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EL DESPIADADO HORIZONTE

Las naves voladoras remontaron el vuelo a través de una cortina de nieve negra, estelas de gases tóxicos enturbiaron los cielos por encima de una ciudad prácticamente reducida a una catacumba. Emblemas del Gremio del Loto, del Zorro y del Tigre, a los que se unían ahora los restos de la flota Fénix; los tres zaibatsus que aún quedaban en el Imperio de Shima, aliados en un último y desesperado envite. Un buque del clan Dragón entre todos ellos, su capitán recorría las cubiertas con las manos manchadas de tinta, una promesa a una chica muerta, fresca sobre los labios. Filas de tropas, la luz de un asfixiado amanecer reflejado sobre hierro lacado y acero doblado. Ruidosas máquinas trituradoras se alzaban imponentes por encima de la infantería, humeantes y cubiertas de cicatrices, sus patas aporreaban el suelo con un ritmo de tambores de guerra mientras el ejército shimano salía por las puertas de Yama. Los cielos alrededor de la flota estaban llenos de garras y plumas y ruidosos truenos, la manada de arashitoras zigzagueaba entre los acorzados y las corbetas. Negros y blancos, machos y hembras, elegantes y preciosos. Tres señores de las tormentas iban a la cabeza: Lexa sobre Buruu, con la katana en la mano, vestida con ropa negra y frío hierro; Echo a lomos de Kaiah, desgreñados mechones rubios enredados alrededor de su ojo, una katana de sierra a la cintura y una plegaria en el corazón; y Murphy el último de todos, agarrado a Shai como se agarra una rata a la deriva a un madero flotante, negándose a mirar hacia abajo. Y detrás de todos ellos, avanzaba pesadamente el Arrasador, con la gracia de un borracho descabezado. Sacudía el suelo a cada paso que daba, hacía añicos las losas de piedra bajo sus pies, las carcasas de las viviendas devastadas por el fuego caían convertidas en escombros a su alrededor. El Goliat estaba mellado y chamuscado, sus motores daban tirones y renqueaban. Pero aun así, seguía avanzando, solo la fuerza de voluntad y el convencimiento lo mantenían de una pieza, por sus entrañas pululaban hombres y mujeres que ahora se llamaban por sus nombres verdaderos. Una mujer joven estaba sentado en el arnés del piloto, dentro de una piel de metal que no sentía para nada como suya, con la mente enturbiada por el dolor y la falta del mismo, miraba al exterior a través de las agrietadas claraboyas de los ojos del Arrasador.

Al sur.

A la creciente negrura.

Al despiadado horizonte.

DUUMDUUMDUUMDUUM.

DUUMDUUMDUUMDUUM.

Al otro lado del río, esperaba un ejército. Doce estandartes ondeaban en el gélido viento negro, recubiertos de escarcha. Doce casas reunidas en las llanuras Kitsunes, lúgubres y orgullosas. Leales a la Diosa, niños de una guerra que ya duraba décadas, con orden de llevar a cabo una sangrienta venganza, envueltos en pieles de lobos y osos. Fantasmagórica piel pálida y ojos azul cobalto, llenos de cicatrices y manchados por las lluvias negras.

Miraban al sur.

La Señora de las Tormentas ordenó detenerse al pie del recién reparado puente sobre el Amatsu, su ejército expectante ante las espaldas de los gaijins. Lexa no se atrevía a albergar esperanzas.

Pero aun así rezó.

Murphy oyó el eco de la voz de Lexa dentro de la cabeza, sintió su fuerza reverberando en el Kenning, el calor detrás de sus ojos y creciendo en su tripa. La chica se estiró hacia las mentes de los otros, Echo y Kaiah y Sukaa y Shai y Buruu; tendió un puente entre todos ellos, un eje a través del cual podrían hablar y sentir y saber. Murphy hizo una mueca cuando percibió los pensamientos de los demás tigres del trueno, la llameante psique de la propia Lexa, un dolor de cabeza incrustó los dedos en la base de su cráneo. Se pasó una mano por la nariz, la retiró con los nudillos manchados de sangre.

