37

CONFORME AL PLAN

Raven estaba arrodillada al lado de una mesa baja en su habitación, con el pincel de caligrafía en la mano; su perrito, Tomo, dormitaba entre las arrugadas mantas en su, por lo demás, vacía cama. Sus pinceladas eran fluidas, minúsculas gotitas de tinta salpicaban la hoja. Había estado levantada la mayor parte de la noche para escribir, tenía los dedos manchados y le dolía la espalda. Pero había llegado al amanecer de la batalla de ese día en su historia de la Guerra del Loto. Se había tomado un momento para describir el aroma de los gases y fuegos del desayuno, el repicar de las botas y las espadas a medida que los soldados se iban posicionando sobre las murallas de Yama. Los Samuráis de Hierro se habían enfundado las armaduras mecánicas una vez más, las últimas gotas de las reservas de chi de los Kitsunes alimentarían su batalla final. Raven había llenado los depósitos de sus espadas de sierra la víspera, intentando no pensar en el hombre al que se las había robado. Lo que hubiera podido ser.

Ichizo.

Llamaron a su puerta. Tomo abrió un ojo, pero no movió ni un pelo más.

—No te levantes ni nada —musitó Raven.

Se enderezó con una mueca, se acercó sigilosa a la puerta y la corrió para abrirla. Al otro lado encontró al Mirlo, embutido en un grueso peto, con un tetsubo tachonado entre las manos. Piezas de hierro cubrían sus brazos y espinillas y nudillos; incluso había fijado unas placas de metal a su ridículo sombrero.

—Vaya, menudo figurín estás hecho, Capitánsan —exclamó Raven con una risita.

El capitán Ryu le regaló una sonrisa pícara.

—Yo estaba pensando lo mismo.

—¿Estamos preparados para partir?

—Bueno, —el Mirlo lanzó una miradita insinuante al fondo de la habitación—, siempre podríamos quedarnos en casita. En la cama estaríamos más calientes.

—No te va el sutil arte de la seducción, ¿eh?

—Te diré que he estado trabajando en esa frase casi toda la noche.

Raven le dio una palmadita en el hombro.

—Necesita más tiempo en el horno.

El Mirlo rio entre dientes mientras ella recogía sus espadas de sierra y se las amarraba a la espalda.

—¿Estabas trabajando en el libro? —El Mirlo echó un vistazo al papel y las plumas desperdigadas por la mesa.

—Lo sé, lo sé. Las botellas de tinta no ganan batallas…

—Es solo que me parece una pena que hayas desperdiciado en él lo que podría ser tu última noche entre los vivos.

Raven se agachó y le dio un beso a Tomo en la nariz, señaló hacia el pergamino que aún estaba secándose sobre la mesa.

—Estaré de regreso para escribir el final esta noche, pequeñajo. Cuídamelo hasta que vuelva.

Tomo le lamió la cara con su lengua rosa chillón, cerró los ojos.

Raven apretó las mechas de las velas entre los dedos para apagarlas, una a una. Pequeñas volutas de humo se desprendieron de la cera derretida, tejiendo dedos de un gris pálido en el aire helador, el aroma a miel caliente la hizo suspirar.

Y sin echar ni un solo vistazo hacia atrás, giró sobre los talones y se alejó caminando.

Roan estaba sobre la proa de la Muerte Honorable, contemplando las motas negras caer de las nubes. Tenía los ojos fijos en las luces de la ciudad, el río parecía cristal negro en el casi amanecer. La flota que llenaba los cielos a su alrededor, el sonoro traqueteo de las trituradoras allá abajo, el estruendo de las pisadas del Arrasador… todo ello removía las mariposas en su estómago, la adrenalina le roía las venas.

—Daimyo Roan, disculpas.

Roan se volvió para ver a uno de sus samuráis detrás de él, con la cabeza inclinada en señal de respeto.

—Hemos recibido un mensaje, con la indicación de que es solo para vuestros ojos.

