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VÍSPERA
En la casa del Señor de los Zorros, están reunidas diez figuras.
La primera, una chica flaca como un fideo, criada en los barrios bajos y dura como el palo fierro. Pelo de un rubio dorado, un único ojo que resplandece de un tono rosa pálido, la voz de una tigresa del trueno resuena en su corazón. Por primera vez desde que tiene uso de razón, ha empezado a tener esperanza.
A su izquierda, un hombre alto, fornido y fuerte, con un fénix tatuado sobre un brazo. Habla con voz suave y, cuando mira a la chica que tiene al lado, no puede evitar que sus labios sonrían.
A la derecha de ambos, un guerrero de tierras lejanas. Embutido en un peto de hierro apaleado; grabado en él, un ciervo con tres cuernos en forma de medialuna. Apuesto, pero preocupado. Pelo dorado como el de la chica, pero manchado tras semanas bajo la lluvia negra. Es un extraño en ese lugar. Considerado enemigo por algunos. Amigo por unos pocos. La mayoría no saben qué pensar de él en absoluto.
A su lado, otro hombre, callado y vigilante. Su cara un amasijo de cicatrices, el ojo izquierdo ciego, el otro azul, reluce como el hielo y se posa constantemente en la chica rubia. Mantiene las palmas de las manos apretadas entre sí como si estuviera rezando. Cuando la chica habla, se queda quieto del todo, como un chiquillo al ver su primer amanecer.
La siguiente es una chica. Tan bonita como las flores al caer, aguda como una navaja, dura como el acero doblado. Pelo largo y negro, ojos oscuros perfilados con kohl, espadas cruzadas a la espalda. No suele pensar en aquel al que se las robó, el hombre que la llamaba su dama, su amor. No suele pensar en lo que podía haber sido. No piensa en ello ahora, aquí a la mesa del Señor de los Zorros. Pero esta noche, sola en su habitación en la víspera de la batalla, sabe que lo hará.
Se promete que no llorará.
A su lado, el capitán de una nave voladora. El pecho como un tonel y la barriga como un tambor, un sombrero de paja de un tamaño imposible descansa ladeado sobre su cabeza. Sus ojos son vivos, su inteligencia aún más viva, y en su interior arde una intensa sed de venganza. Una sed de sangre de Tigre.
Al lado del capitán se arrodilla un general del clan Kitsune, su armadura esmaltada de negro, un casco en forma de zorro gruñendo descansa en su regazo. A su lado, otros tres generales del clan Zorro. Se mencionan aquí porque desempeñan un papel (porque los ejércitos no los dirige una sola persona), pero demorarse demasiado en su descripción sería dar falsas esperanzas, pues para el final de esta leyenda, los tres estarán muertos y la historia no hablará de ellos demasiado.
Cruel como las tormentas, es la historia. Fría como los vientos de invierno.
Y por último. A la cabecera de la mesa. El Señor de todos los Zorros. Jefe de esta casa, de este han, de este clan. Tiene ejércitos a sus órdenes. Samuráis y soldados que darían la vida a una sola palabra suya. Hombres que observan por encima de las murallas de Yama el juicio final que se aproxima y no vacilan ni un ápice, no flaquean ni un instante. Como no flaquearon sus propios hijos.
Ni siquiera cuando murieron.
Toda su vida, no ha conocido otra cosa que no fuera la guerra.
Lo ha perdido todo por su culpa. Esposa. Hijos. Estirpe. Y aquí está, a punto de enzarzarse en otra. La última que verá jamás. La última vida que tiene para dar.
En lo alto, los truenos retumban, con más fuerza que un lanzador de hierro, su eco rebota por los salones. Mira a sus hombres, listos para luchar y morir en su nombre. Mira a sus invitados, estos invasores gaijins que ahora ofrecen parlamento, estos rebeldes Kagés reunidos bajo su bandera, esta Señora de las Tormentas sentada enfrente de él y que podría muy bien darle las armas que necesita para ganar.
Y todo lo que quiere hacer es dormir.
Pronto, se promete a sí mismo.
Pronto.
—El ejército gaijin cuenta con más de nueve mil efectivos, pero solo seis mil están realmente preparados para la batalla. —Echo miró a Isamu por encima de la mesa—. La lluvia negra los ha golpeado fuerte. Con su permiso, Daimyo, podríamos trasladar a sus heridos a Yama, aquí al menos estarían a salvo de las inclemencias del tiempo.
