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ANTES DEL AMANECER

Lloró.

Lloró hasta que su voz no fue más que astillas y su garganta tiza. Hasta que el uwagi de Murphy estuvo completamente empapado, la cara escondida en su pecho, los brazos de su hermano alrededor de sus hombros. Estaban sentados sobre su cama. La misma cama en que ella y Gustus habían yacido la noche anterior, ahora fría y vacía, de una anchura inabarcable, el recuerdo le roía las entrañas, dejándola completamente hueca. Murphy no dijo ni una palabra. No murmuró tópicos ni palabras de comprensión ni promesas de que todo iría bien. Simplemente la abrazó, su calor ahuyentaba el gélido frío de las horas previas al amanecer. Y después de una hora de vaciarse, Echo sintió que todo aquello la sobrepasaba, y él la tumbó con una almohada bajo la cabeza, la arropó con las mantas, que todavía guardaban el aroma de Gustus.

Murphy se arrodilló a su lado, le susurró en la penumbra.

—Todo es oscuro ahora. Más negro que la negrura, lo sé. Y las palabras son cosas diminutas frente a toda esa oscuridad y todo ese frío. Pero escucha estas palabras, hermanita. Escucha y grábatelas. Mañana llegará, tan deprisa como cambia el cielo. Y tan seguro como que ahora todo es negro, el sol saldrá. Siempre. Sin importar lo débil que sea su resplandor. —Se inclinó sobre ella y le dio un beso en la frente—. Te quiero, Echo.

—Yo también te quiero, Murphy —susurró ella—. No vuelvas a dejarme nunca más.

—Haré todo lo posible.

—¿Me lo prometes?

—Sin duda. —Le dio otro beso en la frente, suave como una pluma—. Vete a dormir.

Y Echo se sumergió en la oscuridad.

Suave y pulida madera de pino bajo los pies, cantaba al ritmo de sus pisadas. Se ahogaba en la aplastante oscuridad de antes del amanecer, el sueño a mil kilómetros de distancia, deambulaba sin rumbo por los pasillos. Los pensamientos de Buruu resonaban dentro de su cabeza.

SÉ LO QUE ESTÁS PENSANDO.

¿Ah, sí?

NO PUEDES CREER QUE YO TE AYUDARÍA.

No. Pero te puedo obligar. Quieras o no.

PUEDES HACERLO. PERO NO LO HARÁS.

¿Qué otra elección tengo, Buruu? ¿Puedo pedirles a Murphy o Echo que renuncien a sus vidas?

NO TENDRÍAS QUE PEDÍRSELO. LOS DOS LO HARÍAN ENCANTADOS.

Murphy no parece muy heroico.

ESOS HÉROES SON LOS MÁS GRANDES.

Echo ha perdido ya demasiado. No podemos quitarle también a su hermano.

SE OFRECERÍA ENCANTADA ELLA MISMA.

Ahora está en pleno duelo por Gustus. No sabe lo que está diciendo.

¿Y TÚ SÍ?

Yo inicié esta guerra. Yo debería terminarla.

¿Y QUÉ PASA CON TUS HIJOS? ¿LOS QUE LLEVAS DENTRO?

¿Y qué pasa con los miles de niños que morirán si Última consigue salir del infierno?

NO ENCONTRARÁS A UN SOLO TIGRE DEL TRUENO DISPUESTO A LLEVARTE A LA PUERTA DEL INFIERNO.

Sukaa me llevaría encantado.

SU KHAN SE LO PROHIBIRÁ.

Debemos cerrar esa puerta. Uno de nosotros debe morir, o si no, toda esta nación morirá.

NO SERÁS TÚ.

Buruu, yo…

NO SERÁS TÚ.

Lexa hizo una mueca, se llevó la mano a la frente, la fuerza de los pensamientos de Buruu rebasaban su muro interior. Los truenos rebotaron por dentro de su cabeza, la furia y el calor de un aluvión de relámpagos, brillaron con luz estroboscópica cuando él se encerró afuera; una rabia hosca y furiosa la expulsó hacia el frío gélido del exterior. Cerró la puerta, lo cerró todo, salió del Kenning y se metió de vuelta en sí misma. Y se quedó ahí parada, en el pasillo vacío, pugnando solo por respirar.

