31

VIENDO Y CREYENDO

La tienda de campaña era tan grande como cualquier casa que hubiera visto Echo en toda su vida. Un pequeño palacio suspendido de unos postes tan gruesos como el tronco de un árbol, el suelo cubierto de pieles y alfombras sucias, un fuego ardía en un hogar de piedras ennegrecidas. Parpadeó en la penumbra, apenas se acordó de quitarse las gafas mientras su ojo se acostumbraba a la falta de luz. Un débil resplandor rosa iluminó la oscuridad mientras la tormenta arreciaba en el exterior.

Susurros callados. Hambrientos. Femeninos.

Piotr estaba de pie detrás de ella, el gaijin llamado Aleksandar a su lado. Todavía le resultaba difícil pensar en él como su Tío.

Demasiado extraño mirarle a la cara y ver sus propios ojos, la sonrisa torcida de Murphy. Había dejado a Kaiah fuera, de guardia, observando a los diez mil guerreros del mismo modo que un gato observa una legión de ratones hambrientos.

VE CON CUIDADO, ECHO…

No te preocupes. Si te necesito, te llamaré al instante.

Distinguió figuras en la oscuridad. Un hombre embutido en una armadura de hierro con una cara demasiado pequeña para su cabeza con forma de ladrillo. Estaba rodeado de martilleros gaijins, envueltos en pieles de lobos y osos y bestias cuyas formas no reconocía. A sus pies había seis enormes canes, los únicos perros vivos que había visto en su vida; gruñían suavemente. Echo levantó la mano, tocó sus pensamientos, y se callaron al instante, metieron sus colas como muñones entre las patas. Gimotearon, quejándose de la lluvia mugrienta, el aire envenenado, cómo echaban de menos sus tierras natales. Ella envió algo de consuelo a sus mentes, una calidez acaramelada, suave y tranquilizadora, envuelta en el aroma al verdor de las Iishi. Vio otras dos figuras cerca del fuego, tan cerca la una de la otra que se tocaban. Una mujer, de unos treinta años, vestida con las apaleadas pieles de latón de varios Hombres del Gremio, tenía relámpagos grabados en las mejillas y la barbilla; miraba a Piotr con cara de odio, como si le quisiera sacar las tripas. Pero era la otra la que había hablado: una mujer de unos cincuenta años, la cara decorada con cicatrices de garras, demasiado simétricas para haber sido obra de una bestia de verdad. Rubio pelo ceniciento, entretejido con huesos y dientes pulidos, plumas negras alrededor de los hombros.

Aleksandar tomó a Echo de la mano y con un apretón tranquilizador, la acercó a luz de la lumbre. Docenas de ojos la siguieron, pero el suyo estaba fijo en las mujeres que había ante ella, sus iris derechos refulgían con el mismo rosa aguado que el suyo.

—Echo Mostovoi, —dijo Aleksandar, y Echo apenas reconoció el nombre como suyo—, te presento a la Santa Madre Nastassja y a la Sagrada Hermana Katya.

Echo se mantuvo bien erguida a pesar del miedo que sentía, tenía las palmas de las manos empapadas hasta las muñecas. La mujer más mayor pronunció palabras que ella no pudo entender, un idioma enredado en desvaídos retazos de recuerdos de la infancia.

—La Santa Madre dice que eres bienvenida —dijo Aleksandar—. Hija de Anya, hija de Sascha, hija de Darya, Matriarca de Casa Mostovoi.

—Por todos los dioses… —musitó Echo.

Aleksandar tradujo y las mujeres susurraron palabras sibilantes entre ellas, sacudían la cabeza. La más mayor se adelantó, apretó los brazos de Echo, hincó el dedo en sus costillas como si fuera carne en un puesto del mercado. Y al final, mientras la chica se encogía bajo sus manos, la anciana retiró el parche de cuero que tapaba la cuenca vacía de Echo. Se sintió desnuda, se le arrebolaron las mejillas.

