39

UNA ORQUESTA DE SANGRE Y HUESO

Humo de lanzador de hierro revoloteaba por el aire. Bo y Maseo estaban ahí tirados, estremeciéndose en un charco de sus propios despojos. Clarke bramó, alzó el puño. Y Kensai levantó el lanzador de hierro y disparó, abriendo un agujero limpio a través de la pierna de la chica. El dolor fue insoportable, intenso y nauseabundo, un grito involuntario rebosó de sus labios mientras caía, se estrelló sobre la malla metálica impregnada de sangre de sus amigos. Se quedó mirando aquellos ojos invidentes cuyos blancos rotos se llenaban lentamente de rojo. Se agarró la pierna y rodó por el suelo, el líquido carmesí pintaba el latón de su muslo.

—Entiéndeme, Clarkesan. —Kensai se alzaba imponente sobre ella—. Te voy a perdonar la vida. Voy a arrastrarte ante el Primer Brote como prueba de la falibilidad de la Inquisición, sus pronósticos poco convincentes y su Cámara del Humo. Porque si tú eres a la que presentan como sucesora de Tojo, todo lo que han dicho jamás está bajo sospecha. Pero el simple hecho de que te necesito viva, no quiere decir que te necesite entera. Y no hay nada que pudiera causarme más placer que ver cuánto de ti podríamos perder antes de perderte por completo.

Clarke apretó los dientes, seguía agarrándose la pierna, con los ojos fijos en Kensai.

—¿Cómo lo supo?

—Te traicionaron —se burló Kensai—. La persona más cercana a ti. La más querida.

Clarke parpadeó, pensaba a toda prisa. Kensai se agachó con un siseo trabajoso y hurgó torpemente entre los cierres del casco de Clarke, se lo quitó, y se quedó mirando la cara desnuda de la chica.

—Eras tú, Clarkesan. Daba lo mismo lo que murmurara la Inquisición en su aturdimiento borracho de humo, te he tenido por una traidora desde el día en que volviste de las Iishi. Yo sé cómo eres en realidad. Sé las palabras que has susurrado en las largas y silenciosas horas nocturnas.

Kensai cerró el puño, los pistones silbaron, una explosión de pálidas chispas llenó el aire cuando arrancó el mecábaco del pecho de Clarke. La chica dio un grito de dolor cuando los enchufes se soltaron desgarrándole la piel. El Segundo Brote hurgó en las entrañas de la máquina hasta que produjo un trozo de cable enrollado, un diminuto trasmisor, la negra cabeza de tachuela de un micrófono minúsculo.

—Las he oído.

Clarke gimió, apretaba las manos contra los agujeros abiertos en su pecho, sangre sobre sangre.

—Dime —dijo Kensai—, ¿pusiste la bomba en mis aposentos tú misma?

—Hai —dijo Clarke entre dientes, con la boca llena de sangre.

—Debí imaginarlo. Y aun así estoy vivo. Un fracaso hasta el final.

—No quería matarle, Tío. No quiero que nadie muera si no debe hacerlo.

—Ah, tan misericordiosa, Clarkesan. ¿Y qué pasa con Ayane? ¿Has dedicado un solo minuto de tu tiempo a pensar en qué habrá sido de ella? ¿De tu amigo Daichi? Dime, cuando apretaste el gatillo apuntando a su cabeza, no tenías ni idea de que el lanzador de hierro estaba vacío, ¿no?

—… No.

—Y le habrías matado de todas formas. Habrías matado a casi cualquiera. Sacrificado casi todo. Solo con tal de tener la oportunidad de estar aquí, ¿estoy en lo cierto?

—El loto debe arder. Las necesidades de muchos sobrepasan a las necesidades de uno solo.

—Excepto si ella es el uno. Tu preciada Lexa. Y quizás tú misma. Todo lo demás es prescindible, ¿no? Esos soldados ahí afuera a los que planeabas incinerar. Los hermanos a bordo de esta embarcación que confiaban en ti. Estoy seguro de que estarías dispuesta a tirar el mundo entero a la basura si vosotras dos, ella y tú, estuvieseis juntas en el último capítulo. Y te permites el lujo de llamarme monstruo a mí.