Dios, ¿cómo había llegado todo a ese punto?

Un sirviente pasó arrastrando los pies, cargado con una disculpa y una brazada de sábanas manchadas de sangre. Lexa levantó la vista y se dio cuenta de que había llegado sin querer a la improvisada enfermería. Abarcaba todo el ala oeste del palacio, llena de heridos y moribundos. Gaijins. Hombres del Gremio. Kitsunes. Se introdujo en el Kenning otra vez, palpó de habitación en habitación, a través de los cientos de vidas rotas por el dolor, hasta que le encontró. Se removía en un sueño inquieto, su mente torturada por el mismo sueño de siempre, no por conocido menos aterrador.

Con las pestañas aleteando contra las mejillas, Lexa se dirigió hacia el sonido de los pensamientos de Clarke.

Abrió los brazos, separó los dedos, las luces de todos aquellos ojos centelleaban en los bordes de su piel. La filigrana gris labrada sobre las yemas de sus dedos, en los puños de sus guanteletes, en los bordes de sus hombreras. Una nueva piel para su carne, una piel de rango, de privilegio y autoridad. Todo lo que siempre le habían prometido, todo lo que temía había acabado por ocurrir. Era Verdad.

Esto era la Verdad.

Decían su nombre, los Shateis allí reunidos, con las manos en alto. E incluso mientras cogía aire para hablar, las palabras sonaron en su cabeza como una canción funeraria y sintió que lo que fuera que le quedaba del alma resbalaba fuera de su alcance y se escapaba hacia la oscuridad.

—No me llaméis Clarke. Ese no es mi nombre.

En el sueño, sentía sus labios curvarse en una sonrisa.

—Llamadme Primer Brote.

Clarke se despertó sobresaltada, con los ojos abiertos de par en par, gimió cuando sintió volver el dolor. Pensó en llamar a los guardias apostados a su puerta, pedirles más opiáceos para reducir el dolor. Pero las drogas le hacían dormir y dormir significaba ese sueño, más alto y más insistente que nunca.

—Eso es lo que ves cada noche…

Abrió los ojos otra vez, vio a Lexa a su lado, el pelo le enmarcaba la cara y caía por sus hombros como una cortina de terciopelo negro. Se le aceleró el pulso, se le incrustó la lengua en el velo del paladar. Y entonces bajó la vista, hacia la suave curva bajo el kimono de la chica, una ola de frío subió para detener los brincos de su corazón, lo retorció y lo rajó de arriba abajo.

—Ese era el futuro del que nunca querías hablar —dijo ella—. Tu Lo Que Será.

Clarke frunció el ceño.

—¿Puedes ver mis sueños?

—Si pongo el empeño suficiente. Puedo ver los pensamientos de todos los que están en este palacio.

—Un don maravilloso.

—Para algunos.

—Una pena que no lo utilizaras antes de intentar matarme.

—Lo siento, Clarke. Pensé…

—Déjalo —suspiró ella—. No te inventes excusas. Cada vez, has pensado lo peor de mí.

—Dios, ¿y puedes culparme por ello? Engañaste a todos, Clarke. Gente a la que has conocido toda la vida. ¿Cómo puedes echarme en cara que yo también te creyera?

—Porque te prometí que nunca te traicionaría.

—Lo sé. —Lexa se arrodilló a su lado—. Y lo siento. Te juro que nunca más dudaré de ti.

—¿Incluso cuando mis sueños te muestran que un día dirigiré el Gremio?

Lexa estiró la mano, rozó las vendadas yemas de sus dedos.

—Lo juro, Clarke.

—Nadie puede detener el Lo Que Será, Lexa.

—Tú lo harás —insistió ella—. Tú no dejarás que sea. Yo creo en ti.

—Dios, me gustaría comprenderte. —Parpadeó sin apartar la vista del techo—. Desearía poder ver dentro de tu cabeza igual que tú ves dentro de la mía.

