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FLORES CAÍDAS

-Oh —sonrió Echo—. Disculpas, por favor.

Katya le devolvió la sonrisa, deslizó las yemas de los dedos, suaves como el cristal, por la mejilla de Echo. Levantó la mano y retiró las gafas de sus ojos.

La luz de la lumbre refulgía con fuerza, deslumbrante después de tanta penumbra.

Y entonces todo se desmoronó.

Katya abrió los ojos como platos, retrajo los labios dejando al descubierto sus dientes afilados. Echo pensó que la mujer la iba a morder, hasta que vio lágrimas anegar sus ojos y la mujer se apartó como si le horrorizara tocarla. La Santa Madre la miraba fijamente por encima de las llamas, desesperación e indignación reflejadas a partes iguales en su cara.

—¿Qué pasa? —preguntó Echo, pasando la vista de una a otra de las Zryachniyes—. ¿Qué está mal?

La Madre pronunció palabras que Echo no pudo comprender, los ojos cargados de angustia. Katya se estaba poniendo en pie, una oleada de furia ensombreció su cara, escupía palabras morchebanas que caían como bocados plomizos de sus labios.

—¿Qué pasa? —gimió Echo—. Por el amor de los dioses, ¿qué ha pasado?

Madre Nastassja sacó un reluciente cuchillo curvo de entre sus pieles. Echo se puso tensa cuando la mujer se levantó, estiró su mente hacia Kaiah, a solo un pelo de gritar socorro. Pero, la expresión de la Madre dejaba claro que no tenía intención de ser violenta, solo había tristeza en sus ojos mientras daba la vuelta al fuego cojeando y le mostraba el lado plano de la hoja para que pudiera ver su reflejo en ella.

…¿ESTÁS BIEN?…

Oh, Dios…

…¿QUÉ PASA? ¿ECHO?…

Unos dedos temblorosos le rozaron la cara, su reflejo hacía lo mismo. El parche de cuero, la piel pálida, los mechones de pelo rubio. Pero debajo de su ceja, donde debería haber tenido un iris reluciente como el cuarzo rosa, solo había un marrón barroso.

Su ojo había dejado de refulgir.

Katya salió echando pestes de la tienda, un remolino de nieve negra cayó dentro cuando apartó bruscamente la solapa. Echo cogió el cuchillo de manos de Nastassja, se palpó la mejilla, se frotó el ojo, rogando en silencio por encontrar una explicación, alguna palabra que diera sentido a un mundo que de repente no tenía ninguno en absoluto. La anciana se arrodilló a su lado y, tomando la mano de Echo, susurró en shimano. Tres palabras que hicieron desaparecer el suelo de debajo de sus rodillas.

—Ningún hombre —dijo—. Zryachniyes. Ningún hombre.

—Dios, no… —murmuró Echo.

—Estropeada.

Se deslizó en la calidez suave como el cristal de detrás de los ojos de Kaiah, dio un grito de aviso. La tigresa del trueno se puso de pie de un salto, se le erizaron todos los pelos, lista para entrar a la carga en la tienda y romperlo todo en mil pedazos.

¡No, yo no, Kaiah! Gustus!

Echo obligó a la arashitora a dar media vuelta, miró a Katya que se dirigía a paso airado hacia el hombretón. Vio a la mujer echar la mano hacia atrás, sacar una de esas horribles armas con hojas en forma de hoz. Gustus caminaba hacia ella, con la maza de guerra en alto, pidiendo explicaciones. Kaiah rugió una advertencia, empezó a saltar hacia ellos, unos relámpagos recorrieron las plumas de sus alas. Demasiado lejos.

Demasiado tarde.

Y mientras Katya giraba sobre sí misma, cortando a Gustus de oreja a oreja, Echo empezó a chillar.

Aleksandar se estaba poniendo de pie cuando Katya le cortó el cuello al gigantón, con la cara retorcida de furia, sus afilados dientes centelleaban. Y entonces la Zryachniye estaba chillando, chillando a voz en grito, llamando al Mariscal, a los guerreros, a las armas, a las armas.

