19

CAYENDO

En oscuro cuarto de hierro grasiento. El runrún de unos motores que no dormían. Susurros de traición.

—Esta noche —dijo el primero.

—No. Demasiado riesgo —repuso el segundo.

—Podemos hacer que parezca un accidente.

—No. Además, aunque nos estuviésemos dedicando a eliminar oficiales, el Comandante Rei sería nuestro objetivo primordial. No este Quinto Brote.

—Si matas a Rei, te cogerán. Tú eres su auxiliar y el primero al que culparán. Pero tenemos que estar los tres para parar los motores cuando llegue el momento.

—Esa es la razón por la que no tocamos a Rei ni a Clarke hasta que llegue el momento apropiado.

—Conoces nuestras órdenes. Ahora todos los Brotes Mayores son objetivos.

—No. Nos jugamos demasiado. Nos quedamos tranquilos. Y cuando nos encontremos con la resistencia, en las Iishi o en Kitsunejō, nos cargamos los motores. Mutilamos y paralizamos a esta cosa. Ese es el plan.

—Esta Clarke fue ascendida por la Inquisición, Bo. ¡Probablemente lleva su tinta en el brazo!

—¡Ese no es el plan!

—Yo lo voy a hacer. Puedo hacer que parezca un accidente.

—¡Shinji, no!

—Muerte a las Serpientes, Bo. Muerte a todos ellos.

El chirrido del latón contra el latón, un brazo arrancado del férreo agarre de otra mano. Un ruego susurrado por encima del sonido rasposo de los fuelles, el ruido sordo de la puerta de un mamparo, pesadas botas alejándose ruidosamente hacia la oscuridad. Bo se quedó solo en la penumbra, con los ojos dirigidos al suelo mientras estampaba el puño contra la pared.

—Mierda.

Un cuchillo apretado contra la frente. La cara de Wells por encima de ella, iluminada por la luz del farolillo.

Pero creo que ningún otro hombre la querrá tampoco…

Dolor.

—¡No!

Octavia se sentó en la cama de un salto al tiempo que sacaba el wakizashi de debajo de la almohada, la cara empapada de sudor a pesar del frío helador. Parpadeó, respiraba con dificultad, escudriñó la penumbra en busca de su atacante. Pero él ya estaba muerto, muerto hacía mucho tiempo a la sombra de las Piedras Ardientes.

Muerto por el asesinato del Zorro Negro. La venganza de la Señora de las Tormentas.

La suya negada para siempre…

Llamaron a la puerta con suavidad, una silueta recortada en la ventana de papel de arroz. Octavia se frotó los ojos, se cubrió la cara con el pelo. ¿Qué hora era? ¿La hora del Mono? ¿La del Perro?

—Octavia. —La voz de Maro.

—¿Qué pasa?

—Un mensaje de radio. Una transmisión.

—¿No puedes tomarlo tú? —bufó la chica—. Por todos los dioses…

—Pidió hablar contigo personalmente. Y a solas.

Frunció el ceño en la penumbra.

—¿De quién es esa transmisión?

—No estoy seguro. Pero dice ser Isao…

Clarke bajó por la escalera de servicio, el espacio era tan estrecho que su piel raspaba contra las paredes. Se dejó caer el último metro o así a una pasarela suspendida, miró por encima de la barandilla a la sala de máquinas. Un espacio amplio, rodeado por escalas y pescantes de hierro, un bloque de transmisión tan grande como una casa, el motor retumbaba con la potencia de un millar de caballos. La plataforma bajo sus pies se balanceaba al ritmo de los pasos del Arrasador, los amortiguadores solo compensaban parcialmente los impactos. Clarke estudió la sala de máquinas, le pareció un déjà vu. Parpadeó a la luz de los farolillos de chi, observó las centelleantes pieles de los Artífices que estaban trabajando ahí abajo, con un único y ardiente pensamiento grabado en el corazón.

Yo he estado aquí antes…

—Quinto Brote Clarke.

No me llaméis Clarke. Ese no es mi nombre.

Clarke se volvió, vio a un Artífice en el pescante a su espalda, un resplandor rojo en su único rojo. Echó un vistazo a los pequeños símbolos marcados al lado del mecábaco, era el nombre del Hombre del Gremio.

—Hermano Shinji.

El Shatei hizo una reverencia.

