PARTE 3
MUERTE
¡No puedes irte, amor mío!
El eco de su grito resonó en la negrura. «¡Quédate aquí conmigo!».
El Dios Hacedor sollozó, pues Yomi había echado a perder a su amada, la había reclamado como suya.
Rechazada, escupió su promesa: mil muertes, cada día.
El precio de su soledad.
«Entonces engendraré», prometió el gran Dios Izanagi, «A mil quinientos».
El libro de los diez mil días
27
EL CHICO QUE NO PREGUNTA
En el corazón de la ciudad hay un Chico sentado.
Un tejado, húmedo y grasiento, con vistas a la Plaza del Mercado. Los adoquines allá abajo brillan con una pátina de lluvia negra, las farolas de la calle pintan las mugrientas avenidas de Kigen con débiles estrellas. Las nubes en lo alto se mueven como océanos y la oscuridad está llena de ojos. Y el Chico está sentado en los espacios que quedan entre todo ello, con las palmas abiertas dirigidas al cielo, la cabeza gacha. Escuchando.
Vienen a él, una por una. Como suplicantes ante un trono desvencijado. Le conocen, aunque no saben cómo ni por qué. Pero el Chico llama y ellas van, y hablan, susurran dentro de su cabeza con las lenguas de alcantarilla y adoquines rotos y callejuelas como costrosas bocas abiertas. Cubiertas de pulgas, dientes amarillentos y ojos negros como el pedernal. Aun así él sabe sus nombres, tanto de las viejas como de las jóvenes. Y cuando corretean hada él y hablan, una por una por una, él se estira y las toca, suavemente, como sus padres no hicieron nunca. Le cuentan secretos. Las cosas que han visto. Los robos y asesinatos, la criminalidad proliferante, la gente que huye de la ciudad en tropel. Los hombres de latón en su torre amarilla, con sus llamamientos para que los Impuros sean llevados a la pira al final de cada semana a cambio de unas pocas gotas de combustible apestoso. El Chico baja la vista hacia la Plaza del Mercado al oír eso, los oscuros ojos fijos en las cuatro Piedras Ardientes de la plazoleta hundida bajo el nivel de la calle; resuenan con el eco de chillidos olvidados. Y al Chico se le endurece la expresión y cierra los dedos. Pero al final mira hacia otro lado.
Más hijas de las cloacas van hacia él, le ofrecen retales de información.
Un panadero de la Plaza del Mercado asesinó a su mujer y arrojó el cuerpo al Shiroi.
Los guardias que patrullan por el Paseo de las Torres violaron a una prostituta hace dos noches.
Tres chicos y una mujer con brazos como arañas plateadas están almacenando armas en un piso de la Zona Baja.
Sus párpados aleteaban, filtraba cada pedacito de información, en busca de un hilo suelto en particular.
Un mendigo guarda una bolsa de koukas de hierro debajo de una piedra cerca del Puente de la Estación.
El Segundo Brote del Cabildo del Gremio está en pie y caminando otra vez.
El jefe de la estación de ferrocarril ha estado vendiendo chi a hombres que manejan el mercado negro.
Al final, su voz interrumpe el clamor, un cuchillo en la base de sus cráneos. Busca noticias de hombres pintados. Los amos de Kigen desde la hora del Lobo hasta la del Fénix, ahora que los chicos vestidos de hierro se han ido al norte a luchar y morir. Y entonces le hablan de un almacén cerca de la Bahía. Allí hay trampas, carne envenenada que ha reducido su número de forma sangrienta y vomitiva, y ahora las hijas de las cloacas ya no se acercan por la zona. Pero los hombres tatuados sí que van, con sacas llenas de no comida, ese repiqueteo y tintineo como el de la ropa de los chicos que se han ido al norte a perecer.
Y el Chico les pregunta, una a una a una, si le ayudarán.
Pregunta de una manera que es No Preguntar. Pregunta de una manera que les da miedo. Este Chico. Este príncipe mendigo. Este señor que ha regresado.
Y hacen una reverencia.
Y escarban.
Y hacen lo que les ha No Pedido.
