26
ESTE MOMENTO
Hacía largo rato que las orejas se le habían entumecido y vaciado, el estrépito del viento y la lluvia y los truenos lo convertían todo en cristal hueco. No había luz solar, ni siquiera una promesa insinuada detrás de aquella nube de un kilómetro y medio de espesor; era como si la Diosa Amaterasu tuviera miedo de mostrar su rostro en el reino de su odiado hermano, Susanoō. En cualquier caso, Lexa todavía llevaba puestos los anteojos, aunque fuera solo para ahorrarles a sus ojos el constante resplandor estroboscópico de los cegadores rayos blanco azulados que se extendían por aquel gris turbulento como grietas en el cielo mismo.
El techo del mundo preparado para desmoronarse y aplastar todo lo que había por debajo.
No era como nada que hubiera imaginado jamás. Una guerra. Un caos.
Tormenta Perpetua.
Buruu se entusiasmaba con cada relámpago, ronroneaba con cada trueno. Su amor por el caos se filtró dentro de Lexa, y ella se encontró sonriendo como si estuviera chiflada, calada hasta los mismísimos huesos por la lluvia que caía en horizontal. Viento como un huracán. Truenos como un pulso de maratón.
¿Estamos cerca?
MUY CERCA.
¿Qué debería esperar cuando lleguemos allí?
SANGRE.
El gruñido de Buruu subió por sus muslos y se le instaló en el estómago.
SANGRE COMO LLUVIA.
¿Torr?
SÍ.
Acaba el cuento. ¿Qué pasó después de que Sukaa dejara ciego a tu hermano? ¿Dijiste que tu padre no había hecho nada? ¿No estaba enfadado?
FURIOSO. PERO ÉRAMOS ARASHITORAS. NO COMO LOS HUMANOS. SIN JUECES. SIN MAGISTRADOS. SOLO HAY PICO Y GARRAS. SOLO SANGRE POR SANGRE.
¿No podía exigir que cegaran a Sukaa también?
LO HIZO. ENVIÓ UN MENSAjE A MORCHEBA. LO LLEVÓ LA PAREJA DE KAIAH, UN ARASHITORA LLAMADO KOUU. MI PADRE EXIGIÓ QUE SUKAA RECIBIERA UN CASTIGO ACORDE CON EL CRIMEN.
¿Y qué dijo Torr?
DIJO QUE SI MI PADRE DESEABA DICTAR JUSTICIA, ENTONCES DEBÍA RETARLO Y RECLAMAR EL PODER DE ORIENTE Y OCCIDENTE. LUEGO LE REGALÓ A KOUU UNA BONITA CICATRIZ PARA QUE SE ACORDARA DE ÉL PARA SIEMPRE Y LO ENVIÓ DE VUELTA A CASA.
Así que Torr estaba poniendo a tu padre a prueba. Viendo hasta dónde estaba dispuesto a llegar…
ASÍ ES.
Las imágenes giraban en las profundidades calientes como la sangre de la mente de Buruu; Lexa observaba a través del ojo de la memoria. Vio una reunión de la manada de Tormenta Perpetua, una gran asamblea a la que asistieron todos los machos y hembras y cachorros. El padre de Buruu habló del desafío de Torr, explicó que ofenderse supondría la guerra entre Tormenta Perpetua y los Otros. Y luego, por primera vez desde que cualquiera de ellos podía recordar, el Khan pidió consejo. Entre el aullante silencio, Esh alzó la voz, amarga de odio. No era justo, dijo. No era correcto. Sukaa le había arrancado el ojo.
Sukaa debía pagar por ello. Y si eso significaba sangre en los cielos y muerte a los Otros, que así fuera.
Drahk estuvo de acuerdo con su hermano. Sería cosa de cobardes dejar que el insulto quedara sin castigo. Otros machos jóvenes vocearon su acuerdo, la sangre bullía, sus ojos lanzaban destellos. Quizás había pasado demasiado tiempo. Quizás estos combates rituales y esta vida pacífica los había vuelto blandos.
Miedosos.
Entonces habló una hembra añosa, una gran bestia vieja, casi ciega por la edad, con las rayas de un plateado mortecino. Crea era su nombre, la más anciana de todo Tormenta Perpetua, más sabia que todas las cosas. Estaba rodeada por los demás Ancianos, habló de la insensatez de una guerra. De la inutilidad de la venganza. De cómo matar a Sukaa, a Torr, a todos los arashitoras de Morcheba, no le devolvería el ojo a Esh.
