15

SEMILLA

El espejo veía a través de ella.

Lexa estaba desnuda ante él, perdida en su propio reflejo.

Piel tan pálida como la nieve de las Iishi, extremidades largas y delgadas, pelo negro que caía en suaves cascadas por encima de sus hombros. Se puso de lado, buscó el perfil de su tripa como si contuviera la respuesta a todos los enigmas, todas las preguntas.

Deslizó la mano por el estómago, sintió la curva de piel y músculo.

Estaba empezando a abultarse.

Ahora podía verlos, además de sentirlos.

Una diminuta isla de sí misma, encerrada bajo llave detrás del muro que había construido en el Kenning. Un fuego en su interior, esperando al otro lado de la barrera que tenía en la cabeza. La bajó un poco, el dolor se avivó, como si le hubieran clavado en el cráneo un llameante punzón para el hielo. Pero en medio de todo ello, podía sentirlo todo. Las golondrinas en el jardín de medianoche, los bichos que se arrastraban por las cañerías, el cachorrillo de Raven soñando, Buruu acurrucado en el tejado por encima de su cabeza con un sentimiento de culpabilidad cada vez mayor royéndole las entrañas, Kaiah volando en lo alto, rezando por que estallaran truenos, con la cabeza llena de lágrimas y retratos pintados en sangre. Pequeñas formas rotas. Plumas negras y gritos.

La gente. Tanta gente. Guardias asintiendo en sus puestos y generales musitando por encima de mapas y herreros sudando en sus forjas y campesinos llenando sacos de arena y madres consolando a hijos. El Daimyo Isamu, Murphy, Gustus, Echo, todos enmarañados y confundidos e imposibles, pero lo bastante diferentes como para que pudiera reconocer sus formas. Y por último, los pequeñines que llevaba en el interior. Sin pensamientos reales, solo el calor y los latidos de la oscuridad del útero. Todo el mundo de aquellos dos seres diminutos. En su interior.

Tantos. Demasiados. Le palpitaba la cabeza, calor y sal en los labios.

Para.

Cerró el Kenning, dio un gran portazo, demasiado, demasiado.

La cara del espejo estaba pringada de sangre hasta la barbilla, el constante flujo goteaba sobre el suelo. Volvió a acariciarse la tripa con una mano, podía sentirla. Estaba segura. Una pequeña curvatura. Demasiado enorme para ser real.

¿Era así como debía ser? ¿Era así como funcionaba con todas las mujeres con sangre yōkai cuyos hijos también tenían el don? No tenía a nadie a quien preguntárselo. Daba tumbos en la oscuridad, insegura y aterrada, desde el mismo momento en que toda esa odisea había comenzado. Señora de las Tormentas. Asesina de Shōgunes. Destruidora de Dinastías.

Dios, si pudieran verme por lo que soy de verdad.

Pero no había nada que pudiera hacer. Nada excepto ganar o morir. Lo sabía, tan claro como sabía su propio nombre. No había duda alguna cuando pensaba en los ejércitos concentrados en su contra, no había duda de que se pondría en pie y lucharía… y si eso era valentía, entonces suponía que sí, que era valiente. Parecía una elección fácil, cuando la única otra opción era arrodillarse y rezar. Pero para hacer algo más que luchar y morir, para realmente luchar y vencer… Lo poco que tenían no sería suficiente. No para detener a los gaijins y a los Toras y a los Fushichos y al Arrasador.

El valor no era suficiente para ganar esa guerra. Necesitaban espadas. Espadas y garras.

Llamaron a la puerta, con la suavidad de unas plumas cortadas.

—Un momento —dijo.

Se limpió la sangre, se puso la ropa a toda prisa, todavía negra, todavía de luto. El obi, que envolvió doce veces alrededor de su cintura. Su tantō remetido por dentro y asegurado con un lazo; todo lo que le quedaba de su padre, tan reconfortante como un fuego en el gélido frío del invierno. La katana de Daichi, la espada que había bautizado con el nombre de su rabia, todo lo que le quedaba del hombre que le había enseñado que su ira era un don.

