47

UNA GRAN FORMA DE MORIR

NO HAY TIEMPO AHORA, PARA EL PESAR.

Estaban sentados en el punto más alto de la ciudad de Yama (la cabeza inclinada del Arrasador) contemplando las ruinas de la capital Kitsune. Los acontecimientos de la última hora se repetían una y otra vez en su mente, como una caja de sonido rota que respirara un zumbido monótono. Lexa había ido derecha a las mazmorras, Echo a su lado, decidida a interrogar al Inquisidor y sacar algo de verdad de todo aquello. Pero los calabozos se habían colapsado durante el terremoto que había seguido a la destrucción de la Primera Casa; la celda del Inquisidor y docenas más habían quedado enterradas bajo toneladas de escombros. Lexa se había quedado de pie ante la pared de mampostería derrumbada, palpó tras las ruinas con el Kenning, en busca de esos ojos negros como el carbón, esa sonrisa vacía, cualquier signo de vida. No encontró nada. Una desolación, desprovista incluso de ratas comedoras de cadáveres. La desesperación invadió su corazón, se dio cuenta de que las respuestas que podía guardar el Inquisidor habían muerto con él. El General Ginjiro había ordenado que retiraran a los impotentes Hombres del Gremio del Arrasador y los encerraran bajo llave. Clarke le rogó que llevaran a sus hermanos a la enfermería y, sin calabozos en los que encerrarlos, el General había consentido. Clarke había supervisado la operación a pesar de sus heridas, desenchufó a cada Hombre del Gremio de su mecábaco con sus propias manos; acabó así con sus convulsiones, los ayudó a ponerse en pie, tenían los ojos llorosos y temblaban. Solo después de que el último Hombre del Gremio hubiese sido trasladado dejó que le llevaran a recibir tratamiento. Durante todo ese tiempo, no había cruzado ni una palabra con ella. Lexa había vuelto al lugar en el que se había estrellado la Muerte Honorable, no se sorprendió de constatar que Roan ya no estaba ahí. Las lágrimas corrían por su cara cuando recogió el cuerpo de Raven y lo transportó de vuelta a Kitsunejō. La depositaron en los jardines bajo sábanas blancas y nieve negra, una más entre cientos, sus cifras aumentaban por segundos. Lexa sabía que tendrían que tratar con los gaijins pronto para recoger el cuerpo de Gustus, o al menos lo que quedaba de él. Pero por el momento, no podía sino seguir esforzándose por que el dolor no rebosara de su interior y se derramara como una interminable inundación. Allí arriba, rodeada por el silencio, su pérdida amplificada por los tigres del trueno que lloraban a sus hermanos caídos, la chica montada sobre Kaiah, llorando a su amado.

Dolor y pena.

EL PESAR MALGASTA UN TIEMPO DEL QUE NO DISPONEMOS.

No puedo remediarlo, Buruu. Si alguien iba a sobrevivir a todo esto, siempre pensé que sería Raven. Era más fiera que mil dragones marinos. Y Dios, el pobre Gustus…

TODO ESTO NO HA SIDO MÁS QUE EL PRELUDIO. LA BATALLA NI SIQUIERA HA EMPEZADO.

Lexa se introdujo en el Kenning y tanteó el camino hacia el sur, un dolor de cabeza arrancó en algún sitio al fondo de su cráneo. Podía sentir la imposible oscuridad que aumentaba por momentos alrededor de los restos de la Mancha, se retorcía y bullía, unos débilísimos ecos en su mente, un entrecortado ritmo machacante que intentaba atraerla hacia allí. Se retiró de vuelta al calor de su hermano. Tiritando.

No puedes ni imaginarte lo que está creciendo allí abajo…

TENGO UNA LIGERA IDEA.

¿Cómo podemos empezar siquiera a luchar contra eso? Una puerta al infierno, Buruu. Una herida en el mundo que lleva directamente abajo, hacia Yomi. Los demonios contra los que luchamos aquí no eran nada. Las cosas que salen arrastrándose de ese agujero…

¿DEBERÍAMOS SALIR CORRIENDO, ENTONCES? ¿DEJAR MORIR ESTE LUGAR?

No podemos hacer eso.

SUKAA Y LOS OTROS LO CONSIDERARÍAN JUSTICIA.

¿Y tú qué opinas?

Buruu olisqueó el aire, miró a los pocos compañeros de manada que le quedaban, volaban en círculo por encima de su cabeza. Tenía los ojos fijos en Sukaa, el arashitora negro planeaba sobre la ciudad como un cuervo de las leyendas del pasado; un heraldo de la muerte caminando entre las ruinas de la guerra.