Jimen estaba en el salón, contando su dinero.
Montones de dinero. Pilas de dinero. Deslustradas montañas grises de dinero. Trenzas rectangulares de hierro, estampadas con el sello imperial. El pequeño contable las contaba todas y cada una, las apilaba en torres ordenadas, llevaba la cuenta en su anticuado ábaco. Los botines de guerra y los ingresos de los mercados negros crecían más y más, al tiempo que cualquier apariencia de orden en Kigen se desintegraba y las bandas de yakuzas que tanto habían sufrido bajo el reinado del Shōgun daban un paso adelante desde la oscuridad para reclamar lo que era suyo. Los lugartenientes iban y venían, entregaban más sacas, olían a humo y sangre y sexo callejero. Jimen apenas levantaba la vista de sus libros de contabilidad. Suponía que podría haber contratado a más manos para ayudarle a contar, pero la confianza del Shinshi se había casi evaporado después de los robos que habían sufrido el mes anterior. Ese miserable chico que hablaba con las ratas y sus amigos…
El chico y su hermana habían escapado en el caos del ataque de los rebeldes. Y aunque serían muy tontos de volver, el Caballero había exigido que la seguridad fuera la consigna de los Hijos del Escorpión de ahí en adelante. Al acordarse del dinero y los hombres que habían perdido a manos de ese niño y su lanzador de hierro, Jimen no podía evitar estar de acuerdo. Era tarde y le daba la impresión de tener los ojos llenos de arenilla. Jimen se estiró y bostezó, escuchó el repicar de la lluvia, miró el mural del Dios Izanagi en la pared. El Dios Hacedor estaba representado en una pose familiar: removía el océano de la creación con su lanza, la Diosa Izanami aparecía a su lado. La vida nunca era simple, pensó Jimen. Ese era el destino de un hombre. Incluso cuando conseguía lo que quería, rara vez resultaba ser lo que esperaba. Podía escalar la cima más alta que viera, y aun así habría otra detrás de ella, más alta de escalar. Solo el Dios Izanagi estaba por encima de todo, más alto que lo que podría ascender nunca cualquier mortal.
E incluso el Hacedor tenía que vérselas con una bruja demente como esposa…
Algo se movió entre las sombras de las vigas del techo en lo alto, sobresaltando a Jimen. El pequeño contable guiñó los ojos para intentar distinguir la forma y maldijo, echó mano del tanto que llevaba a la cintura. Una rata comedora de cadáveres le observaba con ojos de cristal negro, relucientes y vacíos, la luz del farolillo titilaba en sus profundidades. Esa cosa medía casi medio metro, tenía las orejas roñosas, los dientes amarillos apiñados en su boca como el público en la arena. Olisqueaba el aire, con la cara ladeada, parpadeando.
—Pequeña bastarda… —dijo Jimen entre dientes—. ¿Cómo has conseguido esquivar las trampas?
Oyó gritos en el almacén exterior, amortiguados por la distancia y la madera vieja. Jimen se volvió justo cuando se abrió la puerta, una mole de músculo tatuado asomó la cabeza por el umbral.
—Problemas —dijo el gánster—. Quédese aquí, Jimensama.
El contable sacó su cuchillo, se escondió en un rincón. La rata le miraba con vacíos ojos de muñeca, negros y muertos. Jimen dio un respingo al oír un fortísimo golpe, el grito de un hombre. Echó un vistazo al cuchillo que llevaba en la mano, lo dejó a un lado, agarró una larga maza tetsubo que vio cerca de la puerta. Más de un metro de hierro cuajado de remaches, tranquilizador y pesado en la mano.
La rata del techo ladeó la cabeza.
Parpadeó.
Un segundo golpetazo, luego un tercero. Otro grito, como un bebé arrancado del vientre de su madre, la melodía de un final que ningún hombre merecía en realidad. Jimen pestañeó, trataba de quitarse el repentino sudor de los ojos, retrocedió aún más hacia el rincón y, a pesar de saber que había una docena de sus hombres más fieros entre él y cualesquiera «problemas» que se estuvieran acercando, se encontró deseando que su oficina tuviera más de una salida.
