51

ÚLTIMA

El amanecer se aproximó como un ladrón, nada más que un resplandor mortecino para anunciar su llegada. El ejército avanzó a través de una capa de nieve y cenizas que les llegaba hasta las rodillas, acosados por enjambres de esas malditas moscas carroñeras. El suelo temblaba bajo la legión de máquinas trituradoras, el Arrasador caminaba pesadamente tras ellas, el verdadero horror de lo que los esperaba iba cobrando forma en la penumbra ante los espantados ojos de Lexa. Donde una vez se extendía la Mancha, no había ahora más que un agujero insondable, agrietado por los bordes como las llagas de la boca de un mendigo. Y en los márgenes, una densa neblina de varios centenares de metros envolvía la sima en una mortaja con hedor a flores muertas y pelo quemado. Se dio cuenta de que sus ojos se negaban a mirar el foso, su dolor de cabeza se avivaba, el frío glacial le atenazaba los huesos. El aire era un mar de espadas heladas, tan frías que se le congelaban las lágrimas sobre las pestañas, le crujía el pelo cada vez que giraba la cabeza. Un espantoso temor arraigó en su interior, el calor de su tripa disminuyó hasta no ser más que un reflujo mortecino. Puso la mano sobre ella, palpó por el Kenning en busca de sus hijos. El calor de la Canción Vital detrás de su muro interior sonaba apagada, una desvaída tormenta huraña en vez del infierno al que ya se había acostumbrado. Estiró su mente, sintió los débiles pulsos de todos los que la rodeaban, chispas familiares muriendo entre los dientes del invierno. Los tigres del trueno aún ardían con la suficiente fuerza como para establecer una conexión, acarició cada una de sus mentes con la suya, instándolos a ser fuertes. Pero los soldados estaban demasiado silenciados y apagados como para agarrarse a ellos. Fuese cual fuese la fuerza que las vidas en su interior le habían proporcionado, había desaparecido, negada por el horrible frío que emanaba de aquella herida en el mundo.

Y luego, por supuesto, estaban esas cosas que habían nacido de ella.

Una legión de horrores alineados al borde de la puerta del infierno, niños malformados agarrados al kimono de su madre muerta. Pero por todos los dioses, ¡vaya niños! Formas de pesadilla, cientos y cientos, arrastrados chillando de las profundidades del subconsciente a esa luz estrangulada. Parpadeaban estupefactos, fijaban sus miradas vidriosas en los humanos que se aproximaban a ellos a través de las tierras muertas, rebosantes de odio. Los más pequeños eran los onis que conocía: monstruosidades humanoides de piel azulada. Algunos no más grandes que niños humanos, las calaveras que llevaban puestas cubiertas todavía de trozos de carne fresca y piel y pelo, con las bocas abiertas y gritando en silencio. Los más grandes medían casi cuatro metros, llevaban mazas de guerra gruesas como troncos de árbol. Las facciones asaeteadas por aretes de hierro, retorcidos como si su Madre Oscura hubiese agarrado un puñado de cada cara y lo hubiese estrujado. Pero no eran nada comparados con los horrores que acechaban a su lado. Abominaciones en el sentido más oscuro de la palabra. Parodias de vida, de formas que una vez honraron el mundo de los vivos. Grandes halcones hechos de huesos y carne de cadáveres, plumas podridas y carne plagada de gusanos cosida con tendones ennegrecidos. Brotaban como un gran enjambre, daban vueltas alrededor de la puerta del infierno como moscas por encima de un cadáver reciente, envueltos en hedor a tumbas abiertas. Imponentes Goliats de carne flácida, montones de cadáveres, hechos picadillo y pegados como un collage, auténticas monstruosidades caóticas. Lexa vio las formas sin piel de bestias largo tiempo desaparecidas de las Islas, lo que podrían haber sido pandas o monos o gatos grandes, incrustados como masilla alrededor de marcos de huesos como troncos de árbol, bocas como unos altos hornos con colmillos, ardiendo azules a causa del espantoso frío. Otros horrores entre la multitud: hombres pálidos y desnudos con pieles varias tallas demasiado grandes, que se desprendían y goteaban al moverse arrastrando los pies, gimiendo y sin ojos. Cosas flacas como huesos con demasiadas articulaciones y demasiados dedos, rostros sin ojos, de narices planas que olisqueaban el aire y largas lenguas rojas que se asomaban entre unas fauces revestidas de dientes como agujas. Otros aún no tenían forma estática, solo eran montañas de carne que se retorcían sembradas de gusanos; a su paso dejaban estelas de sangre en proceso de congelación, mientras arrastraban sus cuerpos informes por encima del suelo congelado. Cuando bramaban, nubes de moscas carroñeras salían vomitadas de sus bocas entre los berridos de niños que chillaban.

