30
Purificación
Final de la semana.
La lluvia tamborileaba sobre los tejados ondulados, un ritmo tartamudo que llenaba el destripado Barrio Industrial con el repicar de unos palillos huecos sobre tambores vacíos. Murphy caminaba por las callejuelas de la Zona Baja, la peste a humo viejo y chamusquina flotaba pesada en el aire. Podía oír los ritmos de la Bahía de Kigen por debajo del pulso del aguacero, oler el hedor a putrefacción bajo los restos del fuego. Llevaba el morral de dinero yakuza pegado a la espalda mientras caminaba, lanzaba puñados de monedas a los mendigos con pulmón negro al pasar. La espada tsurugi era un peso reconfortante bajo su capa impermeable, el bulto del lanzador de hierro casi vacío presionaba contra sus riñones. El dinero de los Hijos del Escorpión le habría permitido alojarse en una buena casa de huéspedes de la Zona Alta, pero le había dado por dormir en la calle. Como solían hacer en el pasado, cuando cada bit de cobre era una bendición, cada comida un golpe de suerte. Antes de que el mundo entero se volviera loco. Él, Echo y Lincoln. Murphy metió una mano por debajo de los anteojos, se secó las lágrimas. El recuerdo de la mujer del Shinshi, el terror reflejado en la cara cuando él cogió a su bebé en brazos…
—¡No te atrevas a tocar a mi hijo!
Siguió caminando. Pasó por delante de refugiados acurrucados en las huecas conchas incendiadas de Kigen, a través de destartaladas calles sucias y las sombras de las desvencijadas torres de atraque. Una calesa a motor rugía débilmente en la lejanía, las botas de Murphy repicaban sobre el suelo asfixiado de cenizas. Formas abstractas pasaban rozándole bajo mugrientos parasoles de papel, ojos hambrientos le observaban desde la boca de los callejones sin salida. Pero la espada que asomaba un poco por debajo de su capa y la docena de ratas comedoras de cadáveres que le seguían dejaban bien claro hasta al más desesperado que él no era un almuerzo que fueran a tragar de un solo bocado. Cabeza gacha. Hombros encorvados. Sin pensar. Solo seguía a sus pies, mientras la presión de la gente se iba intensificando, los niños de la calle se arremolinaban en torno a él, correteando entre los restos de los disturbios. No sabía a dónde iba. Lo que estaba haciendo. Solo la cara de la mujer cuando él cogió a su hijo de la cuna. Mirándole como si fuera algún tipo de monstruo.
¿Como si?
Un fantasma se le apareció en la mente sin ser llamado.
Mechones de pelo enmarañados colgaban sobre unos oscuros ojos húmedos. Labios blandos como almohadas, apretados dulcemente contra los suyos. Y el dolor, Dios, el dolor en su pecho…
Los cogí para ti, Princesa.
El puño cerrado bajo la capa.
Los cogí.
Y entonces, ¿por qué no se sentía mejor? ¿Por qué no se iba?
Todavía podía oler la sangre en sus manos. Todavía oía las palabras del tigre del trueno en su mente.
NO ENCONTRARÁS NINGUNA PAZ EN ELLA. LAS MANCHAS NUNCA SE BORRAN. LO SÉ.
Nunca se borran…
Lincoln todavía estaba muerto. El agujero dentro de Murphy, aún vacío. ¿Y su hermana pequeña? ¿La única persona que importaba en el mundo entero? La había dejado sola con el peso de un clan sobre los hombros.
¿Qué estaba haciendo ahí aún?