Clarke lanzó una patada con la pierna buena hacia la espinilla de Kensai. El metal besó el metal, el amortiguado whunng de unos tambores de latón. El Segundo Brote se tambaleó, se agarró a la barandilla para evitar caerse. Varios Hombres del Loto se abalanzaron sobre Clarke, dándole puñetazos y patadas. Entonces Kensai cogió a Clarke del cuello y le abofeteó, su guantelete repicó al romper la piel. Un Hombre del Loto dio un paso al frente, la preocupación subrayaba sus palabras rasposas.

—Shateigashira, sus heridas… Si os cansáis demasiado…

Kensai todavía miraba a Clarke, su perfecta cara de niña desprovista de rencor. Pero su voz era negra, venenosa, como la nieve que caía a su alrededor.

—Las cosas que hacemos por amor —dijo casi sin aliento—. Las cosas que el amor nos hace…

Kensai soltó a Clarke, dejó que se desplomara sobre la cubierta. Se enderezó con un suave siseo de engranajes, se volvió hacia sus lacayos, su respiración sonaba borboteante en los pulmones.

—No es digna de llevar esa piel.

Los Hombres del Loto se arremolinaron sobre Clarke, soltaron los cierres y arrancaron el traje atmos de su cuerpo. Actuaban con intencionada crueldad, retorcieron las fijaciones de bayoneta que tenía en las muñecas y en la columna, y se las arrancaron, dejando moratones y sangre a su paso. Clarke se negó a gemir; no quería darle a ese bastardo la satisfacción de oír sus quejas. Un Artífice se volvió de su consola, hizo una reverencia como pidiendo perdón.

—Disculpas, Segundo Brote, los sistemas de control de armas vuelven a funcionar.

Otro Shatei habló.

—Las comunicaciones vuelven a funcionar.

Rei le dio a sus estribos un empujoncito tentativo y el Arrasador dio cuatro estruendosos pasos hacia delante; todos los que estaban sobre el puente de mando se tuvieron que agarrar a algo para mantenerse en pie.

DUUMDUUMDUUMDUUM.

—Volvemos a tener el control de la marcha, Shateigashira —informó Rei, bastante innecesariamente.

Kensai dio unos pasos hacia delante, se asomó a las claraboyas, observó ceñudo la ciudad de Yama.

—No dejéis ni un ladrillo intacto. Ni una espada sin romper. Haced que se hable de este día con asombro y estupefacción durante mil años. Haced que las ruinas de Yama sirvan de sepultura a los cadáveres de esta rebelión y que sus murallas derruidas sirvan de jalón para las tumbas de aquellos que nos desafíen.

Kensai señaló con un dedo ensangrentado a las murallas de la ciudad.

—Aniquiladlos.

Raven estaba sobre la cubierta de la Kurea, su aliento congelado salía en pequeñas nubes de sus labios amoratados. La nave voladora flotaba por encima de Yama, la chica observaba a las trituradoras tender sus pasarelas de hierro sobre el Amatsu y cruzar la corriente espesa como el alquitrán con oleadas de soldados Toras pisándoles los talones. Echó un vistazo al buque insignia del Daimyo, el Zorro Afortunado, vio al viejo Isamu rodeado de su guardia de samuráis y su alto mando. La flota del Gremio se les estaba echando encima, pero las naves de guerra Kitsunes se estaba refrenando por miedo a quedar atrapados en la explosiva e incendiaria muerte del Arrasador.

Excepto que el Arrasador no estaba haciendo nada parecido a explotar.

—¿No deberíamos estar viendo fuegos artificiales ya? —bramó el Mirlo desde el puente de mando.

