28

SÍMBOLO

Gustus dio un golpe en el peto con su enorme puño, movió los hombros exageradamente para comprobar cómo le quedaba. Un fornido herrero Kitsune le observaba, con la cara escondida tras un respirador de latón sucio. Las forjas del interior del Palacio de las Cinco Flores habían estado funcionando las veinticuatro horas del día desde que se enteraron de que los gaijins habían desembarcado en Kawa, y el maestro herrero y su docena de aprendices estaban hasta el cuello de trabajo.

—Me queda bien —asintió Gustus, golpeando el hierro otra vez—. Buen trabajo.

—Viniendo de un Fénix, me tomo eso como un gran cumplido. —El herrero hizo una profunda reverencia—. Pero con su perdón, tengo unos mil más para hacer…

El hombre volvió a internarse cansinamente entre el vapor y el humo del carbón, ladrando órdenes a los tres aprendices encargados del horno de fundición. Gustus probó a moverse en todas direcciones, desacostumbrado al peso. Se alejó cojeando de la herrería, apoyándose en su maza de guerra tachonada. Echó un vistazo al patio embarrado: samuráis que gritaban órdenes, bushimen que realizaban ejercicios de entrenamiento, chicos que trasladaban armas. Martillos y yunques, el siseo del acero caliente, templado en grasienta agua de río. La voz de Raven se oyó por encima de todo ello.

—¡Gustus!

El hombretón se giró, vio a la chica que se abría camino a empellones entre la multitud. El pelo recogido en una larga trenza, un daishō de sierra amarrado a la espalda, un centenar de guerreros hambrientos la observaron al pasar.

—¡Gustus! —Le agarró del brazo, sin aliento.

—¿Qué pasa? ¿Algo va mal?

—Es Echo.

—¿Qué pasa con ella?

—Se ha ido.

—¿Que se ha ido? —Un miedo susurrante le recorrió las entrañas—. ¿A dónde se ha ido?

—Ella y Kaiah se fueron volando esta mañana temprano. Un guardia dijo que iban hacia el este

—¿Al este? —El susurró se convirtió en un grito, frío como los vientos de invierno—. ¿Hacia los gaijins?

Raven asintió.

—Y se llevó a Piotr con ella.

A Kaiah la habían bautizado con el nombre de las nubes, pero en realidad, volaba como el viento. Echo estaba acurrucada contra su columna, con la cara envuelta en múltiples bufandas, tres capas bien ceñidas alrededor del cuerpo. El frío gélido y rugiente mordisqueaba cualquier resquicio de piel descubierta hasta dejarla en carne viva en unos segundos; la chica dio gracias al Dios Izanagi por los anteojos que protegían su cara, sin ellos estaba segura de que su único ojo se habría convertido hace tiempo en un cubito de hielo. Piotr estaba refugiado detrás de su espalda, haciendo todo lo posible por no tocarla, aferrado a los cuartos traseros del tigre del trueno con los muslos. De vez en cuando, Kaiah se escoraba hacia un lado o bajaba en picado, y Piotr se veía obligado a agarrarse a Echo para no perder el equilibrio, deshaciéndose en disculpas en su shimano chapurreado. Entonces Echo sonreía ante las risas de Kaiah dentro de su cabeza.

No deberías hacerle rabiar.

¿POR QUÉ NO?…

Obviamente está aterrorizado de tocarme.

CREO QUE MÁS LE VALDRÍA TENER MIEDO DE VOLVER CON LA GENTE A LA QUE TRAICIONÓ …

—¿No te castigarán los gaijins por abandonarlos en la granja de relámpagos? —Echo habló gritando para que pudiera oírla a pesar del intenso viento—. ¿No estarán enfadados contigo?

—Yo prometo. —Piotr tiritaba, le castañeteaban los dientes—. Promesa de sangre. Encuentro a su amada. Le traigo palabra. Takeo.

—¿El Hombre del Gremio que te salvó la vida?

—Da. En Morcheba, prometiendo es la cosa más importante. Promesa de sangre la más de todo. Es lo que mantiene unidos a muchos. Como negro entre ladrillos, ¿da? Es palabra. Ellos saben. Mi palabra. Debe ser para manteniendo. Debe ser para verdad o si no para el nada. Sangre es sangre.

Por todos los dioses. Solo consigo entender una de cada dos palabras que dice…

¿Y ÉL VA A TRADUCIR LO QUE DICES? …

Esperemos.

RECEMOS…

Echo empujó una sonrisa hacia la mente de la tigresa del trueno, sintió el calor que esta irradiaba de vuelta. Apoyó la mejilla sobre las lustrosas plumas del cuello de la arashitora, observó los suaves movimientos de sus alas por el rabillo del ojo. Una secuencia perfecta, precisa y preciosa; una poesía de pluma y hueso y carne.

