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MIL SOLES ROJOS
ÉRAMOS TRES: ESH, DRAHK Y YO.
Shima ya no era más que una mota parduzca en el horizonte tras ellos, vientos gélidos cortaban a través de las prendas de lana y el chubasquero en los que se había envuelto Lexa. Volaban por encima de la tormenta, el aire era tan ralo que cada respiración era un cuchillo en su garganta, la escarcha dejaba marcas como de mordeduras en sus mejillas. Se apretó contra el calor de Buruu, el último fuego en un mundo que se había vuelto radicalmente negro y frío.
¿Tú eras el más pequeño?
SÍ. DRAHK EL MAYOR, LLENO DE ORGULLO Y FUEGO. YO LE ADMIRABA COMO SI ÉL HICIERA AL SOL SUBIR Y A LA LUNA CAER. ESH, EL MEDIANO. SIEMPRE INSEGURO A LA SOMBRA DE DRAHK. SIEMPRE BUSCANDO CÓMO DEMOSTRAR SU VALÍA.
Lexa podía sentir la tristeza dentro de su amigo, el mismo sabor a cenizas y rojo sangre que sentía cuando pensaba en su propio hermano. Se daba cuenta de que estaban muertos por la forma en que Buruu hablaba de ellos. Lo abrazó lo más fuerte que pudo, enviándole todo el amor que fue capaz de reunir. Pasó un buen rato antes de que pudiera dar forma al pensamiento que ardía en su mente.
¿Qué les pasó?
Buruu suspiró, con los ojos entornados contra el viento cortante.
NOS HICIMOS MAYORES. CAZANDO Y PELEÁNDONOS COMO HACEN LOS HERMANOS. TODOS HIJOS DEL KHAN, ANSIOSOS POR DEMOSTRAR NUESTRO VALOR. NUNCA ESTÁBAMOS MÁS CONTENTOS QUE CUANDO VENÍAN LOS OTROS DESDE MORCHEBA; MACHOS JÓVENES QUE VOLABAN HACIA EL OESTE, PLUMAS Y PELAJE TAN NEGROS COMO LA NOCHE.
¿Venían a luchar contra vosotros?
SOLO HASTA QUE NOS HACÍAMOS SANGRE. ASÍ NOS PROBÁBAMOS LOS UNOS A LOS OTROS. LOS ARASHITORAS NO MATABAN A OTROS ARASHITORAS Y, A NUESTROS OJOS, ELLOS TAMBIÉN ERAN HIJOS DE RAIJIN. LOS MORCHEBANOS LOS HABÍAN CAZADO POR SUS PIELES HASTA QUE SOLO QUEDABAN UNAS POCAS MANADAS. TODOS ÉRAMOS HERMANOS EN EL MISMO BORDE DE LA EXTINCIÓN.
¿Y qué pasó?
Lexa vio una imagen en el ojo de la mente de Buruu: un gran océano rojo sangre, embarrado por la tormenta perpetua en lo alto. Una aguja de reluciente obsidiana sobresalía en medio del furioso batir de las olas; tenía la parte de arriba aplanada, como si fuera un clavo insertado en la faz del océano. Podía ver su nombre en la mente de su amigo: la Roca de Sangre. Ahí es donde se encontraban los machos jóvenes, los negros y los blancos, en verano, cuando la tempestad se apaciguaba y el hambre de los primeros dragones marinos subía casi hasta la superficie. Sus crías pululaban por los océanos, retorciéndose entre la agitada espuma con largas colas de plata centelleante. Los jóvenes machos de arashitora se reunían y peleaban, su sangre caía con la lluvia y enloquecía a los dragones. Era el quinto verano de la infancia de Buruu, sus plumas y pelaje todavía de un gris mate, las rayas no eran aún negras. Esh ya casi había crecido del todo y Drahk era lo bastante mayor para que lo consideraran un adulto; la próxima vez que una hembra saliera en celo, a buen seguro que él lucharía por el derecho a aparearse con ella. Encaramados en la Roca de Sangre, observaron a los Otros venir volando del este, plumas tan negras como la obsidiana bajo los pies de Buruu. Sintió algunas formas y olores que le resultaban familiares, otros nuevos, media docena en total. Aterrizaron sobre la cima plana de la roca, sorbiendo con la nariz y atusándose las plumas antes de tumbarse a descansar. Los machos jóvenes de Tormenta Perpetua no tenían ninguna prisa por comenzar las hostilidades, las contiendas a veces duraban semanas. Buruu contempló a las hembras jóvenes volar en círculo cerca de la línea de las nubes. Ponían gran empeño en aparentar indiferencia, pero todos sabían por qué estaban ahí: estudiaban a sus posibles futuras parejas entre la manada de Tormenta Perpetua, alimentaban su curiosidad acerca de los negros morchebanos. Detectó a una entre el grupo: pelaje gris con la más leve insinuación de sus futuras rayas; bajaba en picado y luego remontaba el vuelo a través de las nubes. Buruu la contempló como hipnotizado, moviendo al cola en confusos arcos inquietos.
