano de la diosa era mugriento. El suelo era o bien barro negro o campos moribundos o franjas de tierra muerta en los que ningún soldado en su sano juicio querría poner los pies jamás. El aire les cargaba los pulmones, manchaba sus lenguas, dientes y piel. No era de extrañar que los shimanos quisieran ocupar su tierra natal; Aleksandar llevaba ahí solo tres horas y ya odiaba ese maldito lugar. Cuando se levantó el cuello de su capa de piel de lobo, el Kapitán se dio cuenta de que apestaba a sangre de negrero, acre y vagamente maloliente. Había poco que pudiera hacer para remediarlo, la lluvia negra solo la ensuciaba más, y el agua limpia era tan rara como el oro en aquel agujero infernal. Recordó el día en que había despellejado al dueño de esa piel, el sabor de la fuerza que había bebido, cuproso en la boca. Las manos temblorosas sobre la empuñadura del cuchillo. Los calzones manchados de pis.

Un niño de trece años, ahora un hombre.

Haría veinte años de aquello, el próximo verano.

Habían matado a su padre cuando Aleksandar tenía doce años.

Casa Mostovoi había sido la primera en encontrarse con los intrusos de rugientes armaduras y espadas que cortaban a través de los hombres como si fueran niebla. Las defensas costeras de los Mostovoi eran inexistentes; sus muros habían sido construidos para repeler ataques de otras casas, no de extraños que cruzaran el Mar Anónimo. Arrasaron su capital. Su madre y su hermana fueron raptadas por los traficantes de esclavos Kitsune. Él pudo escapar solo porque echó a correr; corrió hasta que le sangraron los pies y sus pulmones chillaban y no podía respirar ni pensar ni ver. Todavía soñaba con aquello. Todas las noches.

Pero en sus sueños, los negreros siempre le atrapaban.

Había querido vengarse, por supuesto. Su familia era de rancio abolengo, una estirpe orgullosa, su linaje se remontaba a la primera Zryachniye, la gran Stanislava. Pero iba a necesitar fuerza para luchar contra ese enemigo. Una fuerza nacida del más oscuro de los corazones. Así que se había internado en el Bosque Negro, por donde rondaban las manadas más sanguinarias, un chiquillo con una lanza y un cuchillo y una voluntad de frío hierro.

Y había regresado hecho un hombre.

Ahora, ese hombre avanzaba trabajosamente a través de la masacre hacia una tienda de campaña recién levantada, engalanada con los estandartes de las Doce Casas de Morcheba. Deslizó una mano por el símbolo de Casa Mostovoi en su peto: un ciervo encabritado con tres cuernos en forma de hoz. Respiró hondo y se adentró en la penumbra. A sus ojos les costó un poco adaptarse. Sobre la larga mesa había desplegado un mapa de la ciudad de Kawa, pequeños discos indicaban la disposición de las tropas: rojos para los perros shimanos, negros para las fuerzas de su Majestad Imperial, Kira I de Casa Ostrovska. La bandera de la Imperatritsa ondeaba entre los palos de la tienda: un campo negro decorado con doce estrellas rojas. El Mariscal Sergei Ostrovska estudiaba el mapa con ojo crítico, apenas levantó la vista cuando el Kapitán entró. A su lado estaba el Mayor de las fuerzas aéreas de la Imperatritsa, ocupado quejándose de los daños que habían sufrido los motores de sus rotorcópteros bajo aquella lluvia negra. Una jauría de seis perros de guerra estaba sentada a los pies del Mariscal, jadeando en el gélido aire envenenado. Dos sacerdotisas Zryachniyes estaban de pie al otro lado de la mesa, meciéndose como arbolillos verdes bajo una brisa primaveral. Rubias como el trigo antes de la cosecha estival, las caras escarificadas con bendiciones totémicas: relámpagos rasgaban las mejillas de la Hermana Katya, un zigzagueo irregular ajaba las facciones de Madre Nastassja. El ojo derecho de ambas emitía una luz refulgente.

