12
LAS CARTAS QUE NOS DAN
-La Señora de la Fortuna se mea en mí una vez más —masculló Gustus.
El Mirlo se echó a reír, se inclinó hacia delante con una sonrisa y arrastró hacia sí el montón de bits de cobre del de la mesa.
—Uzume es una puta caprichosa, amigo mío. Solo los Zorros y los tontos le ruegan plegarias. Es mejor rezar a Fūjin, como hago yo. Al menos el Dios del Viento y los Caminos puede elegir una dirección.
Cuatro figuras estaban sentadas con las piernas cruzadas alrededor de una mesa baja en los jardines de Kitsunejō, escuchando el sonido de las tropas que se concentraban, martillos que golpeaban yunques, truenos en la lejanía. Lexa y Echo estaban reunidas con el líder del clan Kitsune, organizando el alojamiento de los refugiados Kagés. Y aunque todavía hacía un frío helador, un débil rayo de sol había conseguido atravesar las nubes, lo que había animado a unos pocos jugadores a reunirse para una partidita de oichokabu a la hora de comer. Estaba Gustus, por supuesto, aún vestido del moteado verde y marrón de las Iishi. Su fiable kusarigama enrollado a la cintura, con el filo de la hoz recién afilado, y a mano, una gran maza de guerra con remaches de hierro que también utilizaba como muleta. Tenía el pelo recogido en trenzas de guerrero, la barba aún no lo bastante larga como para trenzarla. Uno de los Kagés le había dado algo de resina a cambio, y él se había peinado los bigotes formando una colección de púas impresionantes. Piotr se sentaba a su lado, la mortecina luz del día se reflejaba en el blanco lechoso de su ojo ciego, en el azul flor del otro. A pesar de lo que todos le decían sobre el efecto de la luz solar de Shima, Piotr se negaba a llevar anteojos. Iba vestido con una extraña chaqueta roja oscura, su piel de lobo doblada le hacía las veces de cojín. Cuando se reía, la cicatriz que tenía bajo el ojo derecho se hacía más profunda, el surco de forma ganchuda que subía hacia el lugar donde debería haber estado su oreja dibujaba una nueva sonrisa. No era ningún dechado de belleza, pero el hombre le había salvado la vida a Lexa. Al ojo redondo podría faltarle la cara entera además de los genitales y Gustus todavía le habría llamado hermano. El Mirlo estaba sentado frente a ellos, con el pecho ancho y redondo como un barril, encorvado bajo el ala de su enorme sombrero de paja. En la guerra de barbas que parecían disputar, el capitán de los caminantes de las nubes era el claro ganador: bigotes lo bastante espesos como para plantar arroz en ellos descendían por su barriga trenzados por partida triple. El Mirlo tenía una voz profunda y sonora y una risa que Gustus podía sentir dentro del pecho. Y por último entre los jugadores de cartas, estaba Murphy. Los moratones de la cara del chico ya casi habían desaparecido, pero Gustus todavía podía ver los daños, los que llevaba por dentro, aunque intentara esconderlos. El chico tenía el pelo recogido en un moño simple, se le veían las raíces rubias. No participaba en la guasa, pero Gustus consideraba un milagro haber sido capaz siquiera de sacar al chico a rastras de su cuarto. No podía recordar la última vez que había visto la infame sonrisa torcida de Murphy.
—Muy bien, reparte otra vez, perro Dragón. —Gustus le tiró la baraja de cartas al Mirlo—. Y voy a vigilar cómo barajas.
—Estoy pensando que deberías retirarte mientras aún estés a tiempo, Gustussan —Raven levantó la vista de su mesa de caligrafía—. No me pega que seas un tipo con suerte.
