36

NIEVE NEGRA

Medianoche.

Habían seguido marchando en la oscuridad, el atronador eco de cada pisada llenaba el horizonte. En cuanto sonó la Hora del Zorro, Clarke se había escabullido de su cama y había bajado a la sala de máquinas, al runrún y el traqueteo de los engranajes y la caja de cambios, los chorros entrecortados de vapor sucio. La tarde fue el único momento en que pudo escaparse de la compañía de Kensai desde que este había llegado; el Segundo Brote obligaba a Clarke a estar a su entera disposición todo el tiempo que pasaba despierto. Durante sus expediciones sin motivo por las entrañas del Arrasador, las horas pasadas simplemente contemplándola todo desde el puente… Kensai parecía disfrutar malgastando los minutos de Clarke; a cada rato se apoyaba sobre su hombro como si le doliesen las heridas, solo para recordarle a la chica que estaba ahí.

Como lo había estado siempre.

Un hombre al que debería haber llamado Tío. La única persona que quedaba en el mundo a la que podía considerar un familiar. Y Clarke estaba decidida a destruirle, destruir el trabajo de toda su vida y todo lo que le habían educado para creer. Se iba a volver contra las personas que confiaban en ella. Otra vez. Desempeñaba el papel de leal Quinto Brote, inclinaba la cabeza y hacía reverencias ante todos los hermanos con los que se cruzaba en las escaleras, consciente de que mañana podrían estar todos muertos. Que todo lo que conocían habría desaparecido.

¿Acaso todo lo que tenía dentro era una mentira? ¿Dónde estaba la línea divisoria entre el engaño y su verdadero ser? ¿Y qué quedaría cuando todo esto estuviera hecho y terminado?

Lexa.

Susurró su nombre. La única verdad en un mundo que se hacía más falso a cada respiración.

Encontró a Shinji en las entrañas del Arrasador, intentando reparar un pistón roto. El chico pidió ayuda ostentosamente y Clarke se acercó para echarle una mano, envuelto en vapor mugriento.

—¿Va todo bien?

—Hai —asintió Shinji—. Hemos estado en contacto con los rebeldes de Yama y están de camino a la Primera Casa. Los códigos que les hemos proporcionado deberían permitirles superar el perímetro.

—Puede que tengamos un problema mañana cuando lleguemos a Yama.

—¿Kensai?

—Me vigila como una araña. Quizás tengáis que volar el sistema de refrigeración vosotros solos.

Shinji asintió.

—Maseo puede hacerlo. Y yo puedo impedir que el puente de mando controle lo que ocurre aquí. Podemos organizar un incendio en el nivel nueve, cerca de los filtros de combustible.

—Buena idea.

—Va a funcionar, Clarkesan. Ten fe.

—¿Fe? ¿Qué demonios es eso?

—Es lo que te mantiene en marcha cuando todo se vuelve marrón.

—Suena como si estuvieras hablando de ignorancia. O simplemente, de flagrante estupidez.

—Fe. Estupidez. —Se encogió de hombros—. La misma maldita cosa.

Le habían desnudado y frotado hasta que estuvo limpio, eliminando el sudor y la mugre; tenía sangre seca del asalto a Kigen y de sus torturas aún incrustada en la piel. El vapor de la casa de baños había reblandecido las flemas de su pecho y se había puesto a toser; espantosos y demoledores ataques de tos que le sacudían hasta el tuétano. Los Inquisidores observaban con ojos inyectados en sangre, sin decir nada en absoluto. Comprobaron su pelo, su boca, todos los orificios en los que pudiera ocultar un arma. Le vistieron de negro, recogieron su pelo en un simple moño atado con cinta negra. No estaban dejando nada al azar, no querían que tuviera nada con lo que atacar al Primer Brote en su casa de mentiras. Daichi cerró los ojos. Se enjuagó las flemas negras de la boca con una taza de agua casi limpia. La voz del primer Inquisidor fue un suspiro tan fino como el papel.

—No hablará a no ser que le hable el Primer Brote.

—No mirará a los ojos del Primer Brote —dijo el segundo.

—Le mostrará el respeto que le es debido al Primer Brote —dijo el tercero.

El susurro de Daichi sonó áspero como una carretera de gravilla.

—O ¿qué?

El primer Inquisidor ladeó la cabeza. Se movió. Un momento estaba de pie a media docena de pasos de Daichi, el siguiente estaba ante él, se materializó de una nube de humo negro azulado. Su puño no fue más que un borrón, el impacto lanzó a Daichi varios metros hacia atrás, cayó de rodillas, los labios mojados con el sabor de la muerte y las lágrimas que no pudo evitar derramar.