SOY MÁS QUE ESO AHORA. Y NO ME PARECE BIEN DEJAR A ESTA GENTE ABANDONADA A SU SUERTE, INDEPENDIENTEMENTE DE LO MUCHO QUE HAYAN TENIDO QUE VER CON ELLA. AQUÍ, AL FINAL, ESPECIALMENTE SI ESTO ES EL FINAL, DEBEMOS HACER LO CORRECTO. NO LO QUE ES JUSTO. Y HAY UNA DIFERENCIA.

Esta no es tu lucha, Buruu. Tienes una pareja en casa. Un hijo. No hay nada que te impida volver con ellos ahora. Vivir la vida que deseabas.

¿CREES QUE MI EXILIO ES LA RAZÓN POR LA QUE ME QUEDÉ?

Ya has hecho suficiente, hermano.

TÚ ERES MI VIDA Y MI CORAZÓN. VOY DONDE TÚ VAS.

Tu especie ya ha perdido bastante por nuestra culpa. Ellos luchan porque tú se lo has ordenado, no porque crean que merezcamos la pena. Cinco de ellos han muerto hoy. Y sabiendo lo que nos espera al sur, me temo que vas a enviar al resto a una muerte segura.

NO CREO QUE LOS DIOSES QUISIERAN QUE ESTUVIÉRAMOS AQUÍ PARA SUFRIR UN DESTINO SEMEJANTE.

¿Los dioses? ¿Qué demonios tienen ellos que ver con todo esto?

NO ME CREO QUE DUDES DE ELLOS AHORA. JUSTO CUANDO ÚLTIMA SE ACERCA…

Bueno, pues ¿dónde coño están? ¿Por qué no nos están ayudando?

¿QUIÉN DICE QUE NO LO ESTÁN HACIENDO?

Suenas como Raven…

ELLA NO DECÍA MÁS QUE VERDADES. PIENSA EN ELLO. TÚ Y YO. TODOS ESTOS ACONTECIMIENTOS, SUCEDIDOS A PARTIR DE UN ÚNICO MOMENTO: LA CAZA DEL ÚLTIMO ARASHITORA QUE QUEDABA CON VIDA. SIN ÉL, CLARKE NUNCA TE HABRÍA CONOCIDO. LOS REBELDES NUNCA SE HUBIERAN ALIADO CON LOS KITSUNES. EL ARRASADOR NUNCA HABRÍA FALLADO. LA PRIMERA CASA NUNCA HUBIERA CAÍDO.

Ha sido todo casualidad, Buruu. Nos conocimos por el sueño de un loco.

¿Y QUIÉN LE PROPORCIONÓ ESE SUEÑO?

Lexa frunció el ceño, apretó fuerte los labios.

¿Y qué hemos conseguido? ¿Qué hemos ganado?

SEA CUAL SEA EL PLAN HACIA EL QUE TRABAJABA LA INQUISICIÓN, NO HA SALIDO COMO ESPERABAN. EL INQUISIDOR DE LOS CALABOZOS DE KITSUNEJŌ HABLÓ DE QUE PASARÍAN AÑOS ANTES DE QUE SU PLAN DIERA SUS FRUTOS. EL RENACIMIENTO DE ÚLTIMA, ESTA CALAMIDAD… ES PREMATURA. LOS ONIS QUE SALÍAN ARRASTRÁNDOSE DE ESE FOSO ERAN COMO NIÑOS RECIÉN NACIDOS, CEGADOS POR LA LUZ. AÚN NO ESTÁN LISTOS PARA ESTAR AQUÍ. HAY UNA VENTAJA EN ESO. UNA FUERZA.

¿Pero cómo? ¿Cómo luchamos contra una diosa?

CON UN EJÉRCITO.

Lexa miró al otro lado del río, a las fuerzas gaijins reunidas en las orillas del Amatsu. A los soldados Toras refugiados en el Último Islote, rodeados y en gran minoría, pero no derrotados, todavía no.

No hay tiempo para el pesar.

Buruu asintió.

YA HABRÁ TIEMPO SUFICIENTE PARA LAS LÁGRIMAS CUANDO HAYAMOS GANADO LA GUERRA.

Una lluvia de flechas cruzó el cielo mientras volaban por encima del campamento gaijin, caían de vuelta al suelo para besar la tierra helada. Los rotorcópteros que aún quedaban en pie flotaban en el cielo por debajo de ellos, pero no los atacaron, los pilotos obviamente no tenían ningunas ganas de luchar contra tigres del trueno a menos que no tuvieran más remedio. Lexa metió la mano en sus alforjas y sacó una larga bandera blanca. Siguieron volando en círculo por encima del campamento hasta que las flechas dejaron de caer, hasta que todos los soldados allí abajo habían visto su símbolo de paz.