La chica estaba sentada cerca de ellos, fumaba un poco de la marihuanilla de Piotr, esa hierba con aroma a canela y miel, con los dientes apretados en torno a la caña de una pipa de hueso. Labios protuberantes y piel pálida sin rastro de pintura, pelo recogido en una trenza simple. Sin hacer ningún esfuerzo, aún conseguía que muchos de los soldados Kitsunes giraran la cabeza a su paso, aunque las espadas de sierra que llevaba a la espalda hacían que la mayoría se guardara sus miradas para sí mismos. Estaba inclinada sobre una pequeña mesa, un rollo de papel de arroz extendido y sujeto con lisos cantos rodados. Tenía un pincel y un bote de tinta de sepia en las manos.
—¿Qué estás escribiendo, chica? —preguntó el Mirlo.
—Preocúpate de tus cartas, Capitánsan.
—Tal y como juega este pobre pedazo de carne, podría ganarle con los ojos cerrados.
Gustus escondió su mohín en su barba, bebió un sorbo de sake.
—Si tanto te interesa, estoy escribiendo un libro —suspiró la chica.
Raven levantó el estuche para pergaminos en el que guardaba su trabajo. Estaba burdamente tallado en pino sin pulir, con unos kanjis grabados a toda prisa sobre la superficie exterior.
—La guerra del loto… —leyó Gustus.
—Mmm. No lo tengo muy claro por el título. —El Mirlo se acarició la barba—. ¿De qué trata?
—De pesca.
Piotr escupió una bocanada entera de humo. Gustus soltó una risita y le dio a Murphy un codazo. El chico simplemente frunció el ceño.
—Muy graciosa. —El Mirlo hizo una reverencia—. Pero ¿de qué trata en realidad?
—Es una historia de esta guerra. Wells. Lexa. Nyko. Gaia. Daiyakawa. —Raven barrió el aire con su pincel, señalando a toda la fortaleza Kitsune—. Nosotros.
—¿Por qué?
—Para que la gente la recuerde.
El Mirlo bebió un sorbo de sake, hizo una mueca.
—Me suena como una forma de malgastar buen papel de arroz.
Nadie ganó nunca una batalla con una botella de tinta.
—¿No crees que la gente debería saber lo que ocurrió aquí?
—Oh, sí creo que deberían saberlo, eso seguro. Simplemente no creo que les importe.
—¿Cómo no va a importarles?
—Porque la próxima vez será diferente. Siempre lo es.
—¿Diferente? —Gustus frunció el ceño en dirección al capitán de los caminantes de las nubes.
—Diferente —asintió el Mirlo—. Sea cual sea la razón por la que luchen. Tendrá un nombre diferente y una forma diferente: religión o territorio o blanco o negro. La gente mirará hacia atrás, a nuestra época, y dirá «nosotros nunca hubiéramos estado tan ciegos». La gente no aprende de la historia. No la gente que cuenta, en cualquier caso.
La contestación de Raven fue cortante como el acero:
—Todo el mundo cuenta.
—No todo el mundo es un Shōgun —dijo el Mirlo—. No todo el mundo tiene el mando de un ejército…
—Una avalancha comienza con un guijarro. Un bosque con una semilla. Y solo se necesita una palabra para hacer que el mundo entero se detenga y escuche. Todo lo que necesitas es la palabra correcta.
—¿De verdad crees eso, chica?
—Tengo que hacerlo.
—¿Por qué?
—Porque este lugar tiene algo tan mal que me da ganas de gritar. Y supongo que puede que tengas razón y todo esto no valga para nada. Pero supón que yo tengo razón y que sí tengo el poder de cambiar las cosas, pero me quedo aquí sentada y pienso que otro levantará la voz. Que no debería molestarme en intentarlo. ¿Eso en qué me convertiría?
El Mirlo se rascó la barba, con aire ligeramente avergonzado.
—Si estoy equivocada, intentarlo no cuesta nada —añadió Raven—, pero si tengo razón, no hacer nada cuesta todo.
Murphy suspiró, se puso en pie.
—Jodido ruido…
—¿Dónde vas? —preguntó Gustus.