Sentía la pared dura y sólida contra la espalda.
Los ruidos de la refriega y los gritos se aproximaban, aporrearon la puerta, las bisagras se rompieron. Y luego silencio, oscuro y frío e insondable, roto solo por los ruiditos de la rata en lo alto, el .drip de algo espeso y viscoso justo al otro lado de la puerta.
Se filtraba por debajo. Oscuro y brillante.
El pomo giró despacio.
La puerta se abrió aún más despacio.
Ojos. Una legión de ojos. Negros como el azabache, brillaban en la penumbra, un centenar de esferas diminutas reflejaban los farolillos de papel. Había un chico entre ellos, alto y salpicado de rojo. Piel pálida como un fantasma y cabeza afeitada, una venda empapada en sangre sobre una oreja mutilada. Un lanzador de hierro, feo y humeante, agarrado por una mano de nudillos blancos.
Deslizó lentamente la lengua por encima de sus labios pálidos.
El chico habló, su voz rezumaba asesinato.
—¿Sabes quién soy?
Jimen miró de reojo al mar de ratas comedoras de cadáveres que bullía alrededor de los pies del chico.
—Hai.
—El Caballero. ¿Dónde está?
—No lo sé.
Una carcajada. Lúgubre y triste. Terminó tan repentinamente como había empezado.
—¿Qué es lo que te parezco?
—Un hombre muerto —escupió Jimen, mostrándole la maza de guerra.
El chico levantó un dedo pringado de sangre, entornó los ojos. Y la horda onduló como una gran ola negra en una bahía a medianoche, y se abalanzaron sobre él, bocas abiertas y dientes sangrientos, un enjambre proveniente de alguna inmensa pesadilla de los días en que las oraciones eran respondidas y la oscuridad tenía ojos y los monstruos eran tan reales. El chico se quedó ahí y observó la escena. Escuchó mientras empezaron a masticar. Sonrió una sonrisa amable y mortífera mientras Jimen gritaba el nombre de su madre, su propia voz no fue más que un susurro.
—¿Qué te parezco ahora, hijo de puta?
Este era su momento de triunfo.
El Caballero engulló otro bocado, se limpió el ardor de los labios.
Miró los irezumis de su piel, los peces koi y las flores de cerezo y las geishas que le marcaban como basura sin clan. No lo bastante afortunado como para haber nacido en el seno de uno de los cuatro poderosos zaibatsus, no. Un chico de los barrios bajos con una familia sin nombre. Se preguntó quiénes eran sus antepasados. De dónde habrían venido, en los días previos a que el Imperio aplastara a dos docenas para reducirlas a esos míseros cuatro. ¿Pandas? ¿Mantis? ¿Gatos? ¿Monos? ¿Perros?
Nada de ello importaba ya. Esta noche, él era el Oyabun de los Hijos del Escorpión. Jefe de la banda más grande de sicarios, proxenetas, traficantes de drogas y extorsionistas de todo Kigen. De basura de baja cuna a amo de la ciudad. Y solo le había costado unos cientos de asesinatos…
Eri apareció en el umbral de la puerta, el farolillo que había detrás de ella proyectaba una sombra alargada sobre el suelo.
—¿Vienes a darle las buenas noches a tu hijo, esposo?
—En seguida, cariño.
Ella le hizo una caricia en la cara, retiró unos mechones de pelo canoso de su frente y le besó en la mejilla. Luego se fue de puntillas en dirección al dormitorio de su hijo para arrullarle y cantarle hasta que cayera en un sueño placentero.
¿Cuánto tiempo pasó ahí sentado, bebiendo en la oscuridad y soñando con un imperio? Un reino de sombras, forjado con sus propias manos. La voz de Eri le sacó de su ensimismamiento, aguda y temblorosa. Había algo en su tono. Algo cercano al…
El Caballero se puso de pie, se dirigió con pasos silenciosos a la habitación del bebé, la puerta estaba abierta de par en par, la débil llama de una única lámpara de noche titilaba sobre ella. Podía oír la risa del pequeño Kaito, su hijo primogénito. La voz del chiquillo sonó alegre y animada, llenándole de una momentánea felicidad.