Y entonces, descendieron.

Los soldados despejaron un amplio círculo, Kaiah y Buruu desgarraron el suelo helado al aterrizar. Todos los gaijins llevaban armas, una ancha espada o un mazo o una larga lanza, y Lexa se encontró rodeada por una pared de frío acero centelleante. Cada ojo de cada soldado estaba fijo en Echo, desconfianza e ira en todas las miradas. Los comandantes gaijins se quedaron bien por detrás de sus hombres, de pie sobre una de las achaparradas tortugas de asedio para poder ver por encima de la muchedumbre. Lexa podía ver al Tío de Echo, un hombre alto y rubio con bigotes descuidados. A su lado estaba la sacerdotisa de la granja de relámpagos, apaleadas pieles de latón de varios Hombres del Gremio cubrían su cuerpo. El campamento estaba iluminado con barriles de fuego, largas sombras danzaban en el aullante viento.

—Aleksandar Mostovoi —dijo Lexa.

—Da. —Sus ojos azules lanzaron destellos cuando un relámpago zigzagueó a través de los cielos cada vez más oscuros.

—No puedo hablar vuestro idioma. ¿Querrás traducirle lo que digo a vuestra sacerdotisa?

—Da. —Miró a Echo—. Mi sangre, ¿estás bien?

Echo hizo todo lo que pudo por que no le temblara la voz.

—¿Cómo demonios crees que estoy?

—Parecía un buen hombre, Echo. Lo siento…

—¿Dónde está el Mariscal Sergei, Tío?

—Murió en el río hoy. —El hombre miró a Lexa con cara de pocos amigos—. Tú le mataste.

—Lo siento —suspiró la chica—. Solo quería…

La Hermana Katya escupió una serie de incomprensibles palabras y el Kapitán respiró hondo.

—La Sagrada Hermana te ruega que digas lo que tienes que decir y sigas tu camino.

Lexa miró fijamente a la mujer rubia, los gélidos vientos soplaban oscuros mechones por delante de sus ojos. Se quitó el pelo de la boca, recordando la última vez que se habían visto. Lexa era una prisionera, impotente y aterrorizada. Pero ahora se mantenía bien erguida, estiró su mente a través de la ardiente faz de la isla para introducirse en lo imposible, la ancestral fuerza que aún merodeaba por sus aguas.

—Vuestra flota ha sido aniquilada. Todos los marineros morchebanos han huido de la Bahía de los Dragones o duermen ya bajo sus aguas. Cada barco de vuestra armada yace oxidándose en el fondo de la bahía.

Un breve intercambio de palabras entre Mostovoi y su hermana.

—No nos dices nada que no sepamos, chica que habla con las bestias.

—Debéis saber entonces, que los dragones que destruyeron vuestros barcos lo hicieron por orden mía.

Mientras Mostovoi repetía sus palabras, un murmullo enfadado se extendió entre las tropas gaijins. Más de uno dio un amenazador paso al frente, aunque el atronador rugido de Buruu los paró en seco.

—¿Nos dices esto, por qué? —preguntó el Kapitán.

—Porque ahora debemos confiar los unos en los otros, Aleksandar Mostovoi. Porque si no lo hacemos, todos nosotros moriremos en este lugar. Y la confianza no puede germinar en un campo de mentiras.

—Tú mataste a nuestra gente. Soldados valientes, todos ellos.

—Vosotros matasteis a mi… —A Echo se le quebró la voz, se le llenaron los ojos de lágrimas—… Vosotros invadisteis nuestra nación. Quemasteis la ciudad de Kawa. Mujeres y niños…

—¡Los shimanos raptaron a nuestras mujeres y niños! —gruñó Mostovoi—. Mi madre. Mi hermana. Por el amor de la Diosa, Echo, tú eres hija de la violación. La violación de mi familia, mi país, ¡todo a manos de esos cerdos negreros!

ESTE CAMINO NO LLEVA MÁS QUE A LA DESTRUCCIÓN. SANGRE POR SANGRE.

Dios, lo sé, pero…

EL PRIMER PASO DEBES DARLO TÚ. DESPERTAR A DRAGONES ANCESTRALES DE SU SUEÑO ETERNO. MATAR A DEMONIOS DE LOS MÁS PROFUNDOS INFIERNOS. MONTAR UN TIGRE DEL TRUENO. ESO SON COSAS FÁCILES PARA ALGUIEN COMO TÚ.

¿Fáciles? Por todos los dioses…

GUSTUS YA NO ESTÁ. RAVEN YA NO ESTÁ. ¿NO CREES QUE ELLOS QUERRÍAN, COMO HACÍA TU PADRE, QUE SU SACRIFICIO SIGNIFICARA ALGO?

