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PÁJARO BURLÓN

La lluvia era caliente como la luz del fuego, espesa como la melaza, negra como la medianoche.

Murphy caminaba penosamente por las vacías vías del tren, envuelto en una capa de hule negro con capucha. Sus botas de dedos partidos hacían crujir la gravilla que flanqueaba las vías roídas por el óxido, llevaba las enguantadas manos dentro de las mangas. No había conseguido encontrar a un porteador de vagoneta despierto en la estación de Yama y los trenes no circulaban desde la explosión de la refinería. Así que había echado a andar en dirección al sur, el temporal le arrojaba goterones negros, que se colaban por dentro de sus anteojos y empapaban de agua amarga el pañuelo que llevaba en torno a la cara.

Tenía que empezar la jodida lluvia, ¿no?

Los minutos se convirtieron en horas bajo un cielo tormentoso.

Unos pocos campesinos Kitsunes estaban cosechando las últimas flores de loto antes de que la toxicidad de la lluvia las echara a perder, a pesar de no tener ya ningún sitio en el que venderlas. El diluvio por fin cerró el grifo hasta no dejar salir más que unas gotas aisladas. Murphy se quitó la capucha y escurrió el pañuelo y, al alzar la vista al cielo, vio una silueta alada planeando entre el gris sanguinolento. Al principio creyó que podrían ser Echo y Kaiah que venían a intentar que cambiara de opinión. Pero al forzar la vista, se dio cuenta de que las alas lanzaban destellos metálicos y que no había jinete sobre su lomo. Observó a la bestia volar en espiral dibujando amplios círculos, aparentemente sin objetivo ni propósito. Había algo solitario en la figura, allá arriba en medio de todo ese cielo, algo que hablaba de un cuerpo que había perdido el rumbo. Murphy se chupó los labios y escupió, se estiró dentro del Kenning, palpando en busca de la mente del arashitora.

¿Me buscas a mí?

Un largo silencio, roto por truenos lejanos. Observó a la bestia durante un lento minuto, dispuesto a encogerse de hombros y volver a poner sus botas en marcha, cuando sintió la voz de la bestia tronar en su mente.

¿POR QUÉ HABRÍA DE ESTAR BUSCÁNDOTE, NIÑO MONO?

¿A quién demonios estás llamando niñomono, cerebro de mosquito?

AH, CEREBRO DE MOSQUITO. MUY BUENO. UN DARDO TAN AFILADO QUE EL MISMÍSIMO AIRE ENTRE NOSOTROS SANGRA, CHICO.

¿Alguien se ha cagado en tus cereales de la mañana o algo así?

LOS ARASHITORAS NO COMEN CEREALES.

No podría culparte ni un poco si alguien se ha cagado en ellos.

NO TIENES NINGUNA GRACIA.

Oh, sin duda.

OH, SIN DUDA.

¿Qué, ahora eres un sinsonte, un pájaro burlón?

BURLAS BIEN MERECIDAS, CHICO.

Estupendo. Jódete.

Murphy se pasó una mano enguantada por la pelusilla de la cabeza, volvió a ponerse la capucha y retomó su camino. Aún podía sentir al arashitora volando en círculo allá en lo alto, lánguido; ocasionalmente bajaba en picado hacia el suelo, pero remontaba el vuelo en el último momento y subía como un rayo de vuelta al cielo.

Como un chiquillo que corre sin razón alguna, aparte de contar con piernas y tener suelo bajo los pies.

Murphy se encontró estirando la mente hacia él otra vez, maravillado por su textura, nada que ver con las simples bestias en cuyo interior había pasado media vida. Había un elemento propio de Daken ahí, un sentido de lo felino que inundó el pecho de Murphy de una pena de bordes afilados. Pero también había algo primitivo, cortante como una cuchilla, predatorio y teñido de frustración. No había sentido nunca nada semejante en toda su vida.

PUEDO SENTIRTE, NIÑOMONO. DANDO TUMBOS EN MI MENTE.

¿y?

Y… QUE SALGAS DE AHÍ.

Di por favor.

RIDÍCULO. PODRÍA DESTRIPARTE COMO A UN PEZ. PODRÍA DECORAR LAS NUBES CON TUS ENTRAÑAS. DÉBILES. DESGRACIADOS. USURPADORES. CONVIERTEN LOS CIELOS EN ALGO ROJO Y…

Por las barbas de Izanagi, acabo de entenderlo. Estás aquí fuera porque estás enfurruñado, ¿a que sí?

NO SABES NADA.

Sé lo que es una pataleta cuando la veo. Dios sabe que Lincoln me enseñó todo lo que hay que saber sobre ellas. Los niños ricos tienen las peores, créeme.

¿Y QUIÉN ES ESE LINCOLN? ¿OTRA COSAMONO MAULLANTE?

Murphy se paró en seco, se agachó y arrojó un puñado de barro hacia el cielo.

¡Baja aquí abajo y escupe toda esa mierda! Yo te enseñaré a tener respeto por los muertos, hijo de puta. ¡Me encargaré de que puedas disculparte en su jodida cara!

Sacó el lanzador de hierro que le había robado al Daimyo Kitsune, bailó en un ridículo circulito de frustración. Al final escupió en el barro, metió bruscamente el arma de vuelta en su obi y retomó su camino a lo largo de las vías con nubes de tormentas retumbando por encima de su cabeza.

LO SIENTO.

Vete al diablo.

NO SABÍA QUE ESTABA MUERTO.

Entonces quizás debas pensar un poco antes de dar rienda suelta a tu jodida boca.

PICO.

Lo que sea.

¿QUIÉN ERA?

No es asunto tuyo, maldita sea.

¿AMIGO? ¿HERMANO?

