N/A: Holaaa! Al final he actualizado antes del viernes! XD (Mi semana ha sido un poco de locos). Pues después de la tardanza, aquí está el nuevo capítulo con más interacción Dramione. Estas dos semanas estoy un poco atareada y me está costando un poco mantener el ritmo de escritura, pero pretendo reanudarlo pronto.

Mil gracias a todas la personas que han dejado review, significan un montón para mí, me motivan mucho y me ayudan a mejorar; mención especial a Guest y Wendy por sus reviews sin cuenta.

Nada más, espero que estéis bien y os mantengáis a salvo. Sin más, a leer!

PD: no ando muy sobrada de tiempo últimamente, así que la última revisión de este capítulo la he hecho desde el móvil, por lo que es bastante probable que se me haya escapado algún "dedazo" o que algún error se me haya pasado, si es así, no dudéis en comentármelo.


Lo que esconde tu interior


V

Tras la discusión del lunes, el resto de la semana transcurrió con una espantosa monotonía: Draco y Hermione no volvieron a dirigirse la palabra. Pasaban el día trabajando en silencio, uno frente a otro, sin hablar, ignorándose mutuamente y evitando que sus miradas se encontrasen. Ni siquiera a la hora de comer eran capaces de intercambiar una sola frase cordial; la ley de hielo parecía haberse instaurado como el denominador común de su relación.

El viernes, cuando se cumplía una semana desde que Hermione había llegado a la mansión, ocurrió algo que volvió a trastocar sus esquemas en lo que a Malfoy se refería. Después de la sesión de estudio, Hermione había convertido en una especie de rutina pasar el resto de la tarde en la biblioteca: terminar la jornada enterrada en papel y pergamino le resultaba un ejercicio terapéutico. Aquel día hizo un descubrimiento especial: rebuscando entre las estanterías, había dado con un volumen que contenía unas runas bastante inusuales; el libro probablemente tendría siglos de antigüedad y se sintió invadida por el deseo de descifrar todos aquellos símbolos extraños. La tarea acaparó su atención durante toda la tarde y era bien entrada la noche cuando Millie le llevó la cena a la biblioteca. Únicamente las campanadas del reloj anunciando las doce fueron capaces de sacarla de su trance rúnico y convencerla de que era hora de irse a la cama.

Caminaba por el corredor, de vuelta a su habitación, cuando lo escuchó: un gemido angustiado, acompañado por una especie de sollozo. El sonido provenía de una puerta oscura a la derecha del pasillo; antes de abrirla, Hermione dudó un poco: posó la mano en el picaporte y una vez comprobó que no sucedía nada extraordinario, decidió entrar. Si el acceso a aquella sala le hubiera estado prohibido, lo más probable era que Toppy y Millie hubieran acudido inmediatamente para advertírselo.

Sus ojos tardaron un poco en acostumbrarse a la penumbra que reinaba en la estancia; no obstante, en cuanto pudo distinguir los contornos de los objetos que la rodeaban, se dio cuenta de que se hallaba en el gabinete en el que Malfoy la había recibido el primer día: aquella espantosa noche en que la había hecho arrodillarse ante él a cambio de su ayuda.

–¡No! ¡No, por favor!

Hermione dio un respingo; sorprendida, escrutó la habitación tratando de determinar el origen de la voz. De pronto, lo vio: tendido en un diván cuan largo era, Malfoy se sacudía en extrañas contorsiones. Cautelosa, se acercó un poco más y verificó que estaba dormido: su brazo colgaba inerte del diván, los dedos rozaban una botella de whisky vacía que debía de habérsele caído al suelo. Lo más seguro era que Malfoy hubiera bebido hasta la inconsciencia y ahora las pesadillas se apoderaban de su sueño.

