N/A: Holaaaa! Técnicamente en mi país ya es domingo así que, ¡aquí estoy! Sé que esta vez he tardado más de lo acostumbrado en actualizar, he tenido un mes de julio complicado y ha sido muy difícil encontrar tiempo libre para escribir. A cambio, ¡os traigo un capítulo íntegro Dramione!

Como siempre, mil millones de gracias a todas las personas que se han tomado un momento para comentar, que han añadido la historia a favoritos o que simplemente, han entrado en esta historia por curiosidad y se han quedado. En serio, no sabéis lo importante que es escuchar vuestra opinión, me ayuda un montón a mejorar mi escritura, a corregir fallos y a saber qué partes de esta historia os gustan y cuáles necesitan ser pulidas.

De momento, tengo el capítulo IX a medio escribir, pero me voy de vacaciones y no sé si podré actualizar desde allí, si no es así, actualizaré a principios de septiembre. Sin más, a leer!


Lo que esconde tu interior


VIII

Al día siguiente, a la hora habitual, Hermione encontró a Malfoy apoyado en la pared frente a la puerta de su estudio. Vestía pantalones negros y una sencilla camisa blanca de manga larga; el flequillo rubio, mucho más largo de lo que solía llevarlo en el colegio, le caía despeinado sobre los ojos. Su mirada estaba perdida en algún punto del pasillo, pero en cuanto percibió la presencia de Hermione, pareció salir de su ensimismamiento. Ella se quedó parada observándole: resultaba prácticamente imposible reconciliar la imagen del chico que estaba frente a ella, su némesis de la adolescencia, con la de mago oscuro amante de las artes nigrománticas.

–¿Vas a quedarte toda la mañana mirándome? –espetó de pronto–. Si mi memoria no me falla, eras precisamente tú, Granger, la que no dejaba de insistir con la urgencia de este proyecto.

–Sí, claro. Disculpa, no he dormido muy bien esta noche y aún me siento un poco adormilada.

Lo que tampoco era ninguna mentira. La noche de Hermione había estado plagada de pesadillas y extraños sueños, grotescas imágenes agolpándose en su imaginación, demasiado vívidas e inquietantes.

–Pues será mejor que te espabiles pronto. El trabajo en el laboratorio exige máxima concentración. No me gustaría que te quedaras dormida y terminaras con la cabeza metida en un caldero –Malfoy la miró de reojo y cuando comprobó que ella no le prestaba demasiada atención, añadió–: Aunque confieso que disfrutaría enormemente si emergieras con el pelo verde.

Hermione bufó, molesta; los repentinos cambios de humor de Malfoy resultaban de por sí insufribles, pero no estaba dispuesta a aguantar sus tonterías a las seis de la mañana. Antes de que pudiera lanzarle una réplica mordaz, él ya caminaba por el pasillo en dirección al laboratorio.

El laboratorio era una sala muy amplia situada en el sótano de la mansión; su aspecto, claro y diáfano, contrastaba con el del resto de la casa, perpetuamente sumida en tinieblas. La sala de trabajo de Malfoy estaba recubierta de azulejos blancos, lámparas colgadas del techo desprendían una luz tan potente que hería a los ojos, acostumbrados a la pobre iluminación de corredores y pasillos. Alrededor de las paredes, encerrados en vitrinas, se agolpaban miles de botellas y frascos, con más ingredientes de los que Hermione jamás hubiera visto juntos. Sin darle tiempo a contemplar con más detalle la estancia, Malfoy se dirigió resulto a un armario y sacó una serie de viales que depositó cuidadosamente sobre una mesa metálica.

–Bien, Granger. Éste es uno de los conjuntos de ingredientes preliminares que hemos seleccionado. Deberíamos hacer varias decocciones con distintas cantidades de mezcla y ver cómo se comportan en cada caso.

Hermione simplemente asintió con la cabeza, acercándose a la mesa para poder examinar mejor los compuestos contenidos en los viales: pelo de unicornio, rocío de luna llena, escamas de dragón… Todos ingredientes recogidos en los libros que habían examinado durante las últimas semanas; todos difíciles de encontrar y muy, muy caros.

–¿Cómo lo hacemos entonces? –Hermione deseaba ponerse a trabajar cuanto antes; la presencia de Malfoy, que en días anteriores se había vuelto familiar y casi amigable, de pronto se le antojaba incómoda. Las palabras de Madame de La Nuite hacían eco en su mente; las cicatrices de su rostro le recordaban todos los misterios que escondía, el lado oscuro oculto en su interior–. ¿Seleccionamos cada uno nuestra porción y hacemos decocciones distintas?