Lexa envolvió los brazos alrededor de su cuerpo, tiritaba en aquel frío helador.

Algo más grande.

Miró a Mostovoi, a los soldados que la rodeaban. A cientos de kilómetros de sus casas. Todos movidos por la misma sed de venganza, atrapados en la misma espiral descendente. Y ella había visto exactamente a dónde conducía…

—Sé que os hemos hecho mal, Kapitán. —Suavizó el tono de su voz, mostró las palmas de las manos—. Si estuviera en mi mano deshacer el pasado, lo haría. Pero debéis saber que no volverá a ocurrir jamás. El Gremio del Loto ha sido destruido hoy. Por mi gente, mis amigos, hombres y mujeres que ya no podían seguir viviendo en un país construido con la sangre de los vuestros. Siento muchísimo vuestra pérdida, de verdad que lo siento. Pero ahora nos enfrentamos a una amenaza mayor de la que nunca podríais imaginar. Y necesitamos vuestra ayuda para derrotarla.

Mostovoi se quedó callado durante un frío y vacío para siempre antes de repetir las palabras. Lexa observó cómo Katya entornaba los ojos, una risa amarga brotó de entre sus dientes afilados. Sus palabras fueron como el siseo de una víbora.

—Echo ha matado a la Santa Madre. La mano de la Imperatritsa en persona. No puede haber paz entre nosotros, chica.

—Entonces moriremos —escupió Echo—. Todos nosotros. Todos vosotros.

—¿Amenazas, mi sangre? ¿Esta es tu oferta de paz?

—Echo no está amenazando a nadie. —Lexa sacudió la cabeza—. La maldad personificada se acerca desde el sur. Una herida en la faz de la tierra, que sangra demonios. Ahora todavía están débiles. Aturdidos por su nacimiento. Pero pronto vendrán. Desde el extremo de Seidai hasta la isla de Shabishii. Desde los mares del este hasta el borde de Yotaku. Los hijos de Última avanzarán como una marea y todo lo que se ponga en su camino perecerá. Todo.

—¿Y esto nos importa por qué?

—No tenéis flota, Tío —dijo Echo—. Estáis atrapados aquí como el resto de nosotros.

Lexa dio un paso al frente, ojos suplicantes dirigidos a la Hermana Katya.

—Os hemos hecho mucho daño. Los dioses lo saben. Pero si no sois capaces de perdonarnos, todo ser vivo en esta isla morirá. —Bajó la vista hacia su tripa, sintió el calor en su interior, un calor que crecía día a día—. Yo…

Se le atascaron las palabras en la garganta. La imposibilidad de todo ello. La enormidad.

—Pronto seré madre —dijo al fin—. Estos bebés vendrán a un mundo al que yo ayudaré a dar forma. Y esa idea me aterroriza por completo, Katya. Pero lo que me aterra aún más es la idea de que quizás ni siquiera tengan una oportunidad jamás. Y parte de mí se pregunta si no debería simplemente alejarme volando, dejar todo esto atrás. Convencerme a mí misma de que hice todo lo que pude y esperar que esa mentira me deje dormir por la noche. Pero entonces pienso en el resto de madres y padres de estas islas, que seguro que también tuvieron parte que ver en el sufrimiento de vuestra gente, todos ellos. Pero aun así, quieren a sus hijos. Y esos hijos se merecen un futuro, tanto como los míos. Y si yo puedo luchar por proporcionarles uno, si dar mi propia vida y la vida de los míos significa que otros cien mil pueden salvarse…

Se secó las lágrimas de los ojos, se apoyó en la calidez de Buruu.

—Lo siento. —Miró a todos los gaijins allí congregados—. Os lo digo a todos vosotros. Siento mucho todo lo que os han hecho. Y aunque no tengo ningún derecho, os ruego que nos ayudéis mientras os ayudáis a vosotros mismos. Y aunque desde luego muy pocos de nosotros lo merezcamos… se me ocurren al menos dos que sí se lo merecen.

Miró a Katya otra vez, las palabras se le atascaron en la garganta.

—Por favor.

Los relámpagos zigzagueaban por los cielos cada vez más oscuros, el viento era como un canto fúnebre poco melodioso. La sacerdotisa se quedó ahí mirando, una mirada larga y dura. A los soldados reunidos a su alrededor. A la chica y su tigre del trueno y las lágrimas que brillaban en sus ojos. Al Kapitán inclinado hacia ella, susurrándole al oído.