—Mariscal Sergei, —dijo Aleksandar— las columnas están preparadas. Esperamos sus órdenes.

El Mariscal era un hombre de cincuenta años, marchito y ajado por dos décadas de guerra constante. Su cabeza tenía forma de ladrillo, su cara solo un pelín demasiado pequeña. El símbolo de Casa Ostrovska decoraba su peto: un grifo negro que sujetaba unos sables. Sin apartar el ceño fruncido del mapa, cogió un puñado de carne salada de un bol que había sobre la mesa y se lo tiró a los perros de guerra a sus pies. Los perros no se movieron, lamían chuletas babeadas.

—Los negreros se han retirado tras sus murallas, como era de esperar —dijo Sergei, golpeando con un dedo la fortaleza de los Dragones—. El castillo está bien protegido, es fácilmente defendible incluso con pocos hombres. —Arqueó una gruesa ceja en dirección a Madre Nastassja—. ¿Usted vio trece naves voladoras, Santa Madre?

—El reconocimiento aéreo detectó solo seis —informó el Mayor.

—Siete más acechan entre las nubes por encima del torreón —murmuró Madre Nastassja, deslizando un dedo por los dibujos en zigzag tallados en su cara—. Las veo. Esperan en lo alto, más arriba de donde pueden llegar sus 'cópteros. Naves pesadas. Bien armadas.

—La tormenta arreciará hacia el mediodía. —La mirada refulgente de la Hermana Katya estaba fija en el Kapitán—. Veo relámpagos tan brillantes como la luz del sol. Naves aéreas ardiendo en la tempestad.

Aleksandar le sostuvo la mirada a la mujer, intentando no mostrar emoción alguna. Katya era claramente la más temible de las dos Zryachniyes, su reputación la precedía bien. Mientras que la Santa Madre vestía cuero suave adornado con baratijas totémicas, la Hermana Katya llevaba los trajes de Hombres del Gremio despellejados como armadura, cascos aplanados a golpes como hombreras. Aleksandar casi sintió lástima por el Hombre del Loto que se había estrellado cerca de la granja de relámpagos del norte y había caído bajo las cuchillas de aquella mujer.

—Esperamos hasta mediodía, entonces. —El Mariscal ladró una orden y sus perros de guerra se abalanzaron sobre la carne, salpicando babas en todas direcciones—. Atacamos de frente una vez que nuestros cópteros hayan despejado los muros. Los Sangre Santa irán a la vanguardia. Usted encabezará el ataque, Mostovoi.

—A sus órdenes. —El Kapitán golpeó su peto con el puño, giró sobre los talones. La voz de Madre Nastassja le hizo parar en seco.

—Aleksandar Mostovoi. Verdugo de Kirill, macho alfa del Bosque Negro. Vencedor de Cumbre de Hierro. Tres veces herido al servicio de su Imperatritsa. Hijo de Sacha, hija de Darya, Matriarca de Casa Mostovoi.

El hombre se volvió despacio.

—¿Sí, Santa Madre?

El ojo derecho de la mujer estaba luminoso, una luz rosácea se derramaba sobre las cicatrices rituales de su cara. El resplandor daba un aire vulpino a sus facciones, todo mejillas hundidas y dientes afilados, una sonrisa como una herida en el cráneo.

—Tus hijos recordarán este día. Cómo lo recuerden depende de ti.

—… Gracias, Santa Madre.

—Bendiciones de la Diosa para ti.

—Y para usted, Santa Madre.

La mujer pestañeó, el fulgor de su ojo se fue apagando como la luz del sol. La habitación parecía más fría en su ausencia, su amable sonrisa no conseguía esconder la tristeza de su voz.

—Yo no las necesitaré —dijo.

Aleksandar dio media vuelta y salió de la habitación.

