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AL FINAL DEL SUEÑO
¿Tienes un hijo?
Buruu observó a Lexa con la cabeza ladeada, estudió su expresión. Tenía los ojos tan abiertos como una luna llena por encima del tejado de nubes. Pálida como la espuma de los rompientes allá abajo. La boca abierta, el asombro grabado a fuego en cada línea y cada curva de esas facciones que él conocía tan bien.
PARECES SORPRENDIDA.
¡Claro que estoy sorprendida!
¿Y POR QUÉ?
Dios, no lo sé. Simplemente es que tú no… No pareces un padre.
¿Y CÓMO DEBERÍA SER ESE PARECIDO?
Dios, no lo sé. ¿Pipas de loto y adicción al juego?
LEXA, TENGO PAREJA. ¿POR QUÉ NO IBA A TENER CACHORROS?
Supongo… Siempre me pareciste tan joven. No pareces mucho mayor que yo.
Buruu deslizó los ojos hacia la pequeña protuberancia del estómago de Lexa, bajo el hierro articulado.
SI TUVIERA CEJAS, AHORA MISMO ESTARÍAN CAMINO DEL CIELO.
Vale, vale. Ahí le has dado, lo he captado.
LLEGA UN MOMENTO EN QUE UNO MÁS UNO ACABA SIENDO TRES.
¿Se llama Rhaii?
SÍ, SIGNIFICA «ESPERANZA».
¿Cuánto tiempo tenía cuando te fuiste de Tormenta Perpetua?
UN PUÑADO DE MESES.
Buruu miró hacia el sur, contempló a Shai que regresaba volando por encima de las olas, con una pequeña forma blanca a su lado.
NO SE ACORDARÁ DE MÍ.
Lexa pasó los brazos alrededor del cuello de su amigo, los apretó con fuerza.
Puede que no se acuerde. Pero te querrá. Eres su padre.
PADRE ES SOLO OTRA PALABRA PARA DECIR EXTRAÑO, PARA AQUELLOS QUE CRECEN SIN UNO.
Entonces él sintió tristeza dentro de Lexa, la vio deslizar una mano hacia el calor de su tripa, agachar la cabeza mientras la lluvia goteaba entre las cortinas de su pelo. Y Buruu cerró los ojos, se maldijo por ser tan tonto, tan torpe y patoso y tan poco conocedor de las costumbres de los humanos.
QUE RAIJIN ME PERDONE, LO SIENTO. ESO NO ES LO QUE QUISE DECIR.
SÍ es lo que quisiste decir. Y es verdad. Yo sé lo que es crecer sin uno de tus padres.
TODO LO QUE IMPORTA ES QUE CREZCAN EN UN LUGAR CON AMOR. QUE HAYA UNO O DOS SOLES NO SUPONE NINGUNA DIFERENCIA. SOLO QUE HAYA LUZ.
Lexa contempló las figuras que se acercaban volando. Y en un instante, toda la pena y el dolor y la preocupación se esfumaron de su cara, iluminada con tal sonrisa que parecía que la Diosa Amaterasu se había asomado desde detrás de las nubes.
Es tan bonito…
Y entonces Buruu lo vio, un pequeño manojo de plumas nuevas y pelo de bebé, aún suave y blando y gris por zonas; la infancia todavía por mudar. Pero aunque los vientos eran feroces como tigres, aunque probablemente era aún demasiado joven para realizar semejante vuelo, él seguía avanzando, sus diminutas alas golpeaban el aire con toda la furia de los tambores de Raijin.
La contribución de Buruu al futuro de la raza de los arashitoras.
Su pequeño Rhaii.
Su Esperanza.