—Por favor…

Lexa pasó un brazo alrededor del cuello de Buruu, apretó la tripa contra su calor. La Hermana Katya habló, con voz baja y medida, los ojos fijos en Lexa. La chica se volvió hacia Mostovoi, le vio echar el aire, desinflarse, encorvar los anchos hombros.

¿Decepción?

¿Alivio?

—La Hermana Katya dice que sería una deshonra para la memoria de nuestras Zryachniyes, de todos los que han caído luchando contra vuestra gente, aliarnos con vosotros contra un mal provocado por vosotros mismos. Prohíbe a absolutamente todas las tropas leales a la Imperatritsa luchar a vuestro lado.

Lexa suspiró, las palabras fueron como una fría puñalada en la tripa. Echo apretó la mandíbula, pugnando por reprimir un ácido reproche. Katya escupió al suelo, señaló al cielo. Mientras se le caía el alma a los pies, Lexa se encaramó a lomos de Buruu.

—Lo siento —dijo Mostovoi—. Los morchebanos no son famosos por perdonar con facilidad. Hemos sufrido veinte años de atrocidades bajo la bandera de vuestro Shōgun.

La voz de Echo sonó tensa, apenas movió los labios.

—¿Dónde está su cuerpo?

Mostovoi dijo unas pocas palabras a sus hombres y el mar de espadas y martillos se abrió lentamente. El Kapitán señaló hacia una forma próxima a la tienda de mando, envuelta en una tela empapada en sangre.

—Espera. —Piotr se abrió paso a empellones entre el gentío, cojeando todo el camino, maldiciendo y empujando. Se paró delante de Lexa, la miró fijamente con sus ojos medio ciegos.

—Yo voy con ella. —Pasó la vista por todos los ahí reunidos—. Aunque no vaya nadie más.

Lexa sonrió a pesar de la pena que sentía. Piotr ayudó a subir el cadáver de Gustus sobre Kaiah, luego se encaramó como pudo a lomos de Buruu, detrás de Lexa. Mostovoi se dirigía hacia ellos, antes de que un gruñido sordo de Kaiah le detuviera en seco. Miró a Echo, con el dolor claramente reflejado en los ojos.

—Siento muchísimo lo de tu hombre, mi sangre…

—Dijiste que los morchebanos no son famosos por perdonar con facilidad, Tío —murmuró Echo—. Quizás haya más de mi madre en mí de lo que ninguno de los dos sospechamos nunca.

Una carrera brincada por el suelo congelado.

Una ráfaga de viento, que se congeló bajo ellos.

Vuelo.

Cinco figuras estaban sentadas en la Cámara del Consejo Kitsune: un viejo veterano de guerra, un capitán de los caminantes de las nubes, una Mujer del Gremio rebelde y dos chicas que habían cambiado la faz del mundo. El puesto a la cabecera de la mesa estaba conspicuamente vacío.

Los puestos en torno a ellos, más todavía.

—Dedicamos dos días a reparar la flota —dijo Lexa—. Luego nos dirigimos al sur con todas las fuerzas que tengamos y nos enfrentamos a los onis en campo abierto.

—Suena como una forma estupenda de morir —suspiró el Mirlo, bebiéndose de un trago una taza llena de sake.

—Aquí tenemos una fortaleza, Señora de las Tormentas —intervino el General Ginjiro—. ¿Por qué habríamos de salir de detrás de nuestras murallas con los gaijins esperándonos al otro lado del río?

—No creo que esta puerta del infierno estuviera preparada para abrirse tan pronto. El colapso de la Mancha lo ha provocado la explosión de la Primera Casa, no cualesquiera rituales que tuvieran preparados las Serpientes. Si atacamos ahora, tenemos una oportunidad. Si esperamos, los onis simplemente aumentarán en fuerza y número y actuarán cuando estén listos. Además, las murallas están rotas. Una vez que los gaijins consigan terminar su puente sobre el Amatsu, solo tienen que acercarse caminando hasta la puerta principal y llamar.

—Idiotas —murmuró Ginjiro.

—No son idiotas —dijo Lexa—. Simplemente están enfadados. Han perdido tanto como nosotros.

—¿Con las legiones de los Infiernos a solo unos días de aniquilarnos, aún quieren cobrar viejas deudas? ¿Dónde y cuándo?

Echo habló, su voz oscura y ronca por el dolor.

—SI fuera su madre la que hubieran hervido y convertido en fertilizante, puede que entonara una canción distinta, General.

—¿La muerte de mi Amo y Señor no te parece sacrificio suficiente, chica?

—No me llame «chica», hijo de put…

—¡Por Dios, estamos del mismo lado! —Lexa estampó las manos sobre la mesa—. Si no dejamos el pasado a un lado y miramos al ahora, no habrá ningún mañana. —Sus ojos saltaron alternativamente de Echo a Ginjiro—. ¿No lo entendéis?

