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VOLVIÉNDOSE ESCARLATA POCO A POCO
Los brazos de Lexa alrededor de su cuello le parecieron como volver a casa. Como si él supiera lo que se sentía al volver a casa…
Dios, estaba tan preocupada, Buruu.
NO TIENES NADA QUE TEMER. TÚ ERES MI CORAZÓN, ¿RECUERDAS? SIN TI, ME MUERO.
Lexa lo abrazó fuerte bajo los aleros del tejado mientras la lluvia negra caía del cielo como de una regadera. Estaba empapado por el vuelo, los ojos le ardían por el alquitrán. Lexa apretó la mejilla contra la suya, haciendo caso omiso del veneno que tenía pegado a las plumas.
No soy yo generalmente la melodramática.
ÚLTIMAMENTE NO, SEGÚN PARECE.
Voy a por algo de agua limpia. Para intentar lavar toda esta mugre que llevas encima.
TENEMOS POCO TIEMPO, LEXA. EL EJÉRCITO DE ROAN ESTÁ EN CAMINO. LOS HE VISTO.
Lexa se chupó los labios, asintió.
Tenemos el tiempo suficiente para limpiarte.
La chica se alejó con pasos silenciosos en dirección a las cocinas y Buruu se quedó ahí mirando la enfurecida tormenta en lo alto, los relámpagos se reflejaban en sus ojos. El gran Raijin, padre de todos los arashitoras, estaba ocupado tocando sus tambores, las ventanas temblaban con cada trueno ensordecedor. La lluvia química caía en cascada desde los cielos cada vez más oscuros, destrozando lentamente todo lo que había por debajo; veneno bombeado a los pulmones y a la tierra y al cielo. Gobernaba completamente ese lugar. Pensar que algo tan inocuo —una diminuta flor— podía transformar la estructura de la tierra de un modo tan absoluto. Los motores y máquinas y tesoros escupían diminutas nubecillas de veneno a los cielos antaño azules, volviéndolos escarlatas poco a poco. Mataba la tierra con cada aliento que respiraba, envuelta con un lazo de pétalos rojo sangre.
Lexa volvió enseguida con cubos de agua casi limpia de un manantial subterráneo de las Iishi. Empezó a lavar a Buruu, el negro se fue tornando gris y finalmente volvió a ser de un blanco prístino. Buruu no estaba seguro de si la lluvia se comería sus plumas como el resto de cosas que tocaba, pero sentía los ojos llenos de tierra y el artilugio de Clarke seguro que estaba perjudicado.
Estaba preocupada por ti, ¿sabes? Cuando te fuiste volando.
YA ME LO HAS DICHO.
¿Dónde has ido?
MURPHY IBA HACIA EL SUR. LE LLEVÉ PARTE DEL CAMINO.
Echo me dijo que se había ido. Nunca me ha dicho por qué.
ALGO QUE TENÍA QUE HACER.
Parece una decisión egoísta. Irse justo cuando Echo más le necesita…
OCTAVIA PODRÍA DECIR LO MISMO DE TI.
… Eso no es justo, Buruu.
CREO QUE NUNCA LO ES, VISTO DESDE EL OTRO LADO.
Lexa no dijo nada, frunció el ceño mientras echaba más agua por encima del artilugio que llevaba Buruu a la espalda. Un charco negro se arremolinaba en torno a sus patas, con un vago olor a flores muertas.
YO TAMBIÉN TENGO QUE IRME.
¿Irte a dónde?
A DONDE ME PEDISTE. A TORMENTA PERPETUA.
¡Oh Dios mío! ¿De verdad? ¿Está muy lejos? ¿Cuánta comida tengo que preparar?
TÚ NO VIENES.
… Una mierda no voy a ir.
DEMASIADO PELIGROSO.
¿Comparado con quedarme aquí con el Arrasador y el ejército gaijin?
TÚ NO LO ENTIENDES. ES FUEGO Y VIENTO AULLANTE. DONDE SUSANOŌ TOCA LA MELODÍA DE LA TORMENTA ETERNA PARA MANTENER A LOS GRANDES DRAGONES DORMIDOS. NO ES SITIO PARA NADIE DE TU ESPECIE.
No me vas a dejar. Otra vez no. No te atrevas.
TE NECESITAN AQUÍ. LA GENTE SE ECHARÁ A TEMBLAR SI TÚ NO ESTÁS.
