52
EL ARTE DE LA DESTRUCCIÓN
Brotó de la negrura que había ante él, traía la oscuridad consigo.
Un horror de las embarradas neblinas de su infancia, arrastrado pataleando y chillando desde debajo de su cama a la lúgubre luz. Real como había sabido siempre que era. Se cernía sobre su nave, tapando el resplandor de los relámpagos con la imposible envergadura de sus alas plagadas de gusanos.
Roan miró por babor, más allá de los acorazados, el vuelo cortante como una flecha de las corbetas Fénix a lo lejos, por fin encontró a la manada de tigres del trueno. Lexa había aprovechado su oportunidad, se había abierto paso entre los grupos más pequeños de demonios, alrededor de ese imponente horror recién salido del vientre roto del mundo. Se quedó mirando por un instante a todo lo que podría haber sido y que iba haciéndose poco a poco más pequeño. Y más pequeño. Y entonces apartó la vista.
No había tiempo para remordimientos, para adioses, para sueños sobre caminos no andados. Esto era a lo que se reducía todo. Todo lo que quedaba.
Aquí. Ahora.
Los pocos miembros que quedaban de su Élite estaban de pie en torno a él, con los ojos fijos en el enemigo. Su presencia era un consuelo, aquí al final, sus hermanos, listos para morir por algo real. No por un sueño de Shōgunes ni de dinastías. No el sueño de un padre ahogado por los remordimientos, un sueño bordado con tigres descoloridos. Morir por un futuro desconocido. Por algo de lo que sentirse orgulloso, aunque no fuese algo por lo que le recordarían.
Aquí al final del mundo, de pie al borde del abismo y diciendo «No».
Diciendo «Nunca».
Así que lo rugió. Levantó la katana de sierra y lo gritó, mirando fijamente a los protuberantes ojos de la monstruosidad que había ante él y cuyo pico se abrió de par en par para revelar un agujero tan negro como la sima bajo sus pies. La Muerte Honorable y toda su tripulación apenas serían un bocado, la espada en su mano no más que una zumbante astilla sobre su lengua. Pero aun así rugió, con los labios retraídos, dejando al descubierto sus dientes, la cara retorcida en una aullante sonrisa enloquecida. La bestia no pareció darse ni cuenta, tapaba todo lo que había que ver y oír, una perfecta oscuridad decidida a tragárselos de una pieza.
Y allí, mientras la negrura aumentaba y el frío glacial se le colaba en los huesos, se acordó de la carta de su madre. Sus lágrimas cuando se despidieron. Su última súplica desesperada.
—Abre los ojos, hijo mío.
Se volvió hacia el piloto, le dio la señal. Un Artífice bajo cubierta accionó una aceitosa manivela resbaladiza. La alada abominación abrió las fauces.
—Despierta.
Los motores de la Muerte Honorable tosieron una vez, escupió llamas, el chi que llevaba en la barriga se prendió cuando la cosa cerró el pico en torno a su lona inflable. Un amortiguado rugido llenó el cielo, el casco de la Muerte se reventó en una bola de llamas súper recalentada, un salvaje beso a los labios de hidrógeno en escape libre, directo a la boca de la monstruosidad que se cerraba en torno a ellos.
Un breve estallido de preciosa y cegadora luz diurna.
Un segundo de deslumbrante belleza de un nuevo comienzo.
Despierto al fin.
Clarke se protegió los ojos del fogonazo de llamas, mientras observaba a la sombra que levitaba por encima de la puerta del infierno arder en la explosión que acabaría con la Muerte Honorable. Pero no tenía tiempo de quedarse ahí mirando, el Arrasador se tambaleó hacia atrás cuando un puño lleno de tentáculos se estampó contra su cabeza, el hierro que le rodeaba reverberó con dolorosos gemidos. Los conductos hidráulicos se reventaron, el brazo izquierdo del Arrasador arrancado casi de cuajo, su otra espada de sierra atascada hasta el codo en la cavidad pectoral de una imponente monstruosidad sin piel.
Las entrañas del Arrasador se llenaron del ronco y grave eco de unas explosiones. Gritos lejanos. Clarke apretó frenéticamente el botón del sistema de intercomunicaciones, bramó por el micrófono.
—¡Puente a sala de máquinas! ¡Shinji, informa!
La voz del chico llegó cuajada de interferencias.
—El área de carga y la parte baja han sido invadidos. Están en el segundo mamparo. ¡No nos queda mucho tiempo!
Una lluvia de chispas brotó del panel de instrumentación de Misaki.
—El hombro izquierdo está a instantes de romperse. ¡Si consiguen entrar por el nivel de la hombrera, los hermanos que queden por debajo estarán aislados!
Clarke maldijo, apretó el intercomunicador otra vez.
—Muy bien, no podemos esperar más. ¡Apaga el sistema de refrigeración y sal de ahí echando leches, Shinji!
—¡Si el Arrasador explota ahora, acabará con el ejército que nos rodea! ¡Todo el mundo morirá!
—Puedo controlar la temperatura a mano desde el puente. Apagaré todos los sistemas no esenciales, mantendré al Arrasador en marcha y caliente, pero no tanto como para que se prenda el chi, hasta que el ejército se haya retirado.
—Pero eso significa…
—¡Por el aliento del Hacedor, Shinji, simplemente obedece!