–No. Según nuestras tesis, cada mezcla requerirá un tiempo de reposo diferente, de ese modo, el que termine antes debería quedarse de brazos cruzados esperando al otro. –Malfoy se colocó frente a la mesa y comenzó a hacer dos montoncitos con los distintos viales–. Será mejor que cada uno se dedique a cortar, pelar y machacar un ingrediente diferente, luego hacemos juntos las distintas decocciones. Así trabajaremos más rápido y optimizaremos el tiempo.

Conforme a un acuerdo tácito, cada uno se situó frente a un montoncito de viales; Malfoy convocó dos conjuntos completos de instrumental y, sin pronunciar palabra, se puso manos a la obra.

Trabajaron en silencio durante buena parte de la mañana. Hermione no podía evitar mirarle de reojo de vez en cuando. Seguía un método preciso y meticuloso: sus dedos, finos y delgados, cortaban raíces a gran velocidad, en porciones milimétricas; con gran habilidad arrancaba semillas, aplastaba y licuaba hojas; sus manos seguras, decididas, no parecían vacilar en ningún momento. Lo cierto era que el trabajo era entretenido y absorbía gran parte de su atención, pero el silencio comenzaba a hacerse demasiado pesado. Después de la actitud cortante de Malfoy y las revelaciones del día anterior, Hermione deseaba mantener con él una relación fría y estrictamente profesional, sin embargo, aquello no tenía por qué implicar una nueva vuelta a la ley del silencio. Además, había algo que necesitaba averiguar.

–Oye, Malfoy –el único indicio de que él la estaba escuchando fue que disminuyó un poco el ritmo al que cortaba la raíz de ajenjo–, me preguntaba si en la sección de magia oscura de la biblioteca existe alguna barrera especial o algún hechizo que me impida consultar los libros.

En los labios de Malfoy se curvó lentamente una sonrisa irónica, alzó la mirada y sus ojos se encontraron un momento.

–Vaya, vaya, Granger, ¿quién iba a decirlo? –más que preguntar, arrastró las palabras– Resulta que, bajo esa fachada de Doña Perfecta, se encuentra toda una chica mala fascinada por las artes oscuras…

Aquella alusión la molestó, especialmente después de lo que había escuchado sobre él en el pueblo. No obstante, logró contener la respuesta incisiva que amenazaba con escapar de su boca y se limitó a contestarle de modo brusco.

–Para tu información, mi interés es puramente relacionado con el proyecto. Ayer hablé con el retrato de Abraxas –ante la mención de su abuelo, la mueca sarcástica de Malfoy se volvió repentinamente seria–. Me contó cosas muy interesantes, datos que podrían resultarnos verdaderamente útiles.

Malfoy dejó el cuchillo en la mesa frente a él y se reclinó hacia atrás, apoyando el cuerpo en una mesa auxiliar a su espalda. Se cruzó de brazos y la miró directamente: una muda invitación para que continuara hablando.

Hermione inspiró hondo y volvió a relatarle la mima historia que le había contado a Harry el día anterior; le habló sobre las maldiciones de castigo, la magia primigenia y todo lo que Abraxas le había explicado. Cuando terminó, Malfoy se quedó reflexionando en silencio durante unos instantes.

–Así que es por eso por lo que necesito consultar los libros sobre magia oscura de la biblioteca –aclaró ella.

«Magia oscura a la que, según muchas personas, serías más que aficionado»

–Bien, si tan necesario es, te llevaré a la biblioteca cuando terminemos aquí. De momento, nuestra prioridad es lograr una poción que contrarreste los efectos de la maldición –se acercó de nuevo a la mesa de trabajo y volvió a tomar el cuchillo entre sus manos al tiempo que añadía–: si además, quieres seguir investigando por tu cuenta para echarle un cable a Potter, es tu problema. No quiero que eso nos consuma horas de trabajo en el laboratorio.

«Estúpido hurón arrogante»

El resto de la mañana transcurrió sin ningún incidente; en cierto momento, la repentina aparición de Millie sorprendió a ambos, enfrascados en su tarea. La elfina anunció que cuando los señoritos lo desearan, la comida estaba lista.

