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DE NUEVO
Impacto.
Lexa lo sintió en la cabeza, en el pecho, comprimió su columna y la lanzó hacia atrás contra las rocas. Los cielos atronadores escupían lluvia tan dura y afilada como los clavos de los tejados, de una negrura insondable en el espacio que quedaba entre rayo y rayo, brillante como el sol cuando los relámpagos mordían el cielo. Un paisaje invertido que cambiaba constantemente mientras el Dios de las Tormentas y sus hijos cantaban su himno en los cielos.
Estaba de pie sobre un saliente de piedra, roca caliente bajo los pies, el hedor a azufre llenaba sus pulmones. Frío desgarrador.
Vientos aullantes. El pelo pegado sobre su piel como seda negra, ojos vueltos hacia la tempestad, el corazón en un puño. Observaba a dos titanes pelear.
Buruu destacaba como una estrella contra la oscuridad, el metal iridiscente lanzaba destellos cuando los relámpagos crepitaban entre las nubes. Lexa podía sentir la ira en el interior de su amigo, la fuerza de voluntad, el hierro y la sangre cantaban aquí, en su tierra natal. Podía sentir a su manada, observaban la contienda con temor, con esperanza, el pulso de negros y blancos entremezclado con el enorme calor que emanaba de los reptiles que dormitaban bajo las olas, tan ancestrales y terroríficos que se le paraba el corazón cada vez que ella…
No.
No mires ahí.
En vez de eso, se concentró en el oponente de Buruu. Más grande. Más fuerte. Sus ojos ardían como llamas verdes. Tan negro que parecía engullir la luz a su alrededor, solo una sombra contra el fondo de una noche aún más profunda. Lexa podía sentir el orgullo en su interior, la macabra gracia que le hacía que este principito hubiese regresado al fin para retarlo. Esta sombra de tigre del trueno con débiles alas de metal, que había caído tan bajo como para dejar que un niñomono lo montara.
Un esclavo que quería ser Khan.
Ambos volaron en círculo, buscando una cierta altitud, arremetiendo contra su contrincante cada vez que se acercaba demasiado. El mecanismo de las alas de Buruu chirriaba y protestaba, una pluma de lona se soltó y cayó planeando por el aire, cayó hasta el océano salpicado de sangre, y en un santiamén quedó hecha trizas por los dragones marinos arremolinados bajo la superficie. Eran una multitud, ya histéricos, esperaban la sangre de la realeza con sonrisas de sierra. Torr golpeó un ala contra otra, provocó una estrofa de Canción Raijin: un estruendo sónico que desgarró los cielos y empujó a Buruu hacia un lado como si fuera una cometa de papel. El ruido era tan atronador que Lexa tuvo que taparse los oídos, Buruu se dejó caer como una piedra para huir del violento ataque de Torr. El negro voló en espiral y cayó en picado tras él, lanzando tarascadas a la cola de Buruu, mientras el aire temblaba bajo las alas de ambos. El tamaño del Khan le hacía más pesado, menos maniobrable, pero las alas metálicas de Buruu estaban empezando a ceder bajo tanta presión, los meses de abuso constante. Torr se acercó, con las garras desplegadas. El miedo floreció en el estómago de Lexa.
Se estiró en el Kenning, tocó la mente del Khan, un ligero toquecito para decirle que izquierda era derecha y arriba era abajo.
Buruu remontó el vuelo y se alejó mientras el negro se replegaba sobre sí mismo, sacudía la cabeza y parpadeaba sin parar. Los centelleantes ojos verdes volvieron a enfocarse, detectaron a su presa, y Torr gruñó y volvió a ascender en espiral hacia los cielos.
¿QUÉ ESTÁS HACIENDO?
Ayudarte, ¿qué demonios parece que estoy haciendo?
ESTA ES MI PELEA. DÉJALO EN PAZ.
No hay ni tú ni yo. Solo existe el nosotros.
DEBES DEJARME HACER ESTO.
Maldita sea, ¡no me quedaré aquí parada contemplando cómo te mata!