Una camada nacida en la más completa oscuridad, amamantados por un pecho que se había vuelto negro de odio.

Los hijos de Última.

Una canción flotaba como neblina en el aire, se oía más alta a cada momento que pasaba. Su eco salía del infierno en que Ella había sido abandonada, el himno que anunciaba el fin del mundo.

La canción de la Diosa Izanami.

Los comandantes ladraban órdenes arriba y abajo por las filas, los tambores de los gaijins retumbaban al mismo ritmo que los pasos del Arrasador. El ejército se colocó en formación, una legión de acero doblado y hierro repujado y adustas caras pálidas. En cabeza iban las máquinas trituradoras, sus brazos como guadañas cortaban el aire. Las respaldaba la infantería, shimana y morchebana. Los estandartes ondeaban orgullosos en el viento cargado de carne de cadáveres, los emblemas del Zorro y del Tigre y del Fénix al lado de los ciervos y grifones y leones de escarcha de las Casas gaijins. La flota voladora agrupada sobre sus cabezas: pesados acorazados, cuajados de lanzadores de shurikens y escupidores de fuego; rotorcópteros gaijins y corbetas Fénix zigzagueando entre ellos. Envuelto en el DUUMDUUMDUUMDUUM de sus pasos colosales, el Arrasador ocupó su posición en el flanco derecho, vomitando alquitrán negro hacia los cielos. Lexa estaba sobre el puente de la máquina de guerra, mirando fijamente a través de las agrietadas claraboyas a los horrores que acechaban ahí enfrente. Su mano encontró el tanto, el cuchillo que su padre le había regalado el día de su noveno cumpleaños. Casi podía sentirle a su lado, oler el humo de su pipa. Si él estuviera ahí, sonreiría, la llamaría «Ichigo», apretaría los labios contra su frente y le diría que fuese valiente.

Pero no estaba ahí. Había muerto por ella, luchando por lo que más quería. Por algo más grande. Justo como Tora Takehiko había hecho antes que ella, volando más allá de la puerta del infierno y sellándola de alguna manera. ¿Qué la esperaba detrás de aquella negrura? ¿Volvería a ver alguna vez a los que dejaba atrás?

Se volvió hacia Clarke, amarrada en el arnés de piloto, su piel de latón lanzaba destellos bajo la luz de los paneles de control. El traje tenía un aspecto extraño sin un mecábaco en el pecho, más extraño aún sin el casco, la chica en su interior la observaba con sus ojos brillantes como cuchillos. Se había negado a tomar analgésicos por miedo a que le embotaran el cerebro. Una película de sudor perlaba su frente. Tenía la cara pálida, el miedo muy visible.

Pero no por ella.

—No quiero que hagas esto —dijo al fin.

—Tengo que hacerlo. —La sonrisa de Lexa temblaba en las comisuras de sus labios—. Es hora de ser una heroína.

—¿Te has dado cuenta de que nuestros héroes nunca viven para ser felices? Kitsune no Akira, Tora Takehiko, todos los señores de las tormentas de los que hablan las leyendas. Ninguno murió en la cama. Ninguno disfrutó de las victorias por las que tanto había luchado, ni vivió en el mundo que había defendido.

