24
DENTRO
Piotr estaba en el jardín embarrado, sus pesadas botas salpicadas de negro, los ojos levantados hacia las nubes. Mordisqueaba su pipa de hueso, echando ocasionales ojeadas apesadumbradas al interior de la vacía bolsa de marihuanilla que llevaba dentro de la chaqueta. La cara tejida de cicatrices. Piel cadavérica.
Las lluvias habían cesado, pero unas ráfagas de viento gélido llenaban los cielos, gemían entre los tejados. Echo le observó durante un rato incontable, la apremiante curiosidad la empujó por fin a hablar.
—Piotrsan.
El gaijin cruzó la mirada con ella, esos ojos azul hielo y blanco ciego, que volvió inmediatamente al suelo. Dio un paso atrás, hizo una reverencia confusa, con una mano sobre el corazón.
—Zryachniye —murmuró.
Echo bajó al jardín, hojas y árboles manchados por los restos de la lluvia negra. La acre pestilencia afilada de una leve toxicidad cortaba el aire, una suave punzada le hacía cosquillas en la garganta. Cruzó el suelo embarrado para ponerse ante él, se dio cuenta de cómo evitaba mirarla a los ojos.
—Tengo que hablar contigo —le dijo.
—¿Es qué para ella hablando?
—Mi ojo. Necesito saber lo que significa.
Piotr se encogió de hombros.
—Es significa para ella Zryachniye.
—Pero, eso, ¿qué significa?
—Ella ve. —Señaló hacia el cielo. A su propio pecho. A la tierra—. Ella ve.
—¿Qué veo?
—No puedo estar diciendo. Nadie es sabiendo hasta que ella es para el despertar.
Echo frunció el ceño.
—Pero no estoy dormida…
—Ella está. —Una sonrisa profundizó las cicatrices de sus mejillas—. Ella es durmiendo, chica bonita. Ojos todavía cerrados.
—Muy bien, pues despiértame entonces.
—¿Yo? —El gaijin la miró por un instante, algo cercano al miedo en esa mirada medio azul medio ciega—. No, no para mí ser el despertar. Ella debe esperar para el blanco. Debe guardando para ella. No yo para tocar ella, no. No podría. Nunca haría.
Echo se dejó caer en un banco de piedra, se agarró el pelo de las sienes.
—Por las barbas de Izanagi, no sé qué demonios estás diciendo…
—Otras Zryachniyes. —Piotr se acuclilló a su lado en el lodo, con la mano estirada como pidiendo permiso para tocarla. Cuando vio que ella no ponía objeciones, le cogió las puntas de los dedos, con la suavidad de un niño—. Ellas te despiertan. Ellas saben. Las otras hacen ella para ver.
—¿Otras como yo?
—Como ella. —Piotr soltó su mano como si le quemara—. Ellas enseñan. Ellas saben.
—Pero no existen otras como yo.
—La Imperatritsa, ella Zryachniye. Muchas como chica bonita. Y aquí. —El gaijin señaló hacia el este—. Viniendo aquí. Ejército no haría para guerra sin ellas. Ellas ven. Ven para las muchas cosas grandes. Ven para la victoria.
—¿Hay Zryachniyes con las fuerzas gaijins en Shima?
—Debe haber. —Un gesto afirmativo—. Debe. Hermana Katya, al menos. Quizás para más.
Echo se chupó los labios, rebuscó bajo el cuello de su túnica hasta encontrar la correa de cuero que llevaba colgada del cuello. El amuleto dorado que su madre le había dado hace años, con el diminuto ciervo y sus cuernos en forma de medialuna. Piotr abrió mucho los ojos cuando se lo mostró.
—¿Sabes lo que significa esto?
—¿Dónde es ella encontrando esto?
—Me lo dio mi madre. En mi décimo cumpleaños.
Piotr la miró fijamente, la compasión brillaba en las profundidades de zafiro de su ojo.
—Ella Mostovoi. —Un gesto afirmativo con la cabeza, lento y pesado—. Tu madre. Ella Mostovoi.
—¿Qué es eso?
—Mostovoi es primera casa en conocer Shima. Veinte años hace. Ciudad de Mriss. Gran ciudad, donde vive tu familia. Pero ida. —Un suspiro de pesar—. Todo ido.
—Se la llevaron como esclava. —Las palabras tenían un sabor espantoso en su boca; negras y afiladas y metálicas—. Se la dieron a mi padre por salvarle la vida a algún señor samurái. Él se la quedó. La escondió. —Los recuerdos afluyeron como una cascada: su madre muerta en el suelo, su padre a su lado. La verdad de lo que ella era y de cómo había llegado a existir la asaltó de golpe como un martillazo—. La violó.