Se detuvo en medio de la masa, la gente empujaba para alcanzar un amplio espacio adoquinado. Se dio cuenta de que había llegado sin querer a la Plaza del Mercado, siguiendo a la muchedumbre sin pensar. Mirones y fanáticos. Mendigos y prostitutas. Uno o dos soldados entre el gentío. Y allí delante, en el recinto hundido por debajo del nivel de la calle y rodeado por cuatro enormes columnas de piedra negra, estaban ellos. Cuatro Hombres del Gremio vestidos con tabardos de la secta de los Purificadores, el blanco prístino manchado de un feo gris. Lluvia negra salpicada sobre latón bruñido, aquellos espantosos ojos rojo sangre refulgían, marcas de quemaduras restregadas en torno a los escupidores de llamas de sus muñecas. Murphy se caló bien el sombrero sobre los ojos, las toxinas goteaban desde el ala como una catarata de melaza. Un Purificador dio un paso adelante, con las manos en alto. Habló con voz de mosca del loto moribunda, leyó un fragmento del Libro de los diez mil días:
Mancillado por la mugre de Yomi,
La mácula del Inframundo,
Izanagi lloró.
En busca de la Pureza,
Del Camino del Rito de la Limpieza,
El Dios Hacedor se bañó.
Y de esas aguas,
Fueron engendrados Sol, Luna y Tormenta.
Sigue siempre el Camino de la Pureza.
Se oyeron algunos gritos roncos entre la multitud, se vieron algunos puños levantados. El gentío aumentaba, hacía que Murphy perdiera el suelo bajo los pies y amenazaba con hacerle caer. Caras desesperadas y miradas desesperadas; el aspecto de papel encerado de gente que vivía sin dormir, sin comer, familias hambrientas y chiquillos que lloraban. Refugiados de los frentes del norte, caras de personas con neurosis de guerra escondidas tras pañuelos mugrientos. Comerciantes neochōnin que habían perdido sus fortunas en los disturbios. Todos atraídos hacia ese lugar como las polillas a las llamas, la única apariencia de orden que quedaba de días mejores.
Aunque fuera la peor que aquellos días podía ofrecer.
Un segundo Purificador desenrolló un pergamino, papel de arroz manchado por los cielos salpicados de mugre.
—Por orden del Primer Brote del Gremio del Loto, la Secta de los Purificadores está encargada de purgar la mácula de los yōkais de la sangre de Shima. La corrupción del mundo de los espíritus, el veneno de bestias metido en la cabeza de los hombres, la mancha de la Impureza. Como de costumbre, en esta Purificación de final de semana, se entregará una medida y dos tercios de chi y cinco koukas de hierro a todo ciudadano leal que siga el camino de la rectitud y entregue a algún Impuro para que sea juzgado sobre el Altar de la Pureza.
El Hombre del Gremio enrolló el pergamino y miró al gentío con ojos sanguinolentos.
—¿Hay alguien que quiera hacer alguna acusación?
—¡Yo!
Una áspera aclamación recorrió la multitud. El mar de cuerpos se abrió para dejar paso a un hombre fornido, un tigre al acecho tatuado sobre el brazo derecho, tres anillos entrelazados sobre el izquierdo le marcaban como miembro del gremio de comerciantes. Con uno de sus musculosos brazos, el hombre sujetaba a otro tipo, cuya cabeza bamboleaba de un lado al otro y que apenas se mantenía en pie.
—¿Cómo se llama, ciudadano? —inquirió el Hombre del Gremio.
—Tora Watari, humilde comerciante. Dirijo la Casa de Geishas del Bulevar de la Arena.
—¡Adelántese y diga lo que tenga que decir ante este Altar!
El comerciante se abrió paso a empellones entre los mirones, arrastrando al segundo tipo con él. Murphy pudo ver que su presa era un anciano: largo pelo canoso en nudos enmarañados, piel cuarteada por una vida vivida bajo el rojo sol.
El comerciante se detuvo ante la plazoleta hundida bajo el nivel de la calle, echó un tranquilo vistazo a las Piedras Ardientes. Los Purificadores levantaron la vista hacia él, ojos refulgentes, despiadados e insectoides.
—Eliminar a los Impuros es nuestro deber más sagrado, ordenado en el Libro de los diez mil días por el Dios Hacedor en persona. Pero debe saber, ciudadano, que cualquiera que dé falso testimonio contra sus vecinos, ocupará el puesto de estos sobre el Altar. Pervertir este rito sagrado con calumnias es pervertir los deseos del Dios Hacedor en persona. ¿Lo ha comprendido bien?