—¿Los querríamos igual si hubiesen regresado a casa al terminar la guerra?

—Yo sí —suspiró Clarke—. Los querría más. Con cada bocanada de aire que respirara. Con cada latido de mi corazón. La querría con todo mi ser si ella volviera a mí.

—¿Ella?

Clarke susurró entonces, una única sílaba diminuta, tan ancha como el cielo.

—Tú.

Lexa se acercó al arnés del piloto, a la chica embutida en latón.

La chica que había sufrido como ninguna otra por seguir los dictados de su corazón. Una chica que haría cualquier cosa, lo arriesgaría todo por la persona a la que amaba. Por ella.

Lexa se puso de puntillas, le cogió la cara entre las manos. Y acercándose a ella, acercándose tanto que podía sentir el calor que irradiaba su piel, apretó sus labios contra los de Clarke. Sus pestañas aletearon, se cerraron, y el mundo desapareció bajo sus pies. El ruido y la luz, el dolor y el miedo. Solo ellas, solo ellas dos, la boca de Clarke sobre la suya, suave como los sueños de las nubes, prendió una llama en su interior que derritió la escarcha y dejó solo un maravilloso calor doloroso. El sabor de Clarke, su tacto, su respiración se le coló en los pulmones, Lexa suspiró desde lo más profundo de sí misma y respiró dentro de la boca de Clarke. Una declaración. Una despedida. Un beso que ardería en la mente de Lexa, que añoraría cada momento que le quedara bajo ese cielo envenenado.

Un beso por el que merecía la pena morir.

Se apartó lentamente, a desgana, Clarke se inclinó hacia delante y mantuvo los labios apretados contra los suyos solo unos desesperados segundos más. Pero al final, se separaron, mirándose a los ojos. Quedaba tanto sin decir entre ellas. Pero no quedaba tiempo para decirlo.

—Vuelve conmigo —susurró Clarke—. Por favor.

Lexa no dijo nada, se le anegaron los ojos de lágrimas. Clarke la cogió de la mano, el guantelete de latón engulló sus dedos, suave como los copos de nieve al caer. Y entonces ella se apartó, sentía que se le rompía el corazón en el pecho, un dolor tan real que podía sentir el sabor de la sangre en la boca.

—Adiós, Clarke.

—No digas eso…

—Demasiado tarde —sonrió ella, mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas—. Demasiado tarde.

Con la cabeza gacha, los ojos inundados de lágrimas, giró sobre los talones y se alejó.

La manada de Tormenta Perpetua los recibió con rugidos de aprobación cuando emprendieron el vuelo, su Khan y la chica que iba montada sobre él. Podían ver adoración en los ojos de los niñosmono de las naves voladoras, fijos en esa diminuta cosa aferrada al lomo de su Khan, esa chiquilla que movía naciones enteras con el sonido de su voz. Si había alguien que pudiera volver de las negras y heladas profundidades, esa era ella.

Habló en voz alta, pero su voz se oyó en el Kenning, en la mente de cada arashitora, ardiendo con el calor de unas pálidas llamas blancas.

—Todos vosotros sabéis lo que tenéis que hacer.

Kaiah emitió un gruñido largo y grave.

CONOCEMOS EL CAMINO. LO MARCAREMOS PARA TI CON SANGRE DE LOS DEMONIOS, LEXA…

—Cuando la puerta quede cerrada, el gigante de hierro lo incinerará todo a su alrededor. No os acerquéis más de lo estrictamente necesario, no arriesguéis más de lo que debáis. Vuestras vidas son muy valiosas y me gustaría que todos vosotros volvierais a Tormenta Perpetua, que pudierais contarles la historia de este día a vuestros hijos.

Shai volaba en círculo al lado de Buruu.

*SE LA CONTAREMOS. LA RECORDARÁN.*

Las voces de la manada resonaron por el Kenning, sus pensamientos eran uno.

