38
CONFORME AL PLAN
—¡Informen! —bramó el Comandante Rei—. Todos los puestos, inmediatamente!
Un tumulto de voces hizo erupción, hermanos informando de la pérdida de todas las funciones con origen en el puente de mando. Clarke sonrió como el Kitsune que robó la cena del Emperador. En cualquier momento ya, oirían las alarmas que anunciaban el incendio provocado por Shinji, se vaciarían de personal las salas de máquinas. Entonces Maseo tendría libertad para volar el sistema de refrigeración. Todo conforme al…
Kensai levantó la vista de su mecábaco, sus dedos siguieron danzando mientras hablaba con voz parecida al papel de lija.
—Tranquilícese, Comandante. Todo va según lo previsto.
Una gélida certidumbre en la voz de Kensai. Un puñetazo de temor en el estómago de Clarke. El Shateigashira se volvió hacia los dos Hombres del Loto estacionados cerca del ascensor.
—Llévenselo.
Los Hombres del Loto cruzaron el puente y cogieron a Bo por los brazos; le sacaron a empujones del puesto de comunicaciones mientras él croaba su protesta. Los pistones sisearon, el aire se llenó de cortas ráfagas de gas mientras ambos hombres arrastraban a Bo ante el Shateigashira, le obligaban a ponerse de rodillas y arrancaban el casco de su cabeza. Las puertas del ascensor se abrieron con un vacilante gemido y otros dos Hombres del Loto aparecieron en el puente, arrastraban tras de sí al Hermano Maseo. Al rebelde también le habían quitado el casco y le habían dado una buena paliza; sangraba, tenía el pómulo y los labios partidos, un ojo cerrado por la hinchazón.
—¿Shateigashira? —La voz de Rei sonaba incrédula—. ¿Qué es esto?
—Una operación, Comandante —repuso Kensai—. Para eliminar el cáncer que había arraigado en esta nave. El tercer conspirador caerá en nuestras manos en un momento.
Clarke temblaba, mil pensamientos revoloteaban por su cabeza, un millón de latidos por minuto. El tercer conspirador sería Shinji; de algún modo, Kensai debía de haber descubierto a los rebeldes infiltrados a bordo del Arrasador. Quizás habían capturado a algún otro rebelde en Kigen y le habían obligado a hablar. Quizás habían estado vigilando a Bo y a los demás antes de que llegara Clarke. En cualquier caso, el trío había sido descubierto, Shinji caería en sus manos en cualquier momento. Todo había salido mal.
Pero no sabían nada de ella. Kensai solo había mencionado a tres.
Ella no era oficialmente parte de la rebelión. Independientemente de cómo había descubierto Kensai la trama, Clarke había evitado ser detectada. Si mantenía la boca cerrada, puede que tuviera una oportunidad de escapar, de detonar las cargas explosivas ella misma…
Kensai sacó el lanzador de hierro que llevaba a la cintura, la misma arma con la que Clarke había apuntado a la cabeza de Daichi.
La voz del Segundo Brote resonó atronadora por las entrañas del Arrasador.
—¡Atención, rebeldes a bordo de esta embarcación! —dijo Kensai—. Vuestros compañeros de conspiración han sido detenidos. Conocemos vuestros planes y ya los hemos desbaratado. Rendíos o ejecutaré a vuestros hermanos aquí y ahora. Tenéis diez segundos para obedecer.
Clarke apretó los dientes. Le cayeron gotas de sudor en los ojos. Le costaba respirar. Se le aceleró el corazón. Kensai amartilló la presión, apuntó con el lanzador de hierro a la cabeza de Bo.
—Ocho segundos…
Los va a matar de todas formas. Entregarte solo hará que te maten a ti también.
—Seis…
Si sigues escondida, aún hay esperanza.
—Cinco segundos…
Bo y Maseo no miraron a Clarke a los ojos. No suplicaron. No vacilaron. Dispuestos a morir por sus ideales. Por la rebelión.
—Cuatro…
Demasiadas personas han muerto para conseguir que estés a bordo de este gigante. Si te rindes ahora, el sacrificio de Daichi habrá sido en vano. Todos los rebeldes que murieron en la rebelión de Yama. En los ataques a Danro. Las bombas suicidas de Kigen…
—Tres…
¿Y qué más dan unos pocos asesinatos más ahora, eh?
—Dos…
¿Unos pocos cuerpos más para el montón?
