17
EL ARRASADOR SE PONE EN MARCHA
-¿Recuerda nuestra partida de ajedrez? —Clarke miró fijamente al anciano por encima de las brasas, el fuego ardía en un cansado gris acero—. ¿Lo que me dijo?
Daichi se quedó mirándola, sin parpadear, frío como un reptil.
Ruedas dentro de ruedas, curtido por los elementos y ajado por los años, agobiado por la culpabilidad y la responsabilidad y las vidas de aquellos que le necesitaban. Ahora más que nunca. Ahora, cuando más débil estaba.
Asintió lentamente, con manchas negras en los labios.
—Sí, la recuerdo.
—Entonces tenemos que hablar. —Hizo un gesto con la cabeza hacia la hija del anciano—. A solas.
Sangre en la boca. Reptaba sobre su lengua. El sabor de la muerte.
Daichi se dobló por la cintura, con los brazos alrededor del cuerpo mientras el ataque de tos se apoderaba de él, le hincaba los dedos en el estómago, en la garganta, se reía en alguna parte honda de su mente. Había algo totalmente aterrador en vivir de esa manera, sabiendo que cada bocanada de aire podía ser la que lo provocara. Este dolor. Esta impotencia. Vivir cada momento con miedo a respirar, el mismísimo acto que te mantenía con vida. Hasta que te das cuenta de que eso no era vivir en absoluto. Eso era solo esperar a morir.
Sin tener ni idea de cuánto duraría. Sin pensar nada mientras ocurría, excepto que quería que parara, por favor, haced que pare. Sabía que era un castigo justo, esta enfermedad que le retorcía sobre el suelo de la celda y pintaba las palmas de sus manos de negro. Se lo merecía, por todo lo que había hecho. El pueblo de Daiyakawa. La madre embarazada de Lexa, Dios… ¿cómo pudo alguna vez creer que actos como esos estaban justificados?
Se lo había ganado a pulso. La recompensa por sus leales servicios a un régimen construido sobre asesinatos y mentiras. Lo sabía. Lo comprendía. Pero cuando estaba inmerso en uno de esos ataques, no podía evitar desear que se acabara todo. Plantarse ante el Juez de los Infiernos y, luego, arrodillarse ante Última en su trono de huesos. Deambular por el inframundo Yomi como un fantasma hambriento, completamente maldito para siempre.
No debía ser peor que esto…
La tos paró, en algún punto después de una eternidad y antes del para siempre. Se hizo el silencio, perfilado por el zumbido de los motores de la nave voladora, las vibraciones se filtraban por el suelo del bergantín. Y al mirar hacia arriba, entre los barrotes de la celda, los vio: tres hombres con los ojos inyectados en sangre, vestidos de negro. La luz parecía más tenue a su alrededor.
—Parece que está enfermo —dijo el que estaba más cerca; un hombrecillo que observaba fijamente sus propios dedos estirados.
Daichi reprimió una risa lunática por miedo a empezar a toser otra vez.
—Algunos dirían eso.
—¿Cree en dioses, Daichisan? ¿En el cielo y los infiernos?
—¿En la Tormenta y el Sol y la Luna? —susurró el segundo.
—¿En el gran Hacedor benévolo y su orden divina? —preguntó el tercero.
—Por supuesto —asintió.
—¿Irá caminando o tendremos que llevarle?
—¿A dónde?
La cara del Inquisidor estaba oculta bajo las suaves líneas ascendentes de su respirador, pero Daichi podría haber jurado que el hombrecillo estaba sonriendo.
—A ver lo que su fe le ha traído.
Al final, tuvieron que llevarle.
