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HUMO Y GRITOS
Lexa estaba en los calabozos del palacio de las Cinco Flores, pero en su cabeza, estaba de vuelta en la prisión de Kigen, Roan a su lado, caminando hacia la celda en la que su padre estaba encarcelado. Su mano se deslizó involuntariamente hacia el tantō que llevaba a la cintura, su mente hacia el arashitora que volaba en círculos sobre el palacio. Solo un pequeño contacto sin palabras; un apretón a la mano de un viejo amigo para hacerle saber que estás ahí. Lexa sintió el calor de Buruu dentro de la cabeza, la electricidad estática que reptaba por sus plumas. El deseo de estar allí arriba con él era casi físico: Se preguntó cuán tóxica sería la lluvia negra tan cerca de las Iishi, cuán graves serían las quemaduras que les produciría si se vieran atrapados por el diluvio.
Ten cuidado, hermano. Las lluvias aquí no son como en Tormenta Perpetua o en las montañas.
¿EL AGUA ESTÁ MÁS MOJADA?
Son venenosas. Negras como la noche. Te queman la piel si pasas demasiado tiempo bajo ellas. Incluso el metal se derrite bajo ellas después de unos pocos años.
PROMETO ENTRAR DENTRO CUANDO LLUEVA, MADRE.
Lexa sonrió a pesar de sí misma, remoloneando en la calidez de la mente de su amigo. Delante de ella, podía ver la silueta del general Kitsune en su ōyoroi, sujetaba bien alto una lámpara de tungsteno a la que había que darle cuerda de vez en cuando. Misaki caminaba a su lado, Raven detrás, seguida por cuatro samuráis embutidos en sus antiguas armaduras.
El resto del grupo se había quedado en el comedor del Daimyo.
Lexa le había preguntado a Gustus si quería acompañarla a los calabozos, pero el hombretón reaccionó como si le hubiera dado un puñetazo en el estómago. Lexa supo inmediatamente que estaba pensando en Anya, en la forma en que había muerto en la cárcel de Kigen durante el rescate de su padre. Le había dado un abrazo al grandullón y le había dicho que se acabara la cena. El le había devuelto el abrazo, lo bastante fuerte como para hacerle daño en las costillas. Los pasillos de las mazmorras eran angostos, salpicados de oxidadas puertas de hierro. Lexa podía sentir un revoltijo de vidas ahí abajo en el Kenning, cientos de ratas peleando entre la paja podrida de los oscuros calabozos. Docenas de Hombres del Gremio encerrados bajo llave en la oscuridad, pan negro y agua sucia como consuelo. Sabía que eran sus enemigos, que si la situación fuese a la inversa, la tratarían mucho peor antes de arrastrarla hasta las Piedras Ardientes. Pero aun así, se le revolvió el estómago al recordar el sufrimiento de su padre en los calabozos de Wells. Lo que podría estar sufriendo Daichi en esos mismos momentos, si es que aún vivía. Una parte de ella se preguntaba por qué estos Hombres del Gremio tenían que sufrir lo mismo.
Me dan pena, Buruu. ¿Cuántos sabían de verdad lo que estaban haciendo? ¿Cuántos actuaban simplemente por obediencia ciega, o porque los habían educado así?
NO TE AVERGÜENCES DE TU COMPASIÓN. TE HACE DIFERENTE A ELLOS.
No me avergüenzo. Pero aun así, me siento fatal.
TODOS DEBEMOS VIVIR CON NUESTRAS ELECCIONES Y SUS CONSECUENCIAS.
Ahora que hablas de eso, ¿está Kaiah ahí arriba contigo?
EN ALGUNA PARTE.
¿Ya te habla?
… NO.
Algún día me vas a tener que contar esa historia, Buruu.
ALGÚN DÍA.
Pronto, espero.
UNA ESPERANZA QUE NO COMPARTO.
—Aquí.