Dios mío, Buruu, es igualito a ti…
Shai llegó a tierra, sus garras levantaron chispas sobre el granito puro. Se volvió para observar a su hijo, y Buruu le pasó un ala por los hombros, con el corazón henchido de orgullo. La pequeña figura siguió trabajosamente adelante, zarandeado como una cometa por la tormenta. Pero aun así, siguió volando, valiente como los dragones, para acabar desplegando sus afiladas garras de cachorrillo y realizando un trompicado y accidentado aterrizaje que le hizo dar varias volteretas hasta terminar hecho un nudo a los pies de su padre.
Oh, no… pobre tesoro…
Lexa se arrodilló sobre la piedra, estiró las manos hacia el cachorro mientras se recomponía y se ponía de pie; estornudó la lluvia de sus ollares y se sacudió como un perrito.
Oh, que bebé tan adorable…
El cachorro la vio entonces, sus grandes ojos se hicieron aún más grandes. Se le erizaron todos los pelos del lomo, desplegó las alas en señal de amenaza y soltó el gruñido más feroz que fue capaz de emitir: un diminuto maullido apenas merecedor de tal nombre. Lexa retiró bruscamente las manos cuando él le lanzó un mordisco y retrocedió brincando hacia su madre sobre sus torpes patitas, sin dejar de gruñir con su minúscula voz.
Por todos los dioses, tiene carácter…
*TIENE ESPÍRITU DE GUERRERO, COMO SU PADRE.*
La curiosidad brillaba en los ojos del cachorro, miraba a Buruu desde detrás de las patas de su madre. Shai bajó la cabeza, le dio un empujoncito con un ronroneo alentador. Buruu se arrodilló sobre la roca, el dolor de sus heridas completamente olvidado, puso los ojos al nivel de los del cachorrillo. La última vez que había visto a su hijo, apenas era más que un bocado de pelo y plumas. El cachorro lo olisqueó, con los pelos todavía erizados; dio unos saltitos hacia él. Buruu movió el ala y Rhaii retrocedió de un brinco, desplegó las alas y volvió a gruñir. Pero lentamente, muy lentamente, volvió a reptar hacia delante, con la cabeza ladeada, mientras la lluvia seguía cayendo. Medía unos tres palmos de largo, su pelo lustroso solo mostraba la tenue sombra de sus futuras rayas. Pero Buruu pudo ver que serían gruesas y negras, que crecería hasta ser fuerte y fiero y transmitir el legado de sus antepasados a las generaciones futuras. Buruu apoyó la barbilla en el suelo. Y el pequeño Rhaii se acercó hasta él y apoyó la frente contra la de Buruu, plantó una patita sobre su mejilla y ronroneó. Buruu podía oír a Lexa intentando reprimir sus sollozos, lágrimas de alegría entre la lluvia. Pasó un ala alrededor de sus hombros, la atrajo hacia sí, con Shai acurrucada contra su otro flanco. Y supo, con cada pizca de su ser, que este momento, este instante, viviría en su memoria para siempre. Que aquí, él estaba entero y perfecto. Que no importaba lo que pasara en el futuro, que esto siempre sería suyo.
MI FAMILIA.
Siempre.
Le dieron el tiempo que se había ganado. Una hora para saborear su regreso a casa, para jugar con su hijo, persiguiéndose entre las nubes. Pero le estaban esperando cuando volvió a la aguilera, negros y blancos, jóvenes y viejos. Sukaa caminaba al acecho, dibujando un amplio círculo alrededor de Lexa, dolor e ira grabados en la mirada. La vieja Crea también estaba ahí, ojos acuosos velados de blanco, puede que a solo una temporada del sueño eterno. Y aunque la tigresa que cantaba las leyendas era la arashitora más vieja y más sabia de la manada, obviamente ardía de curiosidad por conocer las razones del regreso de Buruu.
Por fin aterrizó, Shai recogió al pequeño Rhaii bajo un ala.
Lexa se puso al lado de su amigo, agradecida del calor que emanaba. Dos docenas de miradas estaban fijas en él, guerreros tanto negros como blancos, hembras, ancianos con rayas ya borrosas. Y plantó las patas en el trono que había sido de su padre y miró al resto de su raza. Ahora a sus órdenes.