Una vez se hallaron sentados frente a los suculentos platos, la incomodidad volvió a invadir a Hermione. Recordó el ataque de risa que habían compartido la última vez que habían comido juntos; aquella breve complicidad que habían experimentado parecía haberse esfumado por completo. Comieron en silencio, evitando mirarse y al terminar, Malfoy la sorprendió caminando en dirección opuesta al laboratorio.

–¿Adónde vamos? –la chica se quedó parada un momento en el umbral, dudando de las intenciones de él.

Malfoy la miró por encima del hombro con gesto aburrido y terminó por detenerse, resoplando exasperado, sin dejar de darle la espalda.

–¿No querías ir a la maldita biblioteca, Granger? Te advierto que mi indulgencia con los disparates de mi abuelo es bastante limitada.

Ella se apresuró a seguirle, algo irritada; Malfoy tenía la habilidad de convertir lo que podría ser un gesto amable en un insultante gesto displicente, como quien le concede un caramelo a un niño pequeño con el propósito de que no monte un berrinche.

Malfoy fue derecho a la sección de magia oscura, sin volverse ni una sola vez para asegurarse de que ella lo seguía. Aquella parte de la biblioteca tenía un aire distinto: la temperatura era más baja y daba la impresión de que los antiquísimos volúmenes encuadernados en cuero negro susurraban desafíos y palabras amenazadoras al visitante que osase adentrarse en sus dominios. Hermione sintió cómo se le erizaban los cabellos de la nuca, pero Malfoy parecía ajeno a todo, porque siguió caminando por el angosto pasillo que formaban las estanterías de siniestros libros. Por fin, se detuvo al llegar a un punto e hizo un gesto con la cabeza a Hermione, instándola a acercarse.

–Dame la mano.

–¿Eh? –Hermione no supo que le extrañó más: si la insólita petición de él o ver su pálida y larga mano extendida hacia ella, invitándola a que la tomase.

–¡Vamos, Granger! No tenemos todo el día, ¡dame la mano de una vez si quieres que suprima las malditas barreras!

De acuerdo, aquello comenzaba a tener más sentido. En las mansiones más antiguas, las barreras de seguridad solían estar vinculadas a la esencia mágica de su propietario; era lógico que Malfoy necesitara de su colaboración si quería revertir las defensas de la biblioteca para ella.

Hermione posó su mano sobre la de él, que se cerró aprisionando la suya, de un modo similar a la noche en que ella le despertó de su pesadilla. Otra vez tuvo la misma extraña impresión: una corriente cálida que subía por su brazo, disipando la atmósfera gélida que la rodeaba. Malfoy cerró los ojos y murmuró una serie de palabras, desconocidas para ella, que arrancaron un resplandor de las estanterías en torno a ellos.

De pronto, el fulgor se apagó, el silencio volvió a instaurarse en la biblioteca y Malfoy abrió los ojos, soltando rápidamente la mano de Hermione, que sintió una inexplicable sensación de vacío.

–Bueno, pues ya está, Granger: puedes utilizar el libro que quieras sin temor a que te convierta en estatua de piedra.

Malfoy alzó una ceja, luciendo una expresión casi retadora; Hermione, alternando su mirada de él a la estantería frente a ella, alzó un dedo y, algo desconfiada, tocó el lomo de un libro aleatorio; contuvo el aliento, no pasó nada.

La carcajada de Malfoy tras ella la sobresaltó y se giró, fulminándole con la mirada.

–¿Se puede saber qué te resulta tan gracioso?

–¡Por Merlín Granger! ¡Deberías haberte visto la cara! ¡Parecía que el maldito libro iba a comerte de un bocado!

Hermione decidió ignorarlo; en aquellos momentos, toda su atención estaba volcada en los misterios que podrían revelarle los libros que ahora tenía a su disposición. Para su sorpresa, en lugar de marcharse y dejarla sola allí, Malfoy fue hacia la estantería de libros sobre aeronáutica y, tomando un ejemplar, se repantingó en un diván cercano. Sintió una irracional oleada de fastidio «¡Era su biblioteca, por el amor de Merlín! ¡Él podía pasar allí tanto tiempo como deseara!» Sin embargo, siendo sincera consigo misma, Hermione había llegado a considerar la biblioteca su santuario, su refugio privado; la presencia de Malfoy no es que le disgustara –al fin y al cabo, ella misma le había invitado a leer con ella el día anterior, antes de su repentino arranque de malhumor–, pero tenerle allí, en la misma habitación, representaba una distracción, un inoportuno cambio en su rutina de estudio e investigación. Resuelta a no dejar que aquello frustrara sus planes, comenzó a pasear entre estanterías, seleccionando unos cuantos libros que pensó que podrían serle útiles y, levitando la pila, la depositó sobre la mesa de lectura.