—Estad preparados para cualquier cosa. Ya hemos sufrido mucho por confiar en los gaijins en el pasado.

Buruu gruñó a través del enrejado de pensamientos.

SI SU PLAN ES TRAICIONERO, SE ARREPENTIRÁN DE HABERLO URDIDO.

Puedo ver a Tío Aleksandar, confirmó Echo. Pero no a la Hermana Katya.

Kaiah gruñó, con los ojos entornados.

¿TRAICIONARÍAN? ¿DESPUÉS DE QUE LES DEVOLVIÉRAMOS A SUS HERIDOS?…

—No lo sé —contestó Lexa—. Pero hay que esperarse cualquier cosa.

Murphy sorbió por la nariz, lanzó un escupitajo de flemas y sangre por encima del ala de Shai.

Parece sensato que Lexa y Buruu se queden aquí arriba, fuera de cualquier peligro. Echo y yo podemos ir a hablar con ellos. Tengo cierto interés en ir a conocer a ese Tío mío.

—No Murphy, vamos junt…

ESTOY DE ACUERDO.

Shai gruñó por encima del eco de la interrupción de Buruu que se perdía tras de ellos.

*YO TAMBIÉN.*

Murphy sonrió a Lexa a través de los cielos llenos de nieve, inclinó hacia ella el ala de un sombrero imaginario.

No tiene ningún sentido que nos arriesguemos todos, Chica de las Tormentas. Si las cosas se tuercen, será mejor que el as que guardamos en la manga para el agujero de Última se quede fuera del alcance de las flechas. Volveremos pronto.

Lexa se tragó su contestación mientras Echo y Murphy se alejaban volando, bajaron dando vueltas en una suave espiral hacia la horda allí reunida. Los morchebanos habían despejado una amplia zona en torno a su comandante, que estaba de pie, orgulloso, envuelto en su negra piel de lobo, con la vista fija en el horizonte del sur. Echó un vistazo hacia atrás solo cuando Kaiah y Shai aterrizaron. Murphy se bajó de un salto de la tigresa del trueno, desesperado por volver a poner los pies sobre suelo firme. Echo se deslizó de Kaiah a su lado, se quedó bien cerca de él, sus manos se tocaban.

El Kapitán miró a ambos melancólico.

—Tú debes de ser mi sobrino. Murphy.

El chico se pasó una mano por la pálida pelusilla de su barbilla, miró al gran gaijin de arriba abajo.

—Tú debes de ser el tipo al que nunca había visto antes.

—Te pareces a tu madre. —Aleksandar sonrió—. Tienes algo de su fuego, también.

—¿Qué estáis haciendo aquí, Tío? —preguntó Echo—. ¿Pensáis luchar contra nosotros? ¿O atacar Yama una vez que nos hayamos ido al sur?

—La estrategia de los morchebanos y los shimanos puede que sea muy diferente. Pero en una cosa somos muy parecidos: rara vez iniciamos nuestros ataques mirando en la dirección equivocada.

—Estáis mirando hacia el sur —afirmó Murphy.

—Entonces el sur debe ser la dirección correcta.

Echo miró a las tropas ahí reunidas, los hombres y los no tan hombres de caras adustas, las Hermanas Misericordiosas con sus sierras de hueso y martillos ganchudos, los Sangre Santa echando espumarajos por la boca. Banderas de todas las Casas ondeaban al viento, pero no vio ninguna bandera de la Imperatritsa, no vio doce estrellas representando la unidad de la Paz Ostrovska.

—¿Dónde está la bandera de vuestra Emperatriz, Tío? ¿Dónde está la Hermana Katya?

—Allí arriba, en la colina. Ella no vendrá con nosotros. Tendremos que adivinar las idas y venidas de la tormenta por nuestros propios medios y rezar para que la Diosa nos encuentre sin la Hermana para indicarle el camino.

Echo se quedó callada, miraba al Kapitán con un ojo muy abierto y cargado de esperanza.

