49
O NADA EN ABSOLUTO
La ciudad entera pareció despertar antes que el sol.
Los fuegos de los herreros brillaban con fuerza, el repicar de los martillos sobre el hierro y la quemazón del humo del carbón. Prepararon el mismo tipo de armadura que llevaba Kaiah para toda la manada de Tormenta Perpetua: petos y cascos con ventanas de cristal negro para los ojos. Volaban por encima de Yama, llenando de asombro al populacho desesperanzado. Lexa, montada sobre Buruu, iba a la cabeza, llevaba suministros a los más necesitados y les aseguraba que todo iba a ir bien. Y aunque la gente estaba aterrorizada por los temblores del mundo bajo sus pies, sus palabras les daban ciertas esperanzas, la tinta Kitsune bien a la vista en su brazo a pesar del frío helador, esta hija de zorros que ahora tenía el futuro de su nación entre las manos. Los gaijins heridos fueron evacuados de la fortaleza Kitsune, enviados por ferry de vuelta a su gente en la orilla opuesta del Amatsu. Echo supervisó su deportación a lomos de Kaiah, asegurándose de que ninguno de los dos bandos actuaba con violencia. Los heridos fueron recibidos con feroces abrazos por sus compatriotas, que miraban alucinados a la chica y su tigresa del trueno. La cara de Echo era dura como la piedra, su ojo frío tras cristal polarizado, contradiciendo al corazón que sangraba dentro de su pecho. Octavia habló con los Kagés que quedaban y con Misaki como representante de los rebeldes. Supervisó los preparativos de los funerales de los Kagés caídos: Raven, Gustus y su padre Daichi, junto con los demás hermanos que habían perdido la vida. Pero en los momentos de tranquilidad, se sentaba en el jardín, Piotr a su lado, y los dos hablaban de pequeñas cosas sin importancia en medio del caos que los rodeaba.
Cosas que a veces la hacían sonreír.
El Mirlo se quedó en los aposentos de Raven, emergía de ellos solo para hacer educadas peticiones de comida o algo de beber. Un cachorro iba pegado a sus talones, moviendo la cola sin parar. Los dedos del Mirlo estaban manchados de tinta. Igual que las orejas del cachorrillo. A los miembros de la tripulación del Arrasador les devolvieron sus pieles, menos los mecábacos, y les pidieron que se reunieran en las ruinas del Cabildo de Yama. Cada uno era libre de irse si así lo deseaba. Solo Kensai quedó bajo vigilancia, el autoproclamado Primer Brote fue encerrado en uno de los cuartos de invitados de Kitsunejō.
Y Murphy.
Murphy pasaba el rato acuclillado sobre los tejados, con una botella de caro sake sin abrir a su lado. A pesar de todo el movimiento que tenía lugar a su alrededor, tenía la vista siempre fija en la oscuridad acumulada en el horizonte sur.
Pensaba en un chico precioso y en días más simples.
Tenía los puños cerrados.
El dolor alanceaba su pecho a cada respiración. Una mullida alfombra en el suelo, una cama con sábanas de seda: su único capricho real. Una jaula con arte colgado en las paredes, guardias apostados a la puerta de su «cuarto de invitados». Las fijaciones de bayoneta de su carne eran como bocas hambrientas de enchufes. El silencio en su cabeza, tan negro y aterrador como nada que hubiera conocido jamás.
Solo. Por primera vez en muchísimo tiempo.
Completamente solo
—Tío.
La voz sacó a Kensai de su ensimismamiento, abrió los ojos, espantó los embarrados sueños de su mente. Ya no soñaba las visiones de grandeza que le había proporcionado su Despertar. Solo confusas y retorcidas absurdidades, un tumulto recalcado por un himno nada melodioso, un horror demasiado enorme para mirarlo de frente con el ojo de su mente…
—Tío.
Kensai aspiró una sibilante bocanada de aire.
—Te he oído, Jakesan.
—… Ese no es mi nombre.
Kensai miró de reojo a la chica que estaba en el umbral de la puerta, delgada y pálida y borroso, ojos hundidos en cuencas grises.
Envuelto en vendas, con los hombros encorvados, las pupilas dilatadas. Si no le conociera…
—Discúlpame, Clarkesan. A las viejas costumbres les cuesta morir. Como a ti, según parece.
—Sigue llamándome por el nombre de mi padre.
—Es tu nombre. Te lo dieron cuando murió tu padre. Una hija honorable…
—Lo llevaría con orgullo. Lo sé.
—Pero tú no eres una hija honorable, ¿verdad? Eres una canalla que traicionó a su familia por el amor de una puta impura. Si Jake pudiera verte ahora…
—No he venido a pelearme con usted, Tío.
—¿A qué entonces? ¿A regodearte? ¿A jactarte?
—A contarle la verdad.
—Tú no sabes lo que significa esa palabra.
—Sé que le advertí que no se fiara de la Inquisición.
—Sí que has venido a refocilarte, entonces.
—Las tierras baldías, Tío. Las tierras baldías que nosotros ayudamos a crear, plantando loto en cada rincón de esta tierra. Envenenando el suelo, abriéndolo en canal. Regado con sangre inocente. Todo era parte del plan de la Inquisición. Del Primer Brote también. Nos engañaron, a todos.
