N/A: Hola! Tal y como os dije (me siento muy orgullosa cuando cumplo los plazos) aquí está el siguiente capítulo y la primera aparición de Draco. Me encantaría saber vuestra opinión sobre qué os ha parecido y qué pensáis de él. Muchísimas gracias a todas las personas que dedican un poquito de su tiempo a leer mis historias. Espero que estéis bien y que poco a poco vayamos superando esta situación tan complicada.

A leer! Buen domingo!

PD: Intentaré actualizar el viernes, pero no prometo nada que luego me pillo los dedos.


Lo que esconde tu interior


I

El traslador internacional hizo aterrizar a Hermione de forma algo brusca. Reprimiendo las náuseas, se puso en pie y tras sacudir sus ropas, miró a su alrededor; se hallaba en una pradera azotada por el viento, a lo lejos sonaban los truenos: una tormenta se avecinaba y parecía que el cielo, oscurecido de por sí por el crepúsculo, iba a caerse sobre su cabeza. Divisó la silueta de la casa a lo lejos, se erguía imponente sobre una colina, con aspecto majestuoso pero rodeada de un aura tétrica y fantasmal.

Hermione emprendió el camino hacia la verja de entrada. Para ser un hombre despojado de la totalidad de su fortuna, Draco Malfoy no residía en un lugar precisamente humilde. Conforme se aproximaba, podía apreciar con mayor precisión los detalles: la mansión, construida en piedra, recordaba a Malfoy Manor; en el tejado, gárgolas de caprichosas formas se asemejaban a siniestros guardianes y los amplios ventanales parecían ojos que la vigilaban.

Al notar que caían las primeras gotas, anuncio de la gran tormenta que se aproximaba, Hermione se recordó a sí misma que estaba haciendo todo aquello por el bien común; no obstante, no pudo evitar pensar en su acogedor apartamento en Londres con una punzada de dolor, anhelando estar en aquellos momentos acurrucada en el sofá, cubierta por su manta de croché, leyendo una buena novela mientras acariciaba a Crookshanks.

Por fin llegó a una gigantesca puerta de hierro. Los barrotes, en forma de serpientes de metal enroscadas sobre sí mismas en actitud amenazadora, no contribuyeron a tranquilizar su ánimo en lo más mínimo. En el centro del portón, una cabeza de Gorgona actuaba como centinela ante los extraños. Bajo ella, en una placa oxidada podía leerse: "Si desea pasar, el visitante de buena fe deberá hacer una ofrenda de sangre". Hermione resopló, la atmósfera iba ganando encanto por momentos. Rebuscó en su bolso hasta que dio con un pequeño puñal de punta muy afilada y presionó sobre la yema de su dedo índice, hasta que brotó una pequeña gota de sangre que dejó caer sobre la lengua de la Gorgona. De pronto, la puerta se abrió emitiendo un desagradable chirrido.

Estaba al corriente de que las antiguas mansiones únicamente permitían la aparición dentro de sus terrenos a los miembros de la familia, por lo que se apresuró a atravesar los inmensos jardines a buen paso. La llovizna se convirtió en un aguacero y para cuando llegó al portalón principal, estaba calada hasta los huesos. Sólo entonces se dio cuenta de lo estúpida que había sido: se encontraba tan nerviosa que no se le había ocurrido lanzar un hechizo de impermeabilización y ahora gruesas gotas de agua resbalaban por su pelo; probablemente tendría un aspecto espantoso. Antes de que hiciera intento alguno de llamar, el portón se abrió girando lentamente sobre sus goznes descubriendo un inmenso vestíbulo envuelto en penumbras. Tragando saliva, Hermione se adentró en la casa. En cuanto puso un pie en el recibidor, las velas de la inmensa lámpara que pendía del techo se encendieron al unísono. Miró a su alrededor, temiendo que alguno de los retratos que acechaba en la oscuridad le gritara sangresucia y la expulsara de allí, pero toda la casa estaba sumida en un perturbador silencio. De repente, se oyó un plop y un elfo doméstico se materializó frente a sus ojos. Estuvo tentada de pellizcarse a sí misma sin poder creer lo que veía: el elfo estaba vestido con un esmoquin negro que, pese estar algo polvoriento, parecía de buena confección y hecho a su medida, pero Hermione no tuvo tiempo de hacer ninguna observación porque la pequeña criatura se estiró, adoptando una posición envarada y, con voz solemne, informó:

–Señorita Granger, si hace el favor de acompañarme, la conduciré enseguida al gabinete del amo Malfoy.