Raven apretó los dientes, veía a la flota del Gremio acercarse peligrosamente. Una docena de acorazados, gordos y pesados y armados hasta los dientes. El aire estaba plagado de corbetas de tres tripulantes, zigzagueaban por el cielo como golondrinas en celo. La flota Fénix estaba concentrada al oeste, naves elegantes y preciosas, armadas para la masacre, volaban en círculo hacia estribor. Si la flota Kitsune seguía ahí plantada e inmóvil mucho tiempo más, si el Arrasador no saltaba por los aires pronto, les harían picadillo. Le dio un vuelco el corazón al oír gemir a aquella bestia, una exhalación temblorosa y atronadora, un chorro negro de un kilómetro de altura salió escupido de las chimeneas que asomaban a intervalos regulares de su columna.

—Aquí viene! —gritó Raven, tapándose los oídos.

Fue una mala elección de palabras, visto lo que ocurrió después.

El gigante levantó cuatro de sus enormes patas y las estampó contra el suelo en rápida sucesión. La tierra se hizo pedazos, pegotes de barro congelado, tan grandes como rocas, salieron volando en todas direcciones. Las otras piernas se movieron hacia arriba, estirándose y gimiendo. Y mientras una ola de terror le atenazaba las entrañas, Raven se dio cuenta de que el Arrasador no estaba explotando.

Estaba cargando contra ellos.

Sirenas de alerta aullaron entre la flota Kitsune, las murallas de Yama se llenaron del frenético tañido de un centenar de campanas de hierro. Raven se volvió hacia el Mirlo, gritando por encima del estruendo.

—¡Pon cara de estar vivo, capitansan! Puede que no tengas ocasión de hacerlo mucho más!

—¡Maldita sea! ¿Qué demonios está pasando? —bramó el Mirlo.

—Que tenemos una guerra después de todo!

Raven miró hacia la izquierda, vio al Zorro Afortunado acelerar sus hélices y lanzarse al ataque, seguido de los demás acorazados Kitsunes. Las corbetas del Zorro se dirigieron como un enjambre hacia el oeste para enfrentarse a los Fénix; Isamu estaba sobre el puente de mando, agitaba la espada sobre la cabeza, señalaba al enemigo.Raven desenvainó sus espadas de sierra, apretó el botón de arranque. Los motores rugieron al despertar de su sopor, enviaron vibraciones cálidas a través de sus antebrazos. La chica escudriñó la fila de naves del Gremio que se acercaban, guiñó los ojos para ver algo entre la nieve que caía. Y por fin la vio, recién pintada y adornada con banderas del Daimyo Tora, la cubierta relucía con un centenar de espadas. A lo largo de la proa, Raven podía ver su nombre escrito con kanjis recién pintados, una amenaza o una promesa que ahora mismo parecía casi lo mejor que podía esperar.

La Muerte Honorable.

—¡Allí! —gritó—. A toda velocidad, Mirlo. Derecho hacia ese buque insignia!

Podía verle en el puente de mando, de pie, alto y orgulloso entre sus samuráis.

Roan.

Le recordó sentado en las gradas de la arena de Kigen mientras Lexa fingía entrenar a Buruu, recordó las fingidas caras de enfado que ella le dirigía cuando le pillaba mirando a la chica Kitsune demasiado rato. Recordó tomarle el pelo, reunida con las demás doncellas, susurraban cuando pasaba y se reía como una niña tonta cuando él sonreía. Tan jóvenes, todos ellos.

Y entonces recordó a Gaia. Encadenada a aquella horrible media vida por esas máquinas del Gremio, con la respiración borboteando en sus pulmones. Lo que le habían hecho.

Lo que él había dejado que le hicieran.

La línea Kazumitsu necesitaba a su preciado hijo. El Gremio necesitaba cimentar la legitimidad de su Shōgun. ¿Así que, sabes lo que utilizaron? —Gaia rechinó los dientes, escupió las palabras—. Un tubo de metal. Un puñado de lubricante. Como si yo fuera ganado, Raven. Como si fuera una vaca.

El Mirlo bramaba por encima de los motores, las primeras salvas de los lanzadores de shurikens, los gritos de guerra que cortaban el aire.

—¿Quieres que embistamos el buque insignia del Daimyo? ¿Te has vuelto loca?