—Ten cuidado con lo que deseas.

Clarke miró de reojo su tripa, luego la miró a los ojos. Ella le sostuvo la mirada, sin vergüenza y sin miedo.

—… Pregúntamelo. Sé que quieres hacerlo. Puedo sentirlo.

—No es asunto mío.

—Creía que le quería.

—No tienes que darme explicaciones, Lexa.

—Una vez dijiste que me querías. —Clarke no dijo nada. No sentía nada. Nada en absoluto—. ¿Ya no sientes eso? —le preguntó Lexa.

—… ¿Acaso te importa?

—Pues claro que me importa…

Clarke suspiró, se pasó una mano por la pelusilla de la cabeza.

—El General Ginjiro vino a mí hace un rato. Me dijo que queréis ir al sur y detonar el Arrasador. Incinerar a los demonios que ya han brotado por la puerta del infierno.

—¿Qué tiene…?

—Ya he dicho que os ayudaré. No tienes que embaucarme para que me ponga de vuestro lado. No tienes que fingir.

Lexa se encogió y se apartó como si Clarke hubiera levantado una mano para golpearla.

—… ¿Crees que haría eso?

—¿Sinceramente? —Clarke le sostuvo la mirada de horror a Lexa—. No sé lo que haces. No sé lo que piensas. No te conozco, Lexa. Y es obvio que tú no me conoces a mí, tampoco. Así que no sé por qué cada vez que cierro los ojos te veo ahí. Pero aun así, eso es lo que hago.

—Así que sí que me quieres. Todavía.

Clarke bajó la vista hacia sus manos vendadas, pasó la lengua por sus labios cuarteados.

—Creo que estoy enamorada de la idea de ti. Lo que representas. La vida que nunca pude tener. La persona que nunca pude ser.

—… ¿Y eso es todo?

—No lo sé. —Clarke estudió su cara—. No lo sé.

—Yo sé que cuando creí que habías vuelto al Gremio, sentí como si alguien me hubiese arrancado el corazón. —La voz de Lexa sonó frágil en la oscuridad, como si un peso estrujara el aire de su pecho—. Sé que arriesgaste todo por nosotros. Sé que eres la persona más valiente que conozco. Sé que hay una fuerza en ti que me deja a mí a la altura de la suela de tus zapatos. Sé que una como tú hace diez como yo.

Tocó una zona de piel desnuda en su brazo, el roce de las yemas de sus dedos hizo que a Clarke se le pusiera la carne de gallina.

—Sé que siento mucho que dejáramos las cosas… como las dejamos.

Clarke levantó los ojos hacia ella, muy abiertos y esperanzados.

—Sé que te he echado de menos —susurró Lexa.

Clarke miró las puntas de los dedos de Lexa, la electricidad estática que lanzaba chispas entre la piel de ella y la suya. El dolor de sus quemaduras no era ya más que un lejano recuerdo. El dolor en su pecho demasiado real como para creérselo.

—No sé cómo va a terminar todo esto, Clarke. Sé que no soy la persona que querías que fuera. Sé que he cometido errores. Pero son mis errores. Yo los elegí. Son míos. Pero sé que no quiero aumentarlos dejando así las cosas entre nosotros. Porque si lo hiciera, sé que nunca me perdonaría. Ya he perdido bastante hoy. Bastante en toda esta historia. No puedo perderte a ti también.

Pareció como si pasara una eternidad, ahí bajo esa luz mortecina, mientras el viento cantaba entre los aleros y la nieve negra danzaba por las nubes en lo alto. El peso del ayer y la amenaza del mañana y mañana y mañana, y la presión en su pecho y la tensión en su garganta y la idea de que quizás todo acabaría pronto, que ambos podían estar caminando por el borde de su último amanecer, descolorido por la ira y la decepción y el dolor de todo ello. Pero levantó los ojos y ahí estaba ella, a todo color, brillando con luz propia. Esa chica que había sido solo un sueño, la promesa de una vida que ella no podría vivir jamás. Pero bajo esa imposible fachada rota, allí estaba todavía, pálida como la nieve de las Iishi y más fuerte que el acero doblado, siempre erguida y firme, independientemente de lo pequeña que se sintiera por dentro.