—¡Sergei! —chilló con voz aguda—. ¡Nos han traicionado!

El grifón rugió, se volvió hacia la tienda de mando y entró como una apisonadora en la oscuridad donde Echo y Nastassja estaban aisladas. Aleksandar desenfundó su martillo de relámpagos, puso en marcha la corriente, rugió con todo lo que tenía dentro mientras la electricidad estática subía chisporroteando por su brazo.

—¡Proteged a la Santa Madre!

Esprintó hacia la tienda de campaña, oyó a los perros de guerra aullando en su interior. Una docena de guerreros llegó a la tienda antes que él, se zambulleron en la oscuridad, ahora llena de gritos. No solo de Echo, sino también los chillidos guturales y ahogados de hombres que encontraban la muerte, un borboteante coro de campos de batalla y masacre que Aleksandar había oído cien veces antes. Un cadáver salió volando a través de la pared de lona golpeándole de pleno, el cuerpo estaba casi partido en dos. Los truenos arreciaron, la tienda se colapso, el tejado se vino abajo, el crujido de los maderos al romperse resonaba por encima de los agudos chillidos. Los soldados gritaron alarmados, cientos más entraron a la carga en la tienda, con los martillos y las espadas en las manos. Otro trueno, el rugido de un tifón y el aullido de unas velas al desgarrarse. Una silueta blanca atravesó violentamente el tejado de la tienda, la gruesa lona quedó hecha trizas como si fuera de seda. El grifón despegó hacia el cielo con Echo montada sobre su lomo, ambas pintadas de sangre. La chica tenía la espada de una Zryachniye en una mano, pringada de rojo, la bestia rugía indignada mientras una lluvia de flechas volaba a su alrededor. Katya se dirigía hacia Aleksandar a paso airado, un cuchillo ensangrentado en la mano, mientras él se liberaba del peso de aquel cadáver destrozado.

—Katya, en el nombre de la Diosa, ¿qué está pasando?

La mujer le empujó a un lado y entró en la tienda, sin decir ni una palabra. Cuando Aleksandar se adentró en aquel destrozo, Katya empezó a lamentarse desconsoladamente, se acercó a trompicones hasta el borde de la lumbre y cayó de rodillas al lado del cadáver tirado entre un montón de otros. Guerreros de Casa Ostrovska, Goraya, Dmitriyev, Zubkov, soldados de la Imperatritsa, todos. Pero su pérdida no era nada, nada comparada con la de la mujer que yacía sin vida al lado de las ardientes brasas: Madre Nastassja, salvajemente atacada hasta la muerte por los perros de guerra que yacían muertos por todas partes a su alrededor. Quedaban dos perros vivos, parpadeaban comatosos en un rincón, con los hocicos pringados de sangre.

—¿Qué ha hecho esa chica? —gimió Katya, meciéndose adelante y atrás—. Diosa, ¿qué ha hecho?

—¿Qué has hecho tú? —inquirió Aleksandar—. Has matado a Gustus! ¿Qué…?

La Hermana se volvió bruscamente hacia él, sus ojos reflejaron los relámpagos en lo alto.

—¿Cómo te atreves a pronunciar su nombre delante de mí? ¿El que ha deshonrado a una hija de la Diosa?

Aleksandar tragó saliva.

—Él…

—Nos han traicionado, Aleksandar. Tu sobrina ha sido despojada de su don. Arrancado por las manos de un hombre.

—La chica todavía es sangre de mi sangre. Todavía es…

—¡Ha asesinado a la Santa Madre!

—Tú asesinaste a su amante! Por todos los Infiernos, ¿qué demonios creías que…?

—Aleksandar Mostovoi!

El grito cortó a través de la neblina roja que nublaba los ojos de Aleksandar. Se giró y vio al Mariscal Sergei de pie bajo la solapa de la tienda, el horror y la rabia grabados por toda su cara.