—¿Ha venido para la inspección?

—Disculpas. He llegado pronto, lo sé.

El Hombre del Gremio asintió.

—Podemos empezar por la caja de cambios, si le parece. Tendremos una buena vista de la transmisión desde las pasarelas superiores, si desea verla.

—Sí, mucho.

El Artífice hizo una reverencia, indicándole el camino.

—Detrás de usted, Quinto Brote.

—Mis agradecimientos, hermano.

Clarke giró sobre los talones y echó a andar ruidosamente por la pasarela.

Octavia cerró la puerta del cuarto de la radio, echó el pestillo, empapada en sudor por la escalada. Los puestos de escucha estaban situados montaña arriba, al sur del pueblo Kagé, el mejor sitio para evitar las interferencias magnéticas. Había recorrido el camino a la carrera, con el corazón acelerado, el pelo enredado alrededor de la cara. Se sentó a la mesa delante la radio, agarró el micrófono.

—¿Isao?

La voz del chico sonaba envuelta en interferencias, amortiguada por la distancia.

—Octavia.

—¿Qué le regalaste a mi padre en su último cumpleaños?

Una pausa, chisporroteando con un ruido informe.

—Atsushi y yo le tallamos una flauta de madera de kiri.

—¿Cuál fue la primera melodía que tocó?

—Bueno, intentó tocar La Hija del Ronin. Pero la tocaba tan mal, que no sé muy bien a qué sonaba. Y luego me emborraché y me senté encima de ella. Por accidente, obviamente.

A Octavia le dolió el corazón al recordarlo, pero sonrió a pesar de todo.

—Por todos los dioses, eres tú. ¿Cómo puede ser? Creíamos que habías muerto cuando cogieron a mi padre…

—¿Estás sola, Octavia?

—Hai.

—¿Estás segura? Mira en los rincones. Escucha. ¿Oyes el segundero de un reloj?

—¿Quieres decir el dron araña que esa puta del Gremio, Ayane, dejó suelto aquí arriba?

—… ¿Lo encontrasteis?

—Y lo destruimos. Ojalá hubiera podido hacer lo mismo con ella.

—Alabado sea Izanagi. Bien hecho.

—¿Cómo es que aún vives? Se supone que tenías que proteger a mi padre durante el ataque a Kigen. Si el Gremio se lo llevó, tendrían que haberte cogido o matado a ti también.

—Clarke sí que me mató. Me apuñaló por la espalda. A Atsushi y a Takeshi también.

—¿Qué…?

—Al menos por lo que a Ayane se refiere…

Clarke estaba sobre la pasarela que se asomaba a la enorme caja de cambios, miraba hacia abajo, a una boca de hierro llena de dientes que mascaban y giraban sin parar. El Arrasador funcionaba con una transmisión de cuatro velocidades, la potencia se transfería a través de una serie de colosales ruedas dentadas a las ocho patas que aporreaban el suelo en el exterior. La transmisión estaba encerrada en una carcasa de hierro rodeada por una barandilla de seguridad, pero la parte superior quedaba completamente abierta, lo que permitía a los técnicos un fácil acceso a la caja de cambios. Había un Artífice encaramado a una escalera de servicio a mitad de la carcasa, comprobando un puñado de indicadores. Al bajar la vista hacia aquella poesía de engranajes y rodamientos, Clarke se vio obligada a admirar la genialidad de Kensai. El Segundo Brote podía muy bien ser su enemigo, pero hablaba el lenguaje de la máquina mejor que nadie. Se alegraba de no haber subestimado nunca a su Tío, ni de haberse creído ni por un momento que Kensai se había tragado su cuento. Por suerte, la Inquisición no había compartido las sospechas del Segundo Brote. Era una bendición que tuvieran tanta fe en su preciado «Lo Que Será». En el futuro que Clarke, incluso ahora, luchaba a brazo partido por impedir.

Llamadme Primer Brote…

Clarke sonrió con tristeza detrás de su casco.

No si yo puedo remediarlo.

Se volvió hacia Shinji, levantando la voz por encima del clamor.

—Dígame hermano, ¿cómo…?