LA RECORDARÁN.

Sukaa gruñó, un gruñido ronco y profundo, sus ojos esmeraldas fijos en la creciente oscuridad.

NO MALGASTEMOS MÁS TIEMPO. ACABEMOS CON TODO ESTO.

Lexa miró a Echo y a Murphy, se dirigió a ellos a través del viento aullante.

—Vosotros dos, quedaos tan cerca de Buruu y de mí como podáis. Si caemos antes de alcanzar la puerta del infierno, uno de vosotros tendrá que entrar en Yomi en nuestro lugar. No tengo ni idea de lo que os espera ahí ni de cómo luchar contra ello. ¡Pero uno de nosotros debe acabar esta historia!

—¡Lo haremos! —gritó Echo—. Pase lo que pase, ¡uno de nosotros se asegurará de que así sea!

Kaiah volaba cerca de ellos, con la vista fija en Buruu. Estiró su mente por el puente, sus palabras sonaron en la mente de Lexa, envueltas en algo cercano al remordimiento.

¿PUEDES OÍR LOS TRUENOS, TRAIDOR? NUESTRO PADRE RAIJIN ESTÁ ORGULLOSO. LAS PIEDRAS Y EL CIELO CANTARÁN SOBRE TU VALOR DURANTE MIL AÑOS…

ESO NO ME IMPORTA, KAIAH. NUNCA ME HA IMPORTADO.

AHORA VEO LA VERDAD QUE HABÍA EN TUS ACTOS. EL NO PENSAR EN UNO MISMO. LA VOLUNTAD DE HACER LO QUE OTROS NO HARÍAN. DE PONER A TU MANADA POR DELANTE DE TI MISMO. LA MARCA DE UN VERDADERO LÍDER…

Kaiah hizo un gesto afirmativo con la cabeza, empujó calor a la mente de Buruu.

MI KHAN…

Buruu ronroneó, asintió una sola vez. Lexa sonrió, se estiró en el Kenning y tocó la mente de cada tigre del trueno, uno por uno. Por último, fijó la vista en Shai, miró al chico pálido que se aferraba al cuello de la Shakhan. Habló en voz alta, el viento le robaba las palabras de los labios.

—Estás terriblemente callado, Murphy.

El chico pestañeó, las comisuras de sus labios se curvaron en una sonrisa.

—Apuesto a que es un cambio bienvenido.

—No tienes por qué estar asustado.

—No puedo decir que no lo esté, Chica de las Tormentas. Sería un mentiroso si lo hiciera. Pero no es el miedo el que me mantiene callado.

—Entonces, ¿qué es?

Murphy encogió los hombros, dirigió la vista hacia la negrura que se acumulaba.

—Parece un momento para hacer, no para hablar…

Lexa se volvió hacia las hordas de Yomi allá abajo, hacia los enjambres de engendros de los infiernos que rodeaban el negro agujero inmundo. Los halcones de los cadáveres eran como una nube furiosa, las cosas de piel y las fauces llenas de moscas carroñeras llenaban el aire de rugidos hambrientos de sangre. Fijó la vista en la oscuridad, entornó los ojos y se echó a temblar cuando se le avivó el dolor de cabeza y la lastimera canción poco melodiosa rebotó por su mente.

Ahí estaba. La más completa oscuridad. A dónde debían ir.

Hizo un gesto afirmativo.

—No hablar. Hacer.

Desenvainó la katana y la levantó por encima de su cabeza, el filo de la hoja centelleó cuando un relámpago cruzó por lo alto. Un trueno sacudió el cielo, Susanoō y Raijin reunidos para animarlos en su lucha contra la horda de Última. Los tambores del Dios del Trueno retumbaron por las nubes, los tambores de los gaijins les hicieron los ecos desde el suelo, también el rugido de los motores de las naves voladoras, los miles de martillos aporreando sobre los escudos, los motores revolucionados de las katanas de sierra. El ejército en tierra se movió como una onda, se echó hacia atrás y se tensó, preparado para lanzarse al ataque.

