N/A: Holaaaaa! Pues aquí estoy de nuevo, se que he tardado más de lo que esperaba, pero he tenido que entregar un trabajo a mediados de septiembre y ha consumido prácticamente todo mi tiempo. El siguiente capítulo es corto, pero bastante revelador: se descubre uno de los misterios de la mansión y hay un punto de inflexión en la relación de Draco y Hermione. La verdad es que me ha encantado escribirlo.
Como siempre, mil gracias a las personas que siguen esta historia, que dedican un poco de su tiempo para dejar un comentario o simplemente, para leer las palabras que escribo. Gracias especilaes a Belén que ha comentado como Guest y no he podido agradecer personalmente (espero que el Dramione de este capítulo no te defraude) y nada más, que decir, que os cuidéis mucho y estéis a salvo.
¡A leer!
Lo que esconde tu interior
IX
La semana transcurrió sin mayores incidentes para Hermione: Malfoy no volvió a hacer ninguno de sus estúpidos comentarios y su relación se limitaba a discutir exclusivamente de temas profesionales. Finalmente, terminó por enviar la carta de Ron, cuya respuesta, sorprendentemente, no se demoró demasiado: George y él habían decidido cerrar la tienda de bromas durante un tiempo ya que las ventas habían descendido bastante; al parecer, nadie tenía ánimos para chistes o diversiones. Todo en Inglaterra tenía un aire triste y deprimente como no se recordaba desde los tiempos de la guerra.
Al terminar su jornada investigando junto a Malfoy en el laboratorio, Hermione se había acostumbrado a pasar gran parte de las tardes en la sección oscura de la biblioteca: buscaba alguna pista, lo que fuera que la condujera a descubrir el origen de la maldición sensorem y el modo de romperla. Muchas veces, la medianoche la sorprendía examinando antiguos volúmenes y pergaminos polvorientos y, después de que Millie depositara la cena en la gran mesa de estudio de la biblioteca, el cansancio lograba vencerla por lo que Hermione se marchaba a su dormitorio bostezando y arrastrando los pies por el pasillo.
Aquella tarde vagaba entre las atestadas estanterías, buscando un tomo específico sobre magia antigua que podría contener algunas de las respuestas a sus pesquisas. Sus dedos acariciaban los lomos encuadernados en piel, examinando los títulos, hasta que, por fin, dio con aquél que necesitaba: un libro de pastas negras con letras doradas que se hallaba en uno de los estantes superiores, muy por encima de su cabeza. Hermione se puso de puntillas tratando de alcanzarlo; podría haber usado la magia para levitarlo directamente hasta sus manos, pero había dejado la varita en la mesa y no quería volver hasta allí ahora que por fin había encontrado el ansiado ejemplar. Rozaba ya la encuadernación amarillenta, esforzándose por extraer el volumen de entre los dos libros entre los que estaba firmemente apretado, cuando otra mano, grande, pálida y de dedos finos y largos, surgió de algún punto elevado tras ella y se hizo con el libro sin ninguna dificultad. Hermione no necesitó girarse para saber de quién se trataba: reconocería aquella mano entre miles, pero aun cuando estuvieran en la más completa oscuridad, el aroma que inundó sus fosas nasales –a madera, pergamino y menta–, delataría que el cuerpo que se situaba a sus espaldas, sin llegar a tocarla pero lo suficientemente cerca como para sentir el calor que desprendía, pertenecía a Draco Malfoy.
Malfoy apoyó la mano libre en su vientre, Hermione sintió la calidez del otro cuerpo pegado a su espalda; se estremeció, pero no se apartó y él se atrevió a ir más allá: rozó el borde de su jersey, sus dedos se colaron bajo la prenda, trazando caminos al azar sobre su abdomen.
Hermione no pudo evitar contener el aliento ante su toque, escapándosele un suspiro cuando él se demoró un momento, jugueteando con su ombligo antes de emprender un camino ascendente. Sin fuerzas ni ánimo para pensar, dejo caer la cabeza sobre la estantería; el libro, definitivamente olvidado, aterrizó con un golpe brusco en el suelo, pero ninguno de los dos pareció prestarle la más mínima atención. Malfoy la tomó del pelo con la mano libre, obligándola a girar la cabeza hacia él; su aliento la acarició un momento, sus ojos plateados estaban fijos en sus labios. Inesperadamente, su boca escogió un camino diferente: se posó en el cuello de Hermione y bajó hasta su clavícula, besando cada rincón de piel que el suéter dejaba expuesto. Mientras tanto, por debajo de la ropa, la otra mano continuaba la exploración, llegó al borde del sostén y se dedicó un rato a masajear sus pechos, arrancando a la bruja suspiros quedos, que se transformaron en un gemido ahogado cuando sintió la mano de Malfoy pellizcando un pezón.