Su madre nunca había hablado de sí misma ni de su pasado. Ni una sola vez en todos aquellos años. Puede que le doliera demasiado recordarlo. Puede que estuviera avergonzada de en lo que se había convertido. De los bebés mestizos que le habían obligado a traer a este agujero inmundo.
De nosotros…
Pero eso no era más que autocompasión. Su madre había querido a Murphy. La había querido a ella también. ¿Por qué le habría dado a Echo ese amuleto, si no era para infundirle algo de orgullo en lo que era? ¿Si no para explicarle una verdad a la que las palabras no podían dar forma? Demasiado dolorosas de pronunciar en voz alta.
—Nos lo merecemos, Piotr. —Echo frunció el ceño, mientras contemplaba el barro negro bajo sus pies—. Que tu gente venga. Matando y quemando. Dios, parte de mí espera que nos aniquilen.
—No ella, no. —Piotr parecía sinceramente horrorizado. Miró su pelo con disimulo, las raíces rubias que asomaban claramente por debajo del tinte de sepia—. ¿Matar para la tocada por la diosa? No. Gran vergüenza. Negros presagios. Nunca tocaría Zryachniye para el matar. Nunca.
—¿Tocada por la Diosa? —Echo alzó la vista, se le aceleró el corazón ante aquellas palabras.
—Ves. —Estiró la mano—. Chica bonita. —Levantó el otro puño hacia el cielo—. Diosa. —Juntó las manos—. Zryachniye. —El gaijin se remangó, recorrió las líneas azules de sus venas bajo su piel de una palidez imposible—. En ella.
—¿En mí?
Un gesto afirmativo.
—En ti.
Deambuló por los salones de palacio, esperando oír su voz.
Pasó por delante de estatuas guardianas con forma de Zorro en cada puerta, enroscado sobre sus nueve largas colas, brillantes ojos sonrientes de piedra. En los días en que los kamis de Shima caminaban por la tierra con pies terrenales, cada uno había bendecido a sus gentes con un don: un regalo del reino de los espíritus. El Tigre había conferido ferocidad, el Dragón daba valor, el Fénix una visión duradera y una chispa artística. El Zorro le había dado a su gente el regalo más caprichoso de todos: el don de una extraordinaria buena suerte. Al imaginarse al ejército avanzando demoledor por las tierras baldías hacia Kitsunejō, Echo se preguntó cuánto duraría su suerte.
Recorrió silenciosa los pasillos de granito, pasó por delante de los tapices que representaban los mitos de Shima: la muerte de la Diosa Izanami; la búsqueda fallida de su esposo por el inframundo Yomi; la promesa de su esposa de matar a mil residentes de Shima cada día. Según la leyenda, el Dios Izanagi había contestado: «Entonces yo engendraré a mil quinientos». Cada vez que escuchaba la historia, incluso cuando no era más que una niña pequeña, Echo siempre pensaba que la promesa de Izanagi sería de poco consuelo para los mil que ya hubiesen muerto ese día.
Tanta muerte. ¿Sería esta guerra obra de los dioses, como decía Raven? ¿Estarían las manos del Hacedor y de Última detrás de esta catástrofe que se avecinaba? ¿Se encontraría la Diosa gaijin en su interior de algún modo, como insistía Piotr? ¿Acaso eran todos simples juguetes de los inmortales? ¿O tendría razón Lexa? ¿Estarían los dioses tan poco implicados como el viento o la lluvia?
Ella y Murphy no pertenecían a ningún clan, así que Echo nunca había tenido un kami al que rezar. No había tenido Dragones ni Zorros que la protegieran. Ninguna respuesta a rezos desesperados por un puñado de migas o un lugar en el que dormir. Si los dioses existían, eran difíciles de ver desde las cloacas de los barrios bajos…
Echó un vistazo a su muñeca, al garabato azul pálido justo por debajo de la superficie.
A lo mejor estaba buscando en el lugar equivocado.
Paseó por las verandas, rodeada por un frío glacial, buscó por las cocinas, aprovechó para hacerse con un puñado de bizcochos de miel por la costumbre de una vida entera de privaciones. Cruzó los barracones, con la boca llena y masticando rápidamente. Iba escuchando la melodía de hierro y acero, los suaves murmullos de unos guerreros que miraban a lo largo de sus cañones a una guerra que no podían ganar. La percusión de los pies de los sirvientes, los cortesanos escondidos por las esquinas, estudiando sus movimientos con ojos recelosos; esa basura de los barrios bajos que se hacía llamar Señora de las Tormentas. Una pálida sombra al lado de la chica de pura sangre Kitsune que había asesinado a un Shōgun, acabado con una dinastía, empujado a la nación entera a sublevarse.