Me alegro de que estés conmigo, Kaiah. De verdad que me alegro mucho de que estés aquí.

La aullante canción de la tormenta llenó la plomiza pausa.

Aunque parte de mí cree que deberías estar con Lexa y…

NO PRONUNCIES SU NOMBRE …

Un brote de agresividad en la mente de la arashitora, convirtió la calidez en un calor ardiente.

Sé que tenéis vuestras diferencias. Pero sabes que está intentando hacer lo correcto, ¿verdad? Él y Lexa están intentando hacer lo que creen que es lo mejor.

LO PERDÍ TODO POR SU CULPA. A MI PAREJA. A MIS HIJOS …

Sé lo que es perder a alguien. Sé lo que se siente al odiar. Pero todos pueden cambiar. Crecer. Mira yo. Donde estaba hace tres meses. Donde estoy ahora.

TÚ NO TE PARECES EN NADA AL TRAIDOR …

Más de lo que crees. Aquí todo el mundo quiere la misma cosa. Los rebeldes. Los Kagés. Tú. Yo. Lexa. Buruu. Dios, incluso los gaijins. Simplemente queremos un momento de paz. Un lugar en el que ser felices. Una vida normal y corriente. Entonces, ¿por qué demonios estamos luchando los unos contra los otros?

LAS COSAS DE LAS QUE HABLAS. PAZ. FELICES. ¿A CUÁNTAS PERSONAS CONOCES QUE LAS TENGAN DE VERDAD? ¿CUÁNTAS QUE NO HAYAN SIDO TOCADAS POR EL DOLOR O LA MUERTE? …

Echo pensó en su madre desplomada sobre el suelo. Cristal roto, cubierto de sangre, cuando los mazazos se convirtieron en puñaladas. En su hermano abalanzándose hacia el cuello de su Padre, con el asesinato escrito en los ojos. Todavía podía oír el ruido de sus propios gritos.

FAMILIA. AMOR. NO SON COSAS NORMALES Y CORRIENTES. NO EN ESTE MUNDO. ESPECIALES. MERECE LA PENA LUCHAR POR ELLAS. Y ESO HACEMOS …

Y al hacerlo, nos aseguramos de que nadie las tenga. Todo el mundo pierde excepto el hombre que vende material funerario.

O LUCHAMOS O NOS QUEDAMOS MIRANDO MIENTRAS NOS QUITAN TODO. TÚ LO SABES. VIVÍAS CON LA ESCORIA. HAS PELEADO POR CADA MENDRUGO. TE QUITARON A TU MADRE, PERO AUN ASÍ, SIGUES AQUÍ. TE QUITARON EL OJO, PERO AUN ASÍ, VES …

Echo volvió la vista hacia el horizonte. La tormenta que se acumulaba entre el final de la tierra y el cielo. El ejército Tora que en esos mismos momentos debía de estar acercándose demoledor.

Desearía que pudiera ser de otro modo. Que no tuviéramos que luchar. Doler. Matar.

SABES QUE DEBÉIS HACERLO …

Un suspiro.

Sí. Lo sé.

Las nubes se abrieron y, allá abajo, los vio. Una larga fila serpenteante que marchaba hacia el este, cerca de diez mil en total, embutidos en hierro, empapados y miserables bajo la llovizna negra. La gente de su madre. La sangre de sus venas. Tocó el amuleto que llevaba colgado al cuello, intentando hacer acopio de valor, detener a las mariposas que revoloteaban por su estómago.

ESTOY CONTIGO …

Eso también lo sé.

¿ESTÁS PREPARADA?…

Un gesto afirmativo.

Estoy preparada.

ENTONCES, COMENZAMOS …

Aleksandar estaba con otro oficial, hundidos en barro negro hasta las espinillas, contándose las penas mutuamente, cuando el grito recorrió sus filas. El Kapitán alzó la vista, puso una mano a modo de visera para proteger de la lluvia negra sus ojos inyectados en sangre, maldijo aquella tormenta y ese país dejado de la mano de Dios por enésima vez en el día. Al menos el diez por ciento de sus efectivos habían causado baja envenenados por la lluvia, otro veinte por ciento caminaban heridos, con los ojos y la lengua hinchados, la piel descamada. Había propuesto que acamparan en la capital del clan Dragón hasta que el invierno llegara en toda su crudeza y esa maldita lluvia se convirtiera en nieve, pero el Mariscal Ostrovska no había querido oír nada del tema. Los Kitsunes estaban al este y la venganza no esperaría. Las Zryachniyes habían estado de acuerdo, sus ojos refulgían con fuerza y toda discusión cesó abruptamente. Siguieron vadeando penosamente a través de aquel veneno durante días, metidos en mugre hasta la espinilla, hasta que las lluvias se volvieron tan intensas que se vieron obligados a detenerse, tratando de resguardarse bajo lonas impermeables hasta que la tormenta se agotara.