Un estallido hueco. Una parrafada de interferencias.
—… Recibido. Izanagi cuida de…
Clarke apretó un interruptor y cerró el canal, abrió el sistema general. Su voz sonó crepitante por megafonía, rebotaba contra las grasientas entrañas del Goliat mientras se estremecía a causa de otro violento impacto. Gritos roncos y chillidos empapados en
sangre.
—¡A todo el personal, todo el personal! ¡El sistema de refrigeración está desconectado! ¡Evacuad el Arrasador, ahora! ¡Repito, todo el personal, evacuad!
Clarke apretó un gatillo en la consola y un río de llamaradas verdes brotó de la barriga del Goliat, salió escupido con gran brillo hacia el cielo y cayó por encima del aullante mar de huesos y dientes y carne que tenía por debajo. Arrancó del todo el brazo del Arrasador, se deshizo de varias docenas de monstruosidades con un amplio movimiento de las chirriantes cuchillas de sierra.
Misaki la observaba desde su consola, con expresión preocupada.
—Nos quedaremos contigo, Clarkesan.
Los hermanos que estaban presentes murmuraron su aprobación.
—No, no lo haréis. —Un estallido, una mueca de dolor—. Bajad hasta la salida de la hombrera ahora. Despejaré un camino para vosotros con lo que queda del sistema antiaéreo.
—Pero nosotros…
—Misaki, tienes una hija. Se lo debes a ella, volver de aquí con vida.
La mujer se acercó al puesto de piloto, le cogió la mano. Sus brazos plateados se desplegaron a su alrededor como una flor que se abre, centelleando con la luz de naves voladoras que explotaban.
—Clarkesan, lucharemos a tu lado hasta el final. Sola no es sitio para morir.
Clarke le regaló una sonrisa triste.
—Nadie que sea amado muere sola.
Hizo un gesto con la cabeza hacia el ascensor.
—Vete. Vive bien. Dile a Lexa…
Sus palabras se perdieron cuando el Arrasador fue sacudido por otro impacto. Las claraboyas se agrietaron, un reluciente pedazo de cristal cayó al vacío, dejando pasar un viento gélido cargado de hedor a muerte, un frío glacial, el ritmo hueco y desalmado de esa espantosa canción.
—¿Qué? —Misaki le agarró del brazo—. ¿Que le diga qué?
Clarke sonrió, sacudió la cabeza.
—Ella ya lo sabe.
Las puertas del ascensor se abrieron con un silbido, la canción del fin del mundo subió de volumen.
—Marchaos. Antes de que sea demasiado tarde.
Misaki la miró, rota por la indecisión, se le nublaron los ojos.
Pero al final eligió, eligió lo que debía, por su hija, por la promesa que le había hecho a su amado. Fue corriendo hasta el ascensor, se metió dentro con el resto de hermanos, levantó una mano a modo de despedida.
—Te recordaré siempre, Clarke.
La chica se giró de vuelta hacia la horda, la creciente marea de carne y huesos, levantó el brazo del Arrasador, le dio una patada a los estribos y se concentró una vez más en la pelea.
El aire nadaba en ardiente verde, una enorme catarata que caía de la barriga del Arrasador. Aleksandar fue el primero en darse cuenta de la lluvia de llamas, bramó por encima de la música de caos y carnicería.
—¡La señal! ¡Retirada! ¡Atrás, en el nombre de la Diosa!
La línea de soldados se movió, los hombres de la retaguardia giraron sobre sus talones y echaron a correr, los que iban delante siguieron luchando en una lenta y sangrienta retirada. Las flechas caían como lluvia negra entre las atrofiadas cosas muertas, las aullantes abominaciones. Muchos hombres cayeron mientras se retiraban, más bushimen, samuráis, martilleros. Los pocos Sangre Santa que quedaban se negaron a obedecer la orden de retirada, se zambulleron en el meollo de la batalla, haciendo caso omiso de sus heridas. Aleksandar vio a uno de los dementes apaleando a un demonio con su propio brazo cortado, a otro al que le faltaban las piernas reptar todavía hacia el enemigo con un borboteante grito en los labios y relucientes ristras de entrañas arrastradas tras de sí. Oyó un peligroso gemido proveniente del Arrasador, un estallido de gases en llamas desgarró el cielo. El Goliat estaba enzarzado en una pelea con tres impresionantes abominaciones, el ritmo staccato de los disparos de un lanzador de hierro sonó a la altura de su cuello, liberó sus hombros de los engendros de los infiernos que los cubrían como una costra. Cuando la ráfaga se fue apagando, un puñado de Hombres del Gremio salió a toda prisa por una escotilla, saltaron hacia el aire y huyeron hacia la retaguardia por encima de aquel desastre, envueltos en fogonazos de llamas blanco azuladas. Pero el Arrasador siguió moviéndose, seguía luchando contra sus monstruosos oponentes, otro estallido de gases incendiados chamuscó las nubes.
Alguien se había quedado atrás para pilotar al gigante en sus últimos momentos.
Alguien que no vería un mañana.
Levantando su martillo de relámpagos a modo de saludo, Aleksandar volvió a gritarles a sus hombres que se retiraran y concentró todos sus pensamientos en lograr la retirada más completa posible.
—Vuelve —la voz resonó por la negrura—. Vuelve a casa, Ichigo…
Lexa apretó los dientes, sacudió la cabeza.
