22
SEPARACIÓN
Había cuatro figuras entre las sombras del dojo del Daimyo. Monigotes de teca con armaduras de bambú vigilaban alineados por las paredes, una guardia de honor de guerreros huecos con espadas de madera. Los ecos de la tormenta resonaban en lo alto, el viento se colaba por el alféizar de las ventanas, haciendo titilar el círculo de luz de los farolillos. Y ahí estaban. En esa nación de caudillos de guerra y Shōgunes. De Daimyos y samuráis y Hombres del Loto.
Cuatro mujeres que cambiarían la faz del mundo.
—No me lo puedo creer —susurró Raven—. No puedes dejarnos ahora.
—Tengo que hacerlo —dijo Lexa—. Hay docenas de arashitoras en Tormenta Perpetua. Si Buruu y yo podemos convencerlos de que luchen, podemos ganar esta guerra.
Misaki la miró con los ojos entornados, sus patas plateadas ondeaban alrededor de sus hombros.
—¿Y si no podéis convencerlos? Nos habrás dejado sin nuestra Señora de las Tormentas y habrás dejado a la gente sin esperanza.
—Tenéis a Echo para eso. —Lexa hizo un gesto afirmativo en dirección a la chica—. Ella puede ser tan cabecilla como yo.
—Yo no soy tú, Lexa —intervino Echo—. Yo no soy una heroína.
—Puedes ser todo lo que quieras. El destino nos da las cartas, pero nosotros decidimos cómo jugarlas. Todos nosotros elegimos ser las personas que queremos ser.
—Esto es una locura —susurró Raven—. ¿Qué pasa si los arashitoras no quieren venir con vosotros?
—Ella puede obligarlos —dijo Echo.
Raven arqueó una ceja.
—Kaiah me contó lo de las Islas Navaja. —Echo tenía la mirada clavada en Lexa—. Inmovilizaste a tres dragones marinos con un movimiento de tu mano. Mataste a hombres con solo mirarlos.
Raven miró a Lexa alucinada.
—Por todos los dioses…
—No —dijo Lexa—. No quiero convertir a estas criaturas en sirvientes. Si lo hago, seré igual que los tiranos que marchan hacia nosotros.
—Puede que no tengas elección —intervino Misaki—. Y al fin y al cabo, son animales.
—Son más que eso. Y yo no seré la que los convierta en esclavos. Nosotros nos metimos en este lío. Nosotros hicimos trizas este país. Si no quieren ayudarnos, encontraré otra solución.
—¿Y esa cuál sería?
Se hizo el silencio, enmarcado por los dientes de la tormenta.
—Los gaijins —dijo Echo.
Las demás se volvieron para mirarla. Su ojo resplandecía en su cuenca, proyectaba una luz cálida sobre su cara pícara, espabilada por una vida entera peleando por las sobras.
—Piotr dijo que había algo en mí. Mi ojo. Quizás debería llegar al fondo del asunto. El hecho de que soy medio gaijin, esa cosa del «Zryachniye»… quizás sea algo que podemos utilizar…
—Los gaijins nos odian —dijo Lexa—. Están aquí para aniquilarnos. Ni siquiera puedo entender lo que Piotr dice la mitad del tiempo. ¿Quién sabe lo que quiere decir en realidad?
—Podría intentar hablar con él. Puede que algo de lo que diga tenga sentido para mí.
Lexa frunció los labios, una arruga cruzaba su frente.
—¿Qué daño puede hacer? —dijo Raven—. Puede que los dioses hayan juntado a Echo y Piotr por alguna razón.
—¿Los dioses? —se burló Lexa—. ¿Qué tienen ellos que ver con todo esto…?
—Piénsalo. ¿Qué probabilidades había de que Gustus encontrara en los barrios bajos a dos chicos con el Kenning justo al mismo tiempo que tú encontrabas otro tigre del trueno? ¿Qué probabilidades había de que nos encontráramos aquí juntas en estos momentos?
—Kitsune cuida de los suyos, Raven. Es solo cuestión de suerte. Una suerte ciega y estúpida.
