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INTERSECCIÓN
Iban sentados en el vagón delantero, meciéndose al ritmo de las vías e inhalando gases de chi mientras el tren se dirigía a toda velocidad hacia la ciudad de Yama. Era el turno de Isao de vigilar al maquinista y Murphy estaba mirando por la ventana, contemplando las tierras baldías pasar volando hacia el oeste. La Mancha se extendía sin fin por su lado izquierdo, kilómetros interminables de tierra agrietada, envuelta en gases asfixiantes.
—Un panorama espantoso.
Murphy se giró para mirar a la Vida Falsa, que le contemplaba con intensidad. Le dijo que su nombre era Kei, que se había unido a los rebeldes hacía unos años y que había sido ella quien había reclutado al hombretón, Jun, y al más joven, Goro, que nunca parecía alejarse mucho de su lado. La mujer tenía la cara fina, labios aún más finos, fieros y calculadores y cortantes como las navajas de cromo a su espalda. Murphy se encogió de hombros, se volvió hacia la ventana una vez más.
—Se puede encontrar belleza en cualquier cosa si miras lo suficiente.
—¿Y qué belleza puede encontrarse en la desolación del Gremio?
Murphy se miró la muñeca, las pálidas venas azules garabateadas justo por debajo de la piel. Cerró el puño, contempló los tendones flexionarse, los músculos en acción bajo la piel.
—Quizás la que nosotros hagamos.
—Siempre acertijos contigo… —Kei sacudió la cabeza.
—¿Por qué quema el Gremio a gente con el Kenning? —Murphy levantó la vista de su muñeca, entornó los ojos recelosos—. ¿Por qué prendernos fuego?
—Los Purificadores enseñan que estáis mancillados por el mundo de los espíritus. Que para alcanzar la Pureza, debemos limpiar toda mancha de sangre yōkai de nuestra tierra.
—¿Pero por qué? ¿Qué es esa Pureza de la que hablan todo el rato? ¿Qué pasa cuando la «alcanzas»? ¿Se abren los cielos y las mamadas caen de ahí como lluvia? ¿Qué?
—Murphysan, la doctrina de los Purificadores significa poco para mí —dijo Kei—. Siempre la cuestioné, incluso de niña. Pero compréndelo: si todas las personas en quienes confías te enseñan que los gaijins son tus enemigos, terminas por creértelo. Si te enseñan que hay niños que deben llevarse a la pira por razones de fe, te lo creerás también. Especialmente si ninguna otra persona del público levanta la voz para manifestar su disconformidad.
—Eso no responde a mi pregunta…
—Si supiera las respuestas, yo…
Una luz brillante brotó al sudoeste, más allá de las tierras baldías, un resplandor cegador que atravesó las ventanas de cristal de mar y los anteojos de Murphy. El chico bufó cuando el cielo de poniente se puso tan brillante como en verano, palpitante, ardiente incluso detrás de sus párpados cerrados. Kei soltó una maldición, Isao gritó una advertencia desde la cabina del maquinista. La llamarada murió lentamente, volvió a intensificarse y se difuminó, Murphy estaba de pie mirando por la ventana, con una mano apoyada contra el cristal mientras veía una enorme nube con forma de hongo elevarse en el cielo de poniente por encima de las Montañas Tōnan.
—Por las barbas de Izanagi… —musitó.