—A algún sitio ligeramente más relajado y ligeramente menos dramático. —El chico se alejó con andares desgarbados, las manos metidas en el obi, los ojos fijos en el cielo atronador mientras caminaba.
—Vaya, parece encantador —musitó Raven, volviendo a su caligrafía.
—No le prestes atención —dijo Gustus, encogiendo los hombros—. Ha perdido a alguien. Alguien especial.
—¿Solo a uno? Debería dar gracias a sus estrellas, entonces.
Gustus se volvió hacia el capitán de la nave voladora, con el ceño fruncido.
—Eres un tipo extraño de rebelde, Mirlosan. No hablas como la mayoría de la gente de por aquí.
—Eso es porque la mayoría de la gente de por aquí no sabría distinguir los aparejos de las jarcias.
—Bueno, ¿y por qué demonios nos estás ayudando?
—Deuda de sangre. El Shōgunato mató a mi hermano pequeño.
—Disculpas. —Gustus se cubrió el puño e inclinó la cabeza—. ¿Cómo murió?
—Wellsnomiya le voló la cabeza. Después de que no consiguiera volver con ese maldito tigre del trueno en el que tu chica va montada.
A Gustus se le cayó la mandíbula hasta el regazo.
—… ¿Tu hermano era Ryu Yamagata?
Un lento gesto afirmativo.
—Capitán de la nave voladora Hija del Trueno.
—Entonces, vuelvo a pedir disculpas —dijo Gustus—. Yo le conocí. Era un buen hombre. Un hombre valiente.
—Bueno, pues ahora es un hombre muerto. Pero no dormirá él solo en los infiernos. —El Mirlo se apuró el resto del sake con un suspiro. Recogió sus ganancias, se puso de pie y se estiró—. En cualquier caso, tengo trabajo que hacer. Kimonos que perseguir. Gracias por el trago. —Una sonrisa—. Y por la calderilla.
Gustus observó al capitán alejarse sin prisa, inclinando su ridículo sombrero en dirección a las doncellas al pasar. El hombretón todavía tenía el ceño fruncido y jugueteaba con su barba, deslizaba los dedos y los pulgares a lo largo de las púas endurecidas por la resina.
—Gustussan, —dijo Piotr—. Habla yo contigo.
Gustus miró al gaijin de refilón.
—Pues habla.
El gaijin echó un vistazo desconfiado por encima del hombro hacia Raven, se acercó más a Gustus, bajó la voz hasta que solo fue un susurro conspirador.
—Chica —dijo—. Tu chica bonita.
—Echo —dijo Gustus, frunciendo el ceño—. Pero no es mía.
—Ella Tocada. Ella Zryachniye.
—¿Eso qué significa?
—Todavía puedo oíros, ¿sabéis? —dijo Raven con los ojos aún fijos en su caligrafía.
Piotr puso cara de pocos amigos, se acercó todavía más, señaló su ojo derecho ciego.
—¡Tocada!
—No le he puesto un dedo encima, si eso es lo que quieres decir. Solo somos amigos.
Raven tosió, murmuró palabras inarticuladas. Gustus la ignoró.
—No, no, no puede hacer para el tocar. —Piotr parecía alarmado—. Ella Zryachniye. Es blanco, ¿da?
—Ella es medio blanca. Medio shimana. Y le hablé sobre su ojo. Si existe algo especial en él aparte del color, no lo ha sentido en cuatro años.
—Por supuesto. —Piotr miró al hombretón como si fuera tonto—. Ella durmiendo.
—¿Durmiendo? —Gustus se frotó las sienes—. Escucha, no te ofendas, pero se te entiende tan bien como a mi abuela cuando ha fumado su «medicina para la artritis».
Piotr suspiró, exasperado. Sus ojos escudriñaron los tablones de madera del suelo como si las hojas muertas fueran palabras desperdigadas y estuviera buscando las correctas para reunirlas en una frase.