Raven se chupó los labios, con los ojos fijos en Roan.

—Loca no, Mirlosan —gruñó—. Solo sedienta.

Ardía.

Pulmones. Ojos. Piel. Garganta.

Todo.

Ardía.

Cayó al vacío, arriba y abajo y derecha e izquierda, nociones abstractas sin ningún significado concreto. El instinto la empujó a buscar algo a lo que agarrarse, alguna cosa, cualquier cosa que ralentizara su caída. Porque Octavia sabía que estaba cayendo, alguna diminuta parte reptílea de su cerebro gritaba por encima del borrón de gases de chi y vértigo y náuseas y miedo. Golpeó la superficie en medio de un chorro de rojo sangriento, se sumergió en la oscuridad espesa como la melaza, pataleó y braceó con todo lo que le quedaba dentro. Sacó la cabeza al vapor ensopado que pasaba por ser aire, vomitando y resollando, aferrada a las resbaladizas paredes con brazos temblorosos, pugnando por recuperar el máximo oxígeno posible. Parpadeó en la casi absoluta oscuridad. Intentaba entender dónde estaba.

Y Dios, lo había conseguido…

Un tanque enorme, cilíndrico, de casi cien metros de diámetro. El interior estaba iluminado por un círculo de minúsculas bombillas rojas, ardían brillantes como el sol después de la constante oscuridad del conducto de chi. Vio unas paredes cuajadas de remaches, un tubo vomitaba chorros intermitentes de líquido rojo sangre al mar de combustible que la rodeaba. El techo colgaba casi diez metros más arriba, solo Dios sabía la profundidad que alcanzaba el chi por debajo de ella. Una escalera de servicio escalaba por la pared, hasta el círculo de luces que finalmente reconoció como una escotilla de entrada. Una figura vestida de negro cayó en picado desde la boca del tubo, zambulléndose en el chi con un splash. Octavia se acercó nadando, la arrastró hasta la escalera. Reconoció a Maro, sus largas trenzas empapadas de combustible.

—Por las barbas de Izanagi —boqueó, tosiendo líquido espeso dentro de su respirador—. La próxima vez, entramos por la jodida puerta principal…

Otro cuerpo cayó como un fardo del tubo y se sumergió en la oscuridad. Esta vez era una chica, Megumi, su respirador estaba inundado hasta las mirillas de líquido rojo sangre; se quedó flotando boca abajo en el combustible. Más cuerpos siguieron a ese, algunos respiraban, la mayoría no, aplastados o hechos pedazos. Los vacíos giraban lentamente en el remolino causado por el flujo del tubo de entrada, se hundían en la oscuridad; gente que había soñado y reído y muerto por algo por lo que merecía la pena luchar.

¿Todavía creía eso de verdad?

Al final, hicieron un recuento a la luz de ese rojo mórbido, descubrieron que solo quedaban cinco de ellos. Octavia. Maro. Botan.

El gordo Yuu. La pequeña Eiko.

Cinco de dos docenas.

Subieron por la escalera hasta una pasarela suspendida que llevaba a la escotilla de acceso. Abrieron sus mochilas impermeables, colocaron los explosivos sobre la malla metálica. Maro los examinó con ojo crítico. Octavia tenía la cabeza ladeada mientras escuchaba los amortiguados sonidos del exterior del tanque. Motores y hélices, estos últimos gruñían con más fuerza por momentos. Las paredes del depósito empezaron a temblar, lo que sonaba como una nave voladora pasó por encima de sus cabezas. Maro levantó la vista de repente al oír varios golpes en el techo. Octavia les hizo un gesto de que guardaran silencio, desenvainó su wakizashi. Los otros Kagés hicieron lo mismo, sacaron las espadas con cuidado, impregnadas de negro de humo para ocultar su brillo.

Podía oír voces, calladas y metálicas. Un claxon en la distancia.

Las bombillas rojas que rodeaban la escotilla parpadearon y se apagaron, una a una, y el cerrojo de seis pernos se contrajo, la manivela circular giró lentamente, casi sin emitir ni un ruido en el aire grasiento.