Preciosa y frágil y defectuosa y perfecta. Y a solo un suspiro de distancia.

Su mano encontró la de Lexa, un roce ligero como una pluma sobre la piel de ella.

—Yo también te he echado de menos —dijo al fin.

A Lexa se le llenaron los ojos de lágrimas y agachó la cabeza, cascadas de pelo negro azabache cayeron hacia delante para taparle la cara. Le temblaba la mano y ella se la apretó con fuerza, haciendo caso omiso del dolor.

—No llores —suplicó—. No llores, Lexa.

—¿Harías algo por mí? —susurró ella.

—Cualquier cosa.

—¿Puedo tumbarme entre tus brazos?

—… Me encantaría.

Lexa se metió en la cama con ella, con sumo cuidado de no hacerle daño, apoyó la cabeza sobre su hombro. Las quemaduras de sus brazos, los enchufes arrancados de su pecho, la herida del lanzador de hierro en su muslo, todo ello quedó olvidado cuando levantó la mano, le retiró un mechón de pelo de la cara, cerró los ojos.

—¿Harías algo por mí? —preguntó Clarke.

—Cualquier cosa.

—Despiértame. Si empiezo a soñar.

—¿Y qué pasa si sueñas con esto? ¿Con nosotras?

—No lo haré. Nunca lo hago.

—¿Quizás un día?

—Un día.

Lexa suspiró desde el fondo de su ser, su tensión se desvaneció entre los brazos de Clarke. Ella se quedó ahí tumbada, escuchando la respiración de Lexa ralentizarse, cuerpo contra cuerpo, con los brazos a su alrededor. Se inclinó y la besó en la frente, un largo momento silencioso, piel con piel, ojos cerrados, aspirando su olor.

Lexa suspiró, la sombra de una sonrisa asomó a sus labios, se apretó más contra ella.

—Te quiero, Lexa —susurró Clarke en la oscuridad. Y en la oscuridad, ella susurró a su vez—. Yo también te quiero.

¿Qué hay, Pájaro Burlón?

Buruu estaba encaramado sobre el tejado de la fortaleza Kitsune, observando las ruinas de la ciudad. Había oído al chico subir, ágil y seguro, ahora en cuclillas sobre el alero a su lado. Un delgado pájaro carroñero, contemplando los restos de un día de guerra. El viento era una aullante boca abierta, dientes de escarcha, y el chico se arrebujó mejor dentro de su capa, con los ojos guiñados para protegerse del frío.

HACE FRÍO AQUÍ FUERA, NIÑOMONO. COGERÁS TU MUERTE.

Solo si la persigo.

Buruu apoyó la cabeza sobre las patas delanteras, soltó un profundo suspiro. El resto de su manada estaba desperdigada por los tejados, Shai hecha un ovillo contra una chimenea cercana. Los ronquidos y gruñidos inquietos de los pocos machos que quedaban hacían temblar las tejas de madera de cedro bajo sus pies.

¿CÓMO ESTÁ TU HERMANA?

Sangrando. Mucho. ¿La tuya?

Buruu podía sentirla en la lejanía, dormida en brazos de Clarke. Esa idea lo llenaba de alegría, borraba momentáneamente el miedo que sentía al pensar en lo que se avecinaba.

DUERME.

¿Todavía está pensando en su carga legendaria? ¿A través de la puerta del infierno y lo que sea que encuentre más allá? ¿Sigue decidida a convertirse en otra leyenda para el futuro?

TENDRÁ PROBLEMAS PARA LLEVARLO A CABO. A MENOS QUE LE CREZCAN ALAS.

No te entusiasma la idea de que muera, ¿no?

¿LLEVARLA VOLANDO A ELLA Y A SUS HIJOS NONATOS HASTA YOMI? ¿DESPUÉS DE TODO LO QUE HE PASADO PARA MANTENERLA A SALVO? ESTARÍAS TAN LOCO COMO ÚLTIMA SI PENSARAS QUE ESTOY DISPUESTO A HACER ALGO ASÍ, NIÑOMONO.