Tienen a Echo y a Kaiah.
NO ES MÁS QUE UNA NIÑA.
¿Y qué demonios crees que soy yo?
Buruu ladeó la cabeza, contestó como si ella hubiera preguntado su propio nombre.
ERES UNA SEÑORA DE LAS TORMENTAS.
¿Y qué es una Señora de las Tormentas sin su tigre del trueno? ¿Dónde habría acabado Kitsune no Akira sin Raikou? ¿Quién habría llevado a Tora Takehiko volando a través de la Puerta del Infierno si no Gufuu?
NO LOS PONDRÉ EN PELIGRO.
Los ojos de Buruu se deslizaron hacia la tripa de Lexa, el peto de hierro que cubría el diminuto bulto de calor.
Dios, no empieces con eso otra vez…
NO VOY A TORMENTA PERPETUA A HABLAR, LEXA. VOY A MATAR O MORIR.
¿Y esperas que simplemente me quede aquí y rece?
¿QUIÉN TE TRAERÁ DE VUELTA SI YO CAIGO?
¿Por qué querría volver si lo hicieras?
TONTERÍAS. PRONTO SERÁS MADRE. MUCHO POR LO QUE VIVIR. MUCHO POR LO QUE LUCHAR. TODO ESTE PAÍS TE NECESITA.
Pero yo te necesito a ti, Buruu. ¿No te das cuenta de que no puedo hacer nada de esto sin ti?
Lanzó los brazos alrededor del cuello de su amigo, apretó fuerte.
Buruu podía sentir el dolor de su corazón como si le clavaran un puñal en el pecho, el miedo de Lexa le hacía picadillo las entrañas.
La chica que significaba más para él que la vida misma. La chica a la que quería con cada pizca, cada ápice de su ser, a cada respiración, tan parte integral de sí mismo como el viento y la lluvia y la sangre en sus venas.
TE QUIERO, LEXA.
Y yo te quiero a ti.
PUEDE QUE NO DIJERAS ESO. SI SUPIERAS.
Buruu agachó la cabeza, empujó su mejilla contra la de Lexa, el ruido ensordecedor de los truenos por encima de sus cabezas les produjo escalofríos que recorrieron sus cuerpos de la cabeza a los pies.
SI SUPIERAS.
La sintió cerca de ese lugar; el lugar en el que ella nunca había intentado entrar a pesar del poder y el dolor que crecía en su mente. Una puerta cerrada, atrancada y oxidada. El lugar en que él había mostrado lo peor de sí mismo. El lugar en el que había perdido su orgullo y su nombre y todo su ser.
Pero ella lo quería. Siempre lo querría.
¿Verdad?
Los pensamientos de Lexa eran suaves como la lluvia de verano.
Enséñamelo.
Y eso hizo.
Llamarlo tormenta sería como llamar al océano una gota de lluvia.
Llamar a un huracán, brisa primaveral.
Relámpagos sin fin, los truenos un aluvión constante. Lluvia como espadas en caída libre, un viento no tanto como una pared sino como un acantilado, contra un fondo de una inmensa negrura que se desplomaba como las avalanchas en lo alto. Dentados riscos puntiagudos de piedra oscura, resquebrajados en las cimas, escupían fuego hacia los cielos ennegrecidos. Cenizas. Brasas.
Grandes lenguas de roca fundida fluían de las entrañas de la tierra y se enfriaban al tacto con las hirvientes olas hasta que se convertían en altas y desafiantes montañas en medio de los furiosos océanos. El trono de Susanoō, Dios de las Tormentas. Aquí componía su música, la vibración se filtraba en las aguas volcánicas y adormecía a las grandes bestias bajo las olas. Tan enormes como el tiempo, eran. Viejas como los dioses mismos. Ancestrales y reptíleas, con un hambre de una profundidad de diez mil brazas. Sus crías nadaban en espiral por encima de sus cabezas, escamas de plata, dientes como katanas. Pero ellas no se movían. No se habían despertado ni una sola vez desde que Susanoō se ofreciera por primera vez a cantarles para que se durmieran. Sus nombres se habían perdido para los humanos, engullidos por las sombras del mito y la eternidad. Pero los arashitoras sí se acordaban.
Niah y Aael. Padre y madre de todos los dragones.