Buruu se escoró hacia un lado y bajó en picado, golpeando a Torr como una estrella fugaz. La pareja rugió y escupió, el retador abrió un tajo en el pecho del Khan que le llegaba hasta el hueso; la réplica de las patas traseras de Torr lanzó a Buruu hacia atrás, dando vueltas en espiral en medio de una lluvia de sangre y plumas. Se apartaron el uno del otro, batiendo el aire con las alas, ambos en busca de la preciada ventaja de la altitud. Viento aullante.
Relámpagos cegadores. Raijin aporreaba sus tambores y hacía temblar la roca negra bajo los pies de Lexa.
SI NO PUEDO GANAR ESTO SOLO, ENTONCES NO MEREZCO GANAR EN ABSOLUTO.
¡No dejaré que te dejes matar por un orgullo estúpido!
NO ME RIJO POR EL ORGULLO. DEBES CONFIAR EN MÍ.
Buruu, yo…
CONFÍA EN MÍ.
Buruu plegó las alas contra los flancos, se lanzó en picado por los cielos y volvió a estrellarse contra el Khan. La pareja se convirtió en un torbellino que gruñía y bramaba, con las garras de las patas delanteras entrelazadas mientras daban patadas con las traseras, buscando con sus espolones como sables la tripa de su enemigo. Se ganaron bien merecidas heridas en ambos bandos, caía una lluvia escarlata a medida que ellos descendían, abajo y abajo y abajo, más y más cerca de las olas teñidas de sangre. Buruu tenía las alas pegadas a la tripa y los costados, utilizaba sus apéndices de metal como escudo y confiaba en que las alas de Torr frenarían su descenso. Saltaron chispas cuando el Khan rasgó el metal, sus garras hicieron un ruido agudo y chirriante sobre la creación de Clarke, una canción de navajas tocada sobre el dentado y renqueante mecanismo de relojería. Buruu se concentró otra vez en el pecho de Torr, logró hacerle más sangre, más cortes hasta el hueso.
Y aun así siguieron cayendo.
Lexa dio un grito de advertencia justo cuando los dos titanes rompieron por fin su abrazo mortal y remontaron el vuelo como flechas, alejándose de la superficie del océano, dejando a su paso plumas rotas, negras y blancas, y lona ensangrentada. Los dragones marinos sisearon su frustración mientras la pareja se ponía fuera de su alcance ascendiendo en espiral, removieron el agua hasta convertirla en chorros cegadores.
Torr rugió, su ira y sus burlas se extendieron por la tormenta.
¬DEBILUCHO. ESCONDIDO DETRÁS DE UNAS ALAS FALSAS¬
El negro voló en un gran círculo, su ira aumentó hasta la ebullición. Lexa podía sentir el dolor de sus patas, cortadas hasta sangrar sobre unas alas que se negaban a romperse. El Khan estaba confuso por el mecanismo que Buruu llevaba a la espalda y sobre las alas: lo que significaba, cómo funcionaba. Y aunque era tan ferozmente inteligente como lo había sido Buruu cuando ella lo conoció por primera vez, Torr no era consciente de lo que hacían los hombres ni lo que era el metal. No sabía lo que era una máquina, cómo vencerla. Todo lo que sabía es que las alas eran la mayor fuerza y la mayor debilidad de un arashitora, y el primero en perder una sería el primero en morir.
¬NO ERES NINGÚN KHAN, TÚ¬
Un rugido de frustración. Rabia. Ira.
¬TRAIDOR. ASESINO¬.
Lexa se estiró a través del vacío, susurró en la mente de Buruu.
Tus alas. No sabe lo que son.
LO SÉ.
Tienes que dejar de usarlas como escudos. Si se rompen, te caes.
CONFÍA EN MÍ.
Buruu, puedo matarle con un pensamiento. Podría estirarme hacia él ahora mismo y…
CONFÍA EN MÍ.