Los demás Ancianos vocearon su aprobación.
Seamos sabios, gritaron. Seamos sabios.
Un tumulto de rugidos ahogó las voces de los Ancianos, Drahk y Esh los más ruidosos de todos. Y en medio de la cacofonía, el Khan dio un paso adelante, desplegó las alas bien anchas. Los ojos ambarinos relucían con el beso de la tormenta, las brillantes grietas que fragmentaban el cielo. Era todo músculos y pico y garras. El más grande gobernante que Tormenta Perpetua había tenido jamás. Y pronunció una palabra que los inmovilizó a todos, el fuego de los machos jóvenes murió como si hubieran lanzado agua helada sobre brasas ardientes.
Extinción, dijo.
Quedaban tan pocos. Enzarzarse en una guerra significaba reducir aún más sus posibilidades de supervivencia, morirían muchos y se abriría una brecha entre Negros y Blancos que duraría décadas. Habían huido de Shima para poder sobrevivir. ¿Merecía la pena arriesgarlo todo ahora? ¿Incluso por una afrenta tan grave como la que había sufrido Esh?
No existía más que una ley verdadera para los tigres del trueno de Tormenta Perpetua. Un mandamiento, establecido por aquella que los había alejado por primera vez de las envenenadas costas de Shima. Negros. Blancos. Jóvenes. Viejos. No importaba. Los arashitoras no mataban arashitoras. Un murmullo de aprobación se extendió entre la gran asamblea, la rabia en el pecho de los machos se fue aquietando. Eran tan pocos. Se agarraban a la vida de forma tan tenue.
El Khan tenía razón.
Buruu pudo ver el dolor de la traición en el ojo de Esh. La furia evidente en la mirada de Drahk. Pero sus hermanos eran jóvenes, demasiado jóvenes para desafiar a su padre y ganar. Así que agacharon la cabeza y cedieron, como harían los súbditos leales y los hijos leales. Transcurrieron los años. Una estación tras otra, pasaron como el amanecer y el atardecer en el ojo de la mente de Buruu. Lexa lo vio crecer, florecer, convertirse en el tigre del trueno que ella conocía. Contempló cómo volaba a toda velocidad entre las nubes, persiguiendo a la hembra que había llamado Shai a través del zigzaguear de los relámpagos. Fue testigo de cómo se enconaba el resentimiento de Esh, cómo relucía el odio en su ojo, envenenando a Drahk de paso. Era solo el amor por su padre lo que evitó que las toxinas se apoderaran del corazón del propio Buruu. Pero sabía que llegaría el día en que su hermano mayor retaría a su padre para hacerse con el título de Khan.
Aunque por el momento, Drahk era todavía demasiado joven. El Khan demasiado fuerte. Todos lo sabían.
Los Otros no habían sido vistos desde el incidente con Sukaa.
Pero les llegaron noticias a través de un nómada que vagaba por los mares del norte de que Torr deseaba poner fin a las hostilidades. Que las manadas deberían reunirse otra vez durante el verano, como habían hecho en épocas más felices. Y aunque Buruu era consciente de que Torr era un oportunista, aunque Drahk aconsejó que no aceptaran las propuestas del Khan morchebano, su padre pensó que era una oferta sabia. Terminar con esa situación estancada y sin sentido. Recuperar la paz tras años de vacía agresividad.
Lexa vio al Khan de pie en la cima de la aguilera en medio de la interminable tempestad. El nido estaba vacío ahora, la madre de Buruu había muerto el invierno anterior, dejando a Skaa solo en silencioso penar. Y Buruu estaba allí, detrás de su padre, observando al Khan observar su reino. El poderoso tigre del trueno parecía más pequeño de algún modo, encorvado bajo el peso de todo aquello.
Esh nunca perdonará si aceptas la paz de Torr, gruñó Buruu.
No, concedió su padre.
Eliges a los Otros por encima de la sangre.
Elijo futuro. Para toda nuestra especie.
¿Futuro?
Un día tú gobernarás, mi Triunfo. Un día entenderás. Pensar no en uno, sino en todos. Un día no habrá negro. Ni blanco. Solo gris.
Te odiarán. Drahk. Esh.
Entonces deja que me reten.
Skaa se volvió hacia su hijo. El favorito.
