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AL PASO DE LA LUZ

«Kagé» era la palabra shimana para «sombra». Una sombra no es simplemente ausencia de iluminación. Nacen al paso de la luz, en la intercesión entre resplandor y superficie. No pueden existir en el vacío. No pueden ser, en y de sí mismas.

Todas las sombras están hechas.

Dos docenas de ellas se encontraban en una nave voladora Fénix en el frío corazón de la noche; un viento gélido soplaba desde el océano de poniente, sacudía la embarcación como un bebé cuando llora. Los motores eran un gruñido constante, bestias de metal con barrigas vacías, mares de nubes se deslizaban turbulentos bajo la quilla. Octavia estaba en la cubierta de en medio, su aliento blanco como la nieve surgía en volutas de la cogulla que le cubría la cabeza. Miraba más allá de la lona inflable, al cielo que había al fondo. Incluso por encima de la tormenta, la noche era negra como el carbón, el manto de gases de escape ahogaba todo excepto a las estrellas más testarudas. Maro se acercó a ella. El lugarteniente Kagé iba vestido de negro, igual que ella. Una espada de filo recto y una maza de guerra a la espalda, bombas de humo y bengalas de mano a la cintura.

—El capitán dice que deberíamos descender por debajo de la cubierta de nubes pronto —dijo Maro—. Para tomar rumbo hacia la Primera Casa.

Octavia asintió, con los ojos todavía fijos en el lugar donde deberían haber estado las estrellas.

—Los guerreros están listos —añadió Maro—. El equipo lo hemos comprobado tres veces.

Cuando Maro habló, Octavia pudo oír ira recalcando cada una de sus palabras. Un dolor reciente, nacido después de que su hermano pereciera en su empeño por traerles información sobre la construcción del Arrasador en otoño. Maro y Ryusaki habían sido inseparables, ambos Samuráis de Hierro bajo las órdenes del padre de Octavia, ambos se unieron a su protesta, ambos abandonaron el servicio de Wells y buscaron a los Kagés después…

Después.

Pero la ira era buena. De la ira surgía una fuerza más allá de la fuerza. Y necesitarían cada gota de ella si iban a meterse a sabiendas en las fauces de la serpiente.

—Descendamos entonces.

El siseo grueso y grave de los compresores pudo oírse por todo el globo, la orden de descender se extendió entre la tripulación. La nave era un veloz buque mercante llamado Tormenta de Fuego, propiedad de un capitán de nombre Nori. El hombre se había convertido en aliado de los Kagés cuando un magistrado corrupto encarceló a su hijo porque se había encaprichado de la reciente esposa del chico. Se encontraba en el puente de mando, con ambas manos sobre el timón mientras la Tormenta de Fuego se deslizaba entre las nubes.

—¡Agarraos, amigos! —gritó—. ¡Se avecinan fuertes vientos!

El mercante asomó el morro a los cielos negros, un zigzagueante relámpago cegador rompió en mil pedazos la oscuridad de su costado de estribor. Los caminantes de las nubes maldijeron en las jarcias, algunos rezaron a voz en grito oraciones a Susanoō y su vengativo hijo Raijin. Pensar en el Dios del Trueno le trajo a Octavia imágenes nada bienvenidas de Lexa y Buruu, y como una sombra tras ellos, la forma pálida como un fantasma de Clarke, con sus ojos brillantes como cuchillos y sus planes dentro de planes. Su ira bulló furiosa, brillante y ardiente; Octavia incrustó los dedos en las palmas de las manos para formar puños. Cruzó la cubierta a grandes zancadas, subió las escaleras de dos en dos de camino al puente de mando.

Nori escudriñaba la negrura con un catalejo telescópico.

—Multitud de luces al noreste —asintió, entregándole a Octavia el artilugio—. Me temo, bella Señora, que allí está su Arrasador y el ejército que lo acompaña.

Octavia ignoró la afectación en el habla de Nori, el acento de alta cuna. Incluso aquí, en el lado equivocado del Daimyo del Tigre y de las leyes del Gremio, el capitán Fénix no podía evitar hacer el papel de artista. A pesar de los vientos huracanados, había conseguido amarrarse el sombrero con la inclinación apropiada. Octavia miró por el catalejo, divisó un puñado de luces a través de la lluvia torrencial. Podía distinguir la silueta de un gigante que se alzaba imponente por encima de la tierra destrozada.

—Llévenos tan cerca de la Primera Casa como pueda y déjenos cerca del conducto de chi.

—Señora, ¿se da cuenta de que Primera Casa es un bastión en una montaña? ¿Tiene la intención de que les crezcan alas cuando lleguen allí?

—No necesitamos alas, Capitán. Tenemos manos. Manos y la voluntad de utilizarlas.

—¿Y qué pasa con la Mancha? Fisuras en la tierra que discurren a lo largo de kilómetros, humos tan pesados que no se mueven ni un palmo en el más fuerte de los vientos. La franja de tierras baldías más antigua del Imperio. Y los que van allí mueren, Señora. ¿Cómo, en el nombre de todos los dioses, van a atravesarla y salir indemnes?

La de Octavia fue una sonrisa de medianoche y de hielo.