¿Por qué demonios están gritando? ¿Qué pasa?

Más hombres chillaban, señalaban hacia algún lugar. Aleksandar siguió la dirección de sus miradas, se le cortó la respiración al detectar a la silueta que se cernía sobre ellos. Aunque no se había visto uno de su especie en su tierra natal desde hacía décadas, aunque era blanco como la nieve y no negro como el símbolo de Casa Ostrovska, reconoció la forma al instante.

Un grifón.

Una envergadura de alas de seis metros, pálido como las nieves profundas de su hogar, pelaje rasgado por largas rayas de un negro aterciopelado. Ojos brillantes como el ámbar de la lumbre. Rugía mientras volaba en círculo por encima de sus cabezas, inclinó un ala para dejar ver a los jinetes que iban montados sobre su lomo y la bandera blanca que agitaban en el viento tóxico.

Jinetes.

Los hombres salían de las tiendas de campaña, guiñando los ojos contra la lluvia. Los arqueros corrieron en busca de sus arcos, los artilleros de los cañones de relámpagos pusieron en marcha los generadores a pesar de que las armas serían inútiles contra un enemigo sin suelo bajo los pies. Aporreaban sus escudos con martillos, la voz de alarma se extendió por todo el campamento. Y la bestia siguió volando en círculo, justo fuera del alcance de los arcos; sus diminutos jinetes agitaban el trozo de tela blanca adelante y atrás, una propuesta que cualquier guerrero comprendería.

Parlamento. Paz.

Pero esto era la guerra. Contra una nación de traficantes de esclavos y asesinos. ¿Podían confiar en ellos? Aleksandar oyó cómo arrancaban los motores de los rotorcópteros, el Mayor claramente impaciente por arrancar a esa bestia de los cielos.

¡Menudo trofeo! ¡Menuda fuerza le aportaría al que vistiera su piel!

Mucha más que una mera piel de lobo, incluso la piel del macho alfa del Bosque Negro…

Oyó unas pisadas embarradas, chapoteando entre el espeso lodo, se giró hacia la escuálida chica que esprintaba hacia él. Se detuvo ante Aleksandar, saludó marcialmente; en las palmas de las manos tenía unos ojos pintados, los de la chica estaban tan inyectados en sangre a causa de la lluvia que eran casi rojos del todo.

—Kapitán —resolló la chica—. Órdenes de las Zryachniyes.

Aleksandar posó los ojos un instante en la tienda de mando.

—Habla.

—Madre Nastassja dice que debemos dejarla aterrizar.

—¿Dejar… la?

La chica hizo una seña hacia el grifón que volaba en círculo allá en lo alto.

—La Madre dice que debe llevar a la chica ante ella cuanto antes. Que cuando usted la vea, lo entenderá. Debe ser usted. Solo usted.

Aleksandar suspiró, se pasó una mano por la larga barba que cubría sus mejillas cuarteadas. Observó a la bestia que volaba dibujando una amplia espiral en lo alto, un murmullo de miedo le atenazó el estómago. Y al final, tras dar órdenes a cada comandante de columna de que sus hombres no debían atacar al grifón, independientemente del trofeo que supondría su piel, se puso a buscar una bandera blanca que agitar.

—Kapitán —susurró Piotr—. Líder. Soldado líder.

Echo estaba sentada sobre Kaiah, guarecida bajo un chubasquero, el ojo escondido tras cristal polarizado; observaba al hombre que se aproximaba a través de la tierra embarrada. Habían aterrizado lejos de la línea gaijin, Kaiah lista para volver a despegar si hubiera problemas. La arashitora gruñó a medida que el gaijin se acercaba trabajosamente a ellos.

—¿Podemos hablar con él? —preguntó Echo por encima del hombro.

—Yo haré para el hablar.

Piotr hizo un ruido sordo por el esfuerzo de pasar su pierna mala por encima del lomo de Kaiah y deslizarse por su costado hasta el suelo embarrado. Cojeó unos diez metros más y realizó algún tipo de saludo: puño al pecho y luego al aire.

El Kapitán le devolvió el gesto.