Uno…
Dios, ¿en qué te has convertido…?
—Deténgase. Tío, por favor.
Una docena de refulgentes miradas se volvieron hacia ella. Los ojos de Kensai le taladraban la cabeza.
—¿Clarkesan? ¿Tienes algo que decir?
—Esto ha sido idea mía. Fui yo. Todo yo.
Bo resopló, miró por fin a Clarke.
—No seas tonta, cállat…
Una bofetada tiró al chico al suelo. Clarke miró fijamente a la horrible cara de niño del Shateigashira.
—Es cosa mía, Tío. Todo ello.
El Segundo Brote ladeó la cabeza.
—Lo sé, Clarkesan. —La sonrisa de Kensai se retorció alrededor de cada palabra—. Pero de veras me preguntaba si tendrías el valor de admitirlo. —Una pequeña reverencia—. Mis respetos.
Y apretando una vez el gatillo, Kensai desparramó los sesos de Bo y Maseo por todo el suelo.
Caminaron por pasillos y salas de piedra amarilla, una alfombra negra bajo los pies. El eco de sus toses rebotaba contra la mampostería, los Inquisidores que le sujetaban ambos brazos se detenían cuando los ataques se volvían demasiado violentos. Pero en cuanto recuperaba la respiración, se ponían en marcha de nuevo, a través de puertas de acero que se expandían como el iris de un ojo humano, el suave sonido metálico de una hoja al besar la otra acompañaba sus dilataciones. El aire era helador, las paredes relucían de humedad. Largos amuletos de papel recorrían las paredes de suelo a techo, mantras protectores escritos con kanjis sin alma. Daichi podía oír los motores retumbar a través del suelo, oler el hedor a chi enroscado en el aire, pegado al interior de cada respiración. Al final se detuvieron ante otra puerta con forma de iris, acechante y negra. Los Inquisidores parecían distraídos, miraban hacia los rincones o tenían la vista perdida en el vacío, el líder incluso dio un paso a un lado como para evitar colisionar con algo que no estaba ahí. Después de un buen rato, el iris se dilató, dando paso a un enorme hueco de roca negra. La habitación era demasiado grande para ver sus extremos, un techo en forma de cúpula cubría sus cabezas, el suelo estaba iluminado por franjas de relucientes halógenos. A medida que se le acostumbraban los ojos a la penumbra, Daichi pudo distinguir un pilar de granito en el centro de la habitación. Tres metros de altura, plagado de gruesos cables, como gusanos alrededor de una fruta podrida. La base del pilar estaba rodeada de miles de mecábacos que parloteaban y rechinaban sin parar, el zumbido de una colmena obscena. Y encima del pilar, una figura agazapada como un rey parásito sobre su trono. Rojos ojos refulgentes, un delgado casco picudo con mejillas huecas como una calavera. Los cables discurrían desde el trono y desde el techo, enchufados a su pecho, sus piernas, sus brazos. Su espalda era un manojo de púas de metal, como las espinas de un erizo de mar, relucían con un calor abrasador. A pesar de la concha de latón, las crueles púas y las afiladas líneas, la figura parecía débil, frágil, vieja y delgada y encorvada bajo el peso de su piel.
Daichi se sentía identificado.
La figura observaba el techo cuando entraron, miraba fijamente la impenetrable negrura que había por encima de sus cabezas.
Cuando llevaron a Daichi ante el trono, bajó la vista hacia él, su respiración sonaba dificultosa a través de los fuelles respiradores que rodeaban la silla. Cuando habló, su voz llenó toda la habitación, amplificada por altavoces insertados en las paredes.
—Kagé Daichi. Soy Tojo, exaltado y venerable Primer Brote del Gremio del Loto.
—Un placer —dijo Daichi con voz áspera.
—Sin duda. —Una sonrisa se escondía entre aquella respiración sibilante, seca como la hierba en verano—. Me temo que va a ser breve.