¿Quién es?
SHAI.
Es preciosa.
SÍ ESO PENSÉ YO TAMBIÉN.
Los Otros empezaron a removerse, se pavoneaban para que los vieran las hembras. Eso hizo que los machos de Tormenta Perpetua comenzaran a gruñir, con los pelos erizados, rugieron desafiantes. Buruu tomó nota de las caras nuevas entre los visitantes. Había uno especialmente orgulloso: su cabeza era lustrosa y elegante, terminada en un pico cruelmente curvado, sus ojos ardían de un color verde esmeralda. Bramó que su nombre era Sukaa, primogénito de Torr, Khan de los Otros. Y aunque por su aspecto era apenas mayor que Buruu, dijo que no aceptaría el reto de nadie que no fuera hijo del macho más fuerte de Tormenta Perpetua. Caminó adelante y atrás con andares felinos y exigió luchar contra los hijos del Khan. Drahk lo descartó de un solo vistazo. Aquel macho era demasiado joven. No tendría ningún mérito. Como hijo mediano y siempre dispuesto a luchar, Esh aceptó el reto. Así que ambos emprendieron el vuelo, dos grandes y elegantes sombras en el viento, subiendo y bajando entre los truenos, volaron en círculo como lobos hambrientos en torno a un pedazo de carne sangrienta. Los arashitoras en la roca rugieron para jalearlos y pronto la pareja se unió al clamor, veloces cometas blancas y negras chillando por los cielos. Sukaa era rápido y feroz, pero Esh era más mayor, el doble de fuerte. Pronto quedó claro que la contienda era muy desigual. El hermano de Buruu jugueteaba con el jovenzuelo, le daba toquecitos como un gato cuando juega con un ratón, avergonzando profundamente al arrogante hijo del Khan antes de hacerle sangre por fin con un gran zarpazo a lo largo del flanco. Fue un golpe magnífico y le proporcionaría a Sukaa una bonita cicatriz y una lección de humildad con las que recordar su contienda. Las hembras rugieron en la lejanía para expresar su regocijo mientras Esh regresaba a la Roca de Sangre entre los gritos de aprobación de la manada de Tormenta Perpetua. Los Otros los miraban con cara de odio, claramente disgustados por que a su hijo de Khan le hubieran dado tal paliza. En cuanto a Sukaa, se quedó en lo alto, enfurruñado, y pronto otros dos machos se enzarzaron en una pelea, blanco y negro cruzaban el horizonte como relámpagos. Todos los ojos estaban fijos en la contienda. Nadie miraba al frustrado hijo del Khan que volaba en círculo allá arriba.
Nadie lo vio lanzarse en picado.
Buruu se percató de su presencia en los últimos instantes, le vio dirigirse a la velocidad del rayo hacia la cabeza de su hermano. Rugió una advertencia. Esh levantó la vista, intentó esquivarlo, demasiado tarde, demasiado tarde. Sukaa se estrelló contra él, lo aplastó contra la roca, le rompió los huesos. Y levantando los espolones con un grito de rabia espeluznante, Sukaa atacó la cara desprotegida de Esh.
La sangre salpicó en todas direcciones. Aullidos de dolor.