—Tú no eres mi padre…
Negrura y frío por todas partes, un viento susurrante recalcado por esa vacía canción sin melodía ninguna. Estiró su mente hacia Buruu en la oscuridad, no pudo sentir nada excepto el frío, un vacío para siempre, teñido de negro azulado por el aroma de la pipa de su padre.
—Eres mi hija —dijo la voz—. Te quiero, Ichigo…
—Mi padre está muerto —contestó entre dientes.
—¿A dónde vamos cuando morimos, hija? Abajo a los Infiernos a bailar para siempre con los Muertos Hambrientos. Tu madre está aquí. Anhela poder abrazarte.
—Mi padre dio la vida por mí. El Gran Juez nunca le condenaría a la oscuridad de Yomi. Ni a mi madre ni a mi hermano, antes de que te enredes en esa mentira.
—¿El Gran Juez? ¿Así que ahora crees en los dioses? ¿En su poder?
—Creo lo que veo con mis propios ojos. Y a ti no puedo verte, demonio.
—Pero yo sí te he visto a ti, hija. Mientras el verano se convertía en otoño, y el otoño en el invierno más profundo, te he sentido florecer. También a los que llevas dentro. Tan hermosos. Tan deslumbrantemente brillantes. Todos los que te rodean te quieren. Moldeas el mundo a tu paso.
—¿Es por eso por lo que te escondes en la oscuridad? ¡Muéstrate!
—… Pero has perdido tanto. Las personas a las que querías y que te querían. ¿No anhelas estar en paz? ¿No te cansas de llevar el peso del mundo sobre los hombros? Eres demasiado joven para estar tan agotada, hija mía.
—¿Y tú querrías que me rindiera? ¿Que corriera? —Sus labios dibujaron una mueca—. Tú no eres mi padre. Él nunca me pediría que abandonara si podía cambiar algo. ¡Basta de mentiras!
La voz de Gustus brotó de la negrura, teñida de rencor.
—¿Dónde estabas, Lexa? ¿Qué cambiaste cuando me mataron a mí?
—¿O a mí? —murmuró Raven, desde alguna parte cerca de su oído—. ¿Puedes salvar al mundo pero no a los que quieres?
—Me fallaste —susurró Anya.
—Todos nosotros desaparecidos —entonó su padre—. Todos dormimos ahora en la oscuridad. Pero es mejor aquí. Más tranquilo. No hay dolor. No hay pérdida. Quédate con nosotros.
—No —dijo Lexa entre dientes, secándose las lágrimas de rabia que le anegaban los ojos.
—Quédate con nosotros…
—No tienes ningún derecho —musitó, se le quebró la voz—. No tienes ningún derecho a apoderarte de sus voces, ni a pronunciar sus nombres. Tú no los conocías. Tú no los querías. Toda esta pérdida, toda esta agonía es por tu culpa. Tú lo iniciaste todo. Esta putrefacción, esta guerra. Tú eres la razón por la que están muertos. Sé quién eres. Sé tu nombre.
Una voz en la oscuridad, retumbante y hueca.
—Dilo.
—… Última.
—Así es como me llaman. —Susurros sobre susurros—. Pero ese no es mi nombre.
—Izanami, entonces. —Lexa escudriñó la oscuridad, giró sobre sí misma, tenía mechones de pelo pegados a la comisura de la boca—. Diosa Izanami. La esposa del Hacedor. La Diosa de la Tierra que murió dando a luz a las Siete Islas. Madre de los demonios. La que odia toda vida.
—¿Odio? —La voz se suavizó, se convirtió en algo reluciente y femenino—. Oh, hija, yo no te odio…
Algo pálido se movió en la negrura, salió como destilado del insondable abismo.
—Te quiero —murmuró.
Y ahí estaba, delante de los asombrados ojos de Lexa. Con un farolillo de papel en la mano, una gélida luz sin alma emanaba de sus pliegues. El aire vibraba a su alrededor, cargado de moscas carroñeras y aquella horrible canción sin melodía. Era delgada, iba vestida de blanco, pálida como la leche y suave como la seda. Trenzas negras ondulaban a su alrededor como agua, caían en cascada por la suave curva de sus hombros, bajaban por el abultamiento de sus caderas, llegaban hasta el suelo. Se retorcían por su piel como un ente vivo, como serpientes, insustanciales como las sombras. Flores de loto de sangre se abrían a su paso, llenando la oscuridad de una dulzura pegajosa. Su cara era de una belleza imposible, una perfecta gracia atemporal: forma de corazón, pálida como la muerte, labios protuberantes cubiertos de una húmeda pátina negra y satinada.
Pero sus ojos.
Dios, sus ojos…
Agujeros en el cráneo. Insondables fosos bostezantes, sorbían toda la vida y la luz del aire a su alrededor. Sus pestañas eran gusanos, diminutos y ciegos, se retorcían hacia el calor de Lexa.
Su mano estirada estaba pintada en sangre hasta el codo. Goteaba sobre el suelo.
—Te quiero —repitió.
—¿Y por eso buscas destruirnos? ¿Deshacer todo lo que ayudaste a crear?