Se mordió el labio sin saber muy bien qué hacer; si lo despertaba, estaba segura de que a él no le haría ni pizca de gracia: Hermione había invadido su privacidad y lo había visto en un estado vulnerable, Malfoy sentiría –y con cierta razón– que ella había violado su intimidad, se enfurecería y probablemente se desatara una nueva discusión entre ellos. Por otra parte, parecía estar pasándolo realmente mal, no dejaba de removerse inquieto y por las palabras que se escapaban de sus labios, se podía adivinar que estaba soñando con algo horrible. Hermione tenía experiencia con ello: las pesadillas habían sido una constante en su vida desde el fin de la guerra; en ocasiones, había tenido que recurrir a la poción para dormir sin sueños porque, de otro modo, el insomnio amenazaba con dejarla exhausta.

–¡Por favor, para! ¡Detente! ¡Tía Bella, déjala tranquila! –aquellas palabras hicieron que se le erizaran los vellos de la nuca: ¿Malfoy estaba soñando con Bellatrix?, ¿y le suplicaba que dejase de torturar a alguien?

Hermione se encontraba absolutamente alarmada; definitivamente, debía despertar a Malfoy de su pesadilla. Ella misma había soñado miles de veces con que volvía a ser torturada por Bellatrix Lestrange y comprendía perfectamente lo que él estaba sintiendo: el pánico, el terror que paralizaba los músculos y hacía imposible escapar del sueño.

–Granger… –se quedó congelada en el sitio. De nuevo, Malfoy la había atrapado mirándole, metiéndose dónde no debía y en circunstancias infinitamente peores que lanzándole una mirada de reojo de vez en cuando mientras trabajaban. ¿Cómo demonios iba a explicar que había entrado en su gabinete privado, de madrugada y se había quedado contemplándole mientras dormía?– Por favor, no le hagas más daño…

«Merlín» suspiró aliviada: él seguía dormido, pero entonces cayó en la cuenta: «¿Malfoy estaba suplicando piedad por ella en sueños?»

Ni en mil años, Hermione se hubiera imaginado en aquella situación. Se acercó aún más al diván: tenía los ojos fuertemente cerrados, el rictus de sufrimiento en sus labios, el ceño fruncido y la mandíbula apretada, en tensión. Estuvo tentada a apartarle de la frente un mechón de pelo, húmedo por el sudor, pero se contuvo. En lugar de ello, colocó la mano en su hombro, tratando de despertarle. Cuando comprobó que aquello no era suficiente –Malfoy seguía agitándose en su sueño, murmurando palabras ininteligibles entre las que se podía distinguir «Basta…por favor… a ella no»–, Hermione lo sacudió con algo más de energía; de pronto, la mano de Malfoy apresó la suya en un movimiento repentino, como disparada por un resorte. Sintió el agarre en su muñeca similar a una tenaza de hierro: él había abierto los ojos, que permanecían fijos en algún punto en el vacío; sus pupilas habían absorbido el iris por completo y mostraban una mueca de horror.

Inspiró y expiró unas cuantas veces, agitado. Por fin, pareció ser consciente de dónde se hallaba porque parpadeó un par de veces, confundido, antes de dirigirse directamente a ella.

–Granger, ¿qué…?

–Yo… –balbuceó– sé que no debería estar aquí, pero escuché ruidos desde el pasillo y… –calló de pronto y se fijó que la mano de Malfoy aún aferraba la suya; él también se percató de ello y, rápidamente, la soltó como si su mero contacto le quemara.

Hermione vaciló, ahora que Malfoy estaba despierto y la había liberado de su agarre, no tenía mucho sentido que ella permaneciera allí; lo mejor sería que emprendiera una retirada estratégica cuanto antes. Mientras tanto, él parecía estar retornando a su ser: su rostro lívido recobró el color y compuso su habitual gesto impasible. Apoyándose en una mano, procedió a incorporarse y terminó sentado entre los cojines en una postura indiferente, como un rey aguardando que se le rinda pleitesía.

–Granger, Granger… –canturreó, al tiempo que la miraba de arriba abajo, con expresión socarrona–, supongo que de pequeña nunca te dijeron eso de que la curiosidad mató al gato.

A Hermione no le cupo duda de que Malfoy estaba completamente recuperado, ya que volvía a resultar tan imbécil como siempre.