—¿Dioses? —dijo al fin—. ¿Vosotros Shima tener dioses? ¿Uzume? ¿Fūjin? ¿Izanami?
—Izanami es una diosa de la muerte. —Gustus hizo la señal que protege del mal—. Pero tenemos dioses. ¿Y qué?
El gaijin levantó la mano hacia el cielo.
—Dioses.
Estiró la otra mano hacia abajo.
—Chica. Tu chica bonita.
—Por las barbas de Izanagi, no es mía…
Piotr bajó su mano de «dios» y tocó suavemente la palma de la otra mano con un dedo. Y con aspecto de estar totalmente encantado consigo mismo, sonrió y dijo:
—Zryachniye.
Gustus parpadeó, luego se bebió de un trago el resto de su sake.
—Zryachniye…
—¡Da! Bien es por él. —Piotr aplaudió con las manos, se dio golpecitos en la frente—. Estaba pensando él para lento, pero no, no, es bien. Ja ja.
—Vale. —Gustus bajó la voz hasta que solo fue un murmullo—. Maldito ojo redondo profanador de cadáveres…
El repicar de unas pisadas apresuradas acalló los pensamientos de Gustus. El hombretón miró al otro lado del jardín y vio a Echo esprintando hacia ellos por la veranda. Tenía la desgreñada melena enredada por la cara, las mejillas arreboladas, su único ojo muy abierto y brillante y todo refulgente. Gustus se encontró de pronto intentando tragarse el nudo que se le había hecho en la garganta. La chica se detuvo al lado de la mesa, se dobló por la cintura resollando, intentaba recuperar la respiración. Raven dejó su caligrafía a un lado, puso una mano sobre su katana de sierra.
Gustus se apoyó en su muleta, se puso de pie con esfuerzo y plantó una manaza sobre el hombro de Echo.
—¿Estás bien?
La chica sacudió la cabeza, echó un vistazo a Piotr, mientras intentaba en vano aspirar una buena bocanada de aire.
—¿Qué pasa? ¿Qué va mal?
—Gaijin… —boqueó Echo al fin.
Gustus miró a Piotr. El gaijin casi estaba en posición de firmes en presencia de Echo; mantenía los ojos bajos, apartados de la cara de la chica.
—¿Qué pasa con él? —inquirió Gustus.
—Piotr no —resolló Echo—. Los gaijins han invadido Shima. Una flota. Un ejército. Acaban de atacar la capital Dragón. Un ataque frontal a la ciudad de Kawa.
—Por las barbas de Izanagi —musitó Raven—. Kawa es una fortaleza. ¿Cuántos gaijins hay?
Echo se quitó bruscamente de la cara unos mechones de pelo empapados de sudor, se enderezó con una mueca.
—Parece que todos ellos…
Este no era exactamente el futuro que Gustus había planeado. Su padre había sido cazador, y su abuelo antes que él. En un clan de artistas, la suya era una familia de destructores. Y aunque la poesía cantaba en su mente, aunque en sus manos la belleza estaba tan solo a un cuchillo y un cincel de distancia, cualquier deseo de ser artesano se lo habían quitado a palos desde la más tierna infancia.
—No puedes hacer un abrigo para el invierno a partir de unas malditas poesías —había dicho su padre—. Y siempre habrá animales para cazar.
Pensándolo bien, el viejo no tenía mucho talento para planear futuros tampoco.
Cuando entró como aprendiz en la Corte Imperial a los dieciséis años, Gustus había sentido satisfacción más que orgullo. Ya sabía cuál sería su futuro. Cazaría los yōkais negros nacidos en los infiernos, encontraría una mujer (más adelante), le daría a su madre algunos nietos (mucho más adelante) y eso sería todo. Una vida normal. No merecería ni siquiera una nota a pie de página en los libros de historia. Y sin embargo aquí estaba: veintiocho años, sin hijos a la vista, y tan lejos de una vida normal que ni siquiera podía imaginar ya el aspecto que eso tenía.