—Perfectamente —asintió el comerciante.
—Entonces, realice su acusación.
—Este bastardo, —el comerciante sacudió al anciano—, se instaló en el Bulevar de la Arena hace unas pocas noches. Un flautista callejero que tocaba en las esquinas. No le di mayor importancia. Pero luego oí de boca de mis chicas que hacía bailar a las ratas para divertimento de los niños vagabundos. Lo vi con mis propios ojos. Esos bichos se movían al son de su música, de pie sobre las patas traseras como si fueran personas. Y cuando un chiquillo le preguntó cómo lo hacía, el anciano le dijo que era un don de los Dioses.
—¡Blasfemo! —gritó alguien entre el público.
—¡Que lo quemen! —gritaron los demás.
Murphy sacudió la cabeza. Con toda la mierda en la que estaba metido este mundo… Todo el caos justo al otro lado de los muros de esta ciudad. Ejércitos gaijins dispuestos a limpiar estas tierras por completo. Gente preparada para luchar y morir contra un ejército de hierro y humo negro. ¿Y estos bobos pierden el tiempo con esta locura?
—¡Calmaos, ciudadanos! —El grito del Purificador ahogó los chillidos de la masa—. Se ha realizado la acusación. Traed al hombre, Hermanos, para que averigüemos si es verdadera.
Unos Purificadores tomaron al anciano de entre los brazos del comerciante y le arrastraron bajo las Piedras Ardientes. Un breve relámpago iluminó los cielos, Murphy guiñó los ojos detrás de sus gafas, captó un destello de metal entre la multitud. Una cara torcida.
Ojos entornados. Desaparecidos ya, demasiado rápido para verlos bien.
Los Purificadores estaban reunidos en torno al anciano, formaban una pantalla entre ellos y el público. Ni siquiera poniéndose de puntillas podía Murphy ver algo a través del gentío y la lluvia y la pared de reluciente latón. Con los párpados aleteando contra las mejillas, el chico se estiró en el Kenning en busca de las docenas de ratas desperdigadas por la Plaza; al final encontró a una pequeñaja y mutilada agazapada entre la leña a los pies de las Piedras. Y aunque a Murphy le hormigueaba la piel con los mordiscos de pulgas fantasmas, hizo que se alzaran esos diminutos ojuelos de cristal negro y observaran el trabajo de los Purificadores.
Los Hombres del Gremio sujetaban al anciano despiadadamente. La hoja de un cuchillo lanzó un destello, llevaba grabado el kanji del Gremio. La sangre manó de una muñeca cortada, el anciano forcejeó, unas gotas escarlatas cayeron en un frasquito que llevaba un Purificador en la mano. Cuando el frasquito estuvo lleno, el Hombre del Gremio lo llevó a un banco de trabajo con media docena de cajas de hierro idénticas, de poco más de un palmo de lado, marcadas también con símbolos del Gremio.
Murphy observó a través de ojos robados, fascinado muy a su pesar. En el pasado, ese ritual hubiese tenido lugar entre las cinco paredes del cabildo. No podía llegar a entender por qué al Gremio le había dado por realizar estas pruebas en público. ¿Tendría algo que ver con la rebelión en el seno del Gremio? En cualquier caso, era una miradita al interior del cabildo que nunca habría esperado ver.
Esa secta de fanáticos y sus ritos arcaicos, su devoción a unos dioses que nunca jamás se habían aparecido a Murphy o a sus semejantes.
Dementes…
La muchedumbre empujaba como una avalancha, todos ansiosos por conseguir ver algo. El Purificador del frasquito de sangre estaba pronunciando algún tipo de encantamiento, confuso y metálico. Murphy oyó fragmentos del Libro de los diez mil días, invocaciones al Dios Hacedor. Y al final, el Purificador deslizó un panel en una de las cajas de hierro y, volcando el frasquito negro, vertió la sangre en su interior.