El tren empezó a vibrar, las vías se movían bajo ellos, un desmoronamiento profundo y ronco, la isla entera temblaba en sus botas. El tren se bamboleó de un lado al otro, daba sacudidas sobre los rieles mientras el maquinista pisaba a fondo los frenos, una lluvia de chispas cayó por fuera de la ventana entre el agudo y agónico chirrido del metal, cien toneladas de impulso agarrado de los rizos púbicos y frenado en seco. La repentina deceleración empujó a Murphy hacia delante, perdió el punto de agarre y rebotó contra el mamparo. Jun, Kei y Goro salieron todos volando y se estamparon contra la pared delantera del vagón; les llegó un grito de Takeshi desde el vagón de cola, seguido de un fuerte golpe seco. El tren se sacudió y cabeceó, los frenos chirriaban, los temblores se intensificaban, el vagón entero se bamboleaba de un lado al otro, lanzando a todos en todas direcciones como un montón de muñecos de trapo. Murphy se abrió la cabeza contra algo duro, chocó con algo blando, oyó un gemido y una exclamación de dolor. Y entonces se empezaron a escorar, a escorar, el estridente chirrido de ejes al romperse, ruedas que abandonaban los raíles e impactaban contra la gravilla, y el mundo cabeza abajo, daba vueltas y vueltas. Murphy se agarró a una columna cuando el tren volcó sobre un lado, sobre el tejado, el metal emitía agudos chirridos, el hierro y el acero se hacían trizas como si fueran papel, los cristales saltaron en mil pedazos, la gente chillaba, chispas y humo y remaches reventados, daban vueltas y vueltas mientras Murphy bramaba y se golpeaba contra todo, sangre en la boca, el ensordecedor caleidoscopio de sonido, de velocidad e inercia y gravedad y masa, para acabar deteniéndose al fin en un retorcido, humeante y gimoteante montón de escombros. El motor murió rodeado del silbido de la presión que escapaba y el rechinar de las ruedas que seguían girando.
—Por los jodidos tambores de Raijin… —gimió Murphy.
El chico levantó la cabeza, tenía un ojo pegado por la sangre reseca, la herida de su oreja sangraba de nuevo. La tierra todavía temblaba, un colosal rugido se iba acumulando en sus oídos. Murphy miró a su alrededor, vio a Kei que yacía muerta, con el cráneo reventado, el chico, Goro, medio cuerpo colgando por fuera de la ventana destrozada, aplastado bajo el peso del tren. Pero más allá del cadáver del chico, Murphy pudo ver una nube de polvo que se elevaba cientos y cientos de metros en el cielo, como un tsunami en un mar sin agua. Se movía tan rápido como el viento.
Derechita hacia ellos.
Se levantó como pudo, los ojos fijos en la nube que se acercaba, le goteaba sangre de la ceja partida y salpicaba sobre el cristal roto a sus pies. La puerta de la cabina del maquinista se abrió de par en par e Isao entró tambaleándose, le sangraba la nariz rota y un horrible corte en el antebrazo.
—Dios, ¿está todo el mundo…?
—Tenemos que irnos —murmuró Murphy.
—¿Dónde está Takeshi? ¿Atsushi?
Murphy señaló hacia la nube de polvo que venía.
—Isao, ¡tenemos que irnos!
El chico palideció, ambos cayeron de rodillas y gatearon a través de las ventanas rotas por el lado este del tren. Murphy se puso de pie, la cabeza le daba vueltas, subió casi a pulso por una escalera de servicio y volvió a mirar al oeste. El suelo se sacudía y retumbaba, un rugido se iba acumulando hasta que fue casi ensordecedor, y mientras Murphy intentaba ver algo entre la creciente nube de cenizas de las tierras baldías, se dio cuenta de que la Mancha se estaba colapsando, una enorme sima que extendía los brazos hacia ellos, kilómetros y kilómetros de tierra caía hacia la nada y desaparecía en medio del aullido de una colosal y tectónica destrucción.
—Corre… —le dijo a Isao.
—¿Qué ves?
—¡Joder CORRE!
Murphy saltó de la escalera, salió corriendo, Isao casi no podía mantenerle el ritmo. Por encima de las piedras rotas y la gravilla del borde de las vías, se adentraron en los campos de loto en barbecho que se extendían por el otro lado, tropezándose y trastabillándose por la enfangada tierra cubierta de nieve medio derretida. El suelo se sacudía y se apartaba de ellos, los tiraba al suelo y los zarandeaba, el rugido era ya casi ensordecedor, imposible pensar o hablar. Solo se podía correr, correr tan rápido como te llevaran los pies, los dolores de tu cuerpo en un lejano segundo plano detrás del pánico visceral que bullía en tu pecho, bombeaba adrenalina a tus venas y te instaba a correr, correr hasta que no quedara nada dentro de ti. Un rugido por encima de sus cabezas, chillidos dispersos. Murphy se arriesgó a echar una miradita y casi se atraganta cuando media docena de siluetas conocidas oscurecieron el cielo en lo alto. Relucientes como la hoja de una espada, elegantes, todo plumas y pelo y crueles picos ganchudos. No tenía absolutamente ni idea de lo que aquellas bestias estaban haciendo allí, pero ahí estaban, volando, tan sólidas como la temblorosa tierra bajo sus pies, y Murphy fijó los ojos en el líder y gritó, gritó dentro del Kenning con todas sus fuerzas.