Hermione no pudo preguntarle cómo sabía quién era ella; en un abrir y cerrar de ojos, el elfo ya se apresuraba tras unas puertas acristaladas a una velocidad endiablada para sus cortas piernecillas, por lo que se vio obligada a correr tras él para no perderse entre los interminables pasillos de la casa.

Cuando al fin llegaron a su destino, el elfo se detuvo ante una puerta de madera oscura labrada, que también se abrió sola; gesticuló a Hermione para que entrara y, una vez hubo cumplido su cometido, desapareció con un nuevo plop.

La había dejado sola en la guarida del lobo. O mejor dicho, de la serpiente.

–Vaya, vaya, vaya, pero ¿qué tenemos aquí? –No necesitó girarse para saber al instante que se trataba de él, reconocería en cualquier parte aquel modo de arrastrar las palabras que tanto detestaba. La voz de Malfoy provenía de algún rincón de la habitación a oscuras, apenas iluminada por la luz de los relámpagos que se colaba a ráfagas por el ventanal–. Si es Santa Granger. La mismísima Princesa de Gryffindor en persona se digna a visitar mi humilde morada. ¿Se puede saber a qué debo tal honor?

Haciendo caso omiso a su tono burlón, Hermione se dio la vuelta para encarar a Malfoy, pero sólo fue capaz de distinguir su silueta entre las sombras. Pese a hallarse repantingado en un sillón, con una pierna colgando despreocupadamente sobre el reposabrazos, aún era capaz de mantener su porte elegante y aristocrático.

–Vengo en representación del Ministerio de Magia de Gran Bretaña –se irguió en toda su altura, adoptando un tono neutro y profesional y rogando porque Malfoy no notara el nerviosismo que la atenazaba–, tienen una propuesta que hacerte.

Esperaba que Malfoy la expulsara de su casa con cajas destempladas, que despotricara contra el Ministerio o incluso que simplemente se conformara con ignorar su petición, pero en ningún caso pudo prever su reacción. Desde su rincón en las tinieblas escuchó una risilla, que pronto elevó su volumen hasta convertirse en una carcajada seca y ronca, rasposa, que a Hermione le resultó muy desagradable –tampoco es que hubiera en Malfoy nada que no lo fuera–. Cuando la risa finalmente se extinguió, percibió que algo en la postura de él se tensaba, abandonando su previo aire indiferente.

–Sólo alguien como tú, Granger, podría tener el valor para presentarse en mi casa y pedirme que haga algo por esa panda de imbéciles. Dime, ¿qué ha ocurrido?, ¿San Potter se ha roto una uña y no saben cómo repararla?

–Malfoy, créeme, conozco perfectamente tu falta de virtudes, no me hagas dudar ahora también de tu inteligencia.

–Chist –Malfoy chasqueó, como si reprendiera a un niño que hubiera cometido una travesura–, Granger, Granger, Granger, si, tal y como supongo, vienes aquí a pedir algún favor, creo que deberías controlar tu lengua o emplearla en algo más provechoso; a tales efectos, puedo darte una buena muestra de mis virtudes.

–¡Oh, por favor! Ahórrame el tener que vomitar en tu preciosa alfombra. Sencillamente eres asqueroso.

–Ofendiendo mis frágiles sentimientos no es el mejor modo de lograr tus propósitos, Princesa.