El samurái le entregó un cuadrado de papel de arroz, llevaba un sello de autenticación. Roan le miró por un instante: cara impregnada de cenizas recientes, armadura pintada del color de la muerte. Estaba rodeado de hombres como él, la gloriosa Élite Kazumitsu. Hombres que le habían fallado a su Shōgun, ahora decididos a morir. Este era el día en que expiarían su vergüenza. Destruir a la asesina de Wells, aplastar la insurrección y, luego, plantarse ante el gran juez Enmaō a sabiendas de que habían luchado con valor por una de las causas más justas que quedaban en esta nación.

—Pareces cansado, Kojisan —le dijo Roan al samurái—. ¿Has dormido?

—Confieso que no, Daimyo.

—Yo tampoco. —Roan sonrió—. Tendremos tiempo de sobra para dormir cuando estemos muertos.

—Lo estoy deseando. —El susurro de Koji flotó en el gélido viento—. Cada bocanada de aire desde el asesinato de Wells la he respirado en la deshonra. Pero hoy mi familia podrá llevar la cabeza bien alta otra vez.

—¿Es que no la llevaban alta antes?

—Mi esposa… Ella dijo que no importaba. Que prefería vivir conmigo deshonrado que perderme solo por honor. Pero ella es una mujer. No entiende el Camino de Bushido.

—¿Y tus hijos? ¿Qué dijeron cuando les dijiste que ibas camino de tu muerte?

—… No se lo dije. Son demasiado pequeños para entenderlo.

—Un día lo harán, Kojisan. Echarán la vista atrás, pensarán en este día, y sabrán que su padre fue un héroe. Crecerán para ser honorables y valientes, igual que él.

Koji se cubrió el puño e hizo una reverencia.

—Mis agradecimientos, Daimyo.

El Samurái de Hierro se alejó con pasos pesados, su ōyoroi escupía chi al aire grasiento. Roan recordó las palabras de su padre en el salón del trono, eran como un eco insistente dentro de su cabeza.

Que el Dios Izanagi os dé la fuerza para morir bien.

Miró la nota que tenía entre las manos, reconoció el sello de su padre. Sin duda era el mensaje final del lisiado héroe de guerra, sus últimas palabras para asegurarse de que su hijo no vacilaba. Rompió el sello de autenticación, desdobló el texto que había en el interior. El viento gemía a su alrededor, diminutos copos de nieve negros caían sobre sus pestañas, sobre la cubierta bajo sus pies. Tenía la vista fija en la caligrafía, realizada con sumo cuidado, una escritura que reconoció al instante.

Mi querido hijo,

Es el deber el que te arrastra al norte, lejos de aquellos que te aman. Es el deber el que te llama a tu final, antes de que hayas vivido de verdad, para que nuestro honor pueda ser restaurado. Y es mi deber como esposa honrar a mi marido y desearte valor para que puedas morir bien.

Pero no puedo.

Esto no tiene ningún sentido. No hay ningún honor en ello.

Hemos construido un mundo en el que asesinamos a niños para alimentar nuestra tierra. Guerreamos contra cualquiera que sea diferente solo por avaricia. Ponemos las comodidades que nos proporciona la máquina por encima del bienestar de la tierra que nos rodea. Deberíamos avergonzarnos de nosotros mismos. Un hombre no necesita valor para morir. Solo tiene que cerrar los ojos. Para lo que se necesita valor es para seguir luchando cuando parece que no queda esperanza alguna. Para seguir adelante cuando el dolor y la vergüenza parecen demasiado intensos.

Ver nuestra vergüenza expiada es el sueño de tu padre. Pero si debo llorarte, preferiría hacerlo por algo más que por vengar al Shōgun que supervisó nuestra caída en desgracia. Por el sueño de un padre que nunca ha creado nada que mereciera la pena, excepto esto que ahora está dispuesto a destruir. Porque solo soñamos cuando dormimos, Roan. Esos sueños solo tienen sentido cuando cerramos los ojos. Solo entonces creemos que son reales.