Esto era todo lo que era. Todo lo que tenía.

Y me consideran una heroína.

—Pasa —dijo.

La puerta se abrió con suavidad y Raven entró en la habitación, sutil como un gato. Llevaba un bulto envuelto en una tela negra, hizo una reverencia como la doncella que una vez fingió ser. Lexa podía verla como si fuera ayer: entrando en la sala de baños del palacio del Shōgun, con los brazos cargados de seda.

—Me recuerdas al día en que te conocí —sonrió Lexa.

Raven sonrió de oreja a oreja.

—¿Te acuerdas de lo que te llevé?

—Un vestido. Doce capas y dieciocho kilos de vestido. Dios, cómo odié ponerme aquella cosa.

—Te retorcías como un pez.

—Me sentía como una idiota.

—Con este no, creo.

La chica se acercó a la cama de Lexa con andares silenciosos, dejó el fardo sobre la colcha y apartó el envoltorio. Lexa contuvo la respiración, sintió una oleada de calor en el pecho, se le iluminó la cara con una sonrisa.

—Es precioso.

Un peto de hierro negro, repujado con zorros de nueve colas.

Habían pulido el metal hasta que había adquirido un lustre suave, lo habían curvado para acomodar el cuerpo de una mujer. Obra de un maestro artesano.

—Hablé con el jefe de herreros cuando llegamos. Irónicamente, no suelen hacer petos para damas —sonrió Raven—. Pero cuando le dije que era para la Señora de las Tormentas, dijo que no dormiría hasta que estuviera terminado.

Lexa señaló hacia la tripa del peto, hecha de placas engranadas las unas con las otras, y correas y hebillas. En sus ojos brillaba una pregunta obvia.

—Es ajustable —explicó Raven suavemente.

—Oh.

—Lo hace más vulnerable.

—Ah, vaya.

—Pero podrás seguir usándolo cuando te crezca la tripa. —Raven rebuscó en busca de las palabras más apropiadas—. Quiero decir, si…

Lexa dio media vuelta, cruzó el dormitorio hacia el balcón colgado sobre el jardín dormido, los débiles murmullos de la fuente se perdían entre los truenos. Se apoyó contra la barandilla, observó los farolillos que se movían por las verandas más abajo, sirvientes que revoloteaban por doquier como moscas. Raven salió tras ella, se puso a su lado, simplemente una forma en la oscuridad. Cuando por fin habló, su voz sonó tan suave que Lexa casi no podía oírla.

—Lo que dijo Octavia estuvo mal. Sobre ti. —Un gesto hacia su barriga—. Sobre ellos.

—Las dos estábamos enfadadas. Las dos dijimos cosas que no queríamos decir.

Se produjo una larga pausa, cargada de la promesa de lluvia negra.

—¿Te importa si te pregunto…?

—Roan.

—Oh.

Los farolillos zigzagueaban abajo en la oscuridad. Si guiñaba los ojos, no podía ver a los portadores en absoluto. Solo la luz, incorpórea, como se imaginaba que sería el aspecto de las luciérnagas de verdad. Si todavía existieran.

—Lo siento —dijo Raven.

—No estoy muy segura de por qué te estás disculpando.

—No puede ser fácil. Saber que son suyos.

—No lo es.

—Sabes que hay… —La voz de Raven se fue apagando, perdida en la oscuridad.

—… ¿Hay qué?

La chica se chupó los labios, con voz dubitativa.

—Hay formas de solucionarlo. Si no lo quieres. ¿Lo sabes, verdad?

—¿Lo?

—… A ellos.

—¿Y tú conoces esas formas?

—Las he usado.

Lexa se volvió para mirar a su amiga.

—¿De verdad?

—El sexo es solo otra arma en los pasillos del poder. Gaia me enseñó esa lección pronto. Lo utilicé para enterarme de los secretos escondidos detrás del trono de Wells. Lo utilicé para escapar de mi prisión. —Tristeza en la voz, borrada con un encogimiento de hombros—. Pero antes o después la flecha da en la diana. Incluso si el arquero es un inútil, déjale disparar las veces suficientes, uno de los tiros acabará por atinar. Y por todos los dioses, hay algunos arqueros realmente espantosos ahí afuera, créeme. ¿Os parece difícil, caballeros? Simplemente apuntad al conejito.