—Sabemos poco de vuestros dioses. Si un destino funesto se avecina por el horizonte, no podemos verlo. Así que ayer por la noche le propuse a los soldados de mi Casa que nos dirigiéramos al sur, junto con cualquiera que quisiera venir, para una expedición de reconocimiento. Que nos devolvierais a los heridos hizo mucho por ganaros los corazones de los Kapitanes de las otras Casas, así que se unieron a nuestra marcha. Solo para ver qué podemos averiguar, por supuesto.

La sonrisa torcida de Aleksandar agrietó la escarcha que le cubría la barba.

—No nos podemos aliar con las fuerzas shimanas, eso violaría las órdenes de nuestra Imperatritsa. Pero… si la fuerzas shimanas marchan por casualidad en la misma dirección, estoy seguro de que la carretera es lo bastante ancha como para llevarnos a todos.

A Echo se le llenó el ojo de lágrimas.

—Gracias, Tío.

—Cuando todo esto esté dicho y hecho, os llevaré de vuelta a Morcheba. Os enseñaré la Cordillera del Diente de Dios. Y el Hielo Interminable. Las Fauces y el Torreón del Ciervo de la Luna. La familia que nunca habéis conocido. —Miró a Echo—. La Casa que naciste para gobernar.

—Pero mi ojo —dijo ella—. La Diosa…

—Puede que no seas Zryachniye. Pero la Diosa aún fluye por tus venas. También fluirá por las de tus hijas.

Murphy observó al hombre atentamente, con los ojos escondidos detrás de las gafas. Se cubrió los labios con una bufanda, su peto estaba tan frío que le quemaba la piel.

—Confieso que pensar en mi hermana pequeña sentada a la cabecera de la mesa me produce un sentimiento confuso y cálido en el pecho. Pero estamos poniendo al porteador delante de la calesa, quizás.

—Es verdad. —El Kapitán se volvió hacia el horizonte—. Primero vamos al sur. Hacia la sangre y la victoria.

Echo pasó un brazo alrededor del cuello de Kaiah, apretó fuerte.

—Sangre y victoria.

La arashitora ronroneó, movió la cola de un lado a otro. Murphy miró a Shai, a los cielos en lo alto, al mar de pálidas caras que le rodeaba por todos lados. Suspiró.

—Lo primero está garantizado.

Días y días y días.

Marcharon hacia el sur, hacia el creciente frío, los vientos desgarradores, el pelo cubierto de nieve negra. Cenizas en la boca, una película grasienta sobre la piel, cargada de hedor a pelo quemado y corrosión y gases de escape de las chimeneas del Arrasador. Un millar de moscas carroñeras pululaban entre las naves, entre los hombres, se arremolinaban alrededor de sus ojos o en las comisuras de sus bocas. Nubes de tormenta crecían amenazadoras en lo alto, como el tsunami que había anunciado la llegada de las ancestrales sierpes a la Bahía de los Dragones.

Lexa podía sentirlos si lo intentaba, si salía de detrás de su muro interior y se metía en el fuego que este ocultaba. Pero la Canción Vital sonaba ahora con menos fuerza, silenciada por la negrura que brotaba al sur, un frío glacial se le metía en los huesos si la miraba durante demasiado tiempo. Los dragones ancestrales nadaban en círculo por el mar del norte, rodeados por un enjambre de crías. Pero ni ellos ni toda su prole podían ayudarla ahora, lo sabía. Así que le dio un beso a cada uno y los envió de vuelta a su casa, de vuelta a Tormenta Perpetua, su agradecimiento se oyó en la mente de todos ellos. Esta batalla no la ganarían leviatanes procedentes del amanecer de los tiempos. La ganarían hombres y mujeres y un puñado de tigres del trueno, un gigante cojo y el sueño de un futuro por nacer.

Suponiendo que la ganaran, en primer lugar.