Abre los ojos, hijo mío.

Despierta.

Roan cerró el puño, los nudillos de metal relucían, su brazo prostético escupió una pequeña nubecilla de chi. Volvió a mirar al horizonte, a las luces de Yama, que despertaban lentamente de su sopor. Las caras a su lado, pintadas con las cenizas de sus propias ofrendas funerarias.

Demasiado tarde.

Bajó la vista hacia su brazo otra vez. El brazo que ellos le habían regalado después de que ella se lo arrancara de cuajo. De que le dejara sin nada. Sin nadie.

Demasiado, demasiado tarde, madre.

Se llevó un pequeño micrófono a los labios, los altavoces chisporrotearon por toda la flota al conectarse.

—¡Soldados del clan Tora! ¡Hoy vamos a acabar con la asesina de Wells, con sus cómplices, con aquellos que han traicionado sus juramentos a su Señor y a su tierra! ¿Estáis preparados?

Un clamor proveniente de arriba, de abajo, de todos lados.

Arrancaron las espadas de sus vainas. Golpearon las cubiertas con las empuñaduras. Los conductores de las trituradoras aceleraron sus motores y levantaron los brazos con espadas de sierra hacia los cielos.

—¡No temáis nada! ¡No tengáis misericordia! ¡Y esta noche, si os encontráis ante el Juez de todos los Infiernos, presentaos orgullosos y bien erguidos! Pues habréis muerto en gloriosa batalla por el honor del zaibatsu Tora y en nombre de nuestro Shōgun Wellsnomiya!

—¡Wells! —Un millar de voces corearon el nombre—. ¡Wells!

—¡Muerte a los Kitsunes! ¡Muerte a la Señora de las Tormentas!

—¡Muerte! —bramaron—. ¡Muerte!

—¡Banzaiiiii!

Clarke estaba de pie en el puente de mando del Arrasador, escuchaba la voz de Roan entrecortada por las interferencias, resonaba por las tierras áridas de Yama. El sol ya casi se había asomado por el horizonte, la lúgubre luz atravesaba la tormenta. Una costra de nieve negra cubría las claraboyas del Arrasador, cientos de luces diminutas se movían allá abajo mientras las trituradoras se iban posicionando. La flota de naves voladoras se desplegó en formación de cuña, el buque insignia del Daimyo en cabeza, en el centro; Roan parecía decidido a dirigir a sus tropas al corazón de la batalla. El puente estaba extrañamente tranquilo, los Shateis observaban la instrumentación como arañas observando a sus presas. Bo estaba sentado en la estación de comunicaciones, el micrófono y los altavoces enganchados al casco. Clarke estaba al lado del arnés del piloto, Kensai a su espalda, su espantosa cara de niño contemplaba la ciudad en el exterior. El Comandante Rei estaba realizando una comprobación final de todos los sistemas.

—Comandante. —Bo dio la espalda a su consola de comunicaciones—. Los exploradores informan de que el ejército gaijin está estacionado tres kilómetros al este. Están todos reunidos y preparándose para hacer despegar sus 'cópteros.

—Perros listos —dijo Rei pensativo—. Están esperando a que ataquemos a los Kitsunes para luego caer sobre los ganadores heridos.

—Los gaijins no tienen nada capaz de dañar al Arrasador —dijo Kensai con voz áspera—. Este aparato se construyó para poner punto final a la guerra contra los gaijins, Comandante. Una invasión chapucera no es ningún obstáculo. Procedan.

—Hai —asintió Rei—. Shatei Bo, quiero una nave con ojos sobre los gaijins en todo momento.

—Hai. —Bo hizo una reverencia.

Kensai se acercó a Rei cojeando, su respiración era trabajosa. Apretó un interruptor y habló por la megafonía, su voz bramó a través de las enormes murallas de Yama.