—Eres tú la que…
—El Gremio fue fundado por los supervivientes del clan de la Serpiente. Todos nosotros, usted, yo, la Inquisición, somos de sangre Serpiente. Pero solo el círculo interno sabía toda la verdad. ¿Nunca se preguntó por qué jamás acabó de contar con la total confianza de Tojo?
Clarke sacudió la cabeza, se pasó una mano vendada por los ojos.
—Eran discípulos de la Diosa Izanami, Tío. Como lo eran nuestros antepasados. Decididos a lograr el regreso de Última y la muerte de este mundo.
—¿Estás loca, chica? —escupió Kensai—. ¿Serpientes y Madres Oscuras?
Clarke se volvió, le hizo un gesto a alguien que esperaba detrás de la puerta.
—Pasad.
Dos hombres con el pelo rapado casi al cero y fijaciones de bayoneta en las muñecas entraron en la habitación; arrastraban un cuerpo entre ambos. Los siguió un tercero que llevaba una sucia bolsa de arpillera. Los hombres depositaron el cadáver sobre la alfombra, colocaron la bolsa manchada a los pies del chico. Cada uno de ellos le dedicó a Kensai una mirada envenenada al salir de la habitación.
El cadáver estaba razonablemente fresco, partes de él aplastadas y convertidas en pulpa. Kensai podía ver que tenía la piel gris de un drogadicto.
—¿Me traes el cadáver de un adicto al loto para asustarme? —preguntó Kensai con aire de suficiencia—. Si esto es una amenaza, se queda muy corta, chica.
Clarke se agachó con una mueca de dolor, retiró de un tirón el uwagi del cuerpo. Kensai vio que tenía el pecho salpicado de fijaciones de bayoneta para los enchufes del mecábaco. A lo largo de su maltrecho brazo derecho se distinguía un precioso tatuaje, enroscado y mortífero: una serpiente tatuada en la gris tiza de su piel.
—Este es el cadáver de un Inquisidor capturado cuando cayó el Cabildo de Yama. Los Kitsunes quemaron los cuerpos de otros dos después del seísmo. Todos marcados con este mismo irezumi. El clan de la Serpiente. Sirvientes de la Diosa Izanami. Todos ellos, Tío.
—Un cadáver no hace una legión.
Clarke se agachó para coger la bolsa de arpillera, la volcó con una fioritura. Una cabeza cortada rodó por la alfombra, boca abajo y sonriente. Piel de un azul de medianoche, una serrada sonrisa propia de un espectáculo de fenómenos de feria, oxidados aretes de hierro colgaban de su ancha nariz plana y de sus orejas puntiagudas. Kensai había visto el mismo semblante en las máscaras faciales de cada Samurái de Hierro de las legiones de Shima. Un demonio de los infiernos más profundos.
—Onis… —susurró.
—Con el drama a bordo del Arrasador, no lo vería, pero este monstruo salió arrastrándose de las tierras baldías de los Kitsunes, junto con una docena de sus compañeros. A todos ellos los mató la puta Impura a quien tanto desprecia. Las grietas se abrieron cuando explotó la Primera Casa, la Mancha se está abriendo aún más. Solo los dioses saben lo que está saliendo ahora mismo de ese foso inmundo.
Kensai se quedó mirando la cabeza del demonio sin decir ni una palabra.
—Nos han criado y educado a partir de una mentira, Tío. Cada momento de su vida ha sido una mentira. La Pureza. El Gremio. La piel es fuerte, la carne es débil. Todo ello no era más que una artimaña para traer a Última de vuelta a Shima.
Kensai frunció el ceño, negó con la cabeza.
—Mi visión…
—¿El Lo Que Será? —suspiró Clarke—. No lo sé. Creo que sí se puede encontrar algún tipo de verdad en la Cámara del Humo. Creo que los que consiguieron ver el futuro lejano, los que vieron lo que ocurriría al final de todo esto… creo que ellos fueron los que se volvieron locos durante su Despertar. Los que la Inquisición hervía en las cubas antes de que pudieran hablar de lo que habían visto.
—Eso no puede ser…
—Usted la oyó, Tío. Sé que lo hizo. Shinji me lo contó todo. Cómo su eco resonaba dentro de cualquiera que llevara un mecábaco cuando se abrió la puerta de Yomi. Ella le cantó, ¿no es así? Y ahora, en el lugar donde solían estar los sueños de su Despertar, solo puede oírla a ella.
Horror en el corazón de Kensai. En sus ojos. Reflejado en los de Clarke.
—Usted nació en el seno de la mentira, Tío. —Los ojos de la chica eran implorantes—. No se puede culpar por haberla creído. Pero ahora tiene la oportunidad de corregir los abusos del Gremio. Ayúdeme.
—… ¿Que te ayude? —susurró Kensai.
—Arregle el Arrasador. Llévelo al sur para luchar contra las hordas de Yomi. Cierre la puerta que amenaza con engullir las Siete Islas y todo lo que hay en ellas.