Siguieron su camino. El aire tronaba con los pasos del Arrasador, la tormenta en lo alto, las alas de los arashitoras. Los enjambres de moscas eran cada vez más tupidos, igual que el hedor a osarios y flores muertas y alcantarillas abiertas. Lexa y Buruu pasaban gran parte de su tiempo en la Kurea, de pie a proa con el viento azotándoles la cara. No intercambiaron demasiadas palabras en los primeros días. La sombra de lo que los aguardaba, lo que tenía que hacerse flotaba entre ellos como una fisura a través de la Mancha. Pero Lexa se apretaba contra él a pesar de todo, simplemente compartían el calor el uno del otro, el consuelo de la mutua compañía. No importaba que vinieran las legiones de Última. No importaba que un millar de onis se interpusiera entre ellos y la victoria. Nada de eso importaba en ese momento previo a la inmersión.

Te quiero, hermano.

Y YO A TI.

Lexa suspiró, se chupó los labios cortados. Al sur, podía ver la neblina oscurecerse hasta el gris barroso. Si guiñaba los ojos, podía ver formas nadando en la lejana negrura. Si se deslizaba lo bastante lejos en el Kenning, podía oír esa espantosa canción.

Lexa acarició la mejilla de Buruu, pasó la mano por la armadura que le protegía el cuello.

Tienes un aspecto imponente con esta armadura. Un retrato que pasará a la posteridad.

NO ME IMPORTA ESO. YO NO SOY COMO KAIAH.

Lexa apartó la mano, la dejó caer a un lado.

No hemos hablado… de lo que pensamos hacer…

CREÍA QUE YA LO HABÍAS DECIDIDO. VOLARÁS A TRAVÉS DE LA PUERTA DEL INFIERNO, COMO HIZO TORA TAKEHIKO ANTES DE TI. A PESAR DEL HECHO DE QUE EN LAS LEYENDAS, ÉL MURIÓ. Y AUNQUE NO TIENES NI IDEA DE CÓMO LO HARÁS, CERRARÁS LA PUERTA Y LA SELLARÁS.

Tengo que intentarlo, Buruu.

¿Y TE VAN A SALIR ALAS? ¿O QUIZÁS VAS A DIRIGIR UNA DE ESTAS TORPES NAVES A TRAVÉS DE LOS ENJAMBRES DE ENGENDROS VOLADORES DE YOMI?

Obviamente necesito a un arashitora para que me lleve volando hasta ahí. Pero no tienes que ser tú.

¿AH NO?

Buruu, Tora Takehiko murió cuando cerró la Puerta del Infierno. Quienquiera que entre ahí… no estoy segura de que vaya a volver vivo…

¿Y QUÉ QUIERES, QUE MANDE A UNO DE MIS COMPAŃEROS DE MANADA EN MI LUGAR? NO LE PUEDES PEDIR A MURPHY O A ECHO QUE OCUPEN TU PUESTO, PERO ME PEDIRÍAS A MÍ QUE…

No. Yo solo…

Lexa suspiró, miró a Sukaa que volaba por el costado de estribor. El tigre del trueno no había querido ponerse la armadura que los herreros Kitsunes habían fabricado para él; eso le hacía más rápido, más maniobrable, un cuchillo negro que hacía trizas el aire. Shai volaba en amplios círculos alrededor de la flota, elegante y sin esfuerzo; pasaba a toda velocidad por delante de la Kurea cada pocos minutos, Murphy agarrado a sus hombros como un chiquillo aterrorizado. Lexa hubiera jurado que podía sentir unos vagos celos en la mente de la hembra, una desconfianza, quizás incluso ira. Pero a pesar de eso, la chica no podía evitar asombrarse cada vez que la veía.

Es preciosa, Buruu.

El Khan se volvió para observar a su compañera, que subía en vertical y volaba por encima de la lona inflable de la Muerte Honorable. Lexa podía sentir la sonrisa de su amigo en su mente.

LO ES.

Tienes una familia. Shima es mi hogar. Pero tú tienes tu propio hogar ahora.