—Gentes de Yama, guerreros del clan del Zorro, soy el Shateigashira Kensai del Cabildo de Kigen, leal sirviente de Tojo, Primer Brote del Gremio del Loto. Escuchadme ahora.

»No sois nuestros enemigos. Pero os habéis dejado engañar por esa supuesta Señora de las Tormentas y su sed de venganza. Nosotros solo buscamos justicia por el asesinato de nuestro Shōgun, Wellsnomiya, y de su amada hermana, la Señora Gaia. No tenemos nada en contra de vosotros.

»Daimyo Isamu, se lo suplico, expulse a los rebeldes de su ciudad. Entregue a la Señora de las Tormentas a nuestra autoridad y únase a nosotros en la tarea de expulsar a los gaijins de nuestro hogar. Hoy puede ser el comienzo de una nueva era para el Imperio. Unidos, no hay nada que no podamos conseguir.

»Abra sus verjas en señal de aquiescencia. Tiene cinco minutos para obedecer. Si en ese plazo, no hemos recibido noticias de su sumisión a la autoridad del Gremio, con el corazón apesadumbrado y las manos aún más apesadumbradas, los borraremos de la faz de Shima.

Kensai apagó la megafonía, cruzó las manos a la espalda. Clarke podía sentir gotas de sudor resbalando por su cara a pesar del frío helador, los motores de la bestia retumbaban en sus oídos.

—¿Cree que cederán? —preguntó Rei.

Kensai encogió los hombros.

—Lo sabremos en cinco minutos.

Rei tensó el arnés.

—Quizás antes.

Clarke cogió sus miras telescópicas, guiñó los ojos para intentar ver algo en la tenue luz y entre la nieve que caía. Podía distinguir las murallas de Yama: altísima piedra gris, salpicada de cañones de shurikens y rematada con concertinas. En todas las almenas podía ver siluetas de soldados. Flotando por encima de la ciudad, vio a la flota aérea: elegantes naves pintadas de negro Kitsune, zorros de nueve colas adornaban sus lonas inflables. Sus cubiertas llenas de caminantes de las nubes, bushimen y samuráis, todos recortados como marionetas de sombras contra el cielo cada vez más iluminado. Cada uno de ellos, cada hombre en las murallas, las cubiertas, todos y cada uno de ellos habían adoptado la misma pose, que hacía que a Clarke se le hinchiera el corazón en el pecho.

Tenían los puños en alto.

Miles de manos, levantadas como una sola. Un gesto de resistencia cuando todo parecía estar en su contra, de valor y solidaridad ante una tiranía abyecta. Clarke tuvo que hacer un gran esfuerzo por no levantar el puño en respuesta.

—Pues así sea. —Kensai se volvió hacia Bo en su estación de comunicaciones—. Dé la orden a todos los comandantes. Atacamos con todos los efectivos a mi señal.

Bo presionaba todos los botones de su consola, daba golpecitos en su micrófono.

—Parece que he perdido la comunicación, Segundo Brote…

Kensai maldijo, encendió la megafonía de nuevo.

—Todas las fuerzas, al ataque!

Con un estruendoso chirrido de hierro y pistones, las trituradoras se lanzaron al ataque; una horda de enormes máquinas bípedas se puso en marcha, arremetiendo contra el enemigo con los brazos de dientes de sierra levantados. Los soldados avanzaban tras ellas, con las ballestas y las lanzas naginata en la mano. La flota voladora escupía estelas de gases de escape, aceleraron sus motores con rugidos huecos. Y con la arrogancia casual de un carnicero de camino al matadero, el Comandante Rei dio una patada a sus estribos, conminando al Arrasador a entrar en acción. Los controles escupieron una apagada tosecilla hueca y metálica. Aumentaron las revoluciones de los motores, grandes nubes de humo negro salían como vomitadas de sus chimeneas. Pero a pesar de todo el ruido y la furia, el Arrasador no se movió ni un centímetro.

Por primera vez desde que podía recordar, Clarke estaba agradecida por la piel de latón que le cubría la cara, así no tenía que ocultar su sonrisa.