—Echo puede tener bastante mala uva —dijo una voz grave y ronca—. Le viene de su papá.

Echo levantó la vista, los ojos como platos, le vio de pie en el umbral de la puerta con su sonrisa torcida. Misaki estaba a su lado con las patas de cromo desenroscadas, su hija entre los brazos.

—¡Murphy!

Echo cruzó volando la habitación, sus pies apenas tocaban el suelo, se lanzó a los brazos abiertos de su hermano. Giraron sobre sí mismos como si estuvieran bailando, lágrimas resbalaban por la cara de Echo mientras Murphy reía y la abrazaba fuerte. El tiempo se detuvo, Echo se aferró a él como si se fuera a acabar el mundo, hasta que el enfado reemplazó al alivio y se apartó de él, le dio un puñetazo en el pecho, se limpió la cara con la manga.

—Por todos los infiernos, ¿dónde demonios has estado?

—Más o menos donde acabas de decir. —Miraba fijamente el ojo de su hermana, deslizó el pulgar cariñosamente por su mejilla—. Me gusta tu nuevo aspecto. Muy atractivo.

—Más tarde, ¿vale?

Lexa se reunió con ellos en el umbral de la puerta, se cubrió el puño y le hizo una reverencia profunda a Misaki.

—Señora de las Tormentas. —La mujer le devolvió la reverencia—. Me alegro de que estés viva. Te saludaría de manera más apropiada, pero tengo los brazos dichosamente ocupados.

—Hola, pequeñaja. —Lexa le hizo cosquillas en la barbilla a la niña que llevaba Misaki en brazos—. Tu madre es muy valiente. ¿Lo sabías?

La chiquilla sonrió tímidamente y escondió la cabeza en el pecho de su madre.

—La Primera Casa ha desaparecido. —Lexa volvió los ojos hacia Misaki—. El Primer Brote está muerto. Todo Shima tiene una deuda con vosotros, Misaki.

—No solo con nosotros —dijo Misaki.

Una figura salió de entre las sombras. Ojos gris acero y altos pómulos y labios carnosos; el flequillo corto para por fin dejar al descubierto la cicatriz que cruzaba su cara.

—Octavia —musitó Lexa.

—Está muerto, Lexa. —Las lágrimas brillaban sobre las pestañas de Octavia—. Mi padre está muerto.

Lexa cerró los ojos, le flaquearon los ánimos.

—Dios…

—¿Clarke está viva? —Un resplandor esperanzado en el gris acero.

—Sí, lo está. Apenas.

—Me enteré de todo. —La mujer se miraba fijamente las manos, abría y cerraba los puños—. Del plan que había trazado con mi padre. Pero no dije nada. Mi falsedad podía haberle costado la vida. Tu vida. La de cualquiera. —Sacudió la cabeza—. Perdonadme. No era capaz de ver…

Lexa tomó las manos de Octavia entre las suyas.

—El pasado, pasado es, hermana.

—… ¿Hermana?

Lexa sonrió.

—Siempre.

Las dos chicas se abrazaron con fuerza, cerraron los ojos para reprimir las lágrimas. La tormenta que arreciaba sobre sus cabezas se aquietó, la nieve negra se detuvo, como para darles un diminuto instante de paz antes del impulso final. Los cinco volvieron a la mesa del consejo. Lexa se dirigió a Ginjiro:

—General, esta es Octavia, líder de los Kagés. Ya conoce a Misaki, líder de los rebeldes del Gremio y a Murphysan, hermano de Echo.

—No muy líder de nada, me temo. —El chico sonrió con su sonrisa torcida.

Murphy se arrodilló al lado de su hermana, le pasó un brazo por encima del hombro. Miró al otro lado de la mesa al Mirlo, a la botella de sake que tenía ante él.

—¿Qué tal, Capitansan?

—Vivo —gruñó el Mirlo—. Así que, mejor que muchos.

—Sin duda.

—¿Y tú?

—Parcheado.

El Mirlo sonrió, le sirvió una taza y observó a Murphy bebérsela de un trago. El chico hizo una mueca por la quemazón, se limpió los labios y sacudió la cabeza.

—Le da mil vueltas a esa mierda de seppuku de arroz marrón que Lincoln y yo solíamos beber. —Le sonrió a su hermana—. ¿Lo recuerdas?

Ella le sonrió a su vez.

—Sí, lo recuerdo muy bien.

El chico parpadeó, miró alrededor de la sala frunciendo el ceño.

—Por cierto, ¿dónde está Gustus?