ESTOY AQUÍ. NO TENGAS MIEDO DE NADA. DE NADIE.

La mujer mayor volvió a hablar. Aleksandar habló a continuación.

—La Santa Madre dice que te pareces a tu abuela. Ve su fuerza en ti. Cosas grandes en tu futuro. Cosas grandes y terribles.

—¿Mi abuela? —Echo miró de reojo a Aleksandar.

—Una gran mujer. Una verdadera hija de la Diosa. Y tu madre después de ella. Zryachniyes, las llamamos. Aquellas que Ven.

—¿Ven qué?

—Cada una es diferente. —Aleksandar hizo un gesto con la cabeza hacia la feroz mujer que llevaba la piel de los Hombres del Loto—. La Hermana Katya ve el enigma del clima, la luz del sol y el pulso de las tormentas. La Santa Madre lo que podría acontecer, lo que no debería.

—Piotr dijo que vuestra «reina» también es Vidente.

—La Imperatritsa —asintió Aleksandar.

—¿Qué ve?

—La verdad del alma de los hombres.

—¿Y yo qué veré?

Aleksandar repitió la pregunta y la Santa Madre sonrió y contestó en morchebano. El idioma ya no resultaba tan áspero a oídos de Echo. Rodeada por él, encontraba una profunda musicalidad en la cadencia y el tono, enmarañados recuerdos de los días de su infancia, de su madre cantándoles a ella y a Murphy cuando padre estaba borracho e inconsciente…

—La Santa Madre dice que eso le corresponde a la Diosa decidirlo.

—Dijiste que mi madre era hija de estas Videntes. Pero su ojo no refulgía.

—La Diosa fluye en nuestra familia —explicó Aleksandar—. Pero solo se manifiesta cada pocas generaciones. Darya, tu bisabuela, ella era Vidente. Sacerdotisa de nuestra Casa. Después de muchos años de servicio, dejó la Santa Orden para dirigir Casa Mostovoi. Para pasarles el don a sus futuros hijos. La línea de sangre debía preservase.

—No entiendo…

—Eres hija de una gran tradición, Echo. Tocada por la Diosa. Creíamos que la línea Mostovoi había muerto. El don solo se pasa a las hijas. La esperanza de nuestra Casa estaba puesta en tu madre. Mi hermana. Cuando la raptaron… —Aleksandar sacudió la cabeza—. Y ahora, encontrarte entre estos cerdos asesinos, no solo viva sino también tocada… —Le acarició la mejilla derecha, con la suavidad de la primera nieve—. Alabada sea la Diosa, es un milagro.

Se volvió hacia los gaijins ahí reunidos, dijo a voz en grito algún tipo de oración. El grito fue repetido por los hombres, murmurado por las sacerdotisas. Las dos mujeres se acercaron y abrazaron a Echo, le besaron en las mejillas y en los labios, sus ojos refulgentes daban calidez a sus amorosas sonrisas. Como unas hermanas largo tiempo perdidas. Como una familia.

—Dios, no entiendo nada —musitó Echo.

Aleksandar tomó su mano, le dio a sus dedos otro apretón tranquilizador.

—Entiende al menos que estás a salvo, mi sangre. Que estás en casa.

—Tengo un hermano. Murphy…

—Él será bienvenido también. Tú eres mi sangre y yo soy la tuya. Y cuando hayamos purificado esta tierra de negreros, vamos a…

—¿Purificado? —Echo frunció el ceño—. ¿Qué quieres decir con purificado?

—… Cuando los shimanos estén muertos.

—¿Muertos? No, aquí también hay buenas personas…

—¿Buenas personas? —Otro ceño fruncido—. ¿Esa gente que nos ha robado a nuestras mujeres y niños? ¿Que han convertido su isla en una gran tierra baldía y ahora buscan robarnos la nuestra? Aquí no hay ninguna bondad, Echo.