Rugidos de indignación. Drahk y Buruu arremetieron contra el cobarde y lo arrancaron de la espalda de su hermano. Los Otros se unieron a la batalla y, en seguida, la cima de la Roca de Sangre quedó convertida en una furiosa refriega, ojos centelleantes y chorros carmesís. Sukaa se escurrió de sus agresores, desgarrado y sangrando, y emprendió el vuelo. Su manada le siguió, huyeron hacia el este, perseguidos durante kilómetros y kilómetros, hasta que los jóvenes machos de Tormenta Perpetua abandonaron al fin la caza. Mientras tanto, en la Roca de Sangre, Buruu y Drahk se quedaron al cuidado de su hermano Esh, observaron cómo se ponía en pie a duras penas. Tenía la cara hecha trizas, tres tajos recorrían su mejilla dejando el hueso al descubierto. Y en el lugar que antes ocupaba el ojo de Esh, Buruu solo pudo ver un desgarrado y sanguinolento agujero.
Dios mío…
SUKAA. ESE DESGRACIADO. SI NO HUBIESE SIDO POR ÉL…
¿Lo castigaron?
NO HABÍA NINGUNA LEY SOBRE LAS CONTIENDAS EN LA ROCA DE SANGRE, PERO TODOS LOS QUE PELEABAN ALLÍ SABÍAN QUE HABÍA LÍMITES. DEJÁBAMOS CICATRICES, SÍ, PERO NO DE ESE MODO. ESH ERA UN TULLIDO. NINGUNA HEMBRA LO QUERRÍA, NI SIQUIERA SI CONSEGUÍA VENCER MEDIO CIEGO EN ALGUNA PELEA POR UNA. ¿QUÉ FUTURO TENÍA?
¿Y qué hizo tu padre?
…NO HIZO NADA, LEXA.
Buruu cerró un poco las alas, voló más cerca de las nubes.
NO HIZO NADA EN ABSOLUTO.
Al caer la noche, Lexa durmió lo mejor que pudo, fuertemente abrazada al cuello de Buruu. Hacía un frío gélido por encima de las nubes, Lexa tenía la garganta en carne viva, sus dientes castañeteaban con la cháchara de unos sirvientes ociosos. La tormenta arreció según se iban acercando cada vez más a la tierra natal de Buruu; su pasado estaba ahí agazapado, esperando, paciente como las víboras. Así que Lexa se hizo un ovillo contra la calidez de Buruu, escuchando el rítmico crujir de sus alas de metal. La canción de pistones y engranajes le hizo pensar en Clarke, de pie en la arena de Kigen, con el dolor claramente reflejado en los ojos cuando ella le acusó de traicionarla.
—Te di mi palabra. Le he dado a Buruu sus alas. Yo nunca te traicionaría, Lexa. Nunca.
Nunca…
Pensó en el beso que se habían dado en el cementerio, ese breve y maravilloso comienzo, los labios de Clarke rozando los suyos suaves como una pluma. Y pensó en cómo todo había acabado pudriéndose.
En algún sitio en su interior, suponía que eso debía entristecerla: lo que hubiera podido ser. Debería sentirse culpable por arrastrar a Clarke lejos de todo lo que había sido y luego irse corriendo a jugar a los héroes y dejarla sola. Pero pensó en Daichi, probablemente hervido hasta ser convertido en fertilizante en el interior de una cuba de inochi. Pensó en Isao y los otros que murieron durante el ataque a Kigen, en Gaia en su cama máquina, suplicándole a Raven que la matara. Pensó en el baño de sangre que se avecinaba, dando pasos atronadores hacia Kitsunejō. Y rechinó los dientes y apretó los puños y susurró el nombre de Clarke como una maldición.
No importa cómo acabe esto, Clarke. No importa quién vive y quién muere. Haré que pagues por lo que has hecho.
Se frotó los ardientes ojos con los nudillos congelados.
Multiplicado por diez.
DEBERÍAS ESTAR DURMIENDO.
Lexa parpadeó, rascó a Buruu en la unión entre cuello y espalda, con los dedos entumecidos dentro de los guantes. Podía ver minúsculos cristales de escarcha en sus plumas.
¿Cuánto queda para que lleguemos a Tormenta Perpetua?
¿NO PUEDES SENTIRLO EN EL KENNING? ¿NO PUEDES SIMPLEMENTE ESTIRAR LA MENTE Y TOCARLOS? ¿INCLUSO A ESTA DISTANCIA?
… No lo he intentado.
TODAVÍA LE TIENES MIEDO A ESTA COSA. ESE PODER EN TU INTERIOR.