—Eso no sería muy inteligente, Daimyo —intervino Ginjiro—. ¿Invitar a nuestras casas a los que han aniquilado al clan Dragón?
—No llevarán armas —replicó Aleksandar—. Yo les prometo que no traerán violencia. Las Zryachniyes han hablado. Parece que nuestra guerra es contra vuestro Gremio.
—Cuénteles eso a los samuráis del Dragón —dijo Ginjiro. Gustus suspiró.
—General, el Arrasador está a un día de marcha de nuestras murallas. ¿Realmente quiere escupirles a la cara a seis mil gaijins que están deseosos de luchar a su lado?
—¿Quién dice que no se volverán contra nosotros cuando la batalla haya terminado?
—Una promesa tiene gran peso entre la gente de Morcheba —explicó Echo—. Mi Tío promete que sus tropas no traerán violencia a su puerta. No lo harán.
Ginjiro frunció el ceño, sacudió la cabeza.
Echo miraba fijamente a Isamu mientras se quitaba un mechón rubio de la cara.
—Daimyo, alguien tiene que empezar a confiar en alguien aquí, o los Toras y sus amos del Gremio estarán brindando por su muerte alrededor de esta mesa mañana por la noche.
Isamu fijó la vista en Echo, una víbora vigilando a un ratón especialmente regordete.
—Y, ¿el misterio de tu… —hizo un gesto vago hacia la cara de la chica—… peculiaridad… ha sido resuelto?
Echo le sostuvo la mirada al viejo caudillo. Podía sentir a Kaiah al acecho detrás de su ojo. La sangre de una diosa en sus venas.
—Soy descendiente de la estirpe de las Zryachniyes. Nosotros las llamaríamos Videntes en nuestro idioma.
—¿Ah sí? —Una ceja arqueada—. ¿Y qué es lo que veis las Videntes?
—Yo todavía no veo nada. La Vista debe ser despertada en mí. Las Zryachniyes realizarán ese ritual mañana antes del ataque.
—¿Crees que es acertado? —preguntó Raven—. ¿Por qué esperar a mañana?
—El ritual debe tener lugar al amanecer. Esa es la hora de la Diosa.
—No me gusta, Echo…
—Ni a mí —musitó Gustus.
—Mi bisabuela podía ver a la gente que conocía, estuvieran donde estuviesen en el mundo —dijo Echo—. Podía simplemente cerrar los ojos y verlos como si estuvieran a su lado. ¿Podéis imaginar lo que pasaría si resulta que puedo ver el futuro? ¿O el camino para alcanzar el futuro que todos deseamos?
—Puede que simplemente acabes viendo en la oscuridad —objetó Raven—. O lo que la gente tiene debajo del kimono.
El Mirlo meneó las cejas.
—Alabada sea la Diosa…
Raven sonrió de oreja a oreja, le hizo al capitán un gesto especialmente obsceno con la mano. El hombre estalló en sonoras carcajadas, dando palmadas sobre la mesa y haciendo temblar los servicios de té.
—Ya he tomado una decisión. —Echo buscó la cara de Gustus—. Necesito que confiéis en mí.
El hombretón asintió.
—Confío en ti.
La chica se volvió hacia el caudillo Kitsune.
—También necesito su confianza, Isamusama. Entre nosotros, los gaijins y los rebeldes del Gremio, tenemos la oportunidad de vencer al Gremio de una vez por todas. Para siempre.
—¿Hemos tenido noticias de Misaki y su gente? —El Mirlo pasó la vista de un lado al otro de la mesa—. Aún no creo que tengan ni una sola jodida oportunidad de lograr su objetivo.
—Nos radiaron un mensaje hace un rato —asintió Ginjiro—. Llegarán a la Primera Casa mañana. Han pintado su nave y su globo con los colores del Cabildo Tora. Ayer se pusieron en contacto por radio con los rebeldes que están a bordo del Arrasador, así que vuelven a tener acceso a las contraseñas y códigos de transmisión prioritarios. Eso debería bastarles para entrar en la Primera Casa. Una vez ahí, con un poco de suerte, lograrán detonar los depósitos de chi y volar el sitio en mil pedazos.
El Mirlo sacudió la cabeza.
—¿Va alguien del clan Zorro con ellos? Dios sabe que van a necesitar algo de anticuada suerte Kitsune para salirse con la suya.