Uno bajo cada axila, el más bajito en cabeza, subieron a cubierta. Los cielos estaban abarrotados de naves blindadas, gráciles corbetas con forma de flecha dibujaban estelas de humos tóxicos por el cielo. Daichi guiñó los ojos, el amanecer le resultaba demasiado brillante tras días bajo cubierta. Una tormenta se acumulaba al norte, las lejanas Iishi ocultas por una cortina de lluvia negra. Le depositaron al lado de la barandilla, sin dejar de sujetarle por los brazos. El aire bullía con el hedor a flores quemadas del chi, la canción de los motores, un coro de aspas de hélices. Al oeste podía ver las Montañas Tōnan, el cancerígeno manchurrón negro de la Mancha que se extendía alrededor de sus raíces mucho más abajo. Los vapores flotaban por encima de inmensas fisuras en la tierra muerta, pequeñas granjas de la periferia iban siendo engullidas palmo a palmo. Y allá, en el extremo oriental, detrás de un perímetro de vías de tren y vallas de alambre de espino y un centenar de máquinas trituradoras puestas en fila, se removía un gigante. Hierro negro. Grandes ojos como luces antiniebla iluminaban la cortina de humo. Noventa metros de altura, ocho patas enroscadas debajo de una gorda barriga cuajada de remaches; las extremidades de algún antiguo dios araña arrancado de las entrañas de los infiernos. Puntiagudos tubos de escape descendían por su columna, grandes brazos como guadañas armados con hojas de sierra lo bastante grandes para arrasar bosques enteros como si estuvieran hechos de paja y sueños. El monstruo del Gremio. Su obra maestra.
Preparada para que la soltaran en un mundo que no se lo esperaba. Arrasador.
Daichi reprimió un ataque de tos; intentó quitarse los vapores y las lágrimas de los ojos. Allí, en el lejano cruce de las Tierras Medias, podía ver vehículos militares, banderas flameando, espadas centelleando como olas rompientes en un mar gris hierro. Las huestes de guerra del señor de los Tigres, preparadas para aplastar a los Kagés y convertirlos en polvo. Las trituradoras allá abajo arrancaron sus motores, cien en total; un coro de brazos con hojas de sierra y piernas como troncos de árboles, pilotadas por conductores del clan Tigre. Un ejército de carne y acero afilado.
Dios, ¿qué queríamos hacer contra eso?
Miró hacia el buque insignia de los Tigres, la Muerte Honorable, que flotaba por el costado de estribor. Soltó una exclamación al verla, embutida en latón nuevo, sus ojos ardían como el fuego de los infiernos a través de los gases de escape.
Y le miraba directamente a él.
Clarkesan.
Deseó con toda su alma disponer de cinco minutos a solas con esa chica en una habitación sin ventanas. Unas pocas palabras que daría su vida por poder decirle entre dientes. Pero no. La confianza había eliminado la posibilidad de ese final hacía mucho tiempo. Una confianza pagada con celdas oscuras y tortura, y que terminaba aquí en estas dos naves, separadas por unos tres metros y más de mil kilómetros. Se miraron el uno al otro, un cortante viento vengativo gemía entre el golfo que los separaba. Se miraron hasta que los cielos se escindieron con un rugido atronador, un retumbar traqueteante, borboteante, chirriante que Daichi sintió desde el final de la columna hasta la base del cráneo.
Los motores del Arrasador.
Los Inquisidores acechaban a su lado, quietos y silenciosos.
Daichi se dio cuenta de que hacía un frío helador, el aire ralo arañaba su destrozada garganta, pero el trío parecía no sentirlo. Estaban ahí parados, contemplando la Mancha y el ejército que se desplegaba; lentas exhalaciones negro azuladas se perdían entre los gases tóxicos. El Arrasador vomitaba estelas de humo envenenado de un kilómetro de altura, un chorro a presión de salpicaduras de alquitrán. Los naranjas y amarillos chillones de la flota Fénix casi no se veían entre aquella mugrienta nube. El mismísimo cielo se sacudía cuando la bestia bramaba, la cubierta vibraba bajo los pies de Daichi, dos enormes ojos de luz antiniebla cortaban a través de la humareda. El Inquisidor en jefe se volvió hacia el anciano con una sonrisa en los ojos inyectados en sangre.
—¿Dónde está su Hacedor ahora?