No era lo que había planeado en absoluto.
Ocho figuras estaban arrodilladas en torno a la larga mesa baja, el aroma a flores quemadas entrelazado con el humo del farolillo. El viejo Daimyo Isamu a la cabecera, a treinta pasos de sus invitados. El General Ginjiro se sentaba a su derecha, una docena de samuráis los rodeaban. Los guerreros llevaban unas armaduras lo bastante viejas como para haber sido sacadas de un museo. Las reservas de combustible de los Kitsunes eran tan escasas que utilizar armaduras de chi era completamente impensable ahora para nadie que no fuera del alto mando. Raven, Echo y Murphy se arrodillaban a la izquierda del Daimyo; Gustus, Misaki y Lexa enfrente. Piotr estaba de pie cerca de una ventana, haciendo aritos de humo. La mesa estaba cubierta de más comida de la que había visto Gustus en años, pero aun así nadie comía, excepto Echo y, quizás no tan sorprendentemente, Lexa, que demolía en silencio un gran plato como si fuera su última cena. El pálido resplandor del ojo de Echo se refractaba sobre la cristalería, Gustus miraba fijamente su cicatriz, el parche de cuero que ocultaba los daños. Una vida entera no sabiendo de dónde saldría su próxima comida le había enseñado a nunca malgastar un almuerzo gratis, así que estaba ocupada engullendo un bol de atún de aguas profundas. El hombretón se encontró estudiando el contorno de su mejilla. La forma de sus labios. La chica pilló a Gustus mirándola, le ofreció una sonrisa tímida alrededor de la boca llena. El gigantón apartó la vista rápidamente, se concentró en el informe que estaban dando los Samuráis de Hierro a su Daimyo.
—El ejército gaijin cuenta con diez mil efectivos, gran Señor. —La expresión del General Ginjiro era adusta—. Cogieron a los Dragones completamente por sorpresa. Antes de que perdiéramos el contacto con nuestros hombres de reconocimiento, la ciudad de Kawa estaba en llamas. Tenemos dos informes separados que dicen que su primo, el Daimyo Haruka, murió defendiendo Ryujō, junto con su hijo y la mayor parte de su Élite.
—La fortaleza de los Dragones ha caído —suspiró Isamu—. Después de dos siglos sin ser desafiada.
—Eso dicen sus informadores, gran Señor.
—¿Y tú, Misakisan? —El Daimyo se volvió hacia la cabecilla de los rebeldes del Gremio—. ¿Qué noticias tienes de tus hermanos de Kawa?
Misaki todavía iba embutida en su membrana, con las patas de araña plegadas a la espalda. Tenía los párpados tan gruesos que Gustus había pensado que estaba medio dormida hasta que fijó en él una mirada que podría haber cortado el granito.
—La Primera Casa está interfiriendo con nuestra capacidad de comunicación. —La Mujer del Gremio hizo un gesto elocuente hacia el silencioso mecábaco que llevaba en el pecho—. Nuestros Artífices están intentando amañar una torre de transmisiones en onda corta, pero hasta entonces, no sabremos nada de nuestros hermanos de Kawa.
El General Ginjiro se volvió hacia su señor.
—Hemos recibido una misiva oficial de nuestro supuesto Shōgun. El Señor Roan nos pide que nos aliemos con el clan Tigre contra estos invasores.
—Envía una respuesta apropiada en papel del bueno. —Isamu se acarició el bigote, fruncía el ceño al pensar—. Algo del tipo «el venerable Señor de los Zorros declina vuestra petición con todos los debidos respetos. Ojalá os atragantéis con los mil miembros palpitantes de vuestros amos del Gremio, lloriqueante pedacito de mierda. Atentamente suyo, etcétera etcétera…»
Echo protestó con la boca llena de atún.
