N/A: Holaa! Pues ya es viernes y os traigo un capítulo más. Este es el más largo que llevo de momento: sabremos más cosas de Draco, se plantean nuevas incógnitas y veremos algo de interacción Dramione.

No tengo muy claro si voy a seguir manteniendo el ritmo de actualización cada viernes o lo pasaré a cada dos semanas (la obligación me llama). También está la opción de hacer capítulos más cortos, pero de momento, me gusta la longitud que tienen ahora (3.500-4000 palabras), en cualquier caso tratare de seguir publicando algún adelanto en FB.

Dejando aparte motivos técnicos, quería agradecer de todo corazón a las personas que se han tomado la molestia de dejar un review en el último capítulo. Mención especial a LilyNott, Mary y Guest que no han comentado desde ninguna cuenta y no he podido agradecérselo personalmente. Vuestros comentarios me motivan un montón, pero sobre todo me ayudad a saber qué os está pareciendo la historia y si hay algo que debería corregir (me preocupa especialmente que los personajes queden OoC).

Y nada más, muchísimas gracias a las que dedican unos minutos de su tiempo a leer mi historia. Sin más, a leer!


Lo que esconde tu interior


IV

Millie se mostró más que complacida con poder resultar de utilidad a Hermione. Trotando feliz por la casa, la condujo hasta la biblioteca y, una vez se hallaron ante las imponentes puertas de madera labrada, se hizo a un lado para que la chica pudiera entrar primero.

Aun entre la penumbra, Hermione se sintió como en un sueño: transportada a una de esas míticas y legendarias bibliotecas de la antigüedad. En cuanto la elfina corrió las cortinas para dejar pasar la mortecina luz del atardecer y pudo contemplar las interminables filas de libros que cubrían las paredes de arriba abajo, le fue imposible contener la exclamación de admiración que escapó de sus labios.

–Señorita, el amo Draco ha dicho que puede quedarse aquí tanto tiempo cómo desee. Si siente hambre, no tiene más que llamar a Millie y le traerá la merienda –mientras hablaba, la elfina sacudía su mono azul tratando de eliminar inexistentes manchas–. O si lo prefiere, Millie puede volver a subirle la cena a la señorita a su habitación.

–Muchas gracias –Hermione sonrió a Millie con cariño; la elfina se estaba abriendo un hueco en su corazón casi tan rápido como Dobby–. No te preocupes, si necesito algo te avisaré, Millie, aunque creo que podré arreglármelas sola de momento.

La elfina hizo una leve reverencia, mucho más desenfadada que las de Toppy y desapareció.

Hermione comenzó a curiosear por la biblioteca; debía admitir que el día no había sido tan espantoso como había esperado: en ocasiones, Malfoy había estado a punto de acabar con su paciencia, pero el tiempo que habían pasado investigando no había resultado ser tan malo –si obviaba el hecho de quién era su compañero de estudio, podía decir que incluso lo había disfrutado–. Y ahora él le permitía pasar el resto de la tarde en su biblioteca.

Cuando Malfoy se había negado a renunciar a su tiempo libre a fin de seguir trabajando unas horas más, Hermione se había sentido extremadamente furiosa con él: el tiempo apremiaba y no podían perderlo en cualesquiera fuera el pasatiempo al que él se dedicara en sus horas de descanso. No obstante, ahora reconocía que hubiera lamentado no poder disponer de aquellos momentos para ella misma: sola, sin tener que rendir cuentas a nadie; disfrutar del silencio y el olor a pergamino antiguo era extrañamente reconfortante «Mierda, casi se diría que le estoy dando la razón».

Se dedicó a pasear entre las hileras de libros, tan altas que era necesaria una escalera de mano para acceder a los estantes superiores. Distraída, acariciaba los lomos de los volúmenes encuadernados en piel; estaban ordenados por materias: Adivinación, Aritmancia, Artes Oscuras –Hermione reprimió un escalofrío y pasó de largo aquella sección–; una pared entera estaba dedicada a libros sobre pociones y alquimia. De pronto, se quedó paralizada por la sorpresa al llegar a una estantería en particular. En ella, se almacenaban todo tipo de libros dedicados a la aeronáutica y la aviación. Sin poder creerlo, examinó los ejemplares con renovado interés: iban desde manuales muggles de vuelo, hasta tratados sobre aviones, aeronaves e incluso había algunas obras sobre vehículos espaciales. Hermione no salía de su asombro: Malfoy tenía libros muggles en su muy-antigua-y-venerable biblioteca sangrepura y no sólo eso, sino que había dedicado una sección entera a literatura sobre aviones y demás artefactos voladores muggles.

