25

PRESAGIO

Ya bastaba de esperar, estaba en el jardín embarrado, sus pesadas botas salpicadas de negro, los ojos levantados hacia las nubes. Mordisqueaba su pipa de hueso, echando ocasionales ojeadas apesadumbradas al interior de la vacía bolsa de marihuanilla que llevaba dentro de la chaqueta. La cara tejida de cicatrices. Piel cadavérica.

Bastaba de pensar, de debatir, de dudar. Bastaba de preguntarse si esta era la forma correcta, si debería pensar en otra. Bastaba de pensar en un anciano que le había confiado su todo y que ahora probablemente estaría respirando sus últimas bocanadas de aire en una celda oscura. Esta carretera estaba asfaltada con sangre. Clarke lo sabía antes de poner los pies en ella por primera vez. Que pronto estaría metida en ella hasta las rodillas, la cintura, el cuello. Intentando no ahogarse.

Pero no había sitio para la duda en esta arena. Su voz no podía vacilar, sus manos no podían temblar. Demasiados habían renunciado a demasiado para que ella pudiera llegar hasta aquí.

Tropezar ahora…

Clarke sacudió la cabeza, habló en voz baja. Cuatro sombras reunidas en un tubo de escape subsidiario, susurraban bajo el constante giro de los ventiladores y el estruendo de los motores.

—Estamos a tres días de Kitsunejō. —El sudor le escocía en los ojos, ardía en deseos de arrancarse el casco de la cabeza y tirarlo a un rincón—. Tenemos que hablar con los otros rebeldes. Contarles nuestro plan.

—Lo estoy intentando —dijo el Hermano Bo—. Cada minuto libre que consigo arañar en la estación de comunicación lo paso rastreando las frecuencias de Yama. Pero la Primera Casa está interfiriendo los mecábacos de los rebeldes. La radio es la única manera de que nos oigan y ahí no puedo hablar abiertamente.

—Tenemos que hablar con ellos, maldita sea. ¿No planeasteis esto?

—No sabíamos que iban a destruir el Cabildo de Yama, Clarkesan. Cuando nos destinaron al Arrasador, los rebeldes de Yama todavía estaban ocultos.

—No te preocupes, Clarkesan —dijo Shinji—. He adaptado una de las estaciones de comunicación de la sala de máquinas para recibir transmisiones del exterior. Solo tenemos que enchufarla al repetidor de la antena del puente de mando y podremos transmitir y recibir a nuestro antojo.

—Y eso voy a hacerlo esta noche —susurró Bo—. Tú preocúpate de ti misma. A menos que me haya perdido una reunión, nadie te ha puesto a nuestro cargo.

—Haya paz, hermano —avisó Shinji.

—Maseo y yo hemos saboteado los motores —explicó Clarke, procurando que no se le alterara la voz—. Hay una granada de dispersión escondida dentro del conducto de ventilación principal.

Bo asintió.

—Bien. Cuando la batalla por Kitsunejō comience, voláis el sistema de refrigeración principal y selláis la sala de máquinas. Luego ponéis las revoluciones por minuto al máximo. Shinji cortará el acceso desde el puente de mando para que el Comandante Rei no pueda anularlo y las cámaras de combustión se recalentarán en unos pocos minutos. Eso hará que el chi entre en ebullición y el Arrasador salte por los aires y llegue hasta el cielo.

—¿De cuánto tiempo dispondremos para salir de ahí? —preguntó Shinji.

—Tiempo de sobra para los que estamos arriba. Para Clarke y Maseo, la cosa estará más justa.

—Bueno, ya intentamos matarte una vez, Clarkesan —se rio Shinji—. Una más no hará daño, supongo.

—Nadie más va a morir. —Clarke miró a los tres rebeldes uno a uno—. Ya han perdido la vida suficientes personas por culpa de esta guerra. Nadie más muere en esta historia, ¿de acuerdo?

—Hai —los Hombres del Gremio rebeldes asintieron, sus ojos sanguinolentos refulgían.

—Bo, ten cuidado montando ese interceptor de comunicaciones esta noche. El Comandante Rei es el hombre de confianza de Kensai, y Kensai no era ningún tonto. No habría dejado que un tonto condujera su obra maestra, tampoco.