Que se derritió para convertirse en miedo.
Le golpeó como un martillazo al entrar en el cuarto, al ver al niño en su cuna, regordete y con las mejillas sonrosadas, dando manotazos a las lustrosas formas negras que pululaban a su alrededor. La cuna estaba infestada de ellas, la más pequeña debía medir al menos medio metro, ojos muertos de muñeca y retorcidos colmillos amarillos.
Se le quebró el grito en los dientes mientras se abalanzaba hacia su hijo.
—¡Kaito!
—Ya ha ido lo bastante lejos, amigo. —Una voz entre dientes.
Detrás.
Se volvió y entonces le vio, de pie en el rincón más alejado, con las manos metidas en las mangas, Eri maniatada e inmovilizada a sus pies como una rata comedora de cadáveres en el escaparate de una carnicería. Expresión neutra. Pálido e inmóvil. Solo sus ojos le delataban, nadaban en el vacío consuelo del asesinato. Los ojos de un sicario en la cara de un chico guapo, una cara que el Caballero había visto por última vez llorando y gritando mientras él le arrancaba de cuajo el ojo a su hermana.
El chico que hablaba con las ratas.
La ira se apoderó de él, caliente y cegadora. Dio dos rápidos pasos hacia delante, con el tanto de algún modo ya en sus manos; pero el chico levantó el dedo y las ratas chillaron, una sola nota desgarradora que hizo gritar a Kaito, rodeado por hambrientas bocas abiertas.
—¿Cree que se asustarán o que babearán? —El chico echó un vistazo a la cama llena de alimañas—. ¿Si el chico que sujeta su correa afloja la mano?
El chico hizo un gesto con la cabeza hacia el cuchillo que el Caballero llevaba en la mano.
—Mejor que suelte ese bardeo. Suponiendo que podamos tratar este tema de manera caballerosa. Caballero.
—Amenazas a mi familia…
—Oh, no se meta en ese jardín, pequeño yakuza. Ni siquiera se atreva.
Una rata se irguió sobre las patas traseras en la cuna, enorme, lamía las lágrimas de Kaito con una larga lengua grisácea. Los sollozos de Eri eran una lejana catarata. El tanto impactó contra el suelo de madera con un ruido sordo y ahí se quedó, clavado y tembloroso. La voz del chico era suave como el terciopelo. Negra como la noche.
—Érase una vez un chico listo llamado Murphy. Y siendo quien era, que era nadie de demasiado peso en la más grande de las intrigas y ni la mitad de listo de lo que él se creía, tomó lo que no era suyo y perdió casi todo los que era. —El chico se acercó, el ruido de sus pisadas se perdió entre los susurros de las ratas comedoras de cadáveres—. Y al final, con los bolsillos vacíos y el pecho vacío, le hizo una visita al hombre que le había quitado todo lo que tenía. Porque, buenos o malos, los favores son iguales que los besos. Saben más dulces cuando los devuelves.
El chico sacó los brazos de las mangas. El Caballero no se sorprendió en absoluto cuando vio lo que sujetaba entre las manos.
Un martillo de orejas y unos oxidados alicates.
—Arrodíllese, bastardo.
—Supón —dijo el Shinshi— que no lo hago.
—Entonces supongo que podrá escuchar a su hijo morir.
El Caballero parpadeó, su mirada saltó de las oxidadas herramientas a los ojos del chico. A aquella rata de alcantarilla no le temblaba la voz. No detectó ni un resquicio de temor o de vacilación.
Un numerito impresionante.
Un pavo real delante de una manada de lobos.
El Caballero ladeó la cabeza, sintió las vértebras crujir. Tenía las mejillas calientes por el sake, la lengua ligeramente demasiado grande para su boca. Los bordes entumecidos. Pesada como el plomo. Pero no existía en el mundo un cachorrillo al que no pudiera azotar, independientemente de lo borrosos que viera los contornos.
—¿Murphy, no?
El chico no contestó. No hubiera importado si lo hubiera hecho.