Aquello planteaba un nuevo enigma sobre Draco Malfoy: se suponía que él despreciaba todo lo muggle, que consideraba que las personas no mágicas eran seres inferiores y primitivos. Puede que él no comulgara con muchos de los ideales que habían propugnado Voldemort y sus más terribles secuaces –ellos deseaban un genocidio muggle, su prácticamente total exterminio–, Hermione jamás había creído a Malfoy tan cruel o malvado, pero definitivamente sí le veía lleno de prejuicios y rechazo a cualquier cosa procedente del mundo no mágico. Si tal era el caso ¿qué hacían entonces todos esos libros en su biblioteca?

Irritada, Hermione evidenció que otra vez los pensamientos sobre Malfoy monopolizaban su mente; de repente la biblioteca había perdido todo su interés a favor del odioso Slytherin: multitud de preguntas sobre él se agolpaban en su mente ¿a qué dedicaba su tiempo libre después del trabajo?, ¿por qué tenía tantos libros sobre aviones?, ¿por qué, siendo como era –inmensamente rico–, había decidido consagrar su vida a las pociones?, ¿qué le había ocurrido en la cara? Eran demasiadas incógnitas y presentía que, aunque preguntara a Millie al respecto, la elfina no podría proporcionarle una respuesta a la mayor parte de ellas.

Perdida en aquella maraña de dudas, salió de la biblioteca y caminó sin rumbo fijo por el corredor hasta que se halló frente a una puerta de madera oscura parcialmente quemada y cuyos bordes en la pared se encontraban, asimismo, ennegrecidos. Aunque no supo muy bien cómo había llegado hasta allí, sin pensarlo demasiado, acercó la mano al picaporte, resuelta a descubrir qué había tras la puerta. En cuanto rozó la manija de metal, se escuchó un plop y Toppy se materializó junto a ella, con una expresión atemorizada pintada en su rostro. Hermione dio un respingo, sobresaltada.

–¡No, no, no, no, no! la señorita no puede entrar en esta habitación bajo ninguna circunstancia. –Toppy bloqueó la puerta con su cuerpecillo, dispuesto a interponerse en caso que Hermione insistiera en su propósito de entrar–. El amo tiene ordenado expresamente que nadie, absolutamente nadie, ponga un pie aquí. Ni siquiera a Millie o Toppy se les permite el acceso.

Hermione frunció el ceño; los secretos y enigmas no hacían más que aumentar y ella detestaba la incertidumbre y la ausencia de respuestas. Pese a que se moría de ganas por saber más, Toppy parecía realmente asustado ante la idea de que ella decidiera hacer caso omiso a su petición y se empeñara en entrar en la misteriosa sala, así que decidió hacerle caso. «Por ahora», musitó para sus adentros. Si existía una tentación verdaderamente irresistible para Hermione Granger, ésa era los misterios por resolver.

Cuando Toppy comprobó que la chica finalmente desistía de su empeño, pareció relajarse un poco y adoptó una actitud mucho más amigable.

–Si la señorita lo desea, Toppy puede acompañarla a su habitación. La señorita parece algo perdida y Toppy estará encantado de mostrarle el camino.

A Hermione se le ocurrió que, puesto que iba a vivir en aquella casa durante un tiempo, bien podía al menos aprenderse el camino hasta su propio dormitorio; además eso le permitiría pasar un poco más de tiempo con Toppy y tratar de sonsacarle algo más de lo que el elfo pudiera contarle.

–Esto… Toppy, ¿te importaría darme un paseo por la casa y enseñármela bien? Siempre que se pueda, claro, no quiero meterte en líos. –Hermione compuso su mejor expresión inocente–. Es que esto es tan grande, que aún me pierdo un poco.

Toppy accedió encantado: había una única cosa que despertaba su veneración al mismo nivel que Malfoy y ésta era su mansión; cuando la señorita mostró sus deseos de poder conocerla mejor, su rostro resplandeció de alegría.