—Podría ser peor —dijo Shinji con tono grave—. Podríamos estar tratando con Kensai en persona. La mente de ese viejo bastardo es afilada como un cuchillo. ¿Os imagináis tener que intentar hacer esto bajo sus propias narices?

Clarke negó con la cabeza.

—Kensai todavía está en coma. La explosión casi le mata. Por lo que sé, no creen que vuelva a despertar jamás.

—Kensai no es asunto nuestro —dijo Bo—. Mantened los ojos bien abiertos y la cabeza baja. Cuando el Arrasador salte por los aires, se va a llevar consigo todo lo que haya en un kilómetro a la redonda. Podemos diezmar a la infantería Tora antes de que empiece la batalla. Podemos ganar esta guerra. Pero debemos centrarnos. No podemos fallar.

Gestos afirmativos por todo el círculo. Se dieron las manos, latón apretando latón. Las sombras partieron, sus sonoras pisadas se perdieron en un mar de ruido de motores a medida que se alejaban, dejando a Clarke solo. Pensando en un anciano que había confiado en ella con todo su ser. Pensando en piel pálida y largo pelo negro como una cinta de medianoche, rodeado del perfume de las Iishi. Pensando en cuando deslizó los brazos alrededor de su cuello y se puso de puntillas, con los párpados aleteando al cerrarse.

Bésame —había murmurado ella.

Clarke cerró los ojos. Dejó caer la cabeza. Su susurro flotó por el aire sobre alas mutiladas.

—Lexa…

Bo entró en el puente de mando del Arrasador con el corazón en un puño. Tragó saliva, echó un vistazo alrededor de la cámara. El Comandante Rei estaba metido en su arnés de piloto, con los estribos aceleradores a media potencia; el Arrasador caminaba con su andar pesado, lo suficientemente despacio para que el enjambre de trituradoras a sus pies pudieran seguirle el ritmo. El impacto de cada paso colosal enviaba un escalofrío a través del gigante, pero Bo ya se había acostumbrado a él. Cuando el ejército acampaba para pasar la noche y el Arrasador se detenía, le costaba horas conciliar el sueño. El silencio resultaba antinatural después de un día de demoledora percusión.

DUUMDUUMDUUMDUUM.

DUUMDUUMDUUMDUUM.

La instrumentación que cubría las paredes escupía y parloteaba, indicadores y palancas y cuadrantes, que hablaban con las voces tartamudas de incontables interfaces con tarjetas perforadas. Aire grasiento, dejaba una fina película sobre todas las superficies, humedecía los colores hasta convertirlos en una desteñida paleta de grises y marrones. Bo se detuvo delante del arnés del piloto, hizo una profunda reverencia.

—¿Necesita algo, Comandante?

Rei volvió la cabeza.

—Estoy bien, Hermano Bo. Vaya a su puesto.

—Hai. —Bo se sentó ante la estación de comunicaciones, muy consciente del separador de señal remetido en su cinturón. Después de unos instantes, dejó que la frustración se apoderara de su voz y se giró hacia Rei—. Comandante, estamos recibiendo muchísimas interferencias de fondo por las frecuencias internas. Las cubiertas de personal son virtualmente inaudibles.

Rei giró ligeramente la cabeza.

—¿La causa?

—Disculpas, Comandante, no lo sé. Con su permiso, ¿llevo a cabo un diagnóstico?

—Veloz como un rayo, hermano.

Un Shatei apareció al lado de Bo, como si se hubiese materializado a partir del aire grasiento.

—¿Puedo ayudarle, hermano?

Bo hizo un gesto afirmativo, mantuvo la voz tranquila.

—¿Puede dirigirse a la cubierta de personal y comprobar si hay algún problema en su lado? Puede que no sea el sistema del puente.

—Hai. —El Shatei se marchó en dirección al ascensor, las puertas se cerraron con un chirrido detrás de él.