¡Ayudadnos! ¡Ayudadnos, por favor!
Una voz tocó su mente, tan fuerte como un trueno y tan bonita como un relámpago al atardecer.
*¿LEXA?*
Isao se tropezó y Murphy le ayudó a ponerse en pie, echó un vistazo hacia atrás y vio la sima acercarse a toda velocidad, más y más, se tragó la locomotora, los vagones retorcidos se inclinaron y cayeron dando volteretas dentro de aquellas fauces insondables.
¡Soy amigo de Lexa! ¡Mi hermana Echo monta a la arashitora llamada Kaiah!
El tigre del trueno que iba en cabeza giró en redondo, bajó en picado, seguido de sus compañeros de manada. Murphy cogió la mano de Isao, corrió hacia ellos, tropezando y casi cayendo, gritaba con su voz y su mente y agitaba la mano libre bien alta.
¡Aquí! ¡Estamos aquí!
El suelo dio otra sacudida, le lanzó hacia delante, se estrelló de bruces contra el suelo. Murphy boqueó, escupió tierra negra, se puso a gatas a toda prisa, echó un vistazo desesperado por encima del hombro mientras la sima bostezaba a su espalda, el suelo temblaba y gemía y desaparecía bajo él. Isao cayó hacia abajo, hacia la oscuridad, sus gritos se perdieron en la nada. Y cuando Murphy empezó a caer tras él, cuando la ingravidez se apoderó de él y el gélido frío atroz que manaba de aquel agujero imposible le apuñaló el corazón hasta casi parárselo, sintió un impacto en la espalda, el atronador batir de unas poderosas alas. Le arrastraron hacia el cielo, el arashitora le tenía cogido entre las garras. El suelo se alejó bajo sus pies mientras ascendían a toda velocidad, la sima se abrió más y más y gruñó su hambre, su presa denegada en el último momento por las hijas de Raijin. Llenaban todo el cielo a su alrededor con sus gritos; un momento de la más pura belleza en medio de la mayor de las calamidades. Murphy cogió puñados enteros de plumas, se arrastró hasta encaramarse a hombros de la arashitora, negándose a mirar hacia abajo. Resollaba. Todo su cuerpo temblaba.
Por las barbas del jodido Dios Hacedor…
YA LO CREO.
Murphy pasó los brazos alrededor del cuello de la tigresa del trueno, pugnando por recuperar el control de su pulso, de sus temblorosas extremidades congeladas. Bajó la vista hacia el agujero que se había tragado a Isao entero, incapaz de reprimir un escalofrío. El calor de la bestia disipó el gélido frío de ese espantoso abismo y la gratitud le inundó, reemplazó al terror, rebosó por sus bordes y se metió en la mente de la bestia.
Mis agradecimientos, gran ser. De verdad.
*¿GRAN SER?*
Una leve diversión burbujeó en los pensamientos de la hembra.
*TÚ, ME VASA GUSTAR.*
Murphy miró al resto de la manada, todo elegante ferocidad, plumas blancas como la nieve y negras como el carbón. Detrás de ellos, justo delante de la enorme nube de cenizas que emanaba de la Mancha que se colapsaba, Murphy pudo ver una nave voladora del Gremio, sus motores rugían con la intensidad de ir a todo gas, figuras diminutas sobre su cubierta.
*NO TEMAS. ELLOS AMIGOS. VINIMOS AQUÍ EN BUSCA DE NUESTROS MACHOS. LOS ENCONTRAMOS PERSEGUIDOS POR HOMBRES CON TRAJES DE METAL.*
El gruñido de la hembra le subió a Murphy por los muslos y le llegó hasta el estómago.