—En el nombre de la Diosa Viviente, ¿qué demonios ha pasado aquí?

—Nos han traicionado, Mariscal —dijo Katya—. La chica Mostovoi y su bestia han asesinado a Madre Nastassja.

—Después de que la Hermana Katya asesinara a su amante —gruñó Aleksandar.

—¿Amante? —Ostrovska frunció el ceño—. Ninguna tocada por la Diosa puede…

—La chica ha sido desflorada —dijo Katya con rabia—. El tonto de su Tío la dejó sin escolta en un antro de bastardos y mentirosos. Ya no puede portar las bendiciones de la Diosa. Todo ha quedado hecho añicos. El vínculo que nos une a los shimanos se ha roto.

Aleksandar se volvió hacia su comandante, suplicando calma.

—Mariscal, ella sigue siendo producto de la unión de nuestras dos tierras, ella aún es…

—Dé a sus tropas la orden de atacar, Mariscal —escupió Katya—. Reúna a sus hombres y acabe con todos y cada uno de esos asquerosos cerdos negreros.

—¿Y qué pasa con el gigante de hierro? —preguntó Aleksandar—. ¿Cómo lo derribaremos? ¿Con oraciones? Perdóname, Hermana, pero no eres una estratega, y no eres soldado.

—Soy Zryachniye! —Katya se plantó delante de Aleksandar y le chilló a la cara—. Soy la palabra de la Imperatritsa en carne y hueso ahora que Madre Nastassja está muerta, y digo al ataque!

Aleksandar sacudió la cabeza, miró al Mariscal. Sergei se pasó la lengua por los labios, escupió al suelo. A lo lejos, podían oír el fragor de la batalla, motores, fuego de shurikens y gritos. Esos traficantes de esclavos se estaban haciendo trizas los unos a los otros. Una lluvia de truenos retumbaba por encima de sus cabezas, una multitud de rugidos llenaba los cielos. Aleksandar guiñó los ojos hacia el oeste, miró a través del tejado desgarrado, vio una docena de formas blancas y negras que descendían de entre las nubes, sembrando muerte y llamas. Las naves shimanas estaban cayendo de los cielos, las llamas estiraban sus ávidas manos para besar los relámpagos.

Los grifones habían llegado. Su Señora de las Tormentas, Lexa.

¿Qué precio pagaremos por el asesinato de su amigo?

Sergei suspiró, hizo una pequeña reverencia en dirección a Katya.

A Aleksandar se le cayó el alma a los pies.

—Como la Imperatritsa desee —dijo el Mariscal.

Y volviéndose hacia Aleksandar, dio la orden de atacar.

—Puedo sentirlos, ¿se da cuenta? —El Primer Brote levantó una mano ganchuda, se dio unos golpecitos en la frente—. Aquí arriba.

Daichi escudriñó la oscuridad, detectó las figuras de una docena de Inquisidores más alrededor de la cámara, silenciosos y negros como sombras. Siguió respirando con calma, con actitud relajada. Aunque estaba desarmado, hubo un tiempo en que sus puñetazos podían romper tablones de cedro, sus patadas destrozar ladrillos.

Solo porque no llevaba armas, no quería decir que estuviera desarmado…

—¿Sentir a quién? —preguntó.

—A cada miembro del Gremio —contestó Tojo entre dientes—. A los Hombres del Loto en sus acorazados. A Kensai en su pequeño gigante. A los Inquisidores en esta habitación, las dudas pugnando con su fe. No saben lo que pensar de mí, ¿sabe? Si de verdad estoy… aquí. ¿A dónde nos lleva todo esto? ¿Usted no?

Tojo paseó la vista por la habitación, miró a las sombras que respiraban sus volutas de humo. Unas carcajadas huecas brotaron de sus fauces con tentáculos. Los mecábacos apilados alrededor del trono no dejaban de parlotear.