—Vámonos! —siseó Octavia—. Vámonos!

El gordo Yuu y Eiko habían vuelto a sellar sus explosivos, bajaron por la escalera y se volvieron a meter en el chi del tanque. Maro fijó unas garras de escalada a sus botas y a las palmas de sus manos, se columpió debajo del pescante y se quedó ahí colgado, invertido, como una araña negra y empapada; Botan detrás de él. Octavia hizo lo mismo, rodó por el pescante, se columpió por el borde y se quedó colgada al lado de Maro con la espada en la mano. La escotilla de acceso se abrió lentamente, las bisagras impregnadas de grasa negra. Un cegador rayo de luz inundó el tanque. Octavia distinguió una silueta, unos ojos ardientes que escudriñaban la oscuridad bajo sus pies. Y tan silenciosas como podía moverse cualquiera que estuviera envuelto en latón de la cabeza a los pies, tres figuras entraron por la escotilla de acceso y bajaron al pescante.

Hombres del Gremio.

Dos Artífices y una Vida Falsa cuyos relucientes brazos se desenroscaban a su espalda. Ver aquellas extremidades aracnoides hizo que Octavia se acordara de Ayane, del dron araña del pueblo; el engaño y la traición le trajeron un sabor amargo en la lengua. Miró de soslayo a las Sombras escondidas más abajo, a Maro y Botan a su lado, muy consciente de que si llegaban los golpes, cualquier ventaja que hubiera podido proporcionarles su entrada sigilosa estaría perdida.

La Vida Falsa habló con voz borboteante y sibilante.

—Date prisa, hermano.

Uno de los Artífices sacó un gran paquete de un morral: un grueso pegote de pegajosa resina negra, sellada en papel de cera. Se acercó a la pared, apretó la sustancia contra una junta. La resina se quedó ahí pegada, maleable como la masa caliente. El siseo de la Vida Falsa sonó en la oscuridad.

—Ajusta los temporizadores para dentro de 15 minutos, solo por si falla el mecanismo de radiocontrol.

—¿Por si nos capturan, quieres decir? —preguntó uno de los Artífices.

Octavia podía ver a Maro frunciendo el ceño a través de las mirillas de su respirador. Tan perplejo como ella.

—No nos pueden capturar, hermano. Sabemos demasiado. Resistencia o muerte.

—Resistencia o muerte —convino el segundo Artífice, cerró el puño.

En el nombre de todos los dioses, ¿qué está pasando?

El segundo Artífice estaba desenvolviendo pequeños palos de lo que parecía cobre terminado en receptores de radio. Aunque no era ninguna experta, Octavia sabía lo suficiente para reconocer un detonador cuando veía uno. La sustancia negra y pegajosa era residuo de chi mezclado con azufre y serrín, el mismo explosivo que llenaba sus propias bombas de chi.

¿Están planeando volar los tanques? ¿Podía ser verdad? ¿Estos eran los rebeldes de los que hablaba Lexa? ¿Y ahora estaban en la Primera Casa con exactamente el mismo plan que los Kagés?

¿Podía ser?

El primer Artífice se arrodilló en la pasarela directamente por encima de su cabeza, manipulaba un temporizador. Puede que fuera la luz refractada sobre su respirador. Puede que fuera el leve sonido de su respiración. Pero el Artífice miró hacia abajo a través de la malla metálica, dio un grito ahogado al verlos colgados bajo sus pies, y en lo que tarda un gorrión en batir las alas, todo pensamiento desapareció de la mente de Octavia. Se dio impulso con los pies contra la pared, pivotó sobre las palmas de las manos y se columpió por encima de la barandilla. Su talón le dio a la Vida Falsa de lleno en la mandíbula mientras Maro le ponía la zancadilla a uno de los Artífices. El Hombre del Gremio se tambaleó y cayó rodando de la pasarela, sus guanteletes de latón chirriaron contra la barandilla cuando se aferró a ella para detener su caída; se quedó ahí colgado como una garrapata. El segundo Artífice sacó un lanzador de hierro, apuntó a la cabeza de Octavia justo cuando ella cogía a la Falsa Vida por el cuello, con el wakizashi preparado para golpear. Ocho agujas cortantes se desenroscaron en la oscuridad, lanzaban destellos en la deslumbrante luz que se colaba por la escotilla de acceso. Listas para actuar frente al cuello de Octavia, su pecho, sus ojos, justo como la espada que ella apretaba contra la yugular de la Vida Falsa. Maro levantó la katana, preparado para golpear al Artífice que apuntaba a la cabeza de Octavia.