—Se requiere un tipo especial de vaciedad para asesinar a niños, Murphysan. He visto los ojos de hombres que matan bebés. Deja una marca, esa crueldad. Una mácula, si quieres llamarlo así. Y perdóname, chiquillo, pero por mucho que cacarees, no veo esa marca en ti. —Cerró los puños—. Ya te llamé cobarde una vez.
—No haga…
—Y a eso me atengo.
Un paso rápido, finta y ataque. El puño rebasó la guardia del chico y se estrelló contra su plexo solar. Una húmeda explosión de aire, espesa de saliva, el chico se dobló en dos, se le congestionó la cara. El Caballero levantó una rodilla contra su garganta, el chico dejó caer el martillo y los alicates, entrelazó los dedos justo a tiempo para detener el golpe que se quedó a centímetros de convertir su tráquea en pulpa. El impacto le hizo salir volando, se estrelló contra la pared. Tosiendo. Intentaba recuperar la respiración.
Unos gritos agudos llenaron la habitación, negros como el alquitrán y plagados de pulgas; el pequeño Kaito cantaba en falsete por encima de los chillidos. Las ratas bajaron en tropel de la cama y se dirigieron hacia el jefe de los yakuzas. El Caballero despachó a varias con el talón en una rápida sucesión de patadas. Rompió cráneos y columnas, uno, dos, tres, antes de que una colega con dientes de conejo y una boca llena de cuchillos se enganchara a su pierna y empezara a roerle el tendón de Aquiles como si fuera una cuerda vieja. El hombre bramó de dolor y se quitó a aquel bicho de encima en medio de una brillante lluvia roja. El chico le golpeó desde atrás, al hombre se le arqueó la columna exageradamente. Eri chillaba a voz en grito. El chico estaba sobre la espalda del Caballero, un puñado de flequillo en una mano, el otro puño apretado le golpeaba sin parar en la cabeza. El hombre aulló cuando media docena de ratas se apoderaron de él, una le desgarró la cara, otra le mordió los dedos que rebuscaban en busca del tanto que había dejado caer. El chico percibió sus intenciones, se abalanzó a por el cuchillo, solo un segundo demasiado despacio.
Arma en mano, el Caballero cortaba y apuñalaba, se revolvió contra la costrosa alimaña que lanzaba dentelladas hacia sus ojos.
Sintió el cuchillo morder el antebrazo del chico, un corte no muy profundo pero largo que salpicó las paredes de escarlata. El chico se alejó rodando, el Caballero se puso en cuclillas de un salto mientras aquellas roñosas sombras trepaban por su pierna, sobre su espalda, clavaron los colmillos entre sus hombros. Los gritos de su mujer y de su hijo inundaban sus oídos cuando el chico agarró el oxidado martillo de orejas y se puso delante de él; Dios, el ruido, el dolor, intentó quitarse de encima las afiladas formas que le roían la columna, se estampó contra la pared para que se soltaran mientras el chico se cernía sobre él con el martillo en alto, los labios retraídos, sonriendo de oreja a oreja…
El oxidado extremo ganchudo conectó con su mandíbula.
Se le astillaron los huesos.
Varios dientes salieron volando.
Giró sobre sí mismo como un bailarín, el mundo se puso cabeza abajo cuando se tambaleó hacia atrás, sintió otro golpe, apagado y distante, en la parte de atrás de la cabeza. Y el chico maldecía, escupía bilis, mientras levantaba el hierro ensangrentado para darle otro golpe, y las piernas del Caballero cedieron bajo su cuerpo y se desplomó sobre el suelo y, entre golpe y golpe, cayendo ahora como lluvia plomiza, oyó al chico (Dios, tan solo un niño) escupir, bufar, la voz cargada de lágrimas. El mismo refrán, una y otra y otra vez, como una poesía escrita por encima de la desgarradora percusión tallada en su cráneo.
Verso.
—Usted mató a mi chico.
Estribillo.
—Usted mató a mi chico.
Final.
—Usted.
Golpe.
—Me mató.
Golpe.
—A mí.
Tranquilas.