—O dolor —dijeron.

Una oscuridad tan completa que Octavia no podía ver su mano delante de la cara, ni el sudor que empañaba el cristal que cubría sus ojos. El respirador estaba atado dolorosamente fuerte alrededor de su cabeza, pero el hedor a chi le impregnaba de todos modos la lengua, se le colaba por todos los poros. La cabeza le daba vueltas, los ecos que rebotaban arriba y abajo por el conducto de chi solo servían para desorientarla todavía más. Podía oír a los otros Kagés a su espalda, a Maro y a los demás. Dos docenas en total, vadeando a través de aquel flujo poco profundo de color rojo sangre. El conducto medía seis metros de diámetro, cinco centímetros de grosor, cubierto de herrumbre. Después de que el capitán Fénix los hubiese dejado al lado de aquella oxidada serpiente, les había costado medio día cortar la capa exterior para por fin colarse dentro. Después de que la refinería de Yama fuera destruida, el Gremio había drenado tanto chi como pudo del conducto del norte, pero quedaba un río de posos que les llegaba hasta los tobillos. Los vapores eran tan espesos que Octavia casi podía agarrar puñados enteros del aire. A pesar de todo, vadear por las entrañas del conducto de chi era infinitamente mejor que caminar por las tierras baldías del exterior. Los Kagés no podían arriesgarse a encender ningún elemento de iluminación por miedo a prender fuego a los vapores. Así que caminaban envueltos por la negrura, metidos en mugre hasta la espinilla. Los ruidos sonaban amplificados, retorcidos hasta que era casi imposible ni pensar. Pero siguieron adelante, con la certeza de que no podían equivocarse de camino, que aquella tubería gigante solo podía llevarlos a un único destino.

La Primera Casa.

Octavia no tenía ni idea de cuánto tiempo llevaban avanzando penosamente por esa oscuridad tan perfecta, sus pasos sonaban como una marcha funeraria. Se abrían paso como podían a través de válvulas de un solo sentido para internarse en las enormes cámaras de unas estaciones de bombeo silenciosas; la maquinaria perfectamente inmóvil ahora que el conducto de chi estaba vacío. El grupo se detenía solo cuando ella ya no podía respirar, cuando la fatiga amenazaba con hacerla caer de rodillas. No había ningún hambre en ella, salvo la de salir gateando de aquel conducto y meterse en el corazón ennegrecido del Gremio. Ningún deseo, salvo el de arrancar la Primera Casa en llamas de la ladera de la montaña. Los explosivos que llevaba a la espalda eran los restos del asalto a Kigen, el asalto que había terminado en fracaso, en el subterfugio de Clarke y la rendición de su padre a manos del Gremio.

Dios, ¿por qué no confiaste en mí?

Se detuvo en la oscuridad, acunada como un bebé en el vientre de su madre. Maro se chocó con ella, estiró las manos para recuperar el equilibrio, su voz un susurro amortiguado diez veces por el respirador.

—Octavia, ¿estás bien?

Ella sacudió la cabeza en la oscuridad, entornó los ojos para protegerse de la quemazón del chi.

Nada de ello importa de todos modos.

—Preocúpate de ti mismo, hermano —contestó—. Estoy perfectamente.

Nada de ello importa en absoluto.

Y siguió caminando.

El amanecer era un manchurrón sulfuroso en el horizonte de levante, cargado del aullido de los gélidos vientos de la montaña. Las nubes de tormenta se daban empujones en lo alto, atravesadas por grietas cegadoras, cada redoble de los tambores del Dios del Trueno hacía temblar la piedra bajo sus pies. Gustus estaba en el balcón, contemplando los cielos de poniente, rezando para que unas siluetas aladas asomaran por encima de los muros del Palacio de las Cinco Flores y llenaran el cielo de Canción Raijin. Si escuchaba con atención, se imaginaba que podía oírlo en la lejanía, débil, pero más y más fuerte a cada instante.

DUUMDUUMDUUMDUUM.

DUUMDUUMDUUMDUUM.

La noche desaparecía lentamente, el calor de su cama con ella.

El frío helador se le metía en los huesos, avivaba el dolor de la vieja herida de su pierna. Se ajustó bien los anteojos para protegerse de la llovizna negra, preguntándose qué les depararía el día. Intentaba no pensar en la noche anterior, no desterrar el frío gélido con el recuerdo del calor que había encontrado entre los muslos de Echo. Los pensamientos de un amante podían hacer que mataran a un hombre en el campo de batalla. Y él no era más que un hombre. No un samurái. No un Señor de las Tormentas. Tan solo un cazador reconvertido en… ¿qué? ¿Guerrero? ¿Canguro? ¿Tonto?