—Prro efo ef 'n fuifidio.
Gustus sonrió ante la falta de urbanidad cortesana de la chica, intentó compartirlo con su hermano. Pero Murphy estaba apuñalando su carne como si la odiara, nubarrones negros flotaban por encima de su cabeza.
—Puede que sea suicida, pero el clan del Zorro no se arrodillará ante este Shōgun de pacotilla —explicó Ginjiro.
Gustus se quedó asombrado cuando Murphy habló por primera vez en varias horas, musitando y negando con la cabeza.
—Samuráis —dijo—. Tan jodidamente predecibles.
El General Ginjiro miró al chico y parpadeó, su sorpresa se tornó rápidamente en ira.
—Tora Roan es un usurpador. No tiene ningún derecho sobre el Trono Dorado. El honor nos exige…
—¿Quiere recordarme otra vez la diferencia entre honor y estupidez?
—Murphy… —le advirtió Echo.
—Aquí tienen una fortaleza. —Murphy señaló a su alrededor—. Con un ejército de Zorros en su interior. Otro ejército de Tigres y Fénix al sur. Si todo el mundo parara por un instante y sacara sus honorables cabezas de sus honorables traseros…
Ginjiro alzó la voz.
—Sería vergonzoso aliarnos con un lacayo del Gremio que ha insultado a nuestro Señor y está listo para atacar nuestra tierra natal.
—Idiotas —musitó Murphy—. Niños pequeños jugando a los soldaditos…
Ginjiro estampó una mano sobre la mesa.
—Creo que todo el mundo debe pararse un momento y respirar hondo —intervino Lexa—. Pensar sobre esto de una forma racional.
—Pero esa no es una opción, ¿no? —dijo Murphy—. No cuando se trata de honor y Bushido y toda esa mierda. Preferirían morir solos que defenderse juntos…
Ginjiro soltó una carcajada.
—Vale, entonces empujamos a los gaijins al mar todos juntos y ¿después qué? ¿Crees que el Gremio va a perdonarnos por dar asilo a sus rebeldes? ¿O por insultar a su marioneta de Shōgun?
El Daimyo Isamu tamborileaba con un dedo sobre el lanzador de hierro que llevaba a la cintura.
—¿Estás sugiriendo que os retiremos nuestro apoyo y dejemos que la rebelión del Gremio y tú os pudráis, jovencito?
—Por supuesto que no…
—El Gremio quiere veros a vosotros los Kagés aniquilados, a Lexa muerta, a mí arrodillado a los pies de Roan. Las cartas están dadas. Jugamos con las cartas que nos han tocado, o nos retiramos de la partida. No existe una tercera opción.
—Entonces, ¿cuál es el plan? ¿Esconderse aquí y ver quién llega el primero para masacrarnos? —Murphy se giró hacia Lexa—. Deberíamos habernos quedado en las malditas montañas…
—Esto es lo que nos hemos buscado, Murphy —dijo Lexa—. Quizás sea lo apropiado. Hemos estado en guerra con los gaijins durante veinte años. Hemos matado a su gente. Robado a sus hijos. Puede que nos merezcamos un justo castigo.
—Es interesante que llegue ahora —reflexionó Isamu—. Luché en Morcheba muchos años y los ojos redondos nunca estuvieron tan bien organizados. Eran una masa informe. Fieros como lobos rabiosos, pero nunca un ejército. ¿De dónde ha salido esta flota?
—La concentraron al norte. —Lexa empujó su plato vacío a un lado y suspiró—. Lejos de sus propias costas para que las fuerzas del Shōgunato no se enterara de sus planes.
—¿Pero de dónde venían las órdenes? ¿Quién consiguió reunirla?
—Imperatritsa.
Todos los de la mesa se volvieron hacia Piotr. El gaijin había guardado silencio hasta ese momento, fumando con tristeza lo que parecían los últimos restos de su marihuanilla. Ahora se acercó despacio a los allí reunidos, exhaló una nubecilla gris pálido al aire que los separaba.