—No, Alek… —Echo volvió a fruncir el ceño—. Tío. Escúchame. Aquí hay mucho mal. Un grupo llamado el Gremio del Loto. Un clan que lleva la bandera del Tigre. Ellos son los que nos han llevado a la guerra contra vosotros.

—¿Nosotros? —Aleksandar parpadeó confuso—. Echo, tú no eres uno de ellos…

—Hay gente buena aquí. Un clan que se opone al Gremio. Personas que lo están arriesgando todo, que en estos mismos momentos se están preparando para luchar contra los caudillos del chi. Tenéis que ayudarlos.

Aleksandar miró de reojo a su comandante, la Santa Madre seguía el intercambio con la cabeza ladeada, la Hermana Katya a su lado, balanceándose como si escuchara una música oculta.

—¿Ayudarlos? —La ira ardía en los ojos del hombre—. Echo, estamos aquí para aniquilarlos. Para asegurarnos de que nunca más roban ninguna hija. Ninguna hermana. Ningún hijo.

Echo estudió al grupo: los ojos refulgentes de las Videntes, las miradas negras como el carbón de los guerreros. Y tomando la mano de Aleksandar en la suya, la de la Santa Madre en la otra, los condujo al borde del fuego y tiró suavemente de ellos para que se sentaran a su lado.

—Deberíais poneros cómodos. Esto va a ser una larga historia…

—¡Has perdido el jodido juicio!

El Mirlo estaba en la cubierta de su nave, la bella Kurea, con los brazos cruzados sobre la barriga, ancha y redonda como un tambor. Tenía la nariz a pocos centímetros de la nariz de un furioso y congestionado Gustus, ambos se negaban a pestañear siquiera. El aire colgaba en nubecillas congeladas entre los dos, el runrún de los motores de la nave recalcaba sus gritos. Raven estaba apoyada contra la barandilla, cerca de ellos, con las manos detrás de la espalda. Ahí arriba, por encima de las nubes, los cielos eran de un brillante rojo sanguinolento, pero la temperatura era aún lo suficientemente baja como para congelar las lágrimas en sus ojos. El viento le azotaba el pelo por la cara, tenía los anteojos salpicados de residuos congelados de los gases de escape de la Kurea. Una fina capa de hielo negro lanzaba destellos sobre los tablones de madera bajo sus pies. Gustus y el Mirlo eran los dos del tamaño de casas pequeñas, atronaban como un par de calesas a motor muy enfadadas. Gustus era puro músculo bajo sus lanas invernales, pero su pierna le pondría en desventaja si se veía obligado a pelear sobre la cubierta mecida por los vientos. Si las cosas se ponían violentas, Raven sinceramente no estaba segura de por cuál de los hombres apostaría.

—Echo está ahí abajo entre esos gaijins —gritó Gustus—. ¡Tenemos que ayudarla!

El Mirlo arqueó una ceja y escupió, la saliva se cristalizó sobre la cubierta.

—En primer lugar, cansino bastardo Fénix, nadie me dice lo que «tengo» que hacer en mi propia nave. Segundo, ni siquiera tenemos la certeza de que esté ahí abajo entre esos bastardos de ojos redondos…

—Porque no quieres acercarte lo suficiente como para echar un vistazo…

—Y TERCERO, si tu amorcito ha sido lo bastante estúpida como para irse volando sola y aterrizar en medio de diez mil gaijins desquiciados, eso es solo culpa suya. ¡No voy a poner esta nave a tiro de esos 'cópteros y estoy jodidamente seguro de que no la voy a llevar bajo las nubes en medio de esta tormenta!

—¿Amorcito? —A Gustus se le abrieron peligrosamente los ojos—. Hijo de una puta ronin…

—Deja a mi madre fuera de esto, hombrecito. Corres el riesgo de herir mis sentimientos.

—Podría tener problemas. Podría estar muerta.

—Entonces mejor que cojas un paraguas, Gustussan. Por si toda la mierda que no me importa empieza a caer del cielo.