El que reta y vence al Khan es Khan.
Envió a Buruu al día siguiente, el único hijo en el que contaba para que reprodujera sus palabras. Voló al este, a Morcheba, se encontró con Sukaa. La arrogancia del hijo del Khan parecía haberse atenuado a lo largo de los años y Buruu vio algo parecido al arrepentimiento en sus ojos. Le entregó el mensaje de su padre:
Tormenta Perpetua aceptaría la paz morchebana, si las reglas de la Roca de Sangre se establecían como ley. Ningún daño permanente. Nada de muertes. El que rompiera esa ley sería castigado con el mismo daño que hubiera infligido.
Sukaa aceptó, asintió solemne antes de alejarse volando. Y Buruu emprendió el vuelo de vuelta a Tormenta Perpetua, molesto por que Sukaa hubiera escapado de la justicia, pero empezando a ver el alcance de aquella decisión. Su profundidad. Entendió que su padre actuaba con sabiduría al aceptar la paz. Al luchar no por vengar heridas del pasado, sino por construir el futuro. Algo más grande.
No habrá negro. Ni blanco. Solo gris.
Shai lo interceptó a kilómetros de Tormenta Perpetua, le costaba respirar, tenía los ojos llenos de pena y de miedo. Y mientras se dirigía hacia él a toda velocidad a través de los cielos que se iban ennegreciendo, Buruu supo que algo terrible había ocurrido. Algo que nunca tendría marcha atrás.
El Khan ha muerto.
La noticia fue como un mazazo. Se le revolvió el estómago. Se le endureció el corazón.
Impensable.
Imposible.
¿Cómo?
Drahk y Esh.
… ¿Dos pueden retar a uno?
No ha habido reto.
Los ojos de Shai estaban cargados de dolor. Dolor y rabia.
Solo asesinato.
Una farsa. Una atrocidad. ¿Su propio padre? ¿Qué locura les había llevado hasta ese punto? ¿Esta traición? Era demasiado para comprender. Una marea rojo sangre se alzó ante sus ojos, llenó de furia la interminable distancia entre el amanecer y el atardecer, y volvió todo escarlata.
Shai gritó su nombre mientras Buruu se alejaba volando, le suplicó que parara. Pero él no existía en esos momentos. Solo existía el rojo y el recuerdo del primer día que había echado a volar al lado de su padre, ardían con fuerza en su mente. Había desaparecido todo lo anterior, todo lo por venir, todo ello había sido borrado por la oleada de ira y rabia, brillante como la sangre. La aguilera del Khan en la lejanía, se acercaba a cada respiración, cada batir de sus alas, la furia aumentaba al mismo ritmo.
Drahk volaba en círculo alrededor de la aguilera, con la marca de los espolones de su padre grabada a lo largo de sus flancos ensangrentados. Llamó a Buruu a través de la tormenta. Buscaba parlamento. Le conminaba a la tranquilidad. Pero no hubo palabras. No hubo ni un momento para hablar con ese animal al que había llamado hermano. Solo hubo un rugido desafiante, golpeó como un rayo, bramó su furia. Un momento de impacto, con la fuerza de diez mil martillos, gris hierro y ensordecedor. Pelearon a través de los cielos desgarrados por la tormenta, relámpagos estroboscópicos, el estruendo de los truenos. Los dragones marinos se revolvían histéricos en los océanos allá abajo, retorciéndose bajo la sangrienta lluvia. Sin pensamientos. Sin pausa. Simplemente haciendo, sobre y bajo y entre, un frenético remolino de garras y picos y rugidos furiosos. Y cuando acabó, hubo calor y sal, resbalaba caliente y pegajoso por el cuello de Buruu, y hubo Drahk cayendo a plomo desde los cielos, dejando una estela de sangre como jirones de tela roja entre la lluvia. El cuerpo de su hermano se estrelló contra el agua entre los destellos de colas plateadas, los dragones marinos sonreían con translúcidos dientes de katana. Buruu se volvió hacia el trono del Khan más abajo, hacia el hermano hecho un ovillo en un charco de tibio líquido rojo, desgarrado de cuello a barriga por las garras de su padre. La manada de Tormenta Perpetua se había reunido para ver a los hermanos enzarzados en mortal combate, rugieron su indignación cuando Buruu se lanzó en picado chillando desde los cielos. El grito de Shai no fue más que un suave murmullo bajo el pulso en sus oídos, la locura que lo llenaba y lo inundaba todo y empujaba lo demás a un lado. Aterrizó encima de su hermano, Esh demasiado débil por la hemorragia incluso para defenderse, el miedo a la muerte ya brillaba en su único ojo bueno. Batió sus alas rotas sin fuerza, una especie de graznido se escapó de su sangrante garganta.