Eran seis, todos congelados en su sitio, cada uno a un solo milímetro del asesinato.

La voz de la Vida Falsa no fue más que un susurro.

—Supongo que sois los Kagés, ¿me equivoco?

El Arrasador arremetió contra las murallas de Yama como una avalancha, cortó a través de las almenas como si fueran hierba seca, los hombres sobre ellas meras semillas de diente de león. Desparramó trozos enteros de mampostería como un niño que tira los juguetes con los que ya no quiere jugar. Los soldados Kitsunes se escabullían en busca de refugio por encima de las murallas que se estaban colapsando, caían como nieve negra sobre el granito triturado a sus pies. Cada golpe de sus brazos de sierra estaba acompañado de un torturado aullido metálico, un borboteante estallido de sus fustes de chimenea. Las corbetas Kitsunes se arremolinaban en torno a él como mosquitos, los pilotos intentaban apartar al gigante de la ciudad. Pero el Arrasador los ignoró, se abrió paso a patadas a través de las murallas de Yama y se dirigió con pasos lentos y demoledores hacia Kitsunejō. Las trituradoras entraron en tropel por las murallas rotas, cada máquina era un gigante por sí sola. Tres metros de altura, patas tan gruesas como viejos árboles sugi, largos brazos de sierra curvados como hoces. Las luces piloto cortaban a través del humo, centelleaban sobre las espadas de los bushimen Toras que entraban tras ellas devastándolo todo. Furia aulladora, banderas del Tigre ondeaban al viento. Y sin posibilidad alguna de detener al Arrasador, los hombres y mujeres que defendían las murallas de Yama lanzaron sus desafíos a voz en grito y se zambulleron en la tormenta de espadas. Los Samuráis de Hierro saltaban de las murallas y caían estrepitosamente sobre las jaulas de seguridad de las máquinas trituradoras, apuñalando y cortando en pedazos a los pilotos que iban en ellas. Los lanzadores de shurikens cantaban poppopopopopop, rociando de afilada muerte a los guerreros del clan Tigre, con la esperanza de detener aquella marea roja. Pero siguieron avanzando, como la sangre de una herida en la piel de Yama, inundando sus calles de caos y gritos. En los cielos, las flotas voladoras se encontraron, el fuego de los lanzadores de shurikens llenaba el aire. El primer acorazado Kitsune en atacar a la flota del Gremio había sido cortado en mil pedazos por una granizada fulminadora. Mientras caía dando volteretas hacia el suelo, había disparado sus rezones hacia una nave del Gremio y la había arrastrado hacia su perdición. Ambas naves habían explotado envueltas en un fogonazo de aullante hidrógeno. El buque insignia del Daimyo Kitsune, el Zorro Afortunado, había sido el siguiente en atacar. Disparó sus propios rezones contra la nave del Gremio Luz Bendita y sus tripulaciones ya estaban enzarzadas en una batalla mortal sobre las cubiertas. Raven rugió a pleno pulmón cuando la Kurea se lanzó en picado hacia la Muerte Honorable. El cielo entre ambas naves estaba lleno de corbetas que se batían en duelo, centelleante lluvia de shurikens, remolinos de nieve negra. Una miradita hacia poniente reveló a la flota Fénix volando alrededor de los Kitsunes, daban vueltas y más vueltas a pesar de los desesperados ataques de las corbetas del clan Zorro. Rodeados por todos los flancos, los capitanes Kitsunes no tenían otra opción que lanzarse a los brazos abiertos del enemigo. Al menos otra nave voladora, la Valor de Kitsune, parecía haber tenido la misma idea que la Kurea. Sus motores rugieron mientras se lanzaban a la carga, disparó una tormenta de rezones antes de estrellarse contra el flanco de la Muerte. Su tripulación cayó fulminada bajo una batería de fuego de shurikens, caminantes de las nubes y bushimen quedaron hechos pedazos sobre la cubierta. La Kurea colisionó