–Draco…
Hermione despertó sobresaltada, con el corazón palpitando con fuerza, como si acabara de correr una maratón.
Mierda.
Por si el hecho de quedarse dormida en la mesa de la biblioteca, con las narices hundidas en el grueso volumen frente a ella, no fuera lo suficientemente embarazoso, acababa de tener un sueño erótico que incluía a Draco Malfoy tocándola bajo la ropa interior en aquella misma biblioteca. Hermione deseó que el suelo de madera la engullese y la escupiese muy lejos de allí.
El reloj dio las once y media. Cansada y confundida, resolvió que llevaba demasiadas horas de estudio, inmersa en antiguos volúmenes y pergaminos olvidados: apenas había cenado un par de sándwiches que Millie le había llevado hacía un par de horas y su cerebro agotado, le estaba jugando malas pasadas, provocándole sueños absurdos que carecían de la menor explicación lógica. Satisfecha con su razonamiento, Hermione recogió los papeles y notas desparramados por la mesa y los depositó en un pulcro montón, apagó las luces de la estancia con una floritura de varita y se dirigió hacia su cuarto. Sin duda, unas cuantas horas de sueño tranquilo en una buena cama lograrían calmar los desvaríos de su mente exhausta.
De pronto, lo oyó.
A diferencia de la noche en la que sus gritos en mitad de la pesadilla la tomaron desprevenida, en aquella ocasión, a Hermione no le cupo duda de que el gemido angustiado que hacía eco por el corredor procedía de Malfoy. La sorpresa vino cuando, al girar el recodo del pasillo, comprobó que la puerta de la sala prohibida, aquella cuyo acceso estaba completamente vedado, estaba entreabierta y los sollozos quedos se colaban por el umbral calcinado.
Por un breve momento Hermione dudó; Toppy había sido bastante vehemente en su negativa a permitirle el paso a aquella estancia y, después de todo, Malfoy tenía derecho a su privacidad, sin que ella se entrometiera en asuntos que no eran de su incumbencia. Luego recordó la expresión de alivio en él cuando lo despertó de su pesadilla, el sutil pero patente agradecimiento en su voz al despedirse de ella aquella noche y supo que tenía que volver a hacerlo, que debía entrar en ese cuarto y volver a liberarlo de los demonios que lo asediaban. Sin dudarlo un instante más, empujó la puerta y decidida, puso un pie dentro.
Todo estaba a oscuras, envuelto en penumbra. Un ligero olor a quemado impregnaba toda la sala y la luz de la luna que se colaba por el ventanal, enmarcado por unas cortinas chamuscadas, alumbraba las paredes, recubiertas de estanterías con decenas de pequeños frascos en cuyo interior brillaba una sustancia plateada. No obstante, todo aquello apenas llamó la atención de Hermione, porque su mirada se vio atrapada por la figura de Malfoy, arrodillado en el centro de la estancia con la cabeza sumergida en un inmenso pensadero de piedra. En torno a él, había esparcidas varias botellas de whisky medio vacías, algunas estaban rotas, como si hubieran sido estrelladas contra el suelo.
Pese a no poder verle la cara, estaba segura de lo mucho que Malfoy estaba sufriendo: su cuerpo experimentaba violentas sacudidas, intercaladas por los sonidos desesperados que escapaban de su garganta. Hermione le tocó un hombro con cautela, pero él no pareció darse por enterado, tampoco reaccionó cuando lo zarandeó con fuerza, por lo se vio obligada a tomar medidas más drásticas y, arrodillándose a su lado, sumergió la cabeza en la sustancia plateada y viscosa que se arremolinada dentro de la gran vasija de piedra.
Una nebulosa plateada la envolvió. Cuando por fin se disipó, sintió que aterrizaba en una gran pradera cubierta de hierba e iluminada por un sol radiante. Frente a ella, un niño de unos cuatro o cinco años revoloteaba a poco más de un metro del suelo, montado en una escoba de juguete. El niño tenía los cabellos rubios, casi blancos y unos enormes ojos grises; al examinarlo más atentamente, se dio cuenta de que se trataba de una versión infantil de Malfoy. Arrodillado junto a ella, el Malfoy adulto contemplaba su propio recuerdo ensimismado, completamente ajeno a la presencia de Hermione.
–¡Mira, mamá! ¡Puedo volar! –el niño gritaba emocionado, al tiempo que volaba en perfectos círculos concéntricos.