–Como sea –Hermione empezaba a cansarse de aquel ridículo intercambio verbal: se parecía demasiado a sus encontronazos en Hogwarts, pero ellos ya no eran unos adolescentes y había en juego asuntos serios–, estoy segura de que conoces perfectamente cómo está situación en Inglaterra, ha aparecido en la prensa mágica de todo el mundo.

–Algo he visto, pero seguramente la sabelotodo que hay en ti está ansiosa por ilustrarme.

Malfoy estiró sus largas piernas frente a él, Hermione se percató de que sus zapatos negros estaban relucientes, algo excepcional dado el ambiente polvoriento de la casa.

–Una maldición está asolando todo el país. Nadie sabe muy bien de dónde ha salido o quién la ha lanzado y por qué escoge a sus víctimas; sus efectos son horribles: priva a las personas de sus sentidos poco a poco hasta que se vuelven completamente locas; es tan horrible que muchas terminan acabando con su propia vida.

–Ajá, muy interesante y todo esto que me estás contando ¿debería importarme por...?

Desde el momento en que había aceptado aquella alocada misión, Hermione había sabido que habría complicaciones: más allá de la posibilidad de lograr fabricar la anhelada poción, estaba el hecho de tener que tratar con Malfoy. Se conocían desde niños, sabía qué podía esperarse de él: arrogante, egoísta, prejuicioso y un fanático de la pureza de la sangre; era consciente de que tendría que tragarse su orgullo y pasar por alto el rechazo y la repugnancia que Malfoy y su ideología le inspiraban. No obstante, al escuchar sus palabras cargadas de desprecio, la invadió el deseo de abalanzarse sobre él, de arañarle, golpearle, de hacerle daño hasta borrar cualquier rastro de insensible sarcasmo de su estúpida cara. Aquella inhumana indiferencia hacia el sufrimiento y la desgracia ajenas provocaban que se sintiera enferma, con ganas de salir corriendo sin mirar atrás.

A pesar de todo, ella era Hermione Granger, tenía una misión que cumplir y ninguna frase pronunciada por un niñato malcriado, por muy cruel que fuera, iba a hacerla desistir en su empeño.

–Al Ministerio le gustaría contar con tu… asistencia –se aclaró la voz antes de continuar–. Digamos que está convencido de que es posible crear una poción que elimine los efectos de la maldición sensorem, a poder ser, de manera definitiva. Y cree que tú eres capaz de dar con la solución, de fabricar esa poción.

Malfoy se levantó de manera abrupta, con un movimiento rápido y felino y se plantó de pie frente al ventanal. Su figura se recortaba contra el ocasional resplandor de los relámpagos y Hermione por fin pudo apreciar su perfil con más detalle. Era irritantemente alto, lo que inspiraba la desagradable sensación de parecer pequeña e insignificante en su presencia; además, aunque había ganado algo en corpulencia desde los tiempos del colegio, seguía manteniéndose atlético y esbelto y en sus rasgos, que habían perdido todo rastro de redondez infantil, destacaba su marcada mandíbula en la que crecía una barba de tres días. Malfoy pareció ignorarla durante unos instantes mientras contemplaba los regueros que la lluvia dejaba sobre los cristales hasta que, sin previo aviso, se giró, situándose frente a ella.

Hermione no pudo contener la exclamación de sorpresa al contemplar el rostro que tenía delante: el lado izquierdo, desde la frente hasta el cuello, estaba surcado por cortes que trazaban extraños patrones sobre la piel. Las heridas parecían haberse producido hacía tiempo a juzgar por las cicatrices rosadas y blanquecinas que se entrecruzaban sobre su piel, antaño perfecta. Su cabello platino, que ella siempre había visto impecablemente peinado, caía en desordenados mechones sobre su frente, mucho más largo de lo habitual. El conjunto le daba un aspecto feroz, pero no eran sus cicatrices las que inspiraban a Hermione el deseo de chillar y huir despavorida lejos de él; eran sus ojos. Parecían inyectados en sangre, con el iris claro absorbido por la pupila dilatada; aquellos eran los ojos de un hombre enloquecido por el odio –no sabía muy bien hacia quién–, los ojos de un desquiciado.