–Así que Septimus Abraxas Malfoy, tatara-tatarabuelo del actual amo Malfoy ordenó plantar los viñedos en torno a las tierras de la Mansión, desde entonces las viñas producen el mejor vino de elfo de toda la región…

Toppy estaba en su salsa; parecía conocer la historia de los Malfoy desde la primera generación, cuando, procedente de Normandía, Armand Malfoy había desembarcado en Inglaterra como mago de confianza de Guillermo el Conquistador. Aunque desde entonces los Malfoy habían fijado su residencia en Gran Bretaña, aun conservaban la mayor parte de las propiedades de sus antepasados en Francia, una de las cuales era la mansión de Borgoña en la que Malfoy vivía en la actualidad.

En su paseo por el corredor, el elfo se detenía frente a cada retrato explicándole a Hermione la historia del Malfoy en cuestión. Aunque de aspecto arrogante y estirado, ella tuvo que reconocer que al menos eran educados y, a diferencia del cuadro de la señora Black, que se dedicaba a insultarla y dirigirle improperios cada vez que Hermione ponía un pie en Grimmauld Place –Harry había tratado de retirar el retrato de la pared pero había desistido porque cada vez que lo intentaba, Kreacher se abrazaba a él con todas sus fuerzas y amenazaba con acompañar a su "ama" a cualquier funesto destino que tuviesen reservado para ella–, los retratos Malfoy se contentaban con mirarla con una mueca airada desde sus marcos.

Por fin Toppy hizo una pausa en su relato sobre cómo Septimus Malfoy había reforzado las barreras mágicas de la propiedad y Hermione aprovechó el momento para tratar de obtener algo de información.

–Esto… Toppy, entonces puedo deducir que llevas muchos años sirviendo a la familia...

El elfo asintió tan vigorosamente que ella temió que pudiera sufrir algún tipo de lesión cervical.

–Sí señorita, Toppy nació en Malfoy Manor, sus padres sirvieron a la familia Malfoy y también sus abuelos antes que ellos y sus bisabuelos y…

–De acuerdo, Toppy. Me hago una idea. –Hermione sintió una punzada de tristeza al pensar que Toppy y Dobby se habrían criado juntos–. Y ¿siempre fuiste vestido así?

Casi lamentó haberle hecho picar el anzuelo de forma tan descarada cuando contempló cómo los inmensos ojos de Toppy de humedecían y sus labios componían un gesto apesadumbrado.

–No señorita – gimoteó–, a Toppy le obligaron. Cuando el amo Malfoy tuvo que marcharse de Inglaterra, también fue obligado a liberar a Toppy. Pero Toppy no quería; a Toppy se le ofreció cocinar en Hogwarts pero Toppy no podía abandonar al amo. Si Toppy era un elfo libre podía hacer lo que deseara, así que acompañó al amo –gruesos lagrimones rodaban por las mejillas del elfo–. En su infinita bondad, el amo permitió a Toppy vivir con él y continuar sirviéndole tal y como llevaba haciendo toda su vida, pero insistió en que debía pagarle por ello –el gesto de Toppy se volvió horrorizado–, Toppy no podía aceptarlo, ¡que infamia! ¡cobrar dinero por cumplir con su deber!, al final Toppy accedió a vestir ropa; el amo le dijo que podía escoger las prendas que prefiriese, así que Toppy escogió este atuendo –acompañó sus palabras con una pirueta, tratando de mostrar a Hermione su esmoquin–: a Toppy le parece que es lo más apropiado para hacer justicia al linaje y dignidad del amo.

Hermione no supo si debía reír o echarse a llorar: estaba segura de que cualquier argumento que pudiera exponerle a Toppy a favor del trabajo remunerado iba a caer en saco roto y tampoco deseaba disgustar al elfo; aunque algo orgulloso y pedante –era una especie de Percy Weasley en versión élfica–, estaba resultando ser muy amable y servicial.

–¿Y qué hay de Millie, Toppy?

–¡Oh! Millie –Toppy tenía una expresión bobalicona–, Millie seguirá a Toppy dónde quiera que él vaya.