¿Y eso está tan mal? No lo entiendo. Mi padre nunca me dijo que podía llegar a ser así. A veces casi no puedo ni bloquearlo. Puedo sentir cómo se va acumulando tras el muro que he construido. Me duele, incluso ahora, hablando contigo así. Y me da miedo lo que pueda ocurrir si le doy rienda suelta. ¿Te haré daño a ti?
Deslizó la vista hacia su tripa, escondida tras placas de hierro reticulado.
¿Les haré daño a ellos?
EL PODER VIENE DE ELLOS. DE LOS DIOSES. NO LES HARÁ NINGÚN MAL.
Suenas como Raven. Los dioses no tienen nada que ver con esto.
VAS MONTADA A LOMOS DE UN HIJO DE RAIJIN.
Eso es una tontería. Tu padre se llamaba Skaa. Eres perfectamente real. Estás hecho de carne y hueso, como todos nosotros. No eres más hijo de una deidad que yo.
PRECISAMENTE.
No hay dioses en esta historia, Buruu. Ninguna mano que baje de los cielos para ayudarnos o hacernos daño. Estamos solo nosotros. Nosotros y el enemigo.
PUEDE QUE CAMBIES DE OPINIÓN CUANDO LOS SIENTAS.
¿A quiénes?
A NIAH. A AAEL. MADRE Y PADRE DE TODOS LOS DRAGONES. DUERMEN, MECIDOS POR LA CANCIÓN DE SUSANOŌ. LOS DIOSES NUNCA ESTÁN MÁS CERCA DEL MUNDO QUE EN TORMENTA PERPETUA, HERMANA. EXCEPTO QUIZÁS EN EL INFIERNO EN EL QUE TU ESPECIE HA CONVERTIDO A SHIMA.
Bueno, pues no puedo sentirlos. Estamos demasiado lejos.
YO PUEDO SENTIR EL PODER EN TU INTERIOR, ¿SABES? ES TUYO SI ELIGES RECLAMARLO. SEÑORA DE LAS TORMENTAS. LA MÁS GRANDE DE TODAS ELLAS, SI TÚ QUIERES.
No quiero.
TIENES MIEDO.
Tú también lo tendrías.
NO ES NINGUNA VERGÜENZA TENER MIEDO, EXCEPTO CUANDO DEJAMOS QUE NOS CONTROLE. SÉ QUE DUELE. SÉ QUE TE ASUSTA. PERO ESTE PODER QUE LLEVAS DENTRO PUEDE CAMBIAR LA MAREA QUE CRECE EN NUESTRA CONTRA.
Eso no lo sabes.
SÉ QUE ES PARTE DE TI. Y SÉ QUE SI NO LO DOMINAS, ACABARÁ POR DOMINARTE A TI.
Lexa suspiró, enterró los dedos en el pelaje de Buruu.
INTÉNTALO.
No quiero hacer daño…
SOLO INTÉNTALO.
…De acuerdo.
Lexa respiró hondo, sentía a Buruu dentro de su cabeza, su calor enredado con el calor que ella llevaba en la tripa. Cerró los ojos y se concentró en el muro que había construido entre sí misma y la fuerza en su interior. Una presa de pura voluntad, que restañaba el poder en su mente. Y concentrada en la diminuta rendija por la que dejaba que se filtraran pequeñas briznas del Kenning, cerró los puños y la cruzó.
Un huracán de fuego. Ardía en su psique con el calor de mil soles rojos. Sentía que se quemaba, un tibio líquido escarlata resbalaba por los labios de la carne que iba montada a lomos del tigre del trueno. El miedo la atenazó, un abismo se abrió bajo sus pies, atrayéndola hacia abajo. Zarandeados por vientos flameantes, respiraba con dificultad, Lexa abrió los ojos y contempló el fuego danzar. Inmolador, envolvente, como el calor de todos los animales y personas que había visto la última vez que se abrió de par en par. Pero ahora era diferente, no era solo el calor de la bestia que montaba, de los niños en su interior, las mil vidas que centelleaban entre las olas bajo sus pies. Y, con los ojos abiertos y relucientes, con lágrimas cayéndole a raudales por la cara, reconoció la tormenta de fuego como lo que era. La canción vital del mundo. La rítmica existencia de todo lo que la rodeaba; no solo chispas individuales, sino la vida misma. El pulso de la totalidad de la creación. Podía sentirlo todo.
Todo.