No obstante, ella sabía que no estaba ante un loco. Había leído cada coma de su dossier del Ministerio y sabía de lo que era capaz. Con poco más de veinte años, Draco Malfoy había logrado dar con la fórmula de pociones a las que muchos otros habían consagrado su vida entera sin conseguir nada: Malfoy tenía un talento especial. Si había alguien que podía ayudarlos, ése era él y Hermione no iba a acobardarse por el hecho de que le lanzara una mirada capaz de fulminarla. Al fin y al cabo, había tenido que soportar sus ataques contra ella durante toda la adolescencia y había sobrevivido.

–¿Qué, Granger?, ¿sorprendida por mi cambio de look?

Decidida a ignorar aquella provocación, Hermione enderezó su postura, intentando componer una expresión desafiante, pese a que él le sacaba un par de cabezas.

–Así que el Ministerio quiere que trabaje para ellos, ¿eh? –otra vez volvió a sorprenderla con aquella carcajada tan desagradable. Merlín, deseaba abofetearlo con todas sus fuerzas–, ¿y para convencerme han mandado a su mascota? No tenías que haberte molestado en venir hasta aquí, Granger, mi respuesta es no.

–Malfoy, por favor, piénsatelo –odiaba hacer aquello, odiaba tener que pedirle nada precisamente a él–. Está muriendo gente.

Su expresión, que hasta entonces se había mantenido burlona, con aquella odiosa sonrisa irónica pintada en cara, se ensombreció hasta convertirse en una máscara de rencor.

–Puedes mandar a tu amado Ministerio a la puta mierda de mi parte. Me importa un bledo lo que le pase a la gente; por mí, como si la palma toda la jodida Gran Bretaña.

–No esperaba menos de ti. Sé que eres incapaz de hacer nada que no te reporte un beneficio. –Hermione no estaba dispuesta a dejarse vencer tan pronto ante la grosera verborrea de Malfoy, iba a plantar batalla, no en vano, el Ministerio le había dado plenos poderes para negociar–. Pon tu precio.

–¿Mi precio, Granger?, ¿de veras crees que es cuestión de dinero?

–Seguro que hay…

–No Granger, sé lo que piensas y en muchas cosas puede que esté de acuerdo contigo: soy un ser despreciable, egoísta, incapaz de mirar más allá de su propio culo, pero no soy un mercenario. Por mucho que te extrañe de mí, en este caso es una cuestión de principios –conforme hablaba, se había dirigido hacia un ostentoso aparador para servirse un whisky con hielo, Hermione observó extrañada que no recurría al elfo doméstico para aquella tarea, aunque lo más probable era que no quisiera testigos de aquella conversación–. Tus amiguitos redujeron a mi padre a un vegetal sin darle siquiera la posibilidad de recurrir, mi madre se murió de pena, sola, consumida en una cama porque no era capaz de asimilar que había perdido a su marido. No me dejaron ir a despedirme de ella, ¿lo sabías? Rogué, supliqué a tu maldito Ministerio para que me dejaran verla, para que me permitieran ir a Inglaterra una última vez, aunque fuera encadenado y únicamente me mandaron un pergamino rechazando mi petición y una nota de condolencias. ¡NI SIQUIERA SÉ SI ALGUIEN ASISTIÓ A SU JODIDO FUNERAL!

A medida que hablaba, había ido elevando el tono de voz hasta terminar prácticamente gritándole en la cara. Con un golpe seco, dejó el vaso de whisky sobre la superficie que encontró más próxima, haciéndolo añicos. Hermione creyó ver un rastro de humedad en sus ojos. De pronto, le vino a la mente una idea.