NO HAGO ESTO POR SHIMA. NO LO HAGO PARA SER RECORDADO EN CANCIONES, NI POR UN FUTURO O UN IDEAL, NI SIQUIERA PORQUE SEA LO CORRECTO.

Se giró para mirarla y ella pudo ver su propio reflejo en la insondable negrura de las pupilas de Buruu, enmarcadas por círculos de oro fundido.

LO HAGO POR TI.

Lexa lo abrazó, envuelta en el calor que irradiaba su cuerpo y su mente. El hogar, el hermano, la vida que había perdido. Todo ello, lo había encontrado dentro de él. Este alma cosida a la suya, tan profundamente entrelazada que ya no era capaz de distinguir dónde terminaba ella y dónde comenzaba él. Parte de ella siempre.

Por y para siempre.

No sé lo que encontraremos en la puerta del infierno. No sé cómo se supone que la cerraremos. Pero no importa lo que pueda pasar, lo que pueda venir, nos enfrentaremos a ello juntos.

JUNTOS.

¿Lo prometes?

LO PROMETO. JUNTOS.

Buruu clavó los ojos en el sur, negro reflejado sobre negro, la oscuridad le devolvió la mirada.

HASTA EL FINAL.

Siguieron marchando durante las horas diurnas, la luz de la Diosa Amaterasu iba muriendo a medida que se desplazaban más al sur. Las cenizas caían con más intensidad, turbulentas cascadas cubrían todo y a todos de gris. Las moscas eran legión, arremolinadas sobre la espalda de todos los soldados, tan espesas sobre los pañuelos que les cubrían la boca que parecía que cada hombre se había dejado crecer la barba de un día para otro. Cuando caía la noche, junto con la temperatura, las moscas afortunadamente huían, y las tropas acampaban, reunidas en torno a voraces fuegos, escuchando la oscuridad. Podían oír cosas moverse más allá de los focos de la flota, un galimatías informe y un entrecortado ritmo de relojería, fragmentos de una lengua oscura que ningún hombre podía entender. Algunos juraban que oían voces de personas que sabían que estaban muertas, les pedían que se separaran de la luz del fuego y se adentraran en la oscuridad. Para mantener el mal a raya, los gaijins hacían en sus frentes el símbolo de su Diosa: un círculo pintado con sangre en medio de cada frente. Los shimanos quemaban ofrendas en nombre del Dios Izanagi, le suplicaban que detuviera la mano de su esposa en la batalla por venir. Rezos y súplicas y lúgubres promesas.

Solo palabras en medio de aquella negrura gélida.

El sol salía cada mañana, cada amanecer más desvaído que el anterior, y descubrían que habían desaparecido más de los suyos, aparentemente volatilizados durante la noche. Todos tenían los nervios a flor de piel bajo el zumbido de las moscas comedoras de cadáveres. La moral se iba deshilachando hebra a hebra. Los líderes de aquel heterogéneo grupo se reunieron en la Kurea: Ginjiro en representación de los Kitsunes, Roan por los Toras, Misaki por los rebeldes, Octavia por los Kagés, Aleksandar por los morchebanos, el Khan en nombre de los arashitoras, y los señores de las tormentas en persona. Decidieron que seguirían avanzando toda la noche para llegar a la Mancha a media mañana y así luchar con la escasa ventaja que pudiera proporcionarles la luz del sol.

Todas las caras estaban cubiertas de cenizas, todas las manos tiritaban a causa del gélido frío que les helaba hasta el tuétano.

Lexa los miró a todos, uno a uno, incluso al Daimyo del clan del Tigre, que la observaba con sus ojos verde mar. Les deseó suerte, les rogó que recordaran para qué luchaban. Cuando concluyó la reunión y los miembros se fueron alejando, Roan cruzó la mirada con Lexa, abrió la boca como si quisiera hablar. Se quedó ahí quieto, mirando a la chica que le devolvía la mirada, el espacio entre ambos lleno de moscas.

—Querría…

Se le quebró la voz y se miró el brazo mecánico, la mano de hierro se abría y cerraba casi sin querer. Volvió a mirarla a los ojos, la lengua incrustada en el velo del paladar.