–Bien, como se ve que no tengo nada que hacer aquí, me marcho. –Conteniendo la expresión de indignación, se giró y ya salía por la puerta cuando sus palabras la detuvieron.

–Granger. –Movió la cabeza un poco, sin volverse por completo hacia él pero lo suficiente para que supiera que le estaba escuchando.

–Buenas noches.

–Nos vemos mañana, Malfoy –replicó sin pensar realmente lo que decía.

oooOOOooo

Hermione se sorprendió cuando, a la mañana siguiente, al entrar en el estudio a las seis en punto, Malfoy le dio la bienvenida con un sucinto «Buenos días, Granger». Aquello suponía un gran cambio respecto a los días anteriores en los que él se había dedicado a ignorar sistemáticamente su presencia. En respuesta, ella hizo un simple gesto de reconocimiento con la cabeza y tomó asiento en su lugar habitual.

Llevaban un rato trabajando cuando Malfoy se decidió a romper de nuevo el silencio.

–Granger, por mi parte, los volúmenes que me correspondían están todos revisados. Aquí están mis notas –extendió hacia ella un legajo de pergaminos pulcramente ordenados y se apresuró a aclarar–: cuando acabes con lo tuyo, pásame tus apuntes y comparamos las conclusiones de cada uno.

Hermione pestañeó extrañada ante aquel arranque de cordialidad tan impropio de Malfoy. Bueno, si él estaba dispuesto a ser un poco más amable, no iba a ser ella la que lo disuadiera. Se le cruzó la fugaz pregunta de si los sucesos de la noche anterior tendrían algo que ver con su repentino cambio de actitud, pero decidió aparcar las reflexiones sobre Malfoy para más tarde: aún le quedaba un capítulo por leer y él ya le llevaba ventaja.

–De acuerdo. A mí aún me quedan unas cuantas páginas, pero mientras tanto, puedes echarle un vistazo a la información que he ido recabando hasta ahora.

Intercambiaron sus respectivas anotaciones y el movimiento hizo que sus dedos se rozaran casualmente por encima de la mesa. La invadió un súbito pensamiento: quitando la noche anterior, cuando de manera inconsciente él la había asido de la muñeca, aquella era la primera vez que se tocaban directamente, piel con piel. Hermione siempre había creído que la piel de Malfoy se sentiría fría al tacto, como tocar a una serpiente o una estatua de mármol, sin embargo, en aquel breve instante, se le había antojado cálida y reconfortante. Él no pareció afectado en absoluto por el hecho de haber tocado a una sangresucia porque, enseguida, centró toda su atención en las notas de ella, ajeno a todo aquello que no fueran ingredientes, mezclas y composiciones. Enfadada consigo misma, hubo de reconocer que, si había algo que envidiara de él, era su capacidad de concentración.

Un par de horas después, Hermione había terminado con el último libro y le había pasado a Malfoy el resto de sus notas; se disponía a leer las de él cuando la llegada de Millie con el carrito del almuerzo dio al traste con sus propósitos.

–Y, ¿qué Granger? ¿Tienes algún plan para el día libre? ¿Examinar algún incunable lleno de polvo que esté suplicando tu atención de ratón de biblioteca? –la mirada inquisitiva de Malfoy desmentía el aparente tono casual de su voz.

Hermione frunció el ceño: él era capaz de encontrar la manera de burlarse de ella hasta en un trivial intento de conversación. No obstante, en aquella ocasión no había resultado especialmente ofensivo, así que resolvió pasar por alto sus palabras y respondió adoptando el mismo aire despreocupado.

–No es que sea de tu incumbencia, hurón, pero tengo pensado dar un paseo hasta el pueblo. Millie me ha comentado que no queda a demasiada distancia y me apetece estirar un poco las piernas.

Malfoy arqueó una ceja, al tiempo que escogía una manzana del carrito.

–Puedes estirarlas aquí, los jardines son lo suficientemente grandes.

–Ya, pero resulta que quiero dar una vuelta, ver el pueblo y hacer algunas compras.