La voz del General Ginjiro la sacó de la cabeza del arashitora, de vuelta a las entrañas de los calabozos. El hedor hacía que le lloraran los ojos y, tanto ella como Raven, se cubrieron la cara con sus pañuelos. Misaki parecía estar disfrutando de los nuevos olores e imágenes ahora que llevaba la cara al descubierto, y respiraba hondo a pesar de la pestilencia. Se habían detenido ante una puerta de hierro que no tenía nada de especial, salvo lo que descansaba tras ella. Lexa abrió el Kenning justo lo suficiente para tantear en su interior. Sintió el imposible nudo de emoción humana que había tras la puerta, un caleidoscopio de pensamientos, demasiado brillantes y numerosos para mirarlos mucho rato. Empezó a dolerle la cabeza como si se le estuviera agrietando.
—Creo… —Frunció el ceño—. Creo que está mal, que le pasa algo.
—Manteneos a cierta distancia —avisó Ginjiro.
El general corrió una pequeña portezuela y se asomó por el hueco, guiñando los ojos en la penumbra. Abrió los cerrojos de la puerta y entró en la celda delante de sus samuráis. Lexa oyó un forcejeo, un leve gemido. Ginjiro volvió a aparecer en la entrada, les hizo un gesto a las tres para que pasaran. Su farolillo colgaba de la pared, iluminaba el resbaladizo granito desnudo, un montón de paja sucia en un rincón y un mugriento cubo vacío en el otro. Un cubículo que ni siquiera medía dos metros por dos.
Los samuráis habían cogido al Inquisidor, uno de cada codo, otro tenía un brazo alrededor del cuello del hombro. El prisionero era apenas un par de dedos más alto que Lexa, enfermiza piel gris bañada en sudor, muñecas esposadas. Su cabeza se bamboleaba de un lado al otro por encima del brazo del samurái, como si tuviera el cuello roto; tenía los rojísimos ojos vueltos hacia atrás en las cuencas. Un espantoso hematoma amorataba su mejilla, el ojo izquierdo tan hinchado que casi no lo podía abrir. Sus carceleros le habían despojado del mecábaco y la túnica, dejando al descubierto una serpiente negra enroscada alrededor del bíceps, preciosa e intrincada, la obra de un maestro tatuador. Al ver las fijaciones de bayoneta que tenía por toda la piel, Lexa pensó en Clarke, en cómo deslizaba el pulgar alrededor del enchufe de su muñeca, de pie bajo la lluvia de las Iishi.
—Yo nunca te haría daño. Nunca te traicionaría. Nunca.
—… Lo sé —había dicho ella.
—Lo eres todo para mí. Todo lo que he hecho. Todo ello. Tú eres la razón. La primera y única razón…
El Inquisidor estaba temblando, la barbilla cubierta de saliva.
Lexa reconoció su aspecto de inmediato, lo había visto en su padre los días en que había perdido demasiado a las cartas y no tenía monedas para loto.
—Está con el mono —explicó—. Es un adicto al loto.
—Os lo dije —señaló Misaki—. Lo respiran cada minuto de sus vidas.
—Pero Clarke… —Lexa vaciló—. Me habían dicho que el Gremio tenía que mantenerse lejos del loto. Coméis alimentos purificados, vivís dentro de esos trajes. ¿Cómo puede ser que estos Inquisidores lo respiren a cada minuto?
—La doctrina del Gremio dice que les ayuda a reconocer la «impureza». Miran en los lugares más oscuros para que el resto del Gremio no tenga que hacerlo. El loto les ayuda a «ver».
Los labios de Raven se curvaron en una mueca de asco.
—Me pregunto qué está viendo ahora.
El General metió la mano en un morral que llevaba al hombro, sacó una pequeña cámara de combustión enganchada a un arnés de cuero, tenía conectada una boquilla sonriente.
—Llevaba esto cuando le encontramos. Había otros tres como él en las naves que capturamos, pero todos se habían suicidado. Este se había quedado inconsciente durante el ataque; si no, probablemente habría seguido el mismo camino de sus compañeros.
Lexa se acercó al Inquisidor, arrugando la nariz por el hedor; humo y sudor y algo podrido.