Un tubo de hierro se estrelló contra su cabeza, un golpe a dos manos. El impacto fue casi ensordecedor, su cabeza dio un latigazo a un lado, el casco se abolló bajo la fuerza de una almádena. Clarke dio una voltereta por encima de la barandilla de la pasarela, los pistones gimieron mientras se agarraba a la barandilla tan fuerte como podía. Le brotaron flores blancas en los ojos, sangre en la boca, dolor eclipsado por el terror que le inspiraba la cadena de la transmisión que giraba removiendo el aire en lo bajo, esperando a masticarle hasta convertirle en carne picada. Alzó la vista hacia el Hombre del Gremio que le había atacado y levantaba ya el tubo para darle otro golpe.

—Por la rebelión, bastardo —escupió Shinji.

—No —imploró Clarke con voz áspera—. Espera…

—Isao, más te vale explicarte rápidamente… —dijo Octavia entre dientes.

—Sangre de rata. —La voz del chico crepitó a través de los altavoces—. Llevaba vejigas llenas de sangre atadas a la espalda. Clarke utilizó un cuchillo con una hoja retráctil cuando me apuñaló. Muy fácil de manejar, incluso para una novata como ella.

—¿Fingiste tu asesinato a manos de Clarke? ¿Sabías que nos iba a traicionar?

—No, no Octavia. Era el plan de Clarke. Sabía que Ayane era una trampa enviada por el Gremio para volverla en contra de nosotros. O al menos para volvernos a nosotros contra ella. Ella lo supo.

El estómago hecho un nudo. La boca completamente seca.

—¿Cómo?

—Los lanzadores de shurikens. Ayane los saboteó. Bueno, su dron araña realmente, mientras ella estaba encerrada en la celda. Pero lo hizo demasiado bien. Clarke lo dedujo al examinar los daños. Nadie excepto un Hombre del Gremio hubiera podido comprender el funcionamiento de los lanzadores lo suficientemente bien como para conseguir que todos ellos fallaran simultáneamente, justo en medio del ataque de los onis.

—¡Eso no explica lo que le pasó a mi padre en Kigen!

El chisporroteo de las interferencias recorrió la línea cuando Isao aspiró una calculada bocanada de aire.

—Clarke habló con Daichi a solas. Sabía que el dron estaría escuchando, dedujo que le seguiría a todas partes. Así que jugaron al ajedrez, se pasaron notitas entre cada movimiento. Clarke le contó el complot para destruir la refinería de Kigen; el plan que le habían dicho a Ayane que terminaría con la traición de Clarke. Pero en las notas, le explicó a Daichi lo que estaba ocurriendo. Ayane. El dron. El sabotaje. Y al final, trazó un plan para derrocar al Arrasador y terminar con el Gremio de una vez por todas.

Octavia cerró los ojos, temiendo la respuesta.

—¿Cómo?

Clarke encogió los hombros cuando el tubo volvió a estamparse contra su casco. Otro golpe, Shinji estaba ahora aporreando los dedos que aferraban la pasarela, inmerso en su propia locura.

—¡Para! ¡Estoy de vuestro lado!

Clarke miró por encima del hombro, hacia abajo, a las giratorias fauces endentadas de la transmisión. Otro impacto le dio de lleno en la cabeza, un montón de estrellas se iluminaron detrás de sus ojos. Se le resbaló una mano, dio un grito ahogado, apretó los dientes, se agarró con todas sus fuerzas. Cuando era una niña, un compañero iniciado le dijo que en el instante anterior a la muerte, se suponía que toda tu vida pasaba rápidamente por delante de tus ojos. Los triunfos, los errores, todo lo que habías sido y hecho alguna vez, representados con una luz blanca y estroboscópica, justo antes de que las luces se apagaran para siempre. Y ella no podía pensar más que en Lexa. En que no la volvería a ver jamás. En que nunca podría arreglar las cosas.

No.

Hierro y latón cantaron cuando otro golpe impactó, empezaban a fallarle las manos.

No, así no…

—Piensa destruir los motores del Arrasador, Octavia. Su padre diseñó las cámaras de combustión o algo así. Clarke sabía cómo funcionan, pero tenía que estar dentro para desmantelarlos. Y para eso, tenía que montar un show lo bastante convincente como para que el Gremio le aceptara de vuelta.

—Le pidió a mi padre que…

—No. Daichi se ofreció.

—Pero ¿por qué iba a…?