Murphy asintió, escupió entre sus dientes hacia la oscuridad. Se quedaron ahí sentados en silencio unos minutos más, copos de nieve negra revoloteaban en el aire entre ambos.

Tenías razón, ¿sabes? Lo que dijiste sobre la venganza.

LOS MATASTE, ENTONCES. A TUS ENEMIGOS DE KIGEN.

Sin duda.

¿Y QUÉ HA CAMBIADO?

Ni una sola cosa.

TE LO DIJE. TODO SE VA ATENUANDO DE UNA ESTACIÓN A OTRA. EL DOLOR TAMBIÉN. TODAS LAS COSAS DISMINUYEN CON EL TIEMPO.

Tiempo no es una cosa de la que tengamos toneladas ya, Pájaro Burlón.

¿POR QUÉ ESTÁS AQUÍ, NIÑOMONO?

Necesito que alguien me lleve.

¿ADONDE?

Allá afuera, a las tierras baldías.

¿POR QUÉ?

Para probar una teoría.

¿QUÉ TEORÍA?

Nunca cuentes un cuento cuando puedas montar un espectáculo.

El chico se puso de pie con una sonrisa torcida, se sacudió las manos sobre las piernas de su hakama.

Vamos. Volemos.

Murphy bajó deslizándose por la espalda de Buruu, la nieve crujió cuando sus botas pisaron el suelo. El hedor a sangre y hierro flotaba espeso en el aire. Los fuegos del campamento gaijin eran un resplandor parpadeante al pie de las colinas del este, lejanos tambores recalcaban la melodía de los truenos. Al acercarse a la sima de las tierras baldías, Murphy hubiera jurado que podía oír a alguien cantar, un entrecortado ritmo mecánico que se engullía a sí mismo y dejaba escapar migas metálicas de una sonrisa de dientes negros. El hedor a pelo quemado se le metió punzante hasta el fondo de la nariz, la grasienta neblina que flotaba por encima de la tierra torturada apenas se removía a pesar del aullante vendaval.

BUENO, PUES ENTONCES MONTA TU ESPECTÁCULO. Y ASÍ NOS PODREMOS IR CUANTO ANTES.

Murphy se tapó la boca y la nariz con el pañuelo, hizo una mueca por el persistente dolor de su oreja cortada.

Paciencia, Pájaro Burlón. No tengo muy claro cómo tocar esta melodía.

¿POR QUÉ ESTAMOS AQUÍ? ¿QUÉ TIENES EN LA CABEZA?

Los Purificadores de Kigen. Estaban quemando a gente en las Piedras, incluso hace un par de días. No sé lo que los obligó a salir del cabildo, pero estaban llevando a cabo sus pruebas de pureza ahí fuera. No exactamente a plena vista, entiéndeme, pero yo tenía ojos para verlas.

¿Y QUÉ PRUEBAS HACÍAN?

Murphy se tapó bien con la capa y encorvó los hombros para protegerse del viento.

Tenían a un anciano. Le hicieron un corte y dejaron que la sangre goteara dentro de una caja de hierro.

¿QUÉ HABÍA DENTRO DE LA CAJA?

Murphy hizo un gesto hacia las tierras baldías.

Parecían cenizas. Excepto que cuando la sangre del anciano cayó sobre ellas, las cenizas hicieron saltar el tapón de corcho. Violentamente, entiéndeme. Reventaron la caja. Y lo que vi derramarse de la caja, ya no eran cenizas.

ESTOY HARTO DE SER EL PÚBLICO DE TU ESPECTÁCULO. ESCÚPELO, CHICO.

Era tierra. Tierra normal y corriente, solo eso.

Murphy escupió sobre aquella tierra muerta, observó los gases dar vueltas y arremolinarse como una marea de luna llena.