En la cima del volcán más alto, ahora triste y frío, se erguía la aguilera del Khan: una serie de túneles tallados en piedra negra, seguros y sólidos y cálidos. El viento besaba las bocas de las fisuras, entonando una melodía embrujada, hecha de interminables vocales abiertas que hablaban de épocas largo tiempo olvidadas, cuando Shima no era más que un sueño en el vientre de la gran Dama Izanami. Antes de su muerte. Antes de su caída.
La manada entera se reunía solo cuando el Khan convocaba una gran asamblea, o cuando una hembra sentía sus primeros sofocos y había llegado el momento de que los machos lucharan por sus atenciones. Entonces la manada contemplaba la sangría, los machos jóvenes se enfrentaban en los cielos salpicados de relámpagos; a los machos emparejados los mantenía a raya el aroma almizcleño de sus propias parejas a su lado.
Pero aunque podían pasar meses sin verse, eran una manada.
Eran una familia. Los últimos tigres del trueno que quedaban en el mundo, moraban en la cuna de su padre y vivían libres de los niñosmono y sus flores ardientes y cielos envenenados. Los Otros venían de vez en cuando, en su mayoría machos jóvenes, ojos negros y plumas aún más negras; volaban desde tierras orientales para probarse contra los machos de Tormenta Perpetua. Peleaban hasta hacerse sangre, una pseudoguerra para medir las fuerzas del otro. De vez en cuando, una tigresa del trueno se iba de vuelta con ellos, a las tierras que los niñosmono llamaban Morcheba. Aun así, a veces pasaban años entre visita y visita, años con nada excepto la tormenta como compañía. Ese era el mundo de Buruu. El único que conocía. Sentado ahí arriba, en la aguilera del Khan, asomado al borde del precipicio, desplegando sus pequeñas alitas. Apenas un año de edad, preparado para volar por primera vez.
Su primer recuerdo verdadero.
Su madre a su lado, caliente y radiante. Sus hermanos, Esh y Drahk, observaban. Y volando en círculo en lo alto, su padre. El poderoso Skaa. El más grande arashitora vivo. Khan de Tormenta Perpetua.
Lexa contemplaba los recuerdos en la mente de Buruu, como un niño viendo un espectáculo de sombras chinescas. Sintió su miedo cuando miraba a la caída que bostezaba a sus pies, los afilados colmillos de roca negra y los mares espumosos llenos de hambrientos dragones marinos. Lexa sintió cómo temblaba.
¿Eras el hijo del Khan?
UNO DE TRES.
Eso te convierte en un príncipe…
NO SOMOS COMO VOSOTROS. EL PODER NO SE HEREDA, SE TOMA. CUALQUIERA PUEDE RECLAMARLO. EL QUE RETA Y VENCE AL KHAN ES KHAN.
Pero el Khan es el más fuerte de los arashitoras vivos. Y la hembra más fuerte lo elegirá. Así que sus hijos serán fuertes también, ¿no?
FUERTES EN ALGUNOS ASPECTOS.
Buruu suspiró.
DÉBILES EN OTROS.
Lexa observó desde la cúspide de la memoria mientras el pequeño Buruu se tragaba su miedo y se dejaba caer al vacío. El viento lanzaba tarascadas como una manada de lobos hambrientos, amenazando con estamparlo contra la ladera de la montaña. Los truenos eran ensordecedores, la furia del Dios de las Tormentas casi imposible de soportar. Pero desplegó las alas, bien abiertas, como le había dicho su padre que hiciera, y sintió los espíritus del aire debajo de él, llevándolo más y más alto. Batió las alas, sintió cómo se elevaba, la euforia y el terror rebosaron sus límites y llenaron el aire. Un rugido triunfal. El primer rugido del más reciente miembro de la manada.
La manada contestó, jóvenes y viejos, los truenos bramaban por doquier. Un gran día. Un día de orgullo. Eran tan pocos. Se aferraban a la existencia con tal fragilidad, asfixiados casi hasta la extinción por los cielos envenenados de Shima. Las toxinas habían acabado con casi todas las grandes bestias yōkais; solo aquellas con los medios y la voluntad de huir habían sobrevivido al auge del Gremio del Loto. Los fénix se habían quedado donde estaban y se habían muerto de pena al llenarse los cielos de alquitrán. Los dragones habían nadado hacia el norte mientras los océanos se volvían rojos. Los tigres del trueno se habían marchado a petición del último Khan de Shima. Pero aun así, no eran muchos. Incluso cuando la ley del Khan acabó con las rituales peleas a muerte por los derechos de apareamiento y proclamó que era impensable que un arashitora matara a otro arashitora, se reproducían despacio. El día que un cachorro echaba a volar por primera vez era trascendental; estaban un paso más cerca de alejarse del borde de la extinción. Buruu remontó el vuelo hacia el cielo, azotaba el viento con sus pequeñas alitas. Hizo un gran esfuerzo por alcanzar las nubes, forzó los músculos hasta casi desgarrarlos. Pero por fin alcanzó la altura deseada, se colocó detrás de su padre, volvió a bramar en dirección a sus compañeros de manada reunidos allá abajo. Su respuesta lo llenó de orgullo.