—¿Puede oírme?
Un gemido tembloroso fue su única respuesta. Lexa suspiró.
—Así, no le sacaremos nada nunca.
Cerró los ojos y estiró la mente hacia la maraña de pensamientos del Inquisidor. Los encontró gélidos y aceitosos, perfilados de negro azulado, igual de imposibles de desentrañar que todas las mentes humanas que había intentado tocar antes. Se limpió la sangre que le salía de la nariz e hizo una mueca; sentía como si le estuvieran dando martillazos en la cabeza.
—¿Podríamos darle algo de loto? —Ginjiro dirigió la pregunta a Misaki.
—No sé lo que ocurrirá si hacemos eso, General…
El General le dio unos golpecitos al Inquisidor en la frente con el dedo índice, sostuvo el respirador de loto delante de la boca del hombre.
—¿Quiere esto?
Absurdidades farfulladas. Una boca llena de babas.
Ginjiro ajustó el respirador sobre la cara del hombrecillo, jugueteó con los inyectores de la cámara de combustión hasta que empezó a sisear. El cambio fue asombroso. En un instante había dejado de tiritar. En dos, el Inquisidor se sostenía en pie por sí solo.
En tres, había abierto los ojos y miraba directamente a Lexa.
Directamente a través de Lexa.
—¿Puede oírme?
La voz de un hombre recién despertado de un sueño muy profundo, que todavía intentaba quitarse el peso de los párpados.
—Kitsune Lexa.
—¿Cómo sabe mi nombre?
Unos desenfocados ojos inyectados en sangre escudriñaron la habitación.
—He estado aquí antes.
—¿Cuándo?
—Cada noche desde que tengo memoria…
Lexa recordó a Clarke hablando de su ceremonia del Despertar en el bosque de las Iishi. Las visiones de futuro que había visto. «El Lo Que Será».
El hombrecillo ladeó la cabeza, susurrando:
—¿Estoy soñando esto ahora?
Ginjiro le dio una fuerte bofetada que descolocó su respirador por completo.
—¿Le parece real así?
Su cara de un gris cadavérico se torció en una sonrisa.
—No…
Lexa le volvió a poner bien el respirador, miró a esos charcos rojos inyectados en sangre. Había algo familiar en todo aquello… una persistente sensación de déjà vu junto a su atroz dolor de cabeza. El olor a loto le hizo pensar en su padre, en las largas noches sentada al lado de…
—Nykosan te manda un beso —dijo el hombrecillo.
—… ¿Qué?
—Kitsune Nyko. El Zorro Negro de Shima. Te manda recuerdos y un beso.
Lexa frunció el ceño, la ira bullía en su pecho.
—Mi padre está muerto.
—Lo sé. Le veo a menudo, en mis viajes.
—Por todos los infiernos, ¿de qué demonios está hablando?
—Exactamente —musitó el hombrecillo.
—Es un jodido loco —gruñó Raven—. Esto es una pérdida de tiempo.
—También veo a tu tío, Ravensan. —La sanguinolenta mirada del Inquisidor se posó en la chica—. Aún sangra del corte en forma de cruz que tiene en la tripa. Deambula en la oscuridad, llamando a su mujer y a sus hijos. —Un leve gesto negativo con la cabeza—. Nunca vienen.
Raven tenía los ojos muy abiertos, su voz no era más que un susurro.
—… ¿Qué ha dicho?
Los ojos del hombrecillo estaban fijos en el aire vacío justo por encima del hombro de Raven.
—Oh… mira…
El puño de Ginjiro se estampó contra su barriga, doblándole en dos. Los samuráis le volvieron a enderezar para recibir otro puñetazo, un borboteo lleno de humo recalcó el gemido del ōyoroi de Ginjiro.
—Basta de mentiras —gruñó el general—. Hablará solo cuando se le hable. Contestará a las preguntas que le hagamos. Una palabra que no le hayamos pedido y le arranco esa máscara y le dejo aquí abajo en la oscuridad para que chille hasta quedarse dormido, ¿lo entiende?