Bo miró disimuladamente por el puente de mando, en busca de ojos curiosos. Pero todos los demás Artífices parecían concentrados en sus tareas. Desatornilló la consola del centro de comunicaciones, manojos enteros de cables revestidos de material aislante se derramaron al exterior como los intestinos de una barriga destripada. Rebuscó entre bobinas de sucios rojos, verdes, azules y, metiendo la mano en el cinturón para coger el separador de señal, empezó a instalar el mecanismo en la matriz de recepción. Estaba a mitad de la instalación cuando el Shatei de la cubierta de personal se puso en contacto con él para decirle que no encontraba ningún problema en aquel extremo. Bo le envió una señal de agradecimiento, chupándose el sudor de los labios. Echó un vistazo por encima del hombro, en dirección al Comandante Rei. A los demás hermanos. Atento al ruido del ascensor que traía al Shatei de vuelta de su misión inútil. Cortaba cables, reconectaba, ponía abrazaderas para cerrar circuitos, con las manos ahora temblando ostentosamente. Si alguien pasara por ahí, si alguien viera lo que estaba haciendo…

Un golpe metálico desde los indicadores de combustible. Una maldición, áspera y metálica. La voz de Rei pidiendo explicaciones. Una disculpa apresurada por parte de los Artífices, uno de ellos se agachaba para recuperar la herramienta que se le había caído. Bo apretó los dientes. Las puertas del ascensor se abrieron. Sonoras pisadas. Respiración rasposa. Contagiosa. Débiles interferencias susurradas. La voz del hermano en su oído.

—¿Shatei Bo?

Hecho.

—He encontrado el problema, hermano. —Bo volvió a colocar la consola en su posición original con un gesto de la cabeza y empezó a atornillarla de nuevo—. Unos cables sueltos, nada complicado.

—Siempre los pequeños detalles.

Bo soltó una risa forzada.

—Mis agradecimientos por su ayuda.

—Siempre. —Una reverencia—. El loto debe florecer.

—El loto debe florecer.

Un suspiro de alivio, un rápido vistazo para comprobar que su cirugía no había estropeado nada de la instrumentación. Pero no, todo parecía en orden. El montaje permitiría al amañado sistema de comunicación de Shinji aprovecharse de la antena del Arrasador; con unas pocas horas rastreando las estaciones convenidas de antemano, deberían ser capaces de contactar con los rebeldes de Yama. Los Kitsunes entonces se podrían preparar para el asalto sin necesidad de tener en cuenta al Arrasador ni a la infantería Tora que moriría en la explosión resultante. La carnicería sería casi impensable. Pero esto era la guerra. Esos soldados eran sus enemi…

El sistema de comunicación de Bo se puso en marcha con un clic, un mensaje entrante. Una serie de códigos de autenticación identificó la fuente de la transmisión como el Cabildo de Kigen y la transmisión en sí como de Prioridad Roja. Después de un chorro de interferencias, el mensaje comenzó, transmitido deprisa por una distorsionada voz metálica. A Bo se le quedó el aire atascado en la garganta mientras escuchaba. Apenas fue capaz de contestar, de enviar la señal apropiada de despedida. Se quedó sentado, inmóvil, aturdido, pugnando por recuperar la respiración. Con los puños cerrados hizo girar su silla, se puso de pie, bajó las escaleras de metal y se plantó ante el arnés del piloto.

Los ojos de Rei seguían fijos en el horizonte.

—¿Qué pasa, Hermano Bo?

—Mensaje de Prioridad Roja del Cabildo de Kigen, Comandante.

Eso captó la atención de Rei. Tiró de los estribos para ralentizar el avance del Arrasador, se volvió para mirar a Bo con sus anteojos telescópicos.

—Informe.

—El Segundo Brote Kensai ha despertado del coma. Está gravemente herido, pero las Vidas Falsas dicen que se recuperará por completo.

—Alabado sea el Primer Brote. ¿Pero por qué han enviado eso como Prioridad Roja? ¿Y además codificado?

—El Segundo Brote no quiere que nadie fuera de esta nave conozca sus intenciones.

—¿Intenciones?

Bo asintió.

—El Segundo Brote tiene la intención de supervisar personalmente la destrucción de los Kagés y de todos sus cómplices. Se dirige hacia aquí para hacerlo.

Un murmullo de satisfacción se extendió entre el personal del puente allí reunido. Rei se irguió en su arnés de piloto, con la voz cargada de asombro.

—¿Kensai viene al Arrasador?

—Hai. —Bo asintió, el miedo bailaba sobre su lengua—. Ya está de camino.