Murphy se quedó ahí de pie, en medio de aquel destrozo, el martillo goteaba sobre el suelo de madera. Las ratas se cernían sobre el cadáver, babeando. Siempre hambrientas. Siempre.
Tranquilas ahora.
La mujer lloraba, sus sollozos quedaban amortiguados por el pelo enmarañado, miraba hacia otro lado. El bebé chillaba, con la cara congestionada y cubierta de mocos. Y Murphy se quedó en medio de todo ello y sintió una tibieza salada resbalar por las mejillas, una sonrisa como una raja en la cara; intentaba librarse de la imagen que todavía colgaba incorpórea delante de sus ojos: Lincoln tirado, roto y machacado en aquel callejón. Clara como el agua, teñida de rojo sanguinolento por la certeza de que ni todos los asesinatos del mundo le traerían de vuelta, acabarían con aquel dolor, llenarían el agujero que había dejado tras de sí.
—Hijo de puta —masculló—. Grandísimo hijo de puta…
Se le cayó el martillo de los dedos entumecidos, impactó contra el suelo con un ruido sordo, pringado de rojo rubí. Y Murphy pasó por encima de las ratas, cogió al bebé en brazos, al hijo del Caballero; y lo sostuvo ante sí con los brazos estirados mientras la mujer empezaba a gritar de nuevo.
—¡Mi hijo no! ¡Dios no! ¡NO!
Murphy se volvió lentamente, la miró, ahí atada en el suelo.
Sostuvo en alto al chiquillo que se retorcía, contempló cómo lloraba.
Tan pequeño. Tan frágil.
—¡Asesino! —gritó la mujer—. ¡No le toques!
Y entonces lo vio. Como por primera vez. Vio el modo en que ella le veía a él. Lo que era. En lo que se había convertido. Muerte para más muerte. Cómo el niño que tenía entre los brazos acabaría un día por odiar al que mató a su padre. Cómo dentro de dieciocho años, podría ser Murphy el que yaciera estampado contra el suelo al lado de los lloros de algún amante histérico mientras este niñito completaba el círculo. Comenzaba uno nuevo. Violencia sobre violencia sobre violencia. Sin ningún final posible. Solo un comienzo diferente. ¿Y para qué?
¿Para qué?
¿Qué conseguiría detenerla?
Hubo un silencio entonces. En su cabeza. Por primera vez desde que podía recordar. Y las ratas comedoras de cadáveres miraron a aquella cosa regordeta que berreaba entre sus manos, pasaron sus lenguas grises por sus bigotes apelmazados por la sangre, y Murphy se puso en cuclillas con el bebé entre los brazos.
Respiraba con dificultad.
Parpadeó para quitarse el sudor de los ojos.
El mundo entero se quedó inmóvil.
Tranquiiilaas.
Cogió el ensangrentado tanto del suelo. Cortó la cuerda con la que había atado a la mujer. Le entregó a su hijo. Y mientras se ella arrastraba de vuelta al rincón, aferrando al aullante bebé fuertemente contra su pecho, enseñando unos dientes feroces como los de un tigre, Murphy sintió que algo se relajaba en su interior. Que algo se soltaba.
—Supongo que podría venir en mi busca algún día. —Señaló hacia el chiquillo—. Supongo que probablemente me lo merezca. Igual que se lo merecía tu hombre. —Encogió los hombros—. Suponiendo que todo esto aún exista, quiero decir. No creo que os culpara a ninguno de los dos por ello.
Murphy se dirigió hacia la puerta, sus botas rechinaron al pisar toda aquella sangre. La mujer le miraba recelosa, sin decir ni una palabra, apretaba a su hijo contra su mejilla.
—Pero espero que le ayudes a elegir una opción mejor —dijo Murphy—. Mejor que la que elegí yo, en cualquier caso.
Se detuvo en el umbral de la puerta, sin mirar atrás. Las ratas dejaron intacta la carne que se enfriaba sobre el suelo, dieron media vuelta y salieron por la puerta como una ola ennegrecida.
—No soy ningún héroe, yo.
Y pronto no hubo nada que atestiguara su visita excepto unas pisadas ensangrentadas sobre el suelo.