Clarke trepó por encima de la barandilla de la Muerte Honorable y, sin decir una palabra, se dejó caer por los cielos asfixiados de humo. La gravedad la agarró, la velocidad le acariciaba la piel mientras caía en plancha al vacío, el viento aullaba en sus oídos. La Mancha se extendía allá abajo, un gran tumor de cenizas y grietas atravesaba el corazón de Shima. Los humos que amortajaban las tierras muertas apenas se movían a pesar de los remolinos que producían las hélices de la nave. Clarke cerró los ojos mientras descendía, preguntándose si sentiría algo cuando impactara contra el suelo. Toqueteó unos botones de su muñeca y los motores que llevaba a la espalda rugieron al ponerse en marcha, hurtándole del abrazo de la gravedad. Pasó volando por debajo la barriga de la flota; otra media docena de Artífices volaba con ella, el equipo de Kigen enviado para completar la tripulación del Arrasador. El Goliat se alzaba imponente entre el velo de gases de escape mientras los Artífices descendían. Clarke no se percató de lo colosal que era la máquina hasta que estuvieron a menos de cincuenta metros de ella. El gigante se elevaba por encima de todo; el ejército de máquinas trituradoras de tres metros de altura parecía los juguetes de un niño. Clarke viró alrededor de los antebrazos con forma de medialuna acabados en espadas de sierra lo bastante grandes como para decapitar edificios. Tan cerca, el runrún de los motores ejercía una presión asfixiante sobre sus costillas. El equipo aterrizó sobre la hombrera derecha de la máquina y una escotilla de metal en el cuello del Arrasador chirrió al abrirse; rojos ojos refulgentes los observaban desde la oscuridad. Un Hombre del Loto los hizo entrar a toda prisa en un estrecho pasillo revestido de gruesas tuberías de hierro, húmedas por el vapor. Al mirar hacia abajo por el suelo enrejado de la plataforma, Clarke pudo ver cables eléctricos e indicadores de presión y cámaras de combustión, engranajes endentados untados con capas de grasa de dos dedos de grosor. Había una especie de poesía en todo ello, el movimiento de las máquinas y los hombres, el silbido del humo y el vapor. Se dio cuenta de que estaba sonriendo detrás de la máscara.
—Bienvenidos al Arrasador, hermanos —dijo el Hombre del Loto. Clarke le miró de arriba abajo, apenas más que un iniciado por la voz, su piel aún nueva y relativamente limpia.
—Soy el Shatei Bo, auxiliar del Comandante Rei. Nuestro Kyodai les ruega que acudan a los puestos que les han asignado. Partimos en un instante.
—Nuestro agradecimiento, hermano —dijo Clarke.
—¿Usted es el Quinto Brote Clarke? —Los ojos del auxiliar centelleaban en la oscuridad.
—Lo soy.
—El Comandante Rei le ruega que se presente en el puente.
Clarke asintió.
—Condúzcame hasta ahí, hermano Bo.
Un agobiante montacargas los subió por dentro del cuello del Goliat; la canción del motor sonaba tan amplificada en el estrecho espacio que Clarke tuvo que ajustar sus humidificadores auriculares. Las puertas del ascensor gimieron al abrirse a una amplia cámara circular dentro del cráneo del Arrasador. Dos enormes claraboyas de cristal contemplaban las tierras baldías que los rodeaban en el exterior. Las paredes estaban atestadas de instrumentación: indicadores y cuadrantes, interfaces con tarjetas perforadas. El aire dejó una película grasienta sobre el ojo de cristal de Clarke.
En el corazón de la habitación se encontraba el puesto del piloto: un arnés de hierro y pistones y hebillas de cuero, conectado a través de cordones umbilicales segmentados a la instrumentación que lo rodeaba. Clarke acababa de entender la frustración de Kensai al denegársele una plaza en aquel lugar, la sola idea de sentarse ante aquellos mandos hizo que un escalofrío de emoción le recorriera todo el cuerpo. Pero no iba a poder ser. El Comandante Rei estaba cómodamente instalado en el trono, bien amarrado al asiento. Iba vestido con un traje atmos de serie, los ojos cubiertos con anteojos telescópicos. Unos Artífices estaban terminando las últimas revisiones previas a la puesta en marcha. Rei le miró por encima del hombro, pulsó un botón para cerrar el intercomunicador.
—Kyodai Clarke, me alegro de que al fin decidiera unirse a nosotros.
—Comandante Rei —Clarke se cubrió el puño e hizo una profunda reverencia—. El Segundo Brote Kensai le envía su pesar por no poder estar aquí en este día tan señalado.
El comandante se volvió hacia su auxiliar como si Clarke no hubiera hablado.
—Hermano Bo, la presión del aceite todavía está fluctuando en la pierna número siete.