Lexa respiró hondo, la canción de la tormenta llenaba el cielo.

—¡Solos no! —bramó—. ¡Juntos! —Señaló con la espada al enemigo—. ¡BANZAI!

El Arrasador rugió y se abalanzó hacia delante, vomitando bocanadas enteras de ondulante negrura. El ejército gritó con una sola voz, se zambulló en la neblina y la nieve en dirección a la horda de Yomi; las máquinas trituradoras iban a la vanguardia, sus brazos como guadañas de sierra rechinaban en alto, listos para la matanza. Los motores de las naves voladoras atronaron, las hélices hacían trizas el aire espeso como la sopa, vapor y gases de escape salían de sus flancos. La Muerte Honorable iba en cabeza, flanqueada por la bella Kurea. El Capitán Mirlo al timón de su nave, bramando a la tormenta. Octavia a su lado, manejaba un lanzador de shurikens con los ojos fijos en el enjambre que se avecinaba. Los halcones de los cadáveres chillaron con voz aguda, picos de hueso sangriento abiertos de par en par, ojos pálidos como la leche, protuberantes dentro de sus cuencas podridas. La flota abrió fuego, hizo una brecha a través de la nube, sangre negra salpicó por doquier cuando el afilado acero cortó el aire. Las bestias siguieron avanzando, en absoluto ralentizadas por sus heridas mortales; solo caían del cielo cuando sus alas quedaban demasiado destrozadas como para mantenerlas en el aire. La manada de Tormenta Perpetua volaba como rayos entre ellas, cortaban como espadas de sierra, arrancaron cabezas de cuellos y alas de espaldas. El cielo se llenó de gritos, del popopopopopop de los lanzadores de shurikens, el silbido y soplido de los escupidores de llamas que iluminaban la oscuridad. Por encima de todo ello, Raijin aporreó sus tambores, los relámpagos se extendieron a través de las nubes como grietas en la faz del cielo. El Arrasador impactó contra la horda de Yomi como una avalancha, abrió una brecha entre una docena de demonios con un solo barrido del brazo. Sangre como un río, un océano, gritos borboteantes y huesos cortados. Pero donde un demonio caía, otros dos ocupaban su sitio, arremetían de cabeza contra el fuego de los escupidores de llamas, fulminaban ráfagas de metralla de los lanzadores de hierro. Una gigantesca monstruosidad sin cabeza colisionó con la barriga del Arrasador, se aferró a él con brazos tentaculados tan largos como edificios enteros. El Goliat se tambaleó, cien balbuceantes demonios más pequeños chocaron contra sus piernas y empezaron a trepar por ellas, una creciente marea de bocas abiertas y aullantes.

Dentro de la cabina, Clarke maldijo, pugnaba por mantener el control de la máquina de guerra bajo el peso de aquella marea demoníaca.

—¡Presión del costado de babor descendiendo! —bramó Misaki desde su consola—. ¡Han roto uno de los conductos!

Los informes de daños empezaron a llegar en tromba.

—¡Lanzadores de metralla siete y diez inutilizados!

—¡Piernas siete y cinco no responden!

—¡Area de carga! ¡Defended el área de carga!

—¡Maldita sea! —Clarke columpió uno de los brazos del Arrasador, sintió el impacto sacudir al monstruo, pintando las claraboyas con grandes pegotes de sangre negra.

La voz de Shinji crepitó por megafonía.

—¡Clarke, los demonios están a las puertas del área de carga! ¡Si consiguen abrirlas, no quedará nada que volar del Arrasador!

Clarke parpadeó para quitarse el sudor de los ojos, golpeó a la furiosa masa una y otra vez. Su voz era un susurro. Una plegaria.

No a los dioses que rugían en los cielos por encima de sus cabezas, sino a la chica que ahora tenía el futuro de todos ellos en sus manos.