—¿Ayudé? —Aquellos ojos ciegos parpadearon—. No hubo ninguna ayuda, hija. Yo creé este lugar. Mi amado plantó la semilla, pero fui yo la que le di cobijo en mi vientre. La que conocí la pura y perfecta agonía de su parto. La que lo amamanté con mi pecho, incluso mientras me estaba muriendo. Vosotros me matasteis y aun así os quiero.
—Entonces, ¿por qué? —Lexa se acercó sin poder remediarlo, con los puños cerrados—. ¿Por qué hacer esto?
—¿Qué he hecho? —Izanami ladeó la cabeza—. Hablas como si hubiera sido yo la que ha llenado los cielos de veneno. Yo la que ha asfixiado la vida del mar y de la tierra. —Hizo un gesto hacia las flores que se abrían a sus pies—. Yo os di algo precioso y vosotros lo convertisteis en una atrocidad. En la herramienta de vuestra propia destrucción. Pero la elección fue vuestra, hija, no lo dudes. Tuya y de todos los de tu especie.
Sacudió la cabeza con tristeza, había pena en su voz.
—Yo no obligué a nadie. No doblegué la voluntad de nadie. Eso no soy capaz de hacerlo. Esto, vuestra ruina, es producto de vuestro propio arte.
—Sabías lo que el loto de sangre haría. Sabías a dónde nos llevaría.
—A mí. —Una sonrisa insondable—. A mis brazos.
—¿Pero por qué? —gritó Lexa—. ¡No fue culpa nuestra que tú murieras! Nosotros no queríamos esto. ¡No pedimos nada de esto!
—Porque os quiero… —Sacudió la cabeza, sus trenzas negras ondulaban como las mareas—. Porque os echo de menos. Porque yo os hice. Sois míos, todos vosotros. Pertenecéis a mi lado.
Un susurro de viento, el pelo de Lexa ondeaba por su cara como mecido por una brisa. Y entonces la diosa estaba detrás de ella, sus suaves brazos se enroscaban alrededor de su cintura, acariciaban su tripa con manos ensangrentadas, los labios negros apretados contra su oreja.
—Tú no sabes lo que es el amor de una madre. Solo es un concepto abstracto para ti. La pálida sombra de una idea. Pero una vez que pongas los ojos sobre los que llevas dentro, una vez que los traigas a la vida, sabrás lo que es amar incondicional y absolutamente. Desear estar con ellos, siempre. El cruel paso del tiempo o el destino los arrastrará lejos. Eso te romperá el corazón. Acabará contigo, como acabó conmigo. Como ahora, yo acabo contigo.
—Hoy no —dijo Lexa entre dientes—. No te dejaré…
Labios negros apretados contra su mejilla, tan fríos que quemaban. Su voz era el viento aullando a través de las verjas de un cementerio, soplando por los campos de cadáveres recientes.
—Madre sabe lo que más te conviene, hija.
Lexa se apartó, se volvió para mirarla a la cara, con horror e ira en los ojos. Tenía las manos apretadas sobre la tripa, manchada con la sangre que Izanami había dejado tras ella.
—No sabes nada…
—Nunca los quisiste, ¿verdad? Ese trago envenenado en tu vientre. ¿Es por eso que buscas hacer este gran sacrificio? ¿Por qué es más fácil morir gloriosamente que enfrentarte a un futuro tan aterrador?
—Todavía no me he muerto. Y estoy jodidamente segura de no estar planeando hacerlo hoy…
Izanami parpadeó, una lenta sonrisa letal se formó sobre sus labios ennegrecidos.
—Oh, querida. Oh, querida y preciada niña. No lo sabes, ¿verdad?
—… ¿Saber qué?
—La puerta del infierno. Cómo cerrarla. Lo que te costará…
—Dímelo.
Una risa hueca y sin alma. El aullido de unos lobos solitarios, el gemido del viento entre unos riscos de granito, impregnado del frío cortante del invierno.
—Ni siquiera sabe el papel que desempeña. Debí imaginarlo. Esta, su heroína. Amada por todos. Y ni ellos ni tú podéis ver la verdad de quién eres en realidad. —La diosa sacudió la cabeza—. Una cobarde. Una débil y diminuta chiquilla que ahora ruega obtener la respuesta de aquella cuya labor frustraría. Te quiero con toda mi alma, pero ¿crees que soy tonta, hija mía?
—Tengo miedo —dijo Lexa—. Pero eso no me hace una cobarde. Y puede que sea joven, pero eso no me hace débil. —Su mano se deslizó hacia su cintura, hacia el tanto que llevaba ahí atado. El regalo de su padre—. Pero no, no creo que seas tonta.
—¿Oh? —La diosa ladeó la cabeza.
—Creo que tienes miedo. De mí. De nosotros. Juntos. —Una sonrisa—. Tienes miedo.
Sacó el cuchillo, un centelleante fogonazo de acero doblado a la luz del fantasmagórico farolillo de Izanami. Oyó el leve sonido de algo que se desgarraba, una risa estridente, el rugido de un violento vendaval. Y entonces tuvo frío, el aire glacial le cortaba como un cuchillo, la brillantez de la mortecina luz del día casi cegadora después de la negrura. El calor de la ardiente sombra de un pájaro a su espalda, el calor de Buruu bajo ella, los cielos llenos de sangre y truenos y los rugidos de la manada de arashitoras por todas partes a su alrededor.
De vuelta en el mundo otra vez.
