13
SOBRE UNA CHICA
En la ciudad de Danro, un Hombre del Gremio rebelde va caminando a la Plaza del Mercado y, pieza a pieza, se despoja de su piel de metal. Y allí sentado, desnudo ante la desconcertada multitud, se rocía con chi extraído de sus tanques y, con toda calma, se prende fuego.
El mismo día, dos Vidas Falsas contaminan los nutrientes alimenticios del Cabildo de Danro con toxina de adormidera negra.
Trece Shateis y dos Kyodais mueren antes de que se descubra la causa. En el consiguiente intento de detención, las Vidas Falsas matan a tres Purificadores antes de que las maten a ellas.
Los Brotes Mayores del Cabildo de Kigen convocan una reunión de emergencia para discutir el intento de asesinato del Segundo Brote Kensai. Diez minutos después de que comience el debate, un solitario Hombre del Loto entra en el Salón del Consejo y detona un dispositivo explosivo improvisado dentro de sus tanques de chi.
Mata a casi todos los Kyodais de alta graduación de la ciudad de Kigen.
Las transmisiones de la ciudad de Kawa hablan de una horda gaijin que emerge del mar. Un ejército que avanza bajo una bandera con doce estrellas rojas bordadas. Los cielos están llenos de rotorcópteros, las aceras llenas de demonios de ojos azules vestidos con pieles de bestias, las calles llenas de masacre. Las transmisiones de la Primera Casa están ahora revestidas de acero, exigen a la flota Tora que vuele a toda velocidad a encontrarse con el Arrasador. La insurrección de la Señora de las Tormentas en Yama debe ser aplastada. El Arrasador debe después marchar hacia el este antes de que los gaijins logren establecerse en Shima. El loto debe florecer.
Las transmisiones de Yama aún chisporrotean con interferencias constantes.
El zumbido del mecábaco está teñido ahora de temor.
Una máscara de latón esconde su expresión por completo.
Cuando era más joven, a Clarke le resultaba extraño que los caminantes de las nubes hablaran de las naves voladoras como si fueran mujeres. De niña, solo conocía las embarcaciones por sus esquemas, nunca apreció nada femenino en su diseño. Pero había oído a los capitanes de las naves venir a hacer encargos a los navieros del Gremio y se había dado cuenta de que siempre se referían a los buques como «ella».
Siempre se preguntó por qué sería. Si los caminantes de las nubes pasaban tanto tiempo lejos de sus familias que empezaban a considerar a las naves sus segundas esposas. Quizás cuando se enfrentaban a una tormenta eléctrica, los marineros recordaban un tiempo en el que todo lo que necesitaban para olvidar sus miedos era el calor de los brazos de una madre. Clarke no fingía entenderlo. Nunca había conocido a una esposa o hija o madre. Solo podía imaginarse lo que esas cosas le harían sentir. Puede que esa fuera la razón por la que el Gremio bautizaba sus naves con el nombre de cosas. Nadie lo sabía. No realmente.
De pie a proa del buque insignia del Daimyo, observó a la flota del Gremio balancearse y cabecear a través de los cielos rojo hierro. Incluso para alguien que había estado de aprendiz en una belleza como la Hija del Trueno, la vista era impresionante: cuatro lentos y pesados acorazados y una docena de elegantes corbetas llenaban el aire de truenos de metal, dejando en el cielo un rastro negro azulado a su paso. Los nombres estaban pintados a lo largo de la proa de cada nave con grandes y llamativos kanjis. No eran tributos a madres o hijas o esposas, sino nombres nacidos de una obsesión con el hierbajo en el que se fundaba el Imperio. La Flor Escarlata y la Cosecha de Invierno. Luz Bendita y la Viento del Loto. La atronadora fortaleza en la que volaba Clarke había sido la única nave voladora Tora en escapar relativamente indemne del ataque Kagé a los muelles de Kigen. Su nombre había sido Tigresa Roja bajo el reinado de Wells, pero el orgullo de la flota Tigre había sido reparado y repintado justo antes de que partieran de Kigen. Unos grandes kanjis recién pintados recorrían ahora su proa, proclamando con orgullo al mundo su nuevo nombre:
La Muerte Honorable.