—Date prisa, Lexa…

Lexa se apretó bien contra Buruu, vio cómo le arrancaba limpiamente la cabeza de los hombros a un halcón de los cadáveres al pasar volando por su lado, girando y zigzagueando entre tormentas de carne putrefacta. El cielo estaba negro, plagado de engendros, aullantes pesadillas que chillaban sobre alas de cuero, las garras como cuchillos. Los tigres del trueno eran más rápidos, más fieros, pero había tantas criaturas que la fuerza individual no significaba nada. La manada se dividió, subiendo como flechas y bajando en picado por el aire, desmembraban a un enemigo solo para que los persiguieran una docena más. Una hembra morchebana cayó de los cielos, media docena de halcones desgarraban su tripa, le sacaron los ojos. A Tuake le arrancaron las alas de los hombros, rugió de agonía mientras caía hacia su muerte sobre la cenicienta tierra a sus pies. La manada se reagrupó en torno a la flota, se mantuvo cerca de la letal granizada de muerte que salía vomitada por los lanzadores de shurikens. Lexa podía ver a Ginjiro a la proa de su buque insignia, bramaba órdenes a su tripulación. Una corbeta Fénix llamada Explosión de Llamas hizo honor a su nombre: estalló en una voraz nube de fuego cuando la arrancaron de los cielos. La Muerte Honorable volaba ahí cerca, Roan peleaba sobre la cubierta con sus Samuráis de Élite, dando sablazos a los monstruosos halcones que habían conseguido atravesar el fuego de los lanzadores y atacar a su tripulación. La nave del Gremio Gloria Resplandeciente volaba en espiral fuera de control, sus cubiertas plagadas de furiosa negrura, los agudos chillidos de hombres a los que estaban devorando vivos se oían por encima del rugido de los motores y la tormenta.

Echo gritó en medio de la masacre.

—¡Lexa! ¡Están tomando el Arrasador!

—Ya lo veo. ¡Pero hay demasiadas de estas malditas cosas!

Volaban en espiral a través del olor a ozono y muerte, los truenos estallaban al mismo ritmo que su pulso. Lexa podía sentir el viento en sus plumas, la sangre en sus garras, el acre regusto a muerte en la boca. Cortaba a través del cielo con la misma facilidad que un pez por las rápidas aguas de un arroyo, el corazón de Buruu latía en el pecho de Lexa, los ojos de ella instalados en la parte de atrás de la cabeza de él. Subían y bajaban y giraban y zigzagueaban y rugían, finos relámpagos chisporroteaban por sus plumas, mientras reventaban a docenas de horrores de los cielos con cada ráfaga de Canción Raijin. Echo daba estocadas y cortaba con su katana de sierra, Murphy volaba cabezas atrofiadas de hombros putrefactos con su lanzador de hierro. Un trabajo lento y sangriento, pero seguían adelante, la chica y su tigre del trueno y la manada a su alrededor, cada vez más cerca de la creciente oscuridad.

Y entonces la oscuridad se movió.

Una onda en la imposible negrura, el chillido de un millar de gaviotas torturadas cruzó el sangriento cielo, un cuchillo de hielo ardiente en la mente de Lexa. La chica resopló, Buruu y la manada se apartaron cuando una cosa brotó por la puerta del infierno, demasiado horripilante para enfocar los ojos en ella. Una enorme forma alada, más de cien metros de envergadura, retorcida y monstruosa. Su hedor golpeó a Lexa como un puñetazo en la cara, el vómito rondó por la parte de atrás de su garganta. Era un horror hecho de cadáveres: los cuerpos de pájaros muertos, cuajados de gusanos, dos ojos ardían con una heladora llama azul, el batir de sus alas era como un huracán cargado de un sofocante aroma a muerte. Y Lexa reconoció de inmediato lo que era: el espíritu torturado de cada gorrión que había caído asfixiado de los cielos rojo sangre; cada grulla o águila que había caído en espiral de las nubes con los pulmones llenos de veneno y la tripa llena de sangre. Renacidos en los Infiernos. Ahora traían la muerte a aquellos que los habían destruido a ellos y a todos los de su especie. La forma chilló de nuevo, el agónico lamento de diez mil moradores del aire que habían muerto en medio de grandes dolores bajo un ardiente sol rojo.