Imitadora, casi podía oírles decir.
Falsificación.
Pensó en su hermano. Solo Dios sabía dónde estaba. Envolvió los brazos alrededor del cuerpo, se preguntó si debía molestarse en rezar por que estuviera a salvo a unos dioses que nunca habían respondido. Todo se movía tan deprisa. Necesitaba algo a lo que agarrarse. Algo fuerte como las montañas.
Y entonces oyó su voz. El grave runrún de barítono le llegó hasta el estómago, dando rienda suelta a las mariposas. Una sonrisa curvó sus labios, cada vez más amplia al girar la esquina hacia el dojo y verle ahí de pie, rodeado por un bosque de maniquíes de entrenamiento. Alto y apuesto, de esa forma desaliñada tan suya, con la barba enroscada para formar esos ridículos pinchos, profundas cicatrices cortaban a través de la tinta del Fénix que llevaba en su enorme bíceps. Gustus.
Gustus y Raven…
La chica estaba delante de él, con un precioso rubor en las mejillas y un par de espadas de entrenamiento entre las manos; el maniquí que había ante ella casi lloraba de alivio por ese momento de respiro. Raven sonreía, tenía mechones de pelo negro como el carbón pegados al sudor que le empapaba la cara. Gustus sonreía también, esas dos grandes manazas sujetaban una caja de pino preciosamente tallada: un estuche para pergaminos decorado con un relieve de flores de cerezo y el kanji que representaba la «verdad».
Raven tomó la caja, hizo una reverencia desde las rodillas, con una risa que parecía música. Gustus le devolvió una torpe reverencia, se puso rojo, y la chica se puso de puntillas y le dio un beso en la mejilla, apoyando una mano suavemente sobre su antebrazo. Y las mariposas de Echo se marchitaron y murieron, y se le cayó el alma a los pies y la sonrisa de sus labios se fue borrando hasta que no quedó nada. No quedó nadie.
Nadie.
Y se alejó de ahí, tan rápido como pudo sin echar a correr, se miró la muñeca. El pulso que latía justo bajo la piel.
Nadie excepto yo.
Horas después, Echo estaba de pie delante del espejo, el ojo le picaba a rabiar. El aire cargado de vapor de la casa de baños, la toalla enrollada dos veces alrededor del cuerpo, flaco como un fideo por años de privaciones. Miró su reflejo de arriba abajo, desde los pies, por encima de la sutil curva de sus muslos y caderas, su pecho casi plano. La correa de cuero en torno a su cuello, el diminuto ciervo con los cuernos en forma de medialuna que la miraba con preguntas tácitas reflejadas en los ojos. Una barbilla puntiaguda en una cara pícara. Justo igual que la de su hermano. Justo igual que la de su madre. Un parche de cuero sobre el agujero que había dejado el Caballero tras de sí; el jefe de los yakuzas con su mirada muerta y su mano llena de alicates. El recuerdo la hizo estremecerse. La imagen de Daken hizo que se le anegara el ojo de lágrimas. Pensar en Lincoln las hizo caer. Su iris relucía suavemente, del color del cuarzo rosa, contando el secreto de su origen. De quién era en realidad.
¿Señora de las Tormentas?
¿O Zryachniye?
Por último, posó la vista en su pelo, aplastado contra el cuero cabelludo, completamente empapado. Los recuerdos de su madre tiñéndoselo cuando era una niña ardían en su mente. Desde que aprendió a hablar, le habían enseñado a fingir que no era lo que era. Los mechones dorados escondidos bajo tinta negra, la piel blanca como la leche ofuscada tras fantasías sobre antepasados Kitsunes. Había vivido una mentira. La había contado tan a menudo que ella misma había empezado a creérsela, tan obsesionada con esconder su verdad que nunca había descubierto cuál era en realidad. Más allá del Kenning. Más allá de la «Impureza» que los Hombres del Gremio hubiesen inmolado en las Piedras Ardientes. La verdad de su sangre, por fin despojada de su velo negro. La contemplaba ahora: una rebelde melena aplastada por el peso del agua de la bañera, caía alrededor de sus altos pómulos y enmarcaba ese ojo de brillante cuarzo rosa.
Precioso cabello rubio.
Y en su mente, un trueno retumbó. Alas que batían como el latido del corazón. Una ferocidad nacida de la tormenta, crecía en su interior como un huracán. La determinación de no ser solo una sombra de la Señora de las Tormentas, de no ser la chica a la que los demás miraban solo cuando Lexa no estaba. Toda su vida, había luchado. Por cada bocanada de aire. Cada resto de comida. El futuro de la nación entera pendía de un hilo. Y si Piotr decía la verdad, ella tenía el poder de hacer algo por remediarlo. De descubrir quién era en realidad.