Un silencio, lleno de débiles sonrisas. Que se iban apagando lentamente.

—No estoy segura de poder hacer eso —dijo Lexa al fin.

—Te lo bebes. Es fácil. Y seguirás estando bien… después, quiero decir. Si quieres tener una familia de verdad en el futuro.

—¿Una familia de verdad?

—Con alguien que te quiera.

—¿Serán de algún modo menos verdaderos, si lo hago sola?

—¿Y por qué querrías hacer eso? —A Raven se le oscureció la mirada, frunció el ceño lentamente—. Son obra de Roan. Él intentó asesinarte. ¿Por qué habrías de querer traer sus hijos al mundo?

—Serían míos también.

—Lexa, tienes dieciséis años.

—Diecisiete —suspiró—. Fue mi cumpleaños la semana pasada.

—Oh. —Una débil sonrisa—. Bendiciones del Hacedor para ti, entonces.

Lexa le devolvió la sonrisa, más débil aún.

—Mis agradecimientos, hermana

—Tú sí eres mi hermana, ¿sabes? Te considero sangre de mi sangre. Moriría por ti, Lexa.

—Dios, no hagas eso…

Raven soltó una risita.

—No tengo ninguna prisa, te lo aseguro. Tengo que acabar mi libro, para empezar. Esas malditas cosas no se escriben solas.

—Te quiero, Raven. —Lexa apretó los dedos de la chica—. Y no es que no se me haya ocurrido hacer algo así. Todo el mundo toma sus propias elecciones, y nadie puede decir si es lo correcto o no. Pero puedo sentirlos. Como dos velas que arden con más fuerza cada día. No creo que sea capaz de hacer que eso pare. No se trata de que sea correcto o no lo sea. Simplemente se trata de mí. ¿Te parece lógico?

—Supongo que puede serlo —sonrió Raven—. Si yo fuera una Señora de las Tormentas. Pero soy simplemente la pequeña yo.

—No hay nada pequeño en ti, hermana. Eres más alta que las montañas.

—Puede que cambies de opinión, cuando lleguen el Arrasador y los gaijins. Cuando miremos por encima de las murallas de Yama y veamos hierro y humo ocupando todo el espacio hasta el horizonte, puede que quieras algo más que una sola chica y sus espadas de sierra.

—Si hubiera una sola chica en el mundo que desearía que estuviera a mi lado, serías tú.

—Al hablar con ese Inquisidor hoy, la forma en que te habló… Algo más se está acercando. Lo siento en el tuétano. No necesitamos un ejército de mí. Necesitamos un ejército de ti.

Lexa sacudió la cabeza.

—Yo no soy nada sin Buruu. Y para ganar esta guerra, no necesitamos un ejército de Lexas. Necesitamos un ejército de tigres del trueno.

—Es una pena que solo queden dos arashitoras en Shima. Aunque Buruu y Kaiah sí que son macho y hembra. ¿De dónde vienen los pequeños tigrecitos del trueno? Quizás si les ponemos algo de música romántica…

—Oh Dios mío —susurró Lexa.

—… ¿Qué?

—Dios mío, soy una idiota…

Lexa se volvió hacia Raven y la abrazó, sonriendo de oreja a oreja.

—¿Qué? —parpadeó Raven.

—¿De dónde vienen los bebés tigres del trueno?

—¿Cómo demonios iba yo a saber eso? ¿De huevos?

Lexa salió corriendo de la habitación sin decir otra palabra, la percusión de sus pies desnudos sobre la caoba sonaba lo suficientemente alta como para despertar al resto del ala de invitados. Raven se quedó sola en la penumbra. La confusión y la preocupación competían por controlar su expresión.

Al meterse en la cama diez minutos después, aún no había un claro vencedor.