¡LEXA!
La voz de Buruu rebotó por su mente, pespunteada por un miedo punzante.
¡LEXA!
Estoy aquí, hermano. Estoy aquí.
NO PODÍA SENTIRTE. COMO SI HUBIERAS DEJADO DE SER.
La he visto. A Izanami. Me habló en la mente.
¿Y DIJO QUÉ?
Lexa cerró los ojos en medio del caos, de los gritos, muerte giratoria en torno a ellos, reprodujo la conversación en su cabeza. La diosa había dado por supuesto que estaba ahí para sacrificarse, que ya consideraba la muerte una cosa segura. Como si no existiera una forma de cerrar la puerta y sobrevivir. Pero si era así, ¿cómo?
¿Cómo se había hecho antes? Tora Takehiko había cerrado la última puerta del infierno, pero nunca había vuelto para contar la historia.
Debía haber una forma.
Debía haber…
—¡Echo! —Miró a la chica que volaba en círculo en lo alto—. ¡Echo!
La chica le reventó el cráneo a una abominación, tenía la cara y los brazos empapados de sangre oscura, el delirio enloquecido de Kaiah llenaba la mente de Lexa.
—¿Qué?
—¡Las leyendas sobre la última guerra de los infiernos! ¿Qué decían sobre la carga de Tora Takehiko? ¡Exactamente! ¡Palabra por palabra!
—¡No decían nada, ya te lo dije! —Echo esquivó a un puñado de garras, golpeó a las formas que la rodeaban—. ¡Solo que él y su arashitora cargaron a través de la puerta del infierno y la sellaron!
El pulso latía con fuerza en sus oídos.
Esa canción sin melodía le arañaba la parte de atrás de la mente.
Resultaba tan difícil respirar, no digamos ya pensar. Sangre y asesinato por todas partes. Los latidos del corazón de una docena de arashitoras, el rugido del lanzador de hierro de Murphy, el gruñido chirriante de las espadas de sierra de Echo. Picos y espolones y garras, Buruu que se lanzaba en picado y zigzagueaba, los chillidos de soldados moribundos, los motores de las naves voladoras tronando por encima de los tambores de Raijin…
… Solo que él y su arashitora cargaron a través de la puerta del infierno y la sellaron…
Relámpagos cruzaron brillantes por el cielo, ardieron en el ojo de su mente. La respuesta estaba ahí, estaba segura. Mano a mano con la muerte que Izanami prometía. Todo lo que necesitaba era un segundo de claridad.
… él y su arashitora cargaron a través de la puerta del infierno…
Un gemido de metal torturado proveniente del Arrasador. El bramido de órdenes de retirada entre los soldados gaijins. Se estaba colapsando. No tenía tiempo que perder. Piensa, maldita sea, piensa. ¿Qué había dicho Echo? ¿Qué significaba?
…cargaron a través de la puerta del infierno…
—Dios —musitó.
… cargaron a través…
—Eso es…
… a través…
Euforia y miedo, la mano derecha sobre la tripa, la izquierda se deslizó entre las placas de la armadura de Buruu para encontrar las plumas que había debajo. Una ola de temor, la respiración demasiado agitada como para contenerla, el corazón latía en su pecho como un martillo pilón. Todo ello. Todo. Cada palabra, cada acto, cada momento conducía a esto, asomada al borde del abismo, mirando a la negrura allá abajo. La sangre que llovía del cielo. La sangre que corría por sus venas, la sangre yōkai, la sangre que la Inquisición había intentado exterminar de Shima por completo. Y ¿por qué? A no ser que tuviera algún tipo de poder, algún tipo de fuerza al derramarse… que cerraría la brecha, acabaría la canción que de otro modo acabaría con el mundo…
Buruu…
Apretó una mano contra su amigo. Sus cimientos. Su montaña. La roca contra la que había apoyado la espalda. La única certeza en este mundo de terremotos y fuegos y tormentas. Durante todo ese tiempo.
—Oh, Dios mío. Oh, Dios mío, niña preciada. No lo sabes, ¿verdad?
—Lo sé —murmuró.
Buruu.
¿Sí?
Hermano, sé lo que tenemos que hacer. Tora Takehiko no se metió volando en la puerta del infierno. Voló A TRAVÉS de ella. Colisionó con ella. No hubo ninguna batalla en la oscuridad de Yomi. No tuvo que forcejear con Última para cerrarla y sellarla. No hubo nada más allá de la carga en sí. Fue su sangre, su sacrificio el que selló la sima.
Bajó la vista hacia la oscuridad allá abajo, el gélido frío negro como la tinta.
Sé lo que tengo que hacer…
Pesar en el pecho de Buruu, sangriento y punzante, se esparció y llenó el de Lexa.
No tienes que llevarme hasta ahí, hermano. Nadie tiene que hacerlo. Simplemente llévame hasta el corazón del foso y déjame caer.
EL CIELO ESTÁ LLENO DE MUERTE. TE ATRAPARÁ ANTES DE QUE ATERRICES.
No tienes que hacerlo tú.
TE LO PROMETÍ, ¿RECUERDAS?
Hasta el final…
ENTONCES, ¿ESTO ES EL FINAL?
Lexa miró a su alrededor, la furiosa tormenta, la oscuridad por debajo, la isla que se alejaba, estirándose en todas direcciones para apretar sus labios contra el cielo.