De ver.
Deslizó los dedos por aquel pelo rubio platino, miró a la chica que la miraba desde el espejo. Una chica a la que no conocía. A la que nunca se había molestado en conocer. Pero había estado ahí todo el tiempo, esperando a este día. Esta verdad. Este momento.
Echo estiró la mente a través de la tormenta en busca de los lejanos pensamientos de Kaiah.
¿Quieres volar conmigo?
…SIEMPRE. ¿A DÓNDE? …
Echo tocó el espejo, puso la palma de la mano contra el cristal.
La chica a la que no conocía hizo lo mismo.
A casa.
Las paredes de la estación de Kigen rielaban con el eco del silbido de los pistones, violentos chorros de vapor de agua, burbujeantes gases de chi. Las plataformas bullían de chicos barbilampiños con relucientes armaduras sin un rasguño, armas recién fabricadas entre las manos, tosiendo entre los humos revueltos. Lentes de cristal polarizado para esconder sus miradas asustadas. Pañuelos de un escarlata sucio para ocultar sus expresiones pálidas. Pelotones de bushimen nuevos a estrenar, reclutados en los barrios bajos de la bella Kigen con la promesa de comidas diarias y un lugar al que pertenecer y una causa tan gloriosa que merecía la pena morir por ella. Murphy los observó mientras su tren se detenía con un estremecimiento. Negó con la cabeza.
Las vías de ferrocarril todavía funcionaban, enviaban soldados hacia el norte. Pero cuando las locomotoras volvían a toda velocidad hacia Kigen, los vagones iban virtualmente vacíos y unas monedas colocadas apresuradamente en la palma de un conductor habían comprado para Murphy un camarote en un expreso con dirección sur. Así que ahí estaba. Bajó a la plataforma y se coló entre todos aquellos cuerpos de la primera fila, cubriéndose la cabeza con un ancho sombrero con forma de bol y dando gracias a cualesquiera dioses que estuvieran escuchando de que fueran ellos en vez de él.
—Buena suerte, caballeros —musitó, mientras se abría paso entre el bosque de lanzas.
Si alguno de los chicos le oyó, ninguno le respondió.
Salió al bulevar manchado de humo, tentado de respirar hondo pero sabiendo que se arrepentiría. Se quedó mirando la ciudad en la que había crecido, las callejuelas por las que había corrido, las calles que siempre serían su hogar. El destartalado agujero de mala muerte de la Zona Baja, envuelto en gases y pecado. La retorcida refinería, que salpicaba de negro las grises nubes de tormenta. La torre pentagonal del Cabildo de Kigen. La Plaza del Mercado y el Altar de la Pureza, donde los Hombres del Gremio llenaban los cielos con los chillidos de niños moribundos. Murphy vio pósters en cada pared, marcados con el sello del Primer Brote.
«Al final de cada semana, se entregará una medida y dos tercios de chi y cinco koukas de hierro a todo ciudadano leal que siga el camino de la rectitud y entregue a algún Impuro para ser juzgado sobre las Piedras Ardientes de esta ciudad».
La gente correteaba de acá para allá, con armas blancas escondidas bajo la ropa. Una de las voces autómatas del Gremio yacía destrozada en medio de la calle, con las entrañas de relojería desparramadas por los adoquines rotos. Monjes mendicantes deambulaban entre el humo y las cenizas, hablando de consuelo pero no proporcionando ninguno. Gritos provenientes de una callejuela, el himno rítmico de la violencia. Un niño hambriento, llorándole a un mundo que ya ni siquiera se preocupaba.
El corazón de Shima. Su poderosa capital. Esta sucia prostituta de rodillas costrosas llamada Kigen.
Cómo la quería.
Murphy se introdujo en el Kenning, en busca de la legión de alimañas plagadas de pulgas que pululaban por sus partes bajas como piojos. Las sentía por todas partes, lustrosas y hambrientas; sus formas le resultaban más reconfortantes que un ejército de tigres del trueno. Reptaban por las alcantarillas, peleaban entre la mugre, roían los huesos de los muertos. Más duras que el hierro en el que esos niñitos soldados se escondían. Más duras que los muros que estos hombres construían para refugiarse asustados tras ellos.
Los ojos de la ciudad, su prole, su mismísima sangre, que fluía por sus callejuelas y veía y sabía y sentía todo.
Todos sus secretos.
Todos sus pecados.
Murphy cerró los ojos, aspiró el hedor. Su voz resonó dentro de sus mentes.
El viejo Murphy ha vuelto a casa, amiguitos.
Su sonrisa relucía como los cristales rotos.
Y ha traído los Nueve Infiernos consigo.