El ulular de un viento de tormenta y un leve olor a sudor la despertaron en la oscuridad, con el corazón en un puño sin saber muy bien por qué. Echo se sentó en la penumbra, guiñó los ojos para ver a la figura que estaba al borde de su cama. Su contorno quedaba perfilado por el resplandor del farolillo que se filtraba a través de las paredes de papel de arroz: hombros tan anchos como los aleros de un palacio, bíceps tallados en granito macizo.

—¿Gustus? —susurró.

—Echo.

—¿Qué hora es?

La voz del hombretón era dulce y oscura como el azúcar moreno.

—Es hora de que deje de engañarme.

—¿Sobre qué?

—Sobre por qué me miras de la forma en que lo haces.

Echo se sentó más recta, sintió cómo se le aceleraba el pulso, un latir tartamudo bajo la piel desnuda. Era muy consciente de lo fino que era su camisón de seda, de lo que el frío le estaba haciendo a su cuerpo. Piel de gallina por todas partes. Su primer impulso fue cruzar los brazos, taparse los pechos, pero ver a Gustus y darse cuenta de lo que su presencia podría significar borró ese pensamiento de un plumazo. Lo sustituyó por mariposas.

—Tú me mirabas a mí, también —susurró.

—… No debería.

—¿Por qué no?

—Soy demasiado mayor para ti.

—Cumpliré dieciocho el mes que viene.

—Aún eres una cría, por todos los dioses.

—Tú puedes cambiar eso…

Entonces él la miró y Echo pudo sentir sus ojos sobre su cuerpo, se sentó más erguida, echó los hombros hacia atrás para que se viera lo poco que había que ver, y se chupó lentamente los labios con la punta de la lengua. Se inclinó hacia delante, el amplio cuello de su camisón se deslizó por su hombro.

—Ven aquí —murmuró.

—No debería.

—Entonces, ¿por qué estás en mi cuarto?

—No lo sé…

Intentó tragar saliva, con la boca tan seca como las cenizas. Y entonces salió insinuante de debajo de las sábanas, muy muy lentamente. Se contoneó por encima de una llanura de seda desparramada, las facciones de Gustus iluminadas por el suave resplandor rosa de su iris. Sus caras estaban ya a pocos centímetros de distancia, los labios separados solo por el grosor de una pluma.

—Yo sí lo sé —susurró Echo.

Acarició la cara de Gustus y él cerró los ojos, suspiró desde lo más profundo del pecho, azuzando el fuego que se iba acumulando en el interior de la chica. Y entonces ella le besó, un beso largo y lento y profundo, la boca del hombretón se abrió a la de ella, la lengua de Echo buscaba la de él mientras sus manos descendieron, tomaron las suyas, las apretaron contra su cuerpo. Echo gimió, le mordió el labio, sintió el sabor de la sangre. Y cuando él se apartó, con las pupilas dilatadas, haciendo un esfuerzo por recuperar la respiración, Echo pudo ver que él deseaba eso, exactamente tanto como lo deseaba ella.

—Hermanita —dijo él.

—… ¿Qué?

Sus manos la cogieron por los hombros, la sacudieron suavemente adelante y atrás.

—Echo —dijo—, despierta.

Echo abrió el párpado una rendija, dejando que entrara la chillona luz del farolillo. Murphy estaba al lado de la cama, la sacudía en la oscuridad. Echo se despertó del todo, se cubrió el cuerpo con las mantas y dijo entre dientes:

—Por las barbas de Izanagi, ¿qué demonios estás haciendo aquí?

La cara de Murphy estaba arrugada en lo que pasaba por ser su sonrisa aquellos días.

—¿Un sueño agradable?

—¿Qué quieres, Murphy? Debe ser la jodida hora del Gato ya.

—Me piro.

—¿Que vas a hacer qué? —Las fantasmagóricas caricias de las manos de Gustus fueron desapareciendo mientras un frío helador se le colaba en los huesos—. ¿Te largas? ¿A dónde?

—A las Tierras Medias. —Encogió los hombros—. Luego a la bella Kigen.