«Vaya, esto sí que no lo esperaba»

La charla estaba siendo mucho más entretenida de lo esperado, porque enseguida Hermione se dio cuenta de que habían llegado a su habitación. Aguardando respetuosamente junto a la puerta, Toppy anunció que Millie subiría la cena y luego se retiró con su reverencia de rigor. Cuando por fin entró en su cuarto, Hermione tuvo la sensación de que aquél había sido el día más largo de su vida; decidió que, como el día anterior, un buen baño ayudaría a relajarse y aclarar sus ideas.

Poco después se presentó Millie con la cena; Hermione aún sentía cierta reticencia a la idea de ser atendida por elfos domésticos, pero Toppy y Millie estaban allí por su propia voluntad y siendo sincera, agradecía de veras no tener que volver a sentarse con Malfoy en el comedor. Apenas llevaba veinticuatro horas en aquella casa, pero él parecía haberse convertido en un persistente dolor de cabeza.

La elfina la sorprendió trayendo, junto con la bandeja de la cena, una carta de Harry y Ron que acababa de recoger de la lechucería. Aquello le hizo una especial ilusión: normalmente era necesario casi amenazarles para que se dignaran a escribir unas cuantas líneas, así que debían estar verdaderamente preocupados para enviarle una carta después de haber estado hablando con ellos la noche anterior.

Además del correo, Millie trajo un ejemplar de El Profeta; en la portada, salía Harry estrechando la mano de Blaise Zabini. Al parecer, el antiguo Slytherin acababa de incorporarse al Ministerio como abogado asesor del Wizengamot para la aplicación de la Ley Mágica. Aquella fotografía era un ejemplo perfecto de la reconciliación de los bandos enfrentados en la guerra, ya que, pese a que la familia Zabini se había mostrado neutral de cara al público, toda la sociedad mágica sabía con qué ideología simpatizaban.

Decidió irse a la cama pronto; después de todo, dadas las costumbres de Malfoy, al día siguiente debería levantarse temprano y no tenía el más mínimo interés en escuchar otro de sus sermones acerca de la puntualidad. Contestó a la carta de sus amigos –una retahíla de insultos hacia Malfoy por parte de Ron e innumerables consejos de Harry acerca de la necesidad de ser prudente y mantenerse alerta– con unas cuantas líneas tranquilizadoras y el deseo de que el resto de la familia Weasley se encontrara bien. Tan pronto como su cabeza tocó la almohada, cayó profundamente dormida.

El hechizo de alarma la despertó al día siguiente a las cinco y media de la mañana. Al principio, a Hermione le extrañó que Toppy no se presentase con su carrito de mermeladas, pero luego se le ocurrió que, tal vez, aquel gesto había sido algo excepcional a fin de obsequiarla en su primer día en la mansión. Se vistió rápidamente con unos vaqueros negros y una camiseta gris y de camino al estudio de Malfoy –gracias al paseo con Toppy de la tarde anterior fue capaz de localizarlo sin problemas–, se hizo una cola de caballo.

Al llegar al estudio notó algo extraño: la puerta estaba cerrada, no se veía luz alguna tras el cristal y todo se hallaba sumido en el silencio. Llamó un par de veces, sin recibir contestación alguna «¿Será esto algún tipo de broma del maldito hurón?»; estaba muerta de sueño, al borde de dormirse de pie y, aunque la llenaba de remordimientos, no veía otra alternativa que la de llamar a Toppy para que le aclarara la situación.

Tan pronto como pronunció su nombre entre susurros, el elfo se apareció frente a ella, luciendo tan despierto como siempre en su esmoquin negro, pese a lo temprano de la hora.

–Toppy, ¿podrías decirme dónde está Malfoy? He llamado a la puerta de su estudio, pero no parece haber nadie.

–Probablemente el amo se encuentre durmiendo, señorita.

–¿¡CÓMO!? –Hermione sintió que una vena en su sien palpitaba con fuerza. –¿Me estás diciendo que me he levantado a las cinco y media de la mañana y Malfoy sigue en la cama? –se arrepintió enseguida del tono que había empleado con el elfo: Toppy comenzaba a caerle bien y no se merecía pagar los platos rotos por el horrible comportamiento de Malfoy.

–Es domingo, señorita Granger: el amo aprovecha para dormir hasta tarde y dedicarse a sus aficiones.