Habían retirado el techo de la tienda del alto mando, dejando entrar la débil luz del sol del amanecer. Negros copos de nieve se colaban por el boquete, para terminar siseando sobre el voraz fuego del hogar. La habitación estaba negra como el carbón desde detrás de sus gafas, Echo apenas podía ver nada. Pero Katya y Nastassja le sujetaban las manos, una cada una, y Echo tenía miedo de hacer o decir algo equivocado. Así que se quedó callada y casi ciega detrás del cristal polarizado; iba dando trompicones mientras la dirigían al borde del fuego. Podía distinguir trofeos colgados por las paredes: ōyorois de Samuráis de Hierro muertos, katanas de sierra, banderas ensangrentadas que llevaban el símbolo del clan del Dragón. Los seis enormes perros de guerra del Mariscal estaban sentados en un rincón, jadeando suavemente, pero su amo no estaba a la vista. Echo se estiró para acariciar sus mentes antes de volver a deslizarse en los pensamientos de Kaiah, la fuerza insondable que encontraba ahí. Un valor nacido de interminables tormentas furiosas.
No tendré miedo.
Nastassja rodeó el fuego, su ojo un ardiente punto de brillantez incluso a través del cristal oscuro. Katya tiró de Echo hacia abajo, para que se arrodillara enfrente, entrelazó los dedos con los de la Santa Madre. El ojo derecho de cada mujer refulgía, feroz y brillante, con las manos unidas en torno a las llamas.
NO tendré miedo.
Nastassja empezó a hablar, con voz baja, musical; una súplica ante un poder que ambas temían y respetaban. Nastassja cerró los ojos, Katya hizo lo mismo, y Echo sintió el aire volverse pesado, un regusto a hierro y sangre en la parte de atrás de la garganta cuando las Hermanas unieron sus voces, una melodía que en cualquier otro momento podría parecer aterradora y que terminó en un cántico rítmico, murmurado al final como murmurarían unos amantes en los oídos de su deseo. Nastassja abrió los ojos, ese resplandor rosáceo se derramó por las cicatrices que recorrían su cara. Su expresión era indulgente, llena de amor, la sonrisa de un padre observando a un hijo torpe en una inocente metedura de pata. La anciana habló con voz suave, señaló la cara de Echo, pero la chica no pudo entender las palabras. Se chupó los labios, volvió a sentir el sabor de óxidos sanguinolentos.
—No entiendo —dijo, empezó a sentir algo cercano al pánico.
¿Había hecho algo mal? ¿Las había ofendido?
Katya desplegó su sonrisa de dientes afilados, se inclinó por encima del hogar, tiró del pañuelo de Echo hasta que quedó colgando de su cuello. La chica sintió cómo se evaporaba su miedo momentáneo, dándose cuenta al fin de que solo querían verle la cara.
—Oh —sonrió Echo—. Disculpas, por favor.
Katya le devolvió la sonrisa. Levantó la mano y retiró las gafas de los ojos de Echo.
La luz de la lumbre refulgía con fuerza, deslumbrante después de tanta penumbra.
Y entonces todo se desmoronó.
Octavia se dejó caer por la escotilla, hundiéndose en la marea rojo sangre, caliente y espesa y pegajosa. Pataleó hasta subir a la superficie; quedaban unos pocos escuetos centímetros de aire en la parte superior de la tubería. Escupió el aire que tenía en los pulmones y aspiró otra apestosa bocanada. Maro y los otros se dejaron caer a su lado, la lámpara de tungsteno se apagó con un chisporroteo e impregnó todo de la más absoluta oscuridad. Casi de inmediato empezaron a moverse, subieron por la tubería aspirados por una fuerte corriente revuelta. La cabeza de Octavia se estampó contra una junta que sobresalía, brotaron un montón de estrellas detrás de sus ojos. Aturdida y casi sin sentido, escupió varias veces, el corte de su cabeza ardía al entrar en contacto con el combustible. La corriente se detuvo cuando las cámaras de bombeo se llenaron y las válvulas se cerraron, el silencio cayó como una pluma. Octavia pudo entonces recuperarse un poco, apoyó las manos contra el techo curvo, intentó aspirar más de ese espantoso aire asfixiante mientras veintiocho segundos pasaban lentamente, vida a vida. La poderosa corriente volvió a ponerse en marcha, como aspirada por los pulmones de una bestia titánica; los arrastró hacia delante por la tubería, con los ojos llenos de lágrimas. Y así continuaron: empujados y zarandeados a lo largo de la tubería como muñecos de trapo, intentaban recuperarse durante un puñado de latidos del corazón, para luego ser arrastrados hacia delante de nuevo. El movimiento era violento, mareante, la corriente la arrastraba hacia el fondo, hacia abajo, hacia la sanguinolenta oscuridad donde sus gritos no podrían oírse. Las bombas se hicieron más sonoras, las náuseas aumentaron, amenazaban con rebosar de sus labios e inundar su respirador y dejarla ahogándose en los contenidos de sus propias entrañas. Tragó saliva, otro pulso se apoderó de ella, la lanzó hacia delante; un chiquillo a merced de una tempestad de mil demonios.