Encogió los hombros impotente.

El hielo de la mirada de Lexa se rompió. Solo una pequeña grieta. Solo una lasca.

—Lo sabrán —le dijo—. Es todo lo que te puedo dar. Pero lo sabrán, Roan.

Le dejó ahí de pie en la nieve, mirándose la mano.

Los dedos se cerraban uno a uno.

Los guerreros estaban reunidos bajo el resplandor de los focos, morchebanos y shimanos lado a lado, un ejército como aquel no lo había visto la isla jamás. Lexa salió volando de la Kurea montada en Buruu, rodeada por arashitoras negros y blancos, todos ellos manchados de gris. Bajaron en espiral hacia la tierra congelada, el frío glacial se le metió hasta el mismo tuétano. Se apeó de lomos de Buruu, contempló a la multitud que los rodeaba, las miles de miradas expectantes.

La chica era una cosa diminuta entre tanto guerrero: extremidades finas, cubierta de tela negra y cicatrices, su pelo suelto ondeaba entre la ceniza que caía, como dedos de humo pintando las líneas de su rostro. Los hombres podían ver el ligero abultamiento de su tripa, la nueva vida que crecía entre aquel océano de moscas. A algunos les dio ánimos, pensaron que si una madre metía a sus hijos en la batalla por venir, debía haber alguna opción de victoria. A otros se les cayó el alma a los pies, pensaron que si la chica arriesgaba a sus hijos nonatos en ese gambito, la situación de todos ellos debía ser más desesperada de lo que nadie imaginaba.

Lexa pensó en el día en que habían dejado Kigen por orden de Wells, hacía apenas seis meses… Dios, parecían mil años.

Gustus y Anya y su padre junto a ella, amigos y familia, todos ellos seres queridos. Todos ellos muertos ahora.

Recordó a Raven trenzándole el pelo delante del espejo, hablando en fieros susurros sobre la fuerza de voluntad que requería nadar a contra corriente.

La mortífera belleza de Gaia y su aún más mortífera mente.

Daichi… Dios, pobre Daichi, su sabiduría y su ira y su rectitud en perfecto equilibrio, él había sido su sensei en sus horas más oscuras.

Tanta muerte.

TODO MUERE, LEXA.

¿Pero tan pronto? ¿Tan jóvenes? Algunas de estas personas no son lo bastante mayores como para haber vivido siquiera. Y al final de esta historia, todos podrían estar muertos.

TODAS LAS HISTORIAS TIENEN UN FINAL. TODAS LAS CANCIONES ACABAN. TODOS TENEMOS NUESTRO ÚNICO Y FRÁGIL MOMENTO AL SOL, LUEGO DORMIMOS PARA SIEMPRE JAMÁS. PERO LA MAYORÍA PASAN ESE MOMENTO DE CALIDEZ EN MUDA DESESPERACIÓN, SIN SABER NUNCA LO QUE ES VIVIR UNA VIDA EXTRAORDINARIA. SIN SABER NUNCA CUÁNDO SU SANGRE FUE FUEGO Y SUS CORAZONES CANTABAN, UN MOMENTO QUE PODRÍAN RECORDAR Y DECIR SIN FALTAR A LA VERDAD «ENTONCES, AUNQUE NUNCA MÁS, ESTUVE VIVO».

Buruu sonrió en la mente de Lexa y la sangre de ella se convirtió en fuego en sus venas.

HABLA DESDE EL CORAZÓN. ELLOS VERÁN LA VERDAD QUE HAY EN TUS PALABRAS.

Lexa respiró hondo, miraba la negrura de detrás de sus ojos.

Podía sentir el calor de Buruu, incluso aquí en el frío vientre del invierno, en las profundidades más oscuras de la noche. La roca sobre la que apoyaba la espalda. La montaña que nunca se derrumbaba. Y alzó la voz y empezó a hablar.

—No soy una heroína —dijo.