—¿Qué demonios significa eso? —preguntó Raven.
—Yo he oído esa palabra antes —murmuró Lexa pensativa—. Pero no estoy segura de lo que es…
Piotr cogió un puñado de copas vacías del servicio de té y las colocó delante de él.
—Doce casa —dijo, haciendo una seña en dirección a las copas—. Grigori, Baranova, Mostovoi, y es más, ¿da? Doce.
—¿Doce clanes gaijins? —sugirió Gustus.
—Da —asintió Piotr—. Es clan, pero no. Doce casa. —Empujó algunas de las copas contra otras, una salió despedida—. Nosotros peleamos. No hay paz. Muchos años. Luego… —Señaló hacia los Samuráis de Hierro en torno a Isamu—. Shima es viniendo. Samuráis. Haciendo la guerra. —Empujó las copas otra vez—. Entonces una es viniendo. Imperatritsa. Ella coge doce… —El gaijin apiló las copas todas juntas en una masa de tambaleante porcelana—. Hace una. Imperatritsa Ostrovska.
—Un caudillo —dijo Isamu—. Un caudillo que unificó a los clanes gaijins.
—Yo vi una imagen de ella en la granja de relámpagos —asintió Lexa—. Una mujer sobre un trono con doce estrellas en el regazo. Llevaba puesta la piel de una gran águila negra.
—No águila. —Piotr negó con la cabeza—. Grifo. Mucha fuerza. Mucho trofeo.
Lexa se tragó la contestación antes de que brotara de sus labios.
—¿Ella? —Ginjiro arqueó una ceja—. ¿Os dirige una mujer?
—Ella Zryachniye. —Piotr señaló hacia Echo—. Como chica bonita.
Murphy y Echo intercambiaron miradas, sin decir nada. Se hizo un silencio incómodo; todo el mundo observaba a la chica y a su iris imposible, resplandecía del color del cuarzo rosa. Gustus podía ver las raíces rubias de su pelo; la sangre gaijin que había escondido durante tantos años asomaba lentamente a la superficie.
—Bueno, pues esa es nuestra lección de historia de hoy —dijo Raven—. Pero sigue sin solucionar el problema de la flota de gaijins desquiciados que está ahora mismo bebiéndose el mejor sake del Daimyo Dragón. Ni el de Tora Roan y su coloso de hierro.
Lexa asintió.
—Si los gaijins avanzan hacia el oeste, nos encontraremos encajonados entre dos ejércitos enemigos. No sé si tenemos la fuerza suficiente para repeler a uno. Pero habrá que intentarlo.
—Esta ciudad se construyó para resistir un asedio de los onis —apuntó Ginjiro—. Resistirá esto.
—Así que esa es la gran estrategia, ¿no, General? —preguntó Raven—. ¿Simplemente sentarnos y esperar?
Misaki se inclinó hacia delante, juntó las manos abiertas, colocó las puntas de los dedos bajo la barbilla.
—Antes del alzamiento, la rebelión tenía un plan para atacar la Primera Casa. Destruir sus reservas de chi y con ellas al Primer Brote. Sin repostaje posible, el Arrasador no podría ir muy lejos antes de quedarse sin combustible.
—Por fin alguien dice algo con sentido —murmuró Raven.
—Habíamos estado intentando infiltrarnos en el complejo durante años, pero solo las Serpientes y los Brotes Mayores tienen acceso.
—Ahí está esa palabra otra vez —dijo Lexa—. ¿Qué significa? ¿Quiénes son esas Serpientes?
—Se llaman a sí mismos la Inquisición. —Misaki deslizó una mano por encima de su cabeza calva—. Pero en realidad son un culto. Más fanáticos que los Purificadores. Viven en una especie de sueño perpetuo por beber humo de loto todo el día. Ellos custodian al Primer Brote. Quizás le controlan también. Nadie lo sabe de verdad. Pero han sido parte del Gremio desde que era un Gremio.