Oyó la voz de Maro por encima de los truenos, el ensordecedor latido de su propio pulso.
—¡Debemos estar cerca! ¡Respira hondo y nada tan deprisa como puedas!
¿Pero cómo podía respirar hondo si cada bocanada de aire amenazaba con asfixiarla? Cuando el aire mismo era veneno, estrujaba la bilis de su garganta, le hacía dar arcadas secas, por todos los dioses, ayudadme por favor…
Y entonces se apoderó de ella. Esa resaca colosal. La arrastró hacia abajo a través de la gran válvula, aspirándola hacia la negrura del otro lado. Daba volteretas, arriba y abajo perdieron todo significado, en la más absoluta negrura. El gruñido de los enormes pistones a su izquierda… ¿o era detrás? ¿Estaba ahí en realidad?
Hecha un ovillo en su cama en el palacio del Shōgun, toda su vida discurrió ante sus ojos, un padre que la quería, un principito que la deseaba, un trono dorado que la llamaba y todos los tesoros y placeres de las Siete Islas relucían a sus pies…
Nada, maldita sea.
Un gemido estremecido, recorrió toda su columna, el miedo subía con el vómito de su garganta. Un pulso atronador. Un peso aplastante. ¿Hacia dónde? Dios, ¿hacia dónde?
¡Nada!
Pataleó a ciegas en la oscuridad, luchando por alcanzar la luz.
Excepto que no había luz ninguna. Ni aire en sus pulmones. E incluso si conseguía llegar al otro lado, incluso si conseguía encender un fuego en el corazón del Gremio y quemarlo todo hasta que no quedaran más que cenizas, ¿acaso cambiaría algo? ¿Le devolvería todas las cosas que había perdido? ¿Calcinaría todo el odio que había en su interior? ¿La ira por lo que había sido y en lo que se había convertido?
¡Nada!
¿Le traería algo de paz?
NADA!
¿Acaso alguna de las cosas que iban a hacer cambiaría algo?
Gustus se apoyó en la maza de guerra que le hacía las veces de muleta, miraba al otro lado del valle al ejército Tora que se ponía en marcha lentamente. El Arrasador había vomitado una enorme nube de gases de escape al aire, pero no había conseguido moverse ni un milímetro. Después de todo, de todas las reuniones y oraciones y riesgos, parecía que el plan rebelde estaba funcionando. El hombretón encontró su cara decorada con una amplia sonrisa. La flota voladora del Gremio se dirigía en pleno a por las naves Kitsunes concentradas por encima de Yama. Las trituradoras avanzaban atronadoras a través de campo abierto, transportaban pesadas pasarelas de metal para tender puentes sobre el Amatsu. Legiones de bushimen se movían como una centelleante marea escarlata tras ellas. Pero el ejército no tenía torres de asedio, ni arietes y, sin el Arrasador para abrirles camino, les esperaban tiempos duros cuando llegaran a las murallas. En cualquier segundo, el Goliat volaría por los aires, volatilizando todo lo que tuviera cerca. Pero aun así, parte de la flota Tora sobreviviría. Las naves estaban mejor armadas que los acorazados Kitsunes… necesitaban algo para equilibrar la balanza. Y por enésima vez ese día, Gustus se encontró escudriñando las nubes, aguzando el oído en busca de los truenos de un batir de alas.
Lexa, ¿dónde demonios estás?
El tío de Echo, Aleksandar, estaba unos pasos más allá, Piotr a su lado. El hombretón miró de reojo a la tienda de campaña, Kaiah estaba sentada fuera atusándose las plumas. La tigresa del trueno parecía atenta pero tranquila y Gustus sabía que ella reaccionaría al primer murmullo de angustia de Echo. Pero aun así, no podía evitar que la ansiedad le robara la saliva y se enroscara por su estómago como gusanos fríos como el hielo.
—¿Cuánto tiempo se tarda en realizar este ritual? —preguntó.
El comandante gaijin arqueó una ceja, le miró de arriba abajo.
—¿Por qué lo pregunta?