Se hizo el silencio en la Plaza, roto solo por la lluvia susurrante.
El estruendo de un trueno rodó entre las nubes. Los espectadores parpadearon, murmuraron su desilusión, el comerciante que había realizado la acusación empezaba a estar claramente incómodo.
Murphy frunció el ceño. ¿Qué demonios esperaban? ¿Que el Dios Izanagi bajara de los cielos para menear su divino dedo ante la cara de ese pobre bastardo? ¿Que un coro de onis saliera de Yomi y aullara al…?
Ruido blanco.
Una inversión de sonido, como si le hubieran vuelto el cráneo del revés.
Murphy se llevó las manos a las orejas, descubrió que su herida de shuriken estaba sangrando de nuevo. Se sentía como si alguien le hubiera incrustado el puño en el estómago, detectó sabor a cenizas en la parte de atrás de la lengua. La caja de hierro tembló sobre la mesa, repiqueteó sobre la superficie, trescientos redobles por minuto. Y con una manifestación que no era tanto un sonido como la ausencia de él. Los remaches saltaron y los lados se colapsaron y la caja se retorció sobre sí misma como si un gigante invisible la hubiera cogido con una poderosa manaza y hubiese apretado. Unos hilillos de humo blanco se filtraron entre las grietas del metal. Algo negro goteaba de las juntas rotas. Y aunque era una locura, Murphy hubiera jurado que podía oler algo dulce. Un aroma a viento de las Iishi, revitalizante con el aroma a verdor y bondad, antes de que el hedor a gases de escape y cenizas llenara su nariz y su garganta una vez más, haciendo que se le anegaran los ojos de lágrimas ardientes.
—¡Impuro! —gritó uno de los Hombres del Gremio.
—¡Impuro!
El anciano chilló, con los brazos retorcidos detrás de la espalda mientras le conducían a las Piedras Ardientes. Levantaron sus muñecas por encima de su cabeza, las metieron con saña en unos grilletes hambrientos cubiertos de restos de carbonilla de los cientos que habían pasado antes que él, mujeres y niños y jóvenes y ancianos. Los fanáticos en la multitud levantaron sus voces y los puños al cielo. El comerciante sonrió e hizo una reverencia cuando los Purificadores le entregaron su chi en pequeños tambores de metal. Comprados y pagados con sangre.
—¡Que le quemen!
—¡Impuro! ¡Impuro!
—¿Hay alguien más que quiera presentar una acusación en este día? —Un Purificador levantó las manos, se dirigió al público—. ¿Hay más individuos contaminados por la mácula del Mundo de los Espíritus rondando por este mundo de hombres? ¡Traédnoslos, para que podamos realizarles las pruebas y encontrarlos tan deficientes como a este desgraciado!
Un dedo acusador señaló al anciano, que ahora temblaba aterrorizado.
—¡Solo quería hacer sonreír a los niños! ¡Que los dioses se apiaden de mí! —Sus ojos se cruzaron con los de Murphy entre la multitud, fijó en él su aterrada mirada—. ¡Por favor! ¡Piedad! Piedad…
Murphy sintió el mango de la tsurugi bajo las puntas de los dedos, duro y frío. Tenía la mano derecha sobre el lanzador de hierro que llevaba en los riñones, los ojos robados fijos en la yesca que esperaba bajo los pies del anciano. Sería piadoso dispararle. Dejarle seco de un tiro antes de que las chispas empezaran a volar. ¿Pero qué pasaría después? Puede que no hubiera muchos soldaditos por ahí, pero el gentío le identificaría en un santiamén y los Purificadores le harían cantar. Lo más probable es que le ataran a esa piedra en lugar del anciano para que cantara al compás mientras las llamas danzaban por encima de su piel.
Lo inteligente era esfumarse. Volver a la estación de Kigen.
Comprar un pasaje al norte con ese hierro yakuza. Reunirse con Echo y con la guerra que decidiría el futuro de todo el país…
¿Y luego qué?