—¿Vas a volver a Kigen? ¿Has estado fumando loto?

—No puedo hacer esto más, Echo. No me dejará vivir en paz.

Echo supo al instante de lo que estaba hablando: la sombra que colgaba sobre los hombros de Murphy como una mortaja desde el día en que abandonaron Kigen. Cada día entre entonces y ahora no había sido más que una cuenta atrás. Cable de fusible y chispas saltarinas.

Se dio cuenta de que se había afeitado la cabeza. Había cortado de un tajo sus largos y magníficos cabellos, y luego se había afeitado la pelusa hasta quedar calvo. Estaba tan guapo como un puñado de demonios, su hermano. Pero le hacía parecer más mayor, de alguna manera. Más duro.

Echo tragó con esfuerzo, insegura de cómo comenzar.

—Murphy, lo que le pasó a Lincoln…

—Montaron una fiesta de martillos sobre su cuerpo, Echo. Le arrancaron los dedos. Le arrancaron su… —Murphy hizo una mueca al tragar—. Bueno, tú viste lo que le hicieron…

—Sí, lo vi. Y lo siento, Murphy.

—¿Un hijo de puta mata a mi chico? ¿Te arranca un ojo? ¿Y luego simplemente se va de rositas? —Murphy sacudió la cabeza—. Diablos, no. No mientras el viejo Murphy aún tenga un par. No nunca.

—¿Crees que puedes encargarte de los Hijos del Escorpión tú solo?

Murphy esbozó su sonrisa torcida, metió la mano en el obi y sacó un bulto conocido. De nariz chata. Torcido. Un puñado de muerte, unos zorros riendo tallados en la culata.

Un lanzador de hierro.

—¿De dónde narices has sacado eso?

—Lo he mangado de la habitación del Daimyo. Cargado, además. Ha sido todo un detalle por su parte.

Echo se quedó callada, buscando las palabras apropiadas, plenamente consciente de que se estaba metiendo en terreno pantanoso. Lincoln había sido su amigo más querido, pero Murphy le amaba con toda su alma. Todo lo que no guardaba para ella, se lo había dado a él. Y ahora, el lugar que antes llenaba aquel chico estaba inundado por la imagen de su cuerpo destripado tirado en aquella callejuela, su boca sin labios gritando en silencio. Pero…

—Murphy, ahora están pasando cosas más importantes.

Su hermano fijó la vista en ella, su mirada se volvió de hielo.

—Maldita sea, ni se te ocurra hacer eso, chica. A mí no me sueltes el rollo sobre esta mierda de rebelión. Yo no soy ningún friegaplatos sentado en torno a la radio de un hospicio, ni ningún hortelano recién llegado del campo.

—Sé lo que vas a decir, y…

—Oh, sin duda. ¿Sabes lo que voy a decir? —Murphy retiró bruscamente la mano de la de su hermana—. ¿Por qué no me lo dices, entonces, pequeña Señora de las Tormentas?

—… ¿Qué?

—¿Aún tienes la cabeza en las nubes? ¿Los oídos llenos de truenos? ¿Demasiado alto como para ver la cloaca de la que saliste? ¿Para recordar a la gente con la que creciste?

—¿De qué coño estás hablando? Sé perfectamente quién soy y de dónde vine. Yo quería a Lincoln.

—No como yo. Ni de lejos.

—Murphy, se aproxima una guerra. Miles y miles de hombres. Máquinas que tapan el sol. Flotas de naves voladoras y Samuráis de Hierro…

—¿Y qué es lo que puede hacer una rata de alcantarilla contra todo eso? ¿Qué es exactamente lo que estoy haciendo aquí, aparte de ocupar sitio en la mesa de ese viejo gilipollas senil?

—Murphy, te necesitamos.

—¿Crees que hay espacio en esa tigresa del trueno para dos?

—¿Estás celoso? ¿Porque Kaiah me eligió a mí y no a ti?