Piedad.
¿Cómo osaba?
Piedad, hermano.
Mejor que le hubiera pedido al sol que no saliera y no se pusiera.
Que le hubiera pedido al poderoso Raijin que dejara de tocar sus tambores incansables. No había padre. Ni madre. Ni pareja. Ni manada. Ni tormenta. Ni luz. Ni oscuridad. Solo muerte. Inundaba sus venas, robaba la razón y la vista y el sonido. Y Buruu desgarró y mordió hasta que no quedó nada, hasta que Esh solo fue un sangriento pegote de plumas y huesos rotos. Y Buruu se empapó de ello. Se ahogó en ello. Bocado tras sangriento bocado.
Y después solo hubo truenos. La percusión de su propio pulso.
Los gritos de la manada.
Demencia, rugieron. La demencia se había apoderado de los hijos del Khan y lo había destruido todo.
Los Ancianos miraron hacia abajo, sin piedad alguna en la mirada. Exiliado, lo llamaron. Paria. Los tigres del trueno no se mataban los unos a los otros. Esa había sido la ley desde el éxodo de Shima. Especialmente no mataban a los de su propia sangre. Su propia familia. Los suyos. Por muy miserables y muy asesinos que pudieran ser.
Se oyeron otras voces. La de Shai en defensa de Buruu. Las de Kouu y Kaiah también. Ahora Buruu era Khan, decían. Él era la ley.
Los arashitoras no matan arashitoras, gritaron los Ancianos.
El que reta y vence al Khan es Khan, fue la respuesta.
Y el sabor de la sangre colgaba espeso en la lengua de Buruu, el sabor de los hermanos a los que había dado descanso eterno. Y las palabras de su padre flotaban pesadas en el aire, impregnadas del acre regusto a cobre.
Un día tú gobernarás, mi Triunfo. Un día entenderás. Pensar no en uno, sino en todos.
Buruu cerró los ojos. El fantasma de su padre estaba ahí a su lado, dándole la espalda avergonzado.
Elijo un futuro. Para toda nuestra especie.
Y este era el futuro que sus hijos habían forjado.
Podría haberlo reclamado. El puesto de Khan. Él había retado y él había vencido. Pero la ley era la ley. La muerte había llegado a Tormenta Perpetua, no en guisa de padre tiempo ni de casualidad, sino entre padres e hijos. Odio y venganza. Ningún Khan de verdad dejaría que eso ocurriera. Ningún Triunfo.
Le quitaron el nombre. Lo desterraron. Empapado en la sangre de los suyos. De él y sus hermanos, asesinos todos ellos, no se volvería a hablar jamás en Tormenta Perpetua. Y a través de su dolor, más allá de la bestia a la que había sucumbido, sabía que era lo correcto. Sabía que era lo justo. Shai le rogó que se quedara. Kouu y Kaiah también. ¿Qué pasaría cuando volvieran los Negros morchebanos? Con tantos guerreros de Tormenta Perpetua asesinados o desaparecidos… ¿Qué pasaría si Torr reclamaba Tormenta Perpetua para sí?
¿Qué será de mí?, había preguntado Shai.
¿Qué será de nosotros?
No hubo respuesta. No había voz. Solo vergüenza. El recuerdo de las palabras de su padre y el sabor de sus hermanos en la lengua. Había perdido el juicio. Se había convertido en nada más que una bestia. Estaba hundido. Roto. Y le dio la espalda a Tormenta Perpetua, a todo lo que allí había. Las palabras de los Ancianos resonaban en sus oídos, el nombre que le habían dado para reemplazar al que su padre le había puesto.
Ni Roahh. Ni Triunfo.
Solo Traidor.
…SOLO TRAIDOR.
No hubo palabras. No hubo palabras durante muchos kilómetros.