El hombrecillo se enderezó con una mueca, exhaló un suspiro entrecortado.
—Perfectamente.
Ginjiro le hizo un gesto afirmativo a Misaki.
—¿Cómo se llama? —preguntó ella.
—Los Inquisidores no tienen nombre, hermana.
—Entre ustedes. ¿Cómo le llaman?
—No me llaman. La llaman a Ella.
Otro puñetazo de Ginjiro. El hombrecillo se escoró hacia un lado, le salía sangre de un oído. Empezó a reírse entre dientes, como si acabara de recordar un viejo chiste.
—¿Ella? —Misaki frunció el ceño—. ¿Quién es ella?
El Inquisidor recuperó la compostura, la risa murió en sus labios.
—Ya lo veréis.
El puñetazo levantó sus pies del suelo, un delgado chorro rojo se mezcló con el humo, borboteante y mojado cuando inspiró. Se colapso como un juguete roto en los brazos de los samuráis.
—Ginjirosan —le advirtió Lexa—. Le va a matar.
—No pasa nada —dijo el hombrecillo sin aliento—. Yo acabo aquí, creo…
—El tatuaje que lleva en el brazo, —dijo Misaki—, ¿qué significa? ¿Pertenece al clan de la Serpiente?
—El clan de la Serpiente está muerto. Pasto de los Zorros.
—¿Controlan ustedes al Primer Brote? ¿Controlan al Gremio? ¿Qué es lo que quieren?
—Nada. No queremos nada en absoluto.
Misaki miró a Lexa, negó con la cabeza. Raven todavía tenía los ojos fijos en el Inquisidor, muy abiertos, el horror grabado a fuego en la cara. Hacía frío en aquella celda, glacial y cortante. No era la fría tiritera de la primera nevada. Era el frío de las tumbas. El gélido frío del tiempo y de una implacable e inminente muerte.
—Pronto ya —susurró el Inquisidor—. Una estación, quizás dos. Ya ha habido suficiente sangre, ¿no creéis? Los pequeñines ya están aquí, después de todo. —Sus ojos se posaron en la tripa de Lexa—. Quizás puedan jugar con los tuyos…
Lexa se cubrió la tripa, dio un paso atrás.
—Dos estaciones desde ahora. Tres como mucho. —Se le arrugaron los ojos como si estuviera sonriendo—. Para entonces, tus pequeñines serán lo bastante mayores para intentar correr a su lado.
—Está loco —murmuró Lexa—. Que el Dios Izanagi se apiade de él.
En los días venideros, cuando Lexa recordaba aquel momento, hubiera jurado que la luz del farolillo se hizo más tenue, como si alguien hubiera echado un velo sobre él. Los ojos del hombrecillo se abrieron de par en par, inhaló una brusca bocanada de aire a través del respirador. Y entonces chilló, un grito espantoso que les llegó a todos hasta las entrañas; forcejeó entre los brazos de los samuráis mientras se le iba poniendo la cara morada.
—¿Rezar por mí? —chilló con voz aguda—. ¡Rezad por vosotros mismos!
Una luz borrosa, una ausencia de respiración. Lexa parpadeó, segura de que sus ojos la estaban traicionando. Donde una vez estuvo el hombrecillo, no había ya más que humo. Humo que flotaba intangible, las esposas de hierro cayeron al suelo, las manos de los samuráis se cerraron con fuerza alrededor de puñados de vapor. Raven dio un gritito, los brazos plateados de Misaki se abrieron en todas direcciones. Y en un abrir y cerrar de ojos, el hombre se materializó ante Lexa, tan sólido como las paredes que los rodeaban. Se abalanzó sobre ella casi demasiado deprisa para verle. Fue Raven la que la salvó, la arrastró fuera de su alcance y la hizo girar; fue ella la que se llevó la patada entre los omoplatos. Lexa sintió como si le hubiera golpeado un rayo: las lanzó a ella y a Raven fuera de la celda, atravesaron la puerta y se estamparon contra la pared opuesta. Oyó un crujido mojado, un grito entrecortado. Parpadeó para quitarse las lágrimas de los ojos mientras el Inquisidor aplastaba a un samurái contra el suelo como si estuviera hecho de trapos rotos. Otro samurái lanzó los brazos alrededor del cuello del Inquisidor, y una vez más, no encontró más que humo, turbulento y con forma de medianoche, que resbalaba entre sus dedos, se deslizaba entre las relucientes cuchillas de Misaki y salía al pasillo. Y allí estaba otra vez, real como la vida misma, con los ojos de un rojo sangriento, abalanzándose hacia Lexa como algo salido de una pesadilla.