Echo guiñó el ojo detrás de sus gafas y estudió al hombre de arriba abajo. Treintaipocos años, pelo rubio y largo, cubierto de mugre y sangre vieja. Llevaba un enorme martillo de guerra conectado a algún tipo de generador colgado de su espalda, un chubasquero envuelto sobre una piel de animal negra como la noche, un lobo o un oso que debió ser tan grande como Kaiah cuando estaba vivo. Había algo en su manera de andar, la forma de sus hombros. Algo en él le recordaba a Murphy. Cómo se movía.

Como un hombre nacido para ser un bailarín pero al que nunca le habían enseñado los pasos.

El Kapitán se detuvo a unos veinte metros de Piotr, retiró las varias vueltas de tela con las que había protegido su cara y a Echo casi le da un ataque al corazón. Dios, su cara. Mandíbula cuadrada, seguro, sucia y con una costrosa barba incipiente. Pero aun así, era una cara que se le aparecía en sueños, madre tirada en el suelo de la cocina, padre por encima de ella con una botella de sake en la mano, gritando.

—¡Mira lo que me quitaron! —Se le puso la cara morada, la piel tirante y enrojecida—. ¡Míralo! ¡Y todo lo que tengo como recompensa eres tú!

—Eres un cerdo. —Las palabras de Madre cayeron balbuceantes de su mandíbula rota—. Cerdo borracho, negrero. ¿Sabes quién soy? ¿Tienes ni la más remota idea de lo que yo era?

Echo se llevó los dedos a los labios. Temblaba.

Madre…

Los gaijins empezaron a hablar en ese idioma tan extraño, espeso y áspero como la nieve de invierno. Una fría ráfaga de viento se coló en la piel del Kapitán, la hizo ondear lejos de su pecho, dejando al descubierto el emblema repujado sobre su peto de hierro. Y Echo bajó resbalando de lomos de Kaiah, la bestia rugió una advertencia mientras ella se hundía hasta los tobillos en el barro y echaba a correr, trompicándose y trastabillándose, gritando el nombre de Piotr. Los hombres se volvieron hacia ella mientras intentaba desesperadamente alcanzar la correa de cuero que colgaba de su cuello y soltar el enganche, a la vez que se arrancaba las bufandas que le tapaban la cara. Y a medida que se acercaba tambaleándose, lo levantó, el amuleto que su madre le había dado en su décimo cumpleaños, el pequeño ciervo dorado con sus tres cuernos en forma de medialuna. El mismo símbolo que decoraba el peto del gaijin. Aleksandar la miró, sus ojos color zafiro se abrieron de par en par cuando Echo se retiró las bufandas de la cabeza y la enmarañada melena rubia cayó sobre sus hombros. Su mirada saltó del amuleto a su cara, se puso pálido como la luz de las estrellas del pasado al arrancar el medallón de manos de Echo; la ira hizo que su voz sonara dura y fría.

—¿De dónde has sacado esto? —Hablaba un perfecto shimano, su acento arrastraba las palabras hacia el suelo—. ¿De dónde has sacado esto?

Cogió a Echo por los hombros. El rugido de Kaiah resonó por toda la miserable llanura, desplegó las alas y se abalanzó a por ellos a través del barro como una apisonadora. Pero los ojos del hombre estaban fijos en Echo, insensible a la muerte que se acercaba sobre crepitantes alas plateadas, insensible a los gritos de advertencia de los hombres a su espalda, el gemido de los motores, el estrépito del acero contra el acero.

—¿Dónde? —gritó.

—Mi madre —contestó Echo, haciendo una mueca bajo sus manos de hierro—. Me lo dio mi madre.

El Kapitán tenía el aspecto de alguien a quien acaban de sacarle las tripas.

—… ¿Tu madre?

—Anya. —Echo se bajó los anteojos, dejando al descubierto su ojo refulgente—. Su nombre era Anya.

Duró un instante más. La incredulidad. La ira. El hombre levantó una mano hacia la cara de Echo: esa cara pícara y angulosa con su ojo demasiado redondo y los altos pómulos tan parecidos a los suyos. Y justo cuando llegaba Kaiah envuelta en una lluvia de barro y viento, rugiendo como si el cielo se estuviera cayendo, Aleksandar abrazó a Echo, le besó la frente, las mejillas, y la apretó tan fuerte que ella pensó que iba a romperse. Y empezó a reírse, reía incluso cuando las lágrimas empezaron a resbalar como un río por su cara, mientras la tormenta tronaba y rugía; se dejó caer de rodillas en el barro, arrastrándola con él, y la meció adelante y atrás como había hecho su madre cuando era una chiquilla y todo el dolor y la oscuridad en el mundo podía desaparecer simplemente con el sonido de su voz.

—Te he encontrado —susurró el gaijin—. Mi sangre. —Echo le abrazó también, cerró el ojo, perdida en el sonido de su voz—. Alabada sea la Diosa, te he encontrado…