Dios, es precioso…
Se estiró hacia Tormenta Perpetua allá delante, las llamaradas de calor que anidaban y volaban alrededor de montañas de roca ardiente. Las estelas serpentinas de los dragones marinos cortaban las olas, largos ecos de sí mismos les seguían la pista en lazos ardientes, nadaban en círculo por encima de los infiernos vivientes enroscados a la base de la isla. Enormes y reptíleos, ancestrales como la luna y las estrellas, dormidos al son de la nana de Susanoō. Escamas tan gruesas como las murallas de una ciudad. Corazones tan grandes como fortalezas, bombeaban sangre como océanos a través de venas tan anchas como avenidas. Un poder y una majestuosidad que ella nunca hubiera podido imaginar.
Los siento.
La sonrisa en sus labios le dio ganas de llorar.
Buruu, puedo sentirlo todo.
Estiró la mente hacia atrás, por donde habían venido, rozó los bordes de Shima con la punta de los dedos. Podía sentir a Kaiah, borrosa en aquella distancia imposible, dormía inquieta bajo los aleros de Kitsunejō. El pequeño Tomo, hecho un ovillo a los pies de Raven, soñaba con la cena. Se estiró por encima de la fortaleza, sintió los pulsos y la vida de todo lo que había en su interior; los samuráis en las murallas, los criados que se levantaban antes del amanecer, el viejo Daimyo en su estudio, los Hombres del Gremio encerrados en los calabozos, incluso el demente ciego encadenado en la celda más profunda y oscura, aún consumido por el síndrome de abstinencia del loto.
El Inquisidor.
Tenía los ojos abiertos. Agujeros sangrientos, negros como las fisuras de las tierras baldías que se hacían más anchas a cada año, con cada terremoto, y que conducían hacia abajo, abajo hasta Dios sabe dónde.
Dios sabe dónde.
Puede verme.
El Inquisidor la sonreía. Rígido como el hierro, tiraba contra sus ataduras, con los labios retraídos, enseñando sus dientes manchados. Cuencas vacías donde solían estar sus ojos, cubiertas de gasas ensangrentadas, y aun así, Lexa sabía más allá de cualquier duda que él la veía, igual que ella le veía a él. Con esos agujeros invidentes del color de las fisuras de las tierras baldías, y que conducían hacia abajo.
Abajo.
Los pequeñines ya están aquí, después de todo…
Y detrás de él…
—¡No!
Lexa cerró el Kenning, huyó detrás del muro de sí misma y dio un fuerte portazo, con los labios y la barbilla cubiertos de costras de sangre congelada. Se hizo un ovillo, bien apretada contra Buruu, tiritando por algo muy distinto del frío. La preocupación del arashitora era obvia, pero ella le mantuvo fuera de su mente. Le hormigueaban las puntas de los dedos. En su cabeza todavía resonaba la Canción Vital y el recuerdo de esos ojos invidentes mirándola directamente a ella.
A través de ella.
Buruu empezó a asustarse, gruñía y gemía, hasta que por fin Lexa abrió una rendija y se permitió colarse en la mente de su amigo; una calidez vieja y familiar, el calor de la chimenea de tu posada favorita, cuando te acomodas en los cojines y sabes que eres bienvenido. Que estás a salvo.
¿QUÉ HAS VISTO?
No lo sé.
Lexa negó con la cabeza.
… Algo horrible.
¿QUÉ?
Algo viene. Aún no está lo bastante cerca para verlo. Pero sí lo bastante cerca para saborearlo.
NO ENTIENDO.
Ni yo, Buruu. Pero tenemos que llegar a Tormenta Perpetua y de vuelta a Shima. Deprisa. Todo esto, Roan, el Arrasador, todo lo que hacemos…
Cerró los ojos, intentó olvidar esa sanguinolenta mirada ciega.
ESTAMOS A UN DÍA DE DISTANCIA, QUIZÁS DOS.
No tendremos mucho tiempo para convencer a los arashitoras de que vengan con nosotros…
NO HABRÁ CONVENCIMIENTO. SOLO UNA ORDEN.
No, Buruu. Se lo dije a Raven y te digo lo mismo a ti. No voy a utilizar el Kenning para obligar a…
NO UNA ORDEN TUYA, HERMANA.
Lexa sintió un débil resplandor avivándose lentamente en el pecho de su amigo.
Los truenos eran un turbulento eco persistente bajo ellos.
MÍA.