—Señores —Raven puso una mano disuasoria sobre los antebrazos de ambos hombres—. Creo que todos tenemos que respirar hondo y pensar en algo alegre. En los días de primavera… La risa de un niño despreocupado… Una mujer con un escote en el que se podría esconder un barco…

Gustus la ignoró, siguió mirando al capitán con cara de muy pocos amigos.

—¿Por qué nos has traído hasta aquí si te ibas a cagar de miedo a siete kilómetros del objetivo?

—Estás en tu derecho de apearte e ir andando el resto del camino, si crees que tu pierna puede soportarlo.

—Puede soportar cualquier cosa que le eches y más, gordo bastardo.

—¿Ah sí? Crees que podría soportar que te arrodillaras para chuparme la…

—Por las barbas de Izanagi, ¿queréis simplemente daros un beso y acabar con esta tontería? —gritó Raven.

El Mirlo la miró por el rabillo del ojo, hizo un gesto hacia Gustus sin apenas moverse.

—Su barba parece pinchar. Tengo una piel muy delicada.

A Gustus se le retorció la cara al intentar reprimir una sonrisa. El Mirlo no intentó fingir y estalló en sonoras carcajadas. Los caminantes de las nubes a su alrededor se relajaron y volvieron a sus puesto; parecía que nadie iba a pasear por la plancha aérea ese día.

Un trueno bramó entre la cubierta de nubes bajos sus pies, la tensión se fue disipando con los ecos.

—Lo siento, amigo mío. —El Mirlo le dio unas palmaditas a Gustus en el hombro—. Pero volar más cerca de ese campamento es un suicidio. Kurea es rápida, pero no está armada para una guerra. Si volamos lo bastante bajo, esos 'cópteros nos cortarán en pedazos. Y dado que estabas a bordo de la Hija del Trueno cuando murió, no debería tener que explicarte lo que pasa si Susanoō decide darle a nuestra lona inflable un besito.

Gustus suspiró, se pasó una mano por las trenzas.

—Tenemos que salvarla.

—Puede que no necesite que la salvemos, Gustus —intervino Raven—. Piotr está con ella. Ya has visto la forma en la que habla de ella. No creo que la condujera voluntariamente hacia el peligro.

—¿Podríamos al menos volar por debajo de las nubes un momento? —Gustus miró al Mirlo, suplicando—. ¿Solo para ver si podemos divisar a Kaiah entre el gentío? No debería ser difícil de detectar.

El Mirlo miró al hombretón de arriba abajo.

—Vaya, vaya. Te ha dado fuerte, ¿eh?

—Enamorado como un perro, este chico —asintió Raven.

—Dejad de decir tonterías —gruñó Gustus.

El Mirlo y Raven intercambiaron una mirada de complicidad, la chica sacudió la cabeza. El Mirlo se giró y le bramó unas órdenes a su timonel (un bramido no del todo necesario dado que el hombre estaba a menos de dos metros de él). Se pusieron en marcha los compresores, el hidrógeno se apretó en el interior del globo con un silbido vacío. La Kurea descendió, su tripulación encendió faroles alimentados con chi mientras las nubes burbujeaban por encima de la borda e inundaban la cubierta. Raven montó guardia al lado de Gustus, tiritando bajo las capas que la envolvían. La nube echaba el aliento por dentro de su cuello con dedos fríos y húmedos. Después de lo que pareció una insufrible eternidad, atravesaron la nube entera y se metieron en la neblina de una violenta tempestad. La Kurea se balanceaba comoun péndulo, la mugrienta lluvia negra inundaba sus cubiertas y la impregnaba de abrasadores productos químicos. Raven maldijo y se subió el pañuelo. En diecisiete años, nunca había visto lluvia tan tóxica. Incluso embutida en un grueso chubasquero, aún conseguía hacer que se sintiera sucia.

… No. Sucia no. Esa era no era la palabra adecuada. Insana.