—Por si has olvidado tus lecciones en el templo, también tenemos un dios para eso —sonrió Raven.
Lexa se chupó los labios y al final asintió.
—Muy bien, habla con Piotr. Pero no hagas nada drástico hasta que volvamos. No deberíamos tardar más de una semana en volar hasta allí y vuelta. El Arrasador estará ante nuestras puertas para entonces, pero con un poco de suerte aún no habrá llamado al timbre. —Lexa se volvió hacia Misaki—. Mientras tanto, seguid intentando poneros en contacto con los demás rebeldes. Quizás ya tengan a gente a bordo del Arrasador.
Misaki hizo un gesto afirmativo.
—Casi con toda seguridad.
—Y tenemos que pensar en la Primera Casa. El Gremio está lanzando todas sus fuerzas contra nosotros. Eso quiere decir que su baluarte estará relativamente indefenso. Podemos acabar con sus reservas de chi cuando estén despistados. Dejar al Arrasador sin combustible. Huir a las Iishi, donde no tendrán chi suficiente para seguirnos. Quizás incluso matar al Primer Brote.
Raven asintió.
—Un lobo sin cabeza es solo una alfombra.
—Raven, quédate cerca del Daimyo Isamu. Es un viejo bastardo gruñón, pero parece un buen hombre. Tú hablas por mí mientras yo no esté.
—Hai. —Raven se cubrió el puño e hizo una reverencia.
—Muy bien. —Lexa las miró una a una—. Tened todos cuidado hasta que yo regrese.
Misaki hizo una reverencia. Raven le dio a Lexa un repentino y fuerte abrazo, Echo se unió a ellas. El trío se quedó ahí quieto mientras el mundo a su alrededor se estremecía entre las manos de la tormenta.
—Cuídate —susurró Raven.
—Tú también.
—Ten cuidado —dijo Echo.
—Sé valiente.
Se quedaron ahí abrazadas un momento más, en la titilante luz de su pequeño círculo, sin ganas de soltarse. Pero cada trueno les recordaba esas enormes patas de hierro que aporreaban la tierra y se acercaban por momentos. Así que se separaron, lentamente, dejando caer los brazos a los lados, las sonrisas de sus labios, lágrimas silenciosas de sus ojos.
Y sin hacer ni un ruido, Lexa giró sobre sus talones y se alejó caminando hacia la oscuridad.
Él la estaba esperando cuando volvió, grandes virutas rizadas de color crema apiladas alrededor de los pies. Sentado en un banco bajo el alero, una caja de madera entre las manos. Buruu observaba cómo esos grandes dedos de aspecto torpe arrancaban una belleza elegante del simple pino. Sus hileras de trenzas estaban despeluchadas por el contacto con la almohada, tenía motas de serrín pegadas a los picos resinosos de su barba.
Lexa sonrió.
—Gustus.
El hombretón levantó la vista de su talla, guardó el cuchillo y se sacudió la viruta del regazo. Se puso de pie con una mueca, llevándose una enorme manaza a la herida que nunca se había curado del todo, el sablazo que había recibido durante el rescate del padre de Lexa. Nunca se quejaba. Nunca ponía en duda nada de lo que ella hiciera. Tan leal como el día era largo.
La miró de arriba abajo, tomando nota de las alforjas llenas a reventar que llevaba colgadas de los hombros.
—¿Te vas sin despedirte, zorrito?
—No quería despertarte.
—¿A dónde vas?
—A Tormenta Perpetua. Donde viven los arashitoras. Les voy a pedir que nos ayuden.
—Ya, y no querías despertarme, ¿no?
Una sonrisa avergonzada.
—Quizás solo quería ahorrarme un sermón sobre lo peligroso que sería. Sobre cómo se supone que tú debes cuidar de mí ahora que mi padre ya no está.