—Se está muriendo de pulmón negro, Octavia. Así que, ¿por qué no hacer que valiera para algo?

A Octavia se llenaron los ojos de lágrimas. Pena. Dolor. Rabia.

—¿Por qué has esperado hasta ahora para contarme todo esto?

—La radio Kagé ya no existe en la ciudad de Kigen. Hemos tenido que abrirnos camino hacia el norte, hasta las Llanuras Interminables, la primera estación de escucha en la provincia de Hatenashi. Incluso ahora corríamos un gran riesgo al contactar contigo. Por lo que sabíamos, el dron todavía estaba en el pueblo.

—¿Pero por qué no me lo dijo mi padre antes del ataque? —preguntó con rabia.

—Porque sabía que nunca estarías de acuerdo, Octavia.

—Isao, tú odiabas a Clarke…

—Pero queríamos a Daichi. Sus palabras tenían sentido. Lexa no estaba. No teníamos otra forma de enfrentarnos al Arrasador.

—Lexa ha vuelto. —La amargura agriaba su voz—. Se ha aliado con esos rebeldes del Gremio, si puedes creértelo.

—Hemos oído cosas sobre esa rebelión. Hay rumores de que han estado matando a miembros de la jerarquía del Gremio. Pensamos que si Clarke conseguía contar con el favor del Gremio otra vez, podría convertirse en un objetivo para los rebeldes: la Mujer del Gremio que capturó al gran Daichi, líder de la insurgencia Kagé.

Octavia bajó la cabeza, rota de dolor.

—Dios…

—Tienes que decírselo, Octavia. Si esos rebeldes del Gremio escuchan a Lexa, tienes que hacerles saber que no deben tocar a Clarke. Ella puede derribar al Arrasador. Y por lo que decía Daichi, la explosión también se llevaría por delante a la mitad del ejército Tora.

Clarke está de nuestro lado.

Octavia cerró los ojos, susurrando:

—Padre, ¿cómo pudiste…?

Se le resbalaban los dedos de la barandilla.

El tubo de hierro se acercaba a su cabeza a toda velocidad.

Lo negaba todo, con todas sus fuerzas.

Clarke arremetió con la mano libre, aporreó los mandos de vuelo que llevaba en la muñeca a la vez que el golpe se estrellaba contra su cabeza. Se produjo un estallido de chispas, los cohetes se pusieron en marcha, otro golpe en la cabeza, otro, otro. Insensible, los ojos recubiertos de sangre, sus dedos resbalaron. Se retorció mientras caía hacia la transmisión. Llamas blanco azuladas ardieron a su espalda. Giró y se estampó contra la barandilla de seguridad. Se bamboleó, los cohetes aún ardían, y con un último grito desgarrado, se lanzó por encima de la barandilla, cayendo seis metros hasta el suelo de la sala de máquinas. Su mochila cohete echó una llamarada más y murió, los mandos de su muñeca vomitaron otra brillante ráfaga de chispas. Sangre en la boca. El aire le quemaba en los pulmones.

El Artífice de la escalera de servicio maldijo, levantó la vista hacia Shinji en el pescante superior.

—¡Idiota, has fallado!

—¡Bueno, pues baja ahí abajo y acaba con ella!

—¡Baja y ayúdame!

Sacando una gran llave inglesa de hierro de su cinturón de herramientas, el Artífice se dejó caer al suelo para terminar lo que su camarada había empezado.

—Octavia, ¿me recibes?

Traición tras traición…

—¡Tienes que hablar con Lexa! ¡No deben tocar a Clarke!

Lexa. Raven. ¿Y ahora también su padre? ¿Confiar en esa bastarda Mujer del Gremio más de lo que confiaba en ella? ¿Entregar su vida basándose en la palabra de esa traidora y no decirle nada a su única hija? Darle su katana a Lexa ya había sido bastante malo. Después de todas las cosas a las que había renunciado Octavia. Todo lo que había perdido. Años a su lado. Y en unas pocas semanas, ¿Lexa y esa bastarda de Clarke contaban con más confianza de la que ella se había ganado en toda su vida?

Octavia se puso de pie lentamente, con los labios apretados, delgados y pálidos.

—¿Octavia?

Apretaba tanto los dientes que le dolía la mandíbula.

—¿Octavia, me oyes?

—No —murmuró—. No, no te oigo.