Echó un vistazo por encima de la borda y vio el campamento gaijin entre el aguacero: miles de tiendas grises, inmensas máquinas con ruedas de tanque que cargaban con filas y filas de rotorcópteros, como grandes insectos de metal con sus crías aferradas a la espalda. Habían tallado un arroyuelo negro a su paso, el barro pisoteado por miles de pies, huellas metálicas, ruedas de goma, a medida que marchaban inexorablemente hacia la ciudad de Yama. Un relámpago cruzó el cielo a menos de cien metros del costado de babor, Gustus dio un respingo.

—¿Ves algo?

—¡Nada! —rugió Raven por encima de los aullidos del viento.

—¡Pues ellos sí que nos han visto a nosotros, maldita sea! —El Mirlo estaba mirando por un catalejo mecánico—. ¡Un montón de pilotos corren hacia esos 'cópteros!

—¿Puedes ver a Echo? ¿A Kaiah?

—¡Todo lo que veo es a diez mil ojos redondos dispuestos a follarse nuestros cadáveres! ¡Timonel, ascienda cien metros y póngala a plena potencia! ¡Nos vamos a la misma velocidad que se quita las enaguas una recién casada!

Raven se volvió hacia el capitán y ladeó la cabeza.

—… ¿Enaguas?

—Bueno, ¿cómo demonios las llamáis?

—¡Espera! —gritó Gustus—. ¡Ahí están!

Raven se asomó por encima de la borda otra vez y vio un fogonazo blanco entre la cortina de negrura. Le dio un vuelco el corazón al reconocer a Kaiah, y sobre ella, una pequeña figura que solo podía ser Echo; subían hacia ellos a pesar del diluvio. Pero los pilotos de los 'cópteros no habían dejado de calentar los motores, soldados gaijins seguían emergiendo de las tiendas de campaña, señalaban al cielo, el clamor se extendió por todo el campamento.

¿Qué hacía Echo? ¿Estaba huyendo de ellos? ¿La perseguían también a ella? ¿Dónde estaba Piotr? ¿Qué demonios está pasando?

Una de sus manos se deslizó involuntariamente a la katana de sierra que llevaba a la cintura. Apretó los dientes.

La tigresa del trueno y su amazona se acercaban, Gustus paseaba arriba y abajo como un padre primerizo. Cuando se pusieron a la altura de la nave voladora, Raven reconoció a Echo bajo sus pesados ropajes. La chica llevaba el pañuelo sobre la cara y la capucha sobre la cabeza, el ojo escondido tras las gafas; su expresión quedaba completamente enmascarada. La tripulación despejó una zona de la cubierta al ver acercarse a Kaiah, varios tripulantes todavía murmuraban asombrados al ver aquella magnífica bestia en pleno vuelo. El Mirlo gimió en solidaria agonía cuando la tigresa del trueno aterrizó, con las garras por delante, convirtiendo la cubierta de la nave en astillas. Gustus bajó a toda velocidad hasta la cubierta principal, a pesar de su pierna herida, se abrió paso entre todos los ahí presentes mientras Echo se apeaba resbalando de lomos de la arashitora. Kaiah se sacudió como un perro mojado, salpicando a la tripulación de apestosa agua negra. Echo tiró del pañuelo para descubrir su cara, se retiró la cogulla de la cabeza. Gustus paró en seco. Raven contuvo la respiración.

Echo se había teñido el pelo de rubio.

Un murmullo de inquietud se extendió entre la tripulación, las manos se dirigieron hacia las armas, unos pocos incluso retrocedieron. La chica estaba pálida como la luz de los fantasmas, flaca y feroz. ¿Qué demonios había estado haciendo allí abajo entre el ejército de ojos redondos? ¿Cómo es que aún estaba viva?

—¿Echo? —La voz de Gustus sonó tentativa, áspera como el papel de lija por los bordes.

La chica se levantó los anteojos, echó un vistazo a su alrededor; ese extraño ojo refulgente se posó por fin sobre Gustus. Su voz sonó tan fría como los vientos de tormenta.

—¿Por qué estáis aquí?