Lo peor de todo era que Malfoy parecía completamente ajeno a ella: cada vez que le miraba, Hermione le descubría profundamente inmerso en su libro, –Pájaros de Metal: historia de la aviación en los últimos 50 años– «¡Por favor! ¿Quién podía encontrar entretenido leer eso?», pero al parecer a Malfoy sí que le interesaba, porque tenía el ceño fruncido en una mueca de concentración. Sin querer darle más vueltas, Hermione volvió la atención a su propia lectura: compleja y enrevesada, requería de un gran esfuerzo intelectual por su parte.

Al cabo de un par de horas, sintió que su cerebro estaba exhausto y la mente embotada por la cantidad de nueva información que había descubierto –la mayor parte de ella, irrelevante para sus propósitos–, así que se frotó los ojos y decidió tomarse un descanso en su lectura. Fijó los ojos en la mesa frente a ella y al ver los útiles de escritura, Hermione se dispuso a escribirle a Ron: las palabras de Harry la habían dejado algo preocupada y quería asegurarse de que tanto él, como Lavender y el resto de los Weasley se encontraban bien. Tomó un pergamino y mojando la pluma en el tintero, Hermione comenzó a escribir:

Querido Ron,

Espero que cuando recibas esta carta te encuentres bien…

–Vaya, vaya, Granger ¡y yo que pensaba que estabas estudiando y resulta que estás perdiendo el tiempo escribiendo cartas de amor a tu noviecito! ¡ingenuo de mí! –La esbelta figura de Malfoy se situaba entre la mesa y el ventanal, tapándole la luz con toda su estatura e impidiéndole continuar escribiendo; Hermione se vio obligada a alzar la cabeza para mirarlo, sus ojos desprendían chispas de furia–. Al final, sí que vas a ser una chica mala.

–Mira, Malfoy –Hermione volvió a frotarse los ojos y respiró hondo, tratando de calmarse– lo que yo escriba o deje de escribir, no es asunto tuyo –un estímulo perverso se apoderó de ella, que no pudo evitar añadir–: que tú no tengas a nadie a quien escribir, no significa que los demás no podamos hacerlo.

Observó satisfecha cómo un brillo fugaz en los ojos grises de Malfoy indicaba que él había acusado el golpe, pero rápidamente se recompuso y volvió a adoptar la misma pose arrogante e indiferente de siempre.

–Granger, Granger, Granger –canturreó– ¿Cómo es eso que dicen los muggles? Más vale solo que mal acompañado –apoyó las manos en la mesa e inclinó el cuerpo hacia ella, sonriendo de forma torcida; era una sonrisa cruel, que no alcanzaba a sus ojos–. La comadreja, ¿en serio? Vamos, Granger, ni siquiera tu eres tan patética como para estar con alguien así.

–Que te jodan, Malfoy –masculló entre dientes, se alzó un poco en su asiento, intentando que sus miradas se hallaran a la misma altura. Aquel vocabulario era absolutamente impropio de ella, sin embargo Malfoy, su maldita sonrisa de suficiencia y sus estúpidos comentarios tenían la singular habilidad de sacarla de sus casillas.

La sonrisa de él se hizo más amplia, en sus ojos brilló un destello acerado, peligroso.

–Apuesto a que te gustaría hacerlo, ¿eh, Granger? –Hermione podía sentir el aroma que desprendía él: a pergamino, ropa limpia y colonia cara; de pronto estaba cerca de ella, demasiado cerca– Aunque claro, no me extraña, dudo mucho que la comadreja sea capaz de dejarte satisfecha.

Los puños de Hermione se crisparon sobre la mesa, sus uñas se clavaban en la madera; sentía una furia sorda palpitando en sus oídos, el deseo de canalizar toda esa rabia hacia Malfoy.

–Créeme, hurón –alzó la cabeza hacia él un poco más, entrecerrando los ojos; sus narices casi tocándose–: Ron me produce más satisfacción de la que tú podrías darme en mil años.

No tenía ni idea de cómo habían llegado a ese punto: en un momento estaban discutiendo como en sus tiempos del colegio y al siguiente, algo extraño había sucedido, una especie de corriente eléctrica, de energía desconocida fluía entre ellos y Hermione no estaba segura de saber cómo manejarla.