La vieja Crea fue la primera en hablar, su gruñido duro y desafiante a pesar de la edad. Un niñomono nunca antes había puesto los pies en Tormenta Perpetua, la anciana preguntó qué hacía allí aquella intrusa.
Buruu miró a Lexa, asintió lentamente. La sintió en el Kenning, cómo se estiraba entre la manada y los acogía en su ser, atrayéndolos hacia el calor de su mente. Cuando ella habló, sus pensamientos resonaron dentro de la cabeza de cada uno de los tigres del trueno, ardían con la fuerza combinada de su mente y la de los pequeñines que llevaba dentro. El calor de la canción que solo ella podía oír. El fuego combinado de cada ser vivo a su alrededor, que la inmolaban y la inundaban, agitados y furiosos.
La Canción Vital del Mundo.
—Mi nombre es Kitsune Lexa. Soy medio yōkai. Juntos, Buruu y yo hemos cambiado la forma de Shima para siempre. Hubo un tiempo en el que compartimos estas islas, los arashitoras y los humanos. Y me gustaría que volviera a ser así. Me gustaría que volvierais con nosotros, que nos ayudarais a reclamar las tierras de vuestro nacimiento a los tiranos que no han tenido reparos en convertirlas en cenizas y desolación.
Los pensamientos de la vieja Crea eran fríos, chirriaban como una puerta de madera hinchada por la lluvia.
_ERES SEÑORA DE LAS TORMENTAS._
—Lo soy. Y Buruu… el que conocíais como Roahh… él es mi hermano.
_ENTONCES HE VIVIDO LO SUFICIENTE COMO PARA SER TESTIGO DE UNA LEYENDA._
El negro conocido como Sukaa gruñó, su voz rebotó por todo el Kenning.
ARASHITORAS SIGUEN FUERZA. NO LEYENDAS. NIÑOSMONO DÉBILES. ¿POR QUÉ LOS SALVAMOS?
Buruu gruñó, desde lo más profundo del pecho.
PORQUE TU KHAN TE LO ORDENA.
¿ORDENA QUE LOS SALVEMOS? ¿QUÉ KHAN DIRÍA SEMEJANTE COSA?
EL KHAN QUE MATÓ A TU PADRE, SUKAA. EL KHAN QUE TE MATARÁ A TI TAMBIÉN, SI ME SIGUES DESAFIANDO.
Shai se adelantó, su porte era orgulloso y regio, tenía los ojos fijos en los de Sukaa.
*YO VOY CONTIGO, MI KHAN.*
Las risas de Sukaa rebotaron por las mentes de todos.
¿UNA HEMBRA? LAS HEMBRAS NO LUCHAN.
El gruñido de Shai se cortó en seco al oír la voz de Buruu en su mente.
TIENE RAZÓN, MI AMOR. UN MACHO PUEDE REPOBLAR UNA ESPECIE, PERO SIN HEMBRAS, NUESTRA RAZA ESTÁ PERDIDA.
Miró al resto de las hembras jóvenes, con los ojos brillantes.
NO PODEMOS ARRIESGAR A NINGUNA DE VOSOTRAS EN ESTA GUERRA. VOSOTRAS SOIS NUESTRO FUTURO. SOLO MACHOS. SOLO GUERREROS.
Shai parpadeó, la ira ardía en sus ojos.
*YO TU PAREJA. YO SHAKHAN DE TORMENTA PERPETUA.*
Y TU LUGAR ES ESTE. PARA GOBERNARLO HASTA QUE YO VUELVA.
Sukaa gruñó.
NO HABRÁ GOBERNANTE. NO SI PIDES ESTO.
NO LO PIDO, SUKAA. LO ORDENO.
Los demás negros morchebanos gruñeron, escarbaron sobre la roca negra y empapada.