—Os fuisteis sin decírselo a nadie…

—No tenemos por qué darte explicaciones a ti, Gustus.

El hombretón parpadeó, desconcertado.

—Estábamos preocupados por ti, eso es todo.

Aquella mirada refulgente saltó hacia Raven. De vuelta a Gustus.

—Sí, seguro.

—¿Qué demonios estás haciendo aquí fuera tú sola?

—Intento salvar lo que queda de este agujero de mala muerte. —Echo encogió los hombros—. Convencer a los gaijins de que no nos borren del mapa.

—¿Ha sido Piotr el que te ha liado para que hagas esto?

—¿Que me ha liado? —Echo frunció el ceño—. ¿No es lo que todo el mundo espera que haga? ¿Ser una Señora de las Tormentas? ¿Jugar a los héroes y salvarle el culo a todo el mundo? Desearía que todos vosotros tomarais una jodida decisión sobre lo que queréis que sea.

Raven se aclaró la garganta.

—¿Y por qué habrían de escucharte los gaijins, Echo?

La chica se señaló el ojo.

—Llevo la marca de la Diosa. Mi Tío, hermano de la mujer a la que mi padre arrastró de vuelta a Shima, él es uno de los comandantes ahí abajo. Hemos estado hablando durante casi todo el día. Él. El Mariscal. Las Videntes. Y la insignificante Echo.

Gustus miró de reojo a la tigresa del trueno que los observaba amenazadora a la espalda de Echo.

—¿Qué dijeron?

—Muchas cosas. —La respuesta de la chica fue fría, su mirada gélida—. Pero están confusos. Encontrar a alguien que lleva la marca de la Diosa pero nacida de padre shimano… ha cambiado la forma en que nos ven. La forma en que creen que la Diosa nos ve. Les hablé de Lexa, de los Kagés, de los rebeldes de Yama. Y ahora no saben muy bien qué pensar de todo esto.

—¿Van a seguir adelante con su ataque? —preguntó Raven.

—¿Contra el Gremio? Seguro que sí. Pero ¿contra el resto de nosotros? —Se encogió de hombros—. Realmente no lo saben. Ya no.

—Por todos los dioses… —murmuró Gustus.

—Así que, —esa mirada fría y refulgente pasó de Gustus a Raven y de vuelta al grandullón—, puede que vosotros dos consigáis jugar a las familias felices después de todo.

Gustus parpadeó bajo la luz estroboscópica de los relámpagos.

—¿Qué?

—Lo comprendo, Gustus. —Echo respiró hondo, como si buscara las palabras apropiadas en lo más profundo de su ser—. No puedo decir que no duela. Pero lo comprendo. Tengo que ser más grande que eso. Tengo que ser más.

—Espera, ¿qué? —Raven no se lo podía creer—. ¿Crees que él y yo…?

Gustus miró a Raven aterrorizado.

—¿Ella y yo?

Más arriba, en el puente de mando, el Mirlo puso los ojos en blanco, miró a su segundo de a bordo y suspiró.

—Os vi —dijo Echo—. El regalo de cortejo que le diste a Raven…

—¿Cortejo…? —Gustus frunció el ceño en un intento de recordar—. Era solo un estuche de pergaminos para su libro, Echo. Está escribiendo una historia de la guerra. Creo que es importante. Eso es todo.

Raven estiró las manos como para coger al mundo por el cogote y enderezarlo.

—No hay nada entre nosotros, Echo. Por todos los dioses, absolutamente nada.

Gustus la miró de soslayo.

—Tampoco tienes que decirlo así…

—No. De verdad. Es así.

Echo se chupó los labios, con el sucio pelo lacio y rubio pegado a la cara.

—¿Quieres decir…?

Kaiah observó con ojos recelosos a Gustus cojear hasta la chica, la cubierta cabeceaba bajo sus pies, los truenos llenaban los cielos a su alrededor.