–Puedo llevarte a verla, a su tumba. También puedo garantizar que a tu padre se le presten los mejores cuidados. Me ocuparé de ello personalmente. –Supo que había tocado la tecla correcta porque la postura de Malfoy se relajó ostensiblemente, aflojando los puños que hasta entonces había mantenido apretados, tratando de contener la ira. Se pasó una mano por el pelo, Hermione se percató de que la indecisión se había adueñado de sus rasgos, por lo que decidió tensar la cuerda un poco más–. El Ministerio me ha dado carta blanca para negociar contigo, Malfoy. Pide lo que quieras y se te concederá.

Malfoy pareció pensárselo durante un momento; comenzó a pasearse por la habitación, esquivando ágilmente los fragmentos de cristal desperdigados por la alfombra. Cuando habló, Hermione escuchó su voz desde algún punto detrás de ella y aunque no se giró para encararlo, notó como se erizaban los cabellos de su nuca.

–Podré ir a Inglaterra siempre que desee visitar a mis padres –no se le escapó que se refería a ellos como si ambos siguieran vivos–, te encargarás de que se me proporcione un pasaporte, un salvoconducto o lo que sea.

–De acuerdo. –En realidad era una petición sencilla y bastante razonable tratándose de Malfoy. Hermione no creía que el Ministerio pusiera objeciones para proporcionarle los documentos, sobre todo teniendo en cuenta que los beneficios superarían con creces los costes–. No te lo podré facilitar de inmediato, el Ministerio exigirá algún avance en la investigación, una prueba de que estás trabajando en la dirección correcta. Considéralo una muestra de buena voluntad.

–Como sea, en cualquier caso tengo dos condiciones más y bajo ningún concepto estoy dispuesto a renunciar a ellas.

«Oh, allá vamos», se dio cuenta demasiado tarde de que había sido demasiado ingenua al creer que todo aquel asunto se resolvería tan rápido. Nada concerniente a Malfoy era nunca sencillo o manejable. Movió la cabeza animándole a continuar e inspiró hondo preparándose para lo peor, pero cuando vio su sonrisa torcida, su expresión cruel y maquiavélica, supo que sus más horribles expectativas no estaban a la altura de lo que él estaba a punto de detallar.

–Quiero que seas mi ayudante Granger. Una poción de esas características conlleva demasiado trabajo para una sola persona, más allá de su creación requiere muchas horas de estudio y experimentación y, por mucho que lamente admitirlo, eres la única persona que conozco con habilidades medianamente aceptables para ese trabajo. –Hermione abrió la boca para replicar, él era capaz de lograr que incluso el más leve cumplido pareciera un insulto proferido por sus labios–. Si trabajas para mí, te dedicarás a ello en exclusiva: te mudarás aquí y estarás disponible siempre que te necesite.

A Hermione no se le escapó aquel «si trabajas para mí», no era un «si trabajas conmigo», no estarían en situación de igualdad. Si aceptaba, estaría subordinada a él, a cumplir sus órdenes, y debería realizar todo aquello que a él se le antojara disponer en cualquier momento. Conocía su carácter caprichosamente cruel: no iba a resultar un jefe precisamente indulgente. Pero si aceptaba… podría trabajar codo con codo a su lado sin quitarle ojo de encima, sería testigo de sus avances y progresos y podría dar cuenta al Ministerio de en qué punto exacto se encontraba su investigación. Además, un pequeño resquicio de vanidad no podía evitar susurrarle que ella también sería parte de ello, que si lograban neutralizar los efectos de la maldición, sería en parte gracias a su trabajo. Hermione no era estúpida; como persona deseaba estar tan lejos de Malfoy como fuera posible, pero había leído su dossier, conocía sus capacidades y las hazañas que había conseguido en poco tiempo, a la altura de pocionistas maduros y experimentados; trabajar con él sería una gran oportunidad para ampliar su currículum, para adquirir unos conocimientos que serían muy difíciles de alcanzar de otro modo.

–Está bien, acepto –resopló resignada, sabiendo que estaba sellando su destino–, pero antes necesito volver a Londres para recoger algunas de mis cosas.