Me hizo pensar. El Gremio lo dirige la Inquisición. Ellos instauraron la política sobre los medio yōkais, ordenaron a los Purificadores que quemaran a la gente que tuviera el Kenning. Pero también son los que quieren abrir esta isla en canal, hasta las profundidades de los infiernos. ¿Qué pasa si ambos propósitos van de la mano? ¿Qué pasa si esta vendetta contra la «impureza» era solo un timo para incriminar a los únicos tipos que podían realmente detenerlos?

Buruu observó al chico, con los ojos entornados, sin decir nada.

¿Has oído hablar de Tora Takehiko?

UN SEÑOR DE LAS TORMENTAS.

Eso es. Voló hasta dentro de la puerta del infierno durante la última guerra, la cerró y la selló.

¿Y?

¿No es lógico que todos los señores de las tormentas tuvieran el Kenning? ¿Cómo iban a domar a los tigres del trueno si no? ¿Ir a la guerra montados en ellos?

¿Y?

Y mira.

Murphy se llevó la mano a la cadera, hacia un tanto que le había quitado a uno de los soldados. Sacó la daga, centelleaba con las lejanas llamas de la ciudad, luego miró a Buruu.

Mejor apártate un poco. No estoy muy seguro de lo impresionante que puede ser esto.

El tigre del trueno gruñó, se quedó donde estaba. Con una pequeña sonrisa de satisfacción, Murphy apretó la hoja contra su índice, unas gotas de sangre perlaron el filo del cuchillo. Deslizó una mano por la pelusilla de su cabeza, levanto el tanto y lanzó el líquido escarlata al viento. La sangre centelleó al caer, de un sombrío rojo oscuro en la noche gélida. Voló algo más de metro y medio, cayó a través de los gases que flotaban sobre la enorme cicatriz e impactó contra la tierra cenicienta.

Nada.

Murphy frunció el ceño, rezando para sus adentros.

TUS DOTES PARA LA TEATRALIDAD NECESITAN…

Un ruido informe.

Esa misma inversión de sonido, como si alguien hubiera metido la mano en su cráneo y lo hubiera vuelto del revés. Murphy se llevó la mano a lo que quedaba de su oreja, dio un grito ahogado, el tigre del trueno se tambaleó como si alguien le hubiera dado un patadón. Murphy sintió un puño en el estómago, escupió todo el aire que guardaba en los pulmones, tenía el hedor a alquitrán y cenizas pegado a la parte de atrás de la lengua. Parpadeó varias veces.

Tiritaba.

La tierra tembló, un diminuto terremoto solo para sus pies. Y con ese mismo ruido que era no tanto un sonido como una ausencia de él, las tierras baldías explotaron. No lo suficiente como para partir la isla en dos, desde luego, pero lo suficiente como para hacerle perder pie y lanzarle volando contra Buruu; colisionó contra el ancho pecho del arashitora y cayó dando volteretas hasta quedar hecho un revoltijo en el suelo. Humo blanco subió serpenteando de las tierras baldías, llenó sus pulmones de esa misma dulzura momentánea, como si la brisa primaveral hubiera vuelto a nacer en las profundidades del invierno. Los vapores negros se retiraron, un sordo gruñido retumbante emanaba de la tierra cenicienta. Murphy se puso de pie tambaleándose, un suave gruñido se desperezaba en la garganta de Buruu. Se quedaron ahí de pie, asombrados, con las bocas abiertas de par en par al mirar a las tierras baldías. Un círculo de buena tierra oscura ocupaba la zona en la que antes no había más que tierra herida y humeante. Un cráter de impacto, de tres pies de diámetro, creado por una única gota de sangre de Murphy.

ES VERDAD.

El chico asintió.

El Camino de la Pureza. Las Piedras Ardientes. Todo ello creado para limpiar la sangre de los yōkais, la única arma que podemos utilizar para joder la velada de las Serpientes.

ALABADO SEA EL HACEDOR.

No estoy preparado para alabarle ahora mismo. Pero puede que deje de maldecir aludiendo a sus barbas durante un tiempo.

Buruu pestañeó, la escarcha revolvía las plumas de su frente. Ladeó la cabeza, miró al chico de arriba abajo, todo empezó a cobrar forma en su mente.