Miró las caras de los que la rodeaban, expectantes, pálidas como las cenizas. Oyó la voz de Aleksandar entre el viento, traduciendo sus palabras para sus compatriotas. Allá afuera en la oscuridad, más allá de las luces de las naves, un galimatías de voces susurraba en idiomas demasiado negros para que los hombres los comprendieran. Levantó la voz por encima de ellas, por encima de la tormenta en lo alto, los sonoros truenos y los relámpagos crepitantes.

—Sé que queréis que lo sea. Creéis que lo soy. Pero no lo soy. Una heroína os diría grandes palabras ahora. Palabras verdaderas. Palabras apasionadas. Palabras que perdurarían eternamente, mucho después de que todo lo que hay en nosotros se volviera cenizas. Una heroína tendría palabras que convertirían los brazos con los que blandís las espadas en acero y vuestros corazones en hierro, coronaría vuestros hombros con alas. Y marcharíais hacia el enemigo con la canción de esas palabras en vuestras almas.

Lexa negó con la cabeza.

—Pero no soy una heroína.

»Soy exactamente igual a todos vosotros. Estoy igual de perdida. Soy pequeña y estoy asustada y me pregunto si algo de lo que haré aquí supondrá la más mínima diferencia. Si merece la pena intentarlo siquiera. Me pregunto si cualquier victoria merece el precio que ya hemos pagado. He perdido a tantos seres queridos, tanto de lo que era o de quién era. Miro al cielo y no puedo ver el sol. Me miro al espejo y no consigo verme a mí misma.

Paseó la vista por la multitud, todos los ojos estaban fijos en ella.

—Pero miro a mi alrededor. Y os veo a todos vosotros. Justo iguales a mí. Igual de pequeños y de perdidos. Pero cuando estamos lado a lado, somos el doble de grandes. El doble de valientes. El doble de ruidosos. Mirad a vuestro alrededor ahora y daos cuenta de que no somos solo dos, sino miles. Miles de voces. Miles de puños y mentes y sueños, todos nosotros juntos, en este momento. Porque creemos.

»Podemos prender un fuego para ver a través de esta oscuridad. Podemos gritar lo bastante alto como para ser oídos por encima de esta tormenta. Podemos decir «no». Podemos decir «basta». Y de la mano, más fuertes de lo que jamás podríamos ser en solitario, podemos cambiar la forma de este mundo. Todos nosotros. Juntos.

Lexa se metió entre la gente, los soldados se apartaban para dejarla pasar, todos los corazones se detuvieron, todos contuvieron la respiración. Cogió la mano de un bushiman Kitsune, un chico joven, apenas un par de años mayor que ella, su cara impregnada de cenizas arrebolada por el asombro. Con la otra mano, agarró el guantelete de un martillero gaijin, una montaña de músculos y cicatrices y rubio pelo trenzado. Apretó fuerte ambas manos, miró a cada uno de los hombres a los ojos, su voz sonó tan fiera como el rugido de un tigre del trueno.

—Todos nosotros. —Miró de uno a otro—. Juntos.

—Juntos.

Se extendió como una onda por aguas remansadas, como una llama por los secos restos de un verano sin brisa. Una mano cogió otra, y otra, y otra, cada hombre y cada mujer agarró la mano que tenía a su lado. En las cubiertas de las naves voladoras, en el Arrasador, todas las manos encontraron otra y la apretaron fuerte, hallaron fuerzas en esa presión fraternal. Silenció los susurros provenientes de la oscuridad, las negras voces quedaron amortiguadas bajo la promesa, el rezo, el himno, repetido entre sonrisas apasionadas y caras radiantes. Una y otra vez.

—Juntos.

Allá arriba, en la Kurea, el Mirlo cerró los ojos, se grabó a fuego la imagen en el ojo de su mente, un cuadro para ser repintado con tinta negra sobre pergaminos de papel de arroz, testimonio de una noche que a buen seguro perduraría en los corazones y las mentes de la gente durante miles de años.

—Por el aliento del Hacedor. —Un suspiro pensativo—. Y dice que no es una heroína…