«Lo mato» Después del discurso del día anterior sobre la necesidad de cumplir el horario a rajatabla y respetar estrictamente sus horas de trabajo, a través del cual, Malfoy había dejado claro que no se sentía absolutamente presionado por la urgencia de fabricar la poción y que pensaba seguir tomándose el tiempo libre que considerara conveniente, resultaba que en ningún momento se le había ocurrido mencionarle que los domingos eran su día de descanso.

–Es temprano, la señorita puede volver a dormir si así lo desea. Toppy puede acompañarla a su habitación.

–Muchas gracias, Toppy, creo que me las arreglaré para regresar sola.

–Muy bien, señorita, en cuanto le apetezca el desayuno, no tiene más que pedirlo.

Hermione decidió dedicar el domingo a, básicamente, no hacer nada. Una vez estuvo de vuelta en su cuarto, ni siquiera se molestó en volver a ponerse el pijama; se desplomó sobre la cama y durmió varias horas más. Cuando despertó, se deleitó engullendo tostadas con mermelada de todos los sabores, bajo la satisfecha mirada de Millie.

–Oye, Millie, ¿sabes si hoy habrá alguien en la biblioteca? –No había sido demasiado sutil, pero es que, aunque se moría de ganas por volver y pasar el día enredando entre libros, por nada del mundo querría encontrarse a Malfoy allí. No, antes pasaría el domingo encerrada en su cuarto, consumida en su propio aburrimiento.

–No, señorita, el amo pasará el resto del día en el laboratorio, Toppy debe encargarse de la cocina y Millie se ocupará del jardín.

«¿Malfoy en el laboratorio?, ¿no era su día de descanso?» A Hermione le invadió de repente cierta suspicacia ante la posibilidad de que él estuviera tramando algo en sus mismísimas narices, pero pronto desechó la idea. Después de todo lo que había sufrido, estaba segura de que a Malfoy se le habían quitando sinceramente las ganas de meterse en líos y si algo tenía claro sobre él, era su gusto por las pociones; tampoco era tan extraño que dedicase su día libre a experimentar con ellas puesto que, además del quidditch, eran su única afición que ella supiera.

Finalmente, terminó pasando el día en la biblioteca, hojeando volúmenes de cientos de años y ejemplares que se creían desaparecidos. Únicamente la irrupción de Millie a la hora del almuerzo con un montón de sándwiches y emparedados la sacó de aquel paraíso de páginas y tinta. Estuvo allí el resto de la tarde –la mayor parte del tiempo la dedicó a revisar el ejemplar de Moste Potente Potions– y cuando los rayos de sol que entraban por los ventanales comenzaron a decaer, Hermione consideró que era momento de regresar a su cuarto.

La forma de terminar el día se estaba convirtiendo en una especie de rutina: baño y cena en la habitación. Antes de dormir, leyó un capítulo de Hogwarts: una historia –no había podido evitar sacarlo de la biblioteca y subirlo a su habitación para poder examinarlo mejor– y finalmente concluyó que, aunque había tenido un inicio espantoso, aquel día tampoco había acabado siendo del todo malo.

oooOOOooo

El lunes comenzó de forma muy parecida al sábado: esa mañana Toppy sí que apareció con el desayuno; Hermione se vistió y cuando faltaba un minuto para las seis, ya se hallaba frente a la puerta de cristal del estudio de Malfoy. No necesitó llamar: la puerta pareció sentir su presencia, puesto que se abrió sola.

Malfoy estaba inclinado sobre la mesa de trabajo; no pareció notar que ella estaba allí porque ni siquiera alzó la vista del pergamino en el que garabateaba notas a una velocidad endiablada. Enfadada ante su indiferencia –al fin y al cabo, había estado a punto de tropezar en el pasillo en su empeño porque él no tuviera motivos para increparla por su impuntualidad–, carraspeó para llamar su atención.

–Buenos días, Granger. Espero que disfrutaras del día de descanso.

Por toda respuesta, Hermione emitió un bufido y se sentó frente a él, en el mismo lugar del último día. Sin decir nada, reanudó la lectura del libro que había dejado a medias; de vez en cuando, lanzaba una mirada curiosa a las anotaciones de Malfoy: tenía una caligrafía bonita, con letras puntiagudas y elegantes que se inclinaban ligeramente a la derecha.