—En el nombre del Primer Brote, ¿qué demonios está pasando? —bufó Rei entre dientes.

Misaki estaba a bordo de la nave voladora Buscadora de a Verdad, contemplaba las montañas Tōnan. Los rebeldes del Gremio que iban en la embarcación estaban concentrados en la cubierta superior, todos embutidos en relucientes pieles nuevas cortesía de un asalto salvaje al Cabildo de Yama. La pintura fresca relucía por los flancos de la nave, un puñado de banderas escarlatas ondeaban a popa como señal de su lealtad al Cabildo de Kigen. Las patas de araña a la espalda de Misaki se estremecían involuntariamente mientras esperaba el inevitable desafío de las patrullas de la Primera Casa. Pensó en su hijita, al cuidado de sus compañeros en cualquiera que fuera la seguridad que podía proporcionarles la fortaleza Kitsune. De pronto deseó tener dioses a los que rezar. Un mensaje llegó parloteando a través de las frecuencias seguras, sonaba bullicioso dentro de su cabeza.

Torre de control siete de Primera Casa a nave voladora sin identificar. Este es un espacio aéreo restringido. Transmita código de identidad y acreditación de seguridad ahora.

Los dedos de Misaki bailaron por su mecábaco, hábiles y gráciles; los dedos de un músico que nunca había aprendido a tocar música de verdad.

Buscadora de la Verdad — 5676-1814-4852-7951. Transmitiendo acreditación.

Recibido Buscadora de la Verdad. Procesando…

Misaki se mordió el labio por dentro, miró inquieta a sus compañeros.

—Estad preparados para dar media vuelta y salir pitando de aquí —susurró.

Acreditación de seguridad confirmada. Buscadora de la Verdad, tenemos registrado que la nave partió hacia el Arrasador ayer por la mañana. ¿Por qué han regresado a la Primera Casa?

Fallo en el motor de estribor. Informamos de ello ayer por la tarde. ¿No han recibido el mensaje?

No encuentro registro de dicha información, Buscadora de la Verdad.

Nos ordenaron regresar a la Primera Casa. ¿Debo notificárselo a mi Kyodai?

Una pausa, cargada del monótono zumbido de los motores, la peste espesa y tóxica del chi.

Negativo, Buscadora de la Verdad. Atraquen en la torre aérea número cuatro. Les recibirán las fuerzas de seguridad de la Primera Casa. Confirmen.

Recibido, Primera Casa.

El loto debe florecer.

El loto debe florecer.

Misaki cortó la comunicación, sonriendo como una demente. El subterfugio había funcionado, la Primera Casa los estaba dejando aterrizar. Hasta el momento, Kitsune parecía estar cuidando de los suyos.