¿Encabezar a un ejército? ¿Marchar en fila? ¿Enviar a una horda de ratas comedoras de cadáveres contra el Arrasador?
¿Luego qué, chico?
Una rata de alcantarilla es lo que él era. Su guerra era esta. Esta ciudad. Este agujero de mala muerte. Esta preciosa, fea prostituta que le había amamantado cuando ningún sitio en el mundo parecía su hogar. Y si la iba a palmar, mejor hacerlo en tierra conocida que en algún campo de batalla asfixiado por las cenizas. Mejor que fuera por uno de los suyos en vez de por un clan que habría estado encantado de pegarle fuego hacía solo tres meses.
Impuro. Maldito. Mancillado. Lo que sea. Algo en este anciano y en Murphy era igual. Algo en ambos, algo que el Gremio quería eliminar. Y fuera cual fuera la razón, si el Gremio quería que desapareciera, eso quería decir que merecía la pena luchar por ello.
¿Morir por ello?
Murphy tragó saliva. Recordó la mirada en los ojos de la mujer, los ojos de la esposa del Caballero, cuando le gritaba al monstruo en el que casi se había convertido. En el que aún se podía convertir.
Incluso aquí. Incluso ahora.
MUCHAS COSAS CAMBIAN DE UNA ESTACIÓN A OTRA.
El recuerdo de la voz de Buruu sonó dentro de su cabeza, impregnada del sabor de los truenos.
LA FORMA DE LOS HÉROES, DESDE LUEGO.
Un suspiro desde lo más profundo de su ser.
Que se joda, entonces.
Amartilló la presión del lanzador de hierro.
Que se joda todo.
Se abrió paso a empellones entre la multitud, parasoles de papel y sombreros de paja, ropa negra y sonrisas amarillas. Sentía a las hijas de las alcantarillas a su alrededor, un centenar de ojos en la parte de atrás de la cabeza. Y consiguió llegar hasta el borde de la plazoleta, bajó ruidosamente por las escaleras mientras el Purificador se daba la vuelta para mirarle con sus refulgentes ojos empapados en sangre. Fijaba la vista en ese chico que avanzaba enjuto y mugriento hacia él, que levantaba la mano derecha, un pequeño puñado de acero, y que apretaba el gatillo con la dulzura de un primer beso.
El lanzador de hierro rugió. Un ojo de cristal saltó en mil pedazos, se quedó oscuro. El Hombre del Gremio giró sobre sí mismo y se desplomó. La muchedumbre bramó. Pánico. Indignación. Conmoción.
Y entonces el mundo dejó de tener ningún tipo de sentido.
Un fogonazo de luz blanca, esférico y cegador, justo en medio de las Piedras Ardientes. Una explosión insonora, los bordes teñidos de un rojo traslúcido y sanguinolento. Una repentina peste a chi evaporado, los conductos de combustible del traje atmos del Purificador se abrieron en canal, vomitando volutas de vapor negro azulado. Los Hombres del Gremio sufrieron espasmos, cayeron de rodillas bajo el peso muerto del latón, los parloteantes mecábacos en sus pechos se callaron de repente al mismo tiempo que unas formas surgían amenazadoras de entre el gentío.
Media docena en total. Tres chicos de más o menos la misma edad que Murphy. El primero, ágil y rápido, con la cara angulosa. El segundo, alto y moreno, facciones torcidas y una protuberante mandíbula inferior, como si se le hubiese caído a alguien demasiadas veces de bebé. Un tercero, pequeño y nervudo, y bastante guapo, todo sea dicho, con el pelo oscuro recogido hacia atrás en trenzas.
Los otros tres eran variopintos. Un hombre alto con músculos fibrosos y la piel de un fantasma hambriento. Un niño, también pálido como la muerte recién estrenada. Y la tercera, una mujer, Dios, una anciana, que tiró su capa a un lado mientras ocho largos brazos cromados cortantes como navajas se desenroscaban a su espalda. Pero Murphy tenía los ojos fijos en los tres chicos que llevaban las mazas de guerra en alto. Todos llevaban uwagis de manga corta bajo sus capas, haciendo caso omiso de la lluvia tóxica, como si quisieran que la gente viera las cicatrices de quemaduras donde solían estar sus irezumis.