Lágrimas en los ojos de Lexa. Sus brazos alrededor del cuello de su amigo. Lo había mantenido oculto todo este tiempo. La vergüenza. La culpa. Ella no había tenido ni idea cuando le suplicó que volviera allí. Ni idea de a lo que tendría que enfrentarse. Torr había venido, justo como temía Kaiah. Y los machos de Tormenta Perpetua que se habían enfrentado a él habían sido asesinados, junto con sus cachorros, el Khan morchebano había reclamado el trono de Tormenta Perpetua. Lexa podía entender por qué Kaiah odiaba a Buruu. Por fin comprendió la furiosa animosidad de la hembra. Pero…
No fue culpa tuya.
POR SUPUESTO QUE LO FUE.
No eras tú mismo. No pensabas.
ESO NO ES EXCUSA. ASESINÉ A MIS PROPIOS HERMANOS.
Vengaste a tu padre.
Y EN LA VENGANZA NO ENCONTRÉ NI UN INSTANTE DE PAZ. ME CONVERTÍ EN LO MISMO QUE ELLOS. IGUAL DE CULPABLE. IGUAL DE SUCIO. NADA MÁS QUE BESTIAS, TODOS NOSOTROS.
En la lejanía, Lexa podía ver unas islas: piedra oscura y centelleante que vomitaba fuego y humo hacia el interminable caos en lo alto. Carbonillas incandescentes caían entre las gotas de lluvia, nubes hechas de cenizas y tormentas. Estiró la mente hacia la tempestad y pudo sentir formas, predatorias y llenas de orgullo. Arashitoras, negros y blancos, chillaban a través de las nubes atronadoras, le rugían una advertencia a su Khan.
Viene el Traidor.
Lexa se sintió impotente. No había nada que pudiera hacer para hacerle sentir mejor. Para arreglarlo todo. Esa sombra que colgaba alrededor de sus hombros, esa repugnancia que se había instalado en sus entrañas.
ASÍ QUE AHORA YA LO SABES. QUIÉN SOY EN REALIDAD.
Mi hermano.
UNA BESTIA.
Mi mejor amigo.
UN ASESINO.
Tú eres mi todo.
Lexa apretó la mejilla contra su cuello, cerró fuerte los ojos.
Deseó con toda su alma que se fuera el dolor, intentó llenarlo de calor y de luz.
Te quiero.
… ¿AÚN?
Siempre.
Una forma negra se alzaba imponente y fiera sobre la torre de piedra que tenían ante sí. Ardientes ojos verdes, enormes alas desplegadas en señal de amenaza, perfiladas por la luz de la roca fundida.
SI CAIGO…
No lo harás.
PERO SI LO HAGO…
No puedes.
La fuerza que había en él. La que había inundado la mente de Lexa cuando Wells le cortó las plumas. Cuando derrotaron al Caudillo del Hueso Rojo y a su legión de onis. Cuando rasgaron acorazados hasta convertirlos en jirones ardientes, pusieron a esta nación en pie, miles de ojos encendidos de asombro mientras volaban por encima de sus cabezas. Le recordó todo eso, lo inundó de imágenes de cada triunfo, cada momento que habían compartido desde que todo aquello comenzara, desde la primera vez que ella se estiró en el Kenning desde la Hija del Trueno y le tocó la mente.
No importa lo que hayas hecho. Quién fueras. Todo lo que cuenta es lo que estás haciendo. Quién eres, ahora mismo. Este momento.
¿Y QUIÉN SOY?
Lo sabes tan bien como yo.
La forma negra rugió, el eco del desafío rebotó contra la roca humeante, el vapor que subía hacia los cielos, la lluvia de carbonilla.
Un reto al nuevo Khan de Tormenta Perpetua era un reto a muerte.
Sin cuartel. Sin piedad. Podía huir ahora, de vuelta al exilio, de vuelta a la vergüenza. Darle la espalda a la escena de su fracaso, a la tragedia que había provocado, las manchas de sangre que había dejado tras de sí en la piedra.
¬SÉ QUIÉN ERES, TRAIDOR¬
La forma negra se levantó de su trono, enorme y cruel y fría.
Lexa abrazó fuerte a Buruu, vertió en su interior todo su ser, y Buruu abrió el pico para rugir por encima de la interminable tormenta.
SABES QUIÉN ERA. NO QUIÉN SOY.
¬Y ENTONCES, ¿QUIÉN ERES?¬
La canción del Dios del Trueno llenaba el cielo.
El tigre del trueno rugió en respuesta.
SOY BURUU.