—Bueno, aunque saliera mal el ataque a la Primera Casa, tenemos lo del Arrasador bien atado —explicó Ginjiro—. Los rebeldes que van a bordo volarán sus motores en cuanto empiece la batalla. La explosión exterminará a las tropas de tierra Tora. Luego nos lanzamos al ataque desde Kitsunejō, los gaijins atacan desde el este y los cogemos entre dos frentes, con el apoyo aéreo de nuestras propias naves voladoras y los rotorcópteros.
—Pero en el aire, los Toras todavía nos superan claramente en número —objetó Isamu.
—Necesitamos a Lexa —suspiró Raven.
—Nunca nos ha fallado antes —dijo Gustus.
—Nunca hemos tenido tantas cosas en contra antes.
—¿Y si falla? —preguntó el Mirlo—. ¿Entonces qué hacemos?
Isamu se acarició el bigote y encogió los hombros.
—Entonces esperemos que Kitsune cuide de los suyos.
Gustus estaba de pie delante de la ventana, viendo cómo los gaijins entraban a cuentagotas en el patio de Kitsunejō. Los soldados del clan del Zorro observaban a los ojos redondos con recelo, pero era obvio que no había ninguna emboscada preparada. Los gaijins estaban en un estado lamentable, a muchos los llevaban en camilla, con la piel quemada cubierta de ampollas. Los criados del Daimyo les llevaron mantas y arroz caliente, la barrera de idioma entre los dos pueblos se superaba con pequeños gestos de amabilidad y sonrisas de agradecimiento. El hombretón sacudió la cabeza. Hace solo unos días, estos hombres habían estado dispuestos a destruir a todos los habitantes de la isla. Ahora, todo lo que estaban dispuestos a destruir era la despensa del Daimyo. Y todo gracias a…
—Ahí estás.
Gustus dio media vuelta al oír su voz, la vio apoyada en el quicio de la puerta. Se había alisado la melena lo mejor que había podido, pero aún se veía enmarañada y tenía mechones sueltos alrededor del ojo, el flequillo en diagonal hacía todo lo posible por ocultar el parche de cuero. Iba embutida en un peto de oscuro hierro articulado. Llevaba los anteojos y el pañuelo colgando alrededor del cuello, su ojo demasiado redondo le observaba, sin parpadear.
Preciosa.
—¿Dónde está Kaiah? —preguntó Gustus.
A modo de respuesta, Echo se dio unos golpecitos en el peto con los nudillos.
—La están preparando los herreros. Algo para protegerla de los disparos de los arqueros. Están fabricando algo parecido para Buruu también.
—Buena idea.
—¿Te gusta? —preguntó, deslizando una mano por la armadura, sobre la suave curva de sus caderas.
Gustus tragó saliva.
—Sí, me encanta.
—Mi Tío ha vuelto al campamento a informar al Mariscal y a la Santa Madre. Quería que me fuera con él para prepararme para el ritual del amanecer. De hecho, insistió.
—Entonces, ¿por qué te has quedado?
—… ¿No lo sabes?
El techo crujió, ominoso y tartamudo. El suelo tembló bajo sus pies, una vibración que emanaba de algún lugar muy profundo, los cristales de las ventanas tintinearon, un jarrón de flores se hizo añicos contra el suelo. Con una mueca de dolor, Gustus cojeó hasta la puerta y se apretujó con Echo bajo el marco mientras el terremoto se intensificaba hasta alcanzar su punto álgido. Los ventiladores de techo oscilaban en todas direcciones, los temblores subían desde las plantas de sus pies hasta la base del cráneo. Gustus abrazó a Echo, agarrado al marco de la puerta mientras el palacio temblaba y cabeceaba. El terremoto se apaciguó en unos momentos, caía polvillo de las vigas, los criados gritaban en la lejanía. No había sido tan fuerte como algunos que había sentido en los últimos meses, pero aun así, su frecuencia era inquietante. Daba la impresión de que la propia isla estaba intentando quitárselos de encima, botándose como un caballo salvaje. Echo estaba apretada contra su cuerpo, con las manos entrelazadas tras la espalda de Gustus. Levantó la vista hacia él desde detrás de la maraña de pelo rubio y le regaló una sonrisa traviesa al tiempo que la tierra dejaba de temblar.
—¿A ti también te ha gustado?