Pulsó el interruptor, las súplicas de Isao quedaron sumidas en el más absoluto de los silencios.

Shinji bajó ruidosamente por una escalera de caracol, señaló a Clarke, le gritó a su compañero de asesinato.

—¡Detenla, está retransmitiendo por el mecábaco!

Los dedos de Clarke revoloteaban de un lado al otro de su pecho, una danza compleja por la cara del artilugio, como un trovador callejero rasgando las cuerdas de un shamisen. El mensaje se estaba transmitiendo por el canal interno del Arrasador, una llamada de auxilio oída por todos y cada uno de los Hombres del Gremio a bordo del coloso.

Se requiere ayuda. Sala de máquinas.

—¡Detenle, Maseo!

El segundo Artífice se estrelló contra Clarke, intentando apartar sus manos del aparato.

—¡Detenle!

Accidente.

Maseo se quedó quieto, mirando pasmado el metálico rostro apaleado de Clarke.

—… ¿Accidente?

Shinji llegó al suelo de la sala de máquinas, se dirigió decidido hacia Clarke, con los puños apretados. Pero según se iba acercando, se abrió una de las escotillas superiores, otro Artífice se situó sobre la pasarela y miró hacia abajo a los tres hombres allí reunidos.

—¡Por el Primer Brote! —gritó—. ¿Qué ha pasado?

Los dos aspirantes a asesino se miraron el uno al otro, silenciosos y descorazonados; apretaron las manos alrededor de los tubos que sujetaban. Clarke consiguió arrastrarse hasta ponerse de rodillas y levantó la vista hacia el Artífice que estaba allá arriba sobre el pescante. Su voz sonó simple. Práctica.

—Me he resbalado —dijo.

—… ¿Se ha resbalado? —El Artífice se asomó por encima de la barandilla, la voz cargada de incredulidad.

Clarke se puso en pie despacio, se encogió de hombros con un chirrido.

—Mi mochila cohete se encasquilló. Casi me caigo directamente dentro de la caja de cambios. El Hermano Shinji me salvó la vida.

Más Hombres del Gremio empezaron a llegar a la sala de máquinas, todo ojos refulgentes y preguntas chachareadas. A todos se les dio la misma explicación, repetida por una ensangrentada y magullada Clarke, rodeada ahora por hermanos preocupados. Hubo elogios para el Primer Brote, elogios palmeados sobre la espalda de Shinji, hasta que al final se decidió que Clarke debería acudir al servicio médico. El Quinto Brote insistió en que era demasiada molestia, que la piel era fuerte aunque la carne fuera débil, pero finalmente cedió.

—Muy bien, hermanos. Es mejor asegurarse. —Clarke se volvió hacia su aspirante a asesino—. ¿Quizás mi salvador sería tan generoso de acompañarme?

—… Por supuesto, Quinto Brote. —Shinji hizo una reverencia—. Será un honor.

—El honor es mío, hermano. Te debo la vida.

La efervescencia se fue calmando, los Hombres del Gremio regresaron a sus puestos, algunos echaron miradas recelosas a la barandilla por encima de la transmisión. Era un milagro que el Quinto Brote hubiera escapado indemne. No querían ni pensar en lo que hubiera podido ocurrir si el Hermano Shinji no hubiera estado ahí…

Maseo se acercó, cogió uno de los brazos de Clarke y se lo pasó alrededor de los hombros. Shinji sujetaba el otro lado. Y así, la pareja de dirigió arrastrando los pies hacia la escalera de caracol, con Clarke bien abrigada entre ambos.

—Caminad despacio, hermanos —dijo Clarke—. Todavía me tiemblan las piernas. —Una sonrisa triste, sin humor alguno—. Y tenemos mucho de lo que hablar, después de todo.

El operador del puesto de escucha levantó la vista cuando Octavia salió a la pasarela de la torre. La chica se echó el flequillo sobre la cara de un brusco manotazo.

—El Hermano Isao está comprometido —dijo—. Atsushi y Takeshi también. Envía un mensaje por la red de comunicaciones. Toda información proveniente de ellos debe considerarse sospechosa. Cualquier transmisión proveniente de ellos debe ignorarse.

El señalero asintió.

—Hai.

Sin decir otra palabra, Octavia se escurrió escaleras abajo y desapareció en la oscuridad.