Eso creo…
ENTONCES ASÍ SEA.
Buruu asintió, desplegó las alas en toda su envergadura, ralentizando su vuelo. Por un instante, pareció como si todo el mundo guardara silencio, la gravedad tiraba de Lexa hacia abajo, el impulso la empujaba hacia delante. Ahí estaban los dos, flotaban inmóviles, como una única y perfecta gota de lluvia en el segundo previo a empezar a caer.
TE QUIERO, HERMANA. NO LO OLVIDES NUNCA. PERO COMO TÚ DICES, NO HAY NINGUNA NECESIDAD DE QUE LOS DOS MURAMOS HOY.
Una sorpresa desde lo alto.
Un impacto desde detrás.
Buruu inclinó un ala, retorció el cuerpo. El golpe hizo que se soltara, medio inconsciente, cayó de lomos de Buruu hacia el vacío. La tempestad rugía a su alrededor, la gravedad se apoderó de ella mientras caía hacia la oscuridad. Hacia las fauces de un centenar de cosas muertas, que rugían en su dirección desde abajo, sobre alas putrefactas.
PERDÓNAME, LEXA.
La chica cerró los ojos, intentando tragarse su miedo y fracasando en el empeño, se le rompió el corazón en mil pedazos.
PERDÓNAME.
Y hacia la puerta siguió cayendo.
Sola.
Clarke podía oír cuerpos estrellarse contra la entrada del nivel del hombro, el chirrido torturado del hierro al doblarse, el creciente tempo de los motores cuando los puso a plena potencia. Giró la cabeza del Arrasador y pudo ver a sus hermanos alejándose a toda velocidad, con soldados heridos o Vidas Falsas que no podían volar acunados entre los brazos. Los soldados huían a través de la nieve negra, sangre y entrañas y cuerpos a su paso. Cientos habían caído durante su huida, pero las monstruosidades parecían incapaces de alejarse más de unas decenas de metros de los bordes de la sima, aullaban su frustración a medida que el ejército se retiraba. Y cuando habían vaciado sus pulmones de rabia por haberles sido denegadas sus presas, se volvieron hacia el Arrasador, con los labios entreabiertos por la presión de los puntiagudos colmillos de sus bocas. Ahora el Goliat estaba completamente cubierto de ellos, se tambaleaba bajo el peso de cientos, una costra de lapas por todo el cuerpo, reventaban juntas y arrancaban escotillas. Las puertas del área de carga se abrieron de par en par, la barriga del Arrasador bullía ahora de engendros de los infiernos, más entraban por momentos a través de la brecha, como una marea desbordante. Enormes abominaciones, enzarzadas en una pelea con el Arrasador, retorcidos gigantes de carne despellejada, todo tentáculos y ojos y odio furioso. Clarke columpiaba el único brazo funcional con todas sus fuerzas, el sudor le caía a raudales por la frente. Un viento glacial gemía a través de las claraboyas hechas añicos. La canción de Izanami flotaba en el aire, casi tan clara como para distinguir las palabras, un pálido susurro acumulado sobre sí misma, el eco de una madre a la que nunca había conocido. Los indicadores de temperatura temblaban por encima de la línea roja, las luces de emergencia parpadeaban, la sirena de un claxon en las profundidades de la barriga del Arrasador estaba poniendo histéricos a los demonios.
Oyó cómo cedía la escotilla de la hombrera, el caos y los chillidos de los onis que entraban a raudales, arrancando de cuajo las puertas del ascensor. Solo quedaban segundos para que treparan por el eje de transmisión con garras de hueso y cristal negro, para que se abrieran paso a golpes hasta el puente de mando y le encontraran a él en su frágil concha de metal. La muerte estaba tan cerca que podía saborearla, sentir su aliento sobre la nuca. Clarke echó un vistazo por las claraboyas manchadas de sangre, buscaba una lejana mota en los cielos enfurecidos. Vislumbrarla por última vez, un último momento compartido. Pero solo pudo ver oscuridad, breves fogonazos estroboscópicos de relámpagos cegadores, humo y sangre y muerte. Sus palabras a Misaki flotaban en el aire, su calor se difuminaba ahora que se enfrentaba a lo irreversible, su verdad resbalaba y se alejaba hacia la penumbra.
—Nadie que sea amada muere sola.
Una plegaria en sus labios. Una frágil esperanza ante la desesperanza.
Le dio un violento empujón a los aceleradores, inundó los conductos de entrada de ardiente chi en ebullición.
Las alarmas aumentaron de volumen, una última súplica desesperada a la demente que estaba a los mandos, llevando a la más poderosa creación del Gremio más allá del límite de tolerancia.
Una chispa brotó en algún lugar de la barriga del Arrasador. El vapor corrió hacia ella con los hambrientos brazos abiertos.
Ignición.
Caía.
Ingrávida.