Kensai se miró la mano abierta, las fijaciones de bayoneta en la muñeca, luego dirigió la vista hacia la cabeza cortada y sus ojos ciegos. En la parte de atrás del cráneo podía sentir ese ritmo poco armonioso, reptando por el lugar que solían ocupar sus sueños.
Unos labios fríos que le rozaban la piel.
Lo había sabido.
De algún modo siempre lo había sabido.
—Sal de aquí —susurró.
—Tío, ayúdeme. Ayúdese a usted mism…
—¡Sal de aquí! —Kensai se abalanzó hacia él desde la cama, por encima de las sábanas de seda, haciendo caso omiso del dolor.
Se cayó al suelo, con los dedos curvados como garras, la cara retorcida. Clarke le miró horrorizada, compasiva y Kensai chilló, aulló, una cosa de carne lamentable y huesos débiles, que anhelaba estar embutido dentro de una piel de frío metal. Insensible. Invisible.
Escondido detrás de una perfección de latón moldeado, una belleza que nunca se estropearía, independientemente de lo espantosa que fuera la carne de debajo.
—¡No me mires así! —gritó.
—Lo siento, Tío —murmuró Clarke—. Lo siento tanto.
Kensai se hizo un ovillo al son de las cada vez más lejanas pisadas de Clarke. Arañó la alfombra ensangrentada, no podía respirar, no podía ver, el suelo se desmoronaba bajo sus pies, dejándole caer, abajo y abajo y abajo, a una negrura bañada en la sangre de miles. Una fosa abierta en el útero del mundo, pariendo monstruosidades; una boca que se había tragado las enclenques verdades sobre las que había sido construida su realidad y le había dejado con una pregunta a la que no era capaz de encontrar respuesta:
—¿Quién soy?
¿RECUERDAS LAS PRIMERAS PALABRAS QUE HABLAMOS?
Estaban encaramados sobre los muros de Kitsunejō, rodeados por la manada de Tormenta Perpetua. Afortunadamente, la nieve había dejado de caer, medio palmo de copos tóxicos cubría la tierra y tapaba los cadáveres que sembraban las calles de Yama. Echo estaba en algún sitio de la biblioteca Kitsune, buscando escritos sobre Tora Takehiko y sus hazañas. Shai estaba sentada ahí cerca, observando a Lexa; agitaba la cola de un lado al otro como si estuviera irritada. La chica deslizó las manos por la armadura de Buruu, metió los dedos entre las placas en la unión entre cuello y espalda, el punto favorito de su amigo.
Por supuesto que lo recuerdo, hermano.
¿Y QUÉ DIJE?
Me preguntaste que quién era.
TÚ ME DIJISTE QUE ERAS LEXA.
Fue lo único que se me ocurrió. No creo que supiera la respuesta a esa pregunta por aquel entonces. No sabía quién era, ni en quién me convertiría.
¿Y AHORA LO SABES?
Sé que no sería nada sin ti, hermano. Sería cenizas y huesos.
¿QUIÉN SERÁS ENTONCES, CUANDO YO NO ESTÉ?
Lexa miró a Shai, que los observaba con los ambarinos ojos entrecerrados. Pensó en Tormenta Perpetua, en el pequeño puñado de plumas y garras que esperaba a Buruu, el hijo con el que había volado durante esa breve y bendita hora antes de volver a pelear en una guerra que él no había provocado. Lexa sabía que ese momento tenía que llegar, que él la dejaría un día, que volvería a la vida que había forjado, a la familia que había construido. Sabía que incluso si conseguían de algún modo vencer a Última, tendrían que decirse adiós.
Sé que no es justo pedirte que te quedes. Sé que tienes una manada que liderar. Una familia que criar. Y quiero que seas feliz. Pero, cuando vuelvas a Tormenta Perpetua… ¿sabes que eso me va a romper el corazón, verdad?
El tigre del trueno estudió el desolado paisaje que los rodeaba, un suspiro retumbó en su pecho.
EL TUYO TANTO COMO EL MÍO.
Pero tienes que irte.
NO HAY OTRO CAMINO.
Sé que es verdad. Pero no me pidas que no llore cuando te marches. Lo eres todo para mí, hermano. Eres mi sangre y mi corazón y te quiero con todo mi ser.
Y YO A TI.
Lexa pasó los brazos alrededor del cuello de su amigo, apoyó la mejilla contra el acero en el que estaba embutido. Esta cosa en la que ella le había convertido. Este arma. Y supo en el fondo del corazón que ya le había pedido bastante.
ENTONCES, ¿QUIÉN SERÁS CUANDO YO ME HAYA IDO?
Ella suspiró. Sacudió la cabeza.
No lo sé. ¿Una profesora? ¿Una líder? ¿Una madre? Habrá todavía tanto por…
NO. NO QUÉ.
El arashitora negó con la cabeza.
¿QUIÉN SERÁS?
—¡Lexa!
Una voz desde abajo atrajo su mirada hacia el patio. Vio a Ginjiro y a una docena de Samuráis de Hierro, un grupo de soldados empezaba a reunirse a su alrededor.
—¿General?
—¡Noticias del Último Islote! Los Tigres se están agrupando. Parece que se están preparando para un asalto. ¿Vendrás con nosotros?
ROAN.