*PERO YA NO PERSIGUEN MÁS.*
Murphy deslizó una mano por el cuello de la tigresa del trueno.
¿Puedo preguntar tu nombre?
SHAI. SHAKHAN DE LA MANADA DE TORMENTA PERPETUA
¿A dónde os dirigís?
NO SABE. BUSCANDO A LEXA Y A NUESTRO KHAN.
Estarán en Yama. La ciudad Kitsune que hay al norte.
DEBEMOS TRAER NOTICIA DE CRECIENTE OSCURIDAD. HORRORES DE SU INTERIOR.
Bueno, a Yama es a dónde íbamos nosotros.
*YA LO CREO.*
Si te lo pido amablemente, ¿crees que podría molestarte para que me llevaras?
*¿CÓMO PUEDE SER DE AMABLE UN NIÑOMONO AL PEDIR?*
Bueno, si fueras un chico bonito con labios aún más bonitos, quizás podría ocurrírseme algo imaginativo. Pero creo que tendré que contentarme con un «bonito por favor», oh poderosa Shai, Shakhan de la manada de Tormenta Perpetua.
*PODEROSA SHAI*
La diversión rieló por el Kenning, cálida como una fresca brisa primaveral.
*SÍ, TÚ ME VAS A GUSTAR SEGURO.*
Las puertas del ascensor se abrieron con un siseo, el hierro se plegó como un acordeón. Clarke salió cojeando al puente de mando del Arrasador, el aire lleno de olor a aislante quemado, gases de chi y sangre. Había Hombres del Gremio tirados en el suelo por todas partes, golpeaban el suelo con la cabeza con un ritmo nada armonioso, sus brazos y piernas se movían espasmódicamente. Clarke y Shinji se abrieron paso por la sala, Clarke tenía los ojos fijos en la figura encajada en la silla del piloto. Esa perfecta cara de niño, esos refulgentes ojos sangrientos, le salía sangre del cuello. El hombre a quien Clarke había llamado Tío. El Segundo Brote Kensai.
No, Clarke se recordó. Primer Brote ahora…
Shinji agarró un trozo de barandilla rota, lo arrancó de su sitio, se quedó de pie al lado de la forma postrada de Kensai mientras Clarke manipulaba los cierres que tenía a la altura de la garganta, observaba el cuello del traje abrirse como una flor, desenganchaba los trozos de cable de la boca de niño y le quitaba el casco de la cabeza. No era un monstruo lo que le esperaba detrás de la máscara, no era un horror retorcido y deformado. Solo un anciano, con patas de gallo, mofletes flácidos, calva punteada por manchas de vejez. Kensai tenía los ojos muy abiertos, las pupilas fijas, y seguía dando golpes con la cabeza contra el arnés, su mecábaco repetía el tartamudo ritmo que salía escupido del pecho de todos los Hombres del Gremio.
—¿Quieres hacerlo tú? —Shinji le ofreció la barra de hierro—. ¿O lo hago yo?
—¿Por qué tendríamos que matarle?
—Es el Primer Brote del Gremio del Loto. Mató a Maseo y a Bo. ¿Por qué demonios íbamos a perdonarle la vida?
Clarke miró hacia fuera, a las humeantes ruinas de la ciudad de Yama. Pensó en los arashitoras cortados en pedazos por las defensas del Arrasador, los valientes samuráis que habían estrellado sus naves contra el Arrasador para intentar detener su avance, los incontables soldados que debían de haber perdido la vida. Y por último, pensó en Daichi. Esta victoria que el anciano había comprado con su vida.
—Por todo lo que ha hecho, Kensai merece que la justicia caiga sobre él a la fría luz del día. No un torpe asesinato en la oscuridad.
Clarke volvió a colocarle el casco a Kensai para ahorrarle a la cabeza del anciano más castigo. Luego empezó a desabrochar el arnés del piloto, el dolor de sus quemaduras era una molestia lejana y cortante.
—Ayúdame con él, hermano.