—No se trata de eso y tú lo sabes. Me conoces desde que le llegabas a las rodillas a una mosca del loto. ¿Desde cuándo me he conformado con las cartas que me daban? Hago lo que hay que hacer. Siempre lo he hecho. Y siempre lo haré. Y lo que hay que hacer ahora mismo es acabar con ese Shinshi y su banda de cerdos pintados.

—Pero tú siempre me has cuidado… —Echo sintió que se le anegaba el ojo de lágrimas.

Murphy sacudió la cabeza.

—Dos toneladas de arashitora deberían sustituirme sin problema. Tienes un ejército detrás de estos muros. Hombres del Gremio y Señoras de las Tormentas y naves voladoras y toda la pesca. Aquí arriba, yo no estoy más que consumiendo aire. Pero allí abajo, hay unos Hijos del Escorpión de los que se tiene que encargar alguien y, tal y como va la partida, no creo que haya muchas posibilidades de que se los cargue nadie a no ser que sea yo el que lance el cuchillo.

—Murphy, no me puedes abandonar. Dios, ahora no…

—Gustus cuidará de ti. Es un tipo estupendo. Me gusta, hermanita.

—¡No puedes irte!

Echo lanzó los brazos alrededor de su cintura, le hincó los dedos como si el mundo se estuviera colapsando. Durante toda la vida, él había estado a su lado. El único que sabía por lo que habían tenido que pasar, el único que sabía lo que era ser una basura medio gaijin sin clan. Había visto cómo su hermano se iba alejando a lo largo de las últimas semanas. Pero ¿marcharse del todo? Dios, no podía soportar ni pensar en ello…

—Ahora tienes que ser fuerte, Echo. —Murphy le devolvió el abrazo—. Más fuerte y alta que la mayoría, a lomos de esa arashitora. Ahora eres alguien especial. No me necesitas.

—No tienes que hacer esto tú solo. Solo espera. Cuando la guerra haya terminado, podemos…

Murphy se apartó, le puso las manos en las mejillas y la miró fijamente al ojo.

—Más tarde no. Cada día que ese hijo de puta respira, cada bocanada de aire, cada momento, los robó. No se merece ni un segundo más de vida. Y Lincoln no se merecía acabar como acabó. Ese chico era mi belleza, Echo. Mi amanecer y mi atardecer. Y lo destrozaron con martillos y alicates, y cada vez que paso un solo instante pensando en ello, su recuerdo me aprieta tan fuerte que no puedo ni respirar. No puedo ver de lo rojos que tengo los ojos. Simplemente no puedo hacerlo ya más.

Echo parpadeó en la oscuridad, puso las manos por encima de las manos que le acariciaban las mejillas.

—¿Lo entiendes, verdad, hermanita? Que se trata de él, no de nosotros.

Echo sorbió ruidosamente con la nariz.

—Lo entiendo.

—¿Y sabes que te quiero, verdad?

Echo le besó la mano, las lágrimas volvieron como una inundación.

—Yo también te quiero, hermano.

—Ssshhh. Calla, chica, no llores. —La abrazó fuerte de nuevo y la dejó llorar, grandes sollozos desgarradores sacudían todo su cuerpo—. No llores, hermanita. Todo va a ir bien.

—No es verdad. Sabes que no lo es.

—Tú sé fuerte, ¿me oyes?

—… Sí, lo seré.

Murphy tocó el colgante dorado que llevaba Echo al cuello. Lo único que les quedaba de su madre aparte del recuerdo de unos tristes ojos azules y el pelo rubio que ambos ocultaban. El ciervo labrado en el metal los miraba fijamente, tres cuernos con forma de hoz sobre la cabeza. Si la bestia guardaba algún secreto, se lo guardaba para sí misma.

—Quédate cerca de Gustus. Habla con ese ojo redondo si es que consigues entender algo de su jodido lenguaje. Él sabe mejor que nadie lo que todo esto significa. Mamá. Tu ojo. Todo ello. Descubre tu verdad, ¿me oyes? Y me la cuentas cuando vuelva.

—Vale —hipó Echo—. Lo haré.

—Tengo que irme.

—No lo hagas —susurró ella.

Pero él no la escuchó.