Era una tormenta enviada por la mismísima Diosa.

Justo como había predicho la Hermana Katya, los vientos empezaron a arreciar en torno a las campanadas de mediodía, enormes nubes ocultaron el maldito sol rojo de Shima y sumergieron la tierra en una gélida penumbra. Los relámpagos iluminaban los cielos como si la Diosa quisiera ver con claridad la masacre por venir. Mientras los comandantes de las columnas formaban sus filas, Aleksandar contempló la ciudad en ruinas y sonrió. Las naves voladoras de Shima estaban descendiendo, justo como la Hermana Katya había prometido, parecía que las zarandeaban las manos de unos gigantes de escarcha. Una se estrelló contra los muros del torreón por culpa de unos despiadados vientos racheados, otra fue alcanzada por un rayo mientras descendía y ardió hasta quedar hecha cenizas. Una ovación sedienta de sangre provino de entre las tropas cuando la nave aérea se incineró, himnos en honor a la Diosa recorrieron las filas de soldados. Seguro que Ella había enviado la tormenta para castigar a esos cerdos infieles. Veinte años de matanzas. Veinte años de saqueos y esclavitud. Una deuda pendiente desde hacía mucho tiempo. Los Sangre Santa estaban inquietos, aporreaban el suelo con sus mazos, las pieles despellejadas que les cubrían los hombros teñidas de gris por la lluvia putrefacta. Aleksandar se había atado un pañuelo alrededor de la cara, pero tenía los labios cortados y ardientes, la piel escocida en las zonas por las que el diluvio se colaba en su armadura. Algunos de sus soldados estaban tan afectados que les había ordenado que volvieran a las estaciones médicas y a los cuidados de las Hermanas Misericordiosas. Todos los hombres de la legión estaban ansiosos por comenzar el ataque; cuanto menos tiempo tuvieran que soportar aquella maldita tormenta, mejor. Las compañías de ingenieros indicaron que estaban preparados para moverse. La última nave voladora de los traficantes de esclavos tocó el suelo. Aleksandar hizo un gesto afirmativo en dirección a su señalero, dio orden de que los cópteros despegaran. El débil gemido aumentó hasta convertirse en un fuerte latido, el lubdubdubdubdub de las hélices vibraba en su pecho. Se giró, sus pálidos ojos azules observaron cómo se elevaba lentamente la nave, tan impertérrita ante la violenta tempestad como un perro ante un puñado de pulgas. Los cópteros tenían forma de libélulas chuecas, con la ligeramente asimétrica tosquedad tan habitual entre las proezas de ingeniería de su país. No había dos que tuviesen el mismo aspecto, construidos por mekaniks de diferentes casas, cada uno con su propia teoría sobre cómo diseñar una máquina para volar. Pero lo básico era similar: un receptáculo redondo con una cola adosada, dos ventanucos de cristal parecidos a los ojos de un insecto, y tres enormes hélices a izquierda, a derecha y a popa. Tenían tan poca gracia como una prostituta borracha. Lentos como caballos con tres patas. Incapaces de alcanzar ni la velocidad ni la altura de las naves voladoras de Shima y eran propensos a sufrir averías catastróficas. Sus tripulaciones los llamaban «féretros voladores», y la infantería llamaba a sus tripulaciones «los muertos alados». Pero, por la Diosa que podían volar en medio de una tormenta. Y en un día como aquel, esa era toda la ventaja que necesitaban los morchebanos. La fortaleza de los traficantes de esclavos se asentaba sobre una empinada ladera, la espalda adosada a un abrupto acantilado de granito, torres armadas con potentes lanzadores de shurikens. Cualquier arma de asedio que se enviara contra los muros tendría que estar hecha de metal, ya que si no, la incinerarían los escupidores de llamas que salpicaban las almenas. Además, aunque las torres de asedio en sí no fuesen inflamables, los hombres que había en su interior seguro que lo eran.

Aunque, obviamente, los escupidores solo funcionarían si hubiera negreros vivos para manejarlos.

La flota de cópteros levitaba a quince metros del suelo en burda formación, casi cuarenta en total, zarandeada por los feroces vientos. Una violenta ráfaga empujó a un cóptero contra otros dos; los tres cayeron de los cielos y acabaron convertidos en retorcidas conchas llameantes sobre los adoquines de Kawa. Pero el resto se abrió camino lentamente a través de la atestada ciudad en llamas, acercándose cada vez más al torreón de los negreros y a los samuráis que correteaban como insectos por sus muros. Una granizada de shurikens y proyectiles de catapulta desgarró los cielos cuando los cópteros se pusieron a tiro. Aleksandar podía oír ese odioso ¡popopopopopopop!, su mente divagó de vuelta al día en que habían matado a su padre en las murallas de Mriss. Los cópteros caían de los cielos, los hombres que iban dentro reducidos a goteantes sacos de carne sanguinolenta. Se oían explosiones por toda la ciudad, fogonazos brillantes y nubes de humo negro se elevaban desde las naves estrelladas. Aleksandar apretó los dientes, murmuró una plegaria. Aguzó los oídos. Entornó los ojos.

Esperando a que la tormenta comenzara de verdad.

Una sonrisa sombría curvó sus labios cuando un sonido hueco y crepitante ardió en el espacio entre sus tímpanos y brillantes zigzags de un imposible blanco azulado salieron escupidos del morro del cóptero que iba en cabeza, seguidos de media docena más. Relámpagos crudos brotaron, como vomitados, del cañón montado en la barriga del aparato. Cortaron a través de las almenas en dibujos cegadores, dejando un resplandor verde detrás de los párpados de Aleksandar y unas ruinas ennegrecidas y sangrientas donde antes se encontraban los samuráis. Los escupidores de llamas vomitaron su carga hacia el morro de los cópteros, los relámpagos hirvieron la lluvia negra para convertirla en vapor. Y girándose hacia su señalero, Aleksandar dio la orden para que la segunda ola de ataque comenzara. Las tortugas de asedio pusieron los motores en marcha, llenando el aire con un hedor a piel quemada y ozono. Los vehículos eran feas y gordas moles de hierro, cuajadas de remaches, envueltas en ruedas de tanque segmentadas. Once de ellos se lanzaron al ataque, arrasándolo todo a su paso y abriendo una vía de entrada a través de almacenes y casas particulares a medida que avanzaban hacia el torreón. Las máquinas eran la ultimísima creación de los mekaniks de los campos de pruebas de Akmarr; ese ataque era su primera prueba de campo real. Tenían un aspecto bastante impresionante: todo hierro negro tachonado y anchos morros con punta de lanza. Pero habían perdido el treinta por ciento de su dotación durante el aterrizaje en la playa, en gran parte debido a fallos mecánicos. Como si le hubiera leído el pensamiento, una de las tortugas tosió chispas cegadoras de sus conductos de ventilación, se estremeció y acabó parándose en seco. Las escotillas se abrieron de golpe, vomitando humo negro hacia el cielo; soldados carbonizados salieron rodando de sus entrañas escaldadas. Un grupo de Hermanas Misericordiosas se acercaron a toda prisa y arrastraron a los pobres bastardos hasta las camillas para transportarlos a los trenes medicalizados en la retaguardia.

Aleksandar se levantó el pañuelo e intentó escupir el sabor a carne carbonizada de su lengua.

Tus hijos recordarán este día…

Esperó hasta que las tortugas estuvieron a unos cincuenta metros del muro del torreón y, con una última plegaria a la Diosa, se encaramó a una pila de cajas de embalaje, sacó su martillo de relámpagos y miró al ejército que tenía ante sí. Una legión de acero pesado y banderas negras con doce estrellas rojas, centelleantes ojos azules bajo los cascos, relámpagos en las espadas.

El Kapitán bramó por encima del caos de la batalla y los motores y la tormenta.

—¡Hermanos! ¡Ante vosotros se encuentra vuestro odiado enemigo, temblando tras muros de piedra! ¡Beberéis su fuerza! ¡Vestiréis sus pieles! ¡Y esta noche, cenaréis en las ruinas de sus salones, o con la Diosa en los Salones de los Muertos Victoriosos!

Los hombres contestaron con un clamor, todo puños levantados y hierro centelleante.

—¡Hoy no sois hombres de Aushloss, Krakaan, Veschkow o Mriss! ¡No sois huérfanos de veinte años de sangrienta opresión! ¡No sois padres de hijas esclavizadas, hermanos de hermanas robadas, hijos de madres asesinadas! ¡No sois soldados! ¡Sois un ajuste de cuentas!

Otro clamor, informe y ensordecedor.

—¡Sangre para la Imperatritsa! ¡Sangre para la Diosa!

—¡Sangre! —rugieron—. ¡Sangre!

—¡A la caargaaaaa!

Los hombres se abalanzaron hacia la fortaleza, una pared de hierro e ira. Las torres de asedio de las tropas colisionaron con los muros del torreón y sus hombres subieron en tromba por las pasarelas, los Sangre Santa columpiaban sus inmensos mazos a dos manos contra los samuráis que llegaban a la carga a su encuentro. Aleksandar avanzaba por las calles, momentáneamente cegado por el cañón de relámpagos, con los ojos entornados mientras gritaba órdenes a los comandantes de las columnas por encima del sonido de la matanza. Los Samuráis de Hierro estaban luchando como demonios, la tremenda fuerza de sus armaduras mecánicas era una vista digna de admiración. Aleksandar vio a un negrero —un comandante, por su aspecto— saltar desde las almenas y aterrizar sobre el morro de un rotorcóptero. El hombre rompió el parabrisas de un puñetazo, sacó al piloto a rastras a través del destrozado cristal y lo lanzó al suelo desde ahí arriba. El cóptero se escoró peligrosamente hacia la izquierda y cayó en picado tras su amo mientras el comandante saltaba de vuelta hacia la fortaleza y subía trepando hasta las almenas. Aleksandar subió a la carga por la pasarela de una de las torres, hacia las murallas del castillo. Los Sangre Santa se habían encaramado ya a las almenas, borrachos de asesinato. Un grupo de Samuráis de Hierro los esperaba con las espadas de sierra desenvainadas; una pared de carne furiosa los atacó, haciendo caso omiso de sus rugientes armas. Las murallas estaban sembradas de cadáveres fritos, convertidos en cenizas por el cañón de relámpagos. Unos pocos lanzadores de shurikens todavía estaban operativos, bañando de acero a las tropas de Aleksandar. El Kapitán se abalanzó hacia la refriega, rugiendo como un demonio de hielo. Su martillo de relámpagos era un himno en sus manos, cada impacto contra el cráneo de algún traficante de esclavos hacía cantar a su corazón. Se abrió paso entre los desquiciados, arrancando espadas de sierra de manos, cabezas de cuellos.

Sangre en sus guanteletes. En la cara. En la lengua.

Un rotorcóptero se tambaleó en el aire por encima de su cabeza, un Samurái de Hierro saltó desde la muralla para incrustar ambas espadas de sierra a través del parabrisas. La máquina se escoró y cayó como una piedra, el Samurái gritó una plegaria cuando la nave se estrelló contra una torre de asedio. Rayos y relámpagos brotaron de los desgarrados tanques, electrocutando a los soldados amontonados en su interior. Corriente cruda danzaba sobre hierro y carne. Rostros rotos en rictus sonrientes. Olor a carne quemada.

Aleksandar oyó una fuerte voz, la canción de las espadas de sierra. Vio una figura que le resultaba familiar: el comandante negrero que había arrancado al cóptero del cielo. Se estaba abriendo paso a través de docenas de soldados, peleando como un demonio poseído. Una bandera ondeaba encima de la unidad de potencia de su armadura, azul como el cielo de verdad, con un dragón blanco enroscado en ella. A su alrededor y por encima, Aleksandar podía oír canciones de masacre: el rugido de las espadas de sierra, el crujido de los mazos, los gritos de los heridos y los gemidos de los moribundos. El hedor de la batalla enroscado en los orificios nasales. Combustible quemado y carne quemada, el tufo a barrigas desgarradas y mierda, el regusto metálico de la sangre flotaba tan espeso que podría haber agitado la mano por el aire y se le hubiese puesto roja. Vadeó entre la muchedumbre, le arrancó la cabeza de los hombros a uno de esos traficantes de esclavos, tan solo un crío, de no más de dieciocho primaveras. Tenía los ojos fijos en el comandante de los negreros, ahora claramente superados en número, sus hombres caían por todos lados a su alrededor. Pero aun así, el hombre seguía luchando, aparentemente sin miedo. Un Sangre Santa cargó con el mazo levantado por encima de la cabeza, pero el samurái le esquivó y atravesó con su espada el abdomen del desquiciado, cuyas entrañas se derramaron en largas espirales retorcidas, rojas y púrpuras. El Sangre Santa bramó de dolor mientras el comandante samurái giraba sobre los talones y le cortaba la pierna por la rodilla; dio un salto hacia atrás cuando el demente cayó aullando en un charco de sus propias entrañas. Tres soldados cayeron sobre él, una maza de guerra se estrelló contra su unidad de potencia. El combustible se derramó por la parte posterior de sus piernas, espeso y de color rojo sangre, mientras él le sajaba el cuello a un soldado y le hundía la cara a otro con el puño. Pero ya tenía enemigos por todos lados, un enjambre sin orden ni concierto, simplemente una masa furiosa de hierro y pieles de bestias despellejadas.

—¡Alto! —bramó Aleksandar—. ¡Es mío!

Los hombres se quedaron inmóviles a su alrededor, dieron unos pasos atrás. Aleksandar levantó su escudo, apuntó con el martillo de relámpagos hacia la cabeza del traficante de esclavos. El hombre pareció comprender, sus hombres se apartaron. Alzó la mano hacia su unidad de potencia, soltó la bandera de su clan y la hincó bien hondo entre los cuerpos que le rodeaban; la tela, antes de un azul brillante, ahora manchada de un gris barroso. El símbolo del Dragón ondeó en el viento gélido, la lluvia parecía un desafiante bufido final en dirección al ejército que había venido a vengar veinte años de masacre. Pero no sin pelear. No arrodillado.

Los hombres que rodeaban a Aleksandar empezaron a cantar, un grito rítmico, como un pulso, una única palabra:

—Sangre, sangre, sangre.

Y para sorpresa de todos, el Samurái de Hierro levantó la espada y habló en idioma morchebano.

—Yo te saludo, hermano —dijo—. Lo siento.

Aleksandar miró a través de las ensangrentadas almenas a los samuráis, el estruendo de la tormenta a su alrededor, la cacofonía de la masacre espesa en el aire. Se preguntó quién sería ese hombre. Qué le motivaba. Si podía dormir sabiendo de la carnicería que su gente había cometido. ¿Sería un belicista sediento de sangre? ¿O solo un soldado que obedecía órdenes?

A fin de cuentas, ¿acaso importaba?

Aleksandar pensó en su madre. Su hermana. Su padre. Y entonces le contestó en perfecto shimano, con la voz cargada de odio:

—Yo no lo siento —dijo—. Y no soy tu hermano.

Y entonces cargó.

Aleksandar se abalanzó hacia él por encima de las piedras ensangrentadas, los ojos llenos de lluvia negra. El aguacero hacía un ruido en su escudo semejante a mil tambores diminutos; llevaba el martillo de relámpagos levantado por encima de la cabeza, preparado para tocar su propia tonadilla sobre la cabeza de ese negrero bastardo. Un trueno retumbó por encima de sus cabezas cuando se encontraron, el martillo silbó inofensivamente por un lado de la cabeza del samurái cuando este hizo una finta, un estallido de chispas iluminó un chorro de agua negra cuando la katana de sierra arrancó de un sablazo un pedazo del escudo de Aleksandar. El Kapitán dio un violento golpe de revés con el martillo refulgente de electricidad, pero el samurái se inclinó hacia atrás mientras el arma pasaba crepitando por al lado de su cara. En un santiamén, el negrero volvía a llevar la iniciativa: eliminó de un tajo otra esquina del escudo de Aleksandar y le hizo un profundo corte irregular en el peto. Aleksandar se lanzó al ataque, dos golpes rápidos repelidos, un estallido de chispas, volutas de humo negro azulado subían serpenteando desde el renqueante motor a la espalda del negrero. Metió la punta de la bota en el charco de sangre que tenía a los pies, lanzó un pegote rojo y espeso hacia la cara del samurái y aprovechó para dar un potente golpe en el hombro de su oponente. El samurái se puso rígido cuando la corriente cruda recorrió su armadura chisporroteando, le salía humo de la piel. Aleksandar estaba seguro de que el calambrazo habría acabado con él allí y en ese momento, pero la respuesta del samurái le lanzó tambaleándose hacia atrás, un montón de chispas salieron despedidas mientras trozos enteros de hierro desaparecían de su escudo. Aquel traficante de esclavos era un maestro con la espada, plenamente consciente de que su armadura con motor de chi le daba cierta ventaja. Si Aleksandar se enredaba en una pelea cuerpo a cuerpo, moriría. Si dejaba caer la guardia, moriría. Desviar los golpes del samurái era arriesgarse a que su arma fuera cortada por la empuñadura, y entonces moriría. Aleksandar retrocedió, esquivando los golpes, más que desviándolos o respondiéndolos. De los abollados tanques del samurái, salía un reguero de combustible que resbalaba por su espalda y cubría ya sus piernas de un espeso rojo burbujeante. No quedaba mucho para que los tanques se vaciaran, los dos lo sabían. El traficante de esclavos buscaba terminar aquello antes de que fallaran la velocidad y la fuerza de su armadura, para entonces no sería más que un hombre. No un terror que se cernía amenazador sobre niños atemorizados en las calles de Krakaan o Veschkow. No un demonio que cortaba a través de los hombres como la luz del sol a través de las motas de polvo. Solo un pequeño hombrecillo embutido en un traje de hierro sin vida. El tiempo estaba de parte de Aleksandar. Podía simplemente jugar a la defensiva y esperar a que la armadura fallara. Pero ¿hacer caer a un tullido delante de todo el regimiento que tenía a sus órdenes? No dejaría que sus hijos recordaran el día así. Tendría que vencer a ese hombre, más fuerte, más rápido, más ágil, utilizando la única arma que los caudillos del chi no podían construir para los opresores.

Su inteligencia.

Los cánticos de sus hombres se perdieron en la lejanía, junto con los sonidos del ejército a su espalda. Estaba otra vez en el bosque, tenía trece años, toda la bravuconería y energía de su odio se disiparon cuando el lobo salió de la oscuridad, arrugó el hocico y le enseñó aquellos colmillos como cuchillos. El gran Kirill, macho alfa de los Sanguinarios. Terror del Bosque Negro. Asesino de cien hombres.

Engañado y matado al final por una zarigüeya de trece años.

Aleksandar dio unos pasos al frente con el martillo de relámpagos en alto, dejó caer el escudo. Al ver su oportunidad, el samurái se lanzó a por él, la espada de sierra cortó el aire como una guadaña en dirección al cuello del Kapitán. Preparado para el impacto, Aleksandar levantó el escudo como un rayo, la hoja cortó a través del metal como si fuera mantequilla. Pero aunque el negrero era tan fuerte como cinco hombres juntos, aunque el sablazo hubiera cortado un cuerpo limpiamente por la mitad, no fue del todo suficiente para cortar a través de más de medio metro de acero templado. La espada se quedó atascada en el destrozado escudo, a solo tres dedos de haberlo atravesado por completo. Aleksandar tiró de él hacia abajo, arrastrando también la espada del samurái, y estrelló su martillo contra la cara del negrero. Un estallido de chispas. Un chorro de sangre. El samurái se tambaleó hacia atrás mientras otro golpe impactaba contra su casco y doblaba denterosamente su cuello hacia un lado, abollando el hierro como si fuera hojalata. La corriente danzó por toda la armadura del samurái, un chorro de sangre voló entre la lluvia cuando el hombre cayó sobre una rodilla y Aleksandar dejó caer el martillo sobre su cabeza con ambas manos. Un crujido de huesos rotos. Metal destrozando metal. Un suspiro mojado. El traficante de esclavos se colapso, derramando sangre sobre la piedra empapada, cayó boca abajo ante la bandera del Dragón. Aleksandar se quedó ahí parado, con los hombros encorvados, intentando recuperar la respiración en aquel aire envenenado. El clamor de sus hombres era ensordecedor, le llenaba de orgullo y satisfacción. Al final, dio un paso adelante, arrancó la bandera del samurái de donde estaba clavada y la tiró sobre el suelo de piedra a sus pies. Y girándose hacia la legión que le rodeaba, señaló hacia el torreón con su martillo impregnado de carmesí y bramó a voz en grito:

—¡Matadlos a todos!

Con los martillos en alto, sus hombres se pusieron manos a la obra en la lúgubre tarea de carnicería. Aleksandar se quedó de pie sobre las almenas, bajo la lluvia, se alzaba majestuoso sobre su enemigo derrotado. Volteó el cuerpo con la bota, pesaba más de lo esperado. Cuando el cuerpo rodó sobre la espalda, se le quedó un brazo estirado; entre los dedos semicerrados asomaba un diminuto marco de fotos con una correa de cuero, relucía bajo la lluvia negra. Aleksandar cogió el trofeo de la mano del samurái caído, descubrió un pequeño retrato: una mujer preciosa, un niño guapo, dos bonitas niñitas. Caras sonrientes, ojos brillantes con la alegría de días mejores.

No tan distintos.

No tan raros.

Se quedó mirando el cuerpo destrozado de ese hombre que le había llamado «hermano», se le ralentizó el corazón en el pecho a medida que el caos llenaba el aire y flotaba en los cielos con el eco de las palabras de Madre Nastassja.

Tus hijos recordarán este día. Cómo lo recuerden depende de ti.

Aleksandar recogió la bandera del Dragón del charco de sangre en el que él la había tirado. La estiró por encima del cuerpo del samurái muerto, cubrió con ella su cara destrozada. Un trueno estalló por encima de su cabeza, el ensordecedor chasquido de un látigo bajó retumbando por su columna. Podía oír la carnicería a su alrededor, cadáveres que caían dando volteretas de las murallas y quedaban hechos pedazos. Sangre como lluvia. Hombres y chicos que gritaban. Saboreó la negrura en la boca, con los labios cortados y la garganta asfixiada. Dijo una oración por el samurái caído, remetió el retrato en su cinturón y emprendió el arduo camino de vuelta hacia el puesto de mando con sabor a bilis en la boca. Sabor a sangre. El sabor que, por primera vez en lo que podía recordar, creyó que preferiría escupir que tragar.

Sabor a victoria.