A Echo se le cayó la sonrisa al suelo, rota en mil pedazos.

Lexa puso las manos sobre las rodillas, agachó la cabeza, el pelo a modo de cortina por delante de su cara.

Murphy las miró alternativamente.

—Oh Dios, no…

—Tenemos mucho de lo que hablar, Murphy —dijo Echo—. Pero luego, ¿vale?

Murphy la abrazó fuerte, le dio un beso en la frente. Echo se acurrucó contra él, cerró el ojo, tan agradecida de estar con él otra vez que apenas podía respirar.

—Todos hemos pagado un alto precio —dijo Octavia—. Pero debemos dejar a un lado nuestra pena. Última y la horda de Yomi no serán tan amables de darnos tiempo para llorar a nuestros seres queridos.

—¿Los viste? —preguntó Lexa.

—Tan solo miré por encima del hombro mientras volábamos, por miedo a que la locura se apoderara de mí. Dedos de hielo abrasador arañaban mi cabeza por dentro. Una melodía grabada en mi columna vertebral. Oscuridad. —Octavia negó con la cabeza—. Hambre y frío sin fin.

—Una puerta a los infiernos —musitó el Mirlo, dándose cuenta al fin de la realidad de la situación—. Por el aliento del Gran Hacedor…

Misaki abrazó a su hija, retiró unos mechones de pelo de la frente de la chiquilla.

—No puedo creerme que venciéramos al Gremio y a los Toras solo para que ahora nos derrote una diosa loca…

—Realmente, no podemos culparla —dijo Murphy, encogiendo los hombros.

—¿Qué?

—Piénsalo. Muere dando a luz a la creación y su marido la deja en los infiernos para pudrirse.

—El Dios Izanagi intentó salvarla —dijo Octavia.

—Y fracasó —dijo Murphy con otro encogimiento de hombros.

—Entonces, ¿piensas que está bien que destruya el mundo como represalia?

—Bueno, ella es la que tuvo que expulsarlo fuera. ¿Podéis imaginaros lo que debe ser expulsar siete islas por ahí? Maldita sea, un poco de compasión por la pobre mujer.

—Eso es una locura —musitó Ginjiro—. Una blasfemia.

—Todo lo que digo es que una traición semejante deja cicatriz. —Murphy encogió los hombros otra vez—. Si le pasara a cualquiera de los que estamos aquí, probablemente se volvería loco también. No digo que esté a favor de morirme ni nada. Solo digo que siento lástima por ella, eso es todo…

Echo observaba a su hermano atentamente, la luz del fuego centelleaba en su ojo.

—¿Encontraste lo que buscabas en Kigen? ¿Sirvió para algo?

—No sirvió para nada. Pero sí que encontré algo. Una respuesta quizás.

—¿A qué pregunta?

El chico se mordisqueó el labio, no dijo nada. Le pasó la taza al Mirlo para que se la rellenara.

—Entonces —intervino Octavia—, ¿qué sabemos de puertas del infierno?

—Leyendas —contestó el Mirlo—. Cuentos infantiles.

—Tora Takehiko —asintió Lexa—. Uno de los favoritos de mi padre.

Piotr por fin se removió entre su nube de marihuanilla.

—¿Era señor de las tormentas?

Lexa hizo un gesto afirmativo.

—Él fue quien puso punto y final a la última guerra de los infiernos. La Diosa Izanami engañó a un niño para que moviera la roca que mantenía Yomi cerrado y bien sellado; así pudo soltar a sus hordas por el mundo. Tora Takehiko entró volando a través de la puerta del infierno y la volvió a cerrar.

—Y murió en el proceso —añadió Octavia.

—Pero salvó a las Siete Islas al hacerlo.

—Sacrificio —asintió Echo.

—Mi padre me dijo una vez «Algún día comprenderás que a veces debemos hacer sacrificios por el bien de algo más grande» —dijo Lexa—. No puedo pensar en nada mucho más grande que las vidas de cada hombre, mujer y niño de Shima.

—¿Eso es lo que pretendes hacer? —Octavia frunció el ceño—. ¿Volar a través de la puerta del infierno?

—No veo otra opción mejor, ¿y tú?

Misaki sacudió la cabeza.

—Pero una vez dentro, ¿cómo la cerrarás?

—No lo sé —suspiró Lexa—. Las leyendas no dicen nunca cómo lo hizo.

—Lexa estás embarazada. Y no eres la única señora de las tormentas sentada a esta mesa.

Todos los ojos se volvieron hacia Echo. La chica les sostuvo la mirada, a todos ellos, luego se giró hacia Lexa. Asintió, apretó la mandíbula y los labios con determinación. Sin miedo.