Shinji se quedó quieto, vacilaba, el aire lleno del tartamudo ritmo de las cabezas de los Hombres del Gremio contra las mallas metálicas. Pero al final, se acercó al Primer Brote, casi no podía con él, entre los dos consiguieron sacarle del arnés del piloto. Medio cargando con él, medio arrastrándole, llegaron al ascensor. Los chicos salieron a trompicones al área de carga y por fin alcanzaron una ancha puerta de doble hoja marcada con rayas diagonales de pintura amarilla. El mecanismo hidráulico estaba inutilizado, así que apoyaron a Kensai contra la pared mientras daban vueltas a la rueda de cierre; por fin consiguieron abrir las puertas una rendija y salir parpadeando a la cegadora luz del día. Clarke hizo una mueca, contuvo la respiración, el aire envenenado tenía un sabor imposiblemente dulce después de los asfixiantes confines del Arrasador. Miró hacia Yama, a las murallas de Kitsunejō, derruidas a su alrededor, a los soldados y samuráis que salían lentamente de sus trincheras, con las armas en alto. Humo y cenizas, fuego y sangre, la tierra tembló cuando una réplica del colosal terremoto alcanzó la ciudad.
Las murallas ya devastadas terminaron de derrumbarse, Clarke y Shinji se quedaron bien agachados, con Kensai entre ambos mientras la ciudad tiritaba y se estremecía, justo igual que el hombre que sujetaban entre ellos.
—Por todos los dioses —murmuró Clarke, paseando los ojos por la carnicería—. Mira todo eso…
Shinji extendió la rampa de carga hasta el suelo roto. Los guardias de palacio estaban rodeando al Arrasador, con las ballestas en alto, cuadros de bushimen se preparaban para avanzar.
—¡Deteneos! —gritó Clarke.
—¡Tú no eres quién para dar órdenes aquí, Mujer del Gremio!
—Un Kitsune estaba de pie entre los escombros, alto y ancho como una puerta, con la insignia de general sobre su tabardo—. ¡Estás dentro de las murallas de Kitsunejō, la Fortaleza del Zorro y de nuestro Señor, el Daimyo Isamu!
—¡Somos rebeldes! —gritó Clarke—. ¡Tenemos aquí prisionero al Shateigashira Kensai!
—Una estratagema demasiado obvia. —El hombre escupió sobre el suelo—. ¿Creéis que somos idiotas?
—¿Una estratagema? ¿Quién demonios cree que saboteó esta cosa? —Shinji dio un manotazo a la carcasa del Arrasador—. ¿No se ha dado cuenta de que alguien lo detuvo en seco a doce metros de la puerta del dormitorio de su Daimyo? ¿O cree que se quedó sin jodido chi?
—Vaya boquita tienes, chico.
—¡Eso es justo lo mismo que dijo su hija!
El general se echó a reír.
—También tienes un par. ¿Cómo te llamas?
Clarke cortó la contestación de Shinji.
—Mi nombre es Clarke, General. Mi exuberante amigo es Shinji.
—He oído tu nombre antes. Este mismo día, de hecho…
El hombre inclinó la cabeza en una lenta reverencia.
—Yo soy Ginjiro, general del ejército Kitsune.
Clarke hizo lo que pudo por devolverle la reverencia con el peso de Kensai colgado del brazo, el dolor de sus quemaduras iba recuperando su intensidad bajo la neblina opiácea que empezaba a disiparse.
—El honor es mío, General.
—¿Es realmente el Segundo Brote de la ciudad de Kigen, ese que tenéis entre los brazos?
—Técnicamente, es el Primer Brote del Gremio entero, ahora que Tojo está muerto.
El General Ginjiro hizo una seña a sus hombres para que bajaran las armas, una fría sonrisa se dibujó en sus labios.
—Entonces, os doy la bienvenida a Kitsunejō.