Sentada en el suelo, sobre una gran manta de picnic, Narcissa Malfoy contemplaba a su hijo. Se veía mucho más joven de lo que Hermione la recordaba, sin el gesto de preocupación ni las arrugas en torno a los ojos que lucía en los últimos años.
–Ten cuidado, Draco. ¡No vueles tan rápido, que luego te caerás y llorarás! –pese a la ligera reprimenda, el rostro de la mujer mostraba un gesto de diversión y orgullo maternal.
–No lloraré, mamá. ¡Ya soy mayor! Además ¡un Malfoy no llora nunca!
Draco describió una última pirueta en el aire, para terminar descendiendo suavemente, de manera inusualmente elegante para un niño tan pequeño. Tan pronto como pisó el suelo, dejó la escoba y corrió hacia su madre, acurrucándose entre sus brazos, que lo envolvieron en un abrazo protector.
–Te quiero mucho, mamá.
–Yo también te quiero, mi dragón. Más que a mi vida.
Hermione sintió que sus ojos se humedecían; junto a ella, Malfoy temblaba con los ojos inyectados en sangre, absortos en la escena que se desarrollaba frente a él. Le dio un pequeño apretón en el brazo, tratando de sacarle de su trance.
–Malfoy –su voz sonó suave, pero cuando comprobó que él no daba muestras de reconocimiento, alzó la voz– Malfoy, ¡debemos irnos!
Como no reaccionaba a ninguno de sus estímulos, Hermione se irguió y lo sacudió por los hombros.
–Malfoy, ¡mírame! –su mirada ausente se fijó en ella por un momento–. Esto no es real, solo son tus recuerdos. Debemos volver.
–No… –apenas un hilo de voz salió de sus labios.
–No te encuentras bien, parece que vas a desplomarte sobre ti mismo.
–Me da igual –Malfoy forcejeó débilmente contra el agarre de ella, tratando de volver la vista al recuerdo.
–¡Malfoy! –le tomó la cara con fuerza, obligándole a mirarla– lo digo en serio, ¡has bebido demasiado! Bastante es tener que soportarte sobrio como para tener que hacerlo borracho.
Los ojos de Malfoy se abrieron como platos ante sus palabras. Por un momento, su mirada desvalida, vulnerable, se asemejó más a la del niño que jugaba con la escoba que a la del adulta arrogante y frío con el que Hermione estaba acostumbrada a tratar. Por fin, pareció rendirse porque las imágenes a su alrededor comenzaron a difuminarse para terminar evaporándose completamente y ambos aparecieron de nuevo arrodillados en la habitación desvencijada.
Malfoy tenía la mirada perdida, respiraba trabajosamente, jadeante, con las manos apoyadas en el suelo frente a él, como si acabara de realizar un gran esfuerzo. Hermione lo miró preocupada, dudando sobre qué debía hacer. De pronto, se giró hacia ella y sus miradas se encontraron.
–Hoy, es el aniversario de su muerte –Hermione no sabía si se estaba dirigiendo a ella o hablaba para sí mismo: su voz sonó ronca, pastosa por el alcohol–, no pude acompañarla, no me dejaron despedirme, no pude agarrar la mano mientras se marchaba.
Algo indecisa, colocó una mano temblorosa en su hombro, buscando reconfortarle. Para su sorpresa, Malfoy no sólo no se apartó, sino que se inclinó más hacia ella, buscando su contacto. Al no percibir rechazo alguno por parte de Hermione, terminó dejando caer la cabeza contra ella, escondiéndose en el hueco de su cuello. Las siguientes palabras que pronunció sonaron como una caricia.
–Todo lo hice por ella, Granger. Por mantenerla a salvo, por protegerla. –Sintió el olor a whisky en su aliento y el cabello se le erizó en la nuca al escucharlo hablar tan cerca de su oído–. Todo el horror, toda la mierda que pasé fue por ella y al final, no sirvió para nada. ¡No pude salvarla y ni siquiera pude evitar que muriera sola!
Hermione no sabía qué decir; en realidad, no había nada que pudiera decir, nada que pudiera hacerlo sentir mejor, así que se conformó con hundir las manos en su pelo, rubio y lacio, casi tan suave con el de un bebé, y lo acarició, mientras sentía su cuerpo temblando entre sus brazos y las lágrimas humedeciendo el cuello de su jersey.
Al cabo de un buen rato, que pudieron ser minutos u horas, Malfoy por fin levantó la cabeza y la miró directamente a los ojos, con un gesto vacilante, inseguro.
–Malfoy, deberías dejar de beber y dormir más.