con la Muerte unos instantes después y Raven ya estaba saltando el hueco que las separaba, con las espadas de sierra bramando su ira. El estrépito de acero contra acero por todas partes, el gruñido de los ōyorois, de los daishōs de sierra, los gritos de hombres moribundos, los chirridos del metal al romperse. Los Samuráis de Hierro de la Valor también estaban abordando la Muerte, rugían desafíos en el nombre de su Daimyo. Raven se movía rápida, ágil y con determinación; cruzó a lo largo de la barandilla en dirección al puente de mando hasta que tres Samuráis de Hierro interceptaron su avance. Ella se defendió, incrustó su wakizashi de sierra en la cuenca del ojo de la máscara oni de uno de los samuráis. El hombre estaba muerto antes de tener ocasión de gritar, la cara de demonio pintada de blanco hueso quedó empapada de rojo. Raven desvió tres golpes rápidos como el rayo, realizando una especie de danza de retroceso hasta que se encontró arrinconada contra la barandilla, echó un rápido vistazo al vacío. Otro samurái ocupó el lugar del que ella había matado y Raven se dio cuenta de que había mordido más de lo que podía masticar. Estos no eran simples soldados como los que había matado en el palacio de Wells. Estos de aquí eran hombres nacidos para guerrear, más grandes y más fuertes y, gracias a sus ōyorois, tan rápidos como ella. Podía ver a Roan en el puente de mando, pero no había forma humana de abrirse paso entre veinte miembros de la Élite para llegar hasta él. Mejor buscar otro camino hasta el trofeo. Liberó a un samurái de su katana de sierra cuando se abalanzó hacia ella, a otro de cualquier opción de tener hijos al resbalar sobre la cubierta anegada de sangre. Raven aprovechó la oportunidad, saltó de vuelta a la barandilla de la Muerte, envainó sus espadas y empezó a trepar por las jarcias con dos samuráis de la Élite pisándole los talones. Rápida como un mono, se encaramó a la lona inflable de la Muerte. Los cielos eran una tormenta de corbetas, nieve oscura y humo todavía más oscuro. Unas llamas refulgieron en sus anteojos cuando otro acorazado Kitsune se incendió, cayó como un yunque; su capitán maniobró lo suficiente como para caer sobre la infantería Tora como acto final de resistencia. Una explosión apagada hizo trizas el aire, el estruendo de edificios que se derrumbaban y el avance tectónico del Arrasador, el runrún de un centenar de hélices, los gritos de los moribundos, chillidos y maldiciones y oraciones. Los miembros de la Élite que la perseguían se encaramaron a su vez en la lona hinchable, hicieron cumbre en la suave curva del globo. Raven giró sobre sus talones y arremetió contra ellos, con un aullido silencioso en los labios. Utilizó la lona inflable como trampolín y saltó hacia uno de los samuráis, plantándole los dos pies sobre el peto. El hombre dio un grito ahogado, perdió el equilibrio y volcó hacia atrás, al vacío, silencioso como una piedra. Raven se dio impulso contra el pecho del samurái y saltó de vuelta a la tensa lona. Se puso en pie de un salto justo cuando el segundo miembro de la Élite columpiaba la espada hacia su cabeza, una vez, dos veces, cortó limpiamente su trenza y llenó el aire de mechones de largo pelo negro. Raven cayó hacia atrás ante las arremetidas, desvío y estocada, finta y ataque, sus espadas eran un remolino borroso. Podía ver los ojos del samurái a través de las rendijas de su casco de oni, oscuros y entornados, la piel recubierta de cenizas. El hombre era un maestro de las espadas, la estaba haciendo retroceder por la superficie esponjosa, sin darle ninguna oportunidad de lanzar un contraataque. Le latía el corazón a mil por hora. El sudor le escocía en los ojos. De repente, se sentía pequeña y sola, ahí arriba en medio de la tormenta.