Lexa y Buruu bajaron en picado hacia la fortaleza Kitsune, Kaiah y los demás miembros de la manada a su lado. Cojeando por los cielos tras de ellos, venían unas pocas naves Kitsunes heridas y la humeante mole de la Kurea, llena de cicatrices de guerra, con un ensangrentado y magullado Mirlo al timón. La ciudad había sido diezmada, pequeños focos de contienda seguían teniendo lugar entre soldados Kitsunes y trituradoras Toras. Sin forma de salir de la ciudad, los Toras se habían hecho fuertes en el Último Islote, la incertidumbre aumentó tras el paso del terremoto, la destrucción de la Primera Casa, la aparición de esos demonios del foso. El ejército gaijin había estado a medio camino de tender un puente sobre el Amatsu cuando los alcanzó el terremoto, su estructura se colapso al fondo de aquellas aguas negras como el alquitrán. Ahora estaban concentrados en la ribera oriental, sus comandantes caminaban adelante y atrás por las negras orillas mientras sus ingenieros empezaban el trabajo otra vez. Solo uno entre todos ellos caminaba con la cabeza gacha, ahogado en un sentimiento de culpabilidad. Pero Lexa solo podía pensar en el Inquisidor ciego, encerrado en las mazmorras de la fortaleza. Un hombre que tendría todas las respuestas, que les podría decir cómo derrotar a la oscuridad que se extendía desde lo que quedaba de la Mancha. El Arrasador asomaba imponente entre el humo frente a ellos, el gigante estaba escorado, sus motores silenciados. Se había abierto camino a golpes a través de los muros de Kitsunejō, pero había muerto antes de alcanzar su objetivo. Los soldados del clan del Zorro lo habían rodeado, sus espadas centelleaban a la luz del día que se apagaba, la Diosa del Sol se retiraba a descansar, descendía por detrás de las turbulentas nubes de tormenta, mientras la nieve aún caía en frenéticos remolinos.
Lexa sintió a Buruu ponerse tenso bajo ella, se coló instintivamente en el espacio de detrás de sus ojos. Y entonces le vio, zigzagueando entre los escombros a los pies del Arrasador, sujetando entre los brazos lo que parecía el Segundo Brote de Kigen. Estaba rodeado de soldados por todas partes.
La ira se avivó en su corazón. Ira por su traición. Por todo lo que le había costado a ella.
—¡CLAAAAARKE!
Buruu rugió a su son, se lanzaron en picado desde los cielos con la manada de Tormenta Perpetua pegada a los talones, Lexa llevaba la katana en la mano. El chico que iba al lado de Clarke se echó a temblar, soltó al Segundo Brote, giró en redondo y emprendió la huida mientras el Shateigashira se colapsaba. Clarke tenía los ojos como platos, pero ella la agarró por las piernas, la mantuvo inmovilizada en el sitio mientras aterrizaban, guijarros y escombros rotos bajo sus garras, lanzando polvo y cenizas por el aire.
Lexa se bajó de Buruu en un abrir y cerrar de ojos, la katana que llevaba en la mano lanzaba destellos bajo aquella luz mortecina. Levantó el arma, recordando a Isao, Takeshi, Atsushi, Gustus, Raven, Daichi, Gaia, los soldados que habían muerto defendiendo esa ciudad, el ideal de libertad sobre el que esta chica había escupido con toda la saliva que había conseguido reunir. Sintió pena en la mente de Clarke, reventaba las orillas de su subconsciente, rebosaba por sus ojos mientras se aproximaba a ella para asestarle el golpe final, los nudillos blancos sobre la empuñadura de la espada que Daichi había bautizado con el nombre de su Ira, la que le había regalado el mismísimo hombre a la que esta chica había enviado a su muerte. Y sin decir ni una sola palabra, sin darle ni una pizca más de su aliento a esa bastarda desgraciada, lanzó una estocada directa a su corazón. Sonó la aguda nota de acero contra acero, un estallido de chispas cuando su golpe fue desviado, impactando contra el hombro de Clarke y salpicando sangre en todas direcciones. Lexa se volvió, con los ojos muy abiertos, Buruu rugió, una débil incomprensión brotó en los pensamientos de la chica. El General Ginjiro se había interpuesto entre ella y Clarke, con una maza de guerra en la mano.
—Espera, Señora de las Tormentas.
—Apártese, General —bufó Lexa—. Antes de que acabe con usted.