Lexa se bajó las gafas para cubrirse los ojos, llamó por el Kenning. Gritos fieros desgarraron el aire, los machos jóvenes y las hembras contestaban a su llamada. Lexa desenvainó la katana, el acero doblado emitió un agudo chirrido contra el metal de su funda.
Con los ojos fijos en la hoja, Lexa hizo un gesto afirmativo hacia Ginjiro.
—Adelante. Nosotros les seguiremos.
Las tropas Kitsunes estaban estacionadas ante los dos puentes que provenían del Último Islote. Lexa y la manada de Tormenta Perpetua volaban por encima, girando en círculo y lanzándose en picado, una imagen de majestuosidad de la que los historiadores Kitsunes hablarían durante siglos. El día en que las señoras de las tormentas estuvieron en Yama. Las tropas Toras reunidas al otro lado del río, fila tras fila de soldados, abanderados, unos pocos Samuráis de Hierro con armaduras blanco hueso. Los estandartes del Tigre eran de un rojo brillante, el rojo de la sangre. La sangre derramada al repeler el asalto Tora. La sangre que los Kitsunes debían derramar de nuevo en fútil batalla contra sus primos, mientras que la verdadera amenaza seguía aumentando al sur. Esa idea bullía en las venas de Lexa, la mandíbula apretada mientras escuchaba a los comandantes de campo informar al General Ginjiro. Los Toras eran casi mil, pero los puentes les obligarían a cargar casi en fila india. Los lanzadores de shurikens Kitsunes los cortarían en pedazos como si fueran plantas de loto a medida que cruzaran. Daba la impresión de que los Tigres deseaban librar una última batalla suicida para darle cierta pátina de gloria a su ataque condenado al fracaso.
—Los Toras tienen pocas naves voladoras, General —dijo Lexa—. Su apoyo aéreo no durará ni un momento contra una manada de tigres del trueno. No arriesgue a sus hombres. Nosotros nos encargaremos de los Toras.
Las tropas del Tigre se abrieron como el agua, una comitiva de samuráis de la Élite Kazumitsu desfiló ruidosamente hasta el final del puente. Buruu gruñó, una larga y retumbante nota de odio que hizo rechinar su armadura. Lexa vio a Roan a la vanguardia, la piel pintada con cenizas. El nudo de su espada todavía estaba atado, sus hombres portaban la bandera blanca de tregua.
—¿Quién es? —preguntó Ginjiro.
—Tora Roan, Daimyo del zaibatsu del Tigre —escupió Lexa—. No hay ningún hombre en esta ciudad más merecedor de sufrir un final desagradable. Si nos disculpan un momento, iremos a infligírselo.
—Puede que sea una marioneta, pero sigue siendo un Daimyo. Obedeceré los mandados del Bushido. Escucharé sus palabras.
Ginjiro hizo un gesto afirmativo hacia su séquito, caminó hasta el extremo opuesto del puente, rodeado de Samuráis de Hierro por todos lados. Lexa avanzó a su lado, montada en Buruu, el aire que los rodeaba chisporroteaba cargado de electricidad estática. Miró a Roan a través de la desnuda franja de piedra cubierta de nieve, el viento entre ambos sonaba lastimero y hambriento.
—Kitsune Ginjiro —dijo Roan, cubriéndose el puño.
—Tora Roan. —El General hizo una reverencia—. Me agrada ponerle cara a su reputación.
—He oído rumores de que piensa marchar al sur para enfrentarse a las legiones de Yomi que manan de las ruinas de la Primera Casa.
—Oye muchas cosas desde su jaula, Roansan. Mis felicitaciones. Pero dice la verdad. Cuando usted y sus hombres no sean más que manchas sobre la piedra a mis pies, nos dirigiremos al sur para enfrentarnos al verdadero enemigo, aún asombrados por la locura de los Toras.
Roan echó un vistazo a Lexa, su cara era una máscara, tenía una mano sobre la empuñadura de su katana de sierra.
—Disculpas, General, pero no deseamos luchar contra los Kitsunes. Deseamos marchar a su lado.
Las garras de Buruu rompieron la piedra a sus pies hasta no dejar más que escombros; sus compañeros de manada que volaban en lo alto provocaron truenos con el batir de sus alas.
—Eres un maldito mentiroso, Roan —escupió Lexa—. Asesinaste a Raven, junto con otros mil guerreros Kitsunes. Y si no fuera por las hazañas de unos pocos valientes, la mayoría de los cuales están muertos ya, estarías brindando por la conquista de esta ciudad con las calaveras de los muertos.
—Lexa. —Roan la miró, esos peligrosos ojos verdes duros y fríos—. Por una vez, no se trata de ti y de mí.
Los truenos retumbaron por encima de sus cabezas, vientos con colmillos masticaron el golfo que los separaba. Lexa rechinó los dientes, cerró los puños. Tentada de simplemente introducirse en el Kenning y estrujar…
—Lo que dijiste en la Muerte… —Roan miró a su alrededor, a la desolación que había causado—. Tenías razón, Lexa. Vine a esta ciudad a morir. No pensé ni un instante en el después. Todo lo que quería era sentirme limpio otra vez. Pero estaba ciego. Todos nosotros, ciegos. Ciegos al mundo que construimos y a los monstruos a los que servimos. Y Ella viene, o eso hemos oído. La Madre de los Demonios, de la que se habla en El libro de los diez mil días. Y si el código que seguimos y las vidas que vivimos nos han traído hasta aquí, hasta este lugar, en el que los Infiernos mismos se han abierto, entonces ¿de qué ha servido todo ello? ¿El código? ¿Nuestras vidas?