Lo era todo para mí, eso es lo que era.

Murphy suspiró, se retiró las gafas para pasarse la mano por los ojos.

Sí, él lo era todo.

¿CÓMO MURIÓ?

No murió. Le mataron.

AH.

Ah.

¿Y POR ESO CAMINAS SOLO? ¿ESPERAS ENCONTRAR ALGUNA RESPUESTA PARA TU PÉRDIDA? NO ENCONTRARÁS NINGUNA EN LAS NUBES, CHICO. CRÉEME, YA HE MIRADO YO.

No estoy buscando respuestas. Estoy buscando matar a los bastardos que le mataron a él.

VENGANZA.

Eso es.

NO ENCONTRARÁS NINGUNA PAZ EN ELLA. LAS MANCHAS NUNCA SE BORRAN. LO SÉ.

¿Oh, lo sabes?

HARÍAS MEJOR EN QUEDARTE AQUÍ. CON LEXA. CON TU HERMANA. SE ACERCA UNA GUERRA, CHICO.

¿Tengo pinta de ser un tío que lo arriesgue todo por gente que no le importa una mierda? Joder, hace tres meses, esa gente de Yama hubiera estado encantada de encadenarme a una piedra y prenderme fuego.

MUCHAS COSAS CAMBIAN DE UNA ESTACIÓN A OTRA.

No todo.

LA FORMA DE LOS HÉROES, DESDE LUEGO.

¿Así que te parezco un héroe?

PARECES UN CHICO NORMAL Y CORRIENTE.

Un cegador rayo zigzagueante besó el cielo.

ASÍ QUE SÍ, LO PARECES.

Ahórrate la charla para alguien a quien le importe, pájaro burlón.

TUS RESPUESTAS NO ESTÁN DONDE CREES. LA MUERTE NO PUEDE DESHACER LA MUERTE.

No jodas.

ENTONCES, ¿POR QUÉ? ¿VAS A HABLAR COMO ESOS SAMURÁIS? ¿DE HONOR? ¿DE LEALTAD?

Creo que me dejé el honor en mis otros pantalones.

ENTONCES, ¿POR QUÉ HACES ESTO?

De repente, Murphy se detuvo en seco, sus botas derraparon sobre el barro y la arenisca grisácea. Miró a la silueta en lo alto, las nítidas líneas de sus alas mecánicas, rayas azabaches y plumas blancas como la nieve contra un furioso mar gris. Volvió a pasarse una mano por la cabeza, recordó unos ojos oscuros iluminados por la risa.

La boca que una vez besaba, ensangrentada y sin labios.

La mano que una vez acariciaba, mordisqueada y sin dedos.

Porque sangre responde a sangre, pájaro burlón.

Negó con la cabeza.

Porque hay hijos de puta que simplemente necesitan que los maten.

Murphy siguió su camino. El cielo empezó a escupir de nuevo, espesos goterones de limo viscoso tamborileaban entre las vías oxidadas, golpeando el metal con un ritmo excéntrico y entrecortado. Murphy se cubrió la boca con el pañuelo. Mientras caminaba por la madera desteñida, rezó para que el chaparrón esperara un poquito. No vio al arashitora hasta casi chocar con él.

Pero aun así, ahí estaba.

Sentado en medio de las vías, agitando la cola de un lado al otro.

Tenía las plumas teñidas de gris por la lluvia, sus alas de metal relucían con un lustre mate. Sus ojos eran de ámbar fundido, brillantes como el sol escondido.

¿DÓNDE BUSCAS VENGANZA?

En la ciudad de Kigen.

ESO ESTÁ DEMASIADO LEJOS PARA QUE YO VAYA VOLANDO. DEBO VOLVER A YAMA PRONTO.

Si tú lo dices.

PERO PUEDO LLEVARTE A DONDE SE ENCUENTRAN LAS CARRETERAS DE METAL.

¿Al Cruce de las Tierras Medias?

SI TÚ LO DICES.

¿Por qué harías eso?

VA A VOLVER A LLOVER PRONTO.

¿Y qué?

¿QUIERES CAMINAR BAJO LA LLUVIA?

No.

ENTONCES MÓNTATE ENCIMA DE MÍ ANTES DE QUE CAMBIE DE OPINIÓN.

Murphy ladeó la cabeza, miró al arashitora a los ojos. Echó un vistazo a las nubes apelotonadas en lo alto, al largo tramo de vías de tren, a la lluvia negra que tamborileaba sobre la palma de su mano.

Entonces, vale. Mis agradecimientos.

Trepó a lomos del tigre del trueno, la adrenalina convirtió su estómago en un revoltijo farfullante. El arashitora se puso de pie, Murphy se bamboleó sobre él cuando la bestia dio grandes zancadas por las vías y saltó hacia el aire, con las alas desplegadas, solo para caer estrepitosamente de vuelta al suelo con una sacudida. Murphy maldijo, se agarró a la desesperada cuando el arashitora volvió a intentar despegar. Esta vez consiguió capturar algo de aire bajo las alas, azotó el vacío entre las nubes y la tierra y se elevó hacia el cielo. El chico sintió cómo la sangre abandonaba su cara, observó el suelo alejarse bajo sus pies, mientras giraban en un largo arco sostenido que empujó sus entrañas hacia arriba contra la caja torácica. Las alas de la bestia eran una canción de metal y engranajes y pistones, chirriaban mientras subían, remontando el vuelo hacia la lluvia y las nubes. Una pluma cortada se desprendió en marcha, cayó rodando del cielo, dando vueltas y vueltas sobre sí misma. El viento la atrapó, la sostuvo, la mantuvo en alto tanto tiempo como pudo.

No para siempre.

Pero quizás durante el tiempo suficiente.