El sonido de unas alas en la oscuridad. Poderosas alas golpeaban el aire glacial y le ponían la carne de gallina. Levantó la vista hacia el cielo grisáceo y vio una arashitora majestuosa, blanca como la nieve y elegante y preciosa. Y montada sobre ella, una chica, más preciosa todavía.

Kaiah iba embutida en hierro oscuro: un grueso peto cubría su pecho, desde la garganta hasta las costillas. Cuero reforzado protegía sus cuartos traseros y el cuello. Sobre la cabeza llevaba un casco de hierro, cristal negro cubría sus ojos, todo ello rematado con una larga borla de pelo. El herrero se había tomado la molestia incluso de repujar oraciones al Dios del Trueno en la armadura.

Echo llevaba su peto articulado, la melena desgreñada sujeta por las gafas que le cubrían el ojo. Amarrada a la espalda, llevaba una espada tsurugi, aunque Gustus no tenía ni idea de si sabía utilizarla. Pero cuando la pareja aterrizó en el patio, los gaijins heridos acampados bajo los aleros la observaron asombrados, las mandíbulas de abajo les llegaban hasta el suelo. Echo desenvainó la espada y Kaiah se encabritó, unos relámpagos crepitaron por sus plumas. La tigresa del trueno desgarró el aire con un rugido ensordecedor. Echo alzó la vista hacia el balcón, con la cabeza ladeada, sus labios dibujaron una sonrisa.

—¿Vienes?

Gustus bajó las escaleras despacio, cojeando, cruzó el patio seguido de un ejército de ojos sorprendidos. Echo le dio la mano, tuvo que hacer un buen esfuerzo para ayudarle a subirse a Kaiah. Cuando se instaló detrás de ella, Echo se apretó bien contra él y le dedicó una sonrisa maliciosa.

—Has dormido hasta tarde.

—Me gustaría pensar que me lo he ganado —sonrió, deslizando los brazos alrededor de su cintura.

—No te vayas a hacer el creído conmigo ahora.

—Me sorprende que tú te hayas levantado tan pronto.

—No podía dormir con tus ronquidos.

—Yo no ronco.

Echo se dio la vuelta con una sonrisa, murmurando justo lo bastante alto como para que él pudiera oírla.

—Creí que era otro terremoto…

El ímpetu de unos músculos bajo él, un momento de gravedad insistente, le empujaba hacia abajo mientras Kaiah saltaba hacia el cielo. Pudo sentir el poder que había en ella, su brutal majestuosidad, se dejó el estómago atrás mientras subían y subían, por encima de las murallas y a través del centelleante cielo. Se agarró a la cintura de Echo, apretó las costillas de Kaiah con los muslos, intentando mantener las apariencias y dar la impresión de controlar la gran sonrisa que iluminaba su cara. Había volado en naves voladoras antes, pero no había sido nada ni remotamente parecido a esto. La ciudad de Yama se desplegaba bajo sus pies, el lejano horizonte se hacía más brillante por momentos. A medida que ascendían, sintió algo frío y mojado en la mejilla, una mancha negra revoloteaba en su campo de visión. Gustus frunció el ceño detrás de sus anteojos. Y por todas partes a su alrededor, empezaron a caer, dando volteretas y girando en espiral, como joyas olvidadas provenientes del iracundo mar que había sobre sus cabezas. Helados y diminutos y perfectos.

Copos de nieve.

Atrapó uno en la palma de la mano, lo examinó con los ojos entornados. Era frágil, precioso, poseía una simetría y una complejidad que haría llorar al más grande de los artistas. Y si hubiese sido blanco, le hubiese parecido un regalo de los mismísimos cielos. Pero era negro. Igual que la lluvia. Igual que el destrozo que habían hecho con el país. Y allá a lo lejos, lo oyó otra vez, aumentaba de volumen y latía como un pulso tembloroso.

DUUMDUUMDUUMDUUM.

DUUMDUUMDUUMDUUM.

Miró hacia el sur y el estómago se le hizo un nudo contra las costillas. No era más que una impresión en la luz del casi amanecer. Pero podía ver grandes nubes de naves voladoras, arremolinadas alrededor de una forma tan enorme y horripilante que tuvo que obligarse a seguir mirando.

—Ahí están —musitó.

Echo se estiró hacia atrás, le dio un apretón tranquilizador en la mano.

—Tómatelo con calma —le dijo—. Estamos a punto de tener a una diosa de nuestro lado.