—Por favor, parad —dijo Lexa—. No hay necesidad de derramar más sangre.
HABLAS CON VOZ DE DEBILUCHA, CHICA. CORAZÓN DE DEBILUCHA.
—¿Debilucha? No sabes nada sobre mí…
PODRÍA DESTRIPARTE CON SOLO PENSARLO.
Buruu rugió, avanzó hacia Sukaa, con los pelos erizados. Shai retrocedió, llamó al pequeño Rhaii con las alas, los demás machos se apartaron y dejaron espacio libre para la violencia que estaba a punto de estallar.
YO SOY EL KHAN. YO DOY LAS ÓRDENES.
EL QUE RETA Y VENCE AL KHAN ES KHAN, TRAIDOR.
ESE NO ES MI NOMBRE.
¿PREFIERES EL NOMBRE QUE TE DIO NIÑAMONO?
—Parad —gruñó Lexa.
¿ME ESTÁS RETANDO, SUKAA?
ESTÁS HERIDO, MI KHAN. SANGRANDO. DÉBIL.
RÉTAME ABIERTAMENTE, ENTONCES, Y TE COBRARÉ LA DEUDA QUE TENÍAS CON MI HERMANO. ENVIARÉ TUS HUESOS A REUNIRSE CON LOS DE TU PADRE. TE PARTIRÉ EN…
—¡PARAD! —rugió Lexa.
El grito retumbó por el Kenning con la fuerza de mil truenos; hizo que todos los tigres del trueno que estaban en la aguilera se tambalearan parpadeando y llenaran sus pechos de gruñidos reverberantes. La chica se acercó a Sukaa, el negro se alzaba imponente por encima de ella, pero Lexa miró directamente a esos ojos de ardiente verde esmeralda.
—Me llamas debilucha, Sukaa, hijo de Torr. Crees que no soy más que una chiquilla asustada. Otro pensó eso mismo de mí, no hace tanto tiempo. Y le enseñé lo equivocado que estaba, acabando con su imperio.
Sukaa gruñó, desplegó las alas en toda su envergadura. Pequeños filamentos de relámpago crepitaron a lo largo de sus plumas, lamiendo el aire que los rodeaba con ávidas lenguas. Dio un paso hacia ella, puso el pico a escasos centímetros de la cara de la chica, agitaba la cola como un látigo.
Lexa no movió ni un músculo.
—¿Crees que soy débil? ¿Crees que no soy más que una chiquilla asustada? Entonces te digo a ti lo mismo que le dije a él, justo antes de apagarle como si fuera una vela.
Abrió bien los brazos, cerró los ojos.
—Déjame enseñarte lo que una sola niñita puede hacer.
Buruu sintió a Lexa salir de detrás del muro de sí misma y adentrarse en la tormenta de fuego que había detrás de él, en el furioso caos de la Canción Vital. La furia de esta se filtró a través de Lexa y se coló en todos y cada uno de ellos. Los tigres del trueno cerraron los ojos, se apartaron asustados, gruñendo y temblando. Pero aun así ella nadó en la canción, se inmoló en ella, se estiró más allá de la aguilera y se introdujo en la furia de la tormenta, los embates y el empuje de las olas a sus pies, en el titánico calor enroscado alrededor de la base de las islas de Tormenta Perpetua. Más viejos que el tiempo. Que la vida o la muerte. Esas bestias ancestrales que llevaban tantísimo tiempo sumidas en un profundo sueño, su furia paralizada bajo la nana de los truenos de Susanoō. Y Lexa estiró la mente hacia ellos, quemándose con el calor de mil vidas, mil corazones, mil voces. Más brillantes que el sol.
Niah. Aael. Madre y Padre de todos los dragones.
Movió los labios, su voz sonó como el vendaval de un tifón, más alta que la canción del mismísimo Dios de las Tormentas en persona. Una sola palabra, que hizo que todo el mundo empezara a temblar.
—Despertad.