–¿Necesitas algo?

–Esto, ¿puedes pasarme el libro sobre antídotos, por favor? –Hermione se sintió muy satisfecha por su capacidad para improvisar excusas: habría sido demasiado embarazoso que Malfoy la pillara de nuevo espiándole–. El que está a tu derecha.

El chico solamente arqueó una ceja y le tendió el pesado volumen.

La mañana transcurrió sin mayor novedad; apenas intercambiaron un par de palabras relativas a la necesidad de rellenar un tintero o conseguir pergamino nuevo. A media mañana, Millie les trajo un tentempié y para cuando llegó la hora de comer, Hermione sentía la vista cansada y la espalda dolorida.

–Así que… estuviste en la biblioteca.

Las palabras de Malfoy la sorprendieron tanto que Hermione estuvo a punto de dejar caer la cuchara de sopa de su mano. «¿Ahora era a él al que le apetecía entablar conversación?». Sin embargo, la temática se le antojaba demasiado interesante como para responder con un simple monosílabo.

–Pues sí. ¡Es increíble todas las obras que hay ahí! ¡Se necesitarían muchas vidas para poder leerlo todo! –al ver que Malfoy la miraba con expresión burlona, sintió la necesidad de defenderse–. ¡Nunca había visto libros tan antiguos!

–Calma, comelibros, ya te he dicho que puedes pasar ahí el tiempo que quieras –repuso él, para después volver a centrar toda su atención en su plato de sopa.

Hermione decidió aprovechar que Malfoy aquella mañana parecía más conciliador que de costumbre para tratar de aclarar alguno de los enigmas que tanta curiosidad le provocaban.

–Oye, Malfoy –El aludido giró la cabeza levemente hacia ella, dándole a entender que la escuchaba–. Ayer descubrí que tienes algunos libros algo extraños –ante el gesto interrogante de él, se apresuró a aclarar–, libros muggles.

–¿Y? –inquirió desconcertado.

–Bueno, me resultó curioso que precisamente tú tuvieras libros muggles y, además, sobre aviación. No parece… propio de ti.

–Y dime, Granger, ¿qué te parece propio de mí? ¿Libros sobre cómo torturar muggles? ¿Tratados acerca del genocidio de la población no mágica? –Malfoy dejó caer los cubiertos sobre la mesa con demasiada fuerza–. Eso es lo que esperas de mí ¿verdad?, que en cualquier momento haga un comentario sobre lo mucho que me repugnan tus orígenes o me refiera a ti por el insulto que llevas grabado en el brazo.

–Yo no me refería a…– balbuceó, al tiempo que, de manera inconsciente, su mano se lanzaba a acariciar la cicatriz de su brazo derecho, oculta por la manga de la camiseta.

–No utilices tu tono de mosquita muerta conmigo, Granger; puede que no lo digas abiertamente, que no pronuncies una sola palabra al respecto, pero lo veo ahí, en tu mirada. –Malfoy se había levantado de la mesa, acortando la escasa distancia que los separaba; ahora estaba de pie frente a ella, haciendo mucho más notable la diferencia de alturas: Hermione, sentada en la silla, estaba obligada a echar la cabeza hacia atrás para poder mirarlo a los ojos–. Eres una jodida hipócrita, Granger: te llenas la boca pregonando el derecho a la segunda oportunidad, la existencia de bondad inherente a las personas y demás mierdas de ese tipo, pero en realidad, estás observando cada uno de mis movimientos ansiosa, deseando verme fracasar. –Desde su posición más baja, ella podía apreciar cómo sus ojos grises lanzaban chispas plateadas–. ¿Te crees que no me doy cuenta? Estás pendiente de mis palabras, atenta a mis gestos, aguardando a que cometa algún desliz: que me mofe de tu estatus de sangre o comente el asco que siento, el desprecio que me inspira todo lo muggle.

Hermione trago saliva, incómoda. No tenía ni idea de cómo habían llegado ahí ni sabía qué esperaba Malfoy que dijera. La mirada de él se mostraba enfurecida, erguido frente a ella en toda su estatura, exhibía una pose intimidante en su intento de atemorizarla.