–No tienes que preocuparte por eso. Si la maldita poción es tan urgente, habrá que ponerse a trabajar cuanto antes. Toppy se ocupará de proporcionarte todo aquello que necesites: ropa, útiles de aseo, un peine…

Al pronunciar la última palabra la miró de forma socarrona y ella tuvo que hacer uso de todo su autocontrol para no sacar la varita y lanzarle una maldición en aquel preciso instante. Se conformó con poner los ojos en blanco y preguntar:

–¿Y la otra condición?

La sonrisa de Malfoy se hizo más amplia, una auténtica mueca de satisfacción y malvado placer.

–Quiero que me lo pidas como es debido, Granger. Quiero que te arrodilles frente a mí y me implores que os ayude a ti y a tu patético Ministerio.

–¿QUÉ?

–Lo que oyes. –Malfoy la miró con expresión aburrida, como si estuviera tratando de explicar algo sencillo a un niño pequeño–. Esa es mi tercera condición: quiero verte de rodillas suplicando por mi ayuda. Es sencillo, lo tomas o lo dejas, Granger.

Cerró los ojos tratando de calmarse. «Es por el bien común» se recordó a sí misma. Acceder a aquella estúpida condición no implicaba humillarse o rebajarse ante él. Si acaso, todo lo contrario. Si después de todo por lo que habían pasado: la guerra, el sufrimiento, si, después de haber presenciado cómo era torturada frente a él en su propia casa, era capaz de pedirle aquello, era él mismo el que se degradaba demostrando que era un miserable, una persona mezquina y despreciable.

Hermione no dijo nada más, no lo considero necesario. No pronunció una sola palabra más, tan solo se agachó frente a él quedando de rodillas, sentada sobre sus propios pies.

–Ahora inclínate ante mí.

Sin prestar atención a la mortificación que sentía, tragó saliva y dobló el cuerpo hacia delante, hasta que su frente tocó la mullida alfombra persa.

–Malfoy, por favor, te lo suplico. Ayúdanos.

Alzó la mirada, encontrándose con la de él; tenía un gesto frío, impasible, todo rastro de sonrisa y sarcasmo totalmente borrados de su cara.

–Me gustaría que te vieran tus amiguitos así, Granger. La perfecta prefecta, la virginal princesa arrodillada ante mí, ocupando al fin el lugar que le corresponde, a mis pies. –Pese a lo crudo de sus palabras, Hermione tampoco fue capaz de hallar en su expresión algún vestigio de triunfo o malvada satisfacción.

Se quedaron quietos los dos. Malfoy la miraba desde arriba, observándola, recorriéndola con la vista, como si tratara de grabar en su memoria aquel momento. Probablemente era lo que estaba haciendo. Por fin, salió de su trance y simplemente comentó:

–Puedes marcharte, Toppy te mostrará tus aposentos.

La despidió de aquel modo, tratándola como si fuera su sirvienta, su esclava, como si realmente fuera un ser inferior a él. Tan pronto como escuchó su nombre, Toppy – así resultó llamarse el elfo del esmoquin – se materializó e hizo un simple gesto hacia la puerta.

–Acompáñeme señorita, la llevaré a su habitación.

Antes de marcharse, Hermione se detuvo en el umbral y le miró por última vez.

–Estás podrido, Malfoy. Tú interior es aún más repulsivo que la imagen que te devuelve el espejo.

El único indicio que dio Malfoy de haberla oído fue un gesto displicente con la mano. Después, simplemente se acomodó de nuevo en su sillón.

–Buenas noches para ti también, Granger. Mañana te quiero en mi estudio a primera hora.

Llegó la madrugada y él continuaba allí sentado, meciendo su vaso de whisky mientras contemplaba su propio reflejo en el ventanal; sintió que hacía demasiado frío para estar a finales de agosto.


N/A: Muchísimas gracias gracias a la increíble MrsDarfoy por la portada tan guay. ¡Es una crack!