—Podía incluso sentir a su amigo, Daichisan. A la pequeña Clarke. Antes de que Kensai le arrancara el mecábaco del pecho. Disfruté bastante de ello, de acechar en la cúspide de todos esos pensamientos. Es una gran rareza, esa chica. La Inquisición espera grandes cosas de ella, cuando yo me haya ido.

Daichi podía oír movimiento a su alrededor, hombres que se removían incómodos, como desconcertados.

—A todos les daría vergüenza reconocerlo, pero están contentos de que vaya a ser pronto. Les doy miedo, sabe. Veo lo que ellos no ven. Lo que no pueden ver. Lo que no quieren ver.

Daichi estaba calculando la distancia que le separaba del Primer Brote, las insondables máquinas que podría utilizar para encaramarse de un salto al trono, estirar los brazos, agarrar ese casco entre las manos, y retorcer…

Haz acopio de fuerzas. Mantente entretenido hablando.

—¿Puede sentirlos en su cabeza? —Daichi reprimió una tosecilla—. ¿A cada Hombre del Gremio enchufado a una de esas malditas máquinas? ¿Cómo puede soportar el ruido?

—Con dificultad. Pero he estado haciendo esto durante… algún tiempo.

—¿Cuánto tiempo?

—¿Siglos? Algo así… Solía llevar la cuenta de los años cuando era más joven. Me mantenía cuerdo. Una cuenta atrás hacia el renacimiento. Hasta que me percaté de la verdad que todos deberíamos conocer.

—¿Verdad?

—Lo Que Será, Será.

—Fatalismo. —Daichi ahogó una tos—. Sé lo que se siente.

—Todo hombre que haya visto la cara de su muerte lo sabe. Usted y yo nos parecemos mucho.

—¿Usted también ha visto su muerte?

Un lento y chirriante gesto afirmativo con la cabeza.

—Cuando era un hombre joven. Cuando utilizamos el sacramento del loto por primera vez para ver la Verdad. Mis pulmones llenos de humo y mis ojos llenos de lágrimas.

—¿Y ha vivido con esa certidumbre doscientos años?

—¿Vivido? —Una risa sin alegría ninguna—. Yo no lo llamaría así. No he vivido desde antes de la instauración del Shōgunato. Desde que los veinticuatro clanes fueron consumidos por cuatro zaibatsus. Desde que mi familia, mi esposa, mi gente, fuera aniquilada por los Kitsunes. Serpientes, aplastadas bajo sus botas.

—No entiendo…

—Lo entenderá —asintió Tojo—. Ahora hablaremos durante un rato. Nos sentiremos como viejos amigos antes de que nos digamos las últimas palabras el uno al otro. Antes de que haga lo que va a hacer.

—… ¿Y eso qué es?

—Ah, la eterna pregunta. «¿Por qué estoy aquí?».

—¿Y? —Daichi frunció el ceño—. ¿Por qué estoy aquí?

Tojo ladeó la cabeza, una sonrisa claramente reflejada en la voz.

—Para traer mi muerte, por supuesto.

—Supongo que sois los Kagés, ¿me equivoco?

Octavia se quedó quieta como una estatua, su wakizashi apuntaba al cuello de la líder. Las navajas plateadas de la Vida Falsa estaba a un pelo de su yugular, carótida, ojos. Lanzaban destellos bajo aquella luz deslumbrante, el eco del chi que goteaba llenaba los espacios entre cada respiración.

—Vosotros sois la rebelión —dijo Octavia.

—Solo unos pocos —contestó la mujer—. Somos una legión.

—Como nosotros.

—No cuento más que tres.

—Cuenta otra vez.

—Sois los Kagés que se quedaron en las Iishi. —La Vida Falsa echó un vistazo a Botan y Maro—. Los que se negaron a seguir a Lexa hasta Yama. Nos habló de vosotros.

—Sí, seguro que lo hizo.

—¿Habéis subido por el sistema de tuberías? Estoy impresionada por vuestro valor.

—Viniendo de alguien como tú, eso no significa absolutamente nada.

—Mi nombre es Misaki.

—Me importa tan poco tu nombre como tus elogios.