Sus propias palabras le sonaron estúpidas, fuera de lugar, sobre todo, teniendo en cuenta que lo que más deseaba era abrazarlo y disipar su tristeza. Inesperadamente, él llevó la mano a su mejilla y la acunó, delineando con el pulgar el contorno de su barbilla y sus labios.
–Eres como el fruto prohibido, ¿lo sabías Granger?, eso que te mueres por probar porque sabes que te está completamente vedado…
Contuvo la respiración: el tiempo parecía haberse detenido y su corazón se paró un instante para volver a latir con fuerzas redobladas. No obstante, pronto el momento se rompió porque Malfoy emitió un bostezo y se acurrucó contra ella.
Hermione trató de acomodarse mejor, se apoyó contra la pared en el suelo polvoriento y murmuró un Accio para convocar una manta con la que los cubrió a ambos. Malfoy emitió un ronquido suave contra su pecho y ella no pudo contener una sonrisa al tiempo que le apartaba con ternura un mechón de pelo de la frente.
–Duerme –sus dedos dibujaron la silueta de sus cicatrices y tuvo el presentimiento de que algo había cambiado para siempre entre ellos.
Draco despertó con la boca seca y un punzante dolor de cabeza.
Joder, esta vez sí que se había pasado con el whisky.
Extrañado, notó bajo él la dureza del suelo; sin embargo, no se sentía incómodo: a su alrededor había algo cálido que lo reconfortaba, que le hacía sentir bien. Abrió los ojos y se dio cuenta de que la calidez provenía de otro cuerpo. Del cuerpo de Granger para ser más exactos.
Joder.
Entonces lo recordó todo: la crisis ante el aniversario de la muerte de su madre, la necesidad de ahogar sus penas con alcohol, el impulso que lo llevaba una y otra vez a visitar aquel cuarto para revolcarse en su autocompasión, para hundirse en la pena rememorando una y otra vez los viejos tiempos, tiempos felices, antes de la guerra, del horror. Antes del fin.
Sabía que no debería acudir allí, que revivir siempre los mismos recuerdos únicamente podía conducirle a un camino de destrucción, uno que no tenía vuelta atrás. Magos más sabios, más experimentados que él, habían terminado enloqueciendo porque no eran capaces de disociar los recuerdos de la realidad y acababan en una especie de dimensión paralela, encerrados en su propio pasado. Draco sabía que tenía que dejarlo, que debía aceptar que su madre se había ido. Pero era demasiado duro: sería admitir definitivamente que ella estaba muerta, que jamás iba a volver.
Salió de sus reflexiones cuando notó a Granger removerse contra él. Bajó la mirada y la observó de cerca: sus rasgos estaban iluminados por la pálida luz de la luna. Era extraño, pero dormida parecía mucho más joven, apenas una adolescente. Sus facciones se mostraban tranquilas, carentes de cualquier rastro de tensión; su ceño, habitualmente fruncido, ya fuera por enfado o concentración, lucía relajado en aquellos momentos y su boca esbozaba una ligera sonrisa. Recordó las palabras que le había dedicado hacía unas horas, en medio de su delirio alcohólico y deseó morirse del bochorno. No sabía cómo iba a ser capaz de mirarla a la cara al día siguiente, si podría mantener su habitual pose indiferente.
Granger volvió a moverse y tomó una resolución: ella lo había sacado del pozo y no pensaba dejarla durmiendo en el suelo. La envolvió en la manta y la tomó en brazos; Granger emitió un ruidito extraño, pero no se despertó. Mientras caminaba por el pasillo hacia su habitación, ella se pegó aún más entre su pecho y Draco reprimió las ganas de estrecharla aún más contra él. ¿Pero qué cojones le pasaba aquella noche? ¡Era Granger, por el amor de Merlín!
Al llegar a su destino, abrió la puerta del dormitorio con un pie y, con cuidado de no despertarla, la depositó sobre la cama, arropándola mejor con la manta. Se permitió el lujo de quedarse un momento mirándola: le apartó el pelo de la cara; su melena extendida sobre la almohada le recordaba a uno de esos cuentos muggles de princesas hechizadas.
Joder. Joder. Joder.
Tienes que salir de este cuarto ¡YA!
No obstante, cuando ya salía por la puerta, no pudo evitar sonreír al escuchar que ella, musitaba entre sueños algo que, sospechosamente, se parecía demasiado a "Draco".
N/A: Y hasta aquí por hoy, ¿qué os ha parecido? Confieso que yo me lo paso bomba escribiendo los POV de Draco.
Ya sabéis que me encanta recibir reviews con vuestra opinión y que me digáis qué os parece el transcurso de la historia. A partir de ahora vendrá el Dramione propiamente dicho ;)
Buen fin de semana