—Por la carretera que el Gremio construyó para nosotros.

El personal del puente estaba reunido, con los trajes atmos recién pulidos, Clarke estaba de pie en un extremo de la fila, al lado del Comandante Rei. El grupo se encontraba sobre la hombrera del Arrasador en medio de un viento aullante. Un acorazado se cernía sobre ellos en lo alto, sus hélices hacían picadillo la lluvia negra, los relámpagos crepitaban sobre las nubes por encima de sus cabezas. Los motores del acorazado rugieron entre el estruendo de la tormenta mientras atracaba. Clarke pensó que podía oír la lluvia escupir y chisporrotear sobre la carcasa al rojo vivo del motor. El capitán debía de haber fustigado al acorazado la mayor parte del viaje, forzando los motores al máximo. Clarke se imaginó a una sombra amenazadora por encima del hombro del capitán, los ojos ardiendo con el calor del sol oculto, fijos en el horizonte a medida que se acercaban más y más. Y aquí venía la sombra ahora, pasó por encima de la barandilla del acorazado y le bajaron con el cabestrante hasta el hombro del Arrasador. Había venido a conducir su creación a la victoria final.

El Shateigashira Kensai. Segundo Brote del Cabildo de Kigen.

Clarke se preguntó por qué el Segundo Brote no había simplemente bajado volando hasta el pescante, pero al aterrizar, Kensai se tambaleó, sujetándose contra el Artífice que había ido a ayudarle. Clarke se dio cuenta de que la explosión debía haber causado más daños de los que habían hecho creer al mundo.

—¡Shateigashira Kensai, es un honor para nosotros darle la bienvenida a bordo del Arrasador!

Clarke plantó una mano sobre el puño al unísono con los demás Hombres del Gremio, todos ellos hicieron una reverencia en un solo movimiento fluido. El Comandante Rei estaba claramente eufórico por la presencia de su sensei, pero una leve preocupación tiñó su voz cuando procuró que se le oyera por encima de la tormenta.

—¿Se encuentra bien, Segundo Brote? ¿Sus lesiones…?

Kensai se enderezó despacio. Varios Hombres del Loto más se dejaron caer del acorazado, aterrizaron sobre el pescante envueltos en un fogonazo de luz blanco azulada. Se situaron alrededor del Segundo Brote, con la intención de ayudarle si lo necesitara, pero con cuidado de no tocarle si no fuera así.

Kensai habló, la voz tensa por el dolor.

—Un simple arañazo no es suficiente para alejarme de este triunfo, Reisan.

—Si necesita ayuda…

—Usted tiene sus propias obligaciones, Comandante. Pero creo que mi presencia aquí hace que al menos un elemento de su personal sea redundante. Quizás sería lo bastante amable como para asistirme durante mi estancia… —Kensai volvió los ojos hacia el final de la fila—. ¿Podrías dedicarme algo de tu tiempo, Clarkesan?

—Sería un honor servirle, Segundo Brote.

—Sin duda. —Kensai se acercó cojeando hasta Clarke, respiración rasposa, la lluvia tamborileaba sobre sus pieles como un millar de tambores de metal. Como el pulso que echaba carreras en el pecho de Clarke.

Kensai plantó una pesada mano sobre su hombro, como si necesitara apoyarse.

—Tú delante, Clarkesan.

Con la cabeza bien alta, Clarke se giró hacia la escotilla abierta y condujo a Kensai al interior.

No había tosido durante catorce minutos y once segundos.

Los segundos hacían tictac en la cabeza de Daichi, momento a momento, la lengua seca se le quedaba enganchada en los labios agrietados. Cada inspiración venía acompañada de un dolor mortecino a medida que la negrura se iba extendiendo por sus pulmones. Un trapo atado alrededor de la cara era su único filtro, pero el aire en la barriga de la nave voladora era probablemente más limpio que el de la cubierta y, por eso al menos, le estaba agradecido a sus captores.

Resultaba extraño cómo una semana de agonía te hacía agradecer hasta la más pequeña de las misericordias.

Cuando había estado de acuerdo en ayudar a Clarke a subir a bordo del Arrasador, sabía que eso le condenaba a morir. Pero no sabía la forma que tomaría esa muerte. Se le aparecía de distintas maneras, se imaginaba las torturas a las que podría someterle el Primer Brote solo para su divertimento…

Se obligó a estarse quieto. Cerró los ojos y pensó en Octavia. La vida que podría tener cuando todo estuviera dicho y hecho.

El runrún del motor bajó una octava, las hélices ralentizaron su ritmo. Daichi levantó la cabeza, escuchó los ruidosos pasos más arriba, el sonido rasposo de unas amortiguadas voces metálicas. Y allí, en la penumbra de la bodega, los sintió, esa ausencia de presencia que ya le resultaba tan familiar, esa oscuridad cada vez más profunda, llena del pesar de unas flores sin luz solar.

—Es la hora —dijo el primer Inquisidor.

—Estoy listo —susurró Daichi.

Unas carcajadas, revestidas de algo frío y no del todo humano.

—No. No lo está. —La risa murió en seguida, como esperaba hacerlo Daichi—. Nadie lo está jamás.