Aquello era cierto. En una de sus conversaciones, Millie había hecho alusión a que el pueblo –poco más que una aldea– quedaba a dos escasas millas de la mansión; debía resultar bastante pintoresco: en él convivían muggles y magos en perfecta armonía desde tiempos medievales –al parecer, en Francia el Estatuto del Secreto no era tan rígido como en Gran Bretaña–; también había un par de tiendas curiosas como un fabricantes de plumas y tintas especiales que Hermione quería visitar. Malfoy no parecía encontrarlo tan fascinante porque la miraba con un gesto aburrido.

–¡Por Merlín, Granger! Estás acostumbrada a pasear por el callejón Diagon, el principal núcleo comercial de la Europa Mágica –otra vez imprimía a sus palabras aquel molesto deje de suficiencia–, no sé qué puede haber en ese pueblucho que sea tan interesante.

Hermione resopló exasperada. Era increíble la habilidad de Malfoy en convertir, lo que había comenzado como una conversación medianamente civilizada, en una discusión sin sentido.

–Mira, Malfoy ¿sabes lo que te digo? Voy a ir, te parezca interesante o no, es mi día libre y puedo hacer lo que me plazca.

Él se encogió de hombros y le dio un mordisco a su manzana.

–Como quieras Granger, pero recuerda que es domingo, las tiendas estarán cerradas. –Malfoy le lanzó una sonrisa maliciosa, sin duda recordando cómo el domingo anterior ella se había levantado a la misma hora absurdamente intempestiva de siempre para darse de bruces con la puerta cerrada del estudio–. Además, va a llover, seguro que fascinas a todos los pueblerinos con ese peloarbusto tuyo encrespado por la humedad.

Bufando molesta, Hermione se terminó la porción restante de su galleta y tomando el legajo de notas, tal vez con demasiada fuerza, se dispuso a seguir repasándolas. A regañadientes, tuvo que admitir que los apuntes de Malfoy eran muy buenos: sus observaciones eran ingeniosas, concisas y bastante explicativas, además, se ayudaba de esquemas y gráficos para explicar sus ideas. Después de leerlas, no le cupo la menor duda de por qué había llegado a ser un pocionista tan bueno.

A la hora de comer, ambos se levantaron de sus sillas prácticamente a la vez y se encaminaron al comedor. Después de haber zanjado la conversación de manera tan brusca, Hermione pensó que Malfoy no querría volver a hablar con ella, pero una vez más, descubrió que sus suposiciones acerca de él eran erróneas porque mientras se servía un poco de ensalada de una fuente cercana, él comentó de pasada.

–Bueno, Granger, ¿qué hay de tus tareas arqueológicas en mi biblioteca? Espero que, a estas alturas, después de pasar tanto tiempo allí, hayas encontrado un incunable de Salazar Slytherin, como mínimo.

Hasta entonces, Hermione había creído que a él le daba exactamente igual lo que ella hiciera cuando no estaba trabajando. No obstante, al escucharle decir aquello se le ocurrió que era bastante probable que hubiera ordenado a Toppy y Millie ser informado de todos sus movimientos. «No seas paranoica, él mismo te dio permiso para acudir a la biblioteca siempre que te apeteciera, no es necesaria una astucia excepcional para deducir que pasas ahí la mayor parte de tu tiempo libre». Puesto que él se había dirigido a ella en un tono razonablemente cordial, Hermione pensó que no haría daño a nadie responder del mismo modo.

–Pues no me he remontado hasta entonces, pero he encontrado algunos volúmenes sobre runas bastante interesantes; contienen algunas teorías de la traducción que, si se aplicaran, permitirían descifrar manuscritos de hace milenios.

–El abuelo Abraxas estaba fascinado por la magia antigua y su influencia posterior: coleccionó cientos de ejemplares de todo el mundo –la miró con expresión divertida, en la que Hermione fue incapaz de encontrar rastro alguno de burla–. Tal vez te apetezca charlar con él al respecto, eres la primera persona que muestra interés por sus aficiones en ochenta años.

–¿Cómo?

–Es el segundo retrato por la derecha del corredor de la biblioteca, el que lleva una coleta.