—¿Quién te ha contado lo de Última? —preguntó Lexa—. ¿Que Ella viene?
—Fui yo.
Lexa se volvió, vio a Octavia salir de entre los soldados del Zorro, vestida de negro, con la piel pálida.
—Perdóname, hermana. Pero tú misma dijiste que tenemos que dejar el pasado a un lado. Somos más fuertes con los Toras que sin ellos. Y necesitaremos todas nuestras fuerzas en los días que se avecinan.
Roan asintió.
—En El libro de los diez mil días, la gente reza a los dioses para que los salven. Pero yo creo que debemos salvarnos nosotros mismos.
—¿Así que ahora ordenas a tus hombres que luchen a nuestro lado? —gruñó Lexa—. ¿Cuando hace poco hubieras estado encantado de masacrarnos?
—Yo no ordeno nada —dijo Roan—. A cada uno de los hombres que están conmigo se le ha dado la oportunidad de elegir. Y todos han elegido luchar. Como lo he elegido yo. Para el futuro de esta nación.
—Ayer no te importaba nada el futuro.
Sus ojos le traicionaron, una rápida miradita a la tripa de Lexa y luego de vuelta a su cara.
—Ayer, no tenía ningún interés en él.
Roan cruzó el puente hasta que estuvo cara a cara con Lexa y Buruu. Y allí, desenvainó su katana de sierra y, con obvia dificultad, sacó el brazo izquierdo del cabestrillo y se hizo un corte en la palma de la mano. Se la ofreció a Lexa, mientras la sangre salpicaba sobre la piedra en diminutas gotas humeantes.
Lexa parpadeó. Escudriñó la cara de Roan. Al final habló.
—No ha cambiado nada. Nada es diferente entre nosotros. Debes tenerlo claro.
—Lo sé. Pero sé que ellos crecerán en el mundo que yo ayude a crear. Incluso si nunca llegan a saber mi nombre, sabré que di todo lo que tengo para garantizar que el sol brille para ellos mañana. Esa es una causa por la que merece la pena luchar.
Se quedó ahí parada durante una eternidad. Vientos vacíos aullaban entre los dos. Kilómetros y vidas enteras. Y al final, sacó el cuchillo que le había regalado su padre y se rajó la palma, y estrechó la mano que Roan mantenía estirada hacia ella.
—Algo por lo que merece la pena luchar —dijo ella.
Roan echó un vistazo a la sangre que habían mezclado. Levantó la vista hacia los ojos de Lexa.
—Hasta el final.
Lo Que Será, Será.
Clarke estaba en la antecámara, escuchaba el lejano runrún de los motores y el silbido de los hornos de fundición, ese único pensamiento flotaba en la neblina que anegaba su cabeza. El cabildo a su alrededor parecía semiinconsciente, se oían los ecos de lejanas rutinas diarias, demasiado dispersos como para imitar la atmósfera bulliciosa y zumbona de la casa en la que había crecido. Los rebeldes habían retomado las tareas de reparación de la máquina la víspera por la tarde, una tripulación bajo mínimos remendaba los componentes bajo las órdenes de Shinji, planos de las entrañas del Arrasador habían sido dibujados a toda prisa y estaban esparcidos por los suelos y paredes. Shinji entró en la habitación, su nuevo traje atmos relucía bajo la luz mortecina. Vio a Clarke caminar arriba y abajo, abriendo y cerrando los puños sin cesar.
—¿Nerviosa?
Clarke encogió los hombros, no dijo nada. Sus quemaduras eran un dolor estrangulado bajo un resplandor opiáceo y el traje atmos parecía más pesado que ninguno que hubiera llevado jamás. Tenía la cabeza llena de terciopelo negro, ahogaba sus pensamientos al mismo tiempo que su dolor, sentía un sabor a flores muertas en la lengua.
—¿Estás bien? —le preguntó Shinji—. ¿Te está incómoda la piel nueva? Podemos…
—No, me está bastante bien.
Su voz sonaba con eco, como si viniera de algún sitio lejano.
Miró las filigranas grises de sus guanteletes y hombreras, los gélidos dedos de un déjà vu acariciaban su columna.
—Aunque desearía que hubieras encontrado algo menos ostentoso.
—Es el traje de un Kyodai. La mayoría de los que están reunidos ahí fuera no son más que simples Shateis. Tú eras Quinto Brote, hija de una familia distinguida. Tras la muerte del Primer Brote, buscarán el liderazgo entre los Hermanos Mayores.
—¿Me considerarán una hermana? ¿O la traidora que hizo caer al Arrasador?
—Fuiste tú quien los desenchufó de sus mecábacos, Clarke. Tú fuiste la que los liberó de esa canción de pesadilla. Si eso no te garantiza un poco de consideración, nada lo hará.