Gustus se echó a reír y Echo, rápida como un rayo, se puso de puntillas y se abalanzó hacia su boca, pasando los brazos alrededor de su cuello. Hambrienta. Feroz. Él la cogió por los muslos cuando ella envolvió las piernas a su alrededor, apretándolo contra el marco de la puerta. La lengua de Echo salió en busca de la de Gustus, la respiración de este se volvió jadeante, perdido en la sensación, le devolvió el beso con total abandono. Había conocido a mujeres en su vida, más de las que le correspondían, para ser sinceros. Pero aunque se había perdido en el deseo antes, nunca había habido mucho sentimiento verdadero en ello. No de la forma que esta chica le hacía sentir ahora. Echo tenía las uñas enredadas entre su pelo, tiró de su cabeza hacia atrás y le mordió el labio, casi demasiado fuerte. Gustus sintió sabor a sangre, los labios de Echo le rozaron la mejilla, volvieron a mordisquearle, le besó en el cuello mientras metía la mano en su uwagi, la pasaba por encima de su pecho y la deslizaba por los músculos de su estómago, le retiró la túnica del hombro y le volvió a morder.
—Para —murmuró Gustus, acunando sus mejillas, arreboladas y acaloradas, entre ambas manos—. Echo, para.
Ella levantó la vista hacia él, el ojo vidrioso de lujuria.
—¿Qué? Dios, ¿qué?
—¿Estás segura? Quiero decir, ¿alguna vez has…?
Echo estaba casi jadeando, tenía los labios de un rosa brillante por la excitación, por el roce de la barba de Gustus contra su piel. Pero encontró aire suficiente para reírse, le dio una palmada juguetona en el pecho medio desnudo.
—Vosotros los hombres. Sois tan jodidamente idiotas.
—¿Qué? —parpadeó él—. ¿Por qué?
—¿No puedes darte cuenta de que estoy segura? —Apretó el puño con el que le agarraba del pelo, tiró de él para darle otro beso, envolvió las piernas alrededor de la cintura de Gustus al apartarse. Los labios de Echo rozaron los del hombretón a cada palabra que murmuraba—. Los dos podríamos estar muertos mañana. Esta noche podría ser la primera y última noche que paso con alguien. Quiero que seas tú. ¿Necesitas que venga un heraldo a cantar una invitación?
—Es solo que no quiero hacerte daño…
Echo fijó en él esa mirada refulgente, velada bajo unas pestañas negras como el carbón.
—Pero ¿me deseas?
—… Por supuesto que sí.
Ella le besó otra vez, con la boca abierta, hambrienta, apretada contra él con todas sus fuerzas. Sus labios estaban calientes, casi ardiendo, su calor hacía sudar a Gustus a pesar del gélido frío. El hombretón deslizó las manos por las costillas de Echo, por su espalda, maldijo el metal en el que estaba embutida; la sangre palpitaba con fuerza en sus oídos cuando Echo volvió a apartarse, se sacudió el pelo de la cara, con la respiración entrecortada.
—Dilo.
Su voz fue casi un gruñido. Sus movimientos predatorios, la sombra de una arashitora cruzó su ojo mientras sus labios rozaban los de Gustus, apartándose otra vez cuando él intentó besarla.
—Di que me deseas…
—Sí, lo hago.
—Dilo.
—… Te deseo.
—Entonces deja de pensar. —Su aliento era caliente en su oreja—. Deja de hablar. Mañana se acerca por momentos y hay cosas mucho mejores para que hagas con la boca…
La cogió en brazos, cerró la puerta corredera de un sonoro portazo, la madera tembló en los goznes. Se tambaleó hasta la cama, Echo seguía teniendo las piernas enroscadas alrededor de su cuerpo, le iba arrancando el uwagi con las manos, forcejeaba con las correas y hebillas de su peto mientras él maldecía y ella se reía, alegre como el sol de verano.
Despacio, se dijo él.
Muévete despacio.
Los labios y el cuerpo de Echo se incrustaron contra los suyos, Gustus aspiraba sus suspiros con la boca. Y por muy suave que él quisiera ser, ella no quería saber nada del tema, le empujaba hacia abajo para que se ahogara feliz, luego le arrastraba hacia arriba, hacia su húmedo calor, le clavó los dientes en el cuello y las uñas en la espalda.
—Echo —susurró—. Oh, Dios…
Gustus podía ver la sonrisa de Echo en la oscuridad, atrapada en el resplandor rosa que rebosaba de sus pestañas.
—Diosa —murmuró ella.