–¿Te gustaría comprobarlo, Granger?

«Pero, ¿qué…?» Hermione abrió mucho los ojos: Malfoy había logrado dejarla sin palabras en muy contadas ocasiones en toda su vida y ésa era una de ellas. Balbuceó, tratando de buscar una respuesta ingeniosa, algo que la permitiera retirarse con un mínimo de dignidad, pero no se le ocurrió nada. Recogiendo a toda prisa su carta sin terminar, se levantó bruscamente de la silla y apretando el montón de papeles arrugados contra su pecho, sólo acertó a musitar un «Buenas noches, Malfoy» antes de desaparecer apresuradamente tras las puertas dobles de la biblioteca.

oooOOOooo

«¿Qué coño ha sido eso?» Malfoy se quedó mirando las puertas de la biblioteca hasta mucho después de que Hermione se hubiera marchado. Quedarse a pasar la tarde con ella en la biblioteca no había formado parte de sus planes iniciales, pero una vez estuvo allí, pensó que no pasaba nada por tomarse una tarde libre, lejos del laboratorio. Sin embargo, pronto se aburrió de estar allí quieto, releyendo cada línea varias veces, incapaz de concentrase, al tiempo que sentía la mirada de ella clavada en él. Draco no sabía si eran sus grotescas cicatrices o el conjunto de sus dramáticas circunstancias lo que excitaba la curiosidad morbosa de Granger, pero en cierto modo, le complacía ser el objeto de su atención.

Aquello era mejor que en Hogwarts, cuando ella pasaba todo el día detrás de San Potter y la comadreja mientras que Draco, por su parte, tenía que poner su mayor empeño en pensar insultos ingeniosos, motes imaginativos con los cuales conseguir que ella se fijase en él, que momentáneamente apartara sus pensamientos de Potter y Weasley para centrarlos en él, exclusivamente en él y el modo de responder a sus provocaciones. Así que cuando vio a Granger escribiendo tan concentrada, no pudo evitar acercarse e intentar averiguar qué era lo que la tenía tan absorta.

Querido Ron…

Draco sabía que era absurdo, irracional, enfermizo incluso, pero aquellas dos palabras le produjeron una extraña punzada en el pecho. Aún entonces, viviendo en su casa, trabajando con él, disfrutando de su biblioteca, Granger era incapaz de alejar su mente del estúpido pelirrojo. En aquellos momentos, ella olvidaba a Draco completamente; él no era nada para ella; tan solo una simple rareza, una mera curiosidad, como aquellos souvenirs procedentes de lugares remotos que llaman la atención la primera vez que se contemplan, pero luego son dejados de lado en un rincón de la estantería, cogiendo polvo, completamente borrados de la memoria.

Pero no estaba dispuesto a permitirlo: Weasley estaba lejos, muy lejos y él estaba allí, frente a ella; Draco era real, de carne y hueso y Weasley no era más que un lejano recuerdo; así que recurrió a lo que mejor se le daba: aguijonear a Granger, molestarla, provocar su furia. Sin saber cómo, había comenzado un juego peligroso: se había acercado a ella buscando irritarla, pero había sido él que había terminado escaldado, intoxicado por el olor de su pelo, por el brillo fiero de sus ojos.

Draco se desplomó en el sillón, reproduciendo la discusión en su cabeza una y otra vez. ¿Qué hubiera ocurrido si ella hubiese dicho que sí? ¿Si hubiera aceptado su desafío, espoleada por la curiosidad y se hubiera rendido ante lo que Draco podía ofrecerla? Se estremeció; no quería ni pensar en ello. De pronto recordó aquella primera noche en su casa, a ella arrodillada frente a él y sintió una excitación semejante, un deseo febril circulando como fuego por sus venas. Se levantó tambaleante, acudió a la licorera y tomó un largo trago de whisky, que se sintió abrasador en su garganta.

Tal vez el alcohol fuera capaz de embotarle el cerebro y desvanecer la imagen de Granger. Al menos, durante aquella noche.


N/A: Y hasta aquí hemos llegado por hoy, ¿qué os han parecido las interacciones de la parejita? Me encantaría leer vuestros reviews y saber qué opináis del desarrollo de esta relación. En el siguiente capítulo, ¡más Dramione!

¡Feliz Domingo!