—Gran Hacedor —murmuró Lexa—. Protégenos.

Aleksandar le reventó el cráneo a un aullante horror sin cara con su martillo de relámpagos, la cabeza de la criatura se hizo añicos envuelta en una lluvia de huesos y sesos. El Kapitán le dio una patada al cadáver que aún se retorcía y lo lanzó contra el muro de carne que avanzaba incesante; le presentó su escudo a la cara de otra abominación. Tenía los brazos cubiertos de sangre negra, el suelo a sus pies era una mezcla lodosa de sangre y nieve derretida, el olor a putrefacción le llenaba los ojos de lágrimas. Por todas partes a su alrededor, los hombres luchaban y gritaban y morían, espadas y martillos caían, el crujido de huesos y los chorros de sangre entremezclados con el zumbante coro de las katanas de sierra. Las máquinas trituradoras estaban segando demonios a puñados, pero por cada docena que caía, un hombre valiente era arrastrado al suelo y cortado en mil pedazos; una trituradora volcó y al piloto que iba en su interior le arrancaron extremidad a sangrienta extremidad. Parecía no haber fin para aquellos engendros de los infiernos, todo ojos relucientes y carne apestosa y garras afiladas.

Le ardían los pulmones y se le nubló la vista y cada paso parecía un tortuoso kilómetro.

Pero lo peor era la canción. Su intensidad aumentaba, sonaba tan alta que casi podía oír las palabras. Era como unas uñas ensangrentadas arañando una pizarra de piel. Una esquirla de metal detrás de sus globos oculares, una maldad viviente, constante, consciente, en la médula de sus huesos. Algunos hombres se quedaban inmovilizados al oírla, estupefactos, miraban fijamente la herida abierta en la faz de la isla y no movían ni un dedo cuando los demonios caían sobre ellos, sonriendo como bobos mientras los desmembraban. Aleksandar la reconoció, los tonos dulces que no oía desde que era un niño. La voz de su madre, que le llamaba tras largos años vacíos. Sintió la necesidad de que le abrazaran, de ser acunado contra un pecho caliente como cuando era un bebé, cuando todo el mundo giraba alrededor de ella, ella, la que le había engendrado, la que le había llevado en su interior, la que siempre sería parte de él independientemente de lo alto y fuerte que se hiciera. Sintió lo injusto que había sido todo, la madre traicionada, abandonada, sola en la oscuridad para que se pudriera y planeara y soñara con la venganza. Una venganza que ahora había llegado al mundo en cuyo parto había muerto.

Pero sabía que era una mentira. Alguna magia malvada nacida del infierno shimano. Fuera lo que fuera esta Madre Oscura, ella no era su Diosa. Así que se aferró al colgante que llevaba alrededor del cuello y rezó para tener visión, claridad y fuerza de voluntad, y le voló la cabeza de los hombros a otro demonio.

—¡No escuchéis! —bramó—. ¡No escuchéis la canción!

El suelo tembló, el abismo se onduló como si hubieran dejado caer una piedra en agua negra. Miró más allá de las filas de demonios y vio al enorme pájaro carroñero que brotaba del foso, el hedor a muerte vieja y a gusanos fue como un martillazo contra su cara. Una inmensa y aterradora sombra se cernió sobre el campo de batalla, sumergiéndolo todo en caos y oscuridad.

—Diosa imperecedera —susurró—, protégenos ahora.