Sin clan. Sin amo. Sin señor.
Kagés.
El pánico se extendió entre la muchedumbre, la conmoción y la indignación aumentaron cuando los chicos se pusieron manos a la obra con sus mazas de guerra. Aporrearon con saña a los impotentes Hombres del Gremio hasta que sus cascos se reventaron y los refulgentes ojos se agrietaron y ennegrecieron y algo rojo, rojo, rojo empezó a resbalar por las piedras bajo sus pies.
—¡Somos los Kagés! —gritó el chico de la cara angulosa—. ¡El puño cerrado! ¡La voz alzada! ¡El fuego para quemar al Gremio del Loto y liberar a Shima de la esclavitud de su maldito hierbajo!
Señaló hacia los otros tres de su banda: el niño, el hombre, la mujer y sus navajas.
—Estas personas fueron una vez del Gremio, ¡ahora se han levantado contra el mal que se reproduce dentro de ese agujero pentagonal de negreros! Si los que han nacido en el Gremio y entre sus mentiras han podido ver su verdadera naturaleza, ¿por qué no podéis hacerlo vosotros?
El chico pasó la vista por la multitud, sus ojos entornados encontraron al comerciante que había entregado al anciano, aún aferrado a sus barriles de chi.
—¿Por qué no podéis?
Murphy bajó a trompicones por las escaleras, le pitaban los oídos, pero tenía los ojos fijos en aquellas cajas de hierro. Mientras el chico de la cara torcida abría los grilletes del anciano, Murphy levantó la tapa de una de las urnas que no habían sido tocadas y echó un vistazo dentro. Metió la mano, la deslizó por su contenido, partículas oscuras se separaron de la superficie y danzaron como el polvo.
Negras y grasientas, apestaban a sangre vieja y pelo chamuscado.
Cenizas…
Miró la caja rota por las pruebas rituales del Purificador, abierta por las juntas, derramaba sus entrañas sobre la mesa de trabajo.
Cogió un puñado, lo dejó resbalar entre sus dedos, seca y desmigajada, se convertía en barro en la palma de su mano bajo los goterones de lluvia negra.
Tierra.
Parpadeó. La olisqueó tentativamente.
Solo tierra común y corriente.
Maldita sea, ¿qué demonios…?
—Bushimen. —El aviso de la anciana a sus camaradas sacó a Murphy de su confusión—. Más Hombres del Gremio. Vienen.
—Vámonos —farfulló el chico de la cara torcida.
Murphy estiró su mente hacia los ojos negros como el carbón que se extendían por toda la ciudad, las mil formas mestizas en las callejuelas y las esquinas, viéndolo todo. Los hombres con petos de hierro convergían desde el norte y el este. Las formas embutidas en centelleante latón, estelas negro azuladas flotaban hacia el este, hacia el cabildo que las había escupido al aire. Y agarró al chico que le había hablado al público, le frenó en seco justo cuando giraba sobre los talones para salir corriendo.
—No —dijo Murphy—. Vienen de ese lado.
Los seis rebeldes le miraron fijamente, sus ojos saltaron del lanzador de hierro que aún humeaba en su mano, al Purificador cuyos sesos había desparramado por los adoquines.
—¿Te conozco? —preguntó el chico.
—No, chico Kagé. —Murphy inclinó su sombrero—. Pero yo te conozco a ti. Y a Lexa. Y a Octavia. Y a la preciosa y pequeña Raven. A ti y a los tuyos, a todos.
Los tres chicos parpadearon asombrados, compartieron un puñado de miradas confusas.
—Tendremos tiempo de charlar con tranquilidad más tarde, amigos. —Murphy hizo un gesto con la cabeza hacia el sur, de vuelta al barrio de los muelles—. Por el momento, seguidme.