La canción del viento y el hedor a muerte por todas partes, lágrimas de hielo incrustadas entre sus pestañas. Un copo de nieve negra, caía, caía, hacia abajo, hacia la nada que deseó haber conocido siempre. Podía sentirla bajo su cuerpo, huyendo de la sangre que tenía en las venas. Del final que ella provocaría. Pero los pájaros carroñeros la cortarían en pedazos antes de que alcanzara la oscuridad. Cerró los ojos, dando la bienvenida al final que ahogaría el miedo de estar absoluta y verdaderamente sola. El rebufo de unas alas, una bocanada de aire, el olor acre del ozono. Algo la golpeó allá afuera en la negrura de detrás de sus párpados, plumas y pelaje y calor, arrastrándola de vuelta hacia arriba, hacia ese odioso cielo. Lexa abrió los ojos, incrustó los dedos en un pelaje negro como el carbón, finos relámpagos recorrían los bordes de sus alas. Un grito lastimero desgarró el aire cuando ella se estiró en el Kenning y reconoció la forma del que la había salvado.
Sukaa…
SÍ
¿Por qué?
PORQUE ÉL ME LO PIDIÓ.
… ¿Te lo pidió?
PORQUE YO SERÉ KHAN CUANDO ÉL NO ESTÉ.
Lexa miró hacia arriba, vio a Buruu volando a toda velocidad a través de las nubes, retorciéndose y zigzagueando entre los agresivos enjambres de halcones deformes. Y cuando se escoró, cuando inclinó un ala hacia tierra, vio a una figura montada sobre él, con un humeante lanzador de hierro en la mano, el puño enroscado en la crin de Buruu. Los dos se movían como si fueran poesía, haciendo trizas los cielos y cortando a los pájaros de Yomi en mil pedazos.
El que la había tirado de lomos de Buruu.
Había saltado desde la espalda de Shai…
La había empujado…
Murphy…
Sukaa ascendió, una lenta espiral los alejó de la sima bajo sus pies. Echo y Kaiah seguían luchando en lo alto, la chica gritaba al viento mientras su hermano se alejaba volando, Shai les cortaba el paso, impidió que los persiguieran, con las alas desplegadas y los ojos centelleantes. El resto de la manada iba pegada a los talones de Buruu, destrozaban todo lo que se le ponía por delante, despejaban el camino hacia la más profunda de las negruras, el corazón de la herida, el lugar en el que ella había estado dispuesta a zambullirse. Pero Sukaa volaba en dirección contraria a la puerta del infierno, la llevaba de vuelta a la seguridad, lejos del borde abisal.
¿Qué estás haciendo? ¡Llévame para allá!
ESE NO ES TU DESTINO.
Echo levantó su espada de sierra, gritó en la mente de Shai.
¡Quítate de mi jodido camino! ¡Lexa, haz que se aparte!
Lexa pestañeó, el horror se iba apoderando lentamente de su corazón, para sumirla de golpe en una desesperación oscura y fría y apabullante.
No. No, no puede hacerlo…
EL CHICO ELIGIÓ. EL KHAN ESTUVO DE ACUERDO. MEJOR DOS QUE CUATRO.
Shai sacudió la cabeza, su pena inundó la mente de Lexa.
*MEJOR ELLOS QUE TÚ.*
—No —murmuró Lexa—. No, no puede…
Agarró puñados enteros de plumas de Sukaa, incrustó los dedos en la carne que había por debajo, chilló dentro de todas las mentes que había a su alrededor.
¡No podéis dejarle! ¡No podéis dejarle que haga esto!
LA PALABRA DEL KHAN ES LEY.
Rabia en el pecho de Shai, atravesada por una amarga pena.
*HACE ESTO POR TI, CHICA. POR LOS QUE LLEVAS DENTRO.*
—¡NO!
Lexa se metió en el Kenning, se estiró hacia la mente de Buruu, luchando contra el cortante frío glacial que manaba de la sima allá abajo. La sola idea era demasiado horrible de comprender.
De permitir.
No podía ser. No podía acabar así.
No después de todo lo que habían pasado juntos.
—¡Buruu! —gritó—. ¡Buruu!
La sangre palpitaba en sus sienes, salía por su nariz, buscó en lo más profundo de su ser, se estiró hasta el límite, a través del vacío que se extendía bajo ella, el odio que rondaba por su superficie. Se aferró a él, negándose con toda su alma a que eso tuviera que ser así. Su voz fue un grito desgarrado, su garganta en carne viva y sangrando.
—¡BURUU!
Y en la lejanía, más amortiguado a cada respiración, oyó su débil respuesta.
LEXA.
Se quitó el pelo de la boca, los ojos llenos de lágrimas.
No puedes hacer esto, hermano. ¡No puedes!
DEBO HACERLO.
No. No tiene por qué ser así…
LO SABÍAMOS, EL CHICO Y YO. EL CAMINO QUE DEBÍAMOS SEGUIR. ALGUIEN DE SANGRE YOKAI DEBE MORIR HOY. PERO QUEREMOS A NUESTRAS HERMANAS DEMASIADO COMO PARA PERMITIR QUE NINGUNA DE VOSOTRAS CAIGA. ASÍ QUE CAEMOS POR VOSOTRAS.
Tú no, Buruu, por favor, tú no…
ENTONCES, ¿QUIÉN DEBERÍA LLEVARLE? ¿MIS COMPAÑEROS DE MANADA? ¿MI PAREJA?
¡Dijiste que estaríamos juntos!
LO ESTUVIMOS. EN NUESTRO MOMENTO DE MAYOR ESPLENDOR. DE MAYOR GRANDEZA. FUIMOS GLORIOSOS, TU Y YO.
Una sonrisa en la mente de Lexa.