El poderoso pájaro carroñero chilló, voló a través del humo y la turbulenta negrura, un ciclón que apestaba a tumbas abiertas bajo sus alas. El repetido estallido de los disparos de shurikens resonó en los oídos de Lexa, los revolucionados motores de las naves voladoras aceleradas a plena potencia. El Mirlo, Octavia y la tripulación de la Kurea estaban enzarzados en una batalla sangrienta contra una cubierta llena de los halcones más pequeños, la Viento del Loto había sido abordada, pero el resto de la flota había puesto rumbo hacia la bestia, garabateando gases de escape a través del cielo mientras se lanzaban a la carga. En cabeza, Lexa podía ver a la Muerte Honorable, Roan en proa con las espadas de sierra desenvainadas, rugiendo a pleno pulmón.

Roan…

GANAN TIEMPO PARA NOSOTROS. NO PODEMOS MALGASTARLO.

Echo gritó a través del viento aullante.

—¡Vamos Lexa! ¡Adelante!

Sukaa pasó como una exhalación a su lado, el primero en lanzarse al ataque, las palabras del macho ardieron en la mente de Lexa.

VUELA, NIÑAMONO. ¡VUELA!

Los tigres del trueno viraron hacia la izquierda y cortaron a través de un pequeño manojo de halcones de los cadáveres, zarandeados por el rebufo de alas cuajadas de gusanos. Los truenos rugían a su alrededor, cuerpos destrozados caían del cielo mientras zigzagueaban entre garras afiladas y picos que se abrían y cerraban sin cesar. El lanzador de hierro de Murphy rugió, le reventó la cara a una berreante monstruosidad que se dirigía directa hacia la espalda de Lexa. Echo volaba en círculo por encima de sus cabezas, ardía con fuerza en la mente de Lexa, arrebatada por la batalla que tenía lugar a su alrededor, por la furia de la arashitora en la que iba montada. La chica se estaba riendo, si es que os lo podéis creer, riendo mientras ella y Kaiah hacían trizas a media docena de halcones de los cadáveres, su sangre negra cayó como lluvia. Lina brutal simbiosis, una unicidad que Lexa no podía evitar encontrar preciosa, estiró la mente hacia Buruu y sintió lo mismo, la manada volaba por encima de la insondable negrura, las nubes en lo alto iluminadas por una cegadora luz blanco azulada. Oyó una explosión detrás de ella, una ráfaga de aire hirviente a su alrededor, como si caminara por la faz del sol después de días de frío glacial. Un rugido de rabia y agonía, una mirada por encima del hombro reveló a la enorme sombra en llamas, las alas se le chamuscaban mientras chillaba. El aire en torno a ella cuajado de negrura y dientes y garras, ráfagas de disparos de lanzador de hierro, el rugido de las espadas de sierra, escribían un poema en sangre a través de un lienzo de nubes humeantes. Buruu dentro de ella, alrededor de ella, por encima y entre medias de ella, tan cerca que Lexa sentía que llevaba la piel de su amigo, veía el mundo a través de sus ojos, fijos ahora en la rielante negrura que tenían delante, que se hacía más ancha, más fría, más profunda, la canción arañaba sus globos oculares, se elevaba por encima de la pared entre ella y la Canción Vital, se filtraba por las grietas que se permitía dejar abiertas. Podía oír esa canción poco melodiosa, subió retorciéndose por las vértebras de su columna una a una a una hasta que se clavó como una astilla en la parte de atrás de su cráneo. Y en medio de aquel espantoso y desalmado canto fúnebre, oyó una voz que la llamaba desde la oscuridad.

—Ichigo…

La conocía. Esa voz. Aún áspera por el beso de una pipa de loto, los incontables días pasados en bares sin luz solar. El diminutivo cariñoso por el que él la llamaba desde que era una niña pequeña y corría con su hermano por el valle de bambú, sentada sobre sus hombros y sintiéndose tan alta como las nubes.

—Ichigo, estoy aquí…

Lágrimas en sus ojos. La palabra se atascó en su garganta como una esquirla de cristal negro.

—Padre…