Los truenos escindieron los cielos, una batería de cañones retumbó por la columna de Lexa. Puños cerrados, la boca seca, mientras observaba cómo volaban en círculo. Torr rugió de nuevo, escupía insultos y odio hacia el Traidor. ¿Quién era él para retar? ¿La mascota de ese mono? ¿El hijo de una familia que se había vuelto loca? Si no hubiera sido por Torr, esa manada hubiera desaparecido. Si no hubiera sido por Torr, Tormenta Perpetua sería un cementerio sembrado de los huesos de los de su especie.
Y mientras todo eso ocurría, Buruu permaneció callado como una tumba. ¿Por qué gastar aliento en insultos? ¿Gastar fuerzas en bravatas? El humano que había en él, el humano que había en ella en él, comprendía; una inteligencia templada entremezclada con astucia animal, un profundísimo cambio provocado por el vínculo que los unía. Lexa lo había hecho más. Se habían hecho el uno al otro mucho más.
Torr era más mayor, más fuerte. Pero Buruu tenía la capacidad de razonar, de pensar en subterfugios, y por encima de todo, tenía paciencia. Y por un instante, Lexa se lo creyó. Que podía ganar.
Que triunfaría. Pero solo por un instante.
Una ráfaga de viento se metió bajo las alas del Khan, impulsándolo hacia arriba. Giró en redondo y se zambulló la distancia que los separaba, colisionando con Buruu como una bomba. Inmerso en su propia locura, concentró todos sus esfuerzos en las alas de metal que habían frustrado todos sus golpes y que ahora tenía atrapadas entre las garras. El Khan agarró un puñado del mecanismo que discurría por la columna de Buruu, retorció y desgarró, los delicados engranajes cayeron dando volteretas como nieve de latón entre las gotas de lluvia. Al sentir que se rompían, que quedaban hechas trizas por fin, por fin, el Khan rugió su victoria. Buruu se retorció y se contoneó en su arnés, dio coces con sus patas traseras, mientras ambos empezaron a caer otra vez de entre las nubes. Sangre y plumas de lona volaban a su alrededor.
Giraban.
Caían.
Las garras de Torr se clavaron en los hombros de Buruu.
Desgarró el arnés que sujetaba el artilugio a su espalda, arrancó un ala falsa por completo; el ala rota cayó dibujando una lamentable espiral mientras Lexa chillaba y el Khan bramaba en señal de triunfo. Un relámpago iluminó a la pareja, luz y sombra, que caía en espiral hacia las sanguinolentas olas. Se aferraban el uno al otro mientras la muerte estiraba los dedos para agarrar a ambos. Inseparables como amantes todo el camino hasta su tumba. Con un rugido desesperado y el agudo estrépito del metal al romperse, Buruu consiguió deshacerse del arnés, se retorció y agarró el flanco de Torr, sus garras encontraron lo que buscaban bajo las costillas del Khan. Y con una patada que le liberó del todo del arnés roto, las correas de cuero se rompieron, los tornillos se quebraron y cayeron al vacío centelleando en espiral, los espolones de Buruu abrieron al Khan en canal, desde el esternón hasta la ingle. Torr rugió, salpicado de sangre y desafiante, rompió el artilugio en mil pedazos, sus tripas se desenrollaron y se desplegaron como una estela tras él, mientras ambos caían. Rodando. Sangrando.
Chillando. El Khan impactó contra el agua, un chorro de brillante escarlata, frenética actividad espumosa, la danza de dientes como espadas relucientes. Lexa tenía los ojos muy abiertos, un grito congelado detrás de sus dientes apretados, mientras Buruu caía en picado hacia ese mismo frenesí, con las alas abiertas para ralentizar su descenso. Pero estaba demasiado lejos de las islas rotas para que pudiera ponerse a salvo, el agua entre medias repleta de ojos dorados y centelleantes colmillos traslúcidos. Incluso si conseguía planear…
Planear…
Estalló un relámpago, iluminó al tigre del trueno que remontaba el vuelo alejándose de aquella espuma en ebullición. Alas desplegadas. Unos débiles rayos eléctricos recorrían las puntas de sus plumas. No las plumas cortadas que habían quedado tras el paso de la espada de Wells. No las feas formas cuadradas que le habían dejado varado en las Islas Navaja, incapaz de nada excepto de un débil planeo tambaleante.