—Medio yōkai —musitó—. Ella espera…
El pie de Raven impactó contra la entrepierna del Inquisidor como un tren de mercancías. Fue el tipo de patada que hacía que los testículos levantaran las manos y se trasladaran a un monasterio en las Montañas Hogosha. Fue el tipo de patada que convertía en huérfanos a los nietos de un hombre. El codo de la chica le hizo girar sobre sí mismo como una peonza, le arrancó el respirador de la cara. El hombrecillo se tambaleó, los nudillos de Raven atravesaron limpiamente la zona en la que solía estar su garganta y donde ahora solo quedaba vapor. El Inquisidor se materializó detrás de ella, estiró las manos hacia el cuello de la chica más rápido que un rayo. Entonces, Lexa subió deslizando la espalda por la pared hasta ponerse de pie, con la nariz chorreando sangre, y se estiró en el Kenning para introducirse en la mente del Inquisidor.
Y apretó.
El Inquisidor dio un grito ahogado, el último aliento que le quedaba en los pulmones se le escapó entre los labios mientras se agarraba las sienes. El General Ginjiro salió como una apisonadora por la puerta de la celda e impactó contra él, los pistones y engranajes de su armadura gimieron cuando cerró los dedos en torno a las muñecas del hombre. El Inquisidor forcejeó, trató de soltarse de su agarre, retorciéndose y pataleando mientras su forma tiritaba. El hombrecillo bajó la vista hacia el respirador que le colgaba del cuello, aulló cuando Ginjiro le envolvió en un abrazo de oso.
—¡No le deje respirar más humo! —gritó Lexa.
El Inquisidor estrelló la cabeza contra la de Ginjiro, estampando su cara contra los afilados colmillos de la máscara de oni. Se produjo un crujido nauseabundo, el ruido de algo al salpicar. El hombrecillo volvió a estampar la cabeza contra la máscara de hierro una vez más; los colmillos estaban ya pintados con diminutos y rojos fragmentos de hueso. Lexa se llevó las manos a la boca; Ginjiro dio un grito cuando el Inquisidor se reventó la cabeza por tercera vez, por cuarta, un crujir de huesos, chorros de sangre. Otros samuráis sujetaron la cabeza del hombre para impedirle que siguiera infligiéndose más daño a sí mismo. El pasillo estaba ahora lleno de olor a sangre y espantosos gritos mojados.
El Inquisidor se había sacado sus propios ojos.
—Por todos los dioses —musitó Raven.
—¡Te veré allí, medio Yōkai! —El Inquisidor escupió sangre—. ¡Te esperaré!
—Por las barbas de Izanagi, ¡sacadla de aquí! —bramó Ginjiro.
Raven y Misaki cogieron a Lexa por los brazos y la arrastraron lejos de ahí. Estaba mareada, la cabeza le daba vueltas, le sangraba la nariz, los chillidos del Inquisidor rebotaban en sus oídos. Ojos desaparecidos, cara desgarrada y rota, retorciéndose en su locura. Lexa se encontró estirándose con el Kenning, palpando en busca de las dos chispas de calor en su barriga. Pensativa, aterrorizada, el eco de sus palabras resonaba en sus pensamientos.
—Los pequeñines ya están aquí, después de todo.
Intentó tragar saliva, tenía la boca tan seca como las cenizas.
—Quizás puedan jugar con los tuyos…