—Kaiah y yo podemos hacerlo

—No —dijo Lexa.

—Lexa…

—No, Echo. Yo te he arrastrado a esto. Y tú y yo no vamos a sentarnos aquí a discutir sobre quién va a morir en este intento.

—¿Quién dice que tengo la intención de morirme? Solo porque Tora Takehiko perdiera la vida no quiere decir que una de nosotras…

—Estamos poniendo la calesa delante del porteador —intervino el General Ginjiro—. No tiene ningún sentido lo que estáis discutiendo si no tenemos un ejército con el que luchar contra las hordas de Yomi. Solo sellar la puerta no vale para nada. Por lo que decís, la legión que ya ha salido escupida por la puerta del infierno sería suficiente para causar estragos indescriptibles. También debemos ocuparnos de ellos.

—Dos días —asintió Lexa—. Como dije antes. Reparamos la flota, nos dirigimos al sur con todas las fuerzas de las que dispongamos. Buruu y yo nos encargamos de la puerta del infierno una vez que lleguemos ahí. ¿De acuerdo?

Se hizo un incómodo silencio, el desacuerdo burbujeaba justo bajo su superficie. Era obvio que nadie en la mesa era muy partidario de la idea de que Lexa o Echo se sacrificaran en algún tipo de carga suicida, pero no se les presentaban más opciones. El Mirlo finalmente se bebió lo que le quedaba de sake y suspiró.

—Ha sido un día muy largo. Creo que veré todo con más claridad mañana.

Los asistentes al consejo salieron en silencio, cada uno cargando con sus propios pensamientos oscuros. Murphy se quedó ante la mesa, miraba su taza vacía. Echo se demoró en la puerta, pálida y frágil.

—¿Vienes, hermano?

—… Hai.

Se pasó una mano por la pelusilla de la cabeza, dio un gran suspiro, cogió la botella de sake y se fue en busca de un sueño que sabía que nunca llegaría. Relámpagos de manos de su padre, garabateaban una poesía blanco azulada por las nubes en lo alto. El calor de los demás machos jóvenes a su alrededor, reunidos como cuervos para un festín sobre los aleros del palacio del Daimyo, negros y blancos, sus ojos lanzaban destellos con cada rayo que cruzaba los cielos. Observó a las hembras descender lentamente, aterrizar sobre el tejado al otro lado del jardín Kitsune. Gruñidos enfadados. Un sordo descontento. Un horrible pesar en los ojos de las que habían perdido a compañeros o familiares.

Una diversión burlona en la dura mirada de Sukaa.

Buruu miró a Shai, la observó instalarse sobre el tejado, atusarse las alas con un pico como un sable. Agitaba la cola, respiraba despacio, como si este fuera un día igual a cualquier otro. Les rugió que les había ordenado quedarse en Tormenta Perpetua. Que la guerra no era lugar para las hembras. Que ponían en peligro el futuro de su raza estando allí.

Shai miró a Kaiah de reojo y no hizo ni un comentario.

Eso es diferente, rugió Buruu. Kaiah es diferente.

*Niah y Aael despiertos. Negros y blancos comparten un Khan. Última se acerca. Todo es diferente.*

Buruu echó un vistazo a la manada allí reunida, gruñendo suavemente.

Vuela conmigo.

Los ojos de Shai centellearon.

*Como ordene el Khan…*

Ambos emprendieron el vuelo, subieron dando vueltas hacia la tormenta, la electricidad estática se iba acumulando y chisporroteaba sobre sus alas. Shai volaba lo bastante cerca como para que la punta de sus plumas se tocaran.

Me has desobedecido, gruñó Buruu.

*Soy Shakhan de Tormenta Perpetua. Es mi deber desafiar, cuando nadie más lo hace.*

No te veré caer aquí.

*Ni yo a ti. La manada te necesita. Rhaii te necesita.*

El futuro de nuestra especie depende de las madres, no de los padres.

*No habrá futuro ninguno si la Madre Oscura acaba con el mundo. Sin nosotras, el niñomono de la lengua de plata habría muerto. Habló en mi mente. Puede que tenga una forma de salvar este lugar.*

¿Qué forma?

*No lo dijo. Pero seguro en su corazón.*

¿Dónde está nuestro hijo?

*Los Ancianos cuidan de él. Los cuidan a todos.*

Eso está bien.

*Lo sé. *

Los truenos sacudieron los cielos, retumbaban en sus huesos.

Me alegro de que estés aquí, corazón.

Shai encogió un ala, planeó más cerca.

*También lo sé.*

¿Hay algo que tú no sepas?

Shai dirigió la vista al sur, a la fría y creciente oscuridad.

*Cómo terminará esto…*