La Buscadora de la Verdad siguió adelante entre las montañas, su capitán ordenó que se apagara el motor de estribor. Las hélices traquetearon y murieron, escupiendo una corta ráfaga de gases de escape a la tormenta de nieve que iba en aumento. Un líquido negro y lodoso se estaba acumulando sobre la cubierta, Misaki tiritaba a pesar de la piel hermética que recubría su cuerpo. Tenía los ojos fijos en las nubes, tomó nota de las sombras de los acorazados al acecho en lo alto, las corbetas de tres tripulantes que revoloteaban entre las cimas de las montañas cubiertas de nieve. Por fin la vio a lo lejos, encaramada sobre un inmenso saliente de granito, envuelta en humo. Una fortaleza pentagonal de mugrienta piedra amarilla, arraigada mediante poderosos contrafuertes a escarpados riscos negros. Los conductos de chiconvergían ahí, subían serpenteando por la ladera de la montaña y vomitaban su contenido en la barriga de la Primera Casa. Una carretera de servicio ascendía en espiral desde el valle, punteada por torres de guardia; acababa en un ascensor montacargas treinta metros por debajo de la cima. Misaki dio gracias a los cielos por su nave voladora robada. No había forma alguna de colarse en la Primera Casa sin tener alas. Cuando la Buscadora de la Verdad franqueó el muro exterior, Misaki y otros cinco rebeldes se reunieron en la barandilla. A una señal del timonel, los caminantes de las nubes que iban en la barriga de la Buscadora dejaron caer nubes de humo en los filtros de escape y una enorme bocanada de asfixiante alquitrán salió vomitada del motor de estribor. La Buscadora giró sobre su eje, llenando los cielos de gases negros. Misaki esperó hasta sobrevolar los depósitos de combustible de la Primera Casa. Con sus hermanos pisándole los talones, saltó por encima de la barandilla y cayó sobre los tanques. La Buscadora siguió su camino por encima del complejo de Primera Casa, vomitando su cortina de humo; un claxon de hierro cantaba a dúo con una estridente sirena. Con un esfuerzo casi demasiado dramático, la tripulación obligó a la nave a posarse sobre la pista de aterrizaje número cuatro. El personal de tierra estaba esperando, con el equipo antiincendios preparado, envueltos en gases negros del motor «defectuoso». Tratando de pasar desapercibida, Misaki sintonizó su mecábaco con la frecuencia de las fuerzas de seguridad de la Primera Casa, en busca de cualquier señal de alerta. Oyó algo sobre un prisionero prioritario que iba a ser escoltado hasta la Cámara del Vacío. Pero al no detectar nada sobre unos intrusos en los silos de chi, hizo un gesto afirmativo hacia sus hermanos y estos se pusieron manos a la obra para intentar forzar la escotilla. Misaki asintió hacia sus adentros, intentaba calmar la tormenta de su estómago.

Hasta ahora, bien.

El ascenso fue tortuoso, avanzaban a tientas por la oscuridad, los dedos rebuscaban dónde agarrarse a las entrañas oxidadas de la tubería. Octavia estaba empapada en hedor a chi, la pestilencia rojo sangre se le colaba por todos los poros de la piel. La pendiente había sido suave al principio, pero a medida que subían más alto, se iba haciendo más dura, cada paso se volvía más y más peligroso. Octavia había terminado por ceder a las exigencias de Maro y había encendido una lámpara manual de tungsteno que proyectaba largas sombras sobre las paredes cóncavas. Habían atravesado otras dos estaciones de bombeo, abriéndose paso a la fuerza a través de las pesadas válvulas de un solo sentido para desembocar en cámaras cilíndricas de unos seis metros de diámetro. Los pistones colgaban en lo alto, congelados en su sitio sin combustible para bombear. Por fin, oyeron el pulso rítmico de la maquinaria a lo lejos, su eco rebotaba en la grasienta oscuridad. Alumbró la penumbra con la linterna, vio que su cañería se curvaba hacia otra más abajo, la junta estaba sellada con una pesada válvula de un solo sentido. Tras ella, podían oír otra estación de bombeo, una corriente intermitente, como un río de mantequilla que chapoteaba contra las entrañas de la tubería.

—Este debe ser el punto en que el conducto de Yama se encuentra con los otros flujos —musitó Maro—. Aquí es donde empieza la diversión.

El hombre tenía la cabeza ladeada, escuchaba el patrón del movimiento de los pistones. La estación de bombeo que tenía debajo sería una réplica de las estaciones secas por las que ya habían pasado: tres enormes cámaras de combustión, con un mecanismo hidráulico. Los pistones subirían hacia arriba y las cámaras se llenarían de chi por succión. Después, uno por uno, los pistones descenderían, como enormes émbolos en una jeringa, y empujarían el chi por la tubería. Las subsiguientes acciones de bombeo mantendrían el flujo de chi una vez que estuviese en el conducto, como los pasajeros de los trenes de cercanías que son empujados por la gente que entra a raudales detrás de ellos.