ENTONCES, TORA TAKEHIKO…

Ahora empiezas a entenderlo, Pájaro Burlón.

Buruu miró hacia atrás, hacia las lejanas luces de Yama. Las miles de vidas entre esas murallas, su Lexa y los bebés en su vientre entre ellos.

AHORA LO ENTIENDO.

Murphy volvió a mirar la cicatriz de las tierras baldías, se chupó las cenizas de los labios y escupió.

Sin duda.

Paciente como los gatos y silencioso como los ratones, esperó en la oscuridad a que regresara su ama.

Enroscado entre las mantas, que aún olían a ella. Le gruñía la barriga, su bol estaba vacío. Pero sabía que si esperaba el tiempo suficiente, bien calladito, ella vendría. A ella le gustaba que él estuviera callado. Cuando se arrodillaba ante esa cosa de madera que no era un árbol y ponía marcas negras sobre esa cosa plana que olía a arroz pero no era comida. Él no lo entendía. Pero sí entendía que a ella le gustaba el silencio. Así que se quedó callado y esperó. Con la esperanza de que ella volviera pronto.

Oyó unas pisadas al otro lado de la puerta. Demasiado pesadas para ser de ella. Pero aun así, era alguien, y él había esperado en silencio y en la oscuridad durante tanto tiempo. Así que saltó de entre las sábanas y corrió hasta la puerta, bailó feliz en pequeños círculos al verla abrirse. Y levantó la cabecita hacia el hombre que no era su ama y gruñó con su vocecita de cachorrillo. El hombre era grande. Tenía una barba como un arbusto. Había estado ahí por la mañana, se había llevado a su ama. Y Tomo gruñó, no muy seguro de sí mismo, pero sabiendo que todos los perros buenos gruñían a los extraños. Pero entonces el hombre se agachó y le rascó las orejas, e hizo ruidos que no eran palabras con una voz suave, y Tomo se puso panza arriba y dejó que el hombretón le rascara, sus patitas pataleaban cuando el hombre encontró el punto que más le gustaba, justo por debajo de la espalda izquierda. Al final, el hombretón se puso de pie y Tomo rodó sobre sí mismo, fue andando con él hacia la cosa de madera que no era un árbol, moviendo la cola, porque el hombretón llevaba una cosa plana y blanca que olía a pescado, y el pescado era su comida favorita. El hombretón depositó la cosa blanca y redonda en el suelo y sí, sí que tenía pescado, y Tomo lo engulló tan deprisa como pudo, lamió la parte de arriba y olisqueó la de abajo por si había algo más escondido debajo (nunca había nada escondido debajo).

El hombretón se arrodilló y prendió un fuego sobre las cosas ardientes que hacían la luz que su ama solía usar para ver. Y Tomo observó al hombretón desenrollar la cosa plana que olía a arroz (pero no lo era) encima de la cosa que no era un árbol (aunque Tomo lo había usado como una árbol una vez y su ama se había enfadado mucho), y cogió la cosa que hacía las marcas y metió la punta en el agua negra que no era agua (tenía un sabor horrible) y soltó un suspiro más sonoro que el viento.

Tomo le observó, con una oreja levantada, la cabeza ladeada.

El hombre empezó a hacer marcas. Muchas marcas, sobre la cosa que no era comida. Tomo miró hacia la puerta, esperaba que su ama llegara pronto.

Se subió a la cama, buscó la zona que aún estaba caliente, y observó al hombre hacer las marcas y parar de vez en cuando para limpiarse los ojos como si le dolieran. Y pensó que el hombretón era simpático y que el hombretón podía vigilar hasta que llegara su ama (ya vendría pronto) y que entonces no importaba si Tomo cerraba los ojos solo durante un ratito.

El cachorro se relamió (hum, qué maravilla de pescado) y se acurrucó entre las mantas.

Podía oír al hombretón rascar con la cosa que hacía las marcas.

Le recordaba al sonido del pecho de su ama, el latido de su corazón cuando él se hacía un ovillo a su lado.

Y con la esperanza de que volviera pronto, el cachorrillo cerró los ojos y durmió.