Solo nosotros dos…

El viento aullaba como lobos hambrientos, con dientes de hielo y las lenguas colgando. Envainó su katana, metió la mano en el obi mientras esquivaba un golpe de guadaña, dio un paso a un lado para evitar otro, las sierras giratorias cortaron la tela a la altura de su codo. Y sacando un diminuto frasco de barro de su faja, quitó el tapón de corcho y se lo lanzó al samurái, un chorro negro azabache que dibujó un arco en el aire y fue a caer directamente sobre la cara del hombre. La tinta salpicó por toda la máscara de oni, se metió en los ojos del samurái. El hombre se tambaleó hacia atrás, parpadeó furiosamente, pero ya era demasiado tarde. La chica se movió, como un escalpelo, una cuchilla, un golpe a dos manos con su wakizashi de sierra cortó a través de la muñeca del miembro de la Élite. Raven giró sobre sí misma mientras el hombre caía y le dio una estocada justo por debajo de la barbilla, donde las largas protecciones para las mejillas de su casco besaban el collarín de hierro que llevaba alrededor del cuello. Un chorro de un rojo cegador, grandes goterones de líquido salían a raudales y caían como la lluvia mientras el samurái se llevaba las manos a la nueva sonrisa que ella le había tallado, muerto antes de tocar el suelo. Raven se quedó ahí resollando, con la boca tan seca como el polvo, mirando la botella de tinta vacía que tenía en la mano. La lanzó al vacío con un grito triunfal.

—Y decías que una botella de tinta nunca ganaría una batalla, Mirlosan!

El cielo en llamas, acorazados rugían al caer de entre las nubes, metal que gemía, ráfagas de shurikens y hélices masticaban la neblina, manchurrones negro azulados restregados por todo ello. Y por encima de la cacofonía, por encima de la aullante orquesta de metal y hueso y sangre, Raven oyó unos chillidos lejanos, truenos como el pulso en sus venas, se le aceleró el corazón en el pecho.

Chillidos lejanos.

Truenos como un pulso.

Se acercaban.

—Ya era hora maldita sea. Esta mierda de entradas dramáticas se nos está empezando a ir de las manos…

Un rugido desgarró el aire, la canción de rayos y truenos, el ritmo de unas poderosas alas. El eco del grito resonó por todo el valle, por la ciudad, rebotó por las calles en llamas, contra las paredes rotas, repitiéndose entre el estrépito de acero contra acero, los gritos de guerra y los estertores de muerte, los insultos, las maldiciones y las oraciones. Y al levantar la vista hacia el cielo de poniente, Raven se dio cuenta de que no había eco alguno, ningún truco de un débil sonido en lugares huecos y ensangrentados. En lugar de un tigre del trueno descendiendo de la negrura en lo alto, había al menos una docena, llenaban el cielo con sus chillidos. Lexa y Buruu iban en cabeza, gritando al unísono mientras caían, el aire a su alrededor inundado de aullantes arashitoras.

¿Cómo llamaban las viejas leyendas a un grupo de tigres del trueno?

«Manada» parecía demasiado simple. Demasiado soso y diminuto para describir aquella magnífica vista. Envergaduras de alas tan anchas como las naves voladoras, garras crueles y picos ganchudos, plumas de un blanco prístino y de un negro azabache.

Feroces y brillantes y preciosos. Descendían como martillos e impecables espadas de acero doblado; una imagen de la que nadie había sido testigo en más de un siglo.

¿Una bandada?

¿Una escuadrilla?

¿Una nube?

No.

Raven sacudió la cabeza, levantó las espadas en alto mientras bramaba.

No, una nube no.

Y por todos lados a su alrededor, llenando los cielos cada vez más iluminados por el amanecer, los tigres del trueno rugieron en respuesta.

Una maldita tormenta.