Pese a que llevaba más de una década en el mundo mágico, a Hermione aún le costaba asimilar la idea de poder hablar con personas fallecidas hace tiempo a través de sus retratos. Era un tipo de magia blanca extraña: distintos de los horrocruxes –cuyo origen eminentemente maligno provenía de haber arrebatado una vida para crearlos–, los cuadros contenían una ínfima parte del alma de la persona retratada que había dedicado parte de su tiempo a posar para el artista.

Asintió a la sugerencia de Malfoy poco convencida: una cosa era que los retratos no la insultaran ni le escupieran a la cara la palabra sangresucia cada vez que pasara delante de ellos y otra, que un venerable patriarca sangrepura como Abraxas Malfoy se dignara a perder su tiempo discutiendo con ella sobre runas antiguas. «¿Por qué te inquietas tanto por lo que pueda pensar sobre ti? ¡Por el amor de Merlín, sólo es el retrato de alguien que murió hace años!»

De cualquier manera, Hermione debía reconocer que, siendo objetiva, que Malfoy le hubiera cedido el uso de su biblioteca todo el tiempo que quisiera había sido un gesto muy generoso, nada propio de él y resolvió que, ya que él mostraba un talante tan diferente de los días anteriores –tenía la leve sospecha de que, aunque ambos se comportaban como si el incidente de la noche anterior no hubiera tenido lugar, aquél era el principal motivo de su cambio de actitud para con ella–, nada le costaba comportarse de modo más amable.

–Esto… Malfoy, yo quería darte las gracias. Por permitirme usar tu biblioteca –aclaró rápidamente–, ha sido un gesto verdaderamente generoso y yo…

–Corta el rollo, Granger, no me hables como si fuera un maldito Hufflepuff ni trates de encontrar algún rasgo altruista o filántropo en mí. –«Oh sí, ahí está de vuelta, el Malfoy irritante de siempre». Hermione suspiró aliviada: tras años de práctica, sabía perfectamente cómo tratar con el Malfoy habitual, mientras que no tenía ni idea de cómo comportarse ante su reciente versión afable y conciliadora–. Ya te dije, Granger, esa biblioteca lleva años acumulando polvo, casi nadie acude allí, así que por mi parte, no implica ninguna diferencia el que pases el rato ahí o te quedes dando vueltas por los jardines.

–Pensaba que tú ibas de vez en cuando, si te apetece pasar tiempo allí, solo, no quiero ser una molestia…

–Tú lo has dicho Granger, únicamente voy de vez en cuando; normalmente estoy en el laboratorio…

–Ya. –Se mordió el labio indecisa; durante toda la semana no había dejado de dar vueltas al origen de su discusión; sabía que debía dejarlo estar, que persistir en el tema supondría quebrar la frágil tregua que habían alcanzado, pero aun así, su curiosidad era más fuerte–: Así que, de vez en cuando, te pasas por la biblioteca a leer libros sobre aviones.

Se preparó mentalmente para lo que estaba a punto de llegar: sin lugar a dudas, Malfoy estallaría en cólera por meterse en sus asuntos, se levantaría de la mesa bruscamente, haciendo volcar la silla y abandonaría el comedor enfurecido. En cambio, sólo suspiró de manera exagerada y se frotó el puente de la nariz, en un gesto de cansancio.

–Sí, Granger, voy a la biblioteca de vez en cuando a leer libros sobre aviones ¿contenta?, ¿necesitas una lista completa de las cosas a las que dedico mi tiempo libre?, ¿quieres saber también a qué horas voy al baño?

–Uuuff, es imposible para ti ¿verdad?, actuar sin ser un completo imbécil durante toda una mañana.

–Tú tampoco te esfuerzas mucho para no resultar una pesada entrometida.