Plumas. Brillantes, nacaradas, enteras y perfectas y preciosas.
En su memoria, Lexa vio la pluma cortada que había sujetado entre las manos en el Palacio de las Cinco Flores mientras esperaba en la oscuridad a que su amigo regresara. Arrancada durante su enfrentamiento con Kaiah en el jardín del Daimyo.
No. Arrancada no…
Ambos volaban por encima de las Iishi, solo unos días después de que muriera su padre.
¿Cuánto queda para que mudes las plumas? le había preguntado.
NO TENDRÉ PLUMAS NUEVAS DURANTE MESES. NO HASTA QUE ME CREZCA EL PELAJE DE INVIERNO.
Sentados juntos bajo la lluvia al lado del foso trampa de los Kagés, sola en la naturaleza salvaje, esperando a que los cazadores fueran los cazados.
Padre dijo que mudarías las plumas. Como un pájaro. ¿Es verdad?
DOS VECES AL AÑO. VERANO E INVIERNO.
Verano.
Una sonrisa asomó a sus labios.
E invierno.
Había pasado desapercibido para ella. Enredada en miedos al Arrasador y a las hordas gaijins. Cegada por las nubes de tormenta que cubrían las Siete Islas, por sus propios traumas, no se había dado ni cuenta del rastro de plumas que había dejado desperdigado por los jardines. Sin decir ni una palabra. La astucia de un tigre. El orgullo de un águila.
Buruu rugió, el eco rebotó entre los truenos, las salvas de los relámpagos, brillantes como el día. Y Lexa levantó las manos en el aire y gritó, rio como una lunática mientras él volaba como una exhalación entre el diluvio, con las alas desplegadas en toda su gloria. Una belleza que ella casi había olvidado. Perdida hacía una eternidad sobre la Hija del Trueno bajo la hoja de la espada de su padre. Perdida otra vez en el apestoso agujero de mala muerte de la arena de Kigen, sajada por el orgullo de un demente. Pero aquí no había ningún hombre ni ninguna espada para tocarlo ahora. Solo el Dios de las Tormentas y sus hijos, bramando triunfantes a través de los cielos tempestuosos. Ensangrentadas y desgarradas, pero preciosas. Preciosas y enteras y perfectas, como habían sido la primera vez que lo vio, la primera vez que había tocado su mente, su voz tan ensordecedora como el estruendo de los truenos que retumbaban por los cielos a su alrededor.
¿QUIÉN ERES? había preguntado él.
Lexa, había respondido ella.
¿QUÉ ERES?
Y ella inundó su mente de calor, de amor, alivio y alegría y la euforia de la victoria. Todo iría bien ahora. Lo tenía muy claro. Tan claro como que se conocía a sí misma.
Eres precioso, Buruu. ¡Eres PRECIOSO!
Buruu se irguió sobre las patas traseras en medio de la tormenta, se volvió hacia la manada de Tormenta Perpetua, con los ojos en llamas. Y el cielo se llenó con su voz, tan fuerte como los tambores de Raijin, su eco resonaba en los espacios entre la lluvia y los retumbantes salones de sus corazones.
SOY DESCENDIENTE DE SKAA, HIJO DE KHAN, EXILIADO Y AHORA REGRESADO. SOY HIJO DE TORMENTA PERPETUA, Y RECLAMO SU TRONO ESTE DÍA, ANTE LOS OJOS DE PADRE RAIJIN, EN EL REINO DE SU PADRE, SUSANOŌ. YO SOY EL QUE UNA VEZ FUE ROAHH, LUEGO TRAIDOR, AHORA FORJADO DE NUEVO EN SANGRE Y TRUENOS. YO SOY EL KHAN.
Los truenos sacudieron los cielos, el bramido triunfal del hijo del Dios de las Tormentas.
YO.
SOY.
BURUU.