—Me alegra ver que todavía vives, chica.
Cuatro tigres del trueno se plantaron detrás de Lexa, llenaron el aire de gruñidos amenazadores.
—Apártese. A un lado.
El General no pareció impresionado.
—Esto es Kitsunejō. La Fortaleza del Zorro. El Daimyo Isamu manda aquí. No la Señora de las Tormentas Lexa.
—¡El Daimyo Isamu está muerto! ¡Todos ellos muertos! ¡Por culpa de esta traidora! —Los ojos de Lexa lanzaban destellos, fijos en la aún paralizada Clarke—. Podría reventarle en mil pedazos con tan solo un pensamiento…
—Y lamentar ese momento de locura para el resto de tus días, chica.
—No sería una locura, ¡sería justicia! ¡Nos traicionó! ¡Traicionó a Daichi!
—El padre de Octavia.
… ESTE HOMBRE NUNCA HA CONOCIDO A OCTAVIA.
Lexa pestañeó, las dudas empezaron a asomar entre su densa ira.
—¿De qué conoce a Octavia? ¿A Daichi?
—Misaki nos envió un mensaje inalámbrico desde la cubierta de la Buscadora de la Verdad hace apenas diez minutos. Está volviendo de las ruinas de la Primera Casa, con ella viene lo que queda de un equipo de sabotaje de los Kagés. Su líder, una mujer llamada Octavia, nos rogó que hiciéramos correr la voz entre los rebeldes y otros leales al Daimyo aquí. La chica de nombre Clarke no debe ser tocada.
—Octavia odia a Clarke. Ella quiere verla muerta más que yo…
El General se acarició la barba.
—Parece que esta chica y tu Daichi urdieron un plan entre los dos. Una estratagema desconocida incluso para la hija de Daichi.Una treta para conseguir que la chica entrara en el Arrasador y lo detuviera desde dentro. —Ginjiro levantó la vista hacia el escorado Goliat, luego volvió a mirar los apenas doce metros de tierra entre la máquina y los muros interiores de Kitsunejō—. Por suerte para nosotros, según parece…
… ¿PODRÍA SER CIERTO?
—Eso es imposible…
—Dice la chica de baja cuna que encabeza una manada de tigres del trueno.
La katana de Lexa cayó de entre sus dedos insensibles. Miró a Clarke, la ira se iba derritiendo, se coló en sus pensamientos. Todo estaba ahí para que ella pudiera verlo; si solo se hubiera parado a mirar. Clarke y Daichi aparentemente concentrados en su partida de ajedrez. La infiltración de la chico en el Cabildo de Kigen, luego en el mismísimo Arrasador. La agonía de sus quemaduras, la herida del lanzador de hierro en el muslo, todo lo que había arriesgado y sufrido claramente visible en los centelleantes caminos neuronales de su mente. Pero por encima de todo, reflejado en las lágrimas que anegaban los ojos de ambas, estaba el momento en que ella le había acusado de traicionarla en la arena de Kigen. Cuando había pensado que Clarke la había vendido a Wells y ella le había demostrado que estaba equivocada, tan equivocada como ahora, otra vez. Las palabras de Clarke entonces sonaban ahora en su mente, como un cuchillo oxidado en el pecho.
—Te di mi palabra. Le di a Buruu sus alas. Yo nunca te traicionaría, Lexa. Nunca.
—Oh Dios, Clarke…
Lexa la soltó y ella casi se desploma, el calor de sus quemaduras ardió de un color rojo sangre en su mente. A pesar de todo, se mantuvo en pie, con los ojos llenos no del dolor de su cuerpo, sino del dolor de un único pensamiento: que una vez más y a pesar de todo lo que había hecho, ella había vuelto a pensar lo peor de ella.
Lexa dio un paso hacia Clarke, sus manos revoloteaban inútilmente a sus lados.
—Oh Dios, Clarke, lo siento tanto…
El viento aullaba en el gélido golfo que los separaba. Un solo palmo y más de mil kilómetros de anchura.
Clarke bajó la vista hacia la curva de la tripa de Lexa, se secó las lágrimas de los ojos.
—Yo también…