Clarke se mordisqueó el labio, tenía ganas de frotarse los ojos. Una pregunta rondaba por detrás de sus dientes, impropia, incluso peligrosa. Aunque había pasado por fuego y sangre con Shinji, aún no tenía muy claro si debía darle voz…
—¿Qué viste, Shinji? La noche de tu Despertar…
El chico ladeó la cabeza, respiraba despacio. Pasó un minuto, los espacios huecos entre una respiración y la siguiente cargados con el recuerdo que rondaba todos sus…
—Un lío —dijo al fin, encogiendo los hombros—. Un bebé hecho de hierro retorciéndose sobre la espalda. Un ruido informe. Campos verdes. Nada que tuviera mucho sentido. El Inquisidor que me guiaba parecía satisfecho, pero a mí me pareció decepcionante. Había oído que los Hombres del Gremio más capaces veían su Lo Que Será tan claro como el día en que Despertaron. Que revivían el momento más importante de sus vidas, una y otra y otra vez. Antes de que me abrieran los ojos a la hipocresía del Gremio, todo ello sonaba bastante glorioso.
—No lo es.
—¿Por qué lo preguntas, Clarkesan? ¿Qué viste tú?
—Este momento. Este lugar. Lo que espera al final de este pasillo. Estoy segura de ello.
—… ¿Este es tu Lo Que Será?
Clarke asintió.
—No quiero esto —suspiró—. Nunca lo he querido. Y ahora aquí estoy, al borde mismo, y no tengo ni idea de lo que voy a decir.
—Quizás deberías probar a decir la verdad. Los infiernos saben que sería bienvenida, para variar.
—¿Y por qué habrían de escucharme?
—¿Te escuchan en tus sueños?
Clarke no dijo nada, miraba fijamente las tracerías de negrura y calor detrás de sus párpados cerrados.
Shinji le dio unas palmaditas en el brazo.
—Vamos. Están esperando. Si este es tu Lo Que Será, no puedes escapar de él. Lo mejor es que lo mires directamente a los ojos mientras viene a por ti y que luego le des una patada en las pelotas.
Clarke aspiró una entrecortada bocanada de aire, hizo un gesto afirmativo, sentía náuseas. Los chicos salieron ruidosamente de la antecámara, bajaron por un pasillo de piedra amarillo pus, el soniquete de las máquinas retumbaba en los huesos de Clarke. Un sudor frío prendió fuegos en sus quemaduras, la piel le pesaba un quintal cuando salió al pescante. Chispas y fuego, gruñidos de hierro y destellos de latón. Estaban reunidos allí abajo, un océano de pieles, cada Hombre del Gremio que había servido en el Arrasador o en la flota Tora, cada rebelde que había sobrevivido a la insurrección de Yama. Más de un centenar, Artífices y Vidas Falsas y Hombres del Loto. Todos le miraban fijamente con sus caras sin cara, sus ojos ardían como cirios funerarios en la oscuridad. Misaki estaba en el pescante, sus patas de araña oscilaban como plumas mecidas por la brisa. Asintió en dirección a Clarke, bajó con Shinji, hasta el suelo de la sala de máquinas, dejándola sola ante ese mar de centelleantes miradas rojo sangre. El ambiente crepitaba de expectación, miedo, ira; despertó un sabor a ácido de batería en la punta de su lengua, empujó el contenido de su estómago hasta la parte de atrás de la garganta. Intentó que no se le notaran los temblores en la voz al hablar.
—Hermanos y hermanas del Gremio del Loto. El Hermano Shinji me ha pedido que diga la verdad aquí esta noche. Pero en vez de eso, creo que debería hablar de mentiras. La mentira en la que nacimos, la que nos enseñaron antes de que aprendiéramos a gatear. La mentira que nos tragamos y regurgitamos y perpetuamos cada día. Ciegos al sufrimiento de los demás tras ojos de cristal rojo. Protegidos de sus agonías por trajes mecánicos de latón. La mentira de que la piel es fuerte y la carne es débil.
Clarke le dio un pellizco al metal en el que iba embutido, las yemas de sus dedos repicaron contra el latón.
—Os reto a que miréis fuera de estas paredes y encontréis debilidad en los sin piel de esta ciudad. En los hombres que se mantuvieron firmes y orgullosos mientras las máquinas trituradoras cargaban contra sus filas, los que cayeron ardiendo del cielo mientras la flota Tora los hacía trizas, o los que sacrificaron sus vidas para ralentizar la marcha del Arrasador. Los que lloran a sus seres queridos, pero aun así continúan con sus preparativos para irse al sur y enfrentarse a la oscuridad que crece ahí por momentos. Mostradme la debilidad de esa carne. Mostradme la fuerza de los que llevaron a esta nación al borde de la destrucción.
Murmullos de inquietud flotaban por la oscuridad bajo sus pies, rebotaban contra las paredes de piedra.
—Nos han mentido. Nuestros líderes. La Inquisición. Los que querían ver el regreso de Última y querían acabar con este mundo. Pero más que eso, nos mentimos a nosotros mismos. Poniendo al Gremio por encima de las personas. La noción de Pureza por encima de la vida de niños inocentes. La cosecha de loto por encima de la sangre de los gaijins. Todos nosotros estamos manchados. No sé si conseguiremos limpiar esa mancha alguna vez. No sé si podrán perdonarnos alguna vez por todo lo que hemos hecho.