Se miraron frente a frente, echando chispas de furia por los ojos: Hermione frunció el ceño al tiempo que empuñaba con fuerza su tenedor en la mano derecha, a modo de arma defensiva; Malfoy, con una expresión similar, hacía lo propio con el cubierto de pescado. De pronto, sin saber cómo, hubo un destello de reconocimiento mutuo y ambos estallaron en risas. Se iniciaron pequeñas risitas contenidas que incrementaron su intensidad hasta convertirse en auténticas carcajadas. No habían podido evitarlo; se hallaban en una situación de crisis, gran parte de la suerte de Gran Bretaña estaba en sus manos, tenían frente a ellos una misión que requeriría semanas de trabajo y ahí estaban ellos, peleándose como adolescentes en los pasillos del colegio, como si no hubiera pasado el tiempo.

Poco a poco, lograron recuperarse del ataque de risa; hacía mucho que Hermione no sentía tal sensación de despreocupación, de liberación, que no se permitía olvidarse de todos sus deberes y obligaciones para ser simplemente una chica de veintiún años. Notó que con el acaloramiento, su cabello estaba aún más revuelto que de costumbre. Se fijó en Malfoy, pese a que él había recobrado su habitual aire impasible, sus ojos estaban húmedos y tenía las mejillas ligeramente sonrosadas. Carraspeó y se quedó mirando fijamente la ensalada.

–Bien pues…

–Dispara, Granger y aprovecha mi magnanimidad: será la única vez que te deje preguntarme algo personal.

–¿De dónde sacas todos esos libros? Los de aeronáutica quiero decir. No creo que también fuera una afición de tu abuelo Abraxas.

«¿Pero tú eres tonta o qué te pasa? Por una vez que se muestra dispuesto a ofrecerte alguna respuesta y vas tú y le preguntas por sus libros de avioncitos?»

Malfoy arqueó una ceja, indudablemente, él también pareció sorprendido por la cuestión escogida.

–Toppy los compra, baja al pueblo a por ellos, los encarga o Merlín sabe de dónde los consigue –se encogió de hombros–. Tiene la orden de traerme los principales libros que se publiquen sobre la materia.

–Ah, ¿y no tú vas al pueblo entonces?

–No, Granger, ya te he dicho que a mí no se me ha perdido nada en ese lugar. ¿Satisfecha? –Se levantó de la silla en un movimiento fluido, arrojando sobre la mesa la servilleta que hasta entonces había mantenido en su regazo–. Y ahora, se acabó el interrogatorio. Vamos, volvamos al trabajo.

El resto de la tarde pasó en un estado de calma bastante agradable: aunque los dos permanecieron en silencio, éste era cómodo y acogedor, muy distinto de la tensa rigidez de los días anteriores. Las últimas luces del atardecer se colaban por los ventanales cuando abandonaron el estudio; antes de emprender su camino por el pasillo, Malfoy volvió a despedirse con un simple «Buenas noches».

oooOOOooo

Hermione regresó a su dormitorio meditabunda. Había sido un día extraño: si veinticuatro horas antes alguien le hubiera dicho que pasaría la comida riéndose a carcajadas con Draco Malfoy, ella le hubiera replicado que eso era completamente imposible, pero ahora, todas sus suposiciones acerca de él volvían a ponerse patas arriba. Pese a que Malfoy era un esnob, arrogante, ególatra y con cierto punto de malicia, también debía reconocer que era inteligente, meticuloso y poseía un retorcido sentido del humor. Siendo sincera consigo misma, se alegraba de que, a su manera, hubieran hecho las paces; trabajar una semana junto a él sin dirigirle la palabra, haciendo como si no estuviera ahí, en la silla frente a ella, había estado a punto de acabar con sus nervios. Aunque ella no se consideraba una persona especialmente parlanchina, disfrutaba enormemente de las interacciones sociales: una buena conversación o discutir sobre algún tema interesante le parecían tan estimulantes como resolver un acertijo o un reto intelectual. Y por mucho que le doliese admitirlo, cuando Malfoy decidía ser un poco menos imbécil que de costumbre resultaba ser un excelente conversador.