—A ellos probablemente les hará falta una Señora de las Tormentas pronto. —Gustus señaló a la flota aérea—. Además, estoy preocupada por ella. Eso está permitido, ¿no?
—Admiro el valor de mi sangre —dijo el gaijin—. Y el de sus amigos. Y estoy seguro de que luchará por su gente en este día, con sus amigos a su lado. Pero debería saberlo: todo va a cambiar después del ritual.
—¿Qué quiere decir?
—Echo no será la misma. Independientemente de lo que pase este día, debe estar preparado para una separación. Cuando esta guerra termine, mi sobrina volverá con nosotros a Morcheba, para servir a su Casa y a la Diosa como es su deber.
—¿Qué? —Gustus frunció el ceño—. ¿Le ha hablado a ella de esto?
—¿De qué hay que hablar?
—Quizás no quiera ir a Morcheba…
—Lo que ella quiera es completamente irrelevante. Todas las Zryachniyes…
—Las barbas de Izanagi, es irrelevante. Esa chica ha pasado por un infierno. Toda su vida, nunca ha tenido elección. Y ahora que se le han abierto todas estas puertas, que ha encontrado respuesta a todas sus incógnitas, ¿le va a quitar el derecho a elegir? Ella confía en usted, Aleksandar. Y por esa chica, crea que…
Un grito áspero, gutural y feroz; un revoltijo de absurdidades que Gustus no tuvo oportunidad de que le tradujeran. Vio a una de las Sagradas Hermanas dirigirse hacia ellos a paso airado, caras del Gremio aplanadas a palos sobre los hombros, enseñaba sus dientes afilados. Kaiah se puso en pie de un salto, un gruñido se le empezó a acumular en la garganta. Gustus cogió la maza de guerra, cojeó a su encuentro, los ojos fijos en la tigresa del trueno.
—¿Echo? —gritó.
—Gustussan. —Piotr le miraba, horrorizado—. ¿Qué tú haces?
—¿Qué? —Miró de reojo al gaijin, a la mujer que se dirigía iracunda hacia él, con la cara llena de cicatrices retorcida de furia—. ¿Yo? ¿Qué he hecho yo? ¿Qué demonios estás diciendo?
—¿Qué tú haces? —preguntó Piotr de nuevo, levantando la voz.
Kaiah se volvió hacia él, se le erizaron todos los pelos al rugir. La mujer con las cicatrices como relámpagos volvió a gritar, el Kapitán bufó y cogió a Gustus del brazo. El hombretón maldijo, se quitó a Aleksandar de encima de un empujón. Kaiah daba saltos hacia él, los soldados gaijins empezaron a sacar sus armas, con la indignación claramente grabada en cada una de sus caras. Piotr le agarró del brazo, con los ojos muy abiertos y brillantes de pánico.
—Gustussan, corre tú.
Oyó a Echo chillar. La Sagrada Hermana estaba gritando otra vez, señalaba en su dirección. Gustus se quitó a Piotr de encima y se dirigió indignado hacia la sagrada mujer, con la maza de guerra levantada por encima de la cabeza.
—¿Qué le habéis hecho?
—¡No! —gritó Piotr—. No, ¡corre tú!
—¿Qué demonios habéis hecho? —gruñó Gustus—. Si le habéis tocado un solo pelo de la cabeza…
La mujer se acercaba a él.
Una espada, larga y cruel y con forma de hoz.
Piotr gritaba una advertencia.
El rugido de Kaiah.
El grito de Echo.
Un revoltijo de cuero y latón, la sacerdotisa ya casi a su altura, giró sobre sí misma, sus trenzas volaron en todas direcciones al arremeter contra él. El sol por fin asomó por el horizonte, un brillante chorro de rojo cegador, un suave silbido cuando la hoja de la espada pasó limpiamente a través de su cuello.
De oreja a oreja.
Nieve negra caía del cielo. Caía igual que él. Se llevó las manos al cuello, el río de su propia sangre casi abrasador en el frío gélido.
Cayó de rodillas. Un rugido mortecino en su mente. Espuma burbujeante entre los dedos, rosa y brillante. Cayó de bruces sobre el barro congelado, incrédulo. Estupefacto.
Sabor a sal y cobre en la lengua. Pegajoso en sus labios. Esos mismos labios que habían besado los de ella, suspirando y riendo y susurrando en la oscuridad.
Juntos. En la oscuridad.
En la oscuridad…