El Khan fue el último en contestar, pero también al que más se le oyó. Y miró hacia atrás, a Buruu, con orgullo desmedido y el cariño especial que un padre siempre siente por el más pequeño de sus hijos.
Estoy orgulloso de ti, rugió. Mi Roahh.
Lexa frunció el ceño, deslizó los dedos por el pelaje de Buruu.
¿«Roahh»?
ESE ERA MI NOMBRE. ANTES. SIGNIFICA «TRIUNFO» EN NUESTRO IDIOMA.
La voz de Lexa sonó con gran amabilidad en su mente. Insegura.
¿Preferirías que te llamara así? ¿Por el nombre que te puso tu padre?
Buruu agachó la cabeza.
YA NO TIENE NINGÚN SIGNIFICADO.
Lexa le soltó, se apartó un poco para poder mirarlo directamente a los ojos. Él no vio crítica alguna, no sintió ningún temor en su pecho. A ella no le importaba, ni que le contara esta historia ni lo que había hecho. Todo lo que importaba era que él era de ella y ella era de él. Y mirando a través de las ventanas del alma de su amiga, supo que ella le perdonaría cualquier cosa. Todo.
Salvo quizás que la dejara sola de nuevo.
El palacio del Daimyo se estremeció, los truenos le recordaron las pisadas del Arrasador que en esos mismos instantes se estaba dirigiendo hacia Kitsunejōō. Su suspiro se perdió entre la furia de los elementos en lo alto.
EL RESTO MEJOR TE LO CUENTO MIENTRAS VOLAMOS. DEBEMOS PONERNOS EN MARCHA EN SEGUIDA SI QUEREMOS VOLVER DE TORMENTA PERPETUA A TIEMPO. SUPONIENDO QUE CONSIGAMOS VOLVER.
La euforia la inundó por completo, una alegría desbordante que hizo brotar lágrimas en sus ojos.
¿Me llevarás contigo?
AL INFIERNO Y VUELTA, SI ME LO PIDES.
Debería decírselo a Raven y a los demás. Y debería preparar mis cosas. Dame media hora.
TE DARÍA EL SOL Y LA LUNA, LEXA. TE DARÍA LA ALEGRÍA SIN FIN Y DÍAS DE PAZ Y CIELOS AZULES BAJO LOS QUE REÍR Y CANTAR. PERO ESOS NO SON MÍOS PARA DAR.
Simplemente dame a ti mismo. Eres todo lo que necesito.
ME TIENES. SIEMPRE.
El abrazo de Lexa fue tan intenso como los vientos monzónicos. Se quedaron ahí juntos, las alas de Buruu se deslizaron alrededor de Lexa con su canción rota e insectoide, y la tormenta pareció acallarse como si contuviera la respiración. Un último y silencioso instante. Una profunda bocanada de aire antes de la zambullida. Buruu cerró los ojos. Sintió el calor, el calor de los pequeñines dentro de ella. Ahora eran su familia. Su todo.
Y entonces la tormenta prosiguió su curso, los brazos de Lexa resbalaron de su cuello mientras giraba sobre los talones y entraba en el palacio como una exhalación, con el pelo ondeando tras ella como agua negra. Y él se quedó bajo el alero, contemplando la oscura lluvia derramarse en cascadas interminables por el borde de los canalones, manchando de gris las marchitas hojas del jardín. Los tambores de Raijin no eran ningún consuelo. La canción de la tormenta, ninguna nana. Pensó en lo que tenía por delante, lo que debía hacer y a dónde debía ir.
EL QUE RETA Y VENCE AL KHAN ES KHAN.
Alzó la vista hacia las nubes y parpadeó, los relámpagos se reflejaron en sus ojos.
PADRE, PERDÓNAME.