—¿Tú eres Octavia? Lexa nos contó lo de la traición. Lo de esa Clarke. No todos somos como ella.

—A mí todos me parecéis iguales.

—Todos compartimos similitudes, parece. ¿O es que estás aquí para admirar las vistas?

—Estamos aquí para quemar el corazón del Gremio. Para destruir este agujero de mala muerte y todo lo que hay en su interior.

—Entonces tenemos el mismo propósito. Así que ¿por qué tenemos armas listas para cercenarnos los cuellos los unos a los otros?

Un largo silencio, rellenado por lejanos cláxones, el rítmico goteo de unas ropas empapadas en chi. El aire ardía en los pulmones de Octavia, el sudor le escocía en los ojos, emborronando el mundo y todo lo que en él había. Misaki simplemente la observaba, con esas navajas plateadas acechando en torno a su cuello, la respiración de los hermanos sonaba rasposa a través de los fuelles que llevaban a la espalda. La respiración de hombres que vivían. Que vivían, pensaban, sentían…

—Octavia… —Maro se aclaró la garganta, su voz sonó suave en la oscuridad—. Quizás deberíamos aliarnos con ellos. Los explosivos que han plantado son prueba suficiente de que dicen la verdad.

—¿Por qué estás aquí? —le susurró Octavia a la Mujer del Gremio—. ¿Por qué estás aquí en realidad?

—Para destruir esta casa.

—Ese es un objetivo. No una razón.

Misaki la miró fijamente con esos ojos sanguinolentos, desde detrás de su inexpresiva máscara. Cuando por fin habló, su voz ardía con una pasión que Octavia apenas podía imaginar.

—Tengo una hija. Suki. Su padre se ha ido. Muerto. Pero sus últimas palabras fueron una súplica para que construyéramos un mundo en el que nuestra hija pudiera vivir libre. Pudiera bailar con la luz del sol sobre la piel. Murió por ese sueño. Y yo moriré por verlo cumplido, si hace falta. No hay nada que no esté dispuesta a hacer por mantenerla a salvo. Por verla respirar aire libre. Moriría un millar de muertes para ver a mi hija vivir una vida de felicidad.

Octavia parpadeó en la oscuridad, le picaban los bordes de los ojos. La voz de Misaki, las ideas de su padre. La verdad de lo que había hecho. Lo que había sacrificado por ella. La razón por la que había elegido. No por Clarke. No por ninguno de ellos. Su elección y solo suya.

Misaki tocó el wakizashi de Octavia, lo apartó suavemente a un lado.

—El loto debe arder, Kagés.

—Arder —llegó el eco de sus compañeros. Octavia suspiró, le ofreció la mano, su voz como un susurro.

—Arder.

Los 'cópteros saltaron hacia el aire, bamboleándose como borrachos en medio de un viento aullante. Un redoble de tambores, el rugido de las tortugas de asedio, los crepitantes relámpagos perseguían sus huellas y caían en zigzag sobre la nieve negra. Y con bramidos de rabia y sed de sangre recorriendo las filas de un extremo al otro, banderas de una docena de casas flameando en el aire venenoso, el ejército gaijin se lanzó a la carga colina abajo hacia la ciudad de Yama.

Una figura solitaria se quedó donde estaba.

Piotr estaba de pie sobre la nieve negra, mirando el cuerpo de Gustus, la sangre aún echaba vapor en medio del gélido frío. Era extraño cómo un hombre tan grande podía de repente parecer tan pequeño; todo el poder en él, toda su fuerza, reducida a un saco vacío de carne flácida y huesos amontonados. El gaijin hizo una mueca, se arrodilló al lado del cadáver del hombretón, el metal de su rodilla chirrió. Alargó las manos y cruzó los brazos de Gustus sobre su pecho, cerró sus ojos ahora invidentes. Con la cabeza gacha, se besó las puntas de los dedos, los apretó contra la frente del gigantón, susurrando una oración.

—Adiós amigo mío —suspiró—. Lo siento tanto.