El suelo allá abajo era todo tierras baldías llenas de agujeros; la oxidada mole de un conducto de chi se alejaba serpenteando a través de los vapores de las tierras muertas. Clarke observó a la Cosecha de Invierno que ennegrecía los cielos a casi cuatrocientos metros de su popa. No pensó en el hombre que había confiado en ella, encerrado en algún lugar en las bodegas de esa nave. No pensó en la noche que pasó en la Hija del Trueno con ella a su lado, cogida de su mano, mientras se reían bajo la lluvia clara. No pensó en los labios de la chica apretados contra los suyos en las Iishi, en las gotas de lluvia reflejadas como joyas en sus ojos. El mundo que le rodeaba se estaba haciendo pedazos poco a poco: el alzamiento de la insurgencia, el ataque de los gaijins, la guerra total que se avecinaba. Y en medio de semejante caos, Clarke no pensaba en nada. En nada en absoluto.
Era más seguro así.
—Yo te conozco.
Clarke desvió la vista de la flota para mirar a la figura que se había materializado a su lado. La armadura armó un pequeño estrépito cuando se movió: chi escupido, pistones siseantes, dientes de relojería. Pintada de blanco muerte, igual que las cenizas restregadas sobre su cara. El señor del zaibatsu del Tigre. El que llevaría al ejército Tora hacia la victoria final. El cadáver que ansiaba alcanzar su tumba.
—Daimyo Roan —respondió Clarke.
—Yo te conozco —repitió Roan.
—No lo creo.
—Tú eres la individua —asintió el Daimyo Tora—. Tú le diste al tigre del trueno sus alas metálicas, y ese mismo tigre del trueno me arrancó el brazo. —Hizo un leve gesto afirmativo con la cabeza, los pistones sisearon—. De todas las naves que están de camino hacia los campos de pruebas, tenían que destinarte a esta, ¿no? Qué típico.
Clarke no apreció ira en la voz de Roan. Simplemente la amarga resignación de un hombre ya hundido hasta el cuello en humillación y que sufría en silencio una nueva dosis de la misma medicina.
—El Segundo Brote Kensai está… indispuesto —explicó Clarke—. Yo estoy aquí en su lugar. Disculpas si esto os incomoda, honorable Daimyo.
—Ella te llamaba Clarke. Ese es tu nombre, ¿no es así?
No me llaméis Clarke. Ese no es mi nombre.
—Hai.
Llamadme Primer Brote.
—Entonces, como ya he dicho, yo te conozco.
—Como yo os he dicho, honorable Daimyo, no lo creo.
—El Tigre no está tan ciego como crees. La red de espionaje de mi Tío todavía me susurra de vez en cuando. Hablan de una Mujer del Gremio que se unió a los Kagés, solo para traicionarlos. Que vendió a su líder durante el alzamiento de Kigen, entregándolo a cambio de un refugio seguro. —Roan miró el traje nuevo de Clarke de arriba abajo—. Y de un ascenso, parece.
—Disculpas, honorable Daimyo. Pero no sabéis nada.
—Sé que somos iguales, tú y yo. Yo también pensé que la quería, al principio.
Clarke se giró bruscamente, su traje atmos soltó una siseante voluta de humo negro azulado. El mecábaco era un parloteo constante en el fondo de su mente. Tranquilizador. Silenciador.
—Hasta que descubrí lo que era —añadió Roan—. Hasta que me traicionó. Me pregunto qué te hizo a ti, para que el final de esta historia nos encuentre juntos a nosotros dos…
—Ahora no se trata de Lexa.
Roan rio como un hombre que solo hubiera leído sobre cómo hacerlo en un libro.
—Todo lo que hacemos trata de ella. ¿No lo ves, Clarkesan? Los dos nos estamos cayendo, tú y yo. ¿Y Lexa? Ella es nuestra gravedad.
Silencio, roto por el giro de las hélices y un viento hambriento.
Clarke contó los espacios entre cada suave respiración, mientras sus fuelles subían y bajaban. Segundo. A segundo. A segundo.
—El líder Kagé que entregaste al Gremio había sido Samurái de Hierro en el pasado, ¿lo sabías? —Una sonrisa espantosa se materializó sobre los labios de Roan, como si compartieran una broma solo ellos dos—. ¿Cómo te sentiste cuando entregaste a Daichi a tus antiguos jefes?
Clarke echó un rápido vistazo a la pálida cara cadavérica del Daimyo. Esta respuesta se la sabía de memoria.