–Eres insufrible, Granger. Siempre dándote esos aires de superioridad moral, de estar por encima de todo y todos, inalcanzable en tu pedestal de diosa de la justicia. ¿Sabes una cosa? Me caes mal, te detesto, me resultas insoportable, pero no por los motivos que tú te imaginas. –Malfoy exhibía una mueca desdeñosa, muy parecida a la que solía dirigirle cuando se cruzaba con ella en los pasillos de Hogwarts–. Dime, ¿cuántos hijos de muggles había en el colegio?, ¿no se te ha ocurrido pensar que nunca me molesté en mirar dos veces a ninguno de ellos?, ¿que no les dediqué jamás más de un minuto de mi tiempo? En cambio tú –resopló, al tiempo que la miraba con desprecio, de arriba abajo–, te paseabas con esa eterna expresión de suficiencia, de saber más que todos los demás, de ser mejor que cualquier otro. Te odio, sí, Granger, pero no por los motivos que tú imaginas.

«¡Será gilipollas!»

No aguantó estar callada ni un segundo más; se levantó de golpe, volcando la silla con gran estrépito y le señaló con un dedo acusador.

–Eres un imbécil, Malfoy –sin poder evitarlo, se acercó aún más a él, clavándole el dedo en el pecho–: No sé cómo puedes tener el valor de decir esas cosas cuando eras tú, precisamente, el que se paseaba cómo si el mundo le perteneciera, con ese estúpido gesto de superioridad. «¡Aquí viene su alteza, el príncipe Malfoy!, ¡abran paso e inclínense todos ante su real persona!» Por favor, –acompañó sus palabras de un bufido despectivo– ¡únicamente tu ego era más grande que tu arrogancia!

–¿Tanto te jode que tenga seguridad en mí mismo? –volvió su voz más aguda, en un vago intento de imitar la de Hermione–: Claro, Santa Granger, la pobrecita hija de muggles, siempre dispuesta a sacrificarse por el bien común, no encuentra su lugar en el mundo, nadie es capaz de comprenderla. Pobre Granger, siempre con la nariz hundida en los libros, siempre tratando de corregir a los demás, siempre intentando mostrar que sabe más que nadie, que posee los conocimientos suficientes para paliar su procedencia no mágica, que de verdad puede encajar ¿Es eso, verdad Granger? –su labio superior se torció hacia arriba en el momento de plantear la pregunta retórica–: crees que siendo más lista que nadie podrás callar la boca a todos los que te critican; que, demostrando que eres la más inteligente, la más trabajadora, la más sufrida, vas a lograr disipar las dudas de todos aquellos que alguna vez cuestionaron tu valía, que te dijeron que estabas en el lugar equivocado. Y a pesar de todo, ni tú misma te lo crees, Granger –escupió las palabras, parecía que le estuvieran quemando en la garganta–. Hasta tú en ocasiones te preguntas si no llevarán razón, si no estarás ocupando un lugar que no te corresponde. Por eso te jode tanto que los demás tengamos tan claro dónde estamos y qué queremos conseguir –terminó su discurso apartando con cuidado el dedo que ella mantenía presionando su pecho, como quien elimina una pelusa de su traje.

Las palabras de Malfoy habían estado tan próximas a la verdad que Hermione sintió una punzada de dolor en su alma. Gran parte de lo que él había dicho era cierto: en el Ministerio echaba más horas que nadie, en ocasiones pasaba los fines de semana estudiando casos pendientes buscando ¿el qué?, ¿el reconocimiento?, ¿la estima de sus superiores?, ¿que sus compañeros admitieran que ella era imprescindible, que aquel era su lugar en el mundo?, ¿o era para convencerse principalmente a sí misma de que, por fin, había encontrado un lugar en el que encajaba? Tratando de buscar un argumento lo suficientemente sólido para refutar las palabras de Malfoy, reparó en que su mente se hallaba en blanco, así que se conformó con espetarle:

–Eres despreciable, Malfoy.

Y dejando la comida a medias, corrió de vuelta al estudio, con el propósito de pasar el resto del día enterrada en sus notas.


N/A: Y hasta aquí hemos llegado hoy, ¿me dejáis un review?. Me encantaría saber qué opináis de la relación de este par.

¡Feliz Fin de Semana!