»Pero sé esto: sé que ahora tenemos la oportunidad de cambiar las cosas. De llevar al Arrasador al sur con los Kitsunes y los señores de las tormentas y enviar a esos demonios de vuelta a los infiernos. Se lo debemos a los sin piel. Pero aún más, nos lo debemos a nosotros mismos. Nos debemos a nosotros mismos la verdad: que no somos en absoluto mejores que cualquiera que esté fuera de estas paredes. Que el sufrimiento de Shima y de Morcheba es un sufrimiento que hemos causado nosotros. Que estábamos equivocados y que tenemos que ayudar a arreglar las cosas.
»Llevamos la misma sangre. Nos educaron para vernos los unos a los otros como hermanos y hermanas. Pero también somos familia de los hombres y mujeres al otro lado de estas paredes. Y os pido ahora, como hermana vuestra que soy, que me ayudéis. Que creáis que algo bueno puede salir de todo esto y que luchéis por que así sea.
Un silencio hueco llenó la sala de máquinas, solo se oía el gruñido de motores y bocas de metal. Al final, una voz solitaria resonó en la penumbra, su eco rebotó de un rincón a otro.
—¿Y tú pretendes dirigirnos? —gritó el Comandante Rei—. ¿Tú, que nos traicionaste?
—¡El Primer Brote está muerto! —gritó otro—. ¡Todo lo que conocemos está muerto!
Un murmullo se extendió entre la masa, ondas sobre latón fundido.
Shinji se volvió hacia la multitud, su voz se alzó por encima de los susurros.
—¿Quién querríais que os dirigiera? —gritó—. ¿Quién os salvó? ¿Quién tuvo ojos para ver la verdad y la fuerza de voluntad para defender lo que era correcto? ¿Quién hizo caer al Arrasador? ¿Quién os salvó de la locura? ¡Solo hay una y sabéis su nombre! —Shinji señaló hacia arriba—. ¡Clarkesan!
Las palabras se extendieron como el fuego sobre la yesca mojada: chisporroteando y humeando al principio, para convertirse en una brillante llamarada después. Los oyó llamarle por su nombre como siempre hacían. Como siempre habían hecho. Este trago que tenía delante, esta elección que había jurado nunca elegir. No quería eso, nunca lo había querido. Quería que ellos se pusieran de pie por sí solos, que hablaran con sus propias voces. Habían vivido tanto tiempo sin caras ni identidades propias, que no eran capaces de ver la libertad que tenían delante de las narices.
—¡Clarkesan! —gritaron—. ¡Clarkesan!
Miró hacia abajo por encima de la barandilla, el destino tomaba forma, la vida se desenmarañaba hebra a hebra.
Todo ello. Otra vez.
Y otra.
Y otra.
Cientos de ojos, rojos como la puesta del sol, le miraban con tanta adoración como podía reunir el cristal. Un mar de caras de latón, llegaban hasta los rincones más oscuros, suaves y sin facciones. Paredes de piedra, chorreaban por la humedad; la música de motores y pistones y engranajes se emborronaba hasta convertirse en un zumbido monótono, un ritmo de reloj roto que arraigó en la base de su cráneo y envió ramificaciones a clavarse en la parte de atrás de sus ojos. Como si estuviera recordando los pasos de un baile olvidado, abrió los brazos, separó los dedos, las luces de todos aquellos ojos centelleaban en los bordes de su piel. Miró la filigrana gris labrada sobre las yemas de sus dedos, en los puños de sus guanteletes, en los bordes de sus hombreras. Una piel de rango, de privilegio y autoridad. Todo lo que siempre le habían prometido, todo lo que temía había acabado por ocurrir. Era Verdad.
Esto era la Verdad.
Decían su nombre, los Shateis allí reunidos, con las manos en alto. E incluso mientras cogía aire para hablar, las palabras sonaron en su cabeza como una canción funeraria y sintió que lo poco que le quedaba del alma resbalaba fuera de su alcance y se escapaba hacia la oscuridad. La multitud a sus pies se quedó callada. Bajó la vista hacia las motas escarlatas que esperaban en la oscuridad, meciéndose y titilando como luciérnagas en una brisa de invierno. Su voz sonó como un grito feroz, hueca y metálica tras el latón que cubría sus labios.
—No me llaméis Clarke. Ese no es mi nombre.
Sintió sus labios curvarse en una sonrisa.
—Llamadme Primer Brote.
Un clamor estalló en la oscuridad, brotaba de labios de latón y pulmones de hierro, un espantoso rugido informe que le volvió el estómago del revés. Lo cortó con un movimiento de la mano, su voz se elevó por encima del silencio que cayó como un martillo. La sonrisa se hizo más amplia, se le aceleró el corazón mientras corría hacia la luz, hacia la vía de salida que tenía a la vista, la verdad definitiva que siempre había querido decir en aquella ensoñación. Abrió bruscamente los cierres de su casco, se lo quitó de un tirón y lo lanzó lejos. Sintió un sabor a chi viejo y a sangre en el aire, pesado como el hierro sobre su lengua. Podía oír las exclamaciones en lo bajo, el asombro al ver carne desnuda bajo la piel de un hermano.