—Sentí como si estuviera haciendo justicia.
—Supongo que si a ti te entregaran a los Kagés, ellos también lo llamarían justicia, ¿no?
—¿Creéis que importa lo que ellos digan?
—No, yo no. —Roan negó con la cabeza—. Pero yo no soy el que traicionó a todos los que conocía para unirse a ellos. Samuráis muertos. Shōgun muerto. Un clan hecho trizas y una nación destrozada. ¿Te has parado alguna vez a pensar que nada de esto estaría ocurriendo si no fuera por ti, Clarkesan? ¿Si simplemente hubieras dejado al tigre del trueno a merced de Wells y no te hubieras engañado soñando con el amor de Lexa? ¿Lo piensas alguna vez? ¿Alguna vez te despierta esa idea durante la noche?
Clarke se quedó callada, le dio la espalda para volver a contemplar las lejanas tormentas.
—Y todo para nada, ¿eh? —meditó Roan—. Pues aquí estás, en el mismo sitio donde empezaste. ¿Te dio al menos un revolcón antes de darte de lado? Esa es su forma habitual de pago.
Contó el espacio entre las respiraciones.
No pensaba en nada.
En nada en absoluto.
Roan le dio a Clarke unas palmaditas en el hombro como un hermano mayor, sus dedos mecánicos rasparon sobre el latón nuevo.
—No te avergüences de que te haya utilizado, Clarkesan. Ella tiene un don para hacer que las personas parezcan estúpidas.
—Yo creo que quizás sean las personas las que tienen ese don, gran Daimyo —dijo al fin Clarke—. Las mujeres simplemente se quedan a un lado y nos dejan ese trabajo a nosotros.
—Ah, qué sabiduría…
—Para algunos, quizás.
Roan se acercó más, puso la cara a escasos centímetros de la de Clarke. El zumbido de los motores creaba interferencias crepitantes entre ambos, teñidas con el hedor del chi, la promesa de una lluvia negra.
—Me pregunto en qué te convertirás cuando esto acabe y todo esté dicho —murmuró Roan—. Cuando ella y yo y todos los demás actores de este drama estemos muertos. Cuando no queden más que granjeros rascando la tierra moribunda y marionetas sentadas en los tronos de los zaibatsus y el Gremio erguido triunfante mientras la tierra tiembla más fuerte día a día. Me pregunto si notarás el sabor de la sangre cada vez que respires.
—Yo también me pregunto algo…
—¿Ah sí?
—Me pregunto por qué la odiáis tantísimo.
—¿Olvidas que mi Shōgun murió a sus manos? —escupió Roan—. Se trata de honor. Una noción que puede parecerle extravagante a alguien como tú, pero esta es la vida de un samurái.
—Ya sé todo eso —repuso Clarke—. Sé que pensáis que morir gloriosamente hará que las cosas sean mejores de algún modo. Pero creía que en lugar de malgastar tantas fuerzas en odiarla, le estaríais dando las gracias. Vos y todos vuestros compañeros. Justo antes de que os clavarais las espadas en vuestras barrigas.
—¿Las gracias? —Roan no se lo podía creer—. ¿Qué locura es esta?
—Sois un guerrero y ella os ha dado una guerra. Buscáis vuestra muerte y ella os ha dado algo por lo que morir. Así que, ¿por qué creéis que la odiáis tanto?
—Eso no cambia nada…
—Si no lo supiese, sospecharía que realmente no queríais morir por el Imperio, Roansan. Quizás prefirierais seguir viviendo. Encontrar alguien a quien querer de verdad. ¿Fundar una familia? Ganaros la vida humildemente en algún rincón y encontrar vuestra felicidad donde pudierais. Quizás eso sería mejor que morir por un imperio que ya está casi muerto.
Los dos se miraron fijamente, a pocos centímetros y a kilómetros de distancia. Pasó un largo momento envuelto en un silencio atronador, cada segundo los acercaba a su capítulo final.
—¿Pero eso qué tiene de glorioso?
Clarke se alejó caminando por la inestable cubierta, rodeada por una nube de humo y el estrepitoso ruido de sus pasos; dejó al Señor de los Tigres solo con sus palabras de despedida. Su mente ardía con el himno del mecábaco, con la certeza de lo que podía haber sido, solo si.
Solo si…
No pensaba en nada y no decía nada.
Nada en absoluto.