—Creo que eso ya lo hemos superado, zorrito. —La sonrisa del hombretón era triste—. Después de que Nyko muriera, me pasé cada instante intentando dar contigo. Para asegurarme de que estabas bien. Él lo hubiera querido así. Pero ahora que te he encontrado, me doy cuenta de que no me necesitas para nada. —Encogió los hombros—. Me siento tonto por creer que alguna vez lo hiciste.
—Oh, Gustus…
Lexa le abrazó, escondió la cara en el pecho del gigantón. Él la apretó a su vez, uno de sus terroríficos abrazos de oso que hacían que le dolieran todos los huesos y se sintiera bien protegida en el centro del universo.
—Eres tan idiota —murmuró—. Siempre te necesitaré.
—Ahora eres una mujer, zorrito. Una heroína a la que toda la nación admira.
—Eso no significa que no siga necesitando a mis amigos. Te quiero, tontorrón.
—Yo también te quiero.
Lexa dio un paso atrás, le miró a los ojos.
—Pero mi padre ya no está, Gustus. Anya tampoco. El mundo entero está cambiando, pero tú estás intentando agarrarte a como era antes.
Gustus encogió los hombros.
—Yo soy otras personas. Nunca se me dio bien estar solo.
—¿Te acuerdas de cuando era una niña pequeña? Visitabas el valle de bambú cuando mi padre volvía a casa. Nos enseñaste a Aden y a mí a nadar, ¿recuerdas?
—Sí, lo recuerdo muy bien —sonrió.
—Te ponías de pie en medio del río y hacías que chapoteáramos hasta ti. Y entonces nos cogías en brazos.
—El agua era cristalina. —Gustus sacudió la cabeza—. Podías ver perfectamente el fondo…
—Y el verano después de que Satoru muriera, me llevaste al río y te volviste a poner en el medio y me dijiste que fuera nadando hasta ti. Así que me metí en el agua y empecé a nadar y tú no hacías más que alejarte de mí. Y al principio creí que era un juego, pero seguías caminando hacia atrás y no podía cogerte. Y empecé a llorar y pensé que me iba a ahogar. ¿Recuerdas lo que dijiste?
—Te dije: «Ya eres lo bastante grande como para ponerte de pie tú sola».
Lexa sonrió.
—Y bajé los pies y sentí el fondo debajo de mí, y cuando me puse de pie, el agua solo me llegaba hasta la barbilla.
Unas lágrimas brillaban en los ojos del hombretón, apretó los labios para intentar reprimirlas.
—Tú ya eres lo bastante grande como para ponerte de pie tú solo, Gustus —dijo Lexa—. Nunca has necesitado a mi padre. Ni a mí. Ni a nadie. Si pudieras ver el tú que veo yo… —Sacudió la cabeza—. Eres el hombre más fuerte, más valiente, más amable que conozco.
Él volvió a abrazarla, levantándola del suelo con su enorme y aplastante abrazo. Sin decir ni una palabra. Sin respirar siquiera. Y luego, lentamente, a regañadientes, la depositó en el suelo y la soltó.
—Ten cuidado —le dijo él.
—Siempre —sonrió ella.
El hombretón se volvió hacia el tigre del trueno que los observaba a ambos con sus grandes ojos ambarinos. La bestia que había ayudado a cazar y atrapar; parecía haber ocurrido hacía una eternidad.
—Y tú cuida de ellos, maldita sea.
Lexa trepó a lomos de Buruu.
—Dice que lo promete.
—Te veo pronto, zorrito.
—No si te vemos nosotros antes.
El rechinar de unas potentes alas, el rugido del viento metálico, y habían desaparecido. Gustus bajó la vista hacia lo que quedaba de ellos: una solitaria pluma blanca como la nieve, segada por la mitad por las manos de un demente. Contempló la lluvia envenenada, aquel jardín torturado. Esa pequeña fortaleza que el hombre había tallado de hierro y piedra, haciendo caso omiso del daño que estaban causando, las vidas que estaban destruyendo, el precio que pagarían. No eran tan distintos de un Shōgun y su katana. Esta era la cama que todos habían ayudado a hacer.
Se quedó de pie en la oscuridad y observó la lluvia caer.