—Diez segundos para que se llenen las cámaras —concluyó Maro—. Cada pistón tarda seis segundos en tocar el fondo. Una vez que el tercer pistón toca, los tres ascienden a la vez. Luego empieza un nuevo ciclo.

—Veintiocho segundos para nadar dieciocho metros —susurró Octavia—. Va a estar justito.

—La acción de bombeo nos ayudará a franquear las válvulas. Estoy más preocupado por cómo vamos a respirar. No habrá mucho aire una vez que nos dejemos caer en la corriente. Y todo va a estar negro como la noche. Una vez que estemos dentro, no hay vuelta atrás.

Octavia miraba fijamente al frente, la tenue luz se reflejaba en el cristal que le cubría los ojos.

—Nunca ha habido vuelta atrás —murmuró—. Para ninguno de nosotros. Todo lo que somos, todo lo que hemos hecho, nos ha traído a este momento. Este minuto. Este segundo. —Miró a los Kagés allí reunidos en la oscuridad, uno por uno—. Y no tengo miedo

***.

El viento era como un millar de cuchillos, parecía arrancar la piel de los huesos.

La escarcha dejaba marcas como de mordiscos en la piel de Echo, tenía nieve negra congelada en los anteojos. Se apoyó contra Gustus para que le diera calor mientras bajaban en espiral hacia el campamento gaijin. Recordó haberse quedado dormida con la respiración del hombretón besándole la parte de atrás del cuello.

Fuerza bruta envuelta en suave ternura.

Echo podía sentir la aprensión de Kaiah, se le colaba dentro y hacía temblar sus manos. A la arashitora le molestaba la idea de devolver a Echo a ese ejército de bobos, esos niñosmonos que despellejaban a las bestias y llevaban sus pieles en un ridículo intento de usurpar su poder.

¿EN QUÉ CONSISTE ESE RITUAL?…

No tengo ni idea.

¿PELIGROSO?…

Eso tampoco lo sé.

ENTONCES, ¿POR QUÉ LO HACES? DEBERÍAMOS ESTAR CON LOS DEMÁS, PREPARÁNDONOS PARA LA BATALLA. A LOS PEQUEÑOS ZORROS LOS DOBLAN EN NÚMERO…

Confío en Tío Aleksandar.

UN HOMBRE AL QUE CONOCISTE HACE DOS DÍAS…

La familia lo es todo para él. Prometió protegerme.

LAS PROMESAS NO SON MÁS QUE PALABRAS…

Piotr prometió llevar la carta del Hombre del Gremio a su amada y traicionó a su propia gente para conseguirlo. Eso explica lo mucho que una promesa significa para un morchebano.

Y LOS MUY TONTOS LE ACOGEN DE VUELTA. INCLUSO DESPUÉS DE SU TRAICIÓN…

Porque me encontró. Eso explica lo mucho que yo significo para ellos.

NO ME GUSTA ESTO. SI LEXA ESTUVIERA AQUÍ…

Lexa me dijo que fuera valiente. Eso es lo que estoy haciendo. La Diosa podría darme el poder de ver el camino hacia la victoria. De ver el futuro. ¿Quién sabe lo que seré después de este ritual?

NADIE LO SABE. ESO ES LO QUE ME PREOCUPA…

Esto es parte de mí, Kaiah. Tan parte de mí como el Kenning. Todavía podemos luchar. Cuanto antes terminemos con esto, antes podremos unirnos a la batalla por Yama.

La tigresa del trueno se quedó callada, meditabunda. Su cabeza daba vueltas con vagas notas de tristeza, de pérdida, de diminutos cuerpos arrojados sin alas y sangrando al vacío.

No me va a pasar nada, Kaiah. Tú estás ahí para protegerme. Y Gustus. A la primera señal de peligro, salimos echando leches de ahí. Todo va a ir bien. Ya verás.