El joven Hombre del Loto ocupó su asiento en la estación de comunicaciones y asintió.
—Técnico ya despachado. Un sello se reventó al arrancar el motor. Ya lo están reparando.
—… Debería ver qué tal les va a los Artífices de la tripulación —dijo Clarke—. Me tengo que poner al día sobre muchas cosas.
—No —dijo Rei—. Debería ser testigo de esto. Su padre ayudó a diseñar esta máquina. Lo más adecuado es que esté en el puente de mando cuando dé sus primeros pasos.
Clarke se quedó al lado de la torre de control, observaba a Rei por el rabillo del ojo. El arnés estaba suspendido del techo y era capaz de girar con las caderas del piloto. El movimiento de sus piernas, brazos y cabeza se transmitirían al Arrasador mismo mediante repetidores; la máquina imitaría sus movimientos. El control de las espadas de sierra y de los sistemas de defensa antiaérea podía manejarse a través de los guantes de control o cederse a otros puestos secundarios. El puente de mando contaba con media docena, el Arrasador en sí con más de sesenta, y había mil formas de que las cosas pudieran torcerse. Pero en el supuesto de que todos los sistemas funcionasen a la perfección, el control último estaba en manos de un solo hombre. Ese hombre hacía gestos afirmativos para sí mismo mientras estudiaba sus consolas. Aparentemente satisfecho, se aclaró la garganta y abrió la frecuencia del sistema general de intercomunicación.
—Aquí el Comandante Rei. Chequeo premarcha completo. Avisen a la tripulación de tierra de que se aparten.
El Hermano Bo comenzó la cuenta atrás a través de la frecuencia abierta.
—La marcha del Arrasador comenzará en diez, nueve…
Rei se volvió hacia Clarke, miró al Quinto Brote de arriba abajo.
—Haría bien en agarrarse a algo…
Daichi estaba al lado de la barandilla, sentía cómo aumentaba el volumen, observó a las tripulaciones de tierra y las máquinas trituradoras apartarse del Arrasador. Atronadoras nubes de gases emborronaron el cielo, un enorme chorro de vapor salió como vomitado de las entrañas de la máquina. El anciano escupió esputos negros sobre la cubierta, el corazón le latía a mil por hora. El gigante se movió. Un movimiento tembloroso al principio, un potrillo recién nacido intentando ponerse en pie en medio del charco del parto. Sus patas se desenroscaron una a una con una creciente cacofonía. Y entonces, como un grotesco de una atracción barriobajera de la zona de los muelles, una espantosa colisión entre insecto y máquina, incrustó sus piernas hasta el primer nudillo en la tierra muerta. Y se puso de pie.
La isla entera se sacudió, un impacto después de otro, cuando la bestia empezó a caminar, cuatro piernas se movieron hacia delante y se estamparon contra el suelo en rápida sucesión.
DUUMDUUMDUUMDUUM
Las otras cuatro avanzaron a continuación.
DUUMDUUMDUUMDUUM
Un clamor desgarrado brotó entre la flota, los Hombres del Loto levantaron las manos y vocearon su nombre; un testimonio de su poder e ingenio que ahora daba sus primeros pasos tentativos hacia el rojo amanecer que le esperaba al norte.
DUUMDUUMDUUMDUUM
DUUMDUUMDUUMDUUM
Daichi se chupó los labios, sabían a negrura. El hombrecillo que estaba a su lado se volvió, sus ojos inyectados en sangre deambularon desenfocados hasta que por fin se posaron sobre los de Daichi.
—¿Lo ve? —murmuró el hombrecillo—. ¿El final?
Daichi tenía la vista fija en el Arrasador, contuvo la respiración cuando el gigante salió pesadamente de los campos de pruebas, seguido por un enjambre de máquinas trituradoras, traqueteando y claqueteando como soldados diminutos tras su emperador. Todos ellos marchaban a la guerra.
—Lo veo —contestó Daichi con voz rasposa.
—No. No lo ve. —El Inquisidor señaló al coloso—. Ahí no.
Señaló al suelo bajo sus pies. Los kilómetros de tierras baldías, envueltas en una asfixiante niebla espesa como la sopa. El hombrecillo volvió a hablar, con una inconfundible sonrisa en la voz.
—Allí.