—Quiero decir… —Gustus se pasó una mano por la nuca, con el aspecto de un pez recién pescado—. Quiero decir que estaba realmente preocupado por ti…

El hombretón estiró el brazo, una torpe manaza envolvió la de Echo. La chica levantó la vista hacia él, con la duda claramente reflejada en la cara. Su voz no fue más que un susurró, casi perdido entre los truenos.

—¿Pero por qué?

Gustus echó un vistazo a su alrededor, a los caminantes de las nubes, a Raven, a Kaiah. Bajó los ojos hacia la cubierta, movió los pies dubitativo, miró esa manita que sujetaba en la suya, los deditos que se entrelazaban lentamente con los suyos.

—Ah, qué demonios…

El hombretón se agachó y, pasando un brazo alrededor de la cintura de Echo, la levantó del suelo con dulzura. El viento llenaba el espacio vacío entre ambos, que se reducía poco a poco. Echo abrió el ojo de par en par, una sonrisa de felicidad curvaba las comisuras de su boca cuando Gustus se inclinó hacia ella y apretó los labios contra los suyos. Echo se quedó mirando justo un instante más, como paralizada por la incredulidad. Y entonces su párpado aleteó y se cerró, y envolvió las mejillas de Gustus con ambas manos, apretó el cuerpo contra el suyo, le devolvió el beso con un hambre nacida de una larga hambruna, inhaló sus suspiros. Raven sonrió sin apenas darse cuenta, sacudió la cabeza y dio media vuelta junto con la mayoría, excepto los más voyeurísticos, de la tripulación, dejando a la pareja sola entre el gentío.

Más arriba, desde el puente de mando, el Mirlo aplaudió educadamente.

—Ya era hora, maldita sea.

Yasuo suspiró y aspiró otra gran calada de loto, con los pies en alto sobre los controles de su locomotora. La estación de Kigen resonaba con el tenue ruido metálico de las herramientas, el gruñido sordo de los generadores. Le quedaban diez minutos de descanso, luego tendría que llevar su tren a la Plataforma Dos para el siguiente traslado de tropas. Yasuo se guardó para sí mismo lo que pensaba, pero no podía evitar darse cuenta de que los soldados eran más jóvenes a cada remesa que enviaban al norte. Estudió el boletín informativo con los ojos inyectados en sangre, la cabina del conductor estaba bañada en humo de pipa. Los titulares hablaban del gran ejército Tora que marchaba bajo las órdenes del Daimyo Roan, listo para aplastar al Daimyo de los Zorros y a sus aliados Kagés. La historia insinuaba que Isamu estaba implicado en el asesinato de la Señora Gaia, que deseaba hacerse con los Cuatro Tronos de Shima.

—Bastardos —musitó Yasuo—. El hombre sabio nunca confía en el zorro…

Oyó el suave roce de unas pisadas a su espalda, sintió algo duro y gélido apretado contra la nuca. Una miradita al parabrisas desveló el reflejo de un chico con la cabeza afeitada y una sonrisa chueca. Alrededor del chico había otro puñado de personas: un joven alto con la cara torcida, otro con una cara angulosa, una anciana con plata centelleando bajo su capa.

—¿Qué tal, amigo? —dijo el chico.

Yasuo se quedó boquiabierto, no dijo nada.

—Esto que tengo apretado contra la parte de atrás de tu cabeza es un lanzador de hierro, por si estabas especulando.

Yasuo levantó las manos despacio.

—¿Esta locomotora en la que vamos tiene el depósito lleno?

—Hai —asintió Yasuo.

—¿Suficiente para llevarnos a la ciudad de Yama?

—… No tengo autorización…

Aumentó la presión sobre la nuca de Yasuo.

—Parece que tengo un puñado entero de autorización apoyado sobre tu cogulla, amigo.

—Hai. —Un rápido gesto afirmativo—. Llegaremos a Yama.

La presión se relajó, el reflejo del chico sonreía como Kitsune suelto en un gallinero.

—Arráncala entonces. Tenemos un largo camino por delante.