FUIMOS LEYENDA.
¡Pero me lo prometiste! ¡Me prometiste que estaríamos juntos hasta el final!
¿PERO ES QUE NO LO VES, HERMANA?
La voz de Buruu sonó todavía más lejana.
ESTE ES EL FINAL.
Buruu, por favor. Vuelve. Por favor, Dios, ¡VUELVE!
ESTABA PERDIDO CUANDO TE CONOCÍ. TODO MI SER. Y EN MEDIO DE TODA AQUELLA OSCURIDAD, DE TODA AQUELLA DESESPERACIÓN, TÚ ME ENCONTRASTE. TÚ ME DISTE UN NOMBRE. SOLO TÚ. MI HERMANA. MI TODO.
¡Pero no puedes irte! ¡Me vas a dejar sola!
NO ESTARÁS SOLA NUNCA. YO ESTARÉ CONTIGO EN LOS CIELOS AZULES Y EL AGUA CLARA. ME VERÁS EN LOS OJOS DE ESOS NIÑOS QUE LLEVAS DENTRO, OIRÁS MI VOZ CUANDO DIGAN TU NOMBRE.
La inundó de un calor aplastante. Un calor que reflejaba todo su amor.
ESTE NO ES TU FINAL.
Los sollozos sacudían el cuerpo de Lexa. El dolor le arañaba los pulmones. Demasiado imposible de comprender. Demasiado cruel e injusto. De todas las cosas, ¿era este el precio que tenían que pagar?
¿Era esto lo que les iba a costar su locura?
¿Él?
ELIJO EL CAMINO FÁCIL, HERMANA. ES SIMPLE LO QUE HAGO AHORA, CERRAR LOS OJOS Y DORMIR. ERES TÚ LA QUE DEBE RESISTIR. LA QUE DEBE QUEDARSE EN MEDIO ESTA DESOLACIÓN Y ENSEÑARLES A LOS QUE VENDRÁN DESPUÉS LO QUE HA OCURRIDO ANTES.
Buruu…
ADIÓS, HERMANA.
No. Por favor, Dios, no digas eso…
ENTONCES, ¿QUÉ DEBERÍA DECIR?
Dime que me verás pronto. Dime que estaremos juntos otra vez.
PERO NO ES ASÍ.
¡Tiene que ser así! ¡No puedo seguir sin ti!
NO QUIERES DECIR ESO DE VERDAD. ERES TAN FUERTE COMO LAS MONTAÑAS. SIEMPRE LO HAS SIDO. SIEMPRE LO SERÁS.
Pero tú eres lo mejor de mí. El que me hace fuerte. ¿Quién seré sin ti?
SERÁS LA QUE HAS SIDO SIEMPRE.
La voz de Buruu casi no se oía bajo su mar de lágrimas.
SERÁS LEXA.
Ya solo un susurro.
TE QUIERO.
Solo un soplido.
ADIÓS.
Volaron por el cielo a toda velocidad, rápidos como un rayo, informes y perfectos. La penumbra estaba inundada de horrores y la nieve de veneno y por todas partes a su alrededor no había más que muerte y pena y sufrimiento del color de las garras de un cuervo. Pero pasaron a través de todo ello, mano a mano, la voz de cada uno resonaba en la oscuridad de la mente del otro, allí en aquella soledad atroz.
Aquí estamos; Pájaro Burlón. De puntillas al borde del abismo.
¿ESTÁS PREPARADO?
Murphy pensó en un chico guapísimo, una sonrisa que volvería a ver pronto.
Sin duda.
Se lanzaron en picado a través de la marea de aullante negrura, bajaron en espiral hacia las ondas que se veían en la faz de la oscuridad. Más cerca. Podían oírla a medida que se acercaban, más alta a cada segundo que pasaba, la canción, su letra, lo bastante clara como para entenderla al fin. Una canción de amor y odio, de pérdida y anhelo, del miedo y la pena entrelazadas con el abandono. Olvidada. Sola.
Más cerca.
Murphy se concentró en la oscuridad cada vez más profunda, se acercaban, los ojos como platos, cada imagen, cada sonido, más claros que nunca. A su espalda, oyó al Arrasador volar por los aires y pintar el cielo con fuego, una onda expansiva de calor y luz imposible, llena de los gritos de los hijos de Última. Una esponja ardiente para borrar la pizarra y dejarla inmaculada. Y para su más completo asombro, se dio cuenta de que sus labios se curvaban en una sonrisa torcida.
Una cosa rara, esta vida.
Un trueno retumbó en la negrura, el grito de una mujer de trasfondo, casi demasiado débil para oírlo.
Sí QUE LO ES.
Si me hubieras dicho el verano pasado lo que traería el invierno, te hubiera llamado mentiroso, Pájaro Burlón…
MUCHAS COSAS CAMBIAN DE UNA ESTACIONA OTRA.
… No todo.
LA FORMA DE LOS HÉROES, DESDE LUEGO.
¿Así que te parezco un héroe?
El tigre del trueno sonrió en la mente de Murphy, mientras se dirigía a toda velocidad hacia la negrura.
Un cegador rayo zigzagueante chamuscó el cielo.
PARECES UN CHICO NORMAL Y CORRIENTE.
Todo se volvió brillante.
ASÍ QUE SÍ, LO PARECES.
Y estalló la luz del día.