—Soy el Primer Brote y esta es mi primera y última orden. —Pasó la vista por la multitud congregada a sus pies, su verdad cantaba por sus venas—. El Gremio del Loto está acabado. Disuelto. Para siempre. No más sellarnos a nosotros mismos dentro de trajes de latón. No más llenar el cielo de veneno, los ríos de alquitrán, la tierra de cenizas. Seremos parte de este mundo. No estaremos por encima de él. Ni fuera de él.
»No más Shateis. No más Brotes. No más Artífices ni Hombres del Loto ni Purificadores. Simplemente hermanos y hermanas. Huérfanos, todos. Unidos en un dolor efímero por la muerte de nuestro pasado y en la esperanza por el nacimiento de nuestro futuro.
La muchedumbre se había quedado inmóvil, petrificada, el aire crepitaba cargado de electricidad estática. Clarke bajó cojeando por la escalera de caracol, llegó hasta el suelo de la sala de máquinas. Se acercó a Shinji, Misaki estaba a su lado. Los miró a los dos, suplicante, el sudor le escocía por el borde de los ojos.
—Mi nombre sí es Clarke. Llamadme así, o hermana, o nada en absoluto.
Shinji miró a Misaki, abrió de repente los sellos que tenía en el cuello, el aire comprimido escapó con un suspiro agudo. Se arrancó el casco de la cabeza, lo tiró al suelo con estrépito. Y cogiendo la mano de Clarke, hizo un gesto afirmativo y le atrajo hacia sí para darle un fuerte abrazo.
—Mi nombre es Shinji —dijo—. Llámame así, o hermano, o nada en absoluto.
Misaki se estaba toqueteando la cara, arrancó la membrana que le cubría la cabeza, la luz de sus ojos murió envuelta en un pálido estallido de chispas. Se volvió hacia la multitud que la rodeaba, ofreció su mano a un Hombre del Loto que estaba a su lado, miró esa máscara sin facciones con una esperanza desesperada, conteniendo el aliento.
—Mi nombre es Misaki. Llámame así, o hermana, o nada en absoluto.
El Hombre del Loto se quedó clavado en el sitio, miraba a sus compañeros, a derecha e izquierda entre ese mar de caras sin rostro. Todos los fuelles se quedaron quietos, todos los corazones se detuvieron en todos los pechos, el tiempo mismo se ralentizó, avanzaba con tiento, de puntillas por miedo a todo aquello. El aire era humo y carbonilla, hierro y chi y sangre, zumbaba cargado de posibilidad. Y despacio, con pausa, el Hombre del Loto abrió los sellos de su cuello y se quitó el casco con ambas manos. La carne que había debajo era de mediana edad, ajada por el tiempo, el canoso pelo ralo rapado hasta no ser más que una sombra sobre su cabeza. Sus ojos estaban agazapados en unas cuencas grises, anegados en lágrimas.
—He llevado el nombre de mi padre durante treinta años —dijo—. He servido al Gremio durante más tiempo todavía. Es todo lo que he conocido. Que la piel es fuerte y la carne es débil.
Bajó la vista hacia su mano abierta, cómodamente instalada en cuero y latón. Y mientras la sala entera le miraba en silencio, el hombre tomó la mano de Misaki, con una sonrisa temblorosa dibujada en la cara.
—Pero nací Shoujou. Llámame así, o hermano, o nada en absoluto.
Al principio creyó que estaba dormida.
Tumbada en la cama, con la cabeza ligeramente caída a un lado.
Clarke había vuelto del cabildo, tan animada por la euforia que ni siquiera el creciente dolor de sus quemaduras y del agujero en su muslo pudieron ralentizar su paso. En su cabeza aún resonaban mil nombres, caras desenmascaradas, la esperanza y el temor que ardía en sus ojos. Había dejado a Shinji a cargo de la supervisión de los trabajos en el Arrasador y había vuelto al ala de invitados de Kitsunejō. Preparado para suplicar. Para discutir. Para gritar si hiciera falta.
—Tío —dijo—. Despierte.
Entró en la habitación, se sentó a su lado en la cama. Fue entonces cuando se percató de la leve mancha que se filtraba poco a poco a través de las sábanas. Las retiró de un tirón para encontrarse con las muñecas rajadas de Kensai, un cuchillo ensangrentado, el colchón empapado de líquido escarlata.
—¡Tío!
Clarke le agarró las muñecas rajadas, llamó a los guardias a gritos, con las manos llenas de sangre. Llegaron soldados, maldiciendo, empujaron a Clarke a un lado e intentaron detener el inexistente flujo. Clarke se refugió en un rincón, miraba atónita el rojo que le cubría las palmas de las manos, pestañeó en silencio mientras los guardias aporreaban el pecho de Kensai, intentando resucitar al difunto Segundo Brote.
—Llegan demasiado tarde —dijo Clarke, sacudiendo la cabeza. Los ojos llenos de lágrimas—. Demasiado tarde.