ESPERO NO SER LA ÚNICA QUE LO VEA…

Cientos de gaijins observaron cómo bajaban planeando hacia la tierra congelada, muchos inclinaron la cabeza y se apartaron como una ola cuando Echo se apeó resbalando de lomos de Kaiah. Gustus hizo un ruido sordo al pasar la pierna mala y deslizarse hasta el suelo a su lado. Echo se percató de las oscuras miradas dirigidas al hombretón, la agresividad flotaba espesa en el aire.

Aleksandar se abrió paso entre el gentío, escupiendo palabras morchebanas que Echo solo podía suponer que eran palabrotas.

Piotr cojeaba a su lado, hizo una reverencia al verla. Su tío llevaba su piel de lobo, el maltrecho peto repujado con el símbolo de Casa Mostovoi, el mismo ciervo centelleante que tenía ella colgado del cuello. Ahora llevaba el regalo de su madre a la vista de todos, después de años de ocultarlo. De ocultar quién era. El oro relucía bajo el sol del amanecer.

—Mi sangre, ven, ven —dijo Aleksandar—. Tenemos poco tiempo.

Echo se dio cuenta de que su Tío evitaba tocarla, darle la mano y arrastrarla como haría cualquiera que tuviera prisa. Con una sonrisa tranquilizadora en dirección a Gustus y una oleada de calidez dirigida a la mente de Kaiah, se alejó caminando hacia la tienda de campaña del alto mando. Aleksandar iba detrás, seguido de Gustus y de la tigresa del trueno, Piotr cerraba la comitiva cojeando.

Soldados vestidos con mugrientos uniformes y las pieles de bestias poderosas les hacían pasillo. Al final del sendero estaban las dos Zryachniyes. La Hermana Katya, con toda su aparente ferocidad, abrazó a Echo como si se hubiesen conocido toda la vida. La Santa Madre Nastassja también la abrazó, había una fuerza sorprendente en sus brazos huesudos. Apretó los labios arrugados contra las mejillas de Echo, el resplandor del iris derecho de la anciana se proyectaba sobre las arrugas de su cara.

Nastassja habló, Aleksandar tradujo sus palabras.

—Bienvenida, Echo Mostovoi, en esta, la hora de la Diosa. ¿Estás preparada para conocerla?

—No lo sé —contestó Echo—. Creo que sí.

—La Santa Madre te ruega que vayas con ella —dijo Aleksandar—. Ha sentido un mal augurio desde ayer por la noche. Pero no hay nada que temer. Estás entre tus hermanas ahora. Es hora de que conozcas a tu madre.

Katya sujetó la solapa de la tienda bien abierta, la invitó a entrar en la oscuridad. Echo se volvió, insegura. Gustus se había levantado las gafas, la miraba directamente a los ojos, con una sonrisa tranquilizadora dibujada en la cara. Echo estiró su mente hacia Kaiah, sintió su fuerza y su ferocidad acechando tras sus ojos.

SI ME NECESITAS, LLAMA…

Lo haré.

Una voz crepitante resonó por todo el valle, ribeteada de metal e interferencias entre el lejano rugido de los motores de las naves voladoras.

—Gentes de Yama, guerreros del clan del Zorro, soy el Shateigashira Kensai del Cabildo de Kigen, leal sirviente de Tojo, Primer Brote del Gremio del Loto. Escuchadme ahora.

Esta era ella. Y cuanto más tiempo perdiera vacilando, más tardaría en poder ayudar a sus amigos. Raven y el Mirlo, los Kagés y los rebeldes del Gremio. Incluso el Daimyo Isamu. Contaban con ella. Podía hacer esto. Había nacido para hacer esto.

Las palabras que ella y Lexa habían compartido al separarse sonaban claras y brillantes en su cabeza.

Yo no soy tú, Lexa —había dicho ella—. Yo no soy una heroína.

Eso no es verdad, Puedes ser todo lo que quieras. El destino nos da las cartas, pero nosotros decidimos cómo jugarlas. Todos nosotros elegimos ser las personas que queremos ser.

Y con una última sonrisa a Gustus, se adentró en la oscuridad para hacer su elección.