Hermione salió del baño, envuelta en una nube de vapor y se encontró a Millie pasando un plumero por las estanterías de su cuarto mientras canturreaba una canción sobre el amor prohibido entre una sirena y un centauro. El rostro de la elfina se iluminó de alegría al verla: durante todo el tiempo que había durado la ley del silencio con Malfoy, charlar con Millie –y en ocasiones con Toppy–, había sido su única fuente de socialización; gracias a ella, Hermione había aprendido toda serie de cotilleos, chismes y secretos sobre el pueblo y la mansión –nada que aportara luz sobre Malfoy, por supuesto, en este aspecto, los elfos se mantenían ferozmente fieles a su señor–.

–¿Y bien, señorita Granger?, ¿hará caso a la recomendación de Millie y bajará mañana a dar una vuelta por el pueblo? –Millie le dirigió una mirada ansiosa, dispuesta a enumerarle una vez más todas las atracciones turísticas y tiendas que debería visitar.

–Creo que sí, Millie, aunque Malfoy no parece compartir tu entusiasmo –«¿Por qué narices tienes que mencionarlo a él ahora?»– él opina que allí no hay nada que merezca la pena.

–Bueno, es normal… –Millie jugueteaba con el plumero entre sus manos, sin saber muy bien si debía seguir hablando–: los habitantes del pueblo tampoco han sido muy amables con el amo.

–¿A qué te refieres, Millie?

Millie parecía haberse percatado de que había hablado más de lo debido, porque sus pulgares giraban a toda velocidad y una expresión de evidente culpabilidad teñía sus inmensos ojos. «Bueno, a ese juego podemos jugar las dos» musitó Hermione para sus adentros, al tiempo que componía un gesto inocente y agitaba con exageración sus espesas pestañas. Millie picó el anzuelo porque enseguida reanudó sus explicaciones.

–La gente del pueblo no le tiene mucho afecto al amo, le llaman nombres: "dos caras" y cosas así. La mayoría de ellos, le tienen miedo, pero es injusto –Millie compuso un puchero y su voz sonó entrecortada–. El amo es un hombre muy bueno, cuida muy bien de Millie y Toppy, les compra vestidos y jamás les insulta o les pega –sollozó–. El amo es bueno y es un hombre muy apuesto, aunque tenga cicatrices, a Millie le sigue pareciendo el humano más guapo que ha visto jamás –rompió en llanto y elevó el volumen de sus palabras–. ¡Ellos no le conocen!, ¡no saben nada de él!, ¡el amo no está loco!, ¡no tienen ningún derecho a decir todas esas cosas horribles sobre él!

Algo incómoda, Hermione palmoteó la espalda de Millie, tratando de calmarla. Sabía de la lealtad y la admiración de los elfos hacia Malfoy, pero la vehemencia empleada por Millie para defenderlo la había sorprendido bastante: más allá de la natural lealtad de su especie, Millie y Toppy parecían querer a Malfoy de verdad.

Al cabo de un rato, la elfina pareció tranquilizarse, se limpió la nariz con la manga de su mono azul y solicitó a Hermione permiso para retirarse. Ésta se hallaba confundida: al parecer, la animadversión que Malfoy experimentaba hacia la población vecina estaba más que justificada; pensar en ello hizo que sintiera una punzada de pena hacia él: expulsado de su tierra, después de haber perdido a su familia, aquellas personas eran su único punto de contacto humano y todo lo que había recibido por su parte había sido rechazo e insultos. Hermione sabía que estaba siendo irracional al pensar así; después de todo, Malfoy estaba recogiendo lo que previamente había sembrado en su vida, pero su naturaleza compasiva no podía evitar lamentarlo: aquel día había descubierto que, detrás de su actitud irritante y odiosa, era capaz de reírse y ser un chico normal, aunque sólo fuera por unos instantes.


N/A: Y hasta aquí llegamos por hoy. Me encantaría recibir vuestros reviews y saber qué opináis de este par y de los progresos de su relación. No sé si podré actualizar este viernes o el siguiente, de cualquier forma, trataré de publicar algún adelanto en FB: el próximo capítulo supondrá un punto de inflexión respecto a lo que hemos visto hasta ahora...

¡Pasad muy buen fin de semana!