—¿Y por qué los llamáis Serpientes?
—Visitan los cabildos para supervisar las ceremonias del Despertar. Cada vez que teníamos la oportunidad, poníamos un dron tras sus pasos. Nos llevó años, centímetro a cuidadoso centímetro. Pero tienen serpientes tatuadas sobre sus brazos derechos.
—¿Sus brazos derechos? —preguntó Gustus con el ceño fruncido—. ¿Donde deberían llevar la tinta de su clan?
—Eso es.
—¿Un clan dentro del Gremio? —Lexa arqueó una ceja.
—Eso es imposible —dijo el Daimyo Isamu—. El clan de la Serpiente ya no existe, al igual que las Grullas o los Monos o los Leopardos. Los veinticuatro clanes se convirtieron en cuatro zaibatsus cuando Kazumitsu subió al trono. El resto están muertos y desaparecidos. Mi propio antepasado, el gran Okimoto, aplastó a las Serpientes y las convirtió en polvo. Incluso los niños Kitsunes conocen la leyenda.
—¿Aplastó? —Gustus parpadeó confuso mientras miraba al anciano líder del clan—. Cuando el primer Daimyo ascendió al Trono del Fénix, ofreció paz a los clanes que había en sus territorios. Fueron acogidos, no exterminados.
—Okimoto les ofreció lo mismo a los Lobos, Halcones y Arañas, Gustussan. Pero las Serpientes veneraban a la Diosa Izanami, Madre de la Muerte. Sus tierras se encontraban al borde de las Montañas Iishi, cerca de las ruinas de la Puerta del Infierno. Construyeron templos en su nombre en las tierras inexploradas. La invocaban para que cantara la canción que acabaría con el mundo.
—El templo negro de las Iishi. —Lexa miró a Raven—. Donde vivían los onis…
—Estudié historia muchos años —dijo Raven—. La biblioteca del palacio del Shōgun era tan grande que me perdí en ella tres veces, pero nunca leí nada sobre esto.
—El Gremio controla las ondas aéreas —explicó Lexa—. Escribe la historia.
Misaki asintió.
—Y la Inquisición controla el Gremio.
—Si no querían que se hablase de su clan, no les resultaría difícil…
—Esto es absurdo —interrumpió Isamu—. El clan de la Serpiente lleva muerto doscientos años.
Ahora fue Lexa la que asintió.
—Más o menos el mismo tiempo que lleva existiendo el Gremio del Loto.
—Conspiraciones por todas partes, ¿no? —sonrió Isamu—. Quizás hayas pasado demasiado tiempo en la Corte de los Tigres, joven señorita.
Lexa le devolvió la sonrisa.
—Quizás usted no ha pasado el suficiente, anciano caballero.
El Daimyo rio entre dientes mientras Lexa se giraba hacia Misaki.
—¿Qué aspecto tienen esos Inquisidores?
—Ropa negra. Ojos inyectados en sangre. Andan y hablan como aturdidos. Llevan respiradores que les permiten aspirar humo de loto todos y cada uno de los minutos que están despiertos.
—En ese caso, quizás podríamos hacer unas preguntas sobre este clan Serpiente —intervino Ginjiro.
Lexa parpadeó.
—¿Qué está diciendo, General?
—Nuestras corbetas inutilizaron tres naves del Gremio durante el alzamiento de los rebeldes. Una quedó destrozada cuando se estrelló contra una torre de atraque, pero las otras dos pudimos abordarlas con éxito. Nuestras fuerzas detuvieron y arrestaron a la mayor parte de la tripulación.
Pasó la vista por toda la mesa. Se puso lentamente de pie.
—Tenemos a uno